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La literatura que acoge: Inmigración y lectura de álbumes

 


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Por María Paz Garafulic Litvak, socia y directora de Confín Ediciones y directora fundadora de Fundación Había Una Vez
www.fhuv.cl

La literatura que acoge: Inmigración y lectura de álbumes
Obra dirigida por Teresa Colomer y Martina Fittipaldi
Mediadores | Banco del Libro-GRETEL | 2012

La literatura que acoge: Inmigración y lectura de álbumes es una obra que surge como fruto de una investigación desarrollada por el Grupo de Investigación GRETEL, de la Universitat Autònoma de Barcelona. El libro comparte los resultados de estudios aplicados en estudiantes inmigrantes escolarizados en nuevos contextos socioculturales, donde la literatura jugó un rol clave en los procesos de integración.

Un gran aporte para el trabajo de educadores en contextos multiculturales, quienes encontrarán en la palabra literaria un “instrumento” de acogida y reconstrucción de la identidad de quienes llegan. Un puente a la reflexión sobre la realidad pluricultural que abastece de “imágenes” para aportar en la construcción de representaciones de una sociedad diversa.

Los libros álbum cobran un papel importante en este viaje; con su gran componente visual, rompen las barreras idiomáticas y facilitan la interacción profesor-alumno. Un recurso que, sumado a la discusión literaria, se convierte en herramienta para afrontar el reto de acoger a alumnos de inmigración reciente. La obra demuestra la forma en que estos libros facilitan el tratamiento de temáticas complejas a pesar de existir dominio limitado de la lengua o la lectoescritura, ofreciendo un motivo para hablar y compartir.

En sus capítulos podemos encontrar también propuestas metodológicas aplicadas en el aula, como actividades didácticas, formación de mediadores y resultados obtenidos en los  mismos niños a través del trabajo de vinculación entre literatura y migración. Una apuesta útil para las prácticas docentes: la selección de corpus concretos, determinadas formas de mediación, las posibilidades de la discusión compartida y la expresión creativa de los niños.

En definitiva, un libro que provee la oportunidad de conocer en profundidad la respuesta a la literatura, reconociendo las emociones empáticas que provoca y su potencial para abrir espacios de encuentro entre la cultura representada por los textos y los contextos culturales de los lectores. Una invitación para profesores y adultos a formarse como mediadores, utilizando la lectura como aprendizaje social y afectivo en el nuevo contexto mundial en pro de la integración, reconocimiento de las diferencias y valores comunes.

Publicado en RHUV Nº22

El silabario de la nostalgia

Este 2015 se cumplen 70 años desde que apareció la primera edición del Silabario HispanoAmericano, con el que muchas generaciones de niños y niñas de todo el continente aprendieron a leer.

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor y especialista en literatura infantil
www.elcaballerodelosalerces.cl 

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Ilustración de July Macuada
http://www.julymacuada.com

El pedagogo chileno Adrián Dufflocq Galdames (1905-1984) creó el Silabario HispanoAmericano en 1945, publicado en Santiago de Chile por la editorial Lord Cochrane, y desde entonces suma casi un centenar de ediciones. Su presencia inconfundible trae nostalgia de esa niñez con sabor a otoño, a camisa recién planchada y a lápices de colores para pintar una casa con un sol entre montañas.

Las recordadas ilustraciones son obra de Coré, Mario Silva Ossa, el ilustrador de la revista El Peneca. Aquellas imágenes son únicas y nadie que se haya iniciado en las primeras letras con este libro podrá olvidar su portada, en la que aparecían dos niños sentados sobre grandes cubos con vocales, leyendo un Silabario en cuya tapa estaban ellos mismos leyendo el Silabario

Como gran dibujante que era, Coré dotó a las figuras de esa aureola poética que lo hacía único. Y en la mente de millones de lectores quedaron para siempre grabadas las imágenes del niño manejando una locomotora, de aquella isla rodeada de agua por todas partes, de la cama que tenía un corazón calado, del reloj cucú, del loro, de la muñeca, de la niña a la que le faltaba un diente o de aquel sol que nos guiñaba un ojo.

A través de este silabario, Coré formó la sensibilidad estética de millones de niños en toda América. Fue él quien dibujó al niño que se pierde por seguir al organillero, al duende que lleva un libro sobre una carretilla o aquella jaula en la que estaban encerrados varios pájaros blancos y negros.

En la primera página silabeábamos: “pi-pa”, “pa-pá”, “pe-pe”. Y más adelante, ya podíamos leer: “a-mo a mi ma-má”, “la cu-na de la ne-na” o “Filomena dibujó una foca fea”.

Al final aparecía el cuento de las cabritas que engañaron al lobo porque sabían leer el letrero que decía: “El que pase por el puente se cae al agua porque está quebrado”. También estaba el relato del gigante que para demostrarle al enano que no estaba enojado, se arrancó un bolsillo y se lo regaló para que se hiciera un par de abrigos.

Dufflocq quería que el estudio de las primeras letras se transformara en algo bello y ameno. Por eso, les dedica su silabario “a los niños de habla española, con mi fervoroso deseo de hacerles llano y fácil el camino en este primer paso del conocimiento de nuestra hermosa lengua”.

La escritora uruguaya Juana de Ibarbourou escribió en las primeras páginas: “Aprender a leer en los antiguos textos pesados, y aprender a leer en el Silabario del gran pedagogo Adrián Dufflocq, lujo de los ojos, gracia para el entendimiento del niño. ¡Ah!, ¡cuánto tienen que agradecerle madres y maestras a ese hermoso talento creador, a ese puro corazón intuitivo que ha hecho para los niños de las Américas este libro perfecto!”.

El autor promovió la hermandad latinoamericana poniendo en la contratapa las banderas de los países del continente junto con la española, para que los niños se sintieran integrados a una cultura hispánica común. El texto fue usado en campañas de alfabetización llevadas a cabo en zonas rurales del país y difundido en gran parte de Latinoamérica. Por esta labor idiomática y educacional, recibió la prestigiosa Orden del Rey Alfonso X el Sabio en España.

