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El cometa vagabundo, Mark Twain

Uno de los escritores más importantes de la historia literaria moderna nació y murió en sincronía con la ida y vuelta de un famoso astro por la Tierra, pero hasta hoy brillan sus emblemáticos personajes: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Este 2014, las aventuras de Huck, consideradas la obra maestra del escritor, cumplen 130 años desde su publicación.

Por Adolfo Córdova (México)
Periodista, narrador y promotor de la lectura
www.linternasybosques.com

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Ilustraciones de Guillermo Bonilla     
http://cargocollective.com/portafolio

–¡Sam!
Silencio.
–¡Sam!
Silencio.
–¡Dónde andará metido ese chico…! ¡Sam!

Sam podría estar con su amigo Tom, buscando huevos de tortuga en islas arenosas, tras la pista de algún tesoro dentro de una cueva o intercambiando dos trozos de vidrios de colores por una rana muerta.

Si imaginamos la infancia de Mark Twain, hay que pensar en otros nombres: Sam, Tom y Huck. Sam, por Samuel Langhorne Clemens, el nombre de nacimiento de Twain, el nombre con el que lo llamaba su madre cuando debía alistarse para ir a la iglesia o regresar a casa luego de un día pescando en el Misisipi; Tom, por su amigo Tom Blankenship, el vagabundo y marginado del pueblo que el escritor inmortalizaría de dos formas en sus obras: dando su nombre al célebre Tom Sawyer y su personalidad a Huckleberry Finn.

Sam, Tom y Huck, los verdaderos y los que habitan las páginas de los libros de Twain, son todos parte de él.

Retomando las palabras con que Huckleberry Finn inicia sus aventuras, podríamos decir: “Tú no sabes nada de Mark Twain si no has leído un libro llamado Las aventuras de Tom Sawyer…”. El propio escritor, en el prefacio de esa obra, señala: “La mayor parte de las aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido: algunas me ocurrieron a mí; el resto a muchachos que fueron mis compañeros de escuela. Huck Finn está tomado del natural; Tom Sawyer, también, pero no de una sola persona: es una combinación de los rasgos de tres muchachos conocidos míos…”.

Valga entonces iniciar esta semblanza con una recomendación: si se quiere conocer la infancia de Twain, el paisaje de juncales, bancos arenosos, bosquecillos y cementerios, y sus travesuras en la escuela y en las calles polvorientas de Hannibal, basta abrir las páginas de sus dos obras más leídas, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, ambas modelo del relato de aventuras y paradigmas de la literatura infantil y juvenil.

La llegada del cometa

Los padres de Twain, John Marshall Clemens, abogado y tendero, y su mujer, Jane Lapton, venían de familias terratenientes que poseían un buen número de esclavos e incluso cierta ascendencia aristócrata en Inglaterra.

De poco les sirvió. Fueron de la esperanza de un futuro próspero a la bancarrota. Cuando el escritor tenía 11 años, ya no eran muchos los muebles que podían darle al sheriff para que los embargara. Se habían ido deshaciendo del piano, la cubertería, el servicio de té…

Después de varios negocios fallidos, y con un sueldo de abogado rural que no les alcanzaba, el padre de Twain decidió que debían mudarse a Missouri, a un caserío y cruce de caminos llamado Florida. Ahí, el 30 de noviembre de 1835, nació Mark Twain, el sexto de siete hijos. Sus padres lo llamaron Samuel, como su abuelo paterno. Esa noche brillaba en el cielo el cometa Halley.

Twain tenía voz de profeta. En 1909 había bromeado: “Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: ‘Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir’. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”.

Y así fue: murió de un paro cardiaco el 21 de abril de 1910, listo para subirse al cometa que orbitó la Tierra al día siguiente.
Pero otra premonición lo persiguió antes y lo hizo sentir culpa siempre. En la época en que era piloto de barco de vapor, Samuel convenció a su hermano Henry de que trabajaran juntos. En junio de 1858, cuando tenía 20 años, Henry murió en la explosión del vapor Pennsylvania. Twain había soñado esa muerte un mes antes.

Algunos años después del nacimiento de Sam, en 1839, la familia se trasladó a la ciudad de Hannibal para seguir probando suerte. El padre ahí trató de criar mulas, comprar y vender propiedades e incluso iniciar una industria de gusanos de seda. Nada funcionó.

La mala suerte para los negocios también marcaría a su hijo. El escritor fracasó como minero, buscador de oro, especulador, editor e inversionista en nuevas tecnologías (de hecho, patentó tres inventos: una mejora de correas ajustables y desmontables para la ropa, para sustituir a los tirantes; un juego sobre anécdotas históricas; y un libro de fotos autoadhesivas que tenía un pegamento seco en las páginas y solo se tenía que humedecer un poco antes de usarlo).

Ninguno funcionó como imaginaba y cayó en la ruina. Pero gracias a su amigo Henry H. Rogers, importante empresario, pudo recuperarse económicamente. Rogers organizó sus finanzas y lo hizo publicar más libros y dar muchas conferencias. El humor, las ocurrencias y la presencia de Twain eran más que conocidas y llegó a convertirse en una verdadera celebridad. Convocaba multitudes.

El llamado del río

Desde muy pequeño Sam mostró una fascinación especial por el agua. Apenas aprendió a caminar empezó a escabullirse de su casa para correr hasta la orilla del río. Más de una vez algún vecino lo sacó medio ahogado cuando ya pataleaba y daba brazadas desesperadas. Pero estas experiencias no lo alejaron de las aguas. Al contrario, tanto amó al Misisipi que durante un viaje río abajo a Nueva Orleans en un barco de vapor decidió volverse piloto. En 1859, cuando tenía 24 años y luego de dos años de estudiar meticulosamente el cambiante río, obtuvo la licencia. No navegó mucho tiempo porque en 1861 estalló la Guerra de Secesión y se restringió el tránsito por el Misisipi. Más tarde recordaría esa época como la más feliz de su vida. Su seudónimo es una expresión que utilizaban los esclavos negros en los barcos cuando decían “Marca dos”, al referirse al calado mínimo para una navegación segura, que es de dos brazas.

