Categoría: Reportajes

El renacer de las revistas infantiles

Por Sofía Arnaboldi

En tiempos en que los medios escritos pasan por momentos difíciles, hay un nicho que está despertando y viviendo un fuerte renacer: el de la revistas infantiles. Desde fines del año pasado cuatro proyectos editoriales enfocados a los niños han visto la luz: “Pataletas”, del colectivo Cuchuflí; “Capa”, de la periodista Valentina de Aguirre; “Patio de Atrás”, del Diario de Concepción; y próximamente, “La Mochila”, de Ají color y PLOP! Galería.

La motivación de quienes están detrás de estas publicaciones coinciden: todos creen que el nicho de los niños se ha subestimado y que hay mucho por aportar, buscan entregar un contenido que sea una alternativa atractiva a las pantallas, y que invite a los niños a encantarse con la lectura. “Nos parece genial que la infancia deje de ser invisibilidad o vista desde el mero campo educativo y que se construyan diferentes espacios y lugares destinados a la niñez. Este  grupo de revistas infantiles viene a democratizar una nueva visión de la infancia en Chile, una infancia enfocada en la calidad de vida, en el empoderamiento de niñas y niños, y en la validación de sus gustos e intereses, de sus conocimientos y visión de mundo”, comenta Loreto Aroca, editora de revista Patio de Atrás.

Para financiar estos proyectos, sus creadores han recurrido a diferentes estrategias como crowdfundings, espacios publicitarios ilustrados, fondos, e incluso, recursos propios para darle vida a sus sueños. Ninguno de ellos busca un retorno económico, sino, hacer los que les gusta y contribuir con un producto de calidad. Como dice Ludovico Toscano del Colectivo Cuchuflí, “Queremos enriquecer las experiencias de los niños para que el día de mañana sean personas más felices e inteligentes emocionalmente, si podemos aportar con un granito de arena para eso seremos inmensamente felices”.

Capa

Valentina De Aguirre es periodista y, con años de experiencia trabajando en revistas, reconoció que existía un vacío en Chile de publicaciones de calidad dedicada a los niños. “Me di cuenta que en otros países había muchas revistas para niños y niñas, y me pareció un tema fascinante. A pesar de que los medios escritos no están pasando por su mejor momento, creo que todavía hay mucho por aportar. Las revistas de nicho, que de verdad entregan contenido de calidad, tienen harto que decir. Por eso, decidí lanzarme con este proyecto.”, cuenta Valentina.

Para llevar a cabo su idea recurrió a un crowfunding que le permitió pagar la impresión del primer número. Así, en diciembre del año pasado se publicó Capa, una revista de calidad, casi un libro, sin publicidad, de 64 páginas llena de atractivas imágenes y de cuidado diseño. Cada número gira en torno a un tema general, como las estrella o la basura, a partir del cual se desarrollan las distintas secciones que incluyen un cuento inédito, comics, experimentos, manualidades, recetas, entrevistas y actividades.

Según Valentina, Capa busca ser un aporte en dos frentes. Por un lado empoderar a las niñas a que pueden ser lo que ellas quieran en la vida y por otro, aportar al fomento de la lectura. “Queremos mostrarle a todas las niñas que no hay una sola forma de ser mujer: les pueden gustar las ciencias, el arte, las letras… ¡Todo puede ser! Y eso lo logramos a través de las entrevistas que hacemos, por ejemplo. Además queremos ser un primer paso para que las niñas se enamoren de la lectura y se alejen de los teléfonos y televisores. Hasta ahora, las niñas han gozado con las sopas de letras, con las actividades, descifrando los códigos secretos que vienen en cada edición y volviendo a jugar como lo hacíamos antes… Además, al ser una revista en papel, se puede llevar a todos lados. ¡Es diversión portátil, sin baterías que cargar!”, comenta Valentina. Hoy están trabajando en el tercer numero, edición que será lanzada en julio.

Público: Niñas de 5 a 10 años

Periodicidad: Trimestral

Precio: 11.900

Dónde encontrarla: Santiago: Librería Alapa, Lolita, Periférica y Takk. En Viña del Mar: librería Mateo y Leo;  San Pedro de Atacama: Librería del Desierto; Puerto Varas: La Maga.

Contacto y suscripciones: hola@revistacapa.cl

Pag web: www.revistacapa.cl

 

Pataletas

Detrás de Pataletas están Javier Fox, Rodrigo Duran y Ludovico Toscano quienes tenían una doble inquietud, por un lado las ganas de hacer un revista y potenciar el comic chileno, y por otro,  un sentimiento de nostalgia hacia las antiguas publicaciones infantiles como Mampato, El Peneca, Cimoc o Disneylandia, revistas de las cuales eran grandes consumidores.

Como punto de partida crearon el Colectivo Cuchuflí para, desde ahí, empezar a darle forma a su idea. Después de meses de trabajo, en noviembre de 2018, vio a luz el primer número de Pataletas, una revista de comics dirigida a niños y que se vendió a través de ferias y redes sociales. “Pataletas busca ser una vitrina de lo que pasa en Chile en el mundo del comic. Diferentes colaboradores y gente muy talentosa participan de cada número”, cuenta Ludovico Toscano. La revista además de cinco comics inéditos incluye numerosas actividades como sopas de letras, crucigramas, recetas y manualidades. “Desde el punto de vista nostálgico, queremos compartir lo que significaba para nosotros, cuando niños, el hecho de que nos compraran una revista llena de actividades y cómics entretenidos. Queremos ofrecerles a las nuevas generaciones un contenido que pueda competir con el celular y la tablet y que sea igual de atrayente. Buscamos la entretención por sobre la educación”, dice Toscano.

La revista, hasta el momento, es autofinanciada por sus creadores. Para el primer número pagaron entre todos la impresión y con las ventas han podido seguir adelante con el proyecto. Su idea a futuro es que se autofinancie y agregar espacios publicitarios donde con sus propias ilustraciones se muestren los proyectos que apoyan ese espacio.

Público: a partir de 5 años

Periodicidad: Semestral

Precio: 2.500

Dónde encontrarla: Redes sociales 

Pag Web: @colectivocuchufli

Patio de Atrás:

El 7 de abril el diario Concepción incluía un suplemento dirigido a los niños: la revista Patio de Atrás, un inserto colorido, con dedicadas ilustraciones y lleno de actividades, manualidades, textos científicos y cuentos. Se trata de un nuevo proyecto editorial que busca que los niños tengan en el diario un espacio diseñado para ellos y que fomente su creatividad. A través de juegos como laberintos, o memorice, y manualidades como armar tu propia nave espacial, o una planta carnívora de papel, busca que los niños desarrollen la ejecución táctil, la motricidad fina, jueguen y aprendan.

Además de cuentos, en cada numero diferentes expertos colaboran para crear contenidos científicos dedicados a los niños: biólogos marinos, ingenieros, arquitectos, astrónomos y músicos han participado para crear información adaptada a niños y niñas, que atienden sus gustos y necesidades, y que a la vez son rigurosos y serios como un artículo científico formal. “Nos encantaría que los lectores de Patio de Atrás leyeran y escribieran con y por placer, y nos preocupamos por tenerles lecturas variadas, poesías, textos informativos, mitos, leyendas, narraciones visuales, que puedan leer letras, palabras, pero también dibujos, disposiciones espaciales y silencios. Queremos aportar a la lectura crítica, como también a la lectura recreativa y que la escritura no solo sea una herramienta escolarizada, si no que pueda ser intuitiva, creativa y cercana”, comenta su editora Loreto Aroca.

Público: niños de 4 a 10 años

Periodicidad: primer domingo de cada mes

Dónde encontrarla: junto a diario Concepción. 

Contacto: patiodeatras@gamil.com

Pag Web: www.diarioconcepcion.cl

La Mochila

La ilustradora y diseñadora Pati Aguilera, sentía una profunda desilusión cada fin de semana cuando su pequeña hija se emocionaba con las revistas de juguetes y de publicidad que traía el diario. Con experiencia en publicaciones ilustradas como “Brígida”, quiso hacer una revista infantil, y junto a los fundadores de PLOP! Galería, Fito Holloway, Isabel Molina, Claudio Aguilera, se aventuraron en este proyecto.

Actualmente se encuentran dando los últimos toque a “La Mochila” que esperan lanzar durante el invierno y que estará dedicada al chocolate y a la ciudad de Valdivia.

Según Pati Aguilera, La Mochila es una publicación que conjuga el trabajo de escritores e ilustradores para abordar temáticas vinculadas a la literatura, las artes, el patrimonio, la recreación y la vida sana por medio de relatos ilustrados, cómics, cuentos, poesía y juegos. “En Chile hay una larga tradición de revistas infantiles como El Peneca o Mampato, que fueron un espacio fundamental para el fomento lector, permitiendo, gracias a su menor precio, alcanzar a un público que no accedía a la oferta editorial. Hoy se vive un desarrollo sostenido de la literatura infantil y juvenil y de la ilustración en Chile, y nos parece maravilloso que estén naciendo nuevas publicaciones pensadas para niños y jóvenes”, dice Pati Aguilera.

Público: 5 a 12 años

Periodicidad: trimestral

Precio: 4.000

Dónde encontrarla: La revista estará a la venta en diferentes librerías del país. 

Suscripciones www.plopgaleria.com

Página web: @revistalamochila

 

“Cuncuna”, de editorial Quimantú: la primera colección de literatura infantil para preescolares hecha totalmente en Chile

Por Ángeles Quinteros*

Contexto cultural y político 

Chile tiene una breve tradición en la literatura infantil. Durante el siglo XX, no hay demasiados hitos que la conformen, dentro de los que se destacan la publicación de Ternura (1930) de Mistral; la aparición de Editorial Rapa Nui (1946-1951); y la publicación de los ya clásicos Papelucho (1947), de Marcela Paz, y “La hormiguita cantora” (1957), de Alicia Morel. Sin embargo, uno de los hitos más importantes y menos estudiados lo constituye la colección de cuentos “Cuncuna” de Editorial Quimantú.

La oferta editorial infantil durante esa época estaba avocada principalmente a la publicación de obras extranjeras y era insuficiente para las nuevas necesidades culturales de la sociedad, pues tal como señala Jorge Rojas en Historia de la infancia en el Chile republicano, “las expectativas sobre el uso del tiempo en los niños habían crecido, tanto por la nueva distribución de roles como por las consecuencias de la vida urbana”.

En ese contexto, las editoriales más importantes —Zig-Zag y Lord Cochrane— se centraban en la producción de revistas extranjeras, representando la publicación de libros solo entre el 5%-10% de las ventas.

Quimantú aparece en este escenario por iniciativa del presidente recién electo, Salvador Allende, con la intención de dejar de tratar a los lectores como clientes sino como personas dignas de acceder a la cultura escrita mediante su democratización.

Nace Quimantú y su colección de literatura infantil “Cuncuna”

Aprovechando la huelga de trabajadores de Zig-Zag, la Unidad Popular compra la editorial, naciendo en febrero de 1972 Editorial Nacional Quimantú, que en mapudungún significa “sol del saber”.

La editorial desarrolló nueve colecciones con claro compromiso político, dentro de las cuales encontramos a “Cuncuna”. El entonces veinteañero sociólogo Arturo Navarro, director de la colección, afirma: “Prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos”.

La colección fue tomando forma con la ayuda de la diseñadora María Angélica Pizarro y el ilustrador Renato Andrade. El remate lo hizo Manuel Silva Acevedo —Premio Nacional de Literatura— con el lema: “Carita de pena no queda ninguna, lágrimas en risa convierte Cuncuna”.

