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El arte de la lectura en tiempos de crisis

 


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Por María Paz Garafulic Litvak, socia y directora de Confín Ediciones y directora fundadora de FHUV

El arte de la lectura en tiempos de crisis
Autora: Michele Petit
Mediadores | Océano Travesía | 2009

“Somos seres de lenguaje y seres de relatos y estos tienen un valor reparador”.
Cuando hablamos de violencia hablamos de daño, de traumas, de heridas emocionales o físicas, de aquellos efectos que produce la vulneración de nuestra dignidad e integridad. En el contexto temático presentado en esta edición, el libro de la renombrada antropóloga francesa Michele Petit, sobresale por su pertinencia y por sus respuestas frente a una pregunta clave: ¿qué puede hacer la lectura y la literatura frente a la violencia y sus consecuencias?
Desde crisis sociales y políticas hasta crisis personales, el libro analiza en profundidad la acción reparadora y sanadora de la lectura y la literatura.
A través de experiencias en distintos países del mundo, principalmente en Latinoamérica, la antropóloga presenta una extensa galería de situaciones, prácticas y realidades en que la literatura ha estado presente y ha significado la generación de un nuevo espacio para los afectados; en especial, niños y jóvenes que han visto truncado su futuro en medio de guerrillas y pobreza, abandono y soledad, y en que se manifiesta “el poder de la palabra escrita para reconstruir la vida de personas en desgracia”.
Entre una multiplicidad de conceptos, destaca el análisis de los efectos derivados de la lectura en los primeros años de vida. Cómo, desde la infancia, se generan referentes emocionales que conforman el imaginario lingüístico del individuo.
El testimonio de beneficiarios y facilitadores -mediadores- es complementado por una sólida base teórica conformada por reflexiones y experiencias de importantes intelectuales vinculados con el mundo de la literatura, la infancia, o ambos; desde Freud a Pamuk, pasando por Kafka, Winnicot, Perec y Cyrulnik, entre otros.
Las respuestas a la pregunta planteada surgen progresivamente en los distintos capítulos: la lectura puede ser un espacio hospitalario y cálido; la potencialidad de la literatura para permitir “saltar al otro lado”; el enorme poder de simbolización que provee el relato; cómo se manifiestan otras formas de socialización de la lectura; el exilio y el espacio que puede proporcionar y, finalmente, la escuela y la biblioteca como agentes privilegiados para el acercamiento a la riqueza del mundo del lenguaje.
Terminado el libro, queda una grata y reconfortante sensación y la convicción de que la lectura es un espacio de apertura. Más que una instancia de evasión, es un salto a otro espacio, uno que provee de esperanzas y que permite ver la realidad con cierta distancia. Un espacio de paz y tranquilidad frente al caos exterior, sea este violento o no.

Publicado en RHUV Nº26

La palabra más hermosa

 


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Por Magdalena Palma, directora ejecutiva Fundación Había Una Vez.

La palabra más hermosa
Autora: Margaret Mazzantini
Grandes lectoresLumen | 2009

Hace poco escuché hablar del concepto de “duración” de un libro, no para mencionar la cantidad de páginas, sino esa sensación de viudez que queda tras terminar un libro que se mete en la piel y nos acompaña por semanas en nuestros pensamientos. Eso fue lo que me pasó tras leer este libro. Preguntas, cuestionamientos a los personajes, imágenes que no podía sacarme de la cabeza y la tentación de volverlo a leer.
La historia parece trivial: el relato cruzado de una mujer italiana de mediana edad, Gemma, viajando a Sarajevo con su hijo adolescente en el presente, cruzándose con el recuerdo de cuando en su juventud conoció en la misma ciudad al que fuera su gran amor, Diego, quien ya no está. Se suma a este relato un personaje entrañable como Gojko, quien sin querer arrastra a sus nuevos amigos a una guerra que no es la suya.
La historia se enreda, como en la vida, y aparece la guerra de Bosnia: cruda, despiadada e ignorada por el mundo, y arrasa con todo. Tras su paso deja solo sombras de lo que los protagonistas alguna vez fueron. Ya no hay arrojo, sino miedo; la pasión se vuelve duda; la vida diaria se convierte en una lucha; la confusión lo inunda todo; y queda la duda de si los sueños perseguidos valieron alguna vez la pena.
El libro es también una buena excusa para interiorizarse en lo que fue la guerra de Bosnia, que entre 1992 y 1995 cobró la vida de alrededor de 100.000 víctimas entre civiles y militares y generó una enorme emigración, con cerca 1,8 millones de desplazados.
¿Qué es lo que hace de esta una novela inolvidable? En primer lugar, la prosa delicada, que envuelve y va cambiando de tono y ritmo, a medida que los protagonistas atraviesan por distintos momentos de su historia y relación. Luego los cambios temporales, que te llevan desde el presente al pasado constantemente, lo que envuelve al lector en una especie de acertijo para unir los cabos sueltos y tratar de que cierre la historia. Por último, las distintas luchas: la por ser pareja; la por ser madre, la por sobrevivir a una guerra, la por curar las heridas del paso del tiempo.
Un libro en clave femenina, que queda resonando en quien lo lee.

Publicado en RHUV Nº26

Nada

 


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Por Trinidad Cabezón, licenciada en letras, Coordinadora de proyectos en Fundación Había Una Vez.

