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Recuerdos de un lector

Acompañamos al periodista, columnista, investigador y amante de la literatura Sergio Andricaín, en este recorrido en el que relata su primer encuentro con los libros y el camino en el que éstos se han convertido en su gran pasión.

Por Sergio Andricaín, escritor, periodista, crítico, investigador literario, editor y fundador de la Fundación Cuatrogatos.

Mi camino lector está conformado por múltiples recuerdos. Explorando los más antiguos llego al año 1960. Tengo cuatro años. Mis primos Mercedes y Néstor y mi hermana Silvia van a la escuela. Yo, el más pequeño, me quedo en casa, junto a mi madre y mi tía (las dos familias viven en casas contiguas en un barrio de La Habana). No tengo edad para que me reciban en el colegio. Los “grandes” han aprendido a leer, yo no. Mi madre me lee, pero yo quiero hacerlo solo. Entonces, una mañana, con un silabario muy viejo, comienza a enseñarme. Poco a poco me voy apoderando de las palabras, comienzo a descifrarlas, a encontrarles sentido, a dar mis primeros pasos como lector. Leo cuanto cae ante mis ojos ávidos: palabras sueltas, pequeñas oraciones, anuncios comerciales, titulares de periódicos… y llego a la lectura de los primeros versos y cuentos junto a Rosa, mi madre, que me ayuda y me corrige. Desde entonces se inicia mi “amistad” con los libros en un hogar donde no hay muchos. Mis padres, al ver mi interés, empiezan a destinar una discreta cantidad de dinero a la compra de aquellos que me gustan (la economía familiar es limitada). Una librería me tienta más que una heladería o una tienda de juguetes. Cada visita al médico termina en el espacio dedicado a los libros en una tienda por departamentos de El Vedado. De allí salgo con versiones de cuentos clásicos, listo para devorarlos en el camino.
Cada título que leo me ratifica que ese mundo paralelo, hecho de palabras, es tan importante como el que habito. Voy creciendo y también mis lecturas. Mi sed de ellas es inagotable. Llegan a mí por muy diversos caminos: Había una vez, de Ruth Robés y Herminio Almendros, una colección de poemas e historias de la tradición oral; Oros viejos, de Almendros; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Corazón, de Edmundo de Amicis…
También leo cómics. El nuevo gobierno cubano los ha prohibido porque a su juicio representan “la ideología capitalista desterrada por el socialismo”. Pero me gustan las adaptaciones de obras literarias y las vidas de personajes célebres que se publican en ese formato. Es mi abuela materna, llamada Amparo, quien se encarga de conseguirlas para mí. Ella, que es analfabeta, quiere que yo lea. De esta forma descubro El jorobado de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, padre; El jorobado, de Paul Féval, padre… Un día mi abuelo materno, Serafín, saca de su escaparate un libro y lo lee conmigo. Es La Edad de Oro, de José Martí. Gracias a esta obra me inicio en el misterio de esos libros que te proponen el reto de descifrarlos, porque su lectura es difícil, múltiple y rica en sentidos. Varias ediciones de esta obra martiana me han acompañado a lo largo de mi vida. Sé de la musicalidad de las palabras, del encanto de una frase, de imágenes poderosas a través de las historias, los artículos y los poemas reunidos en este título fundacional.
También la pequeña y la gran pantalla me invitaron a leer: los adaptaciones televisivas o cinematográficas de novelas clásicas me impulsaban a buscarlas en las bibliotecas, en las librerías: así llegaron los primeros relatos de Julio Verne que leí y comenzaron a filtrarse títulos complejos, reservados para los adultos: el teatro de Shakespeare, las tragedias griegas, la Ilíada y la Odisea, Decamerón y hasta Lolita, de Vladimir Nabokov, que llegó bien temprano en mi adolescencia, junto al despertar de mi erotismo…
He sido un lector ecléctico que se ha hecho a sí mismo, como he podido, con los libros que he encontrado, con los que han salido a buscarme, porque los necesitaba. Con los que alguien ha mencionado ante mí o me ha ofrecido; algunos llegaron muy temprano, los hubo que se retrasaron… Quedan deudas pendientes por saldar, amigos de cuya existencia tengo noticias y que aguardan todavía por mí en los anaqueles de mi biblioteca. También ha habido reencuentros por dos, tres o más veces. Cada cierto tiempo me cito con El idiota, F. M. Dostoievsky, y con El gran Meaulnes, de Alain-Fournier. Suelo reencontrarme con la poesía de mis autores preferidos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Jorge Manrique, Lope de Vega, Federico García Lorca, Miguel Hernández… Leo romances antiguos de la lengua castellana porque sí, porque me gustan…
Cada lector tiene un camino por recorrer, que puede contar con múltiples senderos. Todos conducen a descubrir a los libros como amigos incondicionales. Cuando se nos revela esta verdad, nos convertimos en lectores en la niñez, la juventud o en la adultez; porque nos damos cuenta de que no existen mejores compañeros que ellos para hacer el viaje que es la vida. Los libros siempre nos estarán esperando para ayudarnos a formular mejor las preguntas eternas del hombre e intentar darles una respuesta que dé sentido a nuestra existencia y la justifique: quiénes somos, para qué estamos aquí, qué nos espera después de la muerte.