Pese a los modernos sistemas de enseñanza actual, el Silabario HispanoAmericano tiene algo especial que nos hace soñar con pupitres, tinteros con una pluma de palo y una profesora de pelo blanco, haciéndonos leer: Zulema sacó mucha maleza de la viña” o “René dibujó la cabeza de una lechuza”. Y es que después de setenta años sigue estando en los laberintos más entrañables de la memoria. Tal vez sea porque fue la puerta inicial a la lectura, porque nos llevó de la mano al mundo de los libros, al universo de la palabra escrita, o más precisamente porque estuvo allí, en nuestra infancia, con las páginas abiertas, en el seco banco escolar o en la mesa familiar cubierta por un mantel de hilo donde estaban el costurero y las tareas.

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Portada del Silabario HispanoAmericano (1945). “Método fónico sensorial objetivo sintético deductivo”, ilustrado por Coré, Mario Silva Ossa.

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Javier Zabala: “La mirada personal se construye y también, a veces, solo se descubre”

Invitado al 3er Festival Internacional de Ilustración de Chile, FESTILUS 2015, el destacado ilustrador español visitará por primera vez nuestro país en agosto, para compartir su oficio con lectores, mediadores y autores.

Por María Isabel Molina
Socia fundadora de PLOP! Galería
Directora editorial en Grafito Ediciones
Investigadora en edición e ilustración

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Si la ilustración fuera un territorio, Bolonia sería sin duda su capital. Todos los años se congregan ahí miles de autores en su famosa Feria del Libro Infantil y, en este evento de gran envergadura, hay nombres que, simplemente, no pueden faltar. Uno de ellos es Javier Zabala, a cuyo libro El pájaro enjaulado la editorial Edelvives le dedicó por completo su stand en el 2014.

Y es que por su abultada trayectoria, numerosas distinciones –entre las que se cuentan el Premio Nacional de Ilustración de España 2005– y la gran diversidad de libros en los que ha trabajado, Zabala es un autor imprescindible en el panorama de la ilustración internacional actual.

En medio de sus viajes y clases, dos ocupaciones que junto con ilustrar llenan gran parte de su tiempo, Javier dialogó con Había Una Vez sobre su proceso creativo y cómo ha construido ese terreno tan personal que plasma en cada uno de los libros en los que participa.

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En tu sitio web hay una cita de Rafael Vivas que dice que los libros que has ilustrado son diferentes entre sí y que no repites esquemas; sin embargo, hay algo que los unifica. ¿Identificas un hilo conductor en tu obra?

Quiero creer que así es. Si miras juntos todos mis trabajos de estos años creo que se perciben todos los eslabones de una cadena ya bastante larga (incluso los eslabones más débiles o menos claros). En realidad, si yo tuviese que definir mi estilo diría que es ecléctico, y lo es seguramente porque yo también lo soy como persona. Me cuesta elegir y quizás por ello también me guste conciliar situaciones a priori difíciles si intuyo que esa unión será positiva para ambas partes. Lo mismo me sucede con la plástica: son retos difíciles de eludir, me provocan, aunque soy consciente de que a veces puedo correr riesgos y meterme en un lío.

Casi al principio de mi carrera trabajé una temporada en equipo con tres colegas: Paz Rodero, Emilio Urberuaga y Arcadio Lobato. Un día le enseñé 50 o 60 ilustraciones a Arcadio. Él las miró detenidamente y me dijo: “Están todas muy bien, Javier, pero… ¿te das cuenta de que has empezado aquí cinco carreras y solo tienes una vida?”. Creo que desde entonces muchos de mis esfuerzos se han centrado en procurar ser coherente plásticamente, aunque no siempre lo he conseguido. Si a esto añadimos que me encanta investigar, probar técnicas, maneras, recursos, distintas formas de narrar…, tenemos lo que un italiano llamaría un casino, un lío.

Javier cuenta que hace un tiempo le tocó escuchar en Cuba una conferencia donde el novelista Leonardo Padura dijo: ¡Qué sería de los escritores sin sus obsesiones!”. Inmediatamente, recuerda Zabala, pensó que lo mismo sucede con los ilustradores.

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¿Y has buscado esas obsesiones en tu trabajo?

Sí, lo hice cuando volví a Madrid y me sorprendí con todas las que descubrí. Muchas, realmente. Temas recurrentes, composiciones similares con diez años o más de diferencia, gestos gráficos incluso muy alejados técnica o cronológicamente, ilustraciones en donde una e incluso varias de estas obsesiones aparecían…, y cuanto más tiempo dedicaba a esta tarea más aparecían, hasta que dejé de hacerlo.

Desde entonces, muchas veces, en vez de mostrar mi trabajo desde un punto de vista cronológico (desde donde se perciben más claramente todos los eslabones de esa cadena de la que hablaba), prefiero hacerlo desde el punto de vista de las obsesiones. Ahí se ve claramente el paso del tiempo, las búsquedas y luchas, pero a la vez creo que sí que hay un hilo conductor evidente. Pienso que la coherencia solo se puede percibir (al menos en mi caso) si ves la obra en conjunto. Aunque creo también que sobre estas cosas es siempre mejor que opinen los demás porque quizás yo no tenga suficiente perspectiva.

Por tu trabajo viajas con regularidad y estás en contacto con diferentes culturas. Este continuo movimiento, ¿se traduce como un aporte a tu obra? ¿De qué manera?

Mientras viajo dibujo mucho en cuadernos, ya sea en aviones, trenes, habitaciones de hotel…, pero me sucede una cosa curiosa: nunca dibujo lo que veo en ese momento o lo que estoy viviendo. Solo dibujo lo que tengo en la cabeza, de memoria. Tienen que pasar varios meses para que consiga metabolizar todos los estímulos, y normalmente entonces ya estoy en otro sitio. Pero claro que los viajes te enriquecen, tanto visual como profesional o personalmente. Todo lo que vivimos o hacemos o somos acaba en un papel, es como una especie de catarsis.

En una entrevista señalaste que tu forma de trabajo se relaciona con el hallazgo, lo cual proviene de tu actitud ante el mundo, es decir, de una característica personal. Según tu experiencia, ¿ante qué elementos deberían estar receptivos los ilustradores?