Quimantú debía ofrecer bajos precios de venta, posibles gracias a sus enormes tirajes y a que contaban con sus propias prensas. Respecto a la distribución, se generaron nuevos canales: quioscos, bibliobuses, estaciones de trenes, oficinas de correos, juntas de vecinos, sindicatos, acuerdos con la Junji y centros de madres. Fueron incluso apoyados por la Fuerza Aérea para llegar a lugares inaccesibles. Esta necesidad nace por la escasa cantidad de librerías, concentradas en grandes ciudades y sectores de mayores recursos.

El cuerpo y alma de “Cuncuna”

Los libros de “Cuncuna” se ciñeron al formato de las revistas extranjeras que imprimía la editorial, un pliego del que salían dieciséis páginas, corcheteadas en el lomo. Para diferenciar los títulos, decidieron hacerlos apaisados. Como la impresión a cuatro colores era cara, intercalaron: por un lado, la página se imprimiría a cuatro colores y, por el otro, a dos. Esto motivó que, espontáneamente, los niños colorearan las páginas a dos colores.

Respecto a los textos, se desafió sin éxito a renombrados autores nacionales —como Skármeta y Dorfman—, pero no lograron dar con el tono infantil. Mas hubo otros que pudieron, como Floridor Pérez y Marta Brunet; a los que se sumaron escritores extranjeros, como Oscar Wilde y Horacio Quiroga.

“Cuncuna” publicó durante su corta existencia veinte títulos: un 40% de autores nacionales, un 25% son títulos clásicos universales, y un 35% son textos de la tradición popular de distintos países para mostrar la diversidad del mundo.

Las imágenes estuvieron a cargo de talentosos artistas como Marta Carrasco, Guillermo Durán (“Guidú”), Renato Andrade (“Nato”), Hernán Vidal (“Hervi”), María Angélica Pizarro e Irene Domínguez, entre otros.

Respecto a la relación entre texto e imagen, los libros eran ilustrados y no álbum, ya que las palabras llevaban la narración principal, confirmando la imagen lo relatado por el texto. Las ilustraciones ayudaban a consolidar las acciones, narrando los pasajes importantes y priorizando la vía de comunicación emotiva para estimular la afectividad a través de formas redondeadas y colores primarios.

En “Cuncuna” sabían que el texto no era el único código narrativo, por lo que los textos eran breves, dándole espacio a las ilustraciones, lo que fue relevante para llegar al público prelector y a las nuevas generaciones con formación más visual. El propio Navarro afirmó en su tesis de grado que este era “el gran desafío para autores, artistas plásticos y editores: construir los cuentos infantiles para los niños de 1980, para los niños que lo sabrán todo por la televisión, que leerán en las imágenes antes de conocer el alfabeto, y que podrían pasar por la vida sin abrir un libro. A menos que autores, artistas y editores, hagan algo”.

Ciertos recursos atraviesan la mayoría de sus títulos, como la estructura cronológica lineal de narración, una preferencia por la tercera persona, oraciones simples, finales cerrados y vocabulario sencillo, salvo pocas excepciones, donde se mantuvieron algunos extranjerismos por su valor folclórico.

El humor y los finales felices abundan en “Cuncuna”, donde los “malos” finalmente son objeto de burla y terminaban castigados, aleccionando indirectamente mediante la risa. Esto se explica porque, durante los años setenta, existió una positiva valoración de los desenlaces esperanzadores en los cuentos populares por parte de los psicólogos. La obra de Bettelheim lo recalcó y el psicoanálisis enfatizó su virtud tranquilizadora, confirmando la intención protectora de la infancia en aquella época.

Llama la atención la aparición reiterada de determinados valores, donde se devela el adulto enseñando al niño normas de conducta. Es este el caso del valor del trabajo y la solidaridad. A modo de ejemplo, tenemos “La Flor del Cobre”, donde el protagonista “don Quejumbre-No-Hace-Nada” se lleva una buena lección; en los esforzados padres de “El negrito Zambo” o en los personajes de “Invernadero de animales”, quienes por no prepararse para el invierno casi mueren. Lo mismo ocurre en “Los geniecillos laboriosos” y “Por una docena de huevos duros”, protagonizados por hombres que vencen la pobreza gracias al esfuerzo.

Otro tema frecuente es el de la solidaridad: animales que regalan sus alimentos —como en “El rabanito que volvió”—; la tradición de compartir la cosecha en “La desaparición del Carpincho”; o la gran ayuda que un niño ofrece a Doña Piñones. Una variante de esto es la idea de que “la unión hace la fuerza”: este es el caso de “El huevo vanidoso” y el trabajo mancomunado de sus personajes para desenmascarar a un huevo farsante; o “El medio pollo”, a quien su solidaridad le salva la vida.

Respecto al progreso, se evidencia una percepción dual: negativa en “La desaparición del Carpincho”, cuando se introduce en Valle Grande la idea de propiedad y surge la ambición; y positivas, como en “Cabeza colorada”, donde los alacalufes aprenden del hombre blanco a jugar a la pelota: “Ocurrió cuando los alacalufes se hicieron chilenos”. Hoy este libro se tildaría de colonizante, presentando el prototipo del buen salvaje enfrentado al “conocimiento superior” que debe adquirir para civilizarse.

Si bien Juan Mata en “Ética, literatura infantil y formación literaria” señala que es inhabitual que la crítica o el mundo académico juzgue abiertamente una obra literaria con criterios éticos, “pues se considera una actitud ingenua”, no es posible obviar la declaración de principios de “Cuncuna”, lo que se entiende por el contexto político, donde la equidad, el bien común y la organización colectiva definen las dinámicas sociales. En palabras de Hollindale, “la ideología es un inevitable, indomable y en gran parte incontrolable factor en la transacción entre los libros y los niños”, lo que no se traduce en limitar “Cuncuna” a un acervo de enseñanzas desprovistas de calidad literaria ni reducir a los lectores a receptáculos pasivos de información.

El final de Quimantú

Luego del golpe de Estado en 1973, la editorial fue allanada y ocupada militarmente; sus empleados fueron despedidos, exiliados o desaparecidos. Ante esta violencia, los ciudadanos, autocensurándose, destruyeron sus ejemplares por la amenaza que representaban. Con la dictadura, Quimantú se convierte en Editora Nacional Gabriela Mistral, que en 1976 es vendida a privados, cerrando finalmente en 1982.

Es innegable que los libros de “Cuncuna” estaban circunscritos a su contexto de producción, y su capacidad de recepción se perdió considerablemente al cambiar este: aquella construcción sociopolítica que eran los valores presentes en sus historias pasó a extinguirse y reemplazarse por otros.

“Cuncuna” abrió un espacio al público infantil que no existía, creando desde cero la primera colección chilena de cuentos infantiles, ofreciendo libros coherentes en sus diversos aspectos y una relación con libros, si bien no de lujo, sí dignos y bellos. El proyecto puso en circulación 540.000 ejemplares en un contexto donde el libro era inaccesible para la mayoría por su alto precio. Pocos programas estatales chilenos evidencian tal valoración por la cultura escrita para niños, concretando una estrategia donde todos los eslabones de la cadena del libro participaron conjuntamente para ser un aporte a la sociedad y no simplemente un negocio.

“Cuncuna” es uno de los grandes hitos de la corta tradición de la literatura infantil nacional y lamentablemente tiende a ser olvidado. En este proyecto la imagen y el bajo costo de los libros fueron vitales para generar interacciones entre el lector y el libro, donde el primero tuvo un espacio para verse reflejado en historias cercanas y sin españolismos, pero también para conocer tradiciones lejanas; donde los prelectores disfrutaron estéticamente de las ilustraciones y donde otros aprendieron a leer; y en donde la colección completa entregó una experiencia de lectura continuada gracias a un repertorio que representó una cosmovisión acorde con los principios de la época.

Ángeles Quinteros estudió Derecho y Literatura y Lingüística Hispánica en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es magíster en Edición de Libros en la Universidad Diego Portales-Universitat Pompeu Fabra, y máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora universitaria de distintos cursos sobre literatura infantil y edición, antologadora de “Viaje al mundo en más de 1001 textos” y “Animales y seres extraordinarios”, así como también autora del libro “Un año. Poemas para seguir las estaciones” de editorial Saposcat. Ha trabajado como editora de no ficción en la editorial El Mercurio-Aguilar, como editora LIJ en editorial Alfaguara, y estuvo a cargo de la apertura del área infantil y juvenil en Editorial Planeta Chile. Actualmente es directora editorial de Editorial Contrapunto.

Isol en su propia voz: Un recorrido por sus obras

Divertida, carismática, entretenida, y claro que sí, muy talentosa. Así es Isol, quien en su reciente paso por Chile se presentó en Ibby para contarle a un atiborrado y fanático público sobre algunas de sus creaciones. Aquí te las presentamos.

Por Josefa Torres, Editora de Revista Había Una Vez

“Me gusta hacer hablar a cosas que no hablan, me gusta ponerme en el lugar de un niño y jugar con los lugares comunes del lenguaje, con ese absurdo con el que nosotros nos manejamos”. Isol.

Abecedario a mano. FCE, 2015:

“Un libro que nunca pensé que se publicaría más que en español, y ya tiene su versión al francés y al inglés. Fue muy divertido hacerlo. Fue un juego que me propuse, de hacer una imagen por cada letra del abecedario y el uso de una paleta de colores reducida con una técnica en específico: esas fueron las reglas que hicieron del juego algo más divertido de jugar. No uso muchos colores, me parece que eso le da unidad al libro y le da elegancia al dibujo. A veces la técnica nos lleva a encontrar imágenes, al estar jugando con el pincel aparecen personajes, y surge la frase. Es interesante que los ilustradores no seamos literales, eso sería redundante y serviría para una enciclopedia, no para la narración. Parte de la gracia es hacer jugar a la imagen y el texto, y cuando uno menos muestra, más evocadora es la imagen.

La letra más difícil fue la “w”, no hay nada en castellano realmente, la cuestión es que yo la puse con la palabra ‘wow!’, me pude permitir esa licencia. Con la x no quise hacer el clásico xilófono y pensé en los cromosomas. Por eso hice una madre y una niña con la frase “soy una x x y me expando”.

El Menino, Océano Travesía, 2015.

“Este libro lo hice después de ser madre y es sobre un ser que llega un día a una casa, y del cual nadie sabe bien qué hacer con él, ni qué lugar ocupa, ni cómo funciona. Son preguntas acerca de este acontecimiento: ‘¿sabe el menino dónde iba cuando emprendió el viaje o llegó a casa por casualidad?’, o ‘el recién llegado no sabe todavía cómo usar sus comandos’. La narración es propia de alguien que ve por primera vez a esta maravilla y lo está analizando, entonces la descripción es mitad observación empírica y mitad invento.

Yo aprendí un montón sobre bebés cuando tuve el mío y de cómo ellos se perciben a sí mismos, pareciera que los niños cuando nacen no saben que no están unidos a todo, por eso de pronto no tienen conciencia del espacio, y se miran en un reflejo y no saben si es él u otro. Un día me levanté y vi que mi bebé se miraba la mano asombrado, entonces claro, de repente te despertás y te das cuenta de que tiene este pulpo que sirve para tantas cosas. Así fue como lo describí, como si fuera la primera vez que lo veía. Una de las páginas favoritas de los lectores es la que habla de los desechos: ‘también libera aguas para purificarse…’ Cuando iba a salir en inglés me dijeron que en EEUU no se iba a vender el libro por esa página. Después salió elegido en el New York Times como uno de los 10 mejores libros del año.