Sergio Andricaín (La Habana, Cuba, en 1956) , Escritor, periodista, crítico, investigador literario y editor. Se graduó en Sociología en La Universidad de La Habana. Fue investigador del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello, del Ministerio de Cultura de Cuba.
En 1991, en Costa Rica, fue asesor del programa nacional de lectura Un libro, un amigo, realizado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y profesor del Taller Modular de Promoción de Lectura , proyecto desarrollado por la Oficina Subregional de Educación de la UNESCO para Centroamérica y Panamá.
Entre 1994 y 1999 residió en Bogotá, Colombia. Allí trabajó como oficial de proyectos del Centro Latinoamericano para el Libro y la Lectura (CERLALC) y como editor de la revista infantil de la Fundación Batuta.
Actualmente es coordinador del Programa de Autores Iberoamericanos de la Feria del Libro de Miami.
Ha publicado, entre otros libros, La caja de las coplas, Hace muchísimo tiempo, Un zoológico en casa, Libro secreto de los duendes, Había otra vez. Historias de siempre vueltas a contar, Cuando sea grande y Dragones en el cielo.
Creó con Antonio Orlando Rodríguez la Fundación Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org), que desarrolla proyectos educativos y culturales, con énfasis en el fomento de la lectura. Es director de esta organización sin ánimo de lucro.

Ellen Duthie: Más Preguntas que Respuestas

La Filosofía Visual para Niños que desarrolla esta filósofa inglesa explora temas controversiales como la crueldad a través de imágenes y una serie de preguntas. Wonder Ponder es su proyecto, que comprende una serie de libros en los que literatura y filosofía se relacionan. En ellos, plantea preguntas y encamina a los niños a disfrutar de éstas.

Por Catalina González Pendola, editoria de RHUV

¿De dónde nace la idea de trabajar con filosofía visual? Y en especial para niños…
Soy filósofa de formación y siempre me ha interesado y apasionado la Literatura Infantil y Juvenil. Por lo que no fue casual que quisiera unir estos dos mundos.
El proyecto, concretamente, surgió en un aula, con niños de cuatro años, con los que me reunía cada dos semanas, durante tres años, y tratábamos distintos temas de todo tipo. Hablábamos de qué tendría una receta de la felicidad, por ejemplo. Normalmente, les llevaba ilustraciones, para estimular el diálogo en una dirección determinada, o en torno a un tema determinado. Intentaba llevar álbumes que despertaran un conjunto de preguntas en torno al tema que me interesaba.
Llevábamos bastante tiempo así, y tratábamos temas morales, éticos…
Por lo general, llevaba un ramillete de estímulos, pero siempre centrado en torno a un álbum, como El Carnaval de los Animales de Marianne Dubuc.
Una vez llevé un vasito, para que vieran cómo la pajita parecía que estuviera cortada, hicimos experimentos, etc.

Después, se juntaron dos cosas. Una, que me apetecía mucho tratar con ellos tema de la crueldad o de la maldad, que es un tema que en un principio puede parecer escabroso para tratar con un niño de cuatro años; pero por otro lado, pienso que éste es el momento justo en el que ellos se están tratando de hacer una idea de qué se espera de ellos, de qué pueden ellos esperar de otras personas, hasta qué límites pueden llegar ellos y hasta qué límite pueden llegar otros con ellos y están tratando de situarse frente a la maldad o la crueldad. Reciben muchas órdenes contradictorias de parte de los adultos, les dicen que una cosa es buena, que otra es mala, luego otro adulto hace exactamente lo que le dijeron que no había que hacer, y así.

En este contexto, ¿habías encontrado referencias de algún libro que tratara el tema?
Me apetecía tratar la crueldad pero no encontraba ni un solo álbum que me pareciera que diera para explorar los distintos matices, casos, y grados de la crueldad; las distintas circunstancias que pueden resultar agravantes, o aminorantes.
Entonces iba apuntando una lista de situaciones, breves, todo esto pensando en mi libro. Una persona matando un bicho, por ejemplo.

Hay un porcentaje de escenas en Mundo Cruel que tienen que ver con animales, ¿qué te llamó la atención para trabajar con esto?
De hecho seis de las catorce imágenes tienen que ver con animales. El resto no.
Es verdad que uno de los campos en el que los humanos nos lucimos, en cuanto a la crueldad, tiene que ver con respecto a nuestro trato con los animales. Me parecía interesante tratar la diferencia con lo que consideramos como diferentes niveles de inteligencia. Y que un nivel de inteligencia menor, en un animal, por ejemplo, nos da una serie de derechos sobre ellos. Quise analizarlo desde ese punto de vista.

¿Qué siguió después?
Se lo comenté a Daniela Martagón, la ilustradora. La conocía y sabía que le iba a apetecer el reto: mostrar escenas de crueldad, sin asustar y sin endulcorar. Escenas que realmente llamaran la atención de los niños. Imágenes que les chocaran porque no suelen ver escenas de este tipo. Si miramos los libros infantiles, la mayoría da ejemplos, no da “malos” ejemplos. Hay una tendencia a evitar mostrar las cosas que no se deben hacer. Excepto quizás, a pequeñas travesuras y cosas así, pero no algo que consideraríamos cruel.
Daniela aceptó el reto, hizo todas las escenas en una noche y yo las vi al día siguiente.

¿Probaste el resultado con los mismos niños?
Si, inmediatamente, y engancharon, sin yo tener que decir nada. Empezaban observando, y diciendo: mira, una niña, matando una hormiga,… ¿porqué con un lápiz? No, no la está matando, la está pintando. No, no la está pintando, la está atravesando… y así discutían. Ellos solos comenzaron a hacer preguntas, ¿qué le habrá hecho la hormiga antes? ¿La van a castigar?
Y luego también comenzaron a hacer juicios: Eso está mal… pues mi madre mató a un hormiguero entero el otro día …
Este diálogo no requirió mediación. Y luego intervine para organizar y ordenar un poco la discusión, pero me pareció que no había tenido experiencia similar con otros estímulos. Habíamos dado con algo que merecía la pena explorar, investigar y desarrollar.

