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Alejandra Acosta: “Los estilos son imitables, la mirada propia no”

Con una visualidad potente y personal, Alejandra Acosta ha construido un imaginario sorprendente. Tras la calurosa recepción de Del Enebro y mientras trabaja en nuevos proyectos para España, México, Argentina y Chile, conversó con Claudio Aguilera sobre su trayectoria y su obra.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

Alejandra Acosta
Fotografía de Juan Francisco Lizama

Un antiguo libro infantil. Una fotografía deslavada. Una cajita repleta de figurines minúsculos. Un adorno de bronce. Un viejo peluche de los años 80. Alejandra Acosta busca secretos tesoros en un mercado persa. Se detiene y mira con atención. Observa cada uno de sus hallazgos, tanteando trazos de su origen, inventando para aquellos pedacitos huérfanos de pasado una historia, un futuro dentro de sus obras.

“Al igual que los surrealistas, creo en el azar. Pero también creo en que hay que salir a su encuentro”, dice mientras, encarnada en algún personaje sacado de Nadja, la novela de André Breton, sigue caminando sin rumbo, pero alerta a su próximo descubrimiento. Porque aun en medio del caos de antigüedades, trastos y mercaderías dudosas, ella se mueve con seguridad y con la certeza de que, tarde o temprano, encontrará la imagen precisa para completar su próximo collage.

Tal vez siempre ha sido así para esta diseñadora e ilustradora. Responsable de uno de los libros más hermosos, terribles y conmovedores de los últimos años, Del Enebro, publicado por los españoles Jekyll & Jill, y de dar forma a la inquietante prosa de María Luisa Bombal en El Árbol (Pehuén Ediciones), ha ido construyendo una obra cada día más personal sin dejar de lado el juego ni la búsqueda de nuevas posibilidades gráficas.

El trabajo de Alejandra Acosta es como un animal invisible y sigiloso del que solo podemos ver sus huellas”, ha resumido el poeta y artista visual español Alfonso Brezmes. “Combinando el collage y el dibujo en una alianza letal cuyo resultado podría resumirse en una palabra: escalofrío”, agrega.

Ciertamente, ya sea en un afiche para un seminario sobre fomento lector, una ilustración de prensa, una portada que se publicará en México, o en algunos de sus libros para niños, ella va dejando rastros de su forma de mirar el mundo, de su relación con los textos y con el oficio de ilustrar.

 

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Como toda historia, esta historia comienza con un “había una vez”. Había una vez una niña tímida que repletaba sus cuadernos de dibujos y se perdía en viajes interminables a través de las historias ilustradas de Las mil y una noches que su abuela le pedía leer en voz alta.

Con los años, ese gusto por la imagen quedó guardado, pero nunca se esfumó. Después de estudiar diseño, colaboró en diversas revistas hasta que en el 2002 fue nominada al Premio Altazor por su trabajo como directora de arte de la revista [Lat.33]. Fue entonces que decidió dejar su carrera para aventurarse como ilustradora. “Al principio no fue fácil”, recuerda mientras hojea un viejo y anónimo álbum fotográfico. “No conocía a nadie en el mundo de la ilustración, así que comencé a pedirles trabajo a los directores de arte que habían sido mis colegas. Envié portafolios, hice horóscopos, cientos de ilustraciones para textos escolares, hasta que poco a poco me volví ilustradora”.

Más tarde vinieron las portadas para los libros de SM y, en el 2009, dos hechos fundamentales: la publicación en la Colección Barco de Vapor de Pazuca en la duna de Marcela Paz, y la Mención Honorífica en el prestigioso concurso A la orilla del viento, del Fondo de Cultura Económica, con El niño con bigote, escrito por Esteban Cabezas.

 

Sin embargo, en ese momento ya comenzaba a gestarse un nuevo cambio. Tras un taller con el artista visual Mauricio Garrido, las tijeras y el papel cortado se hicieron parte fundamental de su obra. Con el surrealista Max Ernst como figura tutelar, Alejandra Acosta descubrió en el collage una forma de trabajo que expresaba bien su relación con la materia y con la intensidad que deseaba expresar en sus ilustraciones. “Recuerdo que cuando era niña no podía evitar acercarme a las esculturas, y siempre intentaba tocar un pedacito de ropa, un tenedor, lo que fuera, en las casas museo. Quizás buscaba una conexión. Y me doy cuenta de que mi proceso de construcción de un libro está muy ligado a eso. Para mí, la creación de cada ilustración es un ritual, un momento en que te enfrentas al papel y es tu piel la que habla. Nada más”.

 

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Alejandra Acosta estaba lista para dar el siguiente paso. Pero nuevamente la oportunidad llegó por azar. Recorriendo internet, los editores españoles Jessica Aliaga y Víctor Gomollón descubrieron su trabajo y su afición por las aves, y le encargaron ilustrar uno de los relatos menos conocidos y más descarnados de los recopilados por los hermanos Grimm: Del Enebro.

Publicada bajo el sello Jekyll & Jill, la oscura y sangrienta historia se transformó, en manos de la ilustradora, y con la complicidad de sus editores, en una exquisita pieza de orfebrería que ha recibido reconocimientos a ambos lados del Atlántico y fue elegida el Libro Mejor Editado en Aragón (España) en el 2012.

“Las ilustraciones de este libro”, ha comentado el español Isidro Ferrer, Premio Nacional de Ilustración, “tienen un tono particular, un tono silencioso, misterioso, dulce y aterrador. Un tono que proviene de la renuncia, de un deseo expreso de no demostrar las habilidades del ilustrador sino de adecuar la voz gráfica a la voz de las palabras impresas”.

La publicación marcó un antes y un después en la obra de la ilustradora. No solo porque le permitió dar a conocer su trabajo fuera del país, sino también porque ha significado abordar otros textos, como El Árbol de María Luisa Bombal, una de sus autoras predilectas. Y para Alejandra Acosta, ávida lectora de poesía, admiradora de artistas como Alejandra Pizarnik o Leonora Carrington, el encuentro con la palabra del autor es siempre un desafío y una oportunidad que recibe como un regalo.

“Del texto depende todo”, explica. “Me tomo bastante tiempo para esperar que el libro me dé una pista, y a partir de ese momento me agarro de una sola palabra o una emoción para desarrollar todas las imágenes”.

¿Haces diferencias a la hora de ilustrar para niños o para adultos?