Lo que me gusta mucho como herramienta artística es extrañarse de lo cotidiano, en lo poético, compararlo con otra cosa y volverlo a ver. Es por eso que toda la gracia de este libro pasa especialmente por el texto, por cómo está contado, por eso estuve muy atenta a las traducciones, porque si cambia eso, el libro pierde. Las imágenes son muy cotidianas y con pocos colores, como me gusta, porque el efecto que produce cuando sacas un color a lo largo de la historia es muy poderoso”.

Nocturno, recetario de sueños. FCE, 2011.

“Este libro es muy especial y querido para mí. Surgió de las ganas de trabajar con una tinta que brilla en la oscuridad luego de cargarla con luz, que siempre me ha gustado. Un día vi en un catálogo alemán que la habían usado en una portada y pensé que se podría hacer un libro con ella, de manera que la historia tuviera una sorpresa que no se viera a primera vista; eso me gusta mucho, lo poco evidente. Para que funcionara, tenía que crear una historia distinta, ya que la tinta demora 3 minutos en “cargarse”, debía funcionar la espera, que estuviera dentro del argumento, que fuera orgánico. Por eso se me ocurrió hacer un recetario de sueños, cosa que antes de acostarse uno tenga un montón de opciones de páginas que son sueños posibles y cuando uno vaya a dormir, lo ponga bajo la lámpara de noche y aparezca lo que estaba escondido. Cada página tiene 2 dibujos: uno se ve de día y el otro de noche. Es muy simple pero siempre llama la atención”.

La bella Griselda. FCE, 2010.

“Es la historia de una princesa que era tan linda que todos perdían la cabeza por ella. Me gustó mucho jugar con este lugar común de ‘voy a perder la cabeza por tu amor’. Eso es lo genial del dibujo, que uno puede delinear cualquier cosa, y cuando dibujé esa imagen literalmente, me pareció bastante terrible e interesante para hacer una historia: qué sucedería si eso pasara realmente, en qué consiste tener este poder y si sirve para algo o no. Así, la princesa se aburre tanto que empieza a juntar sus trofeos, hacer bricolaje y barnizar las cabezas que consigue. Luego sucede que ya no la invitan a ningún lado, porque siempre todo termina en desastre…. Al final se junta con un príncipe y a los 9 meses tiene una princesita, por quien pierde la cabeza… esa es la maternidad.

El libro lo trabajé con 4 colores: azul, naranja, negro y amarillo muy clarito, todos son experimentos que hago para que el libro salga bien, como yo lo pensé. A veces hago el dibujo como 100 veces hasta que la cara quede con el trazo que yo quería”.

Tener un patito es útil. FCE, 2007.

Me gusta mucho este libro porque con las mismas imágenes cuenta dos historias. Tardó 6 años en publicarse porque no encontraban la manera de hacerlo resistente y barato, de hecho fue el primer libro que FCE mandó a China por los costos. El libro es infinito, vuelve a empezar, y está hecho como acordeón porque es la única manera de que funcione narrativamente.

Tenemos las imágenes del nene que tiene un patito y lo usa para muchas cosas; él habla en primera persona, entonces pensé que el pato también podría hablar. Cuando termina el libro, en la otra punta empieza el libro “Tener un nene es útil”, y es la versión del pato. Me gusta mucho lo de la subjetividad y cómo la misma escena puede ser vista y vivida dependiendo de cómo uno se posicione. Me parece muy conceptual como libro álbum”.

Petit el monstruo. Ocholibros, 2010.

“Fue muy interesante hacerlo, es acerca de un niño que piensa que es un monstruo porque hace cosas que sabe que están bien y otras que están mal, le confunde ser bueno y malo al mismo tiempo. La madre le dice ‘cómo es posible que un chico tan bueno haga cosas tan malas’. El libro va poniendo en cuestión qué es lo malo y lo bueno, hay algo ahí que engancha bastante con el público, es un tema inacabable. La idea me surgió al ver el boom de libros de autoayuda para adultos y pensar en cómo estamos para necesitar que nos digan qué hacer y para dónde ir. Ahí se me ocurrió esta historia, un niño que necesita un manual de instrucciones que le diga lo que está bien y lo que está mal, y lo difícil de hacerlo.  El libro tiene también unos subdibujos que se relacionan con lo bueno y malo y a medida que avanza, el dibujo se enrarece también.

Ahora hay una serie animada hecha por la chilena Bernardita Ojeda, que quedó muy buena. En Argentina la dan en varios horarios y también hay capítulos en Internet. Trasladar mis dibujos a una serie es muy difícil, para animar es un lío total, pero pudieron mantener el estilo aunque tiene más colores y más personajes. Los guiones los hizo Fernando Salem, y son 27 capítulos. Ha salido bien la serie.

Secreto de familia. FCE, 2003.

“En secreto de familia tenía la idea de una niña que se avergonzaba de su familia, que era algo que me pasaba de chica, no cuando estábamos solos sino con otras personas, siempre me parecía que los demás eran más normales. Ya de grande me pareció linda la idea y un día dibujando apareció la de los pelos, que fue el germen para la historia. Ese año saqué dos libros sobre madres, la mía estaba un poco preocupada. En esta historia, la que habla es la niña, que tiene la subjetiva de que está viviendo una de monstruos; me gustó usar una subjetiva con un lenguaje gráfico un poquito expresionista alemán como “El gabinete del doctor Caligari”, pero que en Secreto de familia es tan ridículo que nos da mucha gracia, porque sabemos que en realidad no lo es”.

El Globo. FCE, 2002.

“Un día a Camila se le cumplió un deseo: su mamá se convirtió en un globo y no gritó más. Quería utilizar un dibujo simpático porque en la historia la madre no vuelve, pero no quería que nadie se pusiera triste, sino graficar que esto es un absurdo, hay que leerlo como algo divertido, tomárselo con humor, por eso las decisiones de los ilustradores tienen que ver con cómo quieren que se lea ese texto: si la historia de una madre que no vuelve más y se convierte en globo la hago con estilo realista o tipo Gorey uno dice ‘¡qué tremendo!’, pero si la hago así uno dice bueno, es un chiste, es para reírse”.

 

Chile en Bolonia, un espacio ganado

Importantes incentivos como un programa de traducciones, y sobre todo, el trabajo coordinado entre el Consejo del Libro, ProChile y la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de RREE, permiten costear a una delegación de casi 30 personas con pasajes y estadía incluidas, y ha posibilitado que decenas de ilustradores, autores y editores puedan viajar desde hace varios años a las Ferias más importantes del libro del mundo a ofrecer su trabajo y conocer las características de la demanda editorial.

Por Vivian Lavín, corresponsal desde Bolonia

L

a Feria de Bolonia ofrece un espacio donde se intercambian y muestran “contenidos para niños”, esto es, no solo libros infantiles -considerando que los formatos con los que convive hoy el libro son cada vez más amplios- sino también la creación de aplicaciones digitales, audiolibros, y el licenciamiento. Con China como país invitado de honor 2018, la Feria del Libro Infantil quiso homenajear a una potencia editorial, impresora y compradora de derechos, sin contar con la enorme oferta creativa que tienen para su propio mercado. De hecho, las pequeñas editoriales chilenas vienen ya desde hace mucho tiempo imprimiendo sus libros en China, aunque esto sea a miles de kilómetros de distancia, debido al excelente precio y calidad que ofrece. Esto sucede, por lo general, cuando el Estado les solicita tirajes abultados. El mercado chino representa, junto al asiático en general, una fuente casi inagotable de oportunidades para vender copyrights o el derecho a reproducir libros por tirajes impensables en este lado del mundo. Hay que considerar que el tiraje promedio de un libro en Chile no supera los 500 ejemplares, de modo que alcanzar estas dimensiones implican una oportunidad de crecimiento inédita.

¿Y qué pasa con Chile?

¿Qué tiene que mostrar Chile en un mercado tan competitivo y desarrollado como el que se da cita en la Feria del Libro de Bolonia? Mucho agua ha pasado bajo el puente desde lo que sucedía hace más de una década cuando solo iban hasta allá las fundadoras de Editorial Amanuta o Constanza Mekis, una de las creadoras de las Bibliotecas CRA –Centro de Recursos del Aprendizaje -, y arribaban a un espacio cedido gratuitamente por los organizadores a aquellos expositores de países subdesarrollados… por cierto en una esquina prácticamente invisible.

Todo eso ha cambiado, y en la versión número 55 de la Feria, Chile contó con un stand de casi 50 metros cuadrados, que consideraba cinco mesas para la compraventa de derechos, un espacio de exhibición de los libros, una pequeña bodega-cocina donde se disfrutaba de un excelente espresso italiano y refrigerios para calmar la sed y el hambre de una treintena de personas que eran parte de la delegación y, dominando todo el espacio, una gigantografía que reproducía una de las páginas del libro La playa de la ilustradora chilena Sol Undurraga, ganadora del Premio Opera Prima 2018. Todo esto, sin contar que en el stand contiguo estaban las mismas Amanuta, como se les llama coloquialmente a las socias Ana María Pavez y Constanza Recart, que en esta versión fueron nominadas para el Premio BOP, que reconoce al oficio editorial de diferentes regiones mundo. Es la segunda vez que son nominadas a este premio y, lo cierto es que el solo hecho de estar entre los finalistas las sitúa en el olimpo boloñés.

Para que esto fuera posible, es decir, que la ilustración y la edición chilena hayan conseguido esta visibilidad y prestigio en las grandes ligas, es producto del trabajo serio que realizaron un par de editoriales infantiles nacionales por años, haciendo escuela, entre las que también se cuenta a Ekaré Sur. Por si fuera poco, mientras en el pabellón se realizaba una fecunda actividad comercial, la autora Sara Bertrand realizaba una exitosa gira por Italia y Lola Larra presentaba la versión en italiano en su libro Al Sur de la Alameda.

Importantes incentivos como un programa de traducciones, y sobre todo, el trabajo coordinado entre el Consejo del Libro, ProChile y la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de RREE que permiten costear a una delegación de casi 30 personas con pasajes y estadía incluidas, han permitido que decenas de ilustradores, autores y editores tengan la posibilidad de viajar desde hace varios años a las Ferias más importantes del libro del mundo a ofrecer su trabajo y conocer las características de la demanda. Toda una organización que despierta la admiración y envidia de argentinos, peruanos y demás editores latinoamericanos que no cuentan con la ayuda de sus gobiernos para abrirse al mercado internacional. Porque el Chile de salmones, vino y cobre se va abriendo a nuevos mercados como es el de las industrias creativas, propias de países desarrollados que siguen dominando la escena, pero que van encontrando a nuevos competidores como Chile, donde el sector público y privado trabajan de manera coordinada. Una situación ejemplar a este lado del mundo y que orgullosamente los chilenos exhibimos como parte de una política pública de apoyo a las industrias creativas que queremos ver cada vez más consolidadas.

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Fotografías de Paula Vásquez

En torno a la violencia en la LIJ

Vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes.

Por Hugo Hinojosa, especialista en literatura, integrante de CiEL Chile


Ilustración de Francisca Luco Verdugo, Moriven | moriven.illustration@gmail.com

Un auto pasa a toda velocidad sobre las ramblas barcelonesas, matando a un par de turistas. Otro auto avanza en Estados Unidos, atropellando a un grupo de protestantes contra los supremacistas blancos y dejando una víctima fatal. Todo esto será luego transmitido por televisión a través de sus noticiarios y extras informativos, estará presente en las páginas de portada de diversos medios de comunicación nacional e internacional, difundido a través de redes sociales, replicado en cientos de videos de YouTube. Y crecerá la paranoia, mientras presidentes y mandatarios de diversos países comentan en torno a sus armamentos y la posibilidad de su uso en caso de agresión. Y no nos olvidemos de la violencia ejercida contra mujeres, que terminará en horribles crímenes cubiertos ampliamente por la prensa. Padres y madres creerán ver en la música o en los videojuegos que sus hijos e hijas consumen la respuesta al grado de hostilidad presente en ellos.