¿En tus libros qué toma más importancia, el texto, la imagen o la mediación?
En un principio era sólo la imagen, sin textos. O uno muy pequeño a pie de página o que uno de los personajes estuviera hablando, para anclarlo a una idea, pero no tenía preguntas. Después, hablando con docentes me comentaron que les costaba mucho formular las preguntas a los niños, a partir de las imágenes. Pensamos en esta forma de incluir preguntas, sin que fuera una lista que tuvieras que leer de principio a fin. Por eso están en distintas direcciones, para que sea un poco más juguetón, y que puedas elegir en qué dirección quieres dirigir las preguntas.

Ahondemos en esto de poner la atención a las preguntas…
Creo que, en general, ponemos muy poca atención a las preguntas. No sólo las que hacemos a los niños, sino que las que nos hacemos a nosotros mismos también. No nos centramos en la calidad de la pregunta y porqué la estamos haciendo.
Se puede ver esto, en el mercado de los libros de Autoayuda. Muchas veces responden a una preguntan, pero no se cuestiona previamente si esa pregunta te interpela o no; es como si te entregasen una respuesta y listo. No reflexionamos si esa pregunta me dice algo a mi o no.
Con los niños esto se exacerba. Creo que hay un miedo a la pregunta, en varios sentidos. Uno es qué respuesta va a salir de ahí, si voy a poder controlarla, otra es el desafío de, simplemente, quedarnos en la pregunta un rato. Corremos siempre a la respuesta. Creo que el escuchar preguntas, y leerlas, y quedarse simplemente en ese aspecto es un ejercicio bonito, y literario. Es lo que hace realmente la literatura, genera preguntas que no contesta, y esto tiene mucho que ver con el gusto de la lectura. ¿Por qué nos gusta leer? Es porque un buen libro nos genera muchas preguntas y somos capaces de disfrutarlas, es una de las pocas veces que nos preguntamos algo y no corremos a contestar, sino que disfrutamos la pregunta.

En este tipo de libros, ¿es necesaria la mediación?
Creo que no. De hecho, nuestra intención al realizarlo es que no. Hemos hecho un esfuerzo muy grande porque nada de lo que se hable en el libro vaya dirigido al mediador, sino que todo vaya dirigido al niño. Creo que son libros que se pueden leer y disfrutar a solas. Dejarse inundar por las preguntas, o intentar contestarlas también mientras las estás leyendo. También es verdad que si te enganchas leyéndolo a solas, es más probable que vayas y lo compartas, porque son preguntas que remueven y que te apetece preguntar a otros.

¿Comienzas a trabajar a partir de una pregunta? ¿De una imagen? ¿Cómo se genera esta idea o escena que tu retratas?
El proceso de trabajo es el siguiente, con variaciones: pensamos en un tema que nos apetece abordar, vamos a coger por ejemplo Mundo Cruel.
Primero, yo lo que hago es sentarme y pensar en todo lo interesante y todo lo que se tenga que tener en cuenta cuando se piensa en la crueldad. Luego se genera un mapa temático conceptual, a partir de ahí me siento y hago muchísimas preguntas. Hago preguntas para cada concepto, pensando como niño, pero tratando siempre de formular la pregunta de manera que le interese a todos. Es decir, pienso en la pregunta cómo se la haría a un niño, o cómo le atraería a un niño, pero la vinculo para que al adulto también le diga algo.
Luego pensamos posibles escenas concretas que sirvan de disparador para una pregunta en concreto, o para un grupo de preguntas. Y hacemos pruebas, y vamos probando, muchísimas las desechamos, no funcionan, las probamos entre nosotras también. Luego vamos a talleres y las probamos con niños, de distintas edades, con adultos también; desechamos de nuevo. Hasta que al final decimos vale, estamos contentas con las escenas que se quedaron en el libro.

¿Cuál es la principal diferencia que ves entre las preguntas, o el análisis que realiza un niño con respecto a esta filosofía visual, a un adulto?
En cierto sentido, en especial el análisis, es sorprendentemente similar. Mucho más similar de lo que uno pensaría de antemano.
En las preguntas sí creo que hay diferencia. La formulación de las preguntas a los adultos les cuesta mucho; les cuesta pensar en preguntas que les vengan bien a ellos y están pensando en preguntas que les vendrían bien a los niños. El reto nuestro cuando trabajamos con adultos es ese: Deja de pensar en el niño, ¡piensa en ti! ¿Qué te da curiosidad a ti?.
Hacemos muchas veces trabajos con docentes, les proponemos hacer su propia caja de preguntas, desde cero. Un tema con el que trabajamos una vez fue el sentido de la vida. Hacemos todos juntos un mapa conceptual y cada uno tiene que ir aportando. Lo pasan fatal. Pero luego llega un minuto en que se desbloquean y les da mucho gusto porque pueden llegar a explorar el tema de verdad.
Los niños en cambio son menos rígidos. Pero hay que romper muchas barreras porque hay muchos vicios que se van adquiriendo en la escuela, con respecto a la pregunta. Cuando haces una pregunta normalmente no se “recoge”. No hay suficiente tiempo, no interesa, porque supuestamente no viene al caso. Tenemos que trabajar el interés hacia ellos cuando hacen una pregunta.

¿Crees que tus imágenes podrían usarse para trabajar con niños en una psicoterapia?
Nunca pensamos en eso, pero la verdad es que desde que lanzamos los libros, muchísimos psicólogos nos han contactado. Principalmente porque dicen que funciona muy bien para simplemente hacer hablar a los niños, para soltarles. Y como material de proyección también.