Con los libros enfocados para adultos me comprometo de una forma muy emocional, y creo que eso también está relacionado con el tipo de texto que me suele llegar, algunos muy oscuros y otros tristes. Entonces, cuando me toca trabajar en un libro para niños me permito conectarme más con las sensaciones y con la libertad. Con todos los encargos lo paso muy bien. No podría vivir sin la complejidad de un texto que me obligue a trabajar el triple o que incluso me desgaste, ni sin la alegría que significa ilustrar para niños.
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Madre de dos hijos y profesora universitaria, Alejandra Acosta divide su tiempo entre proyectos para México, España, Argentina y Chile. “Me llegan correos de editores que me dicen: tengo el libro perfecto para ti, incluye mujeres y pájaros”, comenta entre risas acerca de dos de las figuras que se repiten en su obra reciente. “Una vez incluso una colega me escribió pidiéndome disculpas por hacer un libro de pájaros. ¡Yo no soy la ilustradora de los pájaros! Me encantan, pero puede ser que mañana me ponga a dibujar ornitorrincos”.

De hecho, lejos de identificarse con un estilo definido, se da la libertad de jugar y desarrollar una visualidad propia para cada proyecto. “Mi proceso es más bien intuitivo, muy personal, y la técnica depende del estado de ánimo. Así como me gusta disfrazarme, me gusta también probar diferentes lenguajes expresivos”.

¿Crees que el estilo está sobrevalorado?

Completamente. Tener un estilo puede ser bueno, como también puede convertirse en una especie de trampa. Nunca me he fijado en la forma, sino que en el fondo. En lo que quiere decir y comunicar el ilustrador, independiente de la técnica que utilice para hacerlo. Todos los estilos son imitables, pero la mirada propia, no.

El recorrido va llegando a su fin. Es hora de regresar. Algunos de los vendedores comienzan a guardar sus reliquias. Otros se quedan cabizbajos, pensando en el día de mañana y sus oportunidades. Alejandra Acosta se marcha con su pequeño botín de tesoros a contar otras historias, a seguir inventando imágenes, alerta siempre a un nuevo hallazgo fortuito.

 

¿A qué le teme Alejandra Acosta?

Hay una sombra en la obra de Alejandra Acosta. Y tal vez ahí está uno de sus mayores atractivos. Acostumbrados a que la ilustración sea un espacio siempre luminoso y colorido, la autora deja en el lector una sensación inquietante. No se trata de terror sino de algo parecido a la melancolía que en Pazuca en la duna tiene el rostro de la soledad, en El niño con bigote se materializa en la idea de hacerse adulto, en El Árbol es un profundo abismo existencial y en Del Enebro no es otra cosa que el lado más oscuro del ser humano. “Me parece que es absolutamente inconsciente”, explica. “Pero estoy convencida también de que cada obra se compone de pequeños fragmentos de una, y en mi caso, más que hablar de miedo, hablaría de soledad, de un estado permanente de contemplación, que es lo que me identifica. Quizás por esa razón mis personajes siempre se presentan solos, perdidos, o silenciosos”, agrega sin dejar de confesar que, a pesar de ser admiradora de Edgar Allan Poe y de Angela Carter, cuyo libro La cámara sangrienta está ilustrando actualmente, les sigue temiendo a las brujas y a los lugares oscuros, como cuando era niña.

 

Conoce la obra de Alejandra Acosta

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Libros

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Del Enebro
Autores: Jacob Ludwig  y Wilhelm Karl Grimm
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Jeckyll & Jill, 2012
ISBN: 9788493895044

 

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El Árbol
Autora: María Luisa Bombal
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Pehuén, 2012
ISBN: 9789561605732

 

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Pazuca en la duna
Autora: Marcela Paz
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Ediciones SM, 2009
ISBN: 9789562646505

 

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El niño con bigote
Autor: Esteban Cabezas
Ilustraciones: Alejandra Acosta
FCE, 2010
ISBN: 9786071602633

 

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Para un ruiseñor
Autora: Maria van Rysselberghe
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Errata Naturae, 2013
ISBN: 9788415217497

Cecilia Beuchat. Lectora desde niña

Siempre he pensado que detrás de un buen lector hay adultos que mostraron el camino a la lectura. En mi caso, me convertí en lectora gracias a varias personas.

Por Cecilia Beuchat
Escritora y Profesora de Literatura Infantil

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En primer lugar, gracias a mis padres: nací y me crié entre libros. Mi papá tenía una enorme biblioteca que fue reuniendo desde joven. Autodidacta, había aprendido en los libros gran parte de lo mucho que llegó a saber. A la hora de almuerzo solía invitarnos, a mi hermana y a mí, a viajar a la India por medio de un libro, a imaginar un encuentro con un personaje histórico o a buscar en el diccionario el significado de palabras extrañas. También solía recitarnos poemas.

Entrar a su biblioteca era como ingresar a un mundo mágico. Yo tenía libertad para tocarlos, hojearlos y leerlos. Nunca me prohibió ninguno, y si notaba que todavía no eran para mí, me sugería que esperara hasta tener la edad para gozarlos realmente. Allí también había libros para niños. Recuerdo, en particular, el día en que me pasó Corazón de Edmundo de Amicis. Luego vinieron David Copperfield, La cabaña del tío Tom, y muchos otros. Como para varios de mi generación, Mujercitas fue un libro decisivo.

Mi madre, por su parte, solía leerme, en alemán, los cuentos de los hermanos Grimm. Mi favorito era El rey rana.

Para los cumpleaños y la Navidad, siempre me regalaron libros. Cuando cumplí 8 años, recibí la Colección Rapa Nui. Allí me encanté con Hernán del Solar y leí muchas veces La Porota. En otra oportunidad, recibí una colección de doce tomos con cuentos de hadas provenientes de muchas partes del mundo. Pero sin duda el descubrimiento de El tesoro de la juventud marcó un hito definitivo, al igual que la llegada infaltable, todos los jueves, de la revista El Peneca.

Siempre vi leer a mi padre. Estaba suscrito a un club de lectores y la llegada de cada paquete con un nuevo libro era un momento de gran alegría. Quizás la misma que siento actualmente cuando visito alguna librería o encargo una nueva obra. En esa época, muchos libros había que abrirlos con un abrecartas. Oigo hasta el día de hoy ese sonido, y siento el olor a papel. Mi madre leía todos los días el diario, costumbre que yo también practico.

Al mismo tiempo, varios profesores que tuve en el colegio despertaron en mí el gusto por la literatura. Gracias a ellos, conocí a los clásicos. Además, durante mis estudios en la universidad, tuve el privilegio de tener a grandes maestros, expertos en el tema. Creo firmemente que todos ellos no solo influyeron en el desarrollo de mi gusto por leer, sino también en mi decisión de ser profesora y enseñar literatura.

Finalmente, en esto también desempeñó un papel importante la bibliotecaria de la biblioteca de nuestra comuna. Con gran paciencia, ella buscaba lo que yo podía leer. El día en que me anunció que ya podía sacar “libros para grandes” fue inolvidable.

