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Volver a escuchar: La importancia de la oralidad para un Chile nuevo

Por Nicole Castillo y Andrés Montero*

Quizá podríamos resumir los problemas que arrastra Chile en los últimos 30 años como la absoluta incapacidad de escucharnos. Esto tiene muchas razones: estamos lejos unos de otros, en un país segregado y desigual, por lo que las voces que reclaman justicia se pierden en la vorágine de la ciudad, y aún en caso de llegar a los oídos lejanos no pueden ser comprendidas porque pareciera que vienen de otro mundo. Nuestra geografía angosta y larga tampoco ayuda a escucharnos entre las diferentes regiones del país. Pero por sobre todo, la prepotencia que nos ha dejado como herencia el modelo económico nos hace preparar el contraataque antes de terminar de escuchar lo que nos quieren decir. En esas condiciones, entenderse ya es muy difícil. Superar las diferencias para construir un país mejor, es derechamente imposible.

En este contexto nacional y global, donde gana la voz del más fuerte, donde hemos perdido la capacidad de sentarnos y mirarnos a los ojos, podría resultar extraño que el arte de contar cuentos de viva voz experimente un auge, que haya cada vez más demanda de niños y adultos por escuchar cuentos. ¿No debería ser al revés? ¿No tendría más sentido que nadie quisiera escuchar cuentos hoy en día, ya que las pantallas ofrecen estímulos mucho más interesantes? Sin embargo, ocurre lo contrario, y todo indica que este auge es justamente una reacción al contexto: echamos de menos la escucha, el silencio del alma, los oídos abiertos que se preparan para recibir una historia. Necesitamos estar una hora con los teléfonos apagados, y dedicarnos a escuchar e imaginar. Este ejercicio tan sencillo es una de las primeras cosas que hizo el ser humano cuando adquirió la capacidad de hablar; y es además lo que nos diferencia de todas las demás especies animales: podemos ficcionar e imaginar a través de la palabra. Por tanto, cuando escuchamos cuentos nos conectamos con lo más esencial de la humanidad. Y este contacto, esta escucha activa y placentera, este ejercicio que parece imposible por su sencillez, puede permitir a los niños y niñas de hoy, pero también a los adultos, trabajar en la capacidad de escuchar atentamente, de entender lo que le pasa al otro, de estar tan dentro de su historia que pueda mirar, aunque sea por un segundo, el mundo con sus ojos.

En este proceso importante y decisivo para la historia de Chile, la oralidad ancestral nos recuerda que primero fuimos comunidad, y que si nos transformamos en individuos fue, entre otras cosas, porque fuimos perdiendo la capacidad de escucharnos, de entendernos y de contarnos historias.

*Directores de Escuela de Literatura y Oralidad “Casa Contada”. La periodista Nicole Castillo y el escritor Andrés Montero, ambos narradores orales, conforman la Compañía y Productora Cultural La Matrioska, desde la que realizan proyectos ligados a la narración oral, el fomento lector y el patrimonio cultural. Entre los más destacados se cuentan el Festival Internacional ChileCuentos y la Escuela de Literatura y Oralidad Casa Contada.

Humanizar la escuela

Por María José Camus*

En diciembre de 2019 realizaríamos los últimos espacios formativos para agentes educativos de cinco escuelas en la provincia de Maipo. El contexto nacional nos ponía el desafío sobre cómo abordar estos espacios, visualizando al menos tres posibilidades: continuar con el plan de trabajo previo a la crisis; suspender la actividad o, modificar el trabajo planificado y re-mirar el sentido de lo que hacemos a raíz de las demandas sociales levantadas. Optamos por la última.

Pero ¿cómo dialogar y vincularnos desde un lugar distinto al que lo hacemos habitualmente? Entonces recordamos un cuento, que narramos a los docentes: ¿Dónde está el perro peludo? de Rosario Elizalde. Es la historia de una granja en la que sólo podían vivir los ejemplares más bellos de cada especie, quedando rechazados los locos, quienes tenían los zapatos rotos y los feos. Uno de los animales que vive en esa granja decide irse. No se siente digno de vivir allí. Sus amigos, para recuperarlo, deberán aprender a convivir de una manera distinta. Tendrán que mirarse honestamente y ser conscientes del tipo de granja que deberán construir.