¿Crees que es más fácil abordar el tema de la lectura en los niños a través de libros como los tuyos que son más visuales que textuales? ¿Cómo ves que se comportan los niños con los que tu trabajas hoy con respecto a la lectura?
Nuestros libros tienen una ventaja, esa “entrada visual” porque permite un enganche más inmediato. Por ejemplo, yo utilizaba álbumes con los niños pequeños porque tienen la ventaja de que son cortitos y también tienen una complejidad interesante de explorar; un diálogo entre el texto y la imagen, pero aun así tardan entre tres a diez minutos leyendo el álbum. La filosofía visual para niños es muchísimo más inmediata, en el sentido de que miras la imagen como un posible instante de un posible cuento, que es también lo que buscamos. Que algo que esté pasando, que haya una acción, personajes, un posible antes y un posible después; un preguntarte por la motivación, por cuáles serán las consecuencias. Y eso, que posiblemente es un estímulo literario que te da un instante de una posible historia, entra de una forma muy rápida y permite enganchar y llevar al diálogo de la reflexión muy rápido, más rápido que un texto.
También es verdad que si trabajas con el mismo material las respuestas serán buenas. Es una cuestión de hábito. Con el proyecto yo quiero que, de vez en cuando, nos paremos a pensar, y que sea un hábito. Que nos detengamos a pensar durante media hora, una hora…

¿Lo que estás buscando es que la gente se cuestione?
Sí.

¿Qué estás buscando poner sobre la mesa al trabajar estos temas, como crueldad y libertad, que pueden ser tan controversiales? Sobre todo si se piensa que estás trabajando con niños, y que puede ser difícil tratar estos temas con ellos.
Por un lado, el foco en estos temas es una declaración de honestidad. Es decir, vamos a hablar de esto, y vamos a hablar de esto de verdad. Los niños están muy acostumbrados a recibir lecciones en cuanto a valores, de una determinada manera, con una corrección política espantosa.
La crueldad, por ejemplo, es un tema que nos inquieta, y que nos cuesta comprender de verdad, por eso es interesante. Si hacemos un libro sobre la bondad, la definición de ésta no será tan compleja, no nos cuesta entenderla.
Una forma de hacer despertar, cuando queremos llamar a reflexionar es provocando. No provocamos gratuitamente. Jugamos al borde, vamos probando y viendo.
La escena de los esclavos, por ejemplo, es la escena que a todo el mundo se le queda grabada, que le encanta a todo el mundo, quienes la ven eligen a cuál se llevarían a casa. Inmediatamente, cuando tú te metes en ese juego de elegir, permites que la reflexión posterior te toque mucho más.

¿Las imágenes provocan empatía en los lectores?
Te permite pensar en cosas horribles y decir: tranquilo, todos pensamos en eso.
Los niños no se abisman, les pasa todo lo contrario.

¿Qué futuros proyectos se vienen?
Bueno, en España ya se publicó Yo Persona que es una exploración de qué somos y quién somos, un poco a partir de comparaciones entre personas y robots.
Tenemos tres títulos más proyectados. El siguiente es sobre la realidad, imaginación y sueño y luego, el quinto será sobre la posibilidad, y el sexto será sobre el sentido de la vida, y se llamará Pero, ¿para qué?.
Estamos desarrollando también una línea para niños muy pequeñitos, sin texto ninguno, que juegan con variaciones de una misma escena.

Gloria Fuertes, la amiga de los niños

En el centenario de su nacimiento, recordamos a la española que escribió poesía para ellos, con su particular musicalidad y su tono cercano.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil

Hace cien años, nació la escritora española Gloria Fuertes (1917-1998), en un ambiente muy humilde, del ajetreado barrio madrileño de Lavapiés. A los cinco años ya escribía cuentos y dibujaba; su familia no la ayudó en el camino de las letras pero estaba convencida de que “si vales de verdad y quieres una cosa con todas tus ganas, sales adelante seguro”. Muy joven empezó a publicar sus poemas en revistas infantiles, y a leerlos en programas radiales. Luego, trabajó como redactora de la revista Maravillas donde publicaba cuentos e historietas. En la España de la post guerra, escribió un libro de Canciones para niños y Pirulí, Versos para párvulos, además de crear una pequeña biblioteca infantil ambulante que recorría los pueblos pues su interés era difundir los libros infantiles y que la poesía llegara todos los rincones españoles.
Gloria se autodefinía “la amiga de los niños” y como tal, escribió para ellos cuentos, obras de teatro, poesías, canciones, adivinanzas y acertijos. Su rostro fue muy conocido por la generación de niños y jóvenes de los años 70 por aparecer en programas de Televisión Española como “Un globo, dos globos, tres globos” cuya canción inicial fue compuesta por ella. Quienes fueron niños en esa época no podrían olvidarla.
Intuitiva, transgresora, disparatada, auténtica, fiel a sí misma; siempre de pantalones, con sus llamativas cortabas y sus frases punzantes a flor de piel. Se impuso en la España franquista con una forma de ser poco convencional: fumaba, bebía y andaba en moto. Escribía pensamientos y palabras en papelitos y servilletas. Decía lo que pensaba sin rodeos. Su humor era agudo y captaba a las personas a la primera mirada. Supo ganarse a grandes y chicos con su forma de hablar desenfadada, un tono conversacional muy castizo y de voz ronca pero a la vez dulce.