He leído toda mi vida. Confieso que soy una lectora empedernida. Leer es para mí como respirar. Me encanta sumergirme en una buena novela, o en un libro de poesía, y olvidarme del mundo. Me apasiona estar horas leyendo alguna obra que guarde relación con mi quehacer profesional. Cuando no leo, es como si estuviera mal de salud. Y ese gusto por leer no solo lo siento mío, sino como algo que me gusta transmitir a los demás en especial, a los niños y a los profesores.

El Salgari gráfico: Corto Maltés

Papás y bibliotecarias de colegio: si invierten en la compra de algún libro de este personaje, no se arrepentirán. Eso sí, no busquen en librerías, porque el hábitat de Corto Maltés son las tiendas dedicadas al cómic. Y sí, igual es lectura.

Columna de Esteban Cabezas
Periodista, crítico de restaurantes y escritor
Creador de personajes como Julito Cabello y María la Dura

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Ilustración de Fabián Rivas / www.fabianrivas.com

A ver: cuando a algunos nostálgicos de la letra aventurera se les consulta por sus clásicos, saltan de inmediato Emilio Salgari y Julio Verne. Incombustibles ambos, resisten hasta hoy con nobleza el paso del tiempo. Está bien, pero no hay que olvidar que también existen relevos. Y hay uno, en formato de novela gráfica, que puede crear lealtades nuevas. Ese es Corto Maltés.

Nacido de una bellísima gitana de Gibraltar, es un hombre guapo, de aro en la oreja, permanente cigarrillo encendido, vestido de uniforme y gorra de marino, tripulante de un barco inexistente. Porque Corto Maltés es un aventurero, un cínico, un libertario que se ve envuelto en todo tipo de disputas de poder desde los albores del siglo XX. En medio de guerras, búsquedas de tesoros y –en especial– empujando causas perdidas, aparece este sujeto inasible que logra zafar con vida y con su honor relativamente intacto, mientras evita a enigmáticas mujeres y también a su némesis, el demente, y aun así querible, Rasputín.

El inventor de semejante personaje fue Hugo Pratt, creador italiano que también fue colaborador en historietas de aventuras como Ticonderoga, Ernie Pike y Sargento Kirk, en los años cincuenta, en Argentina. Luego volvería a Italia, donde comienza a aparecer la historieta de Corto Maltés en 1967. Esta fue un éxito inmediato, desde su primera historia larga, La Balada del Mar Salado.

En ella encontramos a este héroe, algo cínico, pero héroe al fin y al cabo, alojando en la pensión de madame Java, en la Guyana Holandesa. Allí conoce a un viejo alcoholizado, Jeremías Steiner, quien fue antaño catedrático de la Universidad de Praga, cercano de Nietstzche, Freud y amigo de Kafka en su juventud. Pero, además de ser parte de la gran historia, Steiner es experto en civilizaciones desaparecidas. un tema que es parte constitutiva de la agenda de Corto.

Desde ese debut siguieron tramas ambientadas en África, Siberia, Samarcanda y en el propio Buenos Aires. Siempre con escenarios bélicos como fondo de las tramas, pero además con algunas búsquedas míticas de tesoros que se incorporaban –irremediablemente– en cada volumen de sus historietas.

El estilo visual de Pratt fue el pincel y la tinta, lo que podría parecer muy despojado, pero gracias a sus sesudas investigaciones históricas la complejidad entraba por otra puerta, la del argumento. El semiólogo Umberto Eco fue un fan de su trabajo, por la carga de información y sentimiento que se combinaban en cada uno de sus trabajos. Y era que no, porque cada misión de Corto exige inteligencia de sus lectores.

“Porque no se trata de adrenalina pura. Se trata de adrenalina con cerebro”.

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Corto Maltés. La juventud
Autor: Hugo Pratt
Norma Editorial
ISBN: 8496325598

Corto Maltés: Las Célticas
Autor: Hugo Pratt
Norma Editorial
ISBN: 9788498477870

Corto Maltés. La balada del Mar Salado (Ed. Lujo)
Autor: Hugo Pratt
Norma Editorial
ISBN: 978849847088

Dos mujeres a las que dibujar hace felices

Marcela Trujillo, que acaba de lanzar su nuevo libro Maliki en tinta china (Ocho Libros), dejó por un momento los pinceles de lado y se convirtió en reportera para JIL. Aquí, su entrevista a Francisca Meneses y Sol Díaz, y los geniales retratos que surgieron de la experiencia.

Columna de Marcela Trujillo
Pintora y dibujante de cómics

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Ilustraciones de Marcela Trujillo / www.tallerdemaliki.cl

A Francisca Meneses, conocida también como Frannerd, desde chica que le encanta dibujar. Un día le preguntó a su hermana si existía alguna profesión donde pudiera hacer monos todo el tiempo y ser feliz.

“Sí, hay una que se llama diseño; en esa te pagan por dibujar”, fue la respuesta que recibió.

Su pasión por el dibujo la terminó de hechizar cuando descubrió a Sailor Moon: desde ese día solo pintó niñas ojudas con largas piernas, botas y pelos frondosos, hasta que un profesor le aconsejó olvidarse del manga si quería convertirse en ilustradora profesional. Fran, como buena “nerd”, es obediente, y le hizo caso: achicó los ojos, cambió minifaldas por pantalones e investigó las últimas tendencias en ilustración en la biblioteca de su universidad, la UDP.

Cuando hizo la práctica en un diario, en vez de diagramar contenidos les ofreció ilustrarlos. Su fresco y juguetón estilo, aún con genes japoneses pero con renovados hábitos personales, fascinó al equipo del diario y le permitió inaugurar su carrera de ilustradora, exactamente como se la imaginó de pequeña. Ese día nació Frannerd.

Hace 3 años comenzó a publicar en su blog (www. frannerd.cl) sus ilustraciones comerciales y luego, cómics de su vida: unas páginas escritas y dibujadas donde narra detalles de una rutina femenina, tranquila, austera y vegana, salpicada de un humor exquisito y tímido, mezcla de ternura y desparpajo, de inocencia y sabiduría. Sabiduría de quien sabe qué la hace feliz: su marido, sus gatos y sus dibujos. Los posteos dibujados de su blog son una mezcla de diario íntimo (13 cosas que no muchos saben de mí, donde se confiesa garabatera), de guía profesional (Mini guía del ilustrador, donde aconseja amar lo que haces), de tips para una vida sana y sencilla (Cómo ser un buen pobre, donde agradece una infancia modesta y aconseja no comprar lo que no necesitas) y de listas bizarras (Mis peticiones al morir, donde le da permiso a su marido a olvidarla con una rubia pechugona).