Nada
Escritora: Janne Teller
Grandes lectoresSeix Barral | 2015

“Deberíamos habernos detenido antes de ir más lejos. De un modo u otro, era demasiado tarde”. Este libro trata la historia de un chico de catorce años llamado Pierre Anthon, quien se sube arriba de un ciruelo y comienza a gritarle a sus amigos que nada importa, que todo es un teatro en el que se aparenta y que no vale la pena hacer nada. Sus compañeros deciden entonces demostrarle que la vida sí tiene sentido. Entre todos tienen la idea de armar un montón de significado: cada integrante del grupo debe entregar algo que para él o ella sea importante, para luego mostrárselo a Pierre Anthon y que este se dé cuenta del sentido escondido en esas cosas. En un comienzo la propuesta parece ser un buen proyecto. Libros, aros, una caña de pescar, entre otros, van a parar al montón de significado. Sin embargo, la exigencia en la entrega de objetos significativos comienza a aumentar y la presión de los compañeros obligará a cada uno a entregar aquello que más duele, que más cuesta, y que en algunos casos hará tambalear sus creencias y hasta su propia integridad como personas.
La historia es narrada por Agnes, compañera de curso de Pierre, quien a través de su voz va evidenciando la transformación que vive tanto ella como sus compañeros, pasando de actos y decisiones inocentes, a actitudes frías y crueles, en las que se entremezclan el odio, la venganza, la inseguridad y el rencor. La narración avanza de una manera ágil y rápida, desarrollando un relato que atrapa y genera, paulatinamente, una incomodidad en el lector. De manera directa, pero a la vez sutil y sin caer en el morbo, se exponen episodios que remecen y que impactan por su crudeza. A lo largo de las páginas, la violencia de los acontecimientos se va normalizando y es aceptada e incluso apoyada por el grupo, quienes ven en estos hechos sacrificios importantes y necesarios para acercarse al real significado. De este modo, el libro expone la dificultad de desmarcarse de una actividad grupal que comienza a distorsionarse, situación muchas veces presente en las dinámicas de los jóvenes y también de adultos. A su vez, en la historia se desarrolla y evidencia una problemática muy actual, pero no por eso menos violenta: cómo el hecho de conocer la intimidad del otro permite tener herramientas para dañarlo.
Nada es un libro que abre puertas para reflexionar sobre la existencia y preguntarse por los límites de nuestros actos. ¿Hay cosas que importan? ¿Es tangible el significado? Finalmente, ¿dónde se encuentra realmente el significado y cómo somos capaces para encontrarlo?

Publicado en RHUV Nº26

La maravillosa vida breve de Óscar Wao

 


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Por Valentina Álvarez, estudiante de Instituto Sagrado Corazón de San Bernardo.

La maravillosa vida breve de Óscar Wao
Autor: Junot Díaz
Grandes lectoresDe Bolsillo | 2014

Me pidieron escribir una reseña acerca de un libro en el que la violencia fuera la protagonista, y realmente no fue fácil. Pero no es porque no existan libros donde se trate este tema, sino porque me di cuenta de que no había leído muchos. Quizás es porque no abundan esas lecturas; o quizás yo no me había dado cuenta de mis propias lecturas. Entonces me puse a pensar y llegué a La maravillosa vida breve de Óscar Wao.
Quiero presentarles, primero, a Óscar: “Nuestro héroe no era uno de esos dominicanos de quienes todo el mundo anda hablando, no era ningún jonronero (Del jonrón o relacionado con este golpe característico del béisbol) ni fly bachatero, ni un playboy con un millón de conquistas. Y salvo en una época temprana de su vida, nunca tuvo mucha suerte con las jevas (Chica, novia o pareja.) (qué poco dominicano de su parte)”. Ese es Óscar Wao, medio dominicano y medio gringo; pero al final, ni de aquí ni de allá.
Este libro está lleno de humor, referencias a la ciencia ficción, los cómics, la literatura fantástica o cualquier dato freak (¡de los verdaderos freaks!). Pero es también un libro triste, donde se evidencia el cinismo de la vida contemporánea y el ser víctima del sistema. Además, es trágico, se cruza con la historia de República Dominicana, con la terrible dictadura de Trujillo; con el viaje, la migración forzada, los guetos latinos en Estados Unidos; la discriminación, la violencia, el hecho de no sentirse parte de ningún lugar en el mundo. Y todo esto es lo que llamó mi atención e hizo que me diera cuenta de lo que es violento: “¿Quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos. ¡Mamma mia! Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos crecientes en el pecho”.
Leo La maravillosa vida breve de Óscar Wao y pienso que es un libro necesario. ¿Cuántas personas tienen que dejar su tierra para migrar antes de ser asesinados o sólo para huir de una dictadura opresora? Y al mismo tiempo me doy cuenta que el fukú (aquello que da mala suerte) es inevitable: la maldición del nuevo mundo está instalada, y es imposible escapar de ella. Un latino es un latino en todas partes del mundo. La esclavitud está a la vuelta de la esquina, disfrazada de trabajo, de sueños y deseos incumplidos. Esta novela es eso: un fuerte deseo sin conceder.

Publicado en RHUV Nº26

Malala, la niña que quería ir a la escuela

 


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Por Daniela Sánchez Allende, licenciada en Letras por la Univ. Católica. Encargada de Área de Proyectos de la Fundación Había Una Vez.