Le gustaba disfrazarse, jugar y sorprender al interlocutor. Evitaba a los niños que se le acercaban a pedirle autógrafos porque cuidaba su intimidad. Prefería comunicarse con ellos a través de sus canciones y poesías. Sabía que “un niño con un libro de poesías en sus manos nunca tendrá un arma entre ellas” y también que “los niños que leen poesía se aficionan a la belleza del lenguaje y seguirán leyendo poesía toda su vida”. “El mejor regalo para un niño es un cuento” solía decir.
Fue una defensora de la paz, enemiga acérrima de la violencia. Su poesía es anti autoritaria y llama a la comprensión de los seres humanos, borrando las diferencias. Combatió las discriminaciones de toda clase. Denunció la depredación de la naturaleza y el medio ambiente. Amó a los animales y a las plantas. Defendió la igualdad de género en una época en que la mujer estaba confinada al espacio doméstico y no estaba bien visto dedicarse profesionalmente a las letras, mucho menos a escribir poesía infantil. Tocó temas duros en su poesía para adultos como las injusticias sociales, la muerte y la soledad. Compartió en bares y tertulias con los poetas de la Generación del 50, como Miguel Celaya, Blas de Otero, José Hierro y Carlos Bousoño.
Su obra poética está llena de referencias autobiográficas porque se inspiró en sus propias experiencias, a menudo dolorosas. Cuando habla de sí misma, muchas veces de pequeños asuntos, da la sensación de que pone palabras a nuestros propios sentimientos.
Al morir a los 80 años, víctima de una enfermedad pulmonar, los niños de la Ciudad de los Muchachos de Madrid leyeron sus poemas y depositaron claveles rojos y blancos en su tumba. Fue irónica hasta para escribir su propio epitafio: “Ya no toso”.
Hoy, en el centenario de su nacimiento, se han sucedido en España homenajes, exposiciones y reediciones de sus libros para reivindicar su obra. Su poesía infantil, rica y lúdica, perdura por su musicalidad y un tono oral muy cercano a los niños. Antes de morir, aconsejó siempre la bondad y el talento a la hora de ponerse a escribir. Y esa fue siempre su regla de oro.

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Emigrantes


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Por Francisca Santibáñez, profesora de lenguaje y comunicación, profesional de apoyo de la coordinación de fomento lector y escritor de la Biblioteca de Santiago. francisca.santibanez.marambio@gmail.com

Emigrantes
Autor: Shaun Tan
Primeros lectores Editorial: Bárbara Fiore, 2007

Detrás de un migrante hay una historia de vida, una familia, muchas veces una situación de violencia y una valentía digna de transmitir. Shaun Tan, a través de este libro, nos permite entrar en esa intimidad.
Sin decir una sola palabra, Emigrantes nos sumerge en un mundo realista, pero que permite habitar por un momento en lo fantástico. Ilustra notablemente esa sensación de estar en un lugar desconocido, con animales extraños, frutas exóticas, una arquitectura peculiar y una lengua incomprensible.
Este estilo tan propio del autor, es capaz de inundar de belleza a niños, niñas y jóvenes y de hacerlos reflexionar, de forma no aleccionadora, sobre la migración, la vida y las
esperanzas de los seres humanos.

Caperucita Roja


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Por Francisca Santibáñez, profesora de lenguaje y comunicación, profesional de apoyo de la coordinación de fomento lector y escritor de la Biblioteca de Santiago. francisca.santibanez.marambio@gmail.com

Caperucita Roja
Autor: Adolfo Serra
Lectura en pañalesEditorial: Fondo de Cultura Económica | 2013

El ilustrador aragonés Adolfo Serra nos deleita con una nueva versión de la ya cientos de veces reescrita Caperucita Roja. En ella, nos demuestra con maestría que aún no está todo dicho. Esta es una historia sobre el miedo. El lector puede encontrarse en estas páginas consigo mismo, enfrentándose a ese miedo auténtico, profundo, que lo estremece todo, a través de unas sencillas pero significativas líneas de lápiz graso negro. El bosque es el lobo, la niña es una mariposa de acuarela y el miedo el protagonista.
Esta es una obra de arte lograda con excelencia que tiene la capacidad de conmover a lectores de todas las edades.

Monky

 


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Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur


Monky
Autor: Dieter Schubert
Lectura en pañalesEkaré | 2016

¿Qué nos motiva a la aventura, la exploración, el viaje? Un deseo, una instrucción, un castigo, tal vez. Pero, en otras oportunidades, tan sólo un infortunio. Monky es el relato visual de ese infortunio.
Durante el frío invierno, un niño, su madre y su mono de peluche aprovechan de salir a dar un paseo en bicicleta hacia el bosque. Ante la amenaza de lluvia, la madre decide volver con el niño, pero sin Monky, que en un momento de descuido cae de las faldas del niño. Una vez en la casa el niño nota la ausencia y, desconsolado, regresa al bosque en busca de su amigo, pero Monky ya no está: ahora se encuentra seguro dentro de la madriguera de unas ratas.
La anécdota es sencilla, la forma es compleja. Y es ahí donde radica la fortaleza de un libro que ya puede ser entendido como un clásico contemporáneo. Ediciones Ekaré recuperó este libro de los años 80, y evidenció con esto dos cosas: la vigencia de los relatos silentes, por un lado, y el retorno al origen, por otro. La historia en sí es un retorno. La construcción de este relato tiene los recursos de un libro de aventuras, donde el héroe debe superar una serie de obstáculos y dificultades para regresar al hogar.
A nivel narrativo, el libro es una cátedra, o una especie de manual de cómo contar una historia solamente con imágenes. La interacción entre la página completa y las viñetas que cuentan una secuencia narrativa, la utilización del espacio y los elementos dentro de él, el ritmo de las viñetas que arman un sentido completo y profundo.
Monky dialoga con una larga tradición de relatos, y lo hace a partir tan sólo de imágenes. La recuperación de este libro guarda una directa relación con sus contenidos: el retorno, la reutilización, el oficio de revivir o dotar de una aparente animación a lo inanimado. La recuperación, en definitiva, de la narración justa, del arte de contar.
En un tiempo donde lo épico y heroico está en desuso, y las gestas se liban en los conflictos débiles del yo contemporáneo, Monky aparece como un refresco vintage, un bálsamo narrativo, una clase de cómo contar una historia para niños sin necesidad de abusar de los contenidos.