Creo que la curiosidad por todo debe ser una actitud en una profesión como la nuestra, también la capacidad de sorprenderse con los hallazgos inesperados y aprovecharlos como fuente de creación. Yo, que me tengo por una persona intuitiva, tanto en mi trabajo como en la vida, normalmente estoy muy atento a lo que sucede, y en un papel suceden muchas cosas inesperadas que se pueden canalizar, usar.

Una colega me recordaba hace poco que nosotros trabajamos con los sentimientos, de dentro hacia fuera, con nuestro yo más íntimo, pero no creo que eso sea suficiente si primero no eres receptivo y estás atento a las pequeñas cosas que suceden cada día delante de nuestros ojos. Los ilustradores tenemos una mirada un poco ausente, despistada cuando caminamos por la calle porque estamos concentrados en muchos detalles que llaman nuestra atención. Son nuestras fuentes de inspiración, pero por supuesto también los libros, el teatro, la ópera, el cine, la música… Si no te preocupas de “rellenar los saleros”, de renovar la información y los estímulos, de procurar tener una opinión sobre las cosas, es difícil que después puedas aportar algo interesante en tu trabajo. Por supuesto que el proceso creativo comienza mucho antes de que el lápiz o el pincel toquen el papel. Un libro creo que se trabaja el 80% en la cabeza y el 20% en el papel. La mirada personal se construye y también, a veces, solo se descubre. Luego se convierte en tu mundo plástico.

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Has ilustrado grandes obras de la literatura. ¿En qué se diferencia tu lectura como ilustrador de tu lectura normal o ajena a un proyecto?

Yo suelo leer los libros que ilustro tres veces como mínimo y procuro que la primera lectura sea solo como un lector “normal” ajeno a la plástica. No siempre es fácil y si una imagen me llega clara mientras leo, la apunto en el margen. En la siguiente lectura me esfuerzo en traducir la literatura en imágenes. La tercera lectura muchas veces es solo parcial; fragmentos o párrafos que llamaron mi atención o quizás una lectura entre líneas, más intuitiva. Son códigos muy distintos el plástico y el literario y obviamente hay un proceso de inevitable traducción para que la información llegue clara y sin ruido al receptor. Lo que sí tengo claro desde hace tiempo es que siempre es mejor sugerir al lector que imponer. Dejar espacio, huecos vacíos donde otros puedan incorporar sus sensibilidades, su visión personal de la historia. En definitiva, no cerrar demasiado la propuesta.

Considerando que has ilustrado libros de diferentes géneros, ¿hay diferencias entre ilustrar poesía y narrativa?

A mí me encanta ilustrar poesía y creo que es porque es el género que más posibilidad de interpretación y libertad creativa te permite; donde tu mundo plástico, emocional e intelectual tiene más cabida.

También has señalado que la ilustración, como lenguaje, ha alcanzado la mayoría de edad hace tiempo. En Chile se está asentando esta situación. Si bien depende del contexto, a grandes rasgos, ¿qué indicadores crees que marcan este proceso de maduración?

Creo que los propios ilustradores debemos trabajar un poco más allá del margen del mercado, fuera de la zona de confort, forzando un poco las cosas, los lenguajes, las formas de transmitir la información y por supuesto la plástica (a veces nos olvidamos de que más allá de la comunicación, la relación texto-imagen, etc., la ilustración es una manifestación eminentemente plástica). Sin embargo, esto no sería nunca suficiente si el propio mercado y sus demás actores (editores, lectores…) no estuviesen maduros y/o receptivos para seguir a los creadores. Al final, simplemente, no comprenderían.

A veces sucede que un libro queda demasiado lejos de esos márgenes de comprensión de un determinado público y solo años después se produce esa esperada y necesaria conexión, pero incluso esto creo que es positivo.

Has trabajado con diversas editoriales de todo el mundo, algunas bastante arriesgadas respecto del concepto de libro álbum…

En los últimos años en Europa, y también en varios países de Latinoamérica, se han creado muchas pequeñas y valientes editoriales de calidad que han permitido y potenciado que los lenguajes, tanto el gráfico como el literario, pudieran evolucionar, crecer y madurar. Si los lectores no hubiesen estado receptivos, no habría habido sitio para la creación de estas editoriales. Sin todos ellos habría sido imposible este crecimiento, la gran cantidad de propuestas gráficas de calidad que existen hoy en día. Por supuesto, soy consciente de que la ilustración es un gran cajón de sastre y de que hay muchos libros prescindibles en el mercado, pero creo que estamos en un momento en el que la ilustración de calidad tiene más espacio que nunca.

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Santiago
Autor: Federico García Lorca
Ilustrador: Javier Zabala
Libros del Zorro Rojo, 2007
ISBN: 9788496509559

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Árboles
Autor: Mario Benedetti
Ilustrador: Javier Zabala
Libros del Zorro Rojo, 2012
ISBN: 9788496509993

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El pájaro enjaulado
Autor: Vincent van Gogh
Ilustrador: Javier Zabala
Edelvives, 2013
ISBN: 9788426390905

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El soldadito Salomón
Autoras: Rocío Antón y Lola Núñez
Ilustrador: Javier Zabala
Anaya, 2014
ISBN: 9788467860825

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La prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia
Autor: Blaise Cendrars
Ilustrador: Javier Zabala
FCE, 2013
ISBN: 9786071616098

Ese país

Columna de María José Ferrada
Escritora y editora de Chile para Niños

Existe un país en el que viven los niños migrantes. Un país que se habita desde distintos lugares de la Tierra. No sabes cómo, pero un día llegas. Te llevan. Tiene una bandera que se parece a otras banderas, pero tiene algo diferente: le falta una estrella, le sobra una línea… No sé bien qué es, pero tiene algo raro.

También el idioma suena extraño, pero se entiende.

