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Benjamin Lacombe: “Los niños son muy sensibles a las metáforas”

Cientos de personas disputándose un lugar para verlo de cerca, pedirle un autógrafo o recibir una ilustración largamente soñada… Benjamin Lacombe definitivamente causó revuelo en su visita a Chile, organizada por Edelvives y Contrapunto. En medio de su apretada agenda, el francés conversó sobre arte e ilustración con la Revista HUV.

Por Bernardita Cruz M. y María José González C.

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Fotografías de Camilo Mendoza T.
 www.mesagrafica.cl

Tras una exitosa visita a Argentina, caracterizada por largas filas de fanáticos y auditorios repletos, el autor e ilustrador Benjamin Lacombe llegó en mayo a Santiago con un programa de actividades que incluyó firmas de libros y diversos encuentros con el público local. Al igual que lo sucedido al otro lado de la cordillera, el hombre detrás de los inolvidables Melodía en la ciudad, Los Amantes Mariposa, Ondina, El Herbario de las Hadas, Blancanieves, Cuentos Macabros y tantos otros éxitos literarios, fue altamente requerido por su fanaticada local.

Una de esas actividades fue una charla abierta en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP, donde Mónica Bombal, coordinadora de Lee Chile Lee desde el Mineduc, presentó apasionadamente al autor francés: “Lacombe es un artista curioso. En su prolífera obra ha incursionado en distintos géneros, técnicas y formatos creando un espectro de atmósferas que hacen difícil clasificarlo dentro de un estilo determinado. Vemos sus diseños en pañuelos, en carteras y en joyas. Reconocemos cómo otros artistas se inspiran en sus personajes de rostros pálidos, enormes ojos y labios rojísimos, y realizan muñecas y esculturas (…) Nos maravillamos con su reinterpretación de los clásicos, con su apuesta por incorporar la música a la lectura (…) Comprobamos cómo juguetea con los distintos formatos cargando de cuerpo, relieve y volumen sus escenas favoritas de relatos clásicos (…) Admiramos cómo se atreve a dar el salto a lo que aún parece una aventura para muchos: el formato digital”.

Muchas más son las palabras que permiten presentar y describir la obra y personalidad de Benjamin Lacombe. En nuestro Especial de Artes Visuales nos deleitamos con su propia voz.

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¿Por qué decidiste presentar en el Cono Sur Nuestra Señora de París y Swinging Christmas, dos libros con referentes tan ajenos a Latinoamérica?

No vine específicamente a presentar esos libros. Vine a encontrarme con mi público y los libros que acaban de salir son esos. Pero es interesante la coincidencia porque ¿qué hay más francés que Notre Dame? Me parece atractivo presentar estos dos libros acá; sería una lástima que como parisino viniera a hablarles de Don Quijote. La riqueza de contar con importaciones de literatura extranjera está justamente en los aportes que se pueden traer de esa otra cultura.

En todos los lugares donde vas recibes mucho cariño de tus seguidores. ¿Cómo lo tomas?

Para mí fue especialmente emocionante la semana pasada en Argentina. Era la primera vez que visitaba ese país y fue extremadamente conmovedor encontrarme con el público, hablar un poco, compartir experiencias, sentir su cariño… ¡Me dieron montones de regalos!

Uno tiene cierto miedo de no estar a la altura de sus expectativas. Traté de dar lo máximo de mí, hablar con todo el mundo, hacer dibujos para todos. Pero da un poco de susto: hay personas que llegan temblando o llorando, y uno trata de consolarlos, de decirles: “Aquí estoy, ¡tranquilo!”.

Tienes 32 años y eres un ilustrador muy reconocido internacionalmente. ¿Cómo llevas eso?

El reconocimiento es una noción relativa: soy conocido en algunos medios y países, pero hay mucho que despejar todavía. Sobre todo porque tengo un estilo particular de álbumes y libros y hay ciertos mercados que son reticentes al tipo de libros que yo hago, que esperan de la LIJ una propuesta más simple, colorida y alegre.

Lo que a mí me gusta es contar historias, desarrollar mi propio universo, expresarme de distintas maneras. Recientemente diseñé vitrinas, hice objetos, estoy trabajando en dos películas de animación, he hecho literatura ilustrada para adultos, acabo de terminar un cómic… Lo que me interesa es no hacer dos veces el mismo proyecto. Para que los lectores sientan que están en un descubrimiento permanente yo mismo debo estar descubriendo cosas nuevas, asumiendo riesgos y no haciendo solo lo que me resulta más cómodo.

Has dicho que estás a favor de dar “complejidad” a los libros para niños. ¿Cómo entiendes esa complejidad?

No necesariamente hay una voluntad de hacer más complejos los libros para niños, sino que no quiero rebajar el nivel de lo que trato de comunicar porque esté dirigido a ellos. Vale decir, contar de una manera muy simple, darle un final positivo, poner detalles tiernos o entregar una moraleja. Creo que los niños son capaces de comprender mucho más de lo que los papás creen que pueden.
He hecho libros sobre temas considerados tabú, como La niña silencio. Uno no le entrega a un niño cuando se va a la cama una historia sobre una pequeña maltratada, pero es un libro importante: cuando he visitado escuelas, veo que conmueve a los niños, los hace reflexionar.

Debe haber libros para el puro disfrute. Yo no pretendo hacer solo libros difíciles y pesados, pero me gustaría que se dijera de mis libros que permitieron un momento de poesía que ayuda a evadirse, y también que nos hicieron reflexionar.

¿De qué manera desafías a los niños?

Mi idea de búsqueda está en el objeto libro. En el 2007 fui uno de los primeros en utilizar la técnica de recorte láser. Fue en el inicio de Los Amantes Mariposa: hice la puerta interior de un jardín japonés, la misma que lleva al corazón de la casa y que coincide con el camino que recorre el personaje. Trato siempre que el fondo y la forma estén estrechamente ligados. A veces me dicen: “Eso es muy frágil para los niños” o “no es adecuado para ellos”, pero yo creo que hay que traer cosas nuevas, papeles novedosos, formatos diferentes. En Ondina usé un sistema de transparencias que hacen pensar en algo confuso. Hay un momento en que, a nivel narrativo, se levantan los calcos y uno tiene una impresión de evanescencia muy sutil. Los niños son muy sensibles a las metáforas.

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Ilustración de Ondina, escrito e ilustrado por Lacombe (Edelvives, 2012).

 

En una entrevista dijiste que era difícil educar a los adultos para que leyeran libros ilustrados. ¿Sientes que eso ha cambiado?

No sé cómo son las cosas aquí, pero en Francia, España, Alemania e Italia, en el siglo pasado, se estimó que la literatura ilustrada y los dibujos animados eran exclusivamente para los niños. Sin embargo, en el siglo XIX, e incluso antes, existía una tradición de libros ilustrados y de animaciones destinadas a los adultos. Recordé ese punto porque la literatura ilustrada conlleva otro tipo de lectura. No hay que considerar la ilustración como una simple decoración. La ilustración, incluso en su sentido etimológico, significa iluminar un texto. Una buena ilustración conduce la lectura hacia otra parte, hacia otra narración, y pienso que se pueden crear obras para adultos en ese sentido también.

¿Crees que actualmente los adultos están más abiertos a los libros ilustrados?

Eso me parece, aunque no me gustan las delimitaciones que se hacen entre literatura adulta y LIJ. Pienso que un buen libro puede leerse en distintos momentos de la vida. También hay libros, como los que ilustré de Allan Poe o de Victor Hugo, que exigen una edad mínima para poder acceder a ellos, pero no creo que haya una edad límite para acercarse a un libro.

¿Qué rol cumplen las editoriales en esta separación pragmática de la literatura infantil, juvenil y adulta?