Cuando le comento que esos títulos me causan gracia, Fran responde: “Es que mi vida es muy poco interesante, tengo que inventar temas”. Pero Fran le baja el perfil a su guión. A fines del año pasado se casó y durante la luna de miel dibujó un diario de viaje maravilloso (lo pude ver en su estado de boceto) que publicará el 2014. Hace pocos meses, Grafito Ediciones publicó su primer libro ilustrado, El niño que quería ser gato, escrito por Carolina Castro (otra amante de los felinos potones, como ella).

En la actualidad, la vida de Francisca Meneses es cada vez menos “nerd” y más Fran. Ad portas de mudarse a vivir a Alemania junto a Ed, su marido dramaturgo que acaba de ganarse una beca para estudiar en Colonia, Francisca está nerviosa de comenzar una nueva etapa en su vida, aunque dichosa, porque las tres fuentes de su felicidad se van con ella.

Sol Díaz: ¿rubia, lampiña y millonaria?

Con la Sol tenemos dos experiencias infantiles en común: a las dos nos hacía feliz dibujar y las dos nos hacíamos pipí en la cama. A diferencia de Frannerd, que está comenzando su carrera en los cómics, Sol tiene una decena de libros publicados, entre cuentos ilustrados infantiles y cómics para todo público.

Cuando le pregunto si dibujaba mucho de pequeña, llega al living de su casa con un cerro de croqueras de hojas amarillentas llenas de dibujos e historietas que hacía desde la preadolescencia, con personajes y varias páginas de extensión. Sus referentes eran monitos animados de la época, como Hey Arnold o Daria. No conocía el mundo de los cómics pero le entretenía dibujar más que ninguna otra cosa. “Yo creo que dibujaba lo que quería hacer en esa época, que era tener aventuras con mis amigos”, dice Sol hojeando las croqueras con asombro porque no las abría hacía años.

Hasta que un día dibujó, escribió y diseñó una serie de 14 libros de cuentos ilustrados protagonizados por infantes conflictivos para su tesis de grado de diseñadora gráfica en la U. de Chile. Entre esos libros estaban La niña que se meaba en la cama, La niña Fea y La niña chancha, las semillas de su creación más adorablemente repugnante: Bicharracas. “¿Quién no se ha sentido un Outsider alguna vez en la vida?, ¿qué mujer no se ha sentido fea, negra o peluda, Maliki?”, me pregunta la Sol mientras por Twitter un seguidor la psicopatea porque encuentra que su cómic es “racista”. Quizás piensa que la Sol es una rubia lampiña millonaria que dibuja de aburrida. Quizás debiera leer Las mujeres elegantes, donde el estereotipo de mujer ideal no nos deja claro si anhelar la perfección es mejor que aceptar ser humanas. Lo mejor es que lea Sinnada, el personaje que representa el alma de su creadora: un niñito pilucho y hippie que brinca feliz por los prados sin preocupaciones mundanas. O La hoja naranja, una guía imprescindible para las adolescentes en busca de su identidad.

Pero cuando salga el próximo libro de Sol, Cómo ser una mujer elegante y de buena familia, editado por Ril Editores, quizás ese mismo twittero la acuse de “antinatura”, cuando vea lo mucho que la aterra convertirse en madre y cómo su imaginación desarma las fantasías de la mujer-útero que sueña con reproducirse. En unos más, en otros menos, en todos sus personajes hay un poco de ella.
Con Frannerd, Sol tiene varias cosas en común: también la hace feliz dibujar, también está nerviosa por sus próximos viajes y las dos son secas para el garabato. “¿Sabís que más, Maliki?”, me dice la Sol cerrando sus invaluables croqueras, “¡a la mierda con el psicópata!”.

“¡Jua, jua, jua!”, le respondo. A fin de cuentas, ser feliz no cuesta tanto.

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Temores en la infancia y la responsabilidad parental

Claudia Andrea Cerfogli F.
Psicóloga clínica y supervisora acreditada
Terapeuta familiar
Docente Pontificia Universidad Católica de Chile

Los adultos estamos llamados a dar a los niños y niñas un ambiente de seguridad, afecto y estimulación. Es en ese contexto que el niño puede ir explorando y probándose de acuerdo a sus capacidades, que se van enriqueciendo en las distintas etapas de su desarrollo. En este proceso el miedo tiene un carácter positivo de adaptación propia a circunstancias desconocidas y, por tanto, potencialmente amenazantes.

En los niños estos miedos se van experimentando principalmente de acuerdo a su etapa evolutiva y a sus circunstancias vitales. Es de esta manera que el temor se instala como experiencia desde que el niño nace, con su miedo a los estímulos intensos. En torno a los seis meses comienza a temerle a lo desconocido, por la capacidad consolidada de reconocer lo familiar de lo no familiar. En los primeros años, seguirá con miedo a lo desconocido y a lo que sensorialmente le parezca inusual e intenso: ruidos, ojos grandes de los muñecos, payasos, entre otros. En la etapa preescolar, gracias a la emergencia de la imaginación y la fantasía, aparecerán los monstruos y miles de figuras fantásticas posibles. Los objetos también podrán ser fuente de temor al moverse y cobrar vida, cual película Fantasía de Disney. En los escolares, gracias a la irrupción del pensamiento lógico, este tipo de miedos disminuirá, pero surgirá el temor a eventos posibles y reales, como son los ladrones, la muerte de alguno de los padres o las enfermedades.

Los adultos podemos ayudar y acompañar a los niños en este proceso de vérselas con lo temido conteniendo las vivencias más extremas. ¿Cuándo estar alerta? Cuando el miedo se vuelve una constante que interfiere en el devenir adecuado del niño en otras áreas. Por ejemplo, cuando es incapaz de ir a un cumpleaños por la posibilidad de encontrarse con algo temido, cuando no puede separarse de sus figuras de apego porque se siente amenazado, cuando mantiene pesadillas recurrentes o deja de socializar y disfrutar. En estos casos, es importante dilucidar qué necesidades especiales tiene ese niño para facilitarle un mejor bienestar.

En casos más usuales, el acompañamiento de estos temores infantiles debe ser constante y sutil. Hay que estar atento, pero permitirle al niño resolver su miedo con sus propias herramientas. Ante una pesadilla, un pequeño necesita consuelo y una mirada tranquilizadora; ante el temor a un animal, necesita sentir resguardo y experimentar un acercamiento progresivo a ese animal sin presión, sin que se instale el rótulo de que “él le teme a…”.

Los cuentos sirven como una estrategia indirecta para poder lidiar con las ansiedades infantiles. La mayoría tiene implícito un conflicto propio de esta etapa y será la sabiduría del niño la que tomará lo que necesita de él. Es importante que el adulto no lo interprete, solo le permita al pequeño usarlo para su propio alivio y goce.