El río y Hannibal, además, son los principales escenarios de muchos de sus textos y de los más trascendentes, pero verdaderamente fue un milagro que Sam sobreviviera a sus primeros años. No solo por sus excursiones al agua, sino porque tres de sus hermanos murieron antes de cumplir los 10 años por las condiciones precarias en las que vivían. El propio Twain había sido un niño sietemesino y enfermizo que luego diría que vivió gracias al aceite de hígado de bacalao que le daba su madre.

Cuando Sam tenía 11 años, su padre murió de neumonía. Él dejó los estudios, solo llegó hasta quinto grado, y empezó a trabajar como aprendiz de impresor en un periódico local. Llegó a ser tipógrafo y empezó a escribir algunos relatos breves de viajes en un diario del que se había hecho propietario su hermano mayor y amigo, Orion. Y así despegó: escribiendo, viajando y reporteando para distintos diarios.

El 3 de febrero de 1863 firma por primera vez como Mark Twain en un pequeño periódico de la ciudad de Virginia, en Nevada. Se trataba de una nota humorística sobre un viaje. Pero fue La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (una simpática historia sobre un apostador) la que el 18 de noviembre de 1865 fue saltando de periódico en periódico y atrajo las miradas a nivel nacional.

Se enamoró de Olivia cuando la vio en una foto. La conoció en diciembre de 1867 e iniciaron un noviazgo, sobre todo por carta. Olivia rechazó su primera propuesta de matrimonio, pero Samuel insistió y en febrero de 1870 contrajeron matrimonio.

Desde entonces y hasta 1880, Twain pasó los veranos con su familia en la granja de una hermana de Olivia, Susan, quien mandó a construir un estudio en forma octagonal para que su cuñado tuviera dónde escribir. En esa época escribió muchos de sus clásicos, incluido el más elogiado de todos, Las aventuras de Huckleberry Finn, que este año cumple 130 años desde su publicación.

Para muchos, es una obra fundacional de la literatura occidental. T. S. Eliot, William Faulkner, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Norman Mailer y Roberto Bolaño han sido algunos de sus principales seguidores.

“Toda la literatura moderna de Estados Unidos proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn (…). Antes de él no había nada. Después no ha habido nada tan bueno”, escribió Hemingway en 1934.

Era la historia de un vagabundo que brillaba con los destellos del río, como un tal Tom Blankenship, como Tom Sawyer, como Samuel Clemens, como el fenomenal cometa en el que llegó y se fue Mark Twain.

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Marcelo Escobar: chileno hasta los huesos

Rescate, patrimonio e identidad son tres conceptos que se repiten con frecuencia en el discurso del autor e ilustrador Marcelo Escobar. “Me gusta la idea del rescate patrimonial, transmitir a los jóvenes el amor por lo vernáculo, afianzar las raíces y crear una estética completamente chilena”, asegura. Y basta con ver su trabajo para comprobar que definitivamente no se queda en palabras.

Por Bernardita Cruz M.
Editora Revista HUV

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www.marceloescobarm.blogspot.com

Aunque han pasado más de 30 años, Marcelo Escobar recuerda perfectamente el día en que vio por primera vez, en una biblioteca pública, el Bestiario del Reyno de Chile de Lukas. Ya dibujaba y copiaba las caras de los personajes de Condorito y los caballos de Érase una vez el hombre, pero asegura que ese libro, que sigue considerando una obra maestra, cambió su manera de ver el dibujo. Tiempo después, volvería a sorprenderse al descubrir el suplemento de humor de la revista Hoy. Admiró de inmediato a ese grupo de irreverentes, sin saber que venían riéndose del miedo desde finales de los 60. Ahí estaban Hervi, Palomo, Themo Lobos, Eduardo de la Barra, Guillo, Bartolo y el enigmático Gato.

Ambos recuerdos no son simples anécdotas para Escobar: hoy, convertido en un destacado autor e ilustrador, confiesa que su principal motivación es justamente “reconstruir una gráfica con sentido nacional, recuperar y levantar como estandarte un trabajo hecho en Chile, pero sensible para todo el mundo”.

En Ilustración a la Chilena, el especialista Claudio Aguilera explica que Marcelo “es parte de esta generación de artistas interesados en recuperar la visualidad vernácula, potenciando la fuerza de su sencillez a través de las herramientas digitales” y define su obra como “directa, con un grafismo depurado y versátil”.

En el mismo libro, Aguilera dice que tu estilo es, según tus propias palabras, “post chilensis”. ¿En qué consiste ese concepto?

Es un término que contiene reminiscencias de algo que perdimos, un período dorado en la visualidad nacional. Me interesa explorar y dar nueva vida a una tradición gráfica un poco abandonada, donde “lo chileno” se ha convertido en algo anodino y se prefieren explorar estéticas japonesas o europeas. En ese sentido, mis referencias siguen siendo la simplicidad en el grafismo de la Lira Popular, los escenarios y temáticas de Condorito y La Chiva, el diseño gráfico de los 60.

Reconozco que hay ilustradores que avanzan en ese sentido, depurando y diseñando una nueva identidad. Pero aún hay un largo camino por explorar, un camino que nos devuelva la mirada hacia el interior, hacia nosotros como inspiración. Me gusta la idea del rescate patrimonial, transmitir a los jóvenes el amor por lo vernáculo, afianzar las raíces y crear una estética completamente chilena.

Ilustrador y lector empedernido

En su estudio, Marcelo tiene una biblioteca compuesta principalmente por libros de diseño e ilustración que ha ido recopilando por años. Tiene Condoritos antiguos, mucho Quino, Fernando Krahn, Apuntes porteños y Bestiario del Reyno de Chile de Lukas, algunas cosas de Oski, Robert Crumb y Hervi, y un libro que se trajo de Cuba con los carteles de cine de Eduardo Muñoz Bachs, uno de sus favoritos. También tiene varios libros de arte y, en las paredes, algunos originales de reconocidos ilustradores chilenos.