Y el paisaje. El paisaje del país de los niños migrantes es un paño blanco. Lo llevan en el bolsillo, junto a una aguja, y cada vez que pueden, van cosiendo algo: lo que veían por la ventana de la casa que quedaba en el país que dejaron, lo que dicen sus padres sobre ese lugar –sus padres siempre hablan de ese lugar–, lo que vieron por la ventana del avión, del bus, del barco.

También van agregando algunas de las cosas que encuentran en el país al que llegaron. Pocas cosas, porque los niños migrantes piensan que ese país al que llegaron no les pertenece. Se los dijo una vez otro niño y ya no lo olvidaron: vuélvete a tu país. Era una broma, pero los niños migrantes no se rieron. Y entonces en la escuela dijeron que los niños migrantes no tenían sentido del humor, que los niños migrantes eran raros.

No hay primos ni hay abuelos en ese país. Tampoco hay mascotas, porque si tienes una mascota te encariñas y algún día vamos a volver. Pero los días pasan y el día en que vamos a volver no llega nunca. Los días pasan y no tienes mascota.

También están las fiestas. A las fiestas del país de niños migrantes va mucha gente que se parece a ellos. Porque están ellos y están los demás. Eso antes no lo sabían, pero lo aprendieron al llegar.

En las fiestas conversan, se ríen y comen la comida de allá. Esa comida se hace con ingredientes que traen los que vienen. Esa comida es la mejor del mundo. Eso dicen sus padres. Pero los niños migrantes piensan que ellos no han probado la comida de todo el mundo y que tampoco podrían hacerlo porque el mundo es un lugar grande, demasiado grande, y ellos son pequeños.

La fiesta avanza y de pronto, aunque esté sonando la música, aunque estén hablando, se produce un silencio. Los padres de los niños migrantes piensan que ellos no lo notan porque son niños, pero ellos sí lo notan y saben perfectamente que esos silencios son unos agujeros que los mayores llaman nostalgia.

Los agujeros duelen, sobre todo cuando sopla el viento. Pero se aprende a vivir con ellos. Eso se lo dijo a un niño migrante su hermana mayor y este se lo dijo a todos los demás.

Otra cosa: los habitantes del país de los niños migrantes ponen mucha atención a sus propias palabras y a su forma de vestir, porque no les gusta llamar la atención de los demás. Se esfuerzan mucho, muchísimo. Hasta que un día lo logran y ese día se forma un segundo agujero.

Y habían esperado tanto, tanto la llegada de ese día, que no entienden por qué no es un día alegre.

Como suele suceder, el tiempo pasa, también en este país. Y entonces los niños migrantes comprueban que sí, que los agujeros duelen, sobre todo cuando sopla el viento.

El tiempo pasa, también en este país. Y los habitantes del país de los niños migrantes, un día miran hacia atrás y a veces, solo a veces, piensan que podría haber sido distinto.

Pero las cosas fueron así.

Y hoy hace frío, hace tanto frío. Y a pesar del paso del tiempo, los agujeros duelen.

Tal vez si alguien les hubiera hablado del sol. Tal vez si alguien.

* Según un informe de la Unicef del 2014, en Chile viven 398.251 migrantes internacionales. Sin embargo, el Gobierno estima que esta cifra podría incrementarse si se sumara a las personas que se encuentran en situación migratoria irregular. Del total de esta población, el 15% de los migrantes son niños, niñas y adolescentes.

Críctor

 


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Por Claudia Olavarría, Socia y editora de Gata Gorda Ediciones, Académica de la Facultad de Educación UC www.gatagordaediciones.com

Críctor
Autor: Tomi Ungerer
LectoresKalandraka | 2011

Tomi Ungerer es autor de Los tres bandidos (1961) y Adelaida (1959), editados por Kalandraka al español (en el 2007 y el 2014, respectivamente) y es también ganador del Andersen de 1998. Su obra para niños (mucho más amplia y productiva que solo lo mencionado) podría ser catalogada como una obra de ilustraciones sencillas, más bien minimalistas, pero con mensajes profundos y cargados de sentido. Este es también el caso de Críctor (1958, 2011 por Kalandraka), un álbum simple pero con un mensaje claro: el destierro y la nueva vida en un país lejano.
Críctor trata sobre una serpiente, una boa constrictor, que es trasladada desde África a una pequeña ciudad francesa. Llega a la casa de Madame Bodot como regalo de su hijo, quien trabaja en África estudiando reptiles. Al principio, la mujer se espanta, pero rápidamente le entrega un hogar cálido y cuidados especiales a su nueva mascota. Críctor, nombre que le da Madame Bodot, se adapta fácilmente a su nuevo hogar e, incluso, termina siendo un héroe de la ciudad.
El libro trata sobre la esperanza de encontrar un buen lugar en el mundo, un lugar que nos sea propio, acogedor, amable. Trata sobre encontrar a un alguien que nos haga ese lugar propio y amable, sobre encontrar a un alguien que nos ame y nos acoja. A la larga, trata sobre el sentirse desterrado pero con la esperanza de que encontraremos un nuevo espacio, una nueva tierra. Pienso que Críctor, en cierta medida, hace referencia a los migrantes africanos en Europa. Y que esa migración no es para nada amable, lo sabemos y lo vemos frecuentemente en los noticieros. Pienso también que la literatura puede ser un refugio de esperanza y, en ese sentido, Críctor podría ser leída como una obra de esperanza, como una obra abierta a las posibilidades de aceptación y amistad que los otros puedan darnos.
No podemos olvidar que este libro es una obra escrita hace más de 50 años, traída a nuestro presente de la mano de Kalandraka (editorial que tiene un especial afán por la recuperación de grandes autores de la LIJ clásica). Una obra que, probablemente, no nació con la voluntad de presentar un tema asociado a la migración, pero que hoy se actualiza y se hace evidente.
Nuestro mundo, cargado de historias menos alegres sobre los migrantes, necesita de más señoras como Madame Bodot, que se asombren por lo nuevo y que lo acepten tal como es. Nuestro mundo necesita que todos seamos un poco Madame Bodot con quienes se ven desterrados, apartados de su tierra, solos y asustados en una nueva casa. Una casa que debiera acoger y no rechazar. Una casa que debiéramos hacer hospitalaria y no hostil.