Malala, la niña que quería ir a la escuela
Escritora: Adriana Carranca
Ilustradora: Bruna Assis
Lectores V&R Editoras | 2017

La historia de Malala Yousafzai, la niña pakistaní que ha luchado por el derecho a la educación entre el autoritarismo y el terror que sembraron los talibanes en su región, ha recorrido el mundo. Tanto así que es la más joven ganadora del premio Nobel de la Paz. Mucho se ha escrito en torno a ella, desde libros ilustrados para los más pequeños, hasta su propia autobiografía en Yo soy Malala, que escribió junto a la periodista Christina Lamb.
Malala, la niña que quería ir a la esuela surge a través de una investigación periodística de Adriana Carranca, quien visitó el valle del Swat, donde vivía Malala; se hospedó con pastunes, conversó con ellos, con los amigos de Malala y sus profesores; visitó su casa y plasmó su experiencia y toda la información recabada en este libro. A través de él, busca no solo narrar la historia de una niña que arriesgó su vida por ir a la escuela, sino que también contextualizarla y dar al lector más antecedentes de la cultura pakistaní. Es común encontrarse, a lo largo del libro, con notas a pie de página que explican conceptos, definen palabras o relatan hechos históricos, lo que, sin duda, enriquece el relato principal; asimismo, las últimas páginas están centradas en un registro fotográfico que la autora llevó durante su investigación.
Y así nos vamos sumergiendo en el valle de Swat, en sus calles, conocemos la escuela Khushal, que pertenecía al padre de Malala, y donde ella participaba activamente. No solo destacaba en lo académico, le gustaba el deporte, el teatro y, sobre todo, leer e intercambiar con sus amigas los libros de Harry Potter. Pero cuando los talibanes bajan de las montañas, la violencia se apodera del valle y de la vida de los pastunes. Con fusiles en mano aterrorizaron a todos, destruyeron monumentos históricos e hicieron grandes fogatas con computadores, cámaras de fotos, televisiones, todo lo que para ellos era pecado. No permitían los bailes, la música, los cantos y prohibieron que las niñas fueran a la escuela. Malala, entristecida por la noticia y asustada por el nivel de violencia que se vivía, decidió comenzar un blog, que escribió por seguridad bajo un seudónimo, y donde hablaba de los miedos, de las restricciones y las amenazas bajo las que vivían. Este blog era publicado en la red de radio y de televisón de la BBC, y así Malala, con una gran claridad y sabiduría informó al mundo cómo había cambiado la vida en su pueblo y expresó sus temores y sueños. Tenía solamente once años y había decidido que “mi fuerza no está en la espada. Está en la pluma”.

Publicado en RHUV Nº26

Matador

 


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Por Bernardita Cruz, periodista. Encargada de comunicaciones de Ediciones Ekaré Sur.

Matador
Escritor: Wander Piroli
Ilustrador: Odilon Moraes
Lectores Babel Libros | 2015

“Brutal” fue la primera palabra que se me vino a la mente cuando terminé de leer Matador. La portada, con un pequeño pajarito posado en un muro, no entrega ninguna pista del contenido, pero el texto no se demora en hacernos llegar hasta el lugar donde trascurre la historia: en primera persona, el narrador nos lleva a un barrio sencillo, a un recuerdo de su propia infancia. Todos los niños de la cuadra matan gorriones con sus hondas, menos él. No porque no quiera, sino porque nunca consigue dar en el blanco. Los amigos se burlan y hasta los propios pájaros parecen mofarse de su ineptitud. La frustración lo hace perseverar, afinar la puntería, hasta que un día, al fin, lo logra: una anécdota que se transforma en una mancha imborrable, un dolor que se transmite al lector. “Brutal” vuelve a ser la palabra indicada para describir ese instante del relato en que ya no hay vuelta atrás. La presión del grupo que domina las acciones, la rabia como motor, las reacciones insensatas. El protagonista no olvida el piar agónico del gorrión, y el lector no puede dejar de sentirse identificado, de pensar en las propias marcas de la memoria.
Con una paleta acotada de verdes y grises –el azul del cielo aparece solo en la portada y en las guardas, enmarcando magistralmente el relato–, el ilustrador brasileño Odilon Moraes construye un barrio que podría estar en cualquier recuerdo. Hay casas sencillas, postes de luz, mucha vegetación. Todo, envuelto en un aura borrosa, como la memoria. El trazo sugiere y se basta en su simpleza.
El texto de Wander Piroli, en tanto, nos sumerge en la intimidad del protagonista. Un testimonio descriptivo y sincero, que revela la frustración acumulada y las ansias por el lograr el cruel objetivo. Hacia el final, el vértigo del desenlace y un cierre donde el autor escoge con pinzas
las palabras, que arroja sin piedad sobre el lector.
Un libro especial, escaso en su tipo. Despojado de almohadas que suavicen el golpe, nos empuja junto al protagonista a buscar entre la maleza al gorrión derribado y nos convierte en testigos incómodos de un acto impulsivo e irracional, tan propio de la niñez. “La vergüenza de confesar el primer error nos lleva a muchos otros”, dice la contraportada, citando a La Fontaine. Una lectura brutal pero tan bien construida y editada, que sobrecoge.

Publicado en RHUV Nº26

La playa de las conchas

 


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Por María Isabel Molina Valenzuela, periodista. Directora de Grafito Ediciones y socia de PLOP! Galería.

La playa de las conchas
Escritor: Shin Hye-Een
Ilustrador: Cho Eun-Young
Lectores Saposcat | 2016