No creo que sea un deseo de las editoriales crear esos límites. Se crean por muchas razones: eficacia comercial, búsqueda de un nicho de cierta edad, autores que tienen casos particulares. También hay un tema con las librerías, y ese fue el problema fundamental cuando publicamos los Cuentos Macabros de Poe. En Francia era el primer libro ilustrado para adultos que se publicaba en mucho tiempo, y no tenía lugar en las librerías: no podían ponerlo en novelas estándar por su formato, ni en cómic, ni en literatura juvenil. Les costó mucho definirlo y finalmente cada librería usó su propio criterio. Ahora, en las grandes librerías, se creó una sección de libro ilustrado mucho más abierta, ligada al cómic, a la novela gráfica.

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De Cuentos Macabros de Edgar Allan Poe, ilustrados por Lacombe (Edelvives, 2011).

 

¿Para ti, qué es el oficio de ilustrar?

Ser un buen ilustrador para mí es ir más allá de seguir un texto al pie de la letra y aumentarlo. No hay nunca que parafrasear un texto; hay que conducirlo en otra dirección. Dar luz a ciertos elementos, y necesariamente aportar la propia voz. En mi caso, no me considero solamente ilustrador sino autor: de mis 25 libros he escrito el texto de 18. Para mí es un trabajo de autor pues trato de desarrollar un universo propio, de generar emociones con las imágenes, el texto y el objeto libro.

¿Te consideras un artista integral?

Ocurre lo mismo que cuando le ponen una etiqueta a un libro. Cuando uno es un artista, uno necesita expresarse, y las etiquetas las ponen los otros. Yo tengo la posibilidad de hacer distintas cosas, y tomo esa oportunidad aunque el objeto de mi predilección sean los libros. Un creativo tiene, como su nombre lo indica, la idea permanente de crear distintas cosas.

Para terminar, ¿cómo es tu relación con los niños?

No tengo hijos propios, pero tengo sobrinos y sobrinas con edades muy variadas entre 8 meses y 15 años. También voy a los colegios y converso con los chicos. Es un público que no duda en decir lo que piensa. Me gusta mucho eso: me reconforta saber que mis decisiones son correctas. Veo cientos de niños por año que me dan una opinión directa y me confirman lo que son capaces de comprender.

Cuando comencé, me decían que lo que yo hacía no era para niños, que era muy complicado, que tenía que hacerlo de otra manera. El problema es que hay ideas preconcebidas y yo verifico que no son ciertas: los niños comprenden mucho más de lo que suponemos y no les gusta que uno “les sobe el lomo”, que los infantilice, que no los considere personas sino medias personas.

Conoce la obra de Benjamin Lacombe

© Benjamin Lacombe / ed Soleil / Metamorphose

www.benjaminlacombe.com

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Libros

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Cuentos silenciosos
Autor e ilustrador: Benjamin Lacombe
Textos: Antonio Rodríguez Almodóvar
Edelvives, 2010
ISBN: 9788426377203

 

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Los Amantes Mariposa
Autor e Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2008
ISBN: 9788426367976

 

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Melodía en la ciudad
Autor e ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2010
ISBN: 9788426376978

 

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Genealogía de una bruja
Autor: Sébastien Perez
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2009
ISBN: 9788426372475

 

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Blancanieves
Autores: Jacob y Wilhelm Grimm
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2011
ISBN: 9788426381484

 

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Nuestra Señora de París II
Autor: Victor Hugo
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2013
ISBN: 9788426390912

Arte e ilustración: el fin de las fronteras

A pesar de lo que suele decirse, arte e ilustración tienen muchas más afinidades que diferencias. En conversación con destacados artistas, investigadores e ilustradores latinoamericanos, Claudio Aguilera rompe con algunos mitos sobre una frontera que jamás debió existir y termina de botar un muro que se estaba cayendo a pedazos.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería
Autor del libro Antología visual del libro ilustrado en Chile (Quilombo Ediciones)

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Ilustración de Luisa Rivera
www.luisarivera.cl

La década de 1910 está llegando a su fin. En el Chile del primer centenario un joven dibujante descendiente de una aristocrática familia comienza a hacerse un nombre en algunas de las múltiples revistas ilustradas de la época y planea su matrimonio. Pero la familia de la novia no ve con buenos ojos el enlace. “Reconozco que Enrique tenía motivos suficientes para deplorar que su hermana regalona hubiera desdeñado magníficos partidos para decidirse por un oscuro ‘pintamonos’ que gozaba fama de ser un bohemio incorregible”, recordaría años después Jorge Coke Délano en sus memorias, Yo soy tú, mientras se preguntaba: “¿Qué expectativas tenía en Chile un caricaturista?”.

Probablemente la pregunta de quien fuera director de la revista Topaze y pionero en la industria del cine, se repetía en la boca de las élites sociales y culturales chilenas para quienes la ilustración y la historieta eran, en el mejor de los casos, artes de segundo orden. Sin embargo, eso no impidió que figuras de abolengo compartieran su tiempo entre la pintura de caballete y las páginas de medios masivos, marcando una constante que cruza toda la historia gráfica de nuestro país.

Dos ejemplos señeros: Antonio Smith, el primer caricaturista profesional, fue también uno de los grandes maestros del paisaje en Chile y formó a algunos de los mayores pintores de nuestra historia. Por su parte, el primer personaje de la historieta chilena, Von Pilsener, fue creado por el pintor Pedro Subercaseaux, el mismo que plasmó la Fundación de Santiago y retrató al Papa Pío X.

Si a estos dos insignes nombres se agrega la figura del español Antonio Romera, quien además de su labor de crítico e historiador de la pintura chilena fue un prolífico caricaturista y uno de los primeros en reconocer el valor de la historieta en nuestro país; el paso por la Escuela de Bellas Artes de René Ríos Boettiger, alias Pepo, que le dejaría como herencia un interés por la pintura y la escultura que recorre toda su obra; la desconocida y bella labor como ilustradores de libros de los artistas Roser Bru y Nemesio Antúnez; o el acertado trabajo como creador de afiches de Camilo Mori, cabe preguntarse por qué hasta el día de hoy ilustración y arte siguen siendo considerados como expresiones irreconciliables, e incluso opuestas.

“Se trata de un fenómeno del siglo XX”, explica el artista y académico César Gabler. “A mediados del siglo XIX no existía tanta sospecha. Después de todo, la ilustración y el arte compartían una base común: la representación. Las exigencias figurativas eran casi las mismas. Tal vez incluso el ilustrador gozaba de licencias que el artista no podía tomar. Eso explica que muchos de los mejores dibujos de la época hayan sido próximos a la ilustración o derechamente ilustraciones. Uno de los casos más reconocibles es el de Gustave Doré. Lo recordamos como un ilustrador colosal y prolífico. Pero poco se sabe de su pintura”, agrega.

El pintor e ilustrador colombiano José Rosero va aún más atrás. “La obra de arte en un sentido clásico, llámese pintura, dibujo o escultura, desde antes del Renacimiento era un lujo para la clase monárquica y el clero, y posteriormente lo siguió siendo para la aristocracia y la burguesía. Sin embargo, con la aparición de los medios de reproducción técnica en el siglo XV, empezó a llegar a muchas más personas de diversas clases sociales. Esta situación, en un contexto donde esa gran parte de la población era considerada insignificante, produjo un efecto negativo en quienes querían conservar para sí un material costoso y exclusivo”, comenta.

Un arte para las masas

Ese fenómeno se acelera en la medida en que la industrialización y el desarrollo tecnológico permiten la incorporación de sistemas de impresión cada vez más baratos y de mayor alcance, sentando las bases de una cultura de masas fuertemente cuestionada por la élite. Así, mientras más reconocimiento popular tenía un ilustrador o un dibujante de cómics, menos consideración gozaba en las academias. Un caso ejemplar es el del ilustrador inglés y padre del libro ilustrado, Randolph Caldecott, quien ya a fines del siglo XIX recordaba con amargura que “los artistas dicen que solo soy un aficionado ingenioso”.