Un panorama de la violencia
Claramente vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes; criterios que operan desde la flagrante censura y omisión de temáticas sensibles, hasta el abordaje paternalista completamente edulcorado para este público lector. Importante sería considerar entonces cuál es el rol que le asignamos, o más bien, qué entendemos por literatura. Mientras ya en los ajustes curriculares del área de lenguaje de nuestro propio sistema educativo se sostiene a esta como “constructo verbal y, por tanto, cultural, cargado de sentido”, es decir, en contacto permanente y bilateral con la sociedad que la produce, preferimos sobreexplotar la violencia de la era de la posverdad a través de los medios de comunicación, mientras queremos esconderla en la obras de ficción que la recrea.

Según la Real Academia Española, la palabra “violencia” proviene del latín violentia, como una cualidad de “violento” también del latín violentus. Este devaneo etimológico nos lleva a comprender que violentus implica en su raíz el exceso o abundancia de fuerza en una acción, lo que nos conduce a comprender que la violencia (y su aplicación) no está solamente presente en la realidad, sino que opera en la forma en que los textos dirigidos a públicos infantiles, adolescentes y juveniles son censurados o manipulados por los adultos. Negar la propia realidad hostil es un gesto violento, pero habría que matizar hasta qué punto los textos literarios funcionan en dicha lógica.

La ideología tras la violencia
Cuando se abordan obras literarias, cualesquiera sea su tipo, se hace necesario comprender que tras ellas siempre hay una ideología explícita o implícita que las está sustentando. Aquella idea se vuelve aun más relevante, al intentar establecer algún tipo de lectura en torno a la violencia que se presenta en algunos textos dirigidos a niños o jóvenes. Si pensamos en la propia tradición escritural (y visual) asociada a los libros infantiles y, posteriormente, juveniles, veremos que la agresividad se hace presente constantemente. Así, por ejemplo, mientras los reconocidos hermanos Wilhelm y Jacob Grimm prefirieron eliminar ciertas referencias sexuales que se encontraban en las versiones previas de Caperucita roja, como la de Charles Perrault de 1697, no tuvieron ningún problema en mantener y acentuar ciertas escenas violentas, con la finalidad de generar un cierto alivio psicológico en el lector infantil tras el triunfo del bien y el castigo del mal. De esta manera, el clásico “fin justifica los medios” es reconocible cuando al cazador se le permite abrir de lado a lado al lobo, con tal de salvar a la abuela y Caperucita, para luego rellenarlo con piedras y, una vez muerto, despellejarlo. Desde dicha perspectiva, podríamos ver en el trofeo de la piel del lobo un símbolo de la destrucción absoluta del miedo en la mente de los niños. Posteriormente, en versiones como el relato versificado de Caperucita realizado por Gabriela Mistral, encontraremos que la violencia no es erradicada de la obra, aunque la autora decide mantener trazos del original de Perrault, y además asumiendo la muerte de la protagonista con una brutalidad inusitada para los relatos infantiles.

Esto se explica en palabras de la misma autora, quien señala: “que la primera lectura de los niños sea aquella que se aproxima lo más posible al relato oral, del que viene saliendo; es decir, a los cuentos de viejas y los sucedidos locales”. Es así como, a pesar de escoger de guía una versión netamente literaria (para este caso la clásica de Charles Perrault), la poetisa es consciente de que hay un relato previo anclado en la oralidad, y que este sería el espacio que pareciera ser más adecuado para hacer entrar a los niños. A pesar de esto, no debemos olvidar los cambios evidentes que podemos hallar al traspasar los relatos desde la oralidad hacia la reescritura literaria. Omisiones, cambios, diversas modificaciones al ritmo narrativo, entre otros, van haciendo que lo que llega a nosotros sea solo un remedo del original, pero aun así podemos intuir aquella esencia de la historia inicial. En el caso específico de este relato, su modificación (hasta llegar a la versión específica de Mistral) se vuelve relevante, porque deja a la vista la ideología que intenta formar a los niños, pero desde la violencia y el miedo.

Tal como indica la especialista española Teresa Colomer: “Las versiones populares contienen características típicas del folklore que fueron vulneradas tan pronto como la escritura las fijó (…) estas versiones orales fueron convertidas en “literatura” y dirigidas a una audiencia muy diferente de la de los cuentos de tradición oral. Para poder adecuarse al público de la corte de Luis XIV en Versalles, Perrault censuró los elementos más crudos del relato”. Es decir, en el traspaso hacia la escritura, y luego hacia la literatura infantil, el texto fue siendo limpiado y moralizado, pretendiendo con ello generar una enseñanza particular. Con las reinterpretaciones posteriores (como la de los hermanos Grimm), vemos que el caso se extrema, y episodios violentos, como la propia muerte de la protagonista, son modificados permitiendo una conclusión feliz y satisfactoria ante la acción criminal del lobo, pero que sigue manteniendo la brutalidad en la resolución de los conflictos.

Ahora, si pensamos en otros relatos tan familiares y reconocibles como el Peter Pan de J. M. Barrie, veremos personajes como el villano Capitán Hook temiendo ser devorado por el cocodrilo, el mismo que ya se ha comido anteriormente su mano, luego que la cortara Peter en una de sus batallas. Este breve ejemplo nos muestra como en gran parte de estas historias clásicas, la utilización de la violencia explícita es justificada, ya que se está castigando la perversidad. De esta manera, el conflicto entre el bien y el mal siempre es decidido a través del uso de la crueldad y la agresión. Asumiendo, nuevamente, que la literatura opera bajo ciertas ideologías y modelos culturales, podríamos suponer que la lógica tras estos relatos no se aleja mucho de los discursos tan actuales de la guerra contra el terror, que proponen algunos estados contemporáneos. Al parecer, desde esa vereda, la única respuesta del ser humano a la violencia sería responder con más violencia.

Si seguimos avanzando y considerando otros referentes tradicionales, como el clásico Pedro Melenas (Struwwelpeter) de Heinrich Hoffmann, publicado en 1845 y asumido como precursor del libro álbum, apreciaremos de manera visualmente explícita la violencia. En esta obra se incentiva el miedo y el terror como una manera de generar un comportamiento adecuado para la infancia (siempre desde la visión del adulto). El afán formador y moralizante tan propio de las obras infantiles del siglo XIX acentúa la idea del “deber ser” del niño y para ello, el recurso de la violencia impuesta ya no solo sobre el mal, sino sobre el propio lector, genera un espacio en donde la agresión se valida como instrumento pedagógico. Si pensamos en nuestros abuelos, recordaremos el tradicional discurso de “la letra entra con sangre” que era tan familiar, pero en donde parecía que no había ningún tipo de verdadero cuestionamiento a dicha expresión coloquial. El mismo Hoffman dirá: “la imagen de la desgracia instruye más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones”. Entonces, podemos ver que, por lo menos en sus inicios, el uso de la violencia y la crueldad en textos dirigidos a niños y jóvenes fue fortalecido por un afán moralizador que formaría la conciencia de estos.

Acá estamos hablando de una violencia que podríamos señalar como explícita, lo que en palabras del sociólogo noruego Johan Galtung se define como “violencia directa”. Por otro lado, para este investigador hay cierto tipo de violencia que no se muestra abiertamente, que queda escondida, y es esta la que generalmente impacta mayormente en los textos dirigidos a infancia, adolescencia y juventud. A esta le denominaremos “violencia cultural”, la que se define como aquellos aspectos de la cultura (como la literatura) que son utilizados para validar o legitimar aquella violencia que está más a la vista. Para Galtung, esta violencia simbólica “no mata ni mutila como la violencia directa, pero igual hace daño”. Es decir, esta definición se torna relevante ya que hace evidente que en muchas obras la violencia no solo es aquella visible, como en el castigo al lobo o el miedo de Garfio a ser devorado por un reptil, sino que también está presente en lo que se dice, en lo que se impone como idea en las historias, ya que esto finalmente impactará en aspectos tan importantes como la construcción de la identidad individual y social de los propios lectores infantiles o juveniles que acceden a ellas. De esta manera, será recurrente percibir, luego de un simple análisis, que tras los afanes moralizantes de algunos relatos se esconden discursos de odio y agresión más violentos aun.

Esto nos sitúa en una interesante encrucijada, en la cual deberíamos hacernos un par de preguntas. ¿Debemos entonces censurar toda violencia presente en los relatos para niños y jóvenes? ¿O más bien es el uso que se le da a cierto tipo de violencia explícita en las obras? Claramente la salida no va en obviar o esconder la crudeza, convirtiendo las diversas historias en relatos estériles e ingenuos, sino más bien en hacer conscientes los mecanismos que avalan o se oponen a algunos modelos culturales. Podríamos contraponer a dicha postura la reflexión planteada por la célebre ilustradora Jutta Bauer en su última visita a Chile, cuando indicaba que, considerando la hostilidad permanente a la que somos sometidos en el mundo, hacer obras alegres para los niños se vuelve necesario y los mismos lectores lo requieren. Pero dicha posición no se confronta a una lectura crítica en torno a ciertas obras. De esta manera, apreciaciones negativas en relación al género (como, por ejemplo, el posicionamiento de la mujer en la sociedad), agresiones solapadas vinculadas al racismo, ocultamientos de la marginalidad o la pobreza, entre otros, podrían ser expuestos abiertamente para ser discutidos y pensados por los propios lectores. Mientras no sea evidente la violencia cultural, se seguirán avalando los otros tipos
de agresión más visibles.

En esta perspectiva, pensando en obras creadas para jóvenes, tenemos casos tan reconocibles como Los juegos del hambre, en que la presencia de una aparente protagonista femenina empoderada oculta una construcción del personaje desde un modelo masculino agresivo, que viene a replicar las miradas habituales en torno al género en otras obras más explícitas. Por otra parte, la violencia más directa, que apreciamos en los propios juegos del hambre y luego en la guerra que se desata contra Panem, hace que la obra asuma la agresión y la muerte como único medio de supervivencia en un entorno hostil. Esta misma forma de abordar las historias es frecuente en otros relatos adolescentes y juveniles de moda (como Maze runner o Divergente), cuyo centro en la acción, la aventura y, por supuesto, la violencia, se muestran como las únicas posibilidades de representación de la adolescencia y la juventud.

La violencia como motor reflexivo
Es evidente que la erradicación de la violencia como tema no es la salida en las obras dirigidas a niños y jóvenes. Muchas veces, su tratamiento adecuado permite a los lectores asumir realidades que en su dureza ayudan a situarnos como individuos en espacios complejos, la mayoría de las veces agresivos. Así, es interesante observar a autores como el célebre Roberto Innocenti o el colombiano Jairo Buitrago, quienes discuten con ciertos grados de violencia cultural abordando temas complejos y duros, pero permitiendo que no opaquen el centro de sus relatos. Son destacables en el caso de Buitrago sus obras Camino a Casa (junto a Rafael Yockteng) y Un diamante en el fondo de la tierra (con el chileno Daniel Blanco Pantoja), en las que decide acercarse a las situaciones de violencia de estado tan frecuentes en las dictaduras latinoamericanas, pero sin poner la mirada directa en la crudeza de los hechos, sino más bien ahondando en las diversas consecuencias personales, familiares (y sociales) de estos procesos políticos tan brutales en nuestros países.