Hoy Corea está nuevamente en el foco del mundo. Volvió a los titulares con la amenaza de la reactivación de un conflicto que dividió a un país en dos, dejando familias separadas por varias décadas y miles de muertos y prisioneros políticos. Esta historia dolorosa está en los libros de historia contada por políticos y otras voces del mundo adulto. ¿Pero cómo acceder al recuerdo de los niños, a su versión de los hechos? Conectar este relato protagonizado por un niño o niña con el público infantil no es tan fácil. Es más bien una proeza.
En el caso de La playa de las conchas, libro que llega gracias a la lúcida selección de Editorial Saposcat, la violencia espera agazapada mientras transcurre la historia. Antes de su aparición Shin Hye–Een, autor del texto, nos muestra el mundo de Yon Jae, el protagonista. Con algunas pinceladas, nos revela cómo era la vida antes de la guerra usando una estructura narrativa que separa cada episodio en un breve relato independiente: la casa del protagonista, sus paseos, la actividad de su padre y a otros integrantes de la familia como el hermanito o el abuelo y hasta sus comidas. Este es también un vistazo a la vida coreana, sus tiempos y prácticas cotidianas, hasta que irrumpe la guerra, los refugiados y el dolor. Los hombres de la casa se van. Desde ahí y hasta el final, ese pequeño se transforma e incorpora la herida de su historia personal y la de su país en una forma que no se revela, pero que está patente.
Este retrato, tan personal y tan universal a la vez, se complementa con la ilustración de Cho Eun-Young que se asemeja a los trazos infantiles: poco prolijos, con manchas o zonas de color más fuertes que otras y personajes con proporciones diversas. Desde esa mirada infantil se produce la fuerte conexión entre ilustración y texto, que en los pasajes sobre la brutalidad del conflicto y sus secuelas cobra gran expresividad. El autor de las imágenes, llenas de colores y texturas, logra un gran manejo de las emociones que muestra el libro usando una técnica compleja.
En el final, un rostro real nos revela que esta historia es verídica porque es la de miles y no solo en Corea, sino en cada lugar en que los conflictos están dejando a niños crecer solos o sin parte de su familia. Es un recordatorio de que los testimonios volverán una y otra vez como advertencia para evitar que la sociedad siga cayendo en el mismo espacio del horror.

Publicado en RHUV Nº26

Jella Lepman, una mujer en tiempos de guerra.

En una Alemania destruida por las bombas de la Segunda Guerra Mundial, la periodista alemana de origen judío Jella Lepman confió en el poder de la literatura infantil y juvenil para fomentar la paz y la tolerancia.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil


Ilustración de María Paz Muñoz

Las iniciativas destinadas a divulgar la literatura infantil y juvenil de calidad le deben mucho a Jella Lepman (Stuttgart, 1891-Zurich, 1970), una mujer valiente que dedicó su vida a difundir los libros infantiles en condiciones de extrema dificultad. Viuda de 30 años y con dos hijos, huyó a Inglaterra donde se refugió para escapar de los campos de concentración de prisioneros judíos. Al término de la guerra, fue invitada por el gobierno norteamericano para regresar a Alemania a trabajar en la reeducación de las mujeres y los niños. Recorriendo en jeep la ciudad de Múnich devastada por las bombas, vio a niños sin hogar en medio de los escombros. Comprendió que debía emprender una cruzada para reunir libros infantiles de todo el mundo con el fin de que esos niños pudiesen asomarse a otras culturas. Tenía que engrandecerles la mente y la esperanza con libros bellos en un afán de libertad y renovación.

Muchos países apoyaron su iniciativa y le enviaron libros infantiles para crear en 1949 la Biblioteca Internacional de la Juventud en un antiguo palacio de Múnich. En esas lujosas salas, donde en otra época Hitler hospedó a Mussolini, realizó la gran exposición de libros infantiles con el propósito de fomentar la comprensión internacional a través de la literatura infantil y juvenil. Eran libros de cuentos que mostraban ilustraciones de otras latitudes, libros en otros idiomas. Los niños de la guerra se acercaban fascinados a sus páginas, temerosos al comienzo, con más confianza después. En las páginas de esos libros recobraban la alegría y encontraban un mundo más feliz a través de la imaginación. Comprendían que en otros países había otros universos posibles y niños que soñaban y jugaban como ellos, en mundos lejanos. Jella Lepman sabía que esos libros podían contribuir a formar una nueva generación de niños lectores abiertos a otras culturas, credos y razas.

La biblioteca creada por esta mujer visionaria impulsó la literatura infantil a través de cursos, seminarios, charlas, encuentros con autores, conferencias, lecturas, teatro de marionetas y de sombras, clases de idiomas con ayuda de libros infantiles y talleres de pintura infantil. Todos tenían cabida en esas salas bellamente decoradas.

En 1953 creó IBBY (International Board on Books for Young People), organización para el Libro Juvenil que agrupa a profesionales del libro en todo el mundo. En 1964 publicó su autobiografía que se tradujo al inglés en 1969, y ahora por primera vez en español con el título Un puente de libros infantiles (Creotz Ediciones, España, 2017). En ella, da testimonio de las dificultades que tuvo que sortear para llevar a cabo su ambicioso proyecto en medio de las adversidades. Es un libro extraordinario, lleno de anécdotas y salpicado con toques de fino humor, recomendado especialmente a escritores, mediadores de lectura, bibliotecarios y especialistas de la LIJ como ella, que aman y difunden los libros infantiles.

Con el correr del tiempo, sus iniciativas se han multiplicado en todo el mundo, pues fueron muy inspiradoras para los nuevos profesionales de la LIJ. Prueba de ello es la Biblioteca Internacional de la Juventud que desde 1983 funciona en las afueras de Múnich, en el castillo de Blutenburg, precioso pabellón de caza del siglo XV, transformado en una biblioteca única, con una colección de 630.000 libros infantiles de todo el mundo. En sus anaqueles se atesoran colecciones de libros infantiles antiguos y modernos que son verdaderas obras de arte y que inspiran a sus nuevos creadores. Muchos escritores acuden a sus salas a conocer las últimas tendencias de la literatura infantil universal y a recrearse en sus maravillosas ilustraciones. A su vez, esta biblioteca ha creado una distinción llamada White Ravens, que premia anualmente los libros infantiles de más alta calidad en todo el mundo. Este castillo de libros de cuentos ha recibido el reconocimiento de escritores como Erich Kästner, Michael Ende o James Krüss, y la visita de expertos, editores y autores internacionales que acuden a investigar en diversos temas asociados a la LIJ.
Como puede verse, las ideas de Jella Lepman a favor de la literatura infantil y juvenil para favorecer la paz y el entendimiento entre los pueblos están hoy más vigentes que nunca.