Narrar alguna estrategia que a nosotros mismos nos impulsaba a enfrentar el miedo también puede ayudarles, pero es importante permitir que el niño busque su propia estrategia, alentándolo a probar distintas opciones.

También es fundamental el tratamiento de la información que llega a manos de los menores en sus distintas edades. En los más pequeños y preescolares es aconsejable filtrar la información negativa y catastrófica del entorno, ya que no cuentan con la capacidad cognitiva ni emocional para procesar los accidentes de tránsito, la caída de un avión, el asalto de un banco. Más bien, si se saturan de este tipo de información favoreceremos una mirada ansiosa sobre su entorno. Con escolares, es importante mostrarse atento a sus necesidades y evitar la sobreexposición a estímulos adversos como son los medios informativos que se centran en eventos negativos. Internet también es una fuente de estímulos amenazantes para los niños que están transitando entre lo fantasioso y lo real. Debemos procurar supervisar todos estos medios, de modo tal que los niños vayan teniendo una exposición acorde a sus capacidades de discriminar y contener las experiencias. Cada niño es diferente y son los adultos quienes deben estar atentos a sus necesidades.

El reto de editar para niños

Columna de Xosé Ballesteros
Editor de Kalandraka
Escritor y especialista en literatura infantil

Durante la celebración de la última edición de Liber que tuvo lugar en Madrid, la Ministra de Cultura de Colombia, Mariana Garcés, presentó el proyecto Leer es mi cuento, un programa gubernamental que tiene como objetivo dotar de material bibliográfico a las bibliotecas escolares de su país. Colombia forma parte de ese grupo de países latinoamericanos entre los que figuran México, Argentina, Chile, Brasil y Perú, entre otros, que destinan año tras año importantes cantidades para que sus ciudadanos más jóvenes tengan acceso a la lectura en establecimientos públicos.

En un momento de su intervención, la ministra enfatizó: “Deseamos que la lectura ayude a que los lectores más jóvenes puedan llegar a ser ciudadanos críticos, libres y no meros ciudadanos consumistas”.

Han leído bien: ciudadanos críticos, es decir, con capacidad para razonar por sí mismos y establecer juicios de valor autónomos. Ese deseo en positivo de Mariana Garcés, que cualquier persona bienintencionada asume, me recordó los postulados de Gianni Rodari, explícitos en su imprescindible Gramática de la fantasía: “Todos los usos de la palabra para todos me parece una buena frase, con un buen tono democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

Y pensar en Rodari me recordó asimismo el reto que tenemos los que desarrollamos nuestra profesión en el ámbito de la LIJ, puesto que lo que las editoriales publicamos ahora es lo que estamos ofreciendo a los ciudadanos del mañana: ¡estamos construyendo la memoria del futuro! De ahí la gran responsabilidad de los editores a la hora de elegir qué publicar y la de los comités de lectura a la hora de elegir qué seleccionar. Pero es muy difícil hacer frente a la banalidad, al consumismo, a la literatura-basura.

André Schiffrin, en La edición sin editores, ya explicaba bajo qué parámetros se edita hoy mayoritariamente en el mundo (también para los más jóvenes): la literatura se ha convertido en un producto más de consumo, de usar y tirar. Ante esta realidad, está circulando por la red un Manifiesto en favor de la educación ética y estética para niños y jóvenes, que promueve Tantágora (www.tantagora.net) desde Catalunya (España).

Un documento que dice, entre otras cosas:

“…desde hace tiempo, constatamos una progresiva banalización de los productos culturales que se ofrecen a las nuevas generaciones y que empobrecen paulatinamente sus valores éticos y estéticos en nuestro país. Corremos el peligro de reproducir una sociedad con más educación formal pero más pobre culturalmente…“

He ahí el dilema: ciudadanos críticos o simples consumidores. Lecturas (además) educativas o propuestas banales. ¡Y pensar que hay quien cree que publicar para niños es un juego de niños! Que cualquier cosa ocurrente, ingeniosa o con mucho colorido ya puede ser un libro para niños.

Nada nuevo bajo el sol. Hace muchos años, en 1958, el pedagogo italiano Giovanni Calò escribió en el prólogo del Avviamento crítico alla letteratura giovanile de Enzo Petrini: “De acuerdo con la evolución de toda la experiencia y de toda la crítica moderna acerca de la literatura para la infancia, el libro para niños y adolescentes debe ser sustancialmente obra de arte…”.

Quizás publicar obras de arte no sea más que un ideal que pocas veces se consigue alcanzar. Me conformaría con que toda obra que se publique para nuestros infantes y jóvenes cumpla con uno de estos requisitos: que emocione, que divierta o que aporte una nueva visión a un tema que haya sido tratado anteriormente pero, en cualquier caso, como desea la ministra Mariana Garcés: “Que la lectura ayude a que los lectores más jóvenes puedan llegar a ser ciudadanos críticos, libres y no meros ciudadanos consumistas”.

Luis María Pescetti: “Para mí el humor es algo inevitable”

De paso por Santiago, el reconocido escritor y músico argentino conversó con RHUV sobre sus múltiples facetas creativas y su irrefrenable facilidad para hacer reír a grandes y chicos.

Por Bernardita Cruz M.
Editora Revista HUV

LUIS-PASCETTI

Foto: Sebastián Gringauz

La mamá de Jorge tiene que salir y su papá aprovecha de contarle un cuento antes de la comida. Sentados frente a frente, el padre comienza su relato de Caperucita roja, una versión muy tradicional de la historia, pero que en la imaginación del niño cobra tintes inusuales: Jorge supone que Caperucita en vez de una canasta lleva pizza a su abuelita, que vuela con su capa colorada y que es rescatada por un leñador- superhéroe muy parecido a su papá-. Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge) es buen ejemplo de cómo su autor, el argentino Luis María Pescetti, ha hecho del humor ingenioso e irreverente un sello.

Actor, comediante para adultos y niños, exhombre de radio, compositor, músico y escritor de más de una veintena de libros, ha recibido numerosos reconocimientos a lo largo de su carrera, entre los que se cuentan un Grammy Latino (EE.UU, 2010), el Premio Gardel (Argentina, 2009), tres distinciones en The White Ravens (Alemania, en 1998, 2001 y 2005) y el Premio Pregonero Radial 2005 (Fundación El Libro, Argentina), entre otros.

Frente a la multiplicidad de sus facetas creativas, resulta inevitable preguntar en qué faceta se siente más cómodo. “Todas son muy distintas: cuando escribís estás solo en tu casa y te hace falta cada cierto tiempo una salida, y cuando estás actuando o estás de gira, te hace falta aterrizar también. o sea, las dos cosas son necesarias.”