Siguiendo la misma línea temática, pero en clave novelística, podemos destacar Matilde de Carola Martínez, escritora chilena radicada en Argentina, y Piedra, papel o tijera de la argentina Inés Garland, las cuales abordan de manera más frontal los procesos dictatoriales, permitiendo que la violencia sea escenificada, pero como resultado de una sociedad quebrada. La violencia también puede ser una metáfora, una atmósfera que enrarece los espacios, generando una sensación de que la sordidez está ahí, frente a nuestras narices, como es el caso de La niña calva, breve relato de Jorge Franco, muy bien ilustrado por Daniel Gómez Henao, cuya historia de una niña pequeña encerrada en casa nos deja con un sabor agrio al final. Por otro lado, es ejemplar el caso de la ampliamente reconocida escritora brasileña Lygia Bojunga, quien a través de textos imprescindibles como El abrazo, Mi amigo el pintor o Retratos de Carolina, se enfrenta a temáticas tan duras como el suicidio, la violencia sexual, la muerte, entre otras; pero siempre bajo un lenguaje cuidado, profundamente poético y que nunca es condescendiente con sus lectores. Finalmente, en una vereda similar podemos destacar el trabajo de Natalia Silva, alias Natichuleta, autora de la novela gráfica No abuses de este libro, y Azul, de Marcela Paz Peña junto a José Andrés Murillo, quienes abordan de manera directa la situación de abuso sexual hacia menores de edad, pero siempre estableciendo el camino de la resiliencia desde una mirada que acoge, y no que intenta apologizar o educar ante una situación tan traumática.

Es así que una gran cantidad de obras actuales han decidido hacerse cargo y asumir la presencia de la violencia en nuestras vidas, pero comprendiendo que no podemos obviarla o esconderla bajo la alfombra, intentando generar un espacio protegido para la infancia o la juventud, sino más bien presentándola como algo que hay que discutir. El discurso de la violencia tampoco puede ser aleccionador o moralizante como lo fue en siglos pasados, usándola como medio para generar el terror en una estrategia de shock inmediato. Por el contrario, la violencia directa, o la cultural que se esconde tras las imágenes o las palabras, pueden ser los medios que permitan pensar el tipo de sociedad que estamos construyendo, al asumir a los lectores en su capacidad de reflexionar el mundo que los rodea.

Publicado en RHUV Nº26

Azul. El dolor de la infancia

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar
el propio yo más que acompañarlo.

Por José Andrés Murillo, director Fundación Para la Confianza y autor de Azul.


Ilustración de Valentina Silva

El lenguaje no crea realidad. Pero sí puede ocultarla y volverla dolorosa a través de ese otro lado del lenguaje, que es el silencio. Más bien diríamos: silenciamiento. Así ha sucedido durante siglos -y sucede aún hoy- con la violencia cometida contra niños y niñas. Se trata de una violencia que, además de permanecer impune, muchas veces se disfraza de educación, disciplina o respeto por los adultos. Violencia que si no se nombra, se normaliza y fortalece. Aun más, cuando la violencia se normaliza, generalmente se culpa a las víctimas (explícita o implícitamente) del sufrimiento que les produce.

Esta es la violencia que queremos nombrar hoy. La violencia contra la infancia que muchas veces es sutil, engañosa. Nombrarla por primera vez o tal vez inventar una nueva manera de llamarla, para superarla.

Sin embargo, no podemos comprender la violencia sutil contra la niñez si no pasamos por la violencia brutal de la que aún son víctimas miles de niños y niñas en nuestro país. Muchos más de los que quisiéramos creer1. A veces queremos tanto que no exista esta violencia, que pasa por nuestro lado sin ser percibida como tal, con lo que se fortalece. Entonces hay que juntar valor. Valor para nombrarla, verla, combatirla. Esto permite ir creando los caminos para resignificarla, asumirla y superarla. La violencia que ha sido silenciada. Sabiendo que en muchos casos un niño -un adulto que vive con su historia de niño violentado- no es que no quiera, sino que no puede nombrar la violencia de la que fue víctima. Aunque la sufra, aunque le provoque tristeza. La estructura misma de la violencia y el trauma producen un vacío cognitivo respecto de lo vivido, lo sufrido. No hay una decisión de guardar silencio, de olvidar un evento traumático, sino que el contexto en el que tiene lugar el trauma, y el trauma mismo, traen consigo el silencio, su silenciamiento.

Pero silencio no significa inexistencia. El olvido cognitivo lleva muchas veces aparejada una memoria afectiva y corporal monstruosa. Memoria traumática. La estrategia de supervivencia del cuerpo de un niño ante el estrés que provoca un evento muy traumático, como un abuso sexual por parte de un ser cercano, un ser que se suponía que estaba ahí para cuidar, para ser confiable, consiste en una desconexión de su sistema consciente. Se desconecta el sistema consciente integrado de la percepción del ambiente entre memoria, emoción e identidad. Es lo que los especialistas llaman disociación. Ese mecanismo de defensa que tenemos ante situaciones que sobrepasan nuestra capacidad de integrarlas, como la traición que implica la violencia física o simbólica ejercida por alguien cercano. Es decir, ante la traición del cuidado.

Ahora bien, la disociación no implica la eliminación del dolor desde la memoria traumática, sino solo su fragmentación. La memoria traumática seguirá presente, pero de manera fragmentada, no a modo de consciencia, sino corporal, afectivamente; hiriendo, socavando el yo que sigue huyendo hacia dentro o hacia fuera, huyendo del dolor. El proceso simbólico de nombrar la violencia implica casi siempre revivir de manera consciente el dolor, integrar la memoria, la identidad y la sensación de realidad, corporal y ambiental. Dolor físico, pero también dolor de la traición, la confusión, manipulación hasta entonces sin nombre. Niños y niñas que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia por parte de algún ser cercano, incluso por parte de un ser querido, demoran a veces más de 10 o 20 años en encontrar el nombre para esa sensación de tristeza que los acompaña. Tristeza que es consecuencia de una violencia que no debiera tener nombre porque no debiera existir. Sin embargo está ahí, y algunos hemos querido encontrar estrategias para acompañar a personas que lo han sufrido, para que en este proceso no tengan que sacrificar su propia identidad o supervivencia.

Es así como hemos querido crear maneras de comprender, de prevenir situaciones de abuso o maltrato infantil; detectarlas, intervenirlas y acompañar a personas que fueron víctimas durante su niñez. Este es un desafío tan grande como urgente. Hay situaciones de violencia hacia la infancia que son tan traumáticas, que prácticamente nadie las discute, como el abuso físico y sexual. Sin embargo, hay otras formas de maltrato que también están ahí, más sutiles, y provocan igualmente traumas que no siempre son conscientes, que muchas veces solo traen aparejados tristezas profundas y sin nombre, sin forma, sin aparente razón.

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar el propio yo más que acompañarlo. Doblegar que viene más del miedo de los adultos que de la necesidad de educar. Miedo a perder poder, ser cuestionados, no saber qué hacer. Miedo al fascinante y aterrador mundo de la infancia, que vive otra lógica, otro lenguaje y que tiene más para enseñarnos que lo que nos atrevemos a aceptar. Porque rompe, cuestiona e interpela la lógica y el lenguaje adultocéntrico de poder, de producción, de competitividad, de desconfianza, de abuso. Por eso, en lugar de acompañar, los adultos queremos doblegar. Es lo que sentí cuando una persona, muy bien intencionada, me regaló el libro Duérmete niño, que se supone enseñaba una técnica para, en 7 días, hacer dormir a un niño solo. Cuando la primera noche quise aplicarlo, nos dimos cuenta de que era una técnica para doblegar hasta el cansancio la necesidad de nuestra hija de estar en mis brazos. Sentí el peso del miedo y la impotencia, y su llanto fue voz, fue interpelación. En ese doblegar, sutil y por tu propio bien -diría Alice Miller- se inoculaba la raíz de la impotencia, la rabia sin nombre y sin objeto, la violencia hacia uno mismo y hacia los otros. Asumir que prácticas que tenían el nombre de educación pueden ser violencia, y devolverles el nombre, libera.
Cuando escribimos el libro Azul con Marcela Paz Peña, acerca de un niño que sufre una vulneración y, aun más doloroso, sufre la incredulidad, la indiferencia, la incomprensión, la falta de nombre por parte de los adultos, de ese dolor, el nombre llegó solo. La inmensidad del cielo y el mar, la omnipresencia que parecía tener el color azul era suficiente para llamarlo así. Sin embargo, fuimos más allá. Nos dimos cuenta de que en la Grecia antigua no había un nombre para ese color. Aún no está claro si estaba prohibido nombrarlo, no tenía nombre o no lo veían.
Hay algo en nosotros, los adultos, que hace que no podamos nombrar el dolor de los niños. Y no es solo indiferencia o falta de empatía. A veces lo es. También puede ser miedo a no poder comprenderlo, consolarlo, acompañarlo. Entonces surge el poder de la doblegación, el olvido, la orden de no llorar, si no es para tanto. Y así, la indicación de transformar una experiencia dolorosa pero real en un delirio. A negar y transformar en dolor, sin nombre, sin lugar… disociar. Pero también se puede emprender el desafío de acompañar. Sin negar ni sobredimensionar. Acompañar. Estar ahí, validar, hacerse cargo junto a él, de ese dolor injusto, absurdo, horrible pero real. Y así, integrar. Es lo que sucede cuando nombramos un color -imagen recurrente del mundo de los afectos- que parecía ser sin nombre. Como azul.

Violencia en la LIJ chilena: El lento camino para hacerla visible

¿Visibilizamos la violencia en la literatura infantil? ¿Cómo lo hacemos? ¿Qué temáticas particulares queremos tratar? Estas preguntas y más son las que nos hicimos y que quisimos responder a través de las voces de editores chilenos. Cómo se están haciendo cargo ellos de los temas violentos en la LIJ y cómo logran cautivar a sus pequeños lectores.

Por Catalina González, editora FHUV


Ilustración de Manuel Méndez | Manu con tinta

En el momento en el que nos decidimos a abordar el tema de la violencia en la literatura infantil y juvenil asumimos que la tarea no sería fácil. Cualquier asunto que conlleve una implicancia moral o ética es complejo de tratar. Si a esto sumamos el hecho de que estamos hablando de un tema presente en la literatura que va dirigida a niños y adolescentes, la complejidad se torna aún mayor.

A lo anterior hay que agregar el contexto cultural. Como chilenos, somos parte de una cultura tradicional y conservadora que hace que sea muy propio no hablar de temas incómodos o difíciles. Además, la lejanía geográfica de nuestro país hace que las influencias de países lejanos y de culturas diferentes tarden en llegar.

Entonces, ¿cómo hablar de violencia y literatura infantil y juvenil?

Para entenderla y analizarla, pensamos que primero había que abrir la conversación y considerar diferentes tipos de violencia. Así aparecieron la violencia de género, el maltrato infantil, la xenofobia, el bullying, las violaciones a los derechos humanos, el abuso sexual, el maltrato psicológico y la guerra.

Lo más llamativo al abordar el tema fue la respuesta inmediata de cada una de las voces con las que hablamos: “la violencia ha estado siempre en la literatura infantil. Los cuentos clásicos son terriblemente violentos”, fue lo que se oyó sin excepción. Y es cierto. Conocemos, y no nos llaman la atención, relatos como Caperucita Roja o Hansel y Gretel, en los que la violencia es absolutamente explícita. La Caperucita que escribió Charles Perrault, y que rescató de la tradición oral, probablemente no podría ser hoy publicada sin considerar importantes cortes editoriales. “Antes leíamos los clásicos, pero no se concientizaban, ahora hay mucha más conciencia” comenta Rafael López, editor de Hueders, quien concibe a los niños como seres autónomos intelectualmente, reflexivos y parte de la sociedad como cualquier adulto, por lo que esconderles ciertos temas no tiene sentido: “Tienen que entender que la violencia está ahí. La violencia está y hay que encontrar la forma en que los niños la saquen. Negarla es absurdo. Tiene que ser parte de su cotidianeidad”.