Publicado en RHUV Nº26

En torno a la violencia en la LIJ

Vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes.

Por Hugo Hinojosa, especialista en literatura, integrante de CiEL Chile


Ilustración de Francisca Luco Verdugo, Moriven | moriven.illustration@gmail.com

Un auto pasa a toda velocidad sobre las ramblas barcelonesas, matando a un par de turistas. Otro auto avanza en Estados Unidos, atropellando a un grupo de protestantes contra los supremacistas blancos y dejando una víctima fatal. Todo esto será luego transmitido por televisión a través de sus noticiarios y extras informativos, estará presente en las páginas de portada de diversos medios de comunicación nacional e internacional, difundido a través de redes sociales, replicado en cientos de videos de YouTube. Y crecerá la paranoia, mientras presidentes y mandatarios de diversos países comentan en torno a sus armamentos y la posibilidad de su uso en caso de agresión. Y no nos olvidemos de la violencia ejercida contra mujeres, que terminará en horribles crímenes cubiertos ampliamente por la prensa. Padres y madres creerán ver en la música o en los videojuegos que sus hijos e hijas consumen la respuesta al grado de hostilidad presente en ellos.

Un panorama de la violencia
Claramente vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes; criterios que operan desde la flagrante censura y omisión de temáticas sensibles, hasta el abordaje paternalista completamente edulcorado para este público lector. Importante sería considerar entonces cuál es el rol que le asignamos, o más bien, qué entendemos por literatura. Mientras ya en los ajustes curriculares del área de lenguaje de nuestro propio sistema educativo se sostiene a esta como “constructo verbal y, por tanto, cultural, cargado de sentido”, es decir, en contacto permanente y bilateral con la sociedad que la produce, preferimos sobreexplotar la violencia de la era de la posverdad a través de los medios de comunicación, mientras queremos esconderla en la obras de ficción que la recrea.

Según la Real Academia Española, la palabra “violencia” proviene del latín violentia, como una cualidad de “violento” también del latín violentus. Este devaneo etimológico nos lleva a comprender que violentus implica en su raíz el exceso o abundancia de fuerza en una acción, lo que nos conduce a comprender que la violencia (y su aplicación) no está solamente presente en la realidad, sino que opera en la forma en que los textos dirigidos a públicos infantiles, adolescentes y juveniles son censurados o manipulados por los adultos. Negar la propia realidad hostil es un gesto violento, pero habría que matizar hasta qué punto los textos literarios funcionan en dicha lógica.

La ideología tras la violencia
Cuando se abordan obras literarias, cualesquiera sea su tipo, se hace necesario comprender que tras ellas siempre hay una ideología explícita o implícita que las está sustentando. Aquella idea se vuelve aun más relevante, al intentar establecer algún tipo de lectura en torno a la violencia que se presenta en algunos textos dirigidos a niños o jóvenes. Si pensamos en la propia tradición escritural (y visual) asociada a los libros infantiles y, posteriormente, juveniles, veremos que la agresividad se hace presente constantemente. Así, por ejemplo, mientras los reconocidos hermanos Wilhelm y Jacob Grimm prefirieron eliminar ciertas referencias sexuales que se encontraban en las versiones previas de Caperucita roja, como la de Charles Perrault de 1697, no tuvieron ningún problema en mantener y acentuar ciertas escenas violentas, con la finalidad de generar un cierto alivio psicológico en el lector infantil tras el triunfo del bien y el castigo del mal. De esta manera, el clásico “fin justifica los medios” es reconocible cuando al cazador se le permite abrir de lado a lado al lobo, con tal de salvar a la abuela y Caperucita, para luego rellenarlo con piedras y, una vez muerto, despellejarlo. Desde dicha perspectiva, podríamos ver en el trofeo de la piel del lobo un símbolo de la destrucción absoluta del miedo en la mente de los niños. Posteriormente, en versiones como el relato versificado de Caperucita realizado por Gabriela Mistral, encontraremos que la violencia no es erradicada de la obra, aunque la autora decide mantener trazos del original de Perrault, y además asumiendo la muerte de la protagonista con una brutalidad inusitada para los relatos infantiles.

Esto se explica en palabras de la misma autora, quien señala: “que la primera lectura de los niños sea aquella que se aproxima lo más posible al relato oral, del que viene saliendo; es decir, a los cuentos de viejas y los sucedidos locales”. Es así como, a pesar de escoger de guía una versión netamente literaria (para este caso la clásica de Charles Perrault), la poetisa es consciente de que hay un relato previo anclado en la oralidad, y que este sería el espacio que pareciera ser más adecuado para hacer entrar a los niños. A pesar de esto, no debemos olvidar los cambios evidentes que podemos hallar al traspasar los relatos desde la oralidad hacia la reescritura literaria. Omisiones, cambios, diversas modificaciones al ritmo narrativo, entre otros, van haciendo que lo que llega a nosotros sea solo un remedo del original, pero aun así podemos intuir aquella esencia de la historia inicial. En el caso específico de este relato, su modificación (hasta llegar a la versión específica de Mistral) se vuelve relevante, porque deja a la vista la ideología que intenta formar a los niños, pero desde la violencia y el miedo.