Fue así como constatamos, una vez más, que abrir espacios de escucha colectiva con un cuento, facilita un dialogo afectivo y reflexivo que posibilita el encuentro de una comunidad como pocas estrategias educativas lo logran. Compartimos esta experiencia, ya que permite enfatizar aspectos que, a nuestro juicio, son relevantes al pensar en el rol del profesor como promotor de conciencia ciudadana.

Los niños y niñas viven inmersos en la cultura. Están atentos y son afectados por todo lo que sucede y construyen sus propias explicaciones acerca de lo que acontece. Es necesario, por tanto, reconocer e incorporar en los espacios de la escuela lo que ocurre en el país, como parte de la vida cotidiana de los niños y niñas, contribuyendo con ello a desarrollar una conciencia crítica de su entorno, compartiendo y escuchando experiencias, posiciones y visiones de mundo. Generar espacios de escucha permite también que los niños y niñas se sientan contenidos. Esto es un gran desafío para los adultos que acompañamos su formación: implica humanizar las relaciones al interior de las familias y de las escuelas, reconociendo a niños y niñas como sujetos y valorando sus experiencias, emociones y reflexiones.

No se puede hablar de participación o diálogo sin tener espacios reales de convivencia en los que pueda ejercitarse. No son un contenido, sino una forma de relación que se vivencia. Es por esto que dentro del rol de los agentes educativos está el impulsar que cada actor de la comunidad participe de la cultura escolar y de la construcción de la escuela que desean. En la medida que los niños, niñas y jóvenes tengan experiencias de colaboración, de dialogo, de escucha y de participación, será posible construir esa granja en la que todos y todas nos sintamos dignos de habitar.

*Psicóloga Universidad Diego Portales, Magíster en Intervención Social Interdisciplinaria y Territorio Universidad Alberto Hurtado. Cuenta con experiencia en diseño, implementación y evaluación de programas sociales, especialmente en materias de niñez y juventud.

Literatura y transformación social

Por Miguel Yaksic*

Los profesores alemanes de la posguerra hacían que sus alumnos leyeran “El Diario de Anna Frank”. Sabían que leerlo les permitiría a los jóvenes comprender los horrores del holocausto y entender lo que habían sufrido las familias judías. Algo parecido sucedería si un grupo de estudiantes criados en una cultura machista y patriarcal leyeran “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, una feminista provocativa y honesta que está lejos de transmitir una perspectiva complaciente del feminismo.  “La Cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher hizo más por desenmascarar el racismo en el sur de Estados Unidos que muchas políticas públicas.  Si quisiéramos ayudarle a alguien a comprender el lugar de la culpa en la conciencia humana, probablemente lo más efectivo sería hacerlos leer “Crimen y Castigo”.

Ha habido un grupo de filósofos británicos desde Hume en adelante que han defendido una teoría que llaman sentimentalismo moral. Sostienen que la educación no es solo un asunto de argumentación. Sino que consiste también en una apelación al sentimiento moral.  El género humano puede educarse en el respeto mutuo, la tolerancia, el reconocimiento, los derechos humanos, la democracia, la libertad, la igualdad y la no discriminación no solo por la vía de las razones, sino sobre todo por el camino de la empatía. No apelando a una esencia común de la humanidad, sino apelando a los sentimientos.

La literatura, y en especial la novela, ha cumplido un rol crucial en la expansión de la democracia. Ha permitido a las personas repensarse a sí mismas y su relación con los demás. La novela es un instrumento de transformación porque sensibiliza, potencia la imaginación, ensancha horizontes, desconfigura y reconfigura el aislamiento cultural, permite desinstalar etnocentrismos y ver a los demás como seres humanos.