Durante la primera mitad del siglo siguiente estos prejuicios se arraigan en un contexto en el que el arte abstracto y el objetual buscan una nueva manera de interpretar la realidad, lejos de lo que Marcel Duchamp llama arte retiniano. “Esos fenómenos impusieron una distancia que el juicio crítico no hizo más que acentuar. Uno de los grandes críticos de la modernidad, Clement Greenberg, describió el desprecio característico hacia la cultura popular en su ensayo Vanguardia y Kitsch de 1939. La cultura de la imagen reconocible era el kitsch y el kitsch era el Mal. Así de simple”, resume Gabler.

La historia da un nuevo giro tras la segunda guerra mundial. Entre el crecimiento económico y la conformación de una sociedad de consumo, un heterogéneo grupo de artistas, que en términos generales se engloban dentro del Pop Art, fijan su mirada en el cómic, la gráfica publicitaria y la ilustración comercial. Aunque nunca hubo una intención reivindicatoria en su propuesta, su obra, junto al trabajo de nuevas corrientes intelectuales, fomenta un progresivo reconocimiento de la mal llamada “baja cultura”.

Paralelamente, desde el área gráfica, una nueva generación de ilustradores-escritores, entre los que se encuentran Maurice Sendak, Tomi Ungerer y Leo Lionni, revoluciona el género con obras personales y poéticas que sientan las bases del libro álbum.

Años antes, en Chile, Antonio Romera ya anticipaba el aporte de los artistas gráficos en un texto dedicado a los dibujantes: “Los caricaturistas modernos al pintar el extracto de las cosas, más que las cosas en sus apariencias externas, han logrado dar la clave de la humanidad y nos han ofrecido al mismo tiempo una nueva dimensión del espíritu”, decía en 1949.

Otro ladrillo (menos) en el muro    

En un siglo en que las fronteras físicas y conceptuales se hacen cada vez más tenues, y en el que moverse entre territorios geográficos o simbólicos es cada vez más habitual, hablar de divisiones entre ilustración y arte comienza a perder sentido.

“Son límites de consenso social, no reales, ni rígidos”, señala la ilustradora Margarita Valdés, quien al igual que algunas de las más destacadas autoras del circuito nacional, como Marcela Trujillo, Leonor Pérez, Karina Cocq, Soledad Poirot, Isabel Hojas y Lucía Rodríguez, tuvieron una formación en Bellas Artes, herencia que aún subsiste en sus trabajos y se aprecia no solo en el dominio técnico, sino también en la complejidad visual de su propuesta.

“El arte es un estado de lo sublime, de la exaltación, un estado que permite intuir; también un intento por restablecer un orden, sea cual sea”, sintetiza el ilustrador mexicano Gabriel Pacheco, autor de una obra profunda y llena de matices. “Por su parte, la ilustración muchas veces depende de una estética superficial o de conceptos de moda. Pero cuando el ilustrador logra desprenderse de esas cadenas y empieza a germinar desde otros orígenes, es cuando uno observa que hay mucha semejanza con el arte y las diferencias se borran”, agrega.
Para el ilustrador colombiano José Rosero, el error histórico ha sido considerar la ilustración solo como un oficio técnico y no como una categoría estética, un camino posible entre otros. “En otras palabras, siendo el problema la imagen, cada artista debe decidir con qué lenguaje resuelve su obra, si con animación, con instalación, con ilustración, con pintura…”, explica.

“Un artista puede trabajar en forma muy ‘ilustrada’, como el ruso Ilya Kabakov, que fue ilustrador en sus comienzos y que aplica técnicas gráficas y narrativas en sus pinturas e instalaciones”, comenta por su parte Jorge Quien, artista visual, ilustrador y dibujante de cómics chileno-argentino. “O como Andy Warhol, que en sus inicios se desempeñó como un refinado ilustrador de moda y de allí derivó hacia las artes visuales. Asimismo, un ilustrador puede trabajar en forma ‘artística’, aludiendo e ingresando al campo del arte y las exposiciones. Gary Baseman es un buen ejemplo”, añade.

En este nuevo escenario, en que la ilustración se ha insubordinado del texto y es una propuesta autoral en sí misma, donde la experimentación y la búsqueda de nuevos materiales enriquecen día a día el espectro visual, no es de extrañar que sean cada vez más los creadores que se mueven con soltura entre arte e ilustración.

El autor peruano Fito Espinosa es uno de ellos. Si bien comenzó como pintor hoy es uno de los más reconocidos ilustradores de su país. “Creo que una de las cosas que siempre me ha interesado es crear puentes entre diferentes disciplinas: el lenguaje escrito, la poesía, el dibujo, el diseño, la ilustración y la pintura. Mi trabajo es un intento por diluir las fronteras entre ellas. Me gusta que el arte se extienda y atraviese incluso los objetos utilitarios, y el álbum ilustrado es una de las maneras más interesantes de buscar esta unidad”, comenta.

En esa misma senda es posible ubicar a ilustradores como la chilena Catalina Silva, ganadora del Premio Coré 2013, quien experimenta con materiales tan diversos como el cabello y no teme romper el papel, horadarlo o bordarlo en busca de la imagen precisa. O bien el argentino Luis Scafati, cuya obra se despliega cargada de gestualidad, de manchas y trazos en apariencia caóticos, que se alejan de las nociones tradicionales. “Yo creo que la ilustración es un arte. Al menos así lo asumo en mi trabajo; no hago una división entre lo que hago para exponer en una galería o un museo y lo que hago para publicar en un libro. Cuando ilustro un texto lo hago con todo lo que tengo en mí para que esa imagen me exprese”, explica Scafati, quien ha dado imágenes a La metamorfosis de Kafka, Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Allan Poe y Drácula de Stoker.

Desde el otro costado, los artistas se aventuran a explorar las metodologías y los lenguajes en un territorio antes vedado. “En las artes visuales de la actualidad la ilustración forma parte de un gran abanico de posibilidades expresivas”, comenta el pintor chileno Jorge González Lohse, cuya obra ha explorado permanentemente la memoria visual del país a través de citas a emblemas de la caricatura como Condorito. “La gráfica aliviana y a su vez complejiza las ideas y las soluciones plásticas y me permite armar un imaginario que puedo compartir”, complementa.

Así, más allá de los estudios o formación del autor, del lenguaje o técnica que emplee, de que sea considerada ilustración o arte, de las etiquetas y certificados académicos, lo que importa es la capacidad de remecer al espectador y entrar en diálogo con él. “Cuando la potencia de una obra se expresa y alcanza a la comunidad –no solo como una problemática entre artistas o teóricos del arte–, entonces no hay distancias conceptuales, ni alta ni baja cultura, en el sentido de que no son categorías relevantes para la experiencia directa que la obra representa. Frente a una pintura de Van Gogh o una viñeta de Alberto Breccia uno no piensa en las Bellas Artes, uno se emociona y se asombra ante una experiencia creativa. Eso, porque la verdadera creatividad está dirigida más al corazón que a la cabeza”, señala lúcidamente Jorge Quien, dando el golpe final a ese muro que por tantos años ha separado ilustración y arte.

Lukas y el alma porteña

En un relato atravesado por sus propios recuerdos, el autor e ilustrador chileno Marcelo Escobar escribe sobre un hombre cuya obra cambió su manera de ver el mundo: Renzo Pecchenino, el inolvidable Lukas.

Por Marcelo Escobar
Escritor e ilustrador

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Ilustración de Marcelo Escobar
www.marceloescobarm.blogspot.com

Mi primer acercamiento al trabajo de Lukas ocurrió, como suele acontecer en los encuentros memorables, por azar. Yo era un niño y frecuentaba la biblioteca pública que quedaba cerca de mi colegio. Ahí transcurrían las horas al amparo de la luminosa sala de lectura y de la eterna chimenea que hacía más acogedoras las tardes de invierno.