Romeo y Julieta

 


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Por María José Tapia Grüzmacher, coordinadora del Programa Bibliotecas CRA y Fomento Lector. Fundación Belén Educa.
mjtapia@beleneduca.cl

Romeo y Julieta
Autor: William Shakespeare
Ilustradora: Mercè López
Lectores Fondo de Cultura Económica | 2016

¿Te puedes imaginar una historia que siga siendo contada y recontada por 420 años? Esta es esa historia. Y es que el amor, no pasa de moda; menos aun cuando los amantes que la protagonizan han decidido cruzar la delgada línea que separa la vida de la muerte, con tal de estar juntos.
He aquí una nueva versión de esta gran historia, publicada por el Fondo de Cultura Económica para conmemorar los 400 años de la muerte de Shakespeare.
Romeo y Julieta, esta vez ilustrada maravillosamente por Mercè López, en una versión silente, sin texto más que el puesto al inicio a modo de introducción. Las imágenes juegan con la luz, oscuridad, color y detalles en el dibujo, para reflejar lo complejo del amor, el dolor y las emociones de esta historia.
Sigamos lo esencial del relato a través de las imágenes que nos presenta esta nueva
edición, tratando de poner en palabras lo que deberíamos estar mirando: dos familias poderosas de la misma ciudad están en pie de guerra, y la ilustración a doble página,
como es la presentación de todo el libro, muestra el enfrentamiento entre el blanco y el amarillo, mismos colores en las ropas de los amantes más adelante, en contraste como ajenos a la ciudad gris. Pero nuestros amantes no saben de eso, ellos sólo saben el uno del otro, distinguiéndose y cruzando miradas en medio de una masa humana negra y enmascarada. Nublados por el deseo y la omnipotencia de la juventud, están decididos a cruzar los muros que su entorno ha construido y estar juntos, es así que Romeo pasa de la oscuridad a la luz rosa del jardín de Julieta, apoyado sobre el rastro de un corazón. Han elaborado un plan y pedido ayuda para “poner a Dios de su parte” casándose en secreto, pero lamentablemente la suerte no estará de su lado, el odio ha instalado la desgracia en sus vidas, y es así que el cuerpo de los amantes se nos muestra rodeado, envuelto por espinas o serpientes espinosas durante toda la segunda mitad del libro.
El valor de esta obra radica en su condición de complemento de la obra
teatral, pudiendo ser claro ejemplo de ese poder que poseen las imágenes para generar y estimular el lenguaje, así como motivar a los jóvenes lectores, dentro de las posibilidades didácticas que la investigación literaria ha relevado. Es un libro que invitará al lector a ir a la obra escrita, a completar los vacíos que en la selección de las imágenes pueden haber quedado, pues siempre es necesario que las palabras nos contengan y guíen en la profundidad de los significados.
Ahora a seguir leyendo, pues ¡siempre vale la pena repetir las buenas historias!

Mesa de trabajo: Cristóbal Schmal

 

Líneas simples y duras, una paleta de colores contrastantes y una notable tendencia a las técnicas análogas como el grabado y el collage son algunas de la coordenadas que permiten reconocer el trabajo del ilustrador chileno Cristóbal Schmal. Sin embargo, esta enumeración de características no basta para definir su obra, la que esconde, tras su aparente sencillez e inocencia, una vocación rupturista y un constante desafío al lector.
Con un portafolio que reúne colaboración con Taschen, Lufthansa y The New York Times, este año fue seleccionado en la muestra de ilustración que realiza la prestigiosa Feria del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia y hoy, desde Berlín, su lugar de residencia, nos invita a conocer su Mesa de trabajo.

Por Claudio Aguilera

¿Cuál es tu primer recuerdo dibujando?
Es un recuerdo engañoso porque es a partir de una foto en que salgo con 6 años dibujando con la lengua afuera.

¿Cuándo dijiste por primera vez soy ilustrador?
Cuando me pagaron por hacer mi primera portada de libro en el año 2009. Dije para mis adentros: ¡Soy Ilustrador!

¿Una película o un libro que todo ilustrador debe ver/leer?
Stalker, de Andréi Tarkovski, y Los detectives Salvajes de Roberto Bolaño.

Menciona un ilustrador o una ilustradora que consideres un referente.
No es precisamente Ilustrador pero ha sido un gran referente: Joseph Beuys.

¿Qué haces cuando las ideas no vienen a ti?
Dibujo círculos, espirales y líneas.

¿Cuál es tu lugar favorito para dibujar?
Cerca de alguna ventana, con luz natural.

¿Qué no puede faltar nunca en tu mesa de trabajo?
Lápiz, papel, computador y música.

¿Hay algo que odies dibujar?
Niños, ancianos y gatos.

¿Cuál es tu técnica preferida?
Cualquiera dentro del grabado, el collage y el lápiz.

¿Qué frase se te viene a la mente cuando ves tus antiguos dibujos?
Súper Emo.

¿Qué opinas sobre el momento actual de la ilustración?
Es como un gran carrete universitario.

Cómo ilustrador ¿sientes que tienes un rol social?
Sí, el dibujo es un articulador social.