Surge aquí una primera postura respecto al tema. La violencia está implícita en todo, entonces es mejor liberarla que negarla. Pero, ¿nos hacemos responsables de cómo comunicarla?

Sí, la literatura se está haciendo cargo y las editoriales chilenas se están sumando. Sin embargo, también enfatizan la necesidad de un delicado tratamiento del texto, para llegar a un libro cuidadosamente editado, dirigido a cualquier niño, de diversas realidades, con distinto bagaje cultural y que puede haber sido -o no- víctima de violencia. “Es importante abrir esas conversaciones difíciles, pero respetando siempre la mirada de los niños. No sé si tiene sentido hacer un libro que entregue la mirada de los adultos. La idea es conectar con la sensación de los niños frente a temas difíciles, no con la nuestra, como adultos”, indica María José Thomas, editora de Ocholibros. Esta parece ser la opinión general de nuestras editoriales locales.

“No hablar de ciertos temas” parece estar pasado de moda en el mundo editorial: “La literatura nos ayuda a pensar, nos permite construir mundos, nos entrega pautas. Hacernos los tontos no publicando libros que aborden la violencia, no”, enfatiza tajante Ana María Pavez, editora de Amanuta. “Es mejor acercarlos al mundo con un producto bien hecho, responsable; que acercarlos, por ejemplo, con un video que pueden ver en YouTube”. Este punto es clave. El consumo de información que tienen niños y adolescentes hoy es excesivo y sin filtros. Son día a día testigos de noticias terriblemente crueles y violentas. Para qué decir lo que pasa cuando entran a internet o son parte de chats en WhatsApp en los que las ofensas o memes agresivos son algo habitual.

Pese a este escenario, existe una cierta prudencia al abordar el tema desde la LIJ, como si el mundo de los libros infantiles y juveniles estuviera alejado de ese contexto. La especialista en LIJ Maili Ow no está de acuerdo con esa mirada: “Me parece que hay que afrontar el tema directamente. No como un panfleto, sino que usando recursos del arte, estéticos, visuales, verbales; bonitas ediciones, un producto de mucha calidad”. Como complemento, cree que las imágenes pueden aportar a tratar este tema, ya que en su opinión los tópicos más difíciles en la literatura infantil son más abordables a través de la imagen que de la palabra: “La visualidad se ha ido posicionando, pareciera que la imagen va más de avanzada, que permitiera decir cosas que las palabras no pueden”.

El mundo editorial en Chile no quiere excluir la violencia ni otros temas difíciles de sus catálogos infantiles. Quieren que esté presente y exhibirla responsablemente, desde distintos ángulos, pero, ¿quieren enseñar a través de los libros? La respuesta es no. Al leer un libro, inevitablemente, se integrará conocimiento y experiencia, pero dar pautas a través de la narrativa infantil parece no ser el objetivo final. Al menos, no en las editoriales pequeñas, cuyo principal enfoque son los buenos textos y los relatos atractivos, que despierten interés y curiosidad en sus lectores: “Consideramos que enseñar no es el rol de los libros. Y si queremos fomentar la lectura y que los niños disfruten de ella, creemos que por ahí no va el camino”, comenta María José Thomas: “Si bien la literatura sirve para abrir conversaciones, para plantearse temas, no está ahí para apostolar”.

De la misma forma piensa Rafael López, quién está de acuerdo con que no se excluya la violencia de los libros para niños, pero sin que el tema sea un pie forzado. Para él son esenciales las buenas historias, los relatos contundentes, que despierten curiosidad y ganas de leer. “Mi propuesta es que los libros sean interesantes para los niños y no tengan que estructurarse valóricamente. Sí dar posibilidad a un diálogo, y ahí es donde se les puede enseñar”.

La idea parece ser no convertir estos temas en una bandera de lucha, sino dejar que fluya la buena literatura. En esta línea, Rafael López destaca el trabajo realizado por Luigi Amara en su libro Los calcetines solitarios: una historia sobre bullying, que en su opinión aborda el tema de manera fresca e inteligente.

Siguiendo esta temática es que Ocholibros publicó su libro Espantoso, de Luis Alberto Tamayo; en él, la historia se desarrolla desde el agresor, que vuelve al colegio después de un año fuera.

¿Qué violencia vamos a mostrar?
El entramado social en el que vivimos parece ser un punto de partida común para abordar la violencia en Latinoamérica. La violencia social y política que ha vivido esta parte del mundo ha inspirado una serie de libros. Entre los autores, la mayoría coincide en destacar el trabajo del colombiano Jairo Buitrago. Amanuta, de hecho, se la jugó por publicar su libro Un diamante en el fondo de la tierra, en el que se aborda la dictadura en Chile, con ilustraciones de Daniel Pantoja.

Ocholibros, por su parte, desarrolló una colección en la que trabajaron con Villa Grimaldi, y que se llama Hablemos de…, dentro de la que destaca Canción para mañana, en que a través de una metáfora poética se tematiza el terror de quienes pierden a un familiar durante la dictadura. Y como el contexto social y político va abriendo temas, la migración y la xenofobia no se quedan atrás. Amanuta publicó El camino de Marwan, premiado con un Bologna Ragazzi el 2017, que retrata la realidad cruda de la migración.

Así, parece que estamos atreviéndonos a incluir en el trabajo editorial a la violencia; al menos la que se da puertas afuera, en el contexto público. La situación cambia cuando hablamos de lo que ocurre puertas adentro. Al parecer, la violencia sexual y la agresión que ocurre en contextos íntimos ha sido más difícil de abordar; o al menos eso podemos deducir al revisar la oferta de libros. En este ámbito, destaca Estela grita muy fuerte, en el que Isabel Olid y Martina Vanda describen la protesta de una niña a la violencia que sufre su madre por parte de su pareja.

Otro buen ejemplo es el realizado por Jutta Bauer con Madrechillona, en el que astutamente y a través de acertadas imágenes se refleja la violencia de una madre a su cría, con un final feliz.

En esto coincide Maili Ow: “Hay un conjunto de obras que habla de violencia política, otro de violencia escolar, eso todavía lo podemos tragar; pero cuando ya te metes en violencia contra la mujer, o contra los niños… No he visto en Chile mucho de eso”. Abrir el campo temático a este tipo de situaciones y conflictos es la siguiente tarea. Para Maili, hay algunos autores en Chile que se están atreviendo. “Aquí es clave lo que hace María José Ferrada, que ha seguido un camino menos seguro, pero más innovador a través de sus libros Niños y La tristeza de las cosas, por ejemplo. Sara Bertrand está como en el medio, saliéndose un poco del plan lector y avanzando a obras un poco más desafiantes temáticamente”.

Escuela y padres, los protectores
Nuestras editoriales sí se atreven. Son capaces y no les asusta producir libros infantiles en los que la violencia esté presente. Pero, ¿qué tanto de esto leen efectivamente los niños?
Ana María Pavez es enfática: “Los padres no quieren que sus hijos se enfrenten a temas violentos. Llegan en la noche y prefieren tocar otros temas, leerles otro tipo de cuentos”; incluso, asegura que estos libros no se venden en librerías.

El fenómeno sigue la tendencia norteamericana, marcada por una fuerte regulación de la literatura infantil. La asociación de padres juega un rol fundamental en esto y es sumamente estricta a la hora de decidir qué leen los niños. “Los compradores gringos no se interesan por comprar nuestros libros que pueden contener temáticas violentas; ellos quieren algo más bonito”, asegura Ana María.

Distinto es lo que ocurre en Europa, o incluso en países de Asia, lugares en que están más dispuestos y abiertos a abordar temas complicados, al menos en el mundo editorial infantil y juvenil. Acá, el espacio que se ha dado a temáticas violentas proviene de algunas editoriales que se han atrevido y se han desmarcado del plan lector. Las grandes multinacionales son menos osadas en el área infantil y juvenil.

En Chile, hay además otro freno: las escuelas. Según Maili Ow: “Este tipo de libros se compran, pero no han ingresado a las escuelas como parte del plan lector. Todavía hay muchos prejuicios. Hay una distancia entre el mundo editorial más grande y los libros infantiles que llegan a las escuelas a través de las bibliotecas CRA, o lo que se trabaja en distintos diplomados y seminarios, lugares en los que hay mayor apertura a estas temáticas”.

Trabajar con libros como estos supone mover un poco el piso de lo que pasa en el colegio, y hay muchos a los que aún no les acomoda. “Esto es un proceso y se han ido abriendo espacios. El CRA ha dado un gran paso, de ampliar el foco de la lectura, ha abierto espacio a libros no necesariamente parte del plan lector”, reitera Ow.
Vemos así que el mundo editorial sí está dando espacio a temáticas como la violencia en nuestro país, pero tenemos que ser conscientes de que esto es un proceso, que avanza lentamente y que encuentra detractores en el camino. Lo que parece ser un acuerdo implícito entre los distintos actores es la importancia de tocar los temas de manera adecuada, sin irrumpir en un espacio que por años ha sido cuidado y protegido. La tónica parece ser visibilizar el mundo como verdaderamente es, violento y crudo, pero con delicadeza, abriendo preguntas, despertando curiosidad, empoderando a los niños como seres autónomos y fuertes.

Publicado en RHUV Nº26

Lecturas veraniegas

Las razones son variadas: un propósito de año nuevo, un regalo de Navidad, el lugar perfecto para hacerlo…Lo que sí es claro es que los meses de verano para muchos son sinónimo de libros. Es por eso que les pedimos a voces expertas sus recomendaciones para esta época, los libros que ellos llevarán en su bolso de vacaciones. Aquí te los presentamos.

Francisco Javier Olea. Ilustrador.

 

Idolo / Maliki (Reservoir Books, 2017)
Maliki debe ser una de las narradoras más descarnadas y feroces de este género en Chile. Da la sensación de que siempre que entras en un libro suyo vas a recibir una clase gratis de cómo hacer una buena historia ilustrada.

Historia freak de la música / Joaquín Barañao (Planeta, 2016)
Lo empecé a leer con el prejuicio de que me iba a encontrar con un compendio de trivia y resultó ser (hasta donde voy) un recorrido muy interesante y ameno para entender la música en sus diferentes contextos históricos y sociales, a través de sus exponentes más populares y otras figuras menos conocidas.

La dimensión desconocida / Nona Fernández (Random House, 2016)
Hace rato que Nona viene, en base a mucho escribir y trabajar, ganando premios, distinciones y un espacio seguro en la literatura chilena. Leí su discurso al recibir hace algunas semanas el premio Sor Juana Inés de la Cruz y además de quedar con muchas ganas de leer esta novela, me dejó con ganas de escribir.

 

Francisco Ortega. Escritor, periodista, editor y guionista.

 

Idolo/Maliki (Reservoir Books, 2017)
Novela gráfica autobiográfica, llena de verdades/mentiras que dan lo mismo. Mucho sentido del humor, un encantador viaje al mundo de la historieta.

Allegados / Ernesto Garrat (Huederes, 2017)
Una sorpresa gigante. Un libro que me encantó. Lindo, emocionante, bien escrito y con ilustraciones del autor. Precioso.

El Secreto del Dresden / Alberto Rojas (Ediciones B, 2017)
Una entretenida novela de misterio y suspenso, en las costas de Chile. Historia, complot, contado de un modo ágil y con buen manejo de las reglas del thriller.

 

Jorge Baradit.Escritor

 

Agujero negro / Charles Burns (La Cúpula, 2008)
Es una novela gráfica que explota las posibilidades del formato a niveles impresionantes. Blanco y negro expresionista, dramática y perversa.