Una de esas frías tardes, sumergido en esos anacrónicos anaqueles repletos de pequeñas fichas escritas a mano, donde se catalogaban los volúmenes que abarrotaban las estanterías de esa remota biblioteca que hoy recuerdo entre la bruma del tiempo, di con el extraño y sugerente título de un libro: Bestiario del Reyno de Chile (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972). Cuando lo tuve entre mis manos, contemplé maravillado esas extrañas imágenes en la portada color paquete de vela. Un perro antropomorfo con la cara de un hombre de rasgos típicamente chilenos, con una amplia sonrisa de fuertes dientes y, coronando la cabeza de mechas tiesas, una enorme cresta de gallo. En el interior, una escueta dedicatoria: A Condorito.

Lo que venía a continuación era realmente asombroso: casi 90 páginas de una fauna inconcebible, delirante, profusamente dibujada con finos trazos y colmada de detalles y texturas. Cada dibujo venía acompañado de una descripción en un latín muy libre, con nombres imaginados, como “Melancolicus vulgaris chilensis”.

El libro parecía el cuaderno de notas de un naturalista empeñado en descifrar el alma de Chile, dedicado a observar y tomar nota, a clasificar una fauna única.

Mis ojos de niño se dilataban ante cada dibujo, y en ese momento supe que lo único que quería hacer era dibujar.

Con los años también supe que el naturalista imposible tenía también un nombre que evocaba a esos sabios que clasificaron cada piedra y árbol en nuestro país: Renzo Pecchenino Raggi, conocido en el Reyno como Lukas, natural del pueblo de Ottone, cercano a Milán, donde nació el 28 de mayo de 1934.

Un año más tarde, la familia Pecchenino arribó a Valparaíso, sumada al caudal de inmigrantes que han conferido a nuestro puerto esa identidad cosmopolita, y que han enriquecido con su bagaje cultural el patrimonio de una ciudad apasionada y única.

El pequeño Renzo estudió en la Scuola Italiana del puerto y luego ingresó a Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso, carrera que quedó truncada por la muerte del padre. Es en esa época cuando recibió algunos encargos como letrista y decorador de vitrinas, para luego publicar su primer dibujo el año 1958 en el diario La Unión. Nació Lukas, el dibujante que desarrollaría una labor íntimamente ligada al encantamiento de su Valparaíso querido, y que inscribiría su nombre junto a otros grandes amantes del puerto, tales como Joaquín Edwards Bello, Manuel Rojas y Pablo Neruda.

Ese amor por el puerto loco quedó registrado en el que se ha convertido quizás en el mejor testimonio de cariño a Valparaíso –al menos en términos gráficos–: Apuntes porteños. El libro apareció en 1971, nuevamente bajo el sello de Ediciones Universitarias de Valparaíso. Las detalladas ilustraciones y los informados textos dan cuenta de un puerto desconocido y oculto, que propaga su luz a un público maravillado.

La historia de una ciudad jamás fundada atravesó sus páginas de formato apaisado, contando su epopeya a través de dibujos en que su formación de arquitecto quedó plasmada en cada construcción imposible. “Aquí deberían dar examen todos los arquitectos de Chile”, decía Lukas, mientras dibujaba cada rincón de ese laberinto de escaleras que ascienden al cielo perdiéndose en los cerros. Manual de usos y costumbres, memoria de personajes que pululan en la estrecha franja del barrio Almendral, unas escasas cuadras que se comprimen entre el mar y los cerros. Ahí está nuevamente el investigador penetrante, mostrando sutiles detalles arquitectónicos, naufragios de goletas varadas en avenida Pedro Montt, ascensores que aparecen escondidos tras pequeñas puertas en algún recoveco de su loca topografía, y que se encumbran a los cerros atiborrados de casas que parecen querer alzar el vuelo en el cálido viento de septiembre, en la también llamada Ciudad de los Vientos.

A mediados de los ochenta, retomando el hilo de mis recuerdos, vi a Lukas en UCV Televisión, el primer canal en Chile, como otras de las tantas “primeras” instituciones que nacieron precisamente en el puerto. Era un espacio sencillo de conversación, sin pretensiones, donde el artista hizo gala de su prodigiosa memoria porteña, narrando particulares episodios de la historia de “Pancho”, amistoso mote que recibe Valparaíso por la iglesia de San Francisco, cuya torre rojiza era como un faro y lo primero que distinguían los marinos al acercarse a la bahía. Lukas hablaba con soltura sobre el origen del hospital Van Büren o del bombardeo de la flota española en 1865, mientras dibujaba las volutas de humo que se alzaban de los cerros, en el detallado dibujo del puerto que realizó mientras conversaba amenamente.

Durante la década del sesenta, el prestigio de Lukas creció a punta de dibujos y su fino humor volcado en El Mercurio y La Estrella de Valparaíso. Pronto se sumarían El Mercurio y La Segunda de Santiago, además de las revistas Topaze, el Pingüino y el entrañable Mampato; luego vendrían medios en Estados Unidos y Brasil.
Los premios se acumularon. Su talento y extraordinaria cultura le valieron numerosos galardones a su labor de difusión y su trabajo como cronista gráfico de nuestra particular idiosincrasia, hasta recibir el Premio Nacional de Periodismo en 1981.

La recompensa postrera le llegó en 1987: se le otorgó la ciudadanía chilena por gracia a un artista que trabajó incansablemente por desentrañar ese ligero hálito que llamamos el “alma chilena”. Apenas unos meses más tarde, el 7 de febrero de 1988, luego de una larga enfermedad, falleció uno de los habitantes más ilustres de Valparaíso y de Chile.

Mi propia historia, como un sencillo dibujante que se siente heredero de ese encantamiento por lo nuestro, comenzó hace treinta años, una fría tarde de invierno junto a la dedicatoria de un libro: A Condorito.

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Ilustraciones gentileza Fundación Lukas

Menena Cottin: la otra historia que contar

“No puedo hacer algo que no me emocione y creo que eso se nota”, afirma la autora venezolana Menena Cottin. Y claro que se nota.

Por Adolfo Córdova
Periodista, narrador y promotor de la lectura
www.linternasybosques.com

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Dice que no cuenta historias. Contar, contar, cuenta las páginas para diseñar su nuevo libro, cuenta los días para ver a sus nietos en México, cuenta los kilómetros recorridos con su pareja por los Himalayas. Cuenta que cuando era niña sorprendió a sus maestras con una ilustración que parecía un milagro, que nunca pensó que El libro negro de los colores sería para niños, que este año publicará un proyecto que lleva doce años esperando ver la luz…

¿Cuenta o no cuenta, Menena?

Sus libros para niños no cuentan historias convencionales, pero sí cuentan emociones, ideas, maneras de mirar. Ponen de cabeza, hacen cerrar los ojos. Parten de un contenido complejo y toman una forma simple. Ganan premios porque alcanzan a muchos lectores. Hablan de temas esenciales como el tiempo, la diversidad, la tolerancia.

Menena Cottin es una diseñadora, ilustradora y escritora venezolana, radicada en Caracas, que se dedicó por muchos años al diseño gráfico, y luego empezó a ilustrar textos, y a escribir. Nunca planeó enfocarse en la literatura infantil y juvenil, pero sus libros llegan a conclusiones tan sencillas y creativas que los editores la ubicaron en esa franja de edad que se complica menos la vida.

La doble historia de un vaso de leche, Emociones de una línea y Equilibrio (todos publicados en Ediciones Tecolote, una editorial que se atreve a publicar proyectos atípicos) son algunos de sus títulos más reconocidos. Tocan a todo público, aunque sea difícil clasificarlos, porque no son pretenciosos: son juguetones e inteligentes, proponen materializar con palabras, líneas, círculos, colores y texturas, emociones que todos sentimos, preguntas que todos nos hacemos.