Tal como indica la especialista española Teresa Colomer: “Las versiones populares contienen características típicas del folklore que fueron vulneradas tan pronto como la escritura las fijó (…) estas versiones orales fueron convertidas en “literatura” y dirigidas a una audiencia muy diferente de la de los cuentos de tradición oral. Para poder adecuarse al público de la corte de Luis XIV en Versalles, Perrault censuró los elementos más crudos del relato”. Es decir, en el traspaso hacia la escritura, y luego hacia la literatura infantil, el texto fue siendo limpiado y moralizado, pretendiendo con ello generar una enseñanza particular. Con las reinterpretaciones posteriores (como la de los hermanos Grimm), vemos que el caso se extrema, y episodios violentos, como la propia muerte de la protagonista, son modificados permitiendo una conclusión feliz y satisfactoria ante la acción criminal del lobo, pero que sigue manteniendo la brutalidad en la resolución de los conflictos.

Ahora, si pensamos en otros relatos tan familiares y reconocibles como el Peter Pan de J. M. Barrie, veremos personajes como el villano Capitán Hook temiendo ser devorado por el cocodrilo, el mismo que ya se ha comido anteriormente su mano, luego que la cortara Peter en una de sus batallas. Este breve ejemplo nos muestra como en gran parte de estas historias clásicas, la utilización de la violencia explícita es justificada, ya que se está castigando la perversidad. De esta manera, el conflicto entre el bien y el mal siempre es decidido a través del uso de la crueldad y la agresión. Asumiendo, nuevamente, que la literatura opera bajo ciertas ideologías y modelos culturales, podríamos suponer que la lógica tras estos relatos no se aleja mucho de los discursos tan actuales de la guerra contra el terror, que proponen algunos estados contemporáneos. Al parecer, desde esa vereda, la única respuesta del ser humano a la violencia sería responder con más violencia.

Si seguimos avanzando y considerando otros referentes tradicionales, como el clásico Pedro Melenas (Struwwelpeter) de Heinrich Hoffmann, publicado en 1845 y asumido como precursor del libro álbum, apreciaremos de manera visualmente explícita la violencia. En esta obra se incentiva el miedo y el terror como una manera de generar un comportamiento adecuado para la infancia (siempre desde la visión del adulto). El afán formador y moralizante tan propio de las obras infantiles del siglo XIX acentúa la idea del “deber ser” del niño y para ello, el recurso de la violencia impuesta ya no solo sobre el mal, sino sobre el propio lector, genera un espacio en donde la agresión se valida como instrumento pedagógico. Si pensamos en nuestros abuelos, recordaremos el tradicional discurso de “la letra entra con sangre” que era tan familiar, pero en donde parecía que no había ningún tipo de verdadero cuestionamiento a dicha expresión coloquial. El mismo Hoffman dirá: “la imagen de la desgracia instruye más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones”. Entonces, podemos ver que, por lo menos en sus inicios, el uso de la violencia y la crueldad en textos dirigidos a niños y jóvenes fue fortalecido por un afán moralizador que formaría la conciencia de estos.

Acá estamos hablando de una violencia que podríamos señalar como explícita, lo que en palabras del sociólogo noruego Johan Galtung se define como “violencia directa”. Por otro lado, para este investigador hay cierto tipo de violencia que no se muestra abiertamente, que queda escondida, y es esta la que generalmente impacta mayormente en los textos dirigidos a infancia, adolescencia y juventud. A esta le denominaremos “violencia cultural”, la que se define como aquellos aspectos de la cultura (como la literatura) que son utilizados para validar o legitimar aquella violencia que está más a la vista. Para Galtung, esta violencia simbólica “no mata ni mutila como la violencia directa, pero igual hace daño”. Es decir, esta definición se torna relevante ya que hace evidente que en muchas obras la violencia no solo es aquella visible, como en el castigo al lobo o el miedo de Garfio a ser devorado por un reptil, sino que también está presente en lo que se dice, en lo que se impone como idea en las historias, ya que esto finalmente impactará en aspectos tan importantes como la construcción de la identidad individual y social de los propios lectores infantiles o juveniles que acceden a ellas. De esta manera, será recurrente percibir, luego de un simple análisis, que tras los afanes moralizantes de algunos relatos se esconden discursos de odio y agresión más violentos aun.

Esto nos sitúa en una interesante encrucijada, en la cual deberíamos hacernos un par de preguntas. ¿Debemos entonces censurar toda violencia presente en los relatos para niños y jóvenes? ¿O más bien es el uso que se le da a cierto tipo de violencia explícita en las obras? Claramente la salida no va en obviar o esconder la crudeza, convirtiendo las diversas historias en relatos estériles e ingenuos, sino más bien en hacer conscientes los mecanismos que avalan o se oponen a algunos modelos culturales. Podríamos contraponer a dicha postura la reflexión planteada por la célebre ilustradora Jutta Bauer en su última visita a Chile, cuando indicaba que, considerando la hostilidad permanente a la que somos sometidos en el mundo, hacer obras alegres para los niños se vuelve necesario y los mismos lectores lo requieren. Pero dicha posición no se confronta a una lectura crítica en torno a ciertas obras. De esta manera, apreciaciones negativas en relación al género (como, por ejemplo, el posicionamiento de la mujer en la sociedad), agresiones solapadas vinculadas al racismo, ocultamientos de la marginalidad o la pobreza, entre otros, podrían ser expuestos abiertamente para ser discutidos y pensados por los propios lectores. Mientras no sea evidente la violencia cultural, se seguirán avalando los otros tipos
de agresión más visibles.