Su otra biblioteca, la literaria, está cargada de autores nacionales.

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Eres un gran lector. ¿Qué tipo de historias son tus favoritas?

Principalmente soy un conocedor de la literatura chilena, más bien de la historia literaria. Sigo admirando a los autores que despertaron mi imaginación cuando niño, especialmente los cuentos de Manuel Rojas, Francisco Coloane, González Vera, Baldomero Lillo. Cada uno de ellos integró en sus relatos trozos de su propia historia; son narraciones palpitantes de vida, de la aventura de vivir. En relación al mundo poético, leo y releo impunemente a mis favoritos: Óscar Hahn, Jorge Teillier, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Nicanor y Violeta Parra. Poetas que usan la materia de un Chile profundo y nos entregan universos cargados de identidad, exceptuando quizás el mundo fantástico de Hahn.

Este último tiempo me he sumergido en las crónicas de Joaquín Edwards Bello, sorprendentemente actuales y prueba de que el carácter del chileno no ha variado en 100 años. Crítica de amor de un gran conversador, una conversación que se traspasa al lector con una de las prosas más amenas que he leído.

Estudiaste diseño y trabajaste mucho tiempo en esa área. ¿Cómo llegaste a la ilustración?

Decidí estudiar diseño pensando erróneamente que podría mejorar mi dibujo. Ahora sé que es algo que no se aprende en esas escuelas, se lleva dentro. Pero sí resulta conveniente como un complemento al trabajo de la ilustración, mezclando técnicas de diseño incorporadas al dibujo. Llegué a la ilustración luego de asistir al taller de Montt/Olea: ellos estaban abriendo espacios, formando e incentivando a las personas que se interesaban en este oficio.
Tras el taller, Marcelo pensó en una forma de aprovechar lo aprendido. Había coleccionado, a partir de sus lecturas, un grupo de historias sorprendentes sobre Chile y se propuso reescribirlas e ilustrarlas. Pensó y diseñó dos libros, uno que incluía relatos desde el descubrimiento de Chile hasta 1910, y otro que abarcaba el siglo XX.

Con la maqueta del primer período en la mano y alrededor de siete historias ilustradas y escritas, más el apoyo y confianza de la editorial LOM, postuló al Fondo del Libro y la Lectura, que ganó el 2009. Así nació Mito del Reyno de Chile. Invención ilustrada de un Chile secreto (1533-1910), publicado por LOM en 2010. Ese mismo año el libro fue reconocido con el prestigioso Premio Mauricio Amster al Diseño Editorial otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile. “Verlo en la red de Bibliometro y pensar que puede inspirar a alguien, es haber cumplido uno de los anhelos que me llevaron a desarrollar ese, mi primer libro, apenas graduado de ilustrador. El segundo tomo, Mito del Reyno de Chile. Siglo XX, fue publicado hace poco y confío en que tenga una vida tan próspera como su antecesor”, dice Escobar.

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¿Qué significó para ti recibir el Premio Amster?

Una experiencia inolvidable y una auténtica sorpresa. Me acompañaban mis hijos, a los que dediqué el libro. Recuerdo que en la celebración se me acercó el legendario Jorge Soto Veragua, un diseñador de la vieja escuela que admiro desde mi época de estudiante. Recibir las palabras de ese señor del diseño y la ilustración, comentando los aciertos en el concepto del libro, es algo que escapaba a mis mejores sueños. También voy a recordar ese día por el pésimo discurso que di como agradecimiento, y que me enseñó a llevar siempre algo preparado con anticipación.

¿Y cuál fue tu primer encargo como ilustrador?

Luego de publicar mi primer libro y de abandonar las agencias de diseño, envié mi portafolio a algunos medios de prensa. Inmediatamente me encargaron algunas ilustraciones para el diario La Tercera, en el suplemento del sábado, Tendencias. Pude desarrollar un nuevo trabajo y jugar con mis estilos, experimentando con la ilustración editorial con mucha libertad. Un trabajo que ya lleva más de dos años y cerca de 400 ilustraciones, una buena escuela en la que el desafío de conceptualizar de manera certera y eficaz se ha convertido en parte de mi oficio y que me obligó a desarrollar un método de trabajo que ha rendido buenos frutos.

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¿En qué otros libros has participado?

He tenido la fortuna de ilustrar cerca de siete libros para la editorial Origo, reconocida por la excelente factura de sus ejemplares. Ellos están desarrollando una colección de clásicos de la literatura para Copec, a bajo costo y de cuidada edición. Recuerdo especialmente el primer encargo, ilustrar uno de mis libros más queridos y que da comienzo a la narrativa social en Chile: Sub Terra de Baldomero Lillo. Un verdadero placer y con un resultado que me dejó profundamente satisfecho; entrañable.

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¿Cuáles son las técnicas que más te gustan a la hora de ilustrar?

Siempre parto de un boceto a grafito, luego lo traspaso a tinta china y finalmente doy las terminaciones y el color en forma digital. Considero que el trabajo manual les da una apariencia cercana y natural a los dibujos; la belleza del trazo a pulso, del error y una cierta imperfección, los distinguen y les dan un carácter casi artesanal.

¿Tienes algún proyecto literario entre manos?

Estoy escribiendo pausadamente una historia sobre Neruda. Para ello me he rodeado de una bibliografía extensa que descansa sobre una mesa que tengo a la vista. Tendrá el formato de un libro álbum, aprovechando de explorar las posibilidades narrativas de este tipo de obras. Cuenta la historia del poeta desde una esquina poco usual. Espero concretarlo en un plazo aceptable.

Y en el corto plazo, ¿se viene alguna sorpresa editorial?