Ha publicado más de 20 libros para niños (tres de ellos digitales), una novela (La Nube), un libro de cuentos para adultos (Historias ajenas), y un testimonio que mezcla distintos géneros y formatos (Cierra los ojos que vamos a ver).

“No puedo hacer algo que no me emocione y creo que eso se nota. Me apasiona mucho este mundo: el de la escritura, el de la ilustración y el diseño”, dice Menena. Su trinchera en la LIJ es lograr comunicar de la manera más efectiva y con la menor cantidad de recursos posible una idea. “Al principio tengo la necesidad de expresar algo, pero llego hasta un punto de simplificación que se convierte en algo muy sencillo. Puede ser un concepto complicado pero es de fácil acceso para un niño. Fue así como llegué al mundo de la literatura infantil”, comenta.

Y en ese mundo, cerró los ojos para ver otro mundo. Y surgió el texto de El libro negro de los colores, su publicación más conocida, traducida a 13 idiomas y ganadora, entre otros, de la categoría Nuevos Horizontes de la Feria del Libro de Bologna 2007.

¿Cuál es la historia detrás de El libro negro de los colores?

Yo tenía la necesidad de plantearme –como una ilustradora y creadora que se mueve en el mundo de las imágenes–, cómo era el mundo de una persona que no ve, y ese texto fue el resultado. Mi intención era que el que lo leyera, se lo planteara. Pero nunca pensé que iba a terminar siendo un libro infantil; me parecía que era un texto muy fuerte, que sacude. Me sorprendió muchísimo cuando Mónica Bergna, la editora con la que estaba trabajando unas ilustraciones para otro libro, leyó el texto y lo vio como un libro para niños. Yo le decía a Mónica: “¿Un libro para niños?”. No lo podía creer. Pero sí, luego se lo presentó a Cristina Urrutia de Ediciones Tecolote y cayó en el embrujo del libro.

La idea era complicada, pero ella dijo: “No importa, lo que cueste”.

Es un libro muy querido. Excepcional, porque se trabajó muy en equipo. Yo tengo libros que me nacen completos: el diseño, el texto, la ilustración, todo va junto, y es como una sola cosa difícil de separar, pero aquí Mónica me propuso que yo fuera solamente la escritora; fue algo nuevo para mí, me asustó un poco al principio, pero fue muy bueno.

“Busco una manera sencilla de decir las cosas”

Menena recuerda perfectamente su primera experiencia de creación artística. Tenía unos 7 años y estaba muy aburrida en la catequesis de primera comunión en su colegio. “Nos habían pedido llevar una Biblia. Yo la tenía cerrada y miraba maravillada el color dorado que se producía cuando las páginas juntaban sus cantos. Jugaba torciendo las páginas a un lado y al otro: me gustaba cómo la franja dorada se hacía más o menos ancha, más o menos dorada, y en aquel juego se me ocurrió dibujar la cara de una virgen sobre esa superficie móvil. Junté muy bien todas las hojas apretando las tapas del libro con mi mano izquierda y dibujé una cara de medio lado sobre esa superficie”, rememora. Cuando el dibujo estuvo listo, se dio cuenta de que si torcía las hojas hacia un lado o hacia el otro, la expresión de la cara de la virgen variaba. “La maestra de religión, que me veía distraída, vino a llamarme la atención, pero cuando vio lo que yo había hecho se maravilló; aquello le pareció un milagro y se llevó mi Biblia para mostrársela a otros. Yo estaba muy impresionada con el resultado de mi descubrimiento, pero más aún con la reacción de las maestras, que desde entonces me consideraron una artista”.

¿Por qué estudiaste Diseño y no Artes o Literatura?

Me identificaba con algo más cercano al dibujo, a las manualidades; mi otra opción era la Arquitectura. Siempre me han interesado el espacio y el tiempo. A la literatura llegué mucho después, cuando descubrí que me gustaba escribir.

¿Qué artistas, escritores o músicos te inspiran?

Tengo un gusto ecléctico aunque soy bastante selectiva. Me atrae el diseño purista de la escuela Bauhaus, la arquitectura de Frank Lloyd Wright, el arte de Calder, Matisse, Picasso, Magritte, Velázquez, Vermeer, Escher, Soto, Cruz-Diez; los libros de Cortázar, Kafka, García Márquez, Javier Marías, Baricco, Calvino. Libros infantiles de Bruno Munari, Maurice Sendak, Tomi Ungerer, Anthony Browne, Komagata. Los músicos son demasiados.

¿Consideras al libro como un objeto artístico?

No todos. Muchos libros son solamente libros. Algunos tienen un evidente contenido literario de valor. Otros, sin duda, son objetos artísticos porque en ellos se logra una fusión tan armoniosa de texto, ilustración y diseño que brinda al lector el gozo de sentirse frente a una obra de arte.

¿Crees que existe el amor a primera vista con los libros?

Muchas veces compro un libro por la portada y puede ser que ni lo lea. Mi relación con los libros es totalmente emotiva: como con las personas, puede ser intensa, profunda o superficial. Cada libro es diferente. Con algunos tengo un lazo afectivo muy fuerte, con otros uno más banal. En uno u otro caso se suma el valor agregado de la persona que me lo regaló; entonces el libro se vuelve valioso aunque no me guste. Los que me son indiferentes no los considero míos.

Eres una creadora que defiende la economía de recursos. ¿Por qué?

En todos los excesos se pierde la esencia. Me encanta el reto de lograr un buen resultado con un mínimo de recursos, pero eso no significa que no me gusten los libros complejos. También valoro resultados elaborados siempre que los recursos utilizados se justifiquen y no resulte un catálogo de posibilidades. Pienso que todo recurso es válido si es necesario para lograr una maravilla. Yo concibo las cosas como una armonía entre la esencia de lo que quiero decir y transmitir, y la forma en como lo hago. Busco una manera sencilla de decir las cosas. Parto de un concepto complejo y lo convierto en algo sencillo y gráfico.

¿Qué oportunidades se abren con el libro digital?

Infinitas. Apenas estamos comenzando y ya se presenta un amplísimo panorama. La plataforma digital ofrece alternativas que no existen en el papel: se suman el sonido, el movimiento, la interacción del lector con la pantalla. Pienso que el resultado del libro digital no será comparable con el de papel porque el medio es totalmente diferente; sería como comparar una novela con su versión en cine. Aunque se trate de la misma historia, los resultados son absolutamente distintos; cada uno conserva su valor original, ninguno le resta al otro. Mi curiosidad me ha llevado a experimentar este nuevo camino creando, junto a uno de mis hijos, una editorial digital llamada And Then Story Designers, la cual, en menos de un año, ya nos ha dado la satisfacción de ganar una Mención de Honor en la Feria del Libro Infantil de Bologna 2014 con nuestro primer libro: Doble Doble. Tenemos muchas expectativas en este sentido y trabajamos en varios proyectos próximos a salir.

La charla se extiende y Menena sigue contando y contando. Cuenta que está haciendo un libro imposible de traducir, que solo funcionará en español; cuenta que su marido es el máximo coleccionista de sus libros, que siempre que va a otro país averigua cuáles tienen y los compra; que cuando presentó El libro negro de los colores en México empezó otra historia, la de una amistad, con Lucero, una muchacha no vidente con la que intercambió mails, subió montañas y hasta publicó un libro colaborativo llamado Cierra los ojos que vamos a ver.

Menena dice que sus libros para niños no cuentan historias. Pero está llena de historias que no dejan de encontrar formas de ser contadas en libros.