Un consejo para alguien que comienza a ilustrar:
Confía en tus instintos.


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Portadas para Libros de Cocina Veganos para la editorial Neun Zehn. Berlín 2016


Portadas para Libros de Cocina Veganos para la editorial Neun Zehn. Berlín 2016


Cristóbal Schmal
Diseñador de la Universidad de Valparaíso, ha desarrollado su carrera en Barcelona y Berlín, donde vive desde 2008.

Para conocer más de su trabajo, pueden visitar http://www.artnomono.com/

Leer Sin Palabras

Llegaron, hace un tiempo, y lo hicieron para quedarse. Los libros que no contienen ni una sola palabra se han convertido en un inmenso desafío para ilustradores, que son al mismo tiempo sus autores, lectores y mediadores. Cada vez son más las formas con las que queremos comunicar y qué mejor que hacerlo a través de un libro.

Al pensar en libros, nuestra mente, inevitablemente, traza una imagen de un cubo que, al abrirlo, se despliega y divide en muchísimas capas muy finas, cada una de estas dueña de un gran tesoro: palabras.

Hace algunos años hubiera sido un disparate pensar en un libro en el que su principal recurso, las palabras, por supuesto, no existieran. Como la innovación y el movimiento en nuestro mundo son ilimitados, llegó un punto en el que el paradigma cambió y aceptamos que los mensajes de algunos libros podían no estar contenidos en un conjunto de letras, frases y oraciones, sino que éste estuviera en el trazado, colores y formas.
Pueden gustarnos o no este tipo de libros, podemos o no considerarlos libros, pero no podemos negar que han ocupado un espacio clave en las artes narrativas , y que son una herramienta cuyo principal valor son las ilimitadas lecturas que se les puede dar, o al menos en esto coinciden varios estudiosos y exponentes del subgénero.
Emma Bosch es una estudiosa de este subgénero. En su tesis doctoral, Estudio del Álbum Sin Palabras describe el álbum Sin Palabras como una modalidad editorial que se vale exclusivamente de imágenes para explicar una historia. Como cualquier otro álbum la unidad de secuenciación es la página y las imágenes son esenciales.
Para empezar, un poco de historia. Las primeras obras del tipo que se vieron fueron las “Novelas en Grabados”, en los años 20, y alcanzaron su esplendor en los años 60, sobre todo en Estados Unidos y Europa.
Los primeros exponentes de las “obras en imágenes” son el belga Frans Masereel, el alemán Otto Nuckel y el norteamericano Lynd Ward. Masereel es, de hecho, el autor de las dos primeras obras publicadas que coinciden con este género: 25 Images de la Passion d`un Homme y Mon Livre d`Heures. Otros estudiosos, destacan la publicación de algunos de los álbumes de Maurice Sendak, Where the Wild Things Are y Hector Protector como obras que ayudaron a formar las bases de los Sin Palabras que conocemos hoy.


Libro Trapo y Rata, Magdalena Armstrong.

Las “obras en imágenes” nacen en respuesta a la influencia que estaba teniendo en ese minuto el grabado en madera en Alemania, el cine mudo y el asentamiento del cómics como catalizador de críticas sociales y políticas. Pero éstas son sólo influencias, ya que el desarrollo del género viene después, y se independiza.
Emma Bosch, en su tesis doctoral del año 2015, clasifica cinco modalidades de libros sin palabras agrupados en dos grandes categorías: libros narrativos y no narrativos. Entre los libros que cuentan una historia, podemos distinguir tres tipos: álbumes, cómics y flipbooks o foliocopios (libros con imágenes en secuencia que cambian de una página a otra). Y en el grupo de los no narrativos, encontramos dos tipos: imaginarios o catálogos de imágenes y libros-juego. Se trata de una clasificación teórica porque hay muchas obras a las que es difícil poner una sola etiqueta.
De hecho, una de las cosas que más le llamó la atención al comenzar a estudiar los libros Sin Palabras fue la cantidad que existían y de índole tan diversa.
Emma Bosch es también quién se niega a llamar a estos libros silentes, como muchas veces se hace. Sostiene que si bien hay narraciones “silenciosas”, porque los protagonistas no hablan, también las hay con personajes que han sido “silenciados”, con caracteres que se comunican con imágenes (imagoparlantes), y con personajes que hablan de manera “ininteligible”.
La experta Ana G. Lartitegui, por su parte, se introdujo en este mundo alrededor del año 2009, movida por lo poco que se había estudiado con respecto al tema, “todo lo relativo a la imagen estaba por indagarse, habían estudios pero no con respecto a la imagen en relación al álbum”. Así, decidió replantear su trabajo desde un punto de vista reflexivo, y entender su labor como ilustradora dentro de lo que es un álbum.

“La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.”

Es absurdo comparar un Sin Palabras con un libro tradicional. Cada uno tiene una función, y es distinta. Si un autor decide prescindir de las palabras en su obra es porque busca que el lector complete el mensaje. En la lectura de libros Sin Palabras se requiere de un esfuerzo creativo que podría considerarse más amplio que el que se realiza en una lectura tradicional. La palabra ancla, sujeta un posible detonador; la ilustración muestra la imagen de un momento y las lecturas de ésta son infinitas. Al no tener palabras, el mensaje que se quiere entregar será siempre más escurridizo, menos acotado. La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.
Emma Bosch sostiene que los Sin Palabras evidencian el carácter expresivo, comunicativo y narrativo de las imágenes; promueven el conocimiento del lenguaje visual y de las imágenes secuenciales y amplían el espectro de posibles maneras de ver, jugar y narrar, “creo que en un mundo en el que lo visual tiene tanta presencia, aprender el funcionamiento de este lenguaje, disfrutando con estas obras es uno de los valores principales de los libros que no tienen palabras”.