Ahora estoy de cabeza en el tercer libro de mi autoría, un proyecto con el apoyo del Fondo del Libro donde nuevamente meto las manos en los ingredientes de la chilenidad, pero de manera diferente a Mito del Reyno de Chile. Está en pleno proceso y espero que vea la luz en septiembre, un mes cargado a “lo chileno”. Es mi proyecto más personal hasta el momento y lo abordo con cariño, un proyecto acariciado desde hace años. Parafraseando a Teillier: Cuando yo no era ilustrador, por broma dije que era ilustrador…

¿Cuál es tu proyecto soñado, ese que matarías por hacer?

Daría mi mano izquierda por ilustrar los cuentos de Francisco Coloane. También me encantaría dibujar una novela gráfica con un personaje que tengo bosquejado, un detective en los 70. Pura cultura pop.

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Marcelo Guajardo: Nuevos caminos, nuevos lectores

“Soy un recién llegado a un mundo totalmente nuevo y espero quedarme un buen rato”, afirma el poeta y escritor chileno Marcelo Guajardo, cuya primera incursión en la narrativa juvenil se adjudicó el Premio El Barco de Vapor 2013 y le abrió las puertas a un género que lo sigue sorprendiendo día a día.

Por Bernardita Cruz M.
Editora Revista HUV

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A Marraqueta se le pincha una rueda de su Caloi y todos los amigos del barrio lo acompañan donde don Anselmo, un antiguo entrenador de ciclistas que ahora tiene un taller de bicicletas en la cuadra. Ahí, tres fotografías enmarcadas en bronce llaman la atención de Beto, uno de los niños. Son fotos antiguas, recortadas de un diario, y muestran a un misterioso ciclista en tres escenas: en la primera, aparece pedaleando con el cuerpo inclinado y la vista fija en el camino; en la segunda, está rodeado de una muchedumbre que lo abraza; y en la tercera, posa detenido sobre su bicicleta negra en la pista de un velódromo. Beto consigue leer en un costado de la bicicleta cinco letras blancas que forman la palabra “Krumm”. ¿Quién es él?, le pregunta a don Anselmo. “Qué importa su nombre, mejor olvidarlo como lo han hecho todos. Además, no son tiempos para andar buscando nombres”, responde el viejo notablemente molesto.

Esta escena marca el inicio del nudo dramático de La bicicleta mágica de Sergio Krumm, el libro con que Marcelo Guajardo ganó el Premio El Barco de Vapor 2013 y que significó su entrada al mundo de la literatura infantil y juvenil.

El relato está basado en el secuestro y posterior desaparición del ciclista Sergio Tormen en 1974, y el épico triunfo de su hermano en la Vuelta a Chile en 1987. “Me pareció que la historia no era solamente una victoria deportiva sino que el triunfo del alma humana sobre la muerte”, comentó el autor al recibir el galardón.
También fue el primer texto narrativo de ficción escrito por Guajardo, quien con anterioridad había publicado los libros de poesía Teseo en el mar hacia Cartagena (Ediciones Del Temple, 2001) y Un momento propicio para el exilio. Poesía reunida (Das Kapital Ediciones, 2011).

Hoy, divide su tiempo entre el periodismo, el área de extensión del Café Literario Balmaceda en Providencia y la escritura.

¿Desde siempre te interesaron las letras?

Los libros siempre estuvieron en mi casa, pero mentiría si digo que la lectura era mi principal actividad. Era súper bueno para ver tele y la verdad es que mis primeras referencias de “contenido” vienen de allí. La lectura vino esporádicamente; recuerdo especialmente la colección de la editorial Andrés Bello donde estaba El Corsario Negro y otros libros clásicos.

¿Cuándo comenzaste a escribir?

En el Liceo. Hacíamos una revista con unos compañeros y esas fueron mis primeras experiencias de escritura. También algunos trabajos que preparé para el ALCÍN, la Academia de Letras del Instituto Nacional, pero eso no duró mucho… Había mucho bullying intelectual de los mayores.

¿Cómo nació La bicicleta mágica de Sergio Krumm?

Conocí la historia de Sergio Tormen y su hermano Peter a finales del 2012 por un poema de mi amigo y editor Camilo Brodsky que está incluido en su libro La noche del zelota. Me pareció que debía contarla de alguna forma; era de una potencia dramática ineludible. En ese momento, estaba decidido a participar en el concurso de El Barco de Vapor así que no dudé. Era la oportunidad.

¿Sabías algo de ciclismo antes de escribir el libro?

Es mi medio de transporte desde hace décadas. Sé de ciclismo lo mismo que cualquier aficionado. Me gusta la competencia de ruta y pista; cuando puedo voy a ver las competencias al velódromo.

¿Tenías una motivación particular para abordar el momento histórico de la dictadura?

La historia llegó a mí de manera azarosa. Pero me pareció una metáfora del periodo. La victoria de Peter en la Vuelta a Chile de 1987 en la bicicleta de su hermano detenido-desaparecido es para mí la victoria de la vida sobre la muerte, de la esperanza sobre el miedo. Creo que la novela me sirvió para abordar desde allí ese momento de la historia de Chile.

¿Qué pasó después de publicado? ¿Tuviste alguna reacción o comentario de parte de la familia Tormen?

Se contactaron conmigo en septiembre del año pasado. Debo confesar que me asusté un poco, me sentí arrebatándoles un dolor familiar. Pero después me tranquilicé, fueron muy amables y me agradecieron mucho contar la historia en una novela que leerán los niños en los colegios.

Llevabas mucho tiempo publicando poesía. ¿Te costó cambiar de género o siempre escribiste en paralelo?

Es mi primera incursión en el género narrativo y no me costó tanto. He leído mucha narrativa y, la verdad, sabía en qué cancha estaba jugando. Me costó más encontrar el tono, el modo del relato.

¿Qué puertas te abrió el haber recibido El Barco de Vapor?