Publicado en RHUV Nº22

Memorias de una abuela apostadora

 


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Por Adolfo Córdova, Periodista, escritor y promotor de la lectura www.linternasybosques.com

Memorias de una abuela apostadora
Autora: Dayal Kaur Khalsa
LectoresEkaré | 2015

La nueva edición del libro Memorias de una abuela apostadora de Ediciones Ekaré, escrito e ilustrado por Dayal Kaur Khalsa y publicado originalmente en 1986, acierta desde la traducción del título en inglés, que hubiera sido, literalmente, Cuentos de una abuela apostadora.
“Memorias” establece ya un tono más íntimo, testimonial, que se corresponde mejor con esa suerte de relato oral que propone la autora –y nieta– desde las primeras líneas: “Mi abuela era una gran jugadora. Le encantaba apostar. Esta es la historia de su vida, tal como ella me la contó y como yo la recuerdo”.
La construcción de su recuerdo se sucede en páginas llenas de acción y de humor.En la primera, la abuela nace, los cosacos invaden su pueblo, ella debe esconderse en una carreta, pierde un zapato, huye en un barco de Rusia, se instala en Nueva York –sin el zapato– y, cuando está en edad de casarse, monta una simpática escena.
En la segunda página, el montaje surte efecto: se casa. Luego el marido consigue trabajo con un mafioso y la abuela aprende a jugar póker, con algunas mañas, “para ayudar con los gastos de la casa”.
En la tercera página se concluye el pasado de la abuela, nace la nieta y arranca el cuento de ellas dos juntas que, además de apuestas, tendrá idas a la feria, al cine, al teatro, a la juguetería, y dos consejos importantes: uno, nunca ir sola al bosque (¿será la abuela de Caperucita que habla en revancha?), y dos, tener siempre mucha sopa de remolacha en la nevera, por si los cosacos invaden el barrio.
Pero no solo es el sentido del humor desde las manías inamovibles de una persona mayor y las costumbres que migran con la gente; lo mejor de esta anciana es su placer por la vida: “Mi abuela gozaba un mundo”.
La nieta se ocupa de relatar, con una prosa directa, con detalles singulares, bien elegidos, una cotidianidad sin lobos feroces pero con tacitas verdes, anillos de diamantes, sándwiches de banana y una alfombra con estampado de rosas.
Las ilustraciones condensan esas particularidades, arrojan otras pistas, y son tan notables como el texto: plastas de colores vibrantes, trazos gruesos y simples, una fuerte influencia naif y perspectivas llenas de simetrías y diagonales que atrapan la mirada.
Las expresiones en el rostro de la abuela también llaman la atención: van de la sonrisa discreta, traviesa, al estoicismo de quien trama algo o estudia a su oponente. Casi siempre lo segundo.
El secreto del humor y la potencia de esta historia radican, justamente, en la naturalidad y hasta seriedad con la que se cuentan y dibujan las extravagancias de la abuela que, cuando viaja en tren, se baña en una tina llena de jugo de naranja.
Dayal no pierde tiempo en enunciados lacrimógenos, se divierte, y nos divierte, con una abuela que apuesta por una vida gozosa y gana un libro que honra su memoria.

Publicado en RHUV Nº22

Francisco Ortega. La ballena blanca

Por Francisco Ortega

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El primer libro que leí fue Moby Dick. Primero, en una versión reducida que aparecía en las primeras páginas de la revista Mampato; luego, en un corte novela juvenil de aventuras, con tapas duras amarillas y dibujos, que publicó Zig-Zag en los 60. Más adelante, en una edición también resumida que publicó la revista Apuntes, y así hasta que finalmente me atreví con la novela íntegra, tal cual la escribió Herman Melville, aunque eso fue muchos (bastantes) años después. Y sí, puedo decir que es el libro de mi vida. El primero y el último, el de siempre.

“Si el lector quiere puede llamarme Ismael. Hace algún tiempo, no importa cuánto, encontrándome yo sin un céntimo, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar…”, recuerdo que era el inicio de la libre traducción que descubrí en 1978, en las páginas de Mampato. Tenía yo 4 años y había aprendido a leer solo o jugando con mi mamá, no lo tengo muy claro. Sí, entré a kínder y a primero básico sabiendo leer, fortuna que se tiene al crecer en una casa con libros. Mi papá era muy lector, sobre todo lector de historietas, y cuando yo nací, en julio del 74, comenzó a comprar semanalmente el Mampato. Su idea era que de chico me familiarizara con las historias, con los relatos, con el cómic, cuando entonces nadie lo llamaba así. De cabro chico yo era un fanático de todo lo que fuera grande y animado: dragones, dinosaurios y ballenas… y me encontré con esa historia del capitán Ahab enajenado por una venganza contra un enorme cachalote blanco que le cortó la pierna –porque a esa edad yo sabía identificar perfecto los tipos de ballenas y Moby Dick no era una ballena común y corriente–; también me encontré con el viaje del Pequod, la nobleza de Starbuck, la camaradería de Quiqueg y la inocencia de Ismael, narrador, testigo y único superviviente del viaje. En otra Mampato venía una lectura distinta y libre del relato, esta vez en historieta y con Mampato y Ogú embarcados en el barco ballenero del hermano del capitán Ahab, quien recorría el Pacífico tras el loco comandante del Pequod. Y allí, con dibujos de Themo Lobos, otra vez el cachalote blanco.