¿Qué es lo que más te gusta de tu profesión?

Las respuestas de los chicos y de sus papás cuando termina el show, cuando se cierra el libro, cuando se apaga el CD… Lo que ocurre después en la familia. Me divierto como un mono durante el espectáculo, pero lo que más me conmueve es lo que pasa cuando yo no estoy.

¿Y hay algo que no te guste?

Me irrita, como a cualquiera que quiere mucho su oficio, cuando se dan condiciones malas para trabajar.

Viajas mucho también…

Cuando me preguntan “¿te gusta viajar?”, respondo “me gusta llegar”. Ahora mismo, para venir a Chile, me pasé más tiempo en los aeropuertos que en el avión; una lata.

Hace justo una década decías en una entrevista que todo lo que se hacía en relación a los niños tenía una lógica “almidonada”. ¿Sigues pensando igual o crees que ha habido un cambio en la literatura infantil?

Sí, ya hubo muchos cambios, muchos. Me parece que hoy la producción infantil tiende a acercarse mucho más a los niños reales y a sus experiencias de vida. Creo que dentro de todas las expresiones de entretenimiento o cultura para niños, la que más cerca está de ellos es la literatura.

¿En qué observas esos cambios?

En los temas que se abordan. La mala literatura, así como cualquier producción artística mala, es como si llegaran a tu barrio con una caja diciendo “venimos a hacer esta donación”. Y uno diría, “¿y a ti quién te ha dicho qué necesito yo?”. La buena literatura es ir primero a ver cómo están, si tienen alguna necesidad y luego llegar con la caja apropiada. Creo que lo que cambió, y lo que está cambiando más, es que hay más oído a lo que los niños quieren que hacia lo que queremos transmitirles nosotros.

¿Qué autores de esta nueva generación consideras indispensables?

De los nuevos-nuevos no conozco mucho, pero me parece que Isol aborda temas cercanos y los cuenta con mucha libertad.

También has dicho que el lenguaje es un juguete. ¿A qué te refieres con eso?

Se puede hacer con él lo que se puede hacer con los juguetes: ensayar para hacer cosas en serio y también nada más entretenerte; si se rompe sin querer, no pasa nada, se pega. Se dijo demasiado que “hay que jugar con el lenguaje” y eso para los chicos es un poco vago. Si en cambio les decimos “chicos, tomen las palabras de esta página y hagan con ellas lo que harían con un juguete” resulta mucho más tangible.

El humor está muy presente en tu obra. ¿Qué es el humor para ti?

Algo que es inevitable, que me surge naturalmente. Desde chico me gusta hacer chistes. Además, el humor es un sanísimo ejercicio de eficacia en el lenguaje: cuando decís algo que es gracioso produce gracia o no, pero no hay otra oportunidad. Si lo explicas puede que te entiendan, pero ya no causó gracia.

Los diálogos son muy importantes en tus libros, incluso hay historias que son solo un gran diálogo. ¿Tienes una predilección por ellos?

Sí, me gusta mucho escribirlos. Hay momentos en que siento que solo estoy transcribiendo un diálogo que de verdad existe. Realmente pasa eso de que los personajes cobran vida, de que son seres conocidos que, puestos en una u otra ocasión, hablan.

Cartas al rey de la Cabina, Frin y Natacha, tres libros que están disponibles en librerías chilenas, tienen estilos muy diferentes: uno es más poético, otro más dramático y otro derechamente divertido. ¿Te sientes más a gusto con alguno de esos estilos?

No. Poder pasar de uno a otro es muy sano; no quedarte encasillado. Por ahí Natacha me fluye y ante cualquier situación me puedo imaginar cómo reaccionaría ella, qué diría, y eso da pie para un cuento. Pero para mí es muy sano no quedarme solo en Natacha.

Frin nació de un programa de radio. ¿Cómo se gestó?

Yo leía cuentos en la radio y un día no encontré qué libro leer. Entonces pensé que quizás yo mismo podía escribir una historia y surgió la primera frase: “Odiaba el deporte. Esas estúpidas clases de educación física”. Me gustó, y cuando la desarrollé descubrí que no era un cuento, que ahí había algo que debía ser continuado. Fue una lectura continua durante 7 meses y resultó muy grato leerlo en la radio. No me lo esperaba.

Y te exigía estar todo el tiempo escribiendo…

No era que me exigía, yo no veía la hora de que llegara el domingo para poder leerlo. Es como cuando tenés un buen chiste y no ves la hora de llegar a la casa para contárselo a tus padres.

Natacha es protagonista de muchas de tus historias. ¿Te inspiraste en alguien conocido para crearla?

Natacha fue más que una niña, pero el nombre y la niña existieron en una alumna mía de segundo grado muy discreta, muy simpática, y a la vez delicada. Pero después fueron recayendo en ese personaje imaginario anécdotas de hijas de amigos y ese tipo de cosas.

A Chile acaba de llegar Nuestro Planeta, Natacha. Preséntanos el libro…

Les proponen a los chicos una tarea sobre el planeta y ellos tratan de sacársela de encima de la manera más trucha posible. Para colmo, la maestra, que es muy creativa, decide hacerlos trabajar con otro grado de otra escuela, y ellos protestan. Son chicos, todo es resistencia y flojera. Entonces, por una parte trata de cómo estas maestras se las arreglan para que estos chicos presenten un panorama de ideas muy variadas sobre acciones con el planeta, y por otra, a otro nivel, el libro es un ensayo sobre la eficacia y la comunicación con los niños.

El terror es uno de los pocos temas que nunca has tratado en tu literatura. ¿No te atrae?

En las canciones sí lo trato, aunque lo abordo desde una perspectiva humorística. El miedo es algo que forma parte de la vida; siempre hay situaciones en las que tenemos miedo. Pero la palabra “terror” para mí suena como algo más freak, como de película norteamericana. Entonces ahí no me lo planteo tanto.

¿Y es un género que te guste leer?
No, para nada; es como fomentarse el miedo a uno mismo. Yo entiendo que hay personas a las que les atrae eso, pero yo tiendo a expresiones más vitales.

 

Extracto*

Había una ves con zeta tres serditos con ce que bibían con ve muy serca con ce uno del hotro sin hache. El priméro sin acento tenia con acento su caza con ese echa con hache de paga con jota. El segúndo también sin acento la abía con hache hecho de madera falta una coma o punto seguido Y el tersero con ce la abia le falta la hache y el acento hecho de ladriyos con elle. Adibinen con ve, cuando bino también con ve el lobo feros con zeta: cuál falta signo de pregunta de todos se salbó con ve? El de la casa de ladriyos con elle, porque hera sin hache la mas falta acento recistente con ese. Moralega con jota ahí pueden ir dos puntos si uno es trabagador con jota y se esfuersa con zeta la bida con ve lo recompenzará con ese con creses con ce.