Bastantes. Curiosamente antes de conocer el resultado del concurso me inscribí en el Diplomado de LIJ de la USACH donde aprendí bastante del género y conocí a gente ligada al tema: autores, editores y estudiosos. Se diría que soy un recién llegado a un mundo totalmente nuevo y donde espero quedarme un buen rato.

Antes de La bicicleta…, ¿tenías alguna cercanía con la literatura infantil y juvenil?

Mis lecturas solamente. Literatura granada en su mayoría: Mark Twain, Charles Dickens, Melville, entre otros. Como te digo, es un mundo que de pronto se abrió frente a mí como una enorme y sorprendente caja de pandora.

¿Qué autores o temáticas de la LIJ te han sorprendido?

Hace poco descubrí a Roald Dahl (más vale tarde que nunca) y estoy leyendo sus primeros escritos, esos que relatan sus días de piloto de la RAF. Realmente es fantástico su modo de narrar, tan certero, tan deliciosamente económico. También me intrigan las sagas: leí Los Juegos del Hambre y me pareció un excelente libro. Se podría decir que estoy en la etapa de esponja. Todo me sirve para el proceso creativo.

Este número de la Revista Había una Vez está dedicado a la relación entre historia y literatura infantil y juvenil. ¿Te gustaría seguir explorando la mixtura entre realidad y fantasía?

Sí, de hecho la novela que estoy escribiendo tiene esas características. Debo confesar que estoy algo tentado con la fantasía pero aún no me decido a abordarla. Mi próximo libro se ambientará en el Santiago de los años 20, una época convulsionada que siempre me ha atraído.

¿Puedes adelantar algo de la historia?

Bueno, ya he dado algunas pistas: Santiago del veinte, un grupo de niños de unos 12 años, un internado… Lo demás está por verse.

¿Cómo te proyectas como escritor?

Espero tener otra novela para fin de año y luego veremos. Paso a paso.

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Historia novelada, aventuras, guerra: lecturas recomendadas por el Banco del Libro

A petición de la Revista HUV, el Banco del Libro de Venezuela elaboró un listado con títulos que abordan la historia desde distintas perspectivas: narrativa de aventura, guerra novelada, grandes hombres e historia cotidiana son algunos de los temas centrales de los libros escogidos.

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La ficción histórica y la religión

A lo largo del tiempo la historia ha estado permeada por la religión, que ha tenido una influencia fundamental en el devenir de la humanidad. En función de la importancia que conlleva esta premisa, cabe mencionar libros que rescatan el sustrato religioso de momentos históricos desde una perspectiva ficcional, lo que permite destacar, desde las metáforas, el rol de la religión en esos momentos. He aquí una pequeña muestra de estos libros que merecen ser nombrados:

La catedral de César Mallorquí (SM, España, 2000). A partir de 12 años.
Sarah de Córdoba de Rolande Causse e ilustraciones de Andrés Sánchez de Tagle (FCE, México, 2003). A partir de 12 años.
El señor del cero de María Isabel Molina e ilustraciones de Francisco Solé (Alfaguara, México, 2004). A partir de 12 años.

 

La narrativa de aventura en la historia

Desde tiempos inmemoriales, la novela de aventura suele ser considerada un género vinculado a la historia, que cabalga sobre el viaje y el riesgo y que tiene como símbolo el viaje iniciático de La Odisea. Esta selección se sustenta en esas líneas temáticas que propician una aproximación a momentos históricos particulares:

La ruta de las estrellas de Ignacio Merino (Anaya, España, 2002). A partir de 12 años.
Mi país bajo el agua de Jean-Côme Noguès (SM, Madrid, 2000). A partir de 12 años.


La guerra novelada

La épica se sitúa en la cúspide del género narrativo por excelencia, y tiene en La Ilíada su máximo exponente. En el ámbito iberoamericano, la guerra tiene un lugar protagónico fundamentalmente en la literatura juvenil. De uno y otro lado del Atlántico deambula esta selección, que incorpora un título que da cuenta de una de las guerras más cruentas de la historia del siglo pasado:

El misterio de la dama desaparecida de Concha López Narváez e ilustraciones de Francisco Solé (Anaya, España, 2001). A partir de 12 años.
Adonde llegan las nubes de Juana Aurora Mayoral (Anaya, Madrid, 2001). A partir de 12 años.
Jacinto Pérez, cazador de imágenes de la Revolución Mexicana de Margarita de Orellana e ilustraciones de Chubasco (Artes de México, México, 2008). A partir de 12 años.
La guerra de Amaya de Vicente Muñoz Puelles e ilustraciones de Irene Fra (Anaya, España, 2010). A partir de 12 años.
Rosa Blanca de Christophe Gallaz e ilustraciones de Roberto Innocenti (Lóguez, España, 1987). A partir de 9 años.

 

La historia cotidiana a través de la ficción

La vida cotidiana de distintas épocas permite ampliar la aproximación a ciertos momentos históricos, con detalles que en la visión protagónica no adquieren la misma dimensión. Es una forma de entender una época a partir de visiones caleidoscópicas mucho más humanamente focalizadas:

El aprendiz de Linda Sue Park (Norma, Colombia, 2003). A partir de 12 años.
Los reyes del horizonte de Janine Teisson (Edelvives, España, 2003). A partir de 12 años.
El mago de Hitler de Guy Didelez y Patrick Bernauw (Edelvives, España, 2005). A partir de 12 años.
Un encuentro inesperado de Rafael Rodríguez Calcaño e ilustraciones de Marcel González (El perro y la rana, Venezuela, 2006). A partir de 9 años.
J. R. Machete de Edna Iturralde e ilustraciones de Pablo Pincay (Alfaguara, Ecuador, 2006). A partir de 9 años.

 

Relaciones amorosas en la historia

Las narraciones que se engastan en las relaciones amorosas abundan en el género novelesco. Ancladas en la novela para jóvenes, ayudan a visualizar los cambios que cada época confiere a la relación amorosa:

El armiño duerme de Xosé A. Neira Cruz (SM, España, 2003). A partir de 12 años.