Recuerdo que también de chico vi la película de John Huston, con guión de Ray Bradbury (nombres que averigüé con los años), una tarde de domingo en el Canal 7, el único que entonces llegaba al sur. Y recuerdo también haber descubierto por una vieja Selecciones de Reader’s Digest que Moby Dick se había basado en la existencia real de un cachalote albino divisado a inicios del siglo XIX en las costas de Chile, cerca de la isla Mocha, por la cual los marinos y navegantes lo habían bautizado como Mocha Dick… Descubrir a los 8 años que tu monstruo marino favorito no solo era real, sino que además era chileno, puede ser peligroso, sobre todo en una época en que no había Internet. Y la obsesión creció, y el ritual de leer año tras año distintas versiones de Moby Dick se convirtió en fetichismo literario. Hasta el día de hoy colecciono ediciones del libro, en diversos idiomas y formatos. Tuve además la fortuna de escribir mi tributo, Mocha Dick, la novela gráfica que firmamos con Gonzalo Martínez el 2012 y en la cual cumplimos la mutua obsesión de traer de vuelta la ballena blanca a mares chilenos y, personalmente, de regresar la ballena blanca a mí, aunque en verdad jamás se fue. Siempre ha permanecido cerca, nadando entre mis dedos y mi imaginación, con su poderosa frente, su mandíbula torcida y sus arpones clavados en el pellejo. Moby Dick fue el primer libro que leí y compré, también el último… hace dos semanas, en una recopilación francesa en formato novela gráfica de esta aventura tanto moral como física. Y en lo personal, de crecimiento.

* Francisco Ortega (40) nació en Victoria. Es autor de las novelas gráficas 1899 y Mocha Dick, y de las novelas 60 Kilómetros, El Horror de Berkoff, El Verbo Kaifman y Logia; también de cuentos aparecidos en diversas antologías. En agosto publicará Max Urdemales, abogado de monstruos, su primera novela infantil-juvenil, editada por Planeta. Existe en Twitter como @efeortega.

Té con leche

 


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Por María Teresa Mujica, Profesora PUC, Biblioteca SC Monjas Inglesas

Té con leche
Autor: Allen Say
LectoresEverest | 2001

May, la protagonista de esta historia de Allen Say, se siente una norteamericana más, a pesar de que su familia sea extranjera. Ella habla y piensa como estadounidense. Es lo que conoce, siempre ha vivido en San Francisco y esa es su realidad.
Por eso, cuando sus padres la llevan a Japón para que se empape de la cultura de su pueblo, todo le resulta extraño e incómodo, principalmente el hecho de que su madre esté decidida a convertirla en una auténtica japonesa. Se ve presa del incómodo kimono, sufre por tener que sentarse por horas en el suelo y echa mucho de menos la comida: tortillas, pollo frito, espaguetis, té con leche y azúcar, y todo lo que le recuerda a “su” país.
Desesperada con su nueva realidad, decide huir en busca de su identidad y destino.
Muy bien escrito, con un lenguaje simple y sin localismos, este libro narra de forma clara, en tercera persona, las vivencias de May, lo que ella siente y piensa ante el mundo que la rodea y cómo reacciona frente a los nuevos desafíos.
Un libro de gran formato y tapa dura, con cuidadas ilustraciones que acompañan muy bien el texto y que nos permiten sumergirnos en los distintos lugares donde transcurre la historia. Negros, grises y cafés son los tonos que dominan la propuesta gráfica del autor, realista y cargada de detalles.
Allen Say es un destacado autor e ilustrador japonés-norteamericano que ha obtenido numerosos reconocimientos a lo largo de su carrera, incluyendo la Medalla Caldecott. Ha publicado varios títulos relacionados con el mismo tema: inmigrantes japoneses y norteamericanos en ambos países. Claramente, su historia personal lo marca.
“May, un hogar no es un lugar o un edificio que te espera con los brazos abiertos en Estados Unidos o en cualquier parte…”, le dicen a la joven protagonista de Té con leche. Y eso es justamente lo que ella no se cansa de buscar: ese hogar en el que nos sentimos cómodos, donde no tenemos que mirar lo que está haciendo o diciendo el otro para saber que pertenecemos ahí.
Una invitación a buscar los elementos propios de las raíces y la cultura que nos identifica. Un llamado también a ponerse en los zapatos del otro, de un extranjero que llega a un país que no es el suyo, con códigos distintos, o de una persona que llega a un lugar nuevo, en el que no conoce a nadie. Una puerta además para conocer otros textos con una temática similar, tales como El Jardín de la Emperatriz Casia (Norma) o Enigma asiático (FCE), libros que ayudan a conocer el mundo, a uno mismo y, en definitiva, a ser una mejor persona.

Publicado en RHUV Nº22

Florencia García

Directora Biblioteca Pública Digital
www.bpdigital.cl

El mejor regalo literario para un niño:

Juegos, adivinanzas, trabalenguas, chistes, poesías. Palabras, palabras y más palabras. Cualquier instancia que permita ampliar el léxico de cada niño al nivel de la imaginación, del poder creador que da algo tan cotidiano como la palabra. Literatura no es solo lo escrito por los adultos.

Un libro que hace reír a grandes y chicos:

Cualquier libro de Babette Cole. Especialmente Miamor, hilarante, frenético y de un amor infinito. Y el libro Pipí caca, por el simple placer de mirar a un niño reírse mientras se lo lees.

No se puede evitar llorar con el libro:

El lobo rojo de Friedrich Karl Waechter. Un libro precioso sobre el amor, que cuenta la vida de un perro entre lobos y entre humanos. Un relato de trazo muy suave, a modo de bocetos melancólicos, pero a la vez muy fuertes. Y otro libro que siempre me emociona, pero de ternura, es Yo de Philip Waechter, que cuenta en primera persona la historia de un oso perfecto… en casi todo.

Para cautivar a un adolescente no lector:

Hay que regalarle una tablet con una buena aplicación que permita leer novelas gráficas y cómics. Incorporarle una colección básica que incluya desde manga japonés hasta Corto Maltés, pasando por Condorito, Astérix, grandes héroes americanos y cómic europeo.

Un libro que no falla a la hora del cuentacuentos:

Un clásico, Vamos a cazar un oso de Michael Rosen (texto) y Helen Oxenbury (ilustración). Con sus repeticiones de palabras y onomatopeyas, es perfecto para que un grupo de niños participe activamente de su lectura.

Debería hacerse una película del libro:

El intocable de John Banville, con los mejores componentes para una película de espías, incluyendo secretos, mentiras, guerra fría, Cambridge y, por supuesto, a la reina de Inglaterra.

Me gustaría tomar un café con el escritor(a):

Me habría gustado, porque lamentablemente está muerta, tomarme un café con Marguerite Yourcenar, la primera mujer en integrar la Real Academia Francesa. Novelista, poeta, dramaturga y traductora. Apasionada a mil.