Santa María de Iquique / Carlos Tromben (Ediciones B, 2017)
La introducción de la narrativa en el relato histórico ha sido una forma de revolución en los últimos años. En este caso, Tromben nos acerca a uno de los eventos más traumáticos de nuestra historia de un modo emocionante, pero históricamente preciso a la vez.

Los enemigos de la democracia / Tzvetan Todorov (Galaxia Gutenberg, 2012)
La democracia fue un deseo y un dogma para la gente de mi generación. De pronto, este sistema que parecía un pilar inconmovible, tiembla y se agrieta. Todorov nos habla de los riesgos que corre hoy éste, el único sistema que conocemos que nos asegura los mejores, aunque a veces insuficientes, niveles de libertad e igualdad social.

 

Felipe Munita. Escritor.

 

La vida secreta de los árboles / Peter Wohlleben (Ediciones Obeslico, 2015)
Asomarse a ver cómo los árboles forman “comunidad” en el bosque (y no lo digo en sentido simbólico), descubriendo los últimos avances científicos al respecto, me parece simplemente alucinante.

La uruguaya / Pedro Mairal (Emecé, 2016)
Mairal es de esos raros escritores que todo lo que tocan se vuelve un gozo para el lector: poesía, crónica, cuentos… ¡así que espero zambullirme muy pronto en esta premiada novela!

Antología: Cien Poemas (o cualquier otra buena antología) / Marina Tsvietáieva (Visor Libros, 2009)
La reciente y muy gozosa lectura de esa fantástica evocación de la infancia que es “Mi madre y la música”, me hizo preguntarme por qué he esperado tanto para leer la poesía de una escritora mayor como Tsvietáieva.

 

María José Ferrada. Escritora

 

El cielo es azul, la tierra blanca / Harumi Kawakami (Alfaguara, 2017)
Terminé hace algunos días su libro Algo que brilla como el mar y creo que fue una de las lecturas que más disfruté el 2017. Me encantó la limpieza -tan nipona- de su lenguaje, su humor, la humilde humanidad de sus personajes.

El hijo de todos / Louise Erdrich (Siruela, 2017)
Siempre intento ir descubriendo nuevos escritores favoritos. Este libro acaba de ganar el National Book Critics Circle Award 2017, así que puede ser una lectura interesante. Esta novela, así como la mayoría de los trabajos de la autora, habla de un Estados Unidos que no conozco tanto, desde la literatura: el de la cultura amerindia, entiendo que específicamente de los chippewa que siguen habitando la zona de Minnesota y Wisconsin.

La soledad sonora / Emily Dickinson (Pre-textos, 2010)
Es una antología que me regalaron hace algunos meses. La leí y  durante el verano me gustaría leerla nuevamente porque Emily Dickinson es una poeta que nunca deja de emocionarme. De la lectura de sus poemas se sale como de un bosque nublado donde viste algo que sabes que existe, pero no logras nombrar. Sus poemas parecen cotidianos y, al mismo tiempo, resultan el mayor de los misterios.

 

Andrés Kalawski. Escritor y dramaturgo

 

How We Got to Now: Six Innovations That Made the Modern World / Steve Johnson (2014)
En libros sobre historia de la música, de la medicina y de los artículos de escritorio me siguen refiriendo a este libro. Es hora de ir por él.

El Tigre En La Casa. Una Historia Cultural Del Gato / Carl Van Vechten (Hueders, 2017)
De niño vivía en casa con gato. Ya no vivo en casa ni tengo gato, pero sigo siendo de los que se fascinan mirando a estos cuadrúpedos amorales y, al parecer, líquidos (pueden googlear la investigación al respecto).

El verano sin hombres / Siri Hustvedt (Anagrama, 2011)
Mi pareja es fan de esta autora y yo, estúpidamente, no la he leído. Creo en ese tipo de tonterías, como leer los libros en la estación correspondiente al título, así que ahora es cuando.

 

Mauricio Paredes. Escritor

 

Maps of meaning / Jordan Peterson (Descarga gratuita en su sitio jordanbpeterson.com. Enlace corto: is.gd/Iw5s4j)
El doctor Peterson es un psicólogo canadiense que ha saltado a la fama por su defensa a ultranza de la libertad de expresión. Lamentablemente este libro no está en castellano y se trata de un volumen académico relativamente denso. Más amigable es su nuevo 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos (enlace corto para Book Depository: is.gd/AZzelI)
En ambos textos se plantea el sentido de la vida humana como un equilibrio entre el caos, en donde exploramos cosas nuevas, y el orden, en donde retornamos a la seguridad de lo cotidiano. El punto intermedio entre exploración y seguridad es donde estamos preparados para encontrar el significado que puede tener nuestra existencia.

Cartas de C.S. Lewis a los niños (Andrés Bello, 1993)
Dada mi admiración hacia Lewis por su trabajo en LIJ y por sus ensayos sobre la fe cristiana, tengo mucha curiosidad de saber cómo interactuaba con los lectores de sus libros. A mí me llegan muchísimos mensajes, así que tal vez, si lo hago bien, después de mi muerte haya un E-mails de Mauricio Paredes a los niños.

Ready Player One, Ernest Cline (Ediciones B, 2011) Sugerido por mi señora e ilustradora.
Lectura entretenida para las vacaciones, ideal para los nostálgicos de los 80s, en particular de los videojuegos. Steven Spielberg hizo la película, que se estrena en marzo de 2018 y viene con efectos visuales impresionantes. Distopía, realidad virtual y suspenso ñoño.

 

Vivian Lavín. Periodista y escritora

 

La Levedad / Catherine Meurisse (Impedimenta, 2017)
La ilustradora francesa fue una de las pocas sobrevivientes del atentado en contra de la revista satírica Charlie Hebdo, en enero de 2015. Este libro es un viaje a la belleza, su redención con la humanidad.

Todos somos arquitectos/ Antonio Sahady (SM, 2017)
El destacado arquitecto y académico invita al gesto revolucionario de observar, admirar y sobre todo, reflexionar sobre la forma y fondo de nuestra capital. Las llamativas y evocadoras ilustraciones de Jorge De la Paz completan una visita documentada y didáctica a Santiago y a nuestro modo de vida.

El cardenal / Kote Carvajal y Lucho Inzunza (Liberalia, 2018)
Es una novela ilustrada sobre la biografía de quien fuera uno de los más grandes defensores de los DDHH en nuestra historia reciente, el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Recrea los momentos más duros de su sacerdocio con gran nivel artístico, impecable formato y notable fidelidad histórica.

 

Camila Valenzuela. Escritora.

 

La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich (Debolsillo 2017)
No se puede hablar de lo inefable, pienso y luego leo, veo, siento cómo Alexiévich encuentra las palabras. Entre ellas también está el vacío, el escondite de la voz. Ahí, en la escritura y los silencios, encontramos una guerra donde no hubo honor ni héroes patrios, números ni victorias. Es la historia de la muerte, el hambre, las escisiones, los fragmentos. Es la guerra de ellas, todas nosotras, las olvidadas.

Cuentos de hadas – Angela Carter (Impedimenta 2017)
El imaginario femenino presente en los cuentos de hadas ha sido, en gran medida, construido por recopiladores y escritores varones, quienes han representado a las mujeres bajo una visión patriarcal generalizada. Por el contrario, los relatos de Carter cuestionan, critican y/o subvierten esa ideología masculinista y heteronormativa, dejando de lado a las princesas rosadas para presentarnos un abanico de mujeres astutas, valientes, activas y únicas.

El nacimiento de la hebra – Julieta Marchant (Edícola 2015)
La infancia, la familia, los castaños, la muerte. El lenguaje, las ausencias, la precariedad de la historia, de la memoria. La abuela, la madre, la hija. Es difícil hacer una reseña de este libro de Marchant en un párrafo; todos los temas que aborda son tratados con una profundidad literaria, estética y filosófica que, aunque es usual en su pluma, encuentran aquí un espesor único. La escritura como búsqueda identitaria, la lectura como contemplación.


 

Violencia y libros ilustrados

De manera casi natural, la violencia ha orbitado entre otras realidades incómodas de la experiencia de la niñez que se exponen en la literatura infantil. Los cuentos clásicos emergidos de la tradición oral, donde la virtud o la moraleja se instalaron de lleno, son de una brutalidad primaria. Al paso del tiempo, los compiladores como Perrault y los hermanos Grimm se encargaron de matizar estas historias, ocultando elementos demasiado gráficos como asesinatos, incestos y violaciones. En este artículo no pretendemos ahondar sobre este proceso que ya ha sido bien documentado, sino acercarnos a la violencia en los libros ilustrados contemporáneos, donde la situación es distinta.

Por Adriana Benítez, maestra de preescolar e ilustradora mexicana, y Jairo Buitrago, autor colombiano de libros para niños.

Ilustración de Camilo Jerez

En algún punto, la literatura clásica comenzó a eludir contenidos escabrosos en las historias dirigidas al público infantil, a raíz de los cambios sobre el concepto de niñez. Antiguamente, la violencia fue un recurso para modelar la conducta; sin embargo, después se consideró que los niños debían ser protegidos y mantenidos a resguardo de conductas moralmente cuestionables. Actualmente, son los mismos adultos quienes buscan en la literatura una forma de experiencia vicaria para abordar temas sensibles con los niños.

No obstante, la contundencia de la imagen en los álbumes provoca inseguridad en lectores adultos que no están familiarizados con este tipo de libros. Por ello, escritores, ilustradores y editores han utilizado la metáfora como una mediación para evitar la exposición directa de la violencia frente al lector. Materializada en forma de todo tipo de monstruos e, incluso de ausencia, es una amenaza latente que no se muestra, pero que permite inferir la crudeza de la situación. Esta estrategia se ha utilizado junto con otras para establecer el tratamiento del tema de la violencia por considerarse “difícil” o “espinoso”.

Las formas en que se aborda la violencia en la literatura infantil podrían enumerarse de la siguiente manera:
» Positiva
» Burlona (slapstick o el absurdo)
» Realista

Positiva:
Se plantea una situación violenta que no se muestra literalmente, y se resuelve de la mejor forma posible. Da a conocer una realidad triste, pero el final transmite esperanza y aliento. Un ejemplo es el libro Te quiero, niña bonita de Rose Lewis. El tema principal es el deseo de una mujer por ser madre y la adopción de una bebé; el tema que subyace es el del abandono de la pequeña. La narración transcurre como un relato donde la mujer le cuenta a la niña la historia de su viaje para encontrarse con ella. La paleta de colores es suave y los trazos delicados. La atmósfera creada transmite dulzura y el desenlace es el ideal.

Burlona:
Los actos violentos adquieren diferente significado en función del contexto. Pueden verse en estos libros golpes, bofetadas, humillaciones, insultos y todo tipo de violencia gráfica. Sin embargo, el humor cambia su intención acercándolo al chiste “de pastelazo” o, como se le conoce en el cine clásico, slapstick. En el álbum Shrek de William Steig, el protagonista es echado de su casa de una patada y durante toda la historia utiliza la agresión como forma de relación común con los demás personajes.