 

De tolerancia y antagonismos

El ser humano parece no haber podido revertir la condena de la torre de Babel, por ello estaríamos destinados a no entendernos… Pero la literatura, ese recurso inestimable, como diría Ohram Pamuk, “nos permite ponernos en la piel de los demás, pues no es solo un ejercicio respetable sino ético”. Libros como Una pantera en el sótano, que tratan la intolerancia y los antagonismos, nos permiten comprender que los otros no están totalmente equivocados:

Una pantera en el sótano de Amos Oz (Siruela, FCE). A partir de 12 años.

 

Grandes hombres en la historia

La biografía es uno de los géneros que se vincula más estrechamente con el devenir histórico, pues relata la vida de sus protagonistas. Es, por lo tanto, un texto anclado en la historia donde la ficción solo traza una línea difusa. He aquí algunos títulos que vale la pena tener en cuenta:

Cartas a Leandro de Fanuel Hanán Díaz y Mónica Bergna e ilustraciones de Rosana Faría (Fundación Museos Nacionales, Venezuela, 2006). A partir de 9 años.
El Panteón de la Patria: calaveras de la Independencia de Eduardo Bustos e ilustraciones de Leticia Barradas (Artes de México, México, 2008). A partir de 9 años.

¿Quién es Lemony Snicket?

Sencillo: Lemony Snicket es, en verdad, Daniel Handler. Ah, ya. Y ¿quién demonios es este señor Handler? Bueno, es un escritor para niños –cuando firma Snicket– y para grandes –cuando usa el Handler– que vale la pena conocer.

Columna de Esteban Cabezas
Periodista, crítico de restaurantes y escritor
Creador de personajes como Julito Cabello y María la Dura

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Ilustración de Fabián Rivas     
www.fabianrivas.com

 

La mejor manera de introducir a este señor es preguntando por una película. Esta fue casi buena –con un tremendo CASI– y se llamó Una serie de catastróficas desdichas (o Una serie de eventos desafortunados, dependiendo del país), en la que un trío de niños, los Baudelaire, quedan huérfanos y a cargo de un siniestro tío, el conde Olaf. Como este personaje lo tuvo a su cargo el sobrio y shakesperiano actor Jim Carey, pueden imaginarse quién fue responsable de parte del CASI. El resto lo puso el director de la película, quien igual conservó el imaginativo y oscuro estilo de Lemony Snicket, autor de los catorce tomos que componen esta magnífica obra del humor más gótico imaginable.

Violet, Klaus y Sunny son los protagonistas de esta aventura de catorce tomos, de los cuales solo ocho han sido traducidos al español, publicados por Tusquets y cuyo precio no era módico. Tal vez por eso nunca ganaron su merecida popularidad. Recién con la película, editorial Montena publicó los tres primeros volúmenes en un solo tomo, a un precio razonable y colgándose del estreno cinematográfico.

En esta historia ambientada en unos singulares años treinta, los hermanos Baudelaire pierden a sus padres y quedan a cargo del albacea Mr. Poe, un hombre tan bienintencionado como ajeno a los riesgos que rodean a estos pequeños. En tanto que avanza la historia, van quedando a cargo de diversos parientes, mientras los ronda el siniestro Conde Olaf, su primo tercero sobrino cuarto, que lo único que quiere es quedarse con la fortuna de la familia. Son los inventos de Violet, la sabiduría de Klaus y la poderosa dentadura de Sunny, los que los salvan en cada nueva y siniestra aventura.

El autor, Snicket, narra con humor macabro estas situaciones, dándole un tono singular que hace muy atractiva a esta saga.

Y como Handler

Este escritor también es experto acordeonista (dato freak) y ha trabajado en guiones de cine y en otras lides literarias. Su última novela juvenil (inédita en Chile) se titula Y por eso rompimos (Alfaguara) y es un largo justificativo ilustrado (por Maira Kalman, maestra) de por qué una de las alumnas “raras” de un colegio deja de salir con uno de los deportistas populares de su escuela. Cada cierta cantidad de páginas aparece una entrada para un recital, una tapa de botella, un libro de recetas o un paraguas. Todos objetos que sirven para reconstruir la historia de un amor que parece imposible desde un comienzo, por lo distinto de ella –una fanática del cine arte antiguo–, aunque el entusiasmo de él la vaya convenciendo de la posibilidad de esta relación. Es él quien insiste en que ellos son capaces de romper con el paradigma de que nunca un cabeza de músculo puede fijarse en alguien que no sea una de las rubias populares.

El problema -y perdón por contar el final- es que un escorpión nunca dejará de serlo. Y un capitán de equipo de rugby tampoco.

Bello libro, que habrá que encargar vía Internet, al igual que su última obra traducida, ¿Quién será a estas horas? (La Galera), la primera entrega de la serie Preguntas Equivocadas. Un nuevo ejemplo del humor negrísimo de un autor al que vale la pena conocer. No para deprimirse, sino para alegrarse de leer algo tan irónico como inteligente.

 

Lemony-libros

¿Quién será a estas horas?
Autor: Lemony Snicket
Ilustraciones de Gregory Gallant
La Galera, 2013
ISBN: 9788424647810

Y por eso rompimos. Episodio 1 (E-Book)
Autor: Daniel Handler
Ilustraciones de Maira Kalman
Alfaguara España, 2013
E-ISBN: 978842041433

¿Y dónde aprendiste eso?

Columna de Gonzalo Martínez
Dibujante de cómics

Hace poco, en el marco de un seminario de incentivo lector, le preguntaron a Rodrigo Salinas, dibujante y comediante de cine y televisión, cómo había aprendido ciertos datos relativos a la historia de Chile. “En Mampato”, contestó, “toda mi generación sabe lo que sabe porque lo leyó en Mampato.