Mi libro álbum favorito:

El soldadito de plomo de Jörg Müller. Un álbum sin palabras que reinterpreta la clásica historia de Andersen. Incorpora esos elementos perturbadores de la globalización que muchas veces no queremos mirar, como la explotación del hombre por el hombre o la inequidad. También me gusta mucho Perro azul de Nadja, porque como buen libro álbum puede retomarse a cualquier edad y va tomando un significado cada vez más complejo e íntimo.

Mi novela juvenil favorita:

Demian de Hermann Hesse. Recuerdo haberla leído a los 14 años, esa edad en que tratamos de ser lo que no somos, nos buscamos y desencontramos en cada momento.

Mi poeta preferido:

Arthur Rimbaud. Curiosamente, mientras más años cumplo, más cercano siento a este joven poeta, que escribió solo hasta los 20 años.

El ilustrador que más me gusta:

Me gusta mucho Roberto Innocenti, sobre todo en las ilustraciones de La casa, un libro álbum sin texto, y en Las aventuras de Pinocho, muy expresivo, lleno de detalles, como cuadro de Brueghel. Pero Tomi Ungerer sigue siendo mi favorito: Allumette, Los tres bandidos y Críctor son únicos, cada uno con su propio estilo.

La biblioteca donde encuentro todo:

Google. Suelo pensar que todo está allí; la consulto todos los días, por urgencia, necesidades y ocios.

El libro que hoy tengo sobre mi velador:

Sumisión de Michel Houellebecq. Narra la historia de un profesor de Literatura en una Francia islamizada en el año 2022. El lanzamiento de esta novela ocurrió el mismo día que el ataque a la revista 00. Y debió cancelarse toda promoción. Houellebecq ha sido catalogado por muchos de antimusulmán y pronacionalista. Pero hasta el momento, mi lectura solo ha visto un tema recurrente en el autor: una descarnada crítica al esnobismo burgués parisino.

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Miamor
Autora: Babette Cole
Destino, 2001
ISBN: 9788423332830

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El lobo rojo
Autor: Friedrich Karl Waechter
Lóguez, 2011
ISBN: 9788496646711

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Pipí caca
Autora: Stephanie Blake
Corimbo, 2006
ISBN: 9788484702160

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Yo
Autor: Philip Waechter
Lóguez, 2012
ISBN: 9788489804876

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Vamos a cazar un oso
Autor: Michael Rosen
Ilustradora: Helen Oxenbury
Ekaré, 1993
ISBN: 9789802571079

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El intocable
Autor: John Banville
Anagrama, 2009
ISBN: 9788433908872

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El soldadito de plomo
Autor: Jörg Müller
Lóguez, 2005
ISBN: 9788489804920

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Perro azul
Autora: Nadja
Corimbo, 2007
ISBN: 9788484702566

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La casa
Autor: J. Patrick Lewis
Ilustrador: Roberto Innocenti
Kalandraka, 2010
ISBN: 9788492608232

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Críctor
Autor: Tomi Ungerer
Kalandraka, 2011
ISBN: 9789898205704

Raquel Echenique: “En la naturaleza encuentro la fuerza y el movimiento que pongo en mis ilustraciones”

Nacida en el sur de Francia, la ilustradora chilena llegó a Chile siendo una adolescente. El impacto de un nuevo país, los recuerdos de su infancia y un diálogo permanente con el medioambiente son algunos de los ingredientes que enriquecen su intenso y profundo trabajo artístico.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería
Investigador y curador de ilustración

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www.raquelechenique.blogspot.com

La imagen es más o menos así. Un pueblo medieval en el sur de Francia que parece sacado de un cuento, con una abadía de los tiempos de Carlomagno y un puente de piedra del siglo XII. Los niños corren en el bosque, nadan en el río, escalan cerros. Podrían llamarse Rachid, Cheng, Enzo o Raquel. En sus casas se podría hablar árabe, chino, italiano o español. Pero eso a nadie le importaría mucho, porque a la hora de jugar o ir a la escuela pública todos serían iguales, todos habitarían el mismo país: la infancia.

La siguiente escena transcurre en Santiago de Chile. La niña Raquel ya es una adolescente recién llegada a un país en plena dictadura. No es solo otro idioma, son otros códigos y otra cultura. La libertad y la diversidad son cosa del pasado. Aquí prevalecen las convenciones sociales, las reglas y el deber ser.

“Cuando llegué a Chile sentí por primera vez lo que era ser extranjero”, recuerda la ilustradora Raquel Echenique, de nacionalidad chilena y española, pero nacida en Lagrasse, Francia. “Venía de un pueblo multicultural y llegué a una capital muy cerrada, en la que incluso ser adolescente era distinto. En Francia, la adolescencia era probar y tener experiencias. Acá lo que importaba era adaptarse a las normas”.

Han transcurrido varios años, pero ella sigue sin conformarse con las reglas. En un mercado editorial en el que no siempre es fácil alejarse de los estereotipos que marcan lo que debe ser un libro ilustrado o un libro para niños, el trabajo de Raquel Echenique se presenta como un desafío visual, que no rehúye la intensidad de la materia ni tampoco las sombras, a fin de cuentas tan propias de la vida como las luces.

“Ser extranjero en Chile, sobre todo si vienes de Europa o Estados Unidos, tiene algo bueno, porque se valora tu mirada”, acota. “Eso es rico y te da cierta seguridad. Pero por otra parte produce una especie de nostalgia muy profunda que a veces se transforma en rabia, porque no encuentras esa manera de ver y vivir aquí. O la encuentras en círculos muy pequeños”.

Es probable que sus libros, que ya suman más de 30, sean uno de esos círculos. En ellos se respira aquella sensación de libertad, espontaneidad y fuerza que tanto anhela. Desde las evocaciones a la muerte en Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda (Amanuta) y el feroz despliegue pictórico en Reino Animal de Gabriela Mistral (Pehuén), a la cándida nostalgia de Luchín de Víctor Jara (Lom) y la poesía cotidiana y mínima de Diez pájaros en mi ventana de Felipe Munita (Ekaré Sur), sus imágenes se elevan a partir del texto gracias a una lectura llena de sugerencias y vivencias propias.