Libro Cinema Panopticum, Thomas Ott.

Autor y lector
Al recibir una obra Sin Palabras el lector juega con su capacidad intelectual para desgranar todo lo que está ahí preparado para él. Este tipo de libros apelan a la imaginación y la creatividad; son juguetones.
Ana G. Lartitegui anima a todos a probar su lectura. “Hay para todos los gustos, y edades. Puedes leer Cinema Panopticum, de Thomas Ott. Una novela negra, oscura, ideal para jóvenes y adultos, o puedes jugar con libros que son totalmente libres, lúdicos, y que por supuesto, se acercan más a los niños. Recomiendo Chiffres en tete de la francesa Anne Bertier”.
Magdalena Armstrong es ilustradora, chilena, y se ha dedicado de lleno a los Sin Palabras. Su fascinación por Quino la inspiró a entregar mensajes a través del dibujo, “era muy floja para leer y los chistes que más me gustaban eran, precisamente, los que no había que leer. Leía libros en los que sólo veía monos, e interpretaba. En algún momento, más grande, leí los textos y me di cuenta que siempre me había imaginado cosas nada que ver”. Su primer libro fue Trapo y Rata, que ganó el premio A la Orilla del Viento. Esto el 2010 y desde ahí no ha parado; posterior a eso, vinieron Quién Fue y Caballito Blanco, lo que la ha convertido en la principal exponente de Sin Palabras del país. El desafío es lograr que las imágenes hablen por sí mismas. En una imagen todo se lee, nada es al azar. Hay cosas decorativas, pero es lo mínimo, está todo pensado. El motor que ha movido los temas que escoge Magdalena es la naturaleza y su cuidado, “la estupidez humana me motiva a querer dar mensajes, me encantaría volver a la esencia de la naturaleza humana. Con mis libros busco dar mensajes importantes a través de la ternura, pero con mensajes crudos, ese es mi lenguaje”. En su ilustración en particular, el énfasis está en las expresiones, con lo que busca interpelar con la emoción, probablemente relacionado a su formación de actriz, “actúo a través de esos monos. No me gustan las ilustraciones decorativas”.


Libro Chiffres en Tète, Anne Bertier.

Para Ana G. Lartitegui es más difícil desarrollar un libro Sin Palabras, ya que hay que tener el guión muchas veces en la cabeza, hay que esforzarse porque en el discurso visual nada quede al azar, o si queda algo, sea porque así lo quiere el autor.
La ilustradora comenta que un agente se comprometió a mover su libro Trapo y Rata en la Feria de Bolonia. Magdalena le preguntó cómo le había ido y ella le respondió que no había tenido éxito, que estos libros están fuera del mercado. Eso fue el año 2015.
“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.”

“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.” Magdalena Armstrong

En estos libros, la interpretación del lector puede ser más abierta que en los tradicionales y quizás por esto dentro de otros motivos, los relacionamos a los niños.
Aunque parezca sencillo, no cualquiera es un candidato ideal a leer Sin Palabras. Se necesita estar al tanto de las convenciones de la comunicación visual y de las artes, tener ciertos parámetros. Se requiere de una mínima alfabetización visual. No nacemos con esas concepciones mínimas, como nos cuenta Ana.
Magdalena piensa en los papás más que en los niños cada vez que desarrolla una obra, “para mí, ellos son los más preocupantes. Los monos pueden ser para niños, pero los mensajes quiero que calen más a los papás que a los niños. Ellos son los que hacen y deshacen”.


Libro Antes Después, Anne Margot Ramstein y Matthias Aregui.

¿Mediación?
Este es el punto clave en la lectura de esta clase de libros. Al entender el proceso creativo y conocer el perfil de quiénes serían los lectores idóneos, no podemos dejar de pensar en el rol de un mediador y cómo éste pudiera convertirse en personaje clave en la lectura de libros Sin Palabras.
No va a ser lo mismo interpretar y leer las imágenes con toda la libertad que esto conlleva, dentro de los estereotipos y limitaciones de nuestra propia mente, que acercarnos a este tipo de lecturas con la ayuda de un mediador.
“En cualquier manifestación comunicativa, el mediador se hace necesario cuando el lector no tiene las herramientas suficientes para descifrar el mensaje. Con lectores expertos, en principio, no debería ser necesaria la presencia de un mediador para leer libros Sin Palabras, sostiene Emma Bosch, “la lectura es mucho más rica y se disfruta mucho más si se comparte con un co-lector. De hecho, en las experiencias de lectura autónoma que he presenciado en las aulas, se vuelve imprescindible compartir con los compañeros el acto de descifrar los signos visuales”. El mediador debería ser un facilitador de la lectura, un guía, un acompañante. Eso quiere decir que no tendría que dar soluciones, sólo dar las mínimas pistas para que el lector pueda descifrar las imágenes.
Para Ana la figura del mediador es fundamental, y no es tarea fácil. “No puedes matar la propia interpretación del lector, pero si desafiarlo y provocar su curiosidad. Hay que saber entrar a ese juego, por dónde vas a interesar al lector que quieres llegar”.
Magdalena coincide en que el mediador juega un papel muy importante, “los niños gozan los libros porque tienen mucho que descubrir en las imágenes, pero está la trampa de que yo se los estoy contando. No sé si se concentrarían de la misma forma solos con el libro”.

Sea como sea, estamos siendo testigos de la inclusión de este subgénero dentro de la narrativa; una no convencional en donde hay que dejar volar la imaginación.
La invitación es a conocer estos libros e incorporarlos en nuestras lecturas.