El escritor Francisco Ortega dice que de niño encontraba que la historia de Chile era muy pobre y sin gracia, pero que al leer Mampato en La Reconquista cayó en cuenta que el cruce de los Andes podía tener la misma épica, o más, que el cruce de los Alpes por Aníbal, el conquistador cartaginés, y que el amor que tiene por la historia de Chile lo descubrió y se lo debe a la revista.

Ambos se refieren no solo a las aventuras de Mampato, Ogú y Rena que todos conocemos a través de las historietas de Themo Lobos, que se siguen publicando en forma regular en nuestro país a más de 40 años de su creación, sino también a la revista Mampato. El magazine semanal infantil y juvenil dirigido por Eduardo Armstrong albergaba, aparte de las aventuras del colorín y su amigo cavernícola, una multitud de historietas de una calidad extraordinaria para la época y una gran cantidad de sesudos artículos muy bien escritos relativos a la ciencia, el arte, la tecnología, la historia y un sinfín de temas culturales. Alta cultura y cultura popular cohabitando.

¿Qué hace que una revista y una historieta hayan quedado ancladas tan fuertemente en toda una generación (o un par de generaciones, quizás)? No estoy seguro, pero puedo aventurar algunas conjeturas.

El editor, los redactores y el mismo Themo Lobos trataban a los niños como iguales, intelectualmente hablando, y nunca, nunca trataron de usar un lenguaje “juvenil”. Eran exigentes con el material que publicaban; nada de licuarles los contenidos a los niños porque son niños y no entienden. Todo lo contrario. Al día de hoy, a mis 50 años, leo esos artículos y esas historietas y aprendo, me impresiono, me emociono y me entretengo. No porque sean “entretenidas”, sino porque son interesantes. Profundamente interesantes.

No intentaban “enseñar”; lo que hacían era transmitir, comunicar. No sé si queda clara esa diferencia. Themo Lobos y el resto de la gente que publicaba en la revista hablaban de lo que sabían (resulta que eran notablemente cultos, y no necesariamente de una manera enciclopédica) y hablaban de lo que les apasionaba. Eso se nota.

Finalmente, debo mencionar ese ingrediente tan difícil de definir, tan difícil de capturar y de embotellar: la calidad. Calidad en los textos, calidad en la selección de las novelas por capítulos e historietas a publicar, calidad en los temas a tratar. Calidad en la diagramación y en las traducciones. Nunca sacrificar la excelencia por el afán de ser más popular. Si Mampato de Themo Lobos se publica sin alterar hasta el día de hoy, es debido a esa calidad.

Muchas veces los adultos que crean contenidos “para niños” caen en la condescendencia: esperan que ellos “aprendan” y trabajan en base a esa expectativa. Como niño me siento ofendido y menospreciado. Como niño, quiero que compartan conmigo, no que me “enseñen”.

Themo Lobos compartía su mundo interior con nosotros, sin importar la edad que tuviéramos. Sus personajes eran facetas de él, no constructos diseñados para transmitir conocimientos y valores. La revista Mampato y Eduardo Armstrong, su creador, pertenecen a esa misma categoría de héroes culturales. Sus creaciones eran una manera de hablar de ellos, de compartir.

De compartir, no de enseñar.

La infancia no es un período acotado de nuestra vida, es parte de nuestro proceso vital. Me pregunto si no será un error hacer literatura para niños en vez de hacer, simplemente, literatura para personas. Mampato es un buen ejemplo.

El jardín del abuelo

 
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Por Luz Yennifer Reyes

El jardín del abuelo
Autora: Lane Smith
LectoresOcéano Travesía | 2011

En esta ocasión, Lane Smith nos sorprende con un conmovedor relato que retrata el amor filial entre un nieto y su abuelo, y cómo su jardín se convierte en el lienzo perfecto para mostrar su vida y las historias surgidas alrededor de ella.
El jardín del abuelo configura una sutil pero brillante relación entre la memoria y la historia, retratando la vida del abuelo a través de una intertextualidad reflejada en hechos históricos y en acontecimientos personales.
No es fácil encontrar este tipo de libros en la oferta editorial de la LIJ, interpelando al lector adulto y extendiendo amablemente una invitación desinteresada a los primeros lectores para encontrarse con los lazos familiares, la historia y la memoria.
En cada página, Smith nos invita a recorrer un  laberinto delicadamente retratado con trazos suaves que enriquecen el texto y aportan significativamente a esta bella historia.
Nuevamente, este autor e ilustrador estadounidense nos invita a valorar lo real, lo que está más allá de la tecnología, tal como lo hizo en ¡Es un libro! (Océano Travesía). El jardín del abuelo nos regala otro guiño: “Nació hace muchos, muchos años, antes de que existieran las computadoras, los teléfonos celulares y la televisión”, como llevándonos a buscar en nuestra memoria lo realmente valioso, a indagar en ese paseo por nuestra vida, por el jardín de nuestros recuerdos.
Este libro ha recibido numerosos reconocimientos: el New York Times lo eligió el Mejor Libro Ilustrado para Niños del 2011 y fue incluido en la Lista de Honor de la Medalla Caldecott en 2012, por nombrar algunas distinciones.
Recomendado para lectores desde los 5 años de edad, motivados por compartir con sus abuelos, que vibren con los relatos de antaño y que tengan una especial sensibilidad por su entorno. Un libro honesto, con una profunda riqueza visual que habita al lector de principio a fin.

Publicado en RHUV Nº17

Niños

 
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Por María José González C.