*Pasaje de Nadie te creería (P. 10) de Luis María Pescetti. Alfaguara Infantil. Copyright Ediciones Santillana S.A.

Caperucita Roja
(Tal como se lo contaron a Jorge)
Autor: Luis María Pescetti
Ilustraciones: o’Kif
Alfaguara Infantil, 2008
ISBN: 9789562395779

Frin
Autor:
Luis María Pescetti
Ilustraciones: o’Kif
Alfaguara Infantil, 2000
ISBN: 9789562391948

Lejos de Frin
Autor:
Luis María Pescetti
Alfaguara Juvenil, 2006
ISBN: 9789562395588

El pulpo está crudo
Autor:
Luis María Pescetti
Ilustraciones: o’Kif
Alfaguara Infantil (Argentina), 1999
ISBN: 9789870400714

Cartas al rey de la Cabina
Autor:
Luis María Pescetti
Fondo de Cultura Económica, 2010
ISBN: 9786071602404

Natacha
Autor:
Luis María Pescetti
Ilustraciones: Pablo Fernández
Alfaguara Infantil, 1998
ISBN: 9789562396578

Nadie te creería
Autor: Luis María Pescetti
Ilustraciones: o’Kif
Alfaguara Infantil (Argentina), 2004
ISBN: 9789870402121

Nuestro planeta, Natacha
Autor: Luis María Pescetti
Ilustraciones: Pablo Fernández
Alfaguara Infantil, 2013
ISBN: 9789561522732

Cuentos de terror del Barco Negro

 
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Por María José González C.

Cuentos de terror del Barco Negro
Autor: Chris Priestley
Ilustrador:David Roberts
Lectores avanzadosEditorial Norma | 2010

La Vieja Posada, ubicada en la cima de un acantilado de la costa de Cornualles, es el escenario donde transcurren los relatos de gente de mar que Thackeray cuenta a Ethan y Cathy, mientras amaina la tormenta que lo obliga a buscar refugio en el hotel.
Los niños, gravemente enfermos, están solos y esperan al padre que ha salido en busca del médico del pueblo. Acostumbrados a escuchar las conversaciones de los pasajeros, Ethan y Cathy acogen entusiasmados las narraciones del recién llegado: “Por atemorizantes que fueran, las historias eran tan familiares y nos consolaban tanto como lo hubieran hecho las rimas de una nana para cualquier otro niño; a ellas acudíamos con la esperanza de que nos alejaran de nuestras penas y preocupaciones presentes”, afirma Ethan, el narrador.
Los cuentos de Thackeray les permiten descubrir que lo terrorífico también se encuentra en alta mar, encarnado en personajes como una bella inmigrante, un niño náufrago de risa demoníaca, unos gemelos contrabandistas, o en animales inofensivos como un caracol, un gato negro o un mono.
Chris Priestley y sus libros (Cuentos de terror del Barco Negro, Cuentos de terror de mi tío y Cuentos de terror de la boca del túnel) constituyen una auténtica revelación. Inserto en la mejor tradición de autores anglosajones de terror como Lovecraft, Blackwood, Poe o Saki, deleita con una lectura apasionante para niños, jóvenes y adultos.
Su estructura es original: se trata de una novela cuyos capítulos son a la vez relatos independientes, resaltando la importancia de la narración oral y de la experiencia vívida de los marinos. Situada en un tiempo indeterminado, tiene como espacio físico el mar en todos sus estados –desde la arrasadora tormenta hasta la exasperante quietud de un día sin viento-; los protagonistas son siempre niños o jóvenes adolescentes enfrentados a situaciones pavorosas. Las descripciones son precisas, y acompañadas de las elocuentes ilustraciones de David Roberts, permiten recrear los ambientes misteriosos y sanguinarios de las historias. Los acontecimientos no son previsibles y concluyen recurrentemente en finales abiertos y espeluznantes.

Publicado en RHUV Nº15

María de la Luz Uribe. En poco más de 600 palabras

Acogiendo una petición de la Revista Había una Vez, Fernanda, hija de María de la Luz Uribe y Fernando Krahn, hace un emotivo recuerdo de su madre, un “pequeño mosaico” de piezas inolvidables.

Por Fernanda Krahn Uribe

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Fotos: gentileza familia Krahn Uribe

Cuando me comprometí a escribir en seiscientas palabras algo sobre mi madre, no sabía que me iba a resultar tan difícil poner en orden todas las pequeñas piezas de un mosaico que, para mí, cada vez se ha ido alejando más del lenguaje.

Hubo un tiempo, eso sí, en el que mi relato personal sobre ella se basaba más en definiciones. Cuando se realizó el documental Aunque no sea cierto, me sentía capaz de hablar del descubrimiento de los poemas inéditos de María de la Luz Uribe, me atrevía a especular sobre qué podía haberla llevado a guardar celosamente su actividad como poeta, más allá de su figura pública como autora de libros para niños, profesora de teatro, ensayista y madre. Porque tras esos roles se escondía una mujer profundamente letraherida, que escribió a diario unos sonetos muy íntimos y al mismo tiempo muy universales. Una especie de decisión blanca de piel para adentro, por darle el nombre del retiro de su admirada Emily Dickinson.

Así pues, durante el rodaje del documental sobre mi madre, me interné junto a mis dos hermanos en el mundo de sus escritos, tratando de hallar un hilo conductor entre la niña que se divertía disfrazándose, hurgando en los baúles de sus queridas tías solteras; la mujer joven de activa vida social que logró reconocimiento con sus ensayos sobre la Comedia del Arte, o sobre Cesare Pavese; la autora de libros infantiles en verso y en prosa junto a su marido Fernando Krahn (historias caracterizadas por su sutil sentido del humor); la mamá haciendo pancito amasado en la cocina, pasando por la adolescente atormentada y tendiente al aislamiento, que a los quince años escribía versos como este:

Dudo si es sensible o fría consistencia Esta que me forma (sin saber qué formará) Luciendo una niñez quizás ya muerta, Abriendo paso a la naciente adolescencia Que también, algún día, morirá. Usurpará al señor un alma eterna. Zozobrará en la noche inmortal.

La muerte de nuestro padre, Fernando Krahn, en 2010, nos llevó a mis hermanos y a mí a una inquietante sensación de orfandad total. Era una pareja simbiótica, tanto en lo profesional como en lo personal. Habían creado para nosotros una burbuja de paz y de armonía en la que se propiciaban siempre el juego y la creatividad. El hogar acogedor cuya primera columna, nuestra madre, se había hecho añicos en 1994, parecía terminar de derrumbarse con la abrupta partida de nuestro padre. Aunque ya fuéramos adultos.