En esta perspectiva, pensando en obras creadas para jóvenes, tenemos casos tan reconocibles como Los juegos del hambre, en que la presencia de una aparente protagonista femenina empoderada oculta una construcción del personaje desde un modelo masculino agresivo, que viene a replicar las miradas habituales en torno al género en otras obras más explícitas. Por otra parte, la violencia más directa, que apreciamos en los propios juegos del hambre y luego en la guerra que se desata contra Panem, hace que la obra asuma la agresión y la muerte como único medio de supervivencia en un entorno hostil. Esta misma forma de abordar las historias es frecuente en otros relatos adolescentes y juveniles de moda (como Maze runner o Divergente), cuyo centro en la acción, la aventura y, por supuesto, la violencia, se muestran como las únicas posibilidades de representación de la adolescencia y la juventud.

La violencia como motor reflexivo
Es evidente que la erradicación de la violencia como tema no es la salida en las obras dirigidas a niños y jóvenes. Muchas veces, su tratamiento adecuado permite a los lectores asumir realidades que en su dureza ayudan a situarnos como individuos en espacios complejos, la mayoría de las veces agresivos. Así, es interesante observar a autores como el célebre Roberto Innocenti o el colombiano Jairo Buitrago, quienes discuten con ciertos grados de violencia cultural abordando temas complejos y duros, pero permitiendo que no opaquen el centro de sus relatos. Son destacables en el caso de Buitrago sus obras Camino a Casa (junto a Rafael Yockteng) y Un diamante en el fondo de la tierra (con el chileno Daniel Blanco Pantoja), en las que decide acercarse a las situaciones de violencia de estado tan frecuentes en las dictaduras latinoamericanas, pero sin poner la mirada directa en la crudeza de los hechos, sino más bien ahondando en las diversas consecuencias personales, familiares (y sociales) de estos procesos políticos tan brutales en nuestros países.

Siguiendo la misma línea temática, pero en clave novelística, podemos destacar Matilde de Carola Martínez, escritora chilena radicada en Argentina, y Piedra, papel o tijera de la argentina Inés Garland, las cuales abordan de manera más frontal los procesos dictatoriales, permitiendo que la violencia sea escenificada, pero como resultado de una sociedad quebrada. La violencia también puede ser una metáfora, una atmósfera que enrarece los espacios, generando una sensación de que la sordidez está ahí, frente a nuestras narices, como es el caso de La niña calva, breve relato de Jorge Franco, muy bien ilustrado por Daniel Gómez Henao, cuya historia de una niña pequeña encerrada en casa nos deja con un sabor agrio al final. Por otro lado, es ejemplar el caso de la ampliamente reconocida escritora brasileña Lygia Bojunga, quien a través de textos imprescindibles como El abrazo, Mi amigo el pintor o Retratos de Carolina, se enfrenta a temáticas tan duras como el suicidio, la violencia sexual, la muerte, entre otras; pero siempre bajo un lenguaje cuidado, profundamente poético y que nunca es condescendiente con sus lectores. Finalmente, en una vereda similar podemos destacar el trabajo de Natalia Silva, alias Natichuleta, autora de la novela gráfica No abuses de este libro, y Azul, de Marcela Paz Peña junto a José Andrés Murillo, quienes abordan de manera directa la situación de abuso sexual hacia menores de edad, pero siempre estableciendo el camino de la resiliencia desde una mirada que acoge, y no que intenta apologizar o educar ante una situación tan traumática.

Es así que una gran cantidad de obras actuales han decidido hacerse cargo y asumir la presencia de la violencia en nuestras vidas, pero comprendiendo que no podemos obviarla o esconderla bajo la alfombra, intentando generar un espacio protegido para la infancia o la juventud, sino más bien presentándola como algo que hay que discutir. El discurso de la violencia tampoco puede ser aleccionador o moralizante como lo fue en siglos pasados, usándola como medio para generar el terror en una estrategia de shock inmediato. Por el contrario, la violencia directa, o la cultural que se esconde tras las imágenes o las palabras, pueden ser los medios que permitan pensar el tipo de sociedad que estamos construyendo, al asumir a los lectores en su capacidad de reflexionar el mundo que los rodea.

Publicado en RHUV Nº26

Azul. El dolor de la infancia

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar
el propio yo más que acompañarlo.

Por José Andrés Murillo, director Fundación Para la Confianza y autor de Azul.


Ilustración de Valentina Silva

El lenguaje no crea realidad. Pero sí puede ocultarla y volverla dolorosa a través de ese otro lado del lenguaje, que es el silencio. Más bien diríamos: silenciamiento. Así ha sucedido durante siglos -y sucede aún hoy- con la violencia cometida contra niños y niñas. Se trata de una violencia que, además de permanecer impune, muchas veces se disfraza de educación, disciplina o respeto por los adultos. Violencia que si no se nombra, se normaliza y fortalece. Aun más, cuando la violencia se normaliza, generalmente se culpa a las víctimas (explícita o implícitamente) del sufrimiento que les produce.

Esta es la violencia que queremos nombrar hoy. La violencia contra la infancia que muchas veces es sutil, engañosa. Nombrarla por primera vez o tal vez inventar una nueva manera de llamarla, para superarla.

Sin embargo, no podemos comprender la violencia sutil contra la niñez si no pasamos por la violencia brutal de la que aún son víctimas miles de niños y niñas en nuestro país. Muchos más de los que quisiéramos creer1. A veces queremos tanto que no exista esta violencia, que pasa por nuestro lado sin ser percibida como tal, con lo que se fortalece. Entonces hay que juntar valor. Valor para nombrarla, verla, combatirla. Esto permite ir creando los caminos para resignificarla, asumirla y superarla. La violencia que ha sido silenciada. Sabiendo que en muchos casos un niño -un adulto que vive con su historia de niño violentado- no es que no quiera, sino que no puede nombrar la violencia de la que fue víctima. Aunque la sufra, aunque le provoque tristeza. La estructura misma de la violencia y el trauma producen un vacío cognitivo respecto de lo vivido, lo sufrido. No hay una decisión de guardar silencio, de olvidar un evento traumático, sino que el contexto en el que tiene lugar el trauma, y el trauma mismo, traen consigo el silencio, su silenciamiento.