Niños
Autora: María José Ferrada
Ilustrador: Jorge Quien
LectoresGrafito Ediciones | 2013

Cada historia mínima lleva el nombre de un niño o de una niña y da cuenta de un proyecto particular de descubrir la redondez de la tierra siguiendo el sol por la ciudad, o de agrupar nuevamente las palabras en un diccionario íntimo, o de acoger al amigo imaginario que nadie escucha, o de meter la luna en un vaso de agua, o de coleccionar sonidos en una caja de fósforos para llevarlos en el bolsillo.
Macarena tendrá tres deseos de cumpleaños. Marco hará un mar con gotas de lluvia. Jaime contará las flores que caben en una primavera.
Treinta y tres planes infantiles y poéticos de aprehender el mundo con los cinco sentidos, de clasificarlo, de reunirlo, de descubrirlo, de reinventarlo. Con palabras sencillas, imágenes cotidianas, una sensibilidad a flor de piel y una enorme capacidad de asombro, la poetisa propone la visión de una infancia con perspectiva amplia. Quizá porque es el momento de la existencia en que todas las posibilidades parecen abiertas y solo hay que decidir el sendero por el que se quiere transitar.
Sin embargo, las últimas páginas del libro revelan que los treinta y tres caminos imaginarios que habrían podido recorrer niños entre el mes de vida y los 13 años de edad quedaron inconclusos por la violencia ejercida por los adultos en esos destinos. Treinta y tres vidas de niños ejecutados y detenidos-desaparecidos durante la dictadura militar chilena entre 1973 y 1990.
Las ilustraciones de Jorge Quien, fragmentos en azules y grises, con sus trazos inacabados y sus espacios en blanco, refuerzan la revelación final que hace al lector María José Ferrada. Durante la lectura, se percibe un contrapunto entre los versos llenos de vitalidad, asombro y proyección, y las ilustraciones claras pero frías, inacabadas, fragmentadas y con un aire de pesadumbre difícil de precisar.
Niños es un homenaje valiente, sentido y respetuoso que María José Ferrada, Jorge Quien y Grafito Ediciones hacen, después de 40 años de silencio implacable, a víctimas inocentes de la dictadura: esa infancia que, incluso desde la etimología de la palabra que la nombra, no ha tenido voz para sobresalir en los informes oficiales de jóvenes y adultos ejecutados, detenidos y desaparecidos por razones políticas e ideológicas.

Publicado en RHUV Nº17

Cuando las aves dejan de migrar

Columna de Xosé Ballesteros
Editor, escritor y especialista en literatura infantil

Un día, las aves fijaron su mirada más allá de las ramas y las hojas e imaginaron una vida distinta…

Comienza la nueva estación primaveral en el hemisferio norte y con ella un gran espectáculo que está en peligro de desaparecer a causa del cambio climático: la migración de aves. A la altura del Estrecho de Gibraltar, se puede observar el viaje de millones de especies desde sus cuarteles de invierno africanos a sus hábitats europeos habituales.

Existe una preocupación generalizada en el ámbito de los ornitólogos, biólogos y naturalistas por la migración de aves entre África y Europa. Se han detectado problemas con el número de aves que regresa a sus hábitats, disminuyendo alarmantemente varias especies hasta entrar en riesgo de desaparición.

No sé si David Hernández y Julia Díaz eran conocedores de esta delicada situación cuando decidieron comenzar el álbum con el que fueron merecedores del V Premio Internacional Compostela de Álbum Ilustrado. Tampoco sé si contemplaron alguna vez las inmensas bandadas migratorias sobre el cielo mexicano. Pero sí es cierto que en algún momento de sus vidas, las aves se posaron ante sus miradas de artistas para crear su propia Bandada, una ópera prima que sorprende por su originalidad y por la honda reflexión que nos propone sobre la historia de la humanidad y el concepto de progreso.

Resuenan en Bandada los ecos de un debate filosófico que se inició en la época de la Ilustración y que se mantiene vigente a lo largo de los siglos posteriores: ¿Qué fuerza oculta impulsa a las personas en la carrera imparable hacia la modernidad a través de los sueños colectivos y los enormes desastres?

Los grandes pensadores nos han mostrado sucesivamente posibles respuestas: el positivismo de Comte, el racionalismo de Kant, la dialéctica de Hegel, el materialismo histórico de Marx, el nihilismo de Nietzsche, el evolucionismo de Spencer…

Decir que estamos viviendo en un periodo histórico de grandes cambios, de grandes descubrimientos tecnológicos, es una obviedad por sabida y repetida. El progreso es un término que da nombre a un proceso de avance continuo y unilineal, en el que las adquisiciones se acumulan y contribuyen a la mejoría –supuestamente ilimitada– de las condiciones materiales y morales del género humano.

Pero ahí siguen presentes los graves problemas que afectan a la humanidad: las hambrunas, el desequilibrio en el reparto de la riqueza, el calentamiento global, la escalada armamentista, las guerras, la violencia de género, el agotamiento de las “últimas horas de la vieja luz del sol” como escribió Thom Hartmann.

Sitúenlos en el orden que prefieran y no duden en consultar algunos libros que tratan esos temas de forma apropiada para los más jóvenes, como por ejemplo: Migrar de José Manuel Mateo y Javier Martínez Pedro (Ediciones Tecolote); El enemigo de Davide Cali y Serge Bloch (SM); Abuelas con identidad de Carla Baredes, Ileana Lotersztain y Eleonora Arroyo (Iamiqué); De noche, en la calle de Angela Lago (Ekaré); El canto de las ballenas de Dyan Sheldon y Gary Blythe (Kókinos); Corrida de Yann Fastier (L’Atelier du Poisson Soluble); El libro de los cerdos de  Anthony Browne (FCE), o La Historia de Erika de Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti (Kalandraka).

Pero hay muchos, muchísimos más, porque el álbum ilustrado es un formato muy adecuado para enunciar problemas importantes, para provocar la reflexión sobre temas esenciales condensados en menos de 40 páginas. Un atrevimiento que David y Julia han plasmado en esta audaz Bandada, en la que destacan sus ilustraciones simbólicas –todas ellas realizadas a lápiz con una técnica magistral– y un texto preciso en el que no sobra ninguna palabra. Los protagonistas son pájaros humanizados que realizan un largo recorrido por distintos estadios de progreso y decadencia, desgraciadamente familiares para cualquier persona.

Pero el final de Bandada no alienta el pesimismo: es abierto y esperanzador, como un vuelo de aves que por fin alcanzan su nido.