En la búsqueda de una nueva forma de relacionarnos entre nosotros, y de entender a las personas que nos habían dado la vida, nos hallábamos los tres cuando se rodó el documental. Y buscábamos palabras para definirlos. Llamé pudor al impulso de mi madre por esconder su poesía más íntima. Lo atribuí al hecho de ser la hermana del poeta Armando Uribe, a haber estado muy vinculada a Pablo Neruda, con quien cooperó en la traducción de Romeo y Julieta, y quien luego admitió su desilusión al verla convertida en una feliz esposa y madre, cuando se esperaba otra cosa de ella.

Me acerqué a Lucita, la bebé que pasó muchas horas solita en su cuna bajo un árbol, cuidada por otras personas porque su madre, tras dar a luz, enfermó gravemente de tuberculosis. Pensé en ese personajillo insidioso, La Culpa, atascada en las mazmorras de su inconsciente; establecí paralelismos entre ese exilio de cuna en la primerísima infancia y su permanente estado de exilio vital. La añoranza de Chile que la mordía con tal furor, que nuestra mamá, tan acogedora, cercana, ingeniosa y entretenida, era abducida por una oscuridad desconcertante, estados que aunque fueran breves no nos pasaban desapercibidos a nosotros, sus tres hijos. Como por arte de magia, de pronto volvía a ser la de antes y podía aparecer a la hora de la cena con un papelito en el que había escrito un nuevo verso para el libro para niños que estuviera preparando en ese momento. Versos como estos:

(…)
Y tienen tres hijos,
un gato, un cobijo,
juntos hacen libros,
salen a pasear.
Ríen de lo cómico,
y de lo ridículo,
pero son armónicos,
rítmicos y líricos.

RECORDANDOA

Estos versos forman parte de una pequeña introducción biográfica en el libro infantil Las cosas del salón, ilustrado por mi padre. La autora de más de treinta libros infantiles junto a su esposo, hablaba así de su relación con él, deleitándose con las esdrújulas. Pero también escribía, en sus cuadernos privados, sonetos como este, en el que claramente habla de ella y de Fernando:

Es raro estar de pronto ante la puerta que no puedo cerrar, ni abrir consigo. Y no estar sola, sino estar contigo sin saber si detrás hay hueco o huerta.

Y si lográramos dejarla abierta y salir los dos juntos, amor mío, ¿Pasearíamos en busca de racimos o sería caída ya sin vuelta?

Pero eso no es posible. Y así estamos ante la puerta inmóviles, cogidos por un extraño imán que ignoramos.

Y que puede de pronto interrumpirnos y tras y ante la puerta separarnos sin ninguna razón, ningún sentido.

Sabíamos que sus encierros en su escritorio, tras la cortina de humo de sus innumerables cigarrillos, eran el umbral de entrada y de salida de esos estados de ánimo para nosotros incomprensibles. Lo que sucedía allí le pertenecía solo a ella.

En fin. En el año 2011 me interné en todos los mundos posibles de mi madre, a través de sus escritos, intentando explicarme a mí misma quién era realmente María de la Luz Uribe, más allá de la mamá. Ahora, en el año 2013, siento que para mí cualquier intento por definir, explicar, biografiar a alguno de mis padres se me hace complicadísimo. Así que aquí queda este pequeño mosaico, uno entre muchos posibles, con algunas de las piezas que he reunido hoy sobre María de la Luz.

Karina Andrea Vargas

Encargada de biblioteca
Biblioteca Vecinal El Rincón del Saber
Guayacán, Coquimbo

El mejor regalo literario para un niño…
¡Beso, beso!
, de Margaret Wild, ya que habla de un hijo que constantemente está jugando, pero siempre olvida hacer algo a su mamá.

Un libro que hace reír a grandes y chicos…
El entretenido libro El abrigo misterioso, de Jeannette Jenning, ya que es de fácil lectura y para conocer el final hay que descubrir un tierno y gran misterio.

No se puede evitar llorar con el libro…
El mejor truco del abuelo. Me identifico mucho con este libro ya que cuando los abuelos están enfermos uno recuerda todas las cosas hermosas que ha hecho con ellos.

Para cautivar a un adolescente no lector hay que regalarle…
A mí personalmente me cautivó Rosa Blanca, de Roberto Innocenti, y la buena acción que realiza la protagonista en tiempos de guerra.

Un libro que no falla a la hora del cuentacuentos…
¡Huákala! a los miedos, de Sergio López Suárez. Los niños quedan encantados con esta historia.

La editorial que más aporta en el ámbito infantil…
Pienso que Ekaré, pero también destaco Alfaguara, Juventud, Kókinos y FCE.

Me gustaría tomar un café con…
Anthony Browne, porque sus libros son hermosos, con sentido y siempre en el contexto de la vida diaria.

Mi libro álbum favorito es…
Ladrón de gallinas
, de Béatrice Rodriguez, ya que nos muestra una historia con un final inexplicable, tanto como nuestra vida, que todos los días va cambiando.

Mi novela juvenil favorita es…
Leyenda de los Otori. El suelo del ruiseñor
. Fue la primera novela que leí cuando llegué a la biblioteca.

El ilustrador que más me gusta es…
Tuve el privilegio de compartir con Alejandra Acosta un taller en la biblioteca y me encantaron su simpleza e imaginación.

La biblioteca donde encuentro todo es…
El Rincón del Saber de Guayacán, ya que tiene una gran variedad de libros, en especial para los niños.

beso,beso

¡Beso, beso!
Autora: Margaret Wild
Ilustraciones de Bridget Strevens-Marzo
Ediciones Ekaré, 2010
ISBN: 9789802573097

 
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El abrigo misterioso
Autora: Jeannette Jenning
Faktoría K de Libros, 2008
ISBN: 9788496957244

 
el-ladron-de-gallinas
 

Ladrón de gallinas
Autora: Béatrice Rodriguez
Libros del Zorro Rojo, 2009
ISBN: 9788492412310

 
leyendas-de-otori
 

La leyenda de los Otori. El suelo del ruiseñor
Autor: Lian Hearn Alfaguara, 2008
ISBN: 9788420465371

 
rosa-blanca
 

Rosa Blanca
Autor: Christophe Gallaz
Ilustraciones de Roberto Innocenti
Lóguez, 2010
ISBN: 9788485334520

 
El-mejor-truco-del-abuelo
 

El mejor truco del abuelo
Autor: L. Dwight Holden
Ilustraciones de Michael Chesworth
Fondo de Cultura Económica, 1993
ISBN: 9789681640323