Realista:
Esta forma de narrar se apega muchas veces a historias de la vida real, aunque no necesariamente se resuelvan favorablemente o con finales felices en todos los casos. Son buenas experiencias para la reflexión y la conversación con los niños.
Sinna Mann de Gro Dahle y Svein Nyhus es un álbum que aborda la violencia doméstica de forma directa, mostrando la superioridad del agresor frente a la víctima con el contraste de tamaños entre los personajes y el uso de los colores rojo y amarillo para acentuar la ira del padre, quien se convierte en un gigante capaz de destruirlo todo, hasta a su propia familia.
Cabe mencionar que la violencia se manifiesta en muchas formas y está presente incluso en los actos más cotidianos de la vida. Es por esto que resulta necesaria su identificación para evitar que se normalice. Los libros ilustrados han tocado estos temas, en que es posible descubrir lo que subyace en su narrativa. Algunos ejemplos son:

» La guerra: La historia de Erika. Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti

» El bullying: Oliver Button es una nena. Tomie dePaola

» Discriminación: Voces en el parque. Anthony Browne

» Racismo: Niña bonita. Ana María Machado y Rosana Faría

» Abandono: Te quiero, niña bonita. Rose Lewis

» La orfandad: Madeline. Ludwig Bemelmans

» Indiferencia: Ahora no, Bernardo. David McKee

» Maltrato físico: La peor señora del mundo. Francisco Hinojosa

» Marginación: ¡Un libro! Libby Gleeson y Freya Blackwood

» Machismo: Elenita. Campbell Geeslin y Ana Juan

Este es apenas un acercamiento a un fenómeno que resulta complejo y extenso. También hay que aclarar que los libros mencionados se eligieron por su calidad gráfico-literaria y no fueron escritos con un fin didáctico; la buena literatura lo es a instancias del tema que trata. Si bien los libros por sí solos no solucionan los conflictos, nos ayudan a comprender la complejidad humana.

Publicado en RHUV Nº26

Literatura y asepsia: sobre el gusto por limpiar

“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?” No matarás, Krzysztof Kieslowski.

Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur


Ilustración de Valeria Castro

El joven Jacek, protagonista de la película No matarás del director Krzysztof Kieślowski, en un acto puramente irracional y salvaje, asesina a un taxista sin ningún móvil aparente. La escena del asesinato es desgarradora, violenta y de un verismo angustiante y sucio. Primero lo asfixia, desde el asiento trasero del taxi, con una cuerda que vimos repetidas veces antes, como una suerte de sentencia o advertencia. Ante la resistencia del taxista, que lucha para no perder la vida, Jacek se baja del asiento trasero y le asesta fuertes golpes en los brazos para que deje de tocar la bocina. Se detiene un momento y se baja del taxi, rodeándolo, al acecho. El taxista intenta liberarse, con dolor, pero Jacek abre la puerta y golpea esta vez la cabeza del hombre con duros golpes descendentes. La mirada del taxista, agónica, escruta a Jacek, quien no soporta la visión de la muerte sobre sus ojos y solo puede proferir “Jesús” para luego cubrirle el rostro destruido con una manta. Lleva el taxi al borde de un río y baja al sujeto, arrastrándolo hasta la orilla. El hombre sigue vivo, balbucea algunas palabras con dificultad, con desesperación, mientras Jacek busca algo a su alrededor. Encuentra una piedra, una gran y contundente piedra, toma aire, duda, se llena de valor y termina con la vida del desdichado aplastándole la cabeza. Jacek, que nos recuerda a Caín, es condenado a la horca, suerte de correlato de la cuerda que vimos en distintos planos.

En toda la historia de la literatura podemos encontrar episodios de violencia: el conflicto edípico en la tragedia griega; la muerte del hermano justo, Abel, en la tradición bíblica; la imagen pornográfica en el marqués de Sade (ofensivo o indignante para ciertas sensibilidades). Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil. De la misma manera que parece inútil inventariar los rasgos o sesgos de violencia que existen en la literatura dirigida para niños y jóvenes. En la tradición occidental de este tipo de literatura, la violencia ha estado presente en una cantidad importante de narraciones, que sufren modificaciones según los tiempos que corren. Los hermanos Grimm supieron codificar esa violencia en relatos ejemplificadores; Ítalo Calvino, en sus versiones de los cuentos folklóricos italianos, no deja títere, dragón ni príncipe con cabeza; el doctor Heinrich Hoffmann no se guardaba recursos para aleccionar a sus pacientes con su famoso Struwwelpeter.

El inventario de la violencia, en tiempos de lo políticamente correcto, es el camino que los estados parecen haber tomado. Existen instituciones que utilizan diversos mecanismos para el control de lo que es correcto o no es correcto decir; para el control de la producción de los discursos. Algunas sociedades funcionan de manera más o menos represiva; otras lo hacen de forma solapada, utilizan la censura y el control de manera subyacente. Así, en algunas instancias, se llevan a cabo procesos de revisión de colecciones completas de libros con el fin de encontrar rasgos o discursos que atenten contra lo enmarcado dentro de lo correcto, por nombrar un ejercicio.

“Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil”.

En un breve, pero fundamental ensayo, Michel Foucault indica: “supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido” (El orden del discurso). Foucault distingue también otros dos grandes procedimientos de exclusión: la separación de la locura y la voluntad de verdad. Sin duda, a través de un nivel de sofisticación, el estado es capaz de controlar los discursos que se producen en diversas esferas de la vida social. Y la literatura no es ajena a ello.

En una línea de pensamiento cercana, el escritor sudafricano J. M. Coetzee escribe, citando a Herbert Marcuse: “en el siglo XX […] los estados han desarrollado técnicas para usar la tolerancia con fines sutilmente represivos”. Es común encontrar hoy en día libros que educan en valores globalmente aceptados como la tolerancia, la libertad de expresión, la aceptación del otro, entre otros temas. En esos casos, la violencia es utilizada de manera instrumental, como eje que articula temáticamente un relato en función de un discurso mayor. Haciendo el ejercicio del inventario de lo inútil, podríamos encontrar libros que tratan sobre los diversos tipos de violencia: discursiva, política, sexual, por nombrar algunas. Lo problemático, en esta situación, no sería su abordaje en la literatura (que podría ser muy sano, por lo demás), sino que una especie de homogeneización de los discursos. Una suerte de asepsia en la escritura, cuyo único daño es sobre la literatura misma y, como consecuencia, sobre sus lectores. Lamentablemente, los lectores más desfavorecidos por este tipo de libros son los niños incapaces de seleccionar sus propias lecturas.

En países donde existe una inversión del estado en temas relacionados con la cultura, existe al mismo tiempo una preocupación por los discursos que son aceptados o rechazados. Un filtro con el que se seleccionan los proyectos realizables. Así, en una convocatoria pública de fomento de la creación literaria, seguramente aparecerán bases y objetivos que estén alineados con las sensibilidades de turno. La consecuencia más evidente que este tipo de acciones puede tener es la estandarización de la literatura, la homogeneización de los puntos de vista.
J. M. Coetzee lo menciona de manera muy clara: “Bajo la censura no florece la literatura. Ello no significa que las órdenes del censor, o la figura interiorizada de este, sean la única -ni siquiera la principal- presión que sufre el escritor: hay formas de represión, heredadas, adquiridas o autoimpuestas, que pueden experimentarse más profundamente”. En el caso chileno, con el antecedente de una larga dictadura militar, periodo en el cual las manifestaciones artísticas fueron violentamente reprimidas, se generó una especie de autocensura, debido a la implementación de fuertes códigos valóricos que permearon la vida cultural y social del país, además de hacer mella en la producción artística.

Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria. Con la intención de suprimir o reducir discursos que atenten en contra de los sistemas valóricos actuales, los que valoran temas como la inclusión, la tolerancia y la libertad de expresión, no se hace más que segregar, evidenciar la diferencia y limitar la libertad de expresión. Es una paradoja de la libertad. Es cierto, se reducen, por ejemplo, los discursos discriminatorios, los discursos de odio; pero ¿cuánto pierde la producción literaria al autoimponerse un filtro, una reserva? En ese sentido, Coetzee indica: “A mediados de la década de 1980, me era posible dar por supuesto que la intelectualidad compartía en líneas generales mi opinión de que cuantas menos restricciones legales se aplicaran a la capacidad de expresarse, mejor: si resultaba que algunas de las formas asumidas por la libre expresión eran desafortunadas, ello era parte del precio de la libertad. La censura institucional era una señal de debilidad del Estado, no de fortaleza; el historial mundial de la censura era lo bastante repugnante para desacreditarla para siempre”.

El ejercicio de la libertad de expresión es, sin duda, paradójico. ¿Cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a soportar opiniones desafortunadas? ¿Cuánto odio, por ejemplo, somos capaces de tolerar? En la literatura para niños y jóvenes, estos rasgos de violencia o intolerancia han sido completamente suprimidos, blanqueados, en pos de una literatura completamente aséptica e inmaculada. Si la violencia es retratada, se hace para evidenciar lo reprobable de los actos violentos: la discriminación, la guerra, la migración forzada. En ningún caso para problematizar, para discutir las posturas, para ensuciar los discursos.

Hace un año asistí a una exposición de Otto Dix en el Museo Nacional de Arte de México. Paradojalmente, yo estaba ahí haciendo un libro para niños. Difícilmente alguna obra de Otto Dix podría integrar las páginas de un libro para niños. Hombres descuartizados, con las tripas revueltas en medio del campo de batalla, o en el fondo de una trinchera infecta. Centenares de muertos que se apilan uno sobre el otro, como una pirámide humana, carne y sangre derramada. El dolor y el miedo en el rostro de figuras ya sin vida, que la perdieron con esa expresión grabada para la eternidad. No hay lecciones en esas pinturas ni en los aguafuertes ni en los grabados de Otto Dix. Solo un sistema de significantes y un tratamiento del enfrentamiento con la muerte y con el horror.

“Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria”.

El psicoanálisis, por su parte, aporta en la teoría que intenta comprender los complejos procesos de lectura de los niños. En su conocido estudio sobre los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim dedica unas páginas a la importancia de la externalización a través de la lectura de relatos. En ese sentido, la literatura funcionaría como una manera de sublimar las pulsiones más irracionales o salvajes del niño. El lector habituado reconoce, en el lenguaje de los cuentos, una serie de símbolos que lo ayudan a ordenar y seleccionar la información que se encuentra en el caos del inconsciente. Para Bettelheim: “El cuento de hadas, aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil -con sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanas de Cenicienta, por ejemplo-, no contradice nunca su realidad física. Es decir, un niño nunca tiene que sentarse sobre cenizas, como Cenicienta, ni es abandonado deliberadamente en un frondoso bosque, como Hansel y Gretel, porque una realidad física similar sería demasiado terrorífica para el niño y perturbaría la comodidad del hogar, mientras que el hecho de dar este bienestar es, precisamente, uno de los objetivos de los cuentos” (Psicoanálisis de los cuentos de hadas). Los cuentos de hadas muchas veces presentan escenarios de violencia o en los que los lectores se ven enfrentados o interpelados. Más allá de las funciones ejemplificadoras o moralizantes que se les ha atribuido históricamente a este tipo de relatos, existe una función socializante y de desarrollo de la personalidad, que es quizás más importante y compleja que la relacionada con los valores o la virtud. La lectura funciona entonces como una externalización significativa de las pulsiones del niño. La violencia, el reconocimiento de personajes malvados, la elección entre opuestos, son partes determinantes en el desarrollo de un lector.

En No matarás, el joven Jacek es registrado por una cámara sucia y ambigua. La imagen parece estar teñida por un filtro verdoso que la resignifica, mientras que el lente de la cámara es intervenido o perturbado por una mancha negra que corta la imagen, a ratos a la mitad, a ratos en un círculo que enmarca a los personajes. El recurso tiene un efecto sobre el espectador, que ve ensuciada la imagen, granulosa. No nos permite observar con claridad lo que ocurre en la acción e interviene la percepción de los objetos dentro del plano. El efecto es de ambiguación de los sucesos; no sabemos si juzgar o no las acciones de los personajes, pues sus conciencias, y las nuestras, están intervenidas por esta pátina verdosa. Me gustaría que la literatura siguiera también, a veces, estos derroteros, que dejara los cercos de lo inmaculado y se permitiera, al menos un poco, de suciedad en el lente.

Publicado en RHUV Nº26