Pero silencio no significa inexistencia. El olvido cognitivo lleva muchas veces aparejada una memoria afectiva y corporal monstruosa. Memoria traumática. La estrategia de supervivencia del cuerpo de un niño ante el estrés que provoca un evento muy traumático, como un abuso sexual por parte de un ser cercano, un ser que se suponía que estaba ahí para cuidar, para ser confiable, consiste en una desconexión de su sistema consciente. Se desconecta el sistema consciente integrado de la percepción del ambiente entre memoria, emoción e identidad. Es lo que los especialistas llaman disociación. Ese mecanismo de defensa que tenemos ante situaciones que sobrepasan nuestra capacidad de integrarlas, como la traición que implica la violencia física o simbólica ejercida por alguien cercano. Es decir, ante la traición del cuidado.

Ahora bien, la disociación no implica la eliminación del dolor desde la memoria traumática, sino solo su fragmentación. La memoria traumática seguirá presente, pero de manera fragmentada, no a modo de consciencia, sino corporal, afectivamente; hiriendo, socavando el yo que sigue huyendo hacia dentro o hacia fuera, huyendo del dolor. El proceso simbólico de nombrar la violencia implica casi siempre revivir de manera consciente el dolor, integrar la memoria, la identidad y la sensación de realidad, corporal y ambiental. Dolor físico, pero también dolor de la traición, la confusión, manipulación hasta entonces sin nombre. Niños y niñas que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia por parte de algún ser cercano, incluso por parte de un ser querido, demoran a veces más de 10 o 20 años en encontrar el nombre para esa sensación de tristeza que los acompaña. Tristeza que es consecuencia de una violencia que no debiera tener nombre porque no debiera existir. Sin embargo está ahí, y algunos hemos querido encontrar estrategias para acompañar a personas que lo han sufrido, para que en este proceso no tengan que sacrificar su propia identidad o supervivencia.

Es así como hemos querido crear maneras de comprender, de prevenir situaciones de abuso o maltrato infantil; detectarlas, intervenirlas y acompañar a personas que fueron víctimas durante su niñez. Este es un desafío tan grande como urgente. Hay situaciones de violencia hacia la infancia que son tan traumáticas, que prácticamente nadie las discute, como el abuso físico y sexual. Sin embargo, hay otras formas de maltrato que también están ahí, más sutiles, y provocan igualmente traumas que no siempre son conscientes, que muchas veces solo traen aparejados tristezas profundas y sin nombre, sin forma, sin aparente razón.

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar el propio yo más que acompañarlo. Doblegar que viene más del miedo de los adultos que de la necesidad de educar. Miedo a perder poder, ser cuestionados, no saber qué hacer. Miedo al fascinante y aterrador mundo de la infancia, que vive otra lógica, otro lenguaje y que tiene más para enseñarnos que lo que nos atrevemos a aceptar. Porque rompe, cuestiona e interpela la lógica y el lenguaje adultocéntrico de poder, de producción, de competitividad, de desconfianza, de abuso. Por eso, en lugar de acompañar, los adultos queremos doblegar. Es lo que sentí cuando una persona, muy bien intencionada, me regaló el libro Duérmete niño, que se supone enseñaba una técnica para, en 7 días, hacer dormir a un niño solo. Cuando la primera noche quise aplicarlo, nos dimos cuenta de que era una técnica para doblegar hasta el cansancio la necesidad de nuestra hija de estar en mis brazos. Sentí el peso del miedo y la impotencia, y su llanto fue voz, fue interpelación. En ese doblegar, sutil y por tu propio bien -diría Alice Miller- se inoculaba la raíz de la impotencia, la rabia sin nombre y sin objeto, la violencia hacia uno mismo y hacia los otros. Asumir que prácticas que tenían el nombre de educación pueden ser violencia, y devolverles el nombre, libera.
Cuando escribimos el libro Azul con Marcela Paz Peña, acerca de un niño que sufre una vulneración y, aun más doloroso, sufre la incredulidad, la indiferencia, la incomprensión, la falta de nombre por parte de los adultos, de ese dolor, el nombre llegó solo. La inmensidad del cielo y el mar, la omnipresencia que parecía tener el color azul era suficiente para llamarlo así. Sin embargo, fuimos más allá. Nos dimos cuenta de que en la Grecia antigua no había un nombre para ese color. Aún no está claro si estaba prohibido nombrarlo, no tenía nombre o no lo veían.
Hay algo en nosotros, los adultos, que hace que no podamos nombrar el dolor de los niños. Y no es solo indiferencia o falta de empatía. A veces lo es. También puede ser miedo a no poder comprenderlo, consolarlo, acompañarlo. Entonces surge el poder de la doblegación, el olvido, la orden de no llorar, si no es para tanto. Y así, la indicación de transformar una experiencia dolorosa pero real en un delirio. A negar y transformar en dolor, sin nombre, sin lugar… disociar. Pero también se puede emprender el desafío de acompañar. Sin negar ni sobredimensionar. Acompañar. Estar ahí, validar, hacerse cargo junto a él, de ese dolor injusto, absurdo, horrible pero real. Y así, integrar. Es lo que sucede cuando nombramos un color -imagen recurrente del mundo de los afectos- que parecía ser sin nombre. Como azul.