 

Menena-1

Al revés
Autora e ilustradora: Menena Cottin
Camelia Ediciones, 1999
ISBN: 9806450019

 

Menena-2

Equilibrio
Autora e ilustradora: Menena Cottin
Ediciones Tecolote, 2007
ISBN: 9789709718867

 

Menena-3

La doble historia de un vaso de leche
Autora e ilustradora: Menena Cottin
Ediciones Tecolote, 2007
ISBN: 9789709718393

 

Menena-4

Emociones de una línea
Autora e ilustradora: Menena Cottin
Ediciones Tecolote, 2008
ISBN: 9789709718911

 

Menena-5

Yo
Autora e ilustradora: Menena Cottin
Ediciones Tecolote, 2013
ISBN: 9786077656807

 

Menena-6

El libro negro de los colores
Autora: Menena Cottin
Ilustradora: Rosana Faría
Ediciones Tecolote, 2007
ISBN: 9789709718928

Cristóbal Joannon. Mirar, leer, viajar, vivir

Por Cristóbal Joannon
Poeta, autor de Tabula rasa (2005) y Sumario (2011)
Profesor de Retórica U. de Chile y U. Adolfo Ibáñez

Joannon

En primero básico aprendí a leer y escribir cuando la profesora Isabelle de Trenqualye me enseñó. Recuerdo que no me costó nada. Su metodología era muy eficaz: a punta de sonrisas daba la impresión de que era muy fácil alfabetizarse, para decirlo de algún modo. Mi facilidad tal vez se debió además a lo siguiente: desde hacía al menos dos años yo quería escribir, imitando a una prima mayor que redactaba mensajes en esquelas de Sarah Kay (algunas eran para mí; tenía que pedirles a mis padres que las descifraran). Comencé garrapateando trazos sinuosos que desde lejos parecían letras; solo me salían bien las “A”, “V” y “W”. Hice progresos. En el diploma de egreso de kínder en lugar de hacer un dibujo anoté “RICO”. No sabía que era una palabra: era solo su emulación.

Aprender a leer para mí solo significó aprender a decodificar. Era un niño hiperquinético que llevaban semanalmente al neurólogo. Empezaba algo –daba lo mismo qué– y me aburría de ello en cosa de minutos. Con tal nivel de inquietud me era imposible leer más de veinte líneas seguidas. El primer libro que me regalaron, cuando cumplí 6 años, fue El pequeño Su de África de Lisa Tetzner. Nunca supe qué compañero de curso me lo regaló. Tenía unas ilustraciones que me cargaban; me parecían tristes e impersonales. Traté muchas veces, sin éxito, de sobrepasar la primera página.

Dadas así las cosas, opté por los libros con imágenes (en particular los de la Colección Altea Benjamín, que sacaba del colegio) y las revistas de Walt Disney. Las coleccionaba. Me gustaban especialmente dos personajes: Rico MacPato y Giro Sintornillos (le llamé durante años Sintorrillos). Del millonario me interesaban sus piqueros en piscinas con monedas de oro; del científico loco, su aspecto físico, en particular sus anteojos.

Un domingo cualquiera mi abuelo materno me regaló un atlas del National Geographic (pesado, tapa dura entelada, enorme a mis ojos). Mirando sus mapas era capaz de estar tranquilo. Me imaginaba, por ejemplo, cómo sería vivir en un pequeño poblado al norte del golfo de Finlandia, en una isla remota del río Amarillo, en el borde del estrecho de Bering.

Afortunadamente, la hiperquinesia amainó. Debo haber estado en tercero básico. El primer libro que leí entero fue La isla misteriosa, en una edición escolar resumida. Recuerdo que viví todo lo que ahí se contaba. Lloré cuando terminé de leerlo: ya no volvería a ver a mis nuevos amigos, con quienes compartí cuevas y trabajos. Supuse, quizás con razón, que ese mundo era irrecuperable para mí; de ahí que nunca haya intentado una relectura.

Para mí la lectura tenía que ver con hallazgos personales; en tal sentido, los libros que debía leer por instrucción de mis profesoras me parecían básicamente una tarea. Así, en la biblioteca de mi colegio buscaba en los anaqueles libros que nadie sacaba (se sabía por sus tarjetas de préstamo), y me ponía a leerlos. De repente me encontraba en Londres tomando té con una dama encopetada, o en Rusia partiendo leña para calentar la cabaña donde mis cuatro hijos me esperaban porque la nieve había detenido el tiempo al caer durante semanas.

Los libros los elegía por sus títulos, el nombre de sus autores (por cómo me sonaban) y las imágenes de sus portadas. Evitaba a toda costa leer sus solapas y contratapas, pues podían condicionar mi lectura al darme señas de qué se trataban. El método era leer desde cero, irse internando a un territorio desconocido como quien avanza con una linterna por un pasadizo secreto. Siempre los terminaba. Una vez le dije a un amigo, siendo todavía niño, que nunca había leído un libro malo. Claro, no había querido ahorrarme ninguna de esas vidas paralelas.

Un museo huérfano

Columna de Xosé Ballesteros
Editor, escritor y especialista en literatura infantil

Este es un año en el que se agolpan los nombres de importantes figuras de la cultura que nos han dejado: Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Gabriel García Márquez, Ana María Matute… Quedan sus nombres en nuestra memoria por derecho propio. Pero hay otros nombres menos conocidos porque les ha tocado vivir en un plano más discreto, al margen de los focos mediáticos y de la atención del público, que desaparecen dejando un leve rastro tras de sí. Por suerte, a algunos los podremos seguir recordando porque su obra, que muchas veces ni siquiera lleva su propia firma, se mantendrá viva en cualquier lugar del mundo.

Es el caso de Carlos Pérez, pedagogo, experto en arte y vanguardias, productor de cultura y escritor casi desconocido, que nos dejó el 25 de diciembre del 2013 a la edad de 66 años. “Cuando comencé a interesarme por el arte, ya hace muchos años, en Valencia, las posibilidades eran casi inexistentes… Además, los funcionarios culturales del franquismo mantenían su presencia”.

En el 2004, Román de la Calle, que entonces era director del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, MuVIM, contrató a Carlos Pérez como responsable de las exposiciones. En pocos años, esta institución dejó de ser el museo provincial dedicado a la “Ilustración” como época histórica y se convirtió en un centro de producción creativa y referencia en España como museo de las vanguardias. La fotografía, el arte gráfico, el cómic, el libro ilustrado para público infantil, entraron en el MuVIM de la mano de Carlos Pérez y se materializaron en exposiciones memorables: la de Torres García y sus juguetes de vanguardia, la de 17 libros para niños ilustrados, la retrospectiva Miguel Calatayud: ilustraciones 1970-2010, la Panóptica de Max, la inolvidable muestra Kipling Ilustrado y la antológica Llibres per a la infància 1920-1940.

La literatura para la infancia –afirmaba Carlos Pérez– fue subvertida por las vanguardias, que sustituyeron a las brujas por temas propios de la época como “la igualdad del hombre y los medios de producción”. La revolución –añadía– llegó de Rusia y estuvo pegada al constructivismo. Sus mejores ilustradores, sin embargo, como Alexandra Exter y Nathalie Parain, acabaron exiliados en París, donde coincidieron con otros artistas seguidores del cubismo y del surrealismo.

En el año 2010 tuvimos la enorme fortuna de recibir una invitación de Carlos Pérez: se trataba de publicar un libro de gran formato que se convirtiese en el catálogo de una exposición, Kipling Ilustrado, que él deseaba desarrollar para el MuVIM desde hacía tiempo.