“En el fondo, ilustro mis temas”, explica. “Aquellos que me llaman y que busco. Con los que convivo, sufro, de los que intento recuperarme, trato de superar o sobrellevar. Es a través de esa cosa negra, triste e incluso violenta, que logro profundizar en un texto. Me costaría trabajar desde la alegría, desde la cosa colorida y cálida. Es el leguaje que conozco”.

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Escribir para ilustrar

Raquel Echenique traza grandes manchas negras sobre la pared blanca. La pintura escurre. Se expande. Corre muro abajo. Ella deja que siga su curso hasta que en el momento exacto la atrapa, la devuelve, le da forma, la hace suya. Agrega detalles. Construye personajes. Añade color. No hay errores ni duda. Todo fluye.

El pequeño mural es parte de la muestra Bandada que pocos días después inaugurará frente a decenas de personas en PLOP! Galería. Ahí reunió sus trabajos más recientes. Un conjunto en el que, incluso si las técnicas y los materiales con los que trabaja son diversos (collages, papel de color, pastel graso, tinta, lápiz, acuarela), se siente la cohesión y solidez de su obra. “Cada texto me trae un material, me pide una forma particular de dibujo”, dirá semanas después durante una visita guiada.

Pero lo de ella es un azar controlado. Quizás porque creció entre dos culturas, quizás porque todavía piensa y sueña en español y francés, Raquel Echenique se mueve en un vaivén permanente entre la planificación y la espontaneidad, entre la estructura y el hallazgo, entre la palabra y la imagen.

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La soltura con que resuelve cada una de sus imágenes es el resultado de un proceso que parte con una lectura del texto y una gran cantidad de anotaciones donde deja registro de las sensaciones que le ha provocado. Luego vienen los bocetos, en los que comienza a estructurarse la historia ilustrada, su ritmo gráfico, composición, escenas, planos y símbolos. Es lo que ella llama “cranear”.

“Hacer un libro es ir desde algo intuitivo a algo muy concreto”, explica. “Llevar esa sensación que te da el texto a una estrategia que te permita conjugar tus ilustraciones con el escrito de manera que formen un lenguaje paralelo, que no es el mismo, pero que se enriquecen mutuamente y se transforman en un todo”.

Cada uno de esos pasos implica cientos de decisiones. ¿Será un primer plano o un gran paisaje? ¿Se incluirá un árbol, un florero o una casa? Y nada de eso es trivial porque ella busca que todo signifique, que nada sea decorativo en sus ilustraciones.

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Naturaleza interior

Cuando ya el plan está trazado, recién entonces llega la hora de “pensar con el lápiz”, completar los detalles y abandonarse a la “sorpresa que trae la mancha”. “Es valorar también lo orgánico y espontáneo, eso que no depende de mí, que sucede a pesar de mí, y poder crear desde ahí. Algo que tiene probablemente que ver con la cercanía y emoción que me provoca la naturaleza”.

Raquel siempre vuelve a la naturaleza. Es el lugar en el que se reencuentra con el país de su infancia. Ese pueblo de piedra y tejas, inmerso en la vegetación, donde aprendió a dialogar con su entorno, a maravillarse con las formas y los colores. Donde se construyó su manera de expresar, comunicar y plasmar. Donde, como ella misma dice, “se formó la persona que soy”.

Esa relación sigue intacta hasta hoy. Es parte de su vida y de su trabajo, de sus preocupaciones como ciudadana. También es el refugio donde encuentra la energía para seguir creando. “Si tuviera que decir qué es lo que más me emociona hacer, diría que es ir a la montaña, caminar y hacer cumbre. Cuando ilustro, que es algo que también me gusta muchísimo, hay una mezcla de sufrimiento y placer. La naturaleza en cambio es puro placer. En ella, en el viento, las piedras, la tierra y los árboles, encuentro la fuerza y el movimiento que pongo en mis ilustraciones”, comenta.

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Vivimos en una sociedad que está destruyendo el medioambiente. ¿Cómo te afecta eso?

Me preocupa lo que pasa. No deja de sorprenderme esa capacidad autodestructiva del ser humano. Ningún hecho, ni siquiera aquellos científicamente comprobados, lo hace cambiar de rumbo. Todo va hacia una mayor explotación de los recursos, a costa de lo que sea y de quien sea. Eso me impacta mucho y me angustia.

¿Tienes esperanza de que las cosas cambien?

La esperanza es lo único que no se pierde nunca. Y gracias a eso una está viva. Hay grupos que son más conscientes, que hacen pequeñas acciones que tratan de frenar la destrucción. Pero no creo que haya un cambio de rumbo a nivel global. Es como un tren que se va a estrellar contra un muro y que ya partió. Sí se pueden seguir haciendo cosas a pequeña escala. Todos los intentos son válidos y hay que seguir intentándolo.

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Como ilustradora, ¿sientes que tienes un rol que jugar?

Creo que sí. Quizá no directamente. Pero sí está en nuestras manos sensibilizar. Mostrar la belleza de lo que nos rodea. Espero que ese pueda ser un aporte.

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Pablo Neruda, poemas ilustrados
Alturas de Macchu Picchu
Autor: Pablo Neruda
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2011
ISBN: 9789568209742

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Viaje al Corazón de Neruda
Autora: Marilú Ortiz de Rozas
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2014
ISBN: 9789568209902

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Luchín
Autor: Víctor Jara
Ilustradora: Raquel Echenique
Lom, 2014
ISBN: 9789560005304

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Reino Animal
Prosa del agua y del viento
Autora: Gabriela Mistral
Ilustradora: Raquel Echenique
Pehuén, 2014
ISBN: 9789561606029

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Diez pájaros en mi ventana
Autor: Felipe Munita
Ilustradora: Raquel Echenique
Ekaré Sur, 2015

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El alerce. Gigante milenario
Autora: Alice Hoffman
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2011
ISBN: 9789568209735