Consensuamos siete cuentos que debían ser “iluminados” por siete grandes ilustradores. Trabajar con Carlos fue sencillo porque él conocía toda la obra de Kipling, y también fue sencillo acordar los artistas invitados al proyecto. Con Paco Giménez como coordinador, se fue armando una obra a la que se sumaron Ajubel, Pablo Amargo, Isidro Ferrer, Pep Montserrat, Pablo Auladell, Arnal Ballester y el propio Paco Giménez. La traducción de Gabriela Bustelo y los artículos introductorios de Lola Pascual y Teresa Durán convirtieron este libro ideado por Carlos Pérez en un Kipling imprescindible. Tal vez por ello la obra fue distinguida con el Premio al Libro Mejor Editado que otorga el Ministerio de Cultura de España.

Pero además de impulsor de proyectos, Carlos Pérez era un divertido escritor, aunque no se prodigase. Se publicó su última obra a finales del 2013, Buffalo Bill Romance (Editorial Media Vaca), y quedó sin acabar un proyecto sobre Edward Lear.

Un buen día, de la mano de su amigo Miguel Calatayud, Carlos Pérez nos ofreció publicar en Kalandraka una obra que ambos guardaban desde hacía tiempo. Se trataba de Kembo. Incidente en la pista del Circo Medrano: la historia de un peculiar león africano, juguetón, pacífico y vegetariano, que se convierte en víctima de un cazador europeo y es enviado a un circo de París. El texto, deliciosamente irónico, dio pie a unas asombrosas ilustraciones en acuarela con la selva y el mundo circense como paisajes protagonistas. La obra fue seleccionada para la Lista de Honor IBBY en el 2012.

Durante el último año de su vida, Carlos Pérez, cansado de las injerencias políticas en su trabajo, y supongo que hastiado del ambiente de corrupción instalado en su ciudad, llegó a declarar: “Resulta muy evidente que Valencia ha recuperado la capitalidad de la Tierra de la Modernidad Imposible. Esperemos que no ostente ese título durante muchos años”.

El MuVIM de Valencia está hoy más huérfano que nunca.

El futuro del arte

Por Juan José Santos
Crítico de arte y curador
www.juanjosantos.com

Acosta

Ilustración de Alejandra Acosta
https://www.facebook.com/gremlinsaleacosta
http://www.gremlins-diariodeunamadre.blogspot.com

 

“El arte contemporáneo a veces (muchas) no lo entienden ni los adultos. Así que imagínate un niño”. Esta afirmación está escrita sobre piedra por muchos directores de museos y de galerías de todo el mundo. Por tres motivos: primero, para eliminar un quebradero de cabeza (¿cómo proponer exposiciones que puedan ser disfrutadas por niños?); segundo, porque los niños no son consumidores (ni de arte ni de lo que se vende en la tienda del museo); y tercero, porque se dedican a correr y a jugar en lugar de emocionarse frente a un cuadro de Rothko…

Deberían repensar su política, ya que la misión de los museos es, fundamentalmente, educar. Pero no solo por este motivo. Introducir, poco a poco y de forma tangencial, al público infantil en el arte contemporáneo provocaría una inversión en la frase inicial: si a los adultos que a veces (muchas) no entienden el arte contemporáneo les hubieran acercado algunos conceptos desde niños, seguro que ahora sería más sencillo que lo entendieran. Lo siento por los directores de museos que escribieron sobre piedra.

Los esfuerzos no han de ser dirigidos a intentar que un niño capte la esencia de un Rothko. No lo va a conseguir. El objetivo es fusionar lo lúdico con el arte, de forma gradual y secundaria, para que el niño aprenda a no temer al museo, y a que el arte puede ser entretenido. Luego, muchos de ellos descubrirán que además puede ser interesante. Conseguiremos que finalmente comprendan el valor del arte en su vida: cómo a través de las creaciones de los artistas pueden entender el mundo desde otra perspectiva, mirar con otra mirada, superar traumas colectivos, reflexionar, emocionarse o, simplemente, divertirse.

Observo con nostalgia imágenes de exposiciones de los años sesenta en museos en los que se tenía en cuenta al público infantil. Directores como Pontus Hultén o Walter Hopps consideraban actividades para niños, e incluso exposiciones en las que podían disfrutar grandes y pequeños. Esas iniciativas, por los motivos antes señalados, ya no se dan, salvo en admirables excepciones, como Palle Nielsen: The Model – A Model for a Qualitative Society, que tuvo lugar en 1968 en el Moderna Museet de Estocolmo, y se repitió recientemente en la Tate Liverpool de Inglaterra. Una exposición para niños: junglas de cojines, puentes de cuerdas, carnavales, grandes murales donde podían pintar… Ideas para convertir al museo en una revolución a pequeña escala (y estatura).

Obviamente, transformar una pinacoteca en guardería no debe ser la norma. Este tipo de exposiciones se podrían considerar de forma anual y con una temporalidad corta. Por ejemplo, una exposición al año dedicada a los niños, con una duración de un mes. Actualmente casi ningún museo del mundo mantiene esta oferta en su calendario. A lo sumo, se contentan con organizar talleres infantiles paralelos a grandes exposiciones, con ponerlos a dibujar imitaciones de cuadros famosos. ¿Por qué hemos perdido creatividad?

Las soluciones, y este parece ser el sino al que estamos condenados en el actual siglo (a todos los niveles), provienen de fuera de la institución. Eder Castillo es un artista mexicano que creó el “Guggensito”, una recreación precaria e inflable del Museo Guggenheim, que sitúa en barrios en desarrollo. Los niños pueden entrar, dibujar en el hinchable, saltar… y participar en talleres paralelos de manualidades. Son obras de arte contemporáneo que funcionan a dos velocidades: para adultos –reflexionan así acerca del fenómeno Guggenheim en un país (México) en el que estuvo a punto de recalar, en Guadalajara, un Guggenheim por millones de dólares– y para niños, quienes son, en definitiva, el futuro del arte.

Bajo la estrella de Green

Gracias a su último libro, Bajo la misma estrella, un hit de ventas, el nombre del escritor John Green se ha hecho un espacio. Un gran espacio.

Columna de Esteban Cabezas
Periodista, crítico de restaurantes y escritor
Creador de personajes como Julito Cabello y María la Dura

Green completa

Ilustración de Guillermo Bonilla  
http://cargocollective.com/portafolio

Es difícil no enamorarse de las mujeres de John Green. Así ocurre con la desahuciada protagonista de Bajo la misma estrella, Hazel, que vive pegada a un tanque de oxígeno, y así pasa también con la trágica protagonista de su primera novela, Buscando a Alaska, y con la Margo de Ciudades de papel. Porque las y los adolescentes que salen de su pluma son inteligentes y reales, confusos y queribles. Y densos, aunque sean amigos de un lenguaje algo impropio. Como el de la vida real no más.

En Ciudades de papel, aparece un protagonista masculino –Quentin– enamorado de una adolescente tan cautivadora como enrollada, Margo Roth Spiegelman. Una vecina bellísima, enigmática, que, durante una noche larga e intensa, deja al pobre hablante marcando ocupado. Porque él siempre la ha amado, y ella nunca lo ha pescado. Y algo parece cambiar, hasta que Margo se esfuma tras esa larga noche de saldar cuentas con quienes la han traicionado. Porque su novio la ha engañado con su mejor amiga. Y el pobre de Quentin, para lo único que sirve –al parecer– es como socio en sus venganzas.

E insistimos: el lenguaje de este libro es una copia de cómo hablan los adolescentes. No hay que sorprenderse con palabras como “polla” (en esta versión hispana). Y “huevos”. Y otras más del glosario sin adultos presentes. Pero lo soez no quita lo profundo y, pese a ser poco recomendado en bibliotecas escolares (es un tema recurrente en los posteos del autor), al final sus lectores agradecen la veracidad.

El creador de estas líneas algo torcidas –se trata de alguien que no evade las realidades– es John Green, un sujeto de letras y teología. Este último tema no es ajeno a sus tramas. De hecho, es un adusto profesor de religiones comparadas, propietario de una ancianidad avanzada y de un solo pulmón, uno de los ejes de su opera prima. Esta inquietud por lo ontológico es una pieza clave en Bajo la misma estrella, su éxito literario que también causó furor en la pantalla grande.

Love story

Para ordenar un poco esta historia, hay cinco libros de Green previos a Bajo la misma estrella. En el 2005 debutó con Buscando a Alaska, luego escribió El teorema Katherine y después vino Ciudades de papel. A continuación, hizo dos títulos creados en coautoría: Will Grayson, Will Grayson con David Levithan, y Let is snow junto a Maureen Johnson y Lauren Myracle. Finalmente, en el 2012, apareció su ultra-súper-hit que lo ha vuelto célebre, por fin. La historia de amor entre Hazel y Gus es para llorar con ganas. Hazel es una joven de 16 años que está, prácticamente, viviendo los descuentos, cargando con ella un balón de oxígeno para suplir la casi inexistente función de sus pulmones. Y dice así: “La depresión no es un efecto colateral del cáncer. La depresión es un efecto colateral de estar muriéndose. (El cáncer también es un efecto colateral de estar muriéndose. La verdad es que casi todo lo es.)”. Por seguir los consejos de sus padres, se integra a un grupo de apoyo con adolescentes en su misma situación. Allí conoce a Gus y también a Isaac, un chico tuerto que está a punto de perder su otro ojo. Pero será Gus, un exbasquetbolista con una pierna menos, quien se transforme en su socio en este viaje que –nadie sabe cuándo– puede terminar en la muerte.

Buscando a Alaska ya está en Chile, al igual que Ciudades de papel, que hace referencia (ojo, es un spoiler) a una costumbre algo singular: en los mapas, para proteger el derecho de autor e identificar a los copiones, antaño se ponían ciudades inexistentes, ciudades de papel, lo que en este caso es una magna metáfora dentro de la trama del libro.

Green ha tenido varios oficios aparte de escritor. Ha trabajado como editor, reseñador (en The New York Times Book Review) y también en un hospital de niños, donde surgió la idea para Bajo la misma estrella. Aparte, junto a su hermano Hank, ha sido un activo generador de contenidos para Internet. El principal es un canal llamado VlogBrothers, cuyo logo es un par de brazos saludando en vulcano (como el Doctor Spock de Viaje a las estrellas), donde dan rienda suelta a sus opiniones sobre todo tipo de tópicos, desde que la ciencia es sexi hasta las argumentaciones sobre el matrimonio gay. Sus seguidores, que son legión (un millón), se han bautizado como nerdfighters.

Esta masa crítica de seguidores virtuales ha ido en aumento exponencial. Por eso no es de extrañarse que las giras promocionales de su último libro hayan sido parecidas al tour de una banda de rock, donde John comparte escenario con Hank y donde la gente manifiesta una preferencia clara: por una historia bien contada y con yapa.

Porque si algo genera una historia de vidas cortas como la de Bajo la misma estrella es una larga reflexión a posteriori. Y no con pena, pero tampoco con mucha alegría. Como ocurre también en Buscando a Alaska. Como sucede con Ciudades de papel.

 

Green-libros

Buscando a Alaska
Autor: John Green
Ediciones Castillo, 2006
ISBN: 9789702008583
Distribuido en Chile por Librería Inglesa

Bajo la misma estrella
Autor: John Green
Nube de Tinta, 2013
ISBN: 9786073114233

Ciudades de papel
Autor: John Green
Nube de Tinta, 2014
ISBN: 9786073124003

María Teresa Ferrer

Periodista, autora de libros infantiles
Vicepresidenta de IBBY Chile

El mejor regalo literario para un niño…
Cualquier libro de Roald Dahl. Puede ser que los niños enganchen o no con este autor, pero creo que es un deber de los adultos dárselo a conocer.

Un libro que hace reír a grandes y a chicos…
Malvado conejito de Jeanne Willis y Tony Ross, una historia genial con ilustraciones divertidísimas sobre la peculiar estrategia que tiene un conejito para que sus papás no lo reten por su informe de notas.

No se puede evitar llorar con el libro…
El libro triste de Michael Rosen y Quentin Blake. Me da mucha pena cada vez que lo leo porque relata la tristeza más grande: la de perder a un ser querido, en este caso un hijo.

Para cautivar a un adolescente no lector…
Hay que regalarle libros de acuerdo a sus intereses. Por ejemplo, si le gusta el fútbol, un regalo perfecto sería La fiebre o Cracks.

Un libro que no falla a la hora del cuentacuentos…
El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza de Werner Holzwarth y Wolf Erlbruch. En mi casa es un éxito y a mis niños les da ataque de risa cada vez que lo leemos.

Debería hacerse una película con el libro…
De chica me hubiese encantado ver una película del libro Nuestras sombras de María Teresa Budge, para ver personificadas a la Pergamino 1 y a la Pergamino 2. También deberían llevar al cine Cien años de soledad, al igual que lo han hecho con otras novelas de Gabriel García Márquez.

Mi libro álbum favorito…
Le tengo especial cariño a El ángel del abuelo de Jutta Bauer, porque fue el primer libro álbum que me enamoró. Después de ese han venido muchos, que me coquetean desde los estantes en las librerías y terminan en la biblioteca de mi casa.

Mi poeta preferido…
Me gusta mucho la poesía de Mario Benedetti, y también los versos y canciones rimadas para niños de María Elena Walsh, un clásico que nos acompaña siempre en la radio del auto y que disfrutamos todos.

Mi ilustrador favorito…
Podría nombrar una larga lista de ilustradores que me encantan, pero quiero destacar el trabajo de dos chilenas: Carolina Schütte, con sus ilustraciones llenas de magia y romanticismo, y Magdalena Armstrong, quien logra un nivel de detalle impresionante con el lápiz.

Me gustaría tomar un café con:
La escritora argentina Liliana Bodoc, con quien tuve la suerte de conversar una vez y me pareció tan entretenida, interesante y talentosa que quedé con gusto a poco. ¡Feliz me repito un café con ella!

El lugar donde encuentro todos los libros que quiero:
El sitio www.bookdepository.com tiene un catálogo interesante, los libros llegan a la casa, a excelentes precios y sin tener que pagar gastos de envío.

El libro que hoy tengo sobre mi velador:
En el taller literario que dicta Ana María Güiraldes estamos leyendo La contadora de películas de Hernán Rivera Letelier. Es el primer libro que leo de este autor y me ha gustado mucho por su estilo sencillo y cercano para contar la cruda realidad de una familia que vive en la pampa.

Mari Ferrer-libro-1

Malvado conejito
Autor: Jeanne Willis
Ilustrador: Tony Ross
Océano Travesía, 2009
ISBN: 9786074001624

 

Mari Ferrer-libro-2

El libro triste
Autor: Michael Rosen
Ilustrador: Quentin Blake
Serres, 2004
ISBN: 8484881512

 

Mari Ferrer-libro-3

La Fiebre
Autor: Jaime Caucao
Ediciones SM, 2011
ISBN: 9789562647960

 

Mari Ferrer-libro-4

Cracks
Autores: Danilo Díaz, Jennifer King y María Paz Garafulic
Confín Ediciones, 2013
ISBN: 9789568995

 

Mari Ferrer-libro-5

El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza
Autores: Werner Holzwarth y Wolf Erlbruch
Ilustrador: Wolf Erlbruch
Alfaguara Infantil, 2002
ISBN: 9789562392518

 

Mari Ferrer-libro-6

El ángel del abuelo
Autora e ilustradora: Jutta Bauer
Lóguez, 2007
ISBN: 9788489804494

 

Mari Ferrer-libro-7

La contadora de películas
Autor: Hernán Rivera Letelier
Alfaguara, 2009
ISBN: 9789562396660