Richard Rorty -un filósofo pragmatista estadounidense que se inscribe en la tradición del sentimentalismo moral y que falleció hace poco más de diez años- se preguntaba cómo expandir el “nosotros”, entendiendo por “nosotros” el valor de la democracia, la libertad, la justicia y la solidaridad. Y concluye que la novela contiene un enorme poder democrático. Poder que reside en su capacidad para desarmar la idea –de nuevo, etnocéntrica- de que existe una sola versión verdadera de la vida y de la realidad. La novela cumple un rol persuasivo y transformador. Porque produce nuevas categorías y repertorios que describen la realidad de maneras siempre nuevas y porque ha sustituido a la argumentación por la imaginación como eje fundamental del progreso moral. El poder transformador de la narrativa cultiva la empatía y ayuda a ver a los extraños como compañeros en el sufrimiento; favorece la agencia y la autonomía impulsando al lector a aprender a pensar por sí mismo, liberándose de formas acríticas de entenderse a sí mismo y a los demás.

Cuántas novelas han favorecido la ampliación del “nosotros”. O sea, han permitido a muchas personas empezar a ver a una niña judía, a un campesino negro, a una mujer prostituta o a un joven homosexual como uno de “nosotros”. Es decir, como un ser humano igual en dignidad y derechos.

Si el progreso moral consiste, como afirma Rorty, en expandir la empatía, entonces la literatura puede jugar un rol central.

Hace unos días una investigadora y columnista chilena publicó una columna criticando la performance de Lastesis. La había interpretado a la letra. No comprendió que era una acción performativa, una expresión de arte, una metáfora, que más allá de la literalidad de su letra lo que estaba denunciando son las estructuras sociales, culturales y políticas patriarcales en las que se ha desarrollado la vida. Su crítica era como criticar un cuadro de Picasso porque deforma la anatomía humana. Esta acción de arte callejero probablemente ha hecho más por la causa feminista que mucha argumentación y que muchas políticas paritarias. Se parece al poder de la novela, es el poder transformador del arte y la creatividad.

*Licenciado en filosofía, Licenciado en teología (UC) y Máster en ética social de Boston College (USA). Es director de Promoción, Formación y Vinculación en el Consejo para la Transparencia y profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Voces del libro y crisis social

En el contexto de la crisis social que estamos viviendo como país, quisimos convocar a distintas voces del ámbito del libro, la lectura y la cultura para que reflexionen sobre los cambios que están sucediendo. Con estas columnas nos interesa aportar desde nuestro ámbito a la discusión y reflexión nacional. A partir de la próxima semana comenzaremos con las publicaciones ¡Atent@s!

Mesa de trabajo: Daniel Blanco Pantoja

Por Claudio Aguilera

“Edito para elaborar mi propia biblioteca de libros aún inexistentes”

Hay dos clases de personas. (Bueno, hay muchas más, pero para esta entrevista diremos que hay dos.) Decía, hay clases de personas: las que al momento de construir una casa la dibujan en un papel y se la pasan a un arquitecto para que la haga realidad, y aquellos que la construyen con sus propias manos. Daniel Blanco Pantoja es de los segundos.

Considerado uno de los mejores ilustradores de Chile y reconocido internacionalmente por libros como “Un diamante en el fondo de la tierra”, desde hace algunos años decidió levantarse del tablero de dibujo y comenzó a construir su propia editorial: Erdosain (erdosainediciones.com), un sello de libros ilustrados que atrapan al lector por su cuidadosa y llamativa factura, pero al mismo tiempo se transforman en una trampa con sus textos inclasificables e imágenes que transitan a contracorriente de los estándares  de la edición infantil y juvenil.

Pese a eso la LIJ local no ha tenido reparos en apropiarse y premiar su catálogo, reconociendo en él una propuesta personal, vigorosa y cuestionadora de los estrictos límites que usualmente condiciona al género.

Con el mismo derroche de energía y compromiso que pone en cada una de sus actividades, Daniel accedió a responder un breve cuestionario que con los días se transformó en una arrolladora, y a momentos torrencial, declaración de principios.

¿Qué te impulsó a fundar tu propia editorial?

Los libros son objetos extraños. Anacrónicos, como máquinas del tiempo. Tienen esa cosa críptica, ese misterio autómata: están allí, inertes, con sus páginas llena de símbolos artificiales en donde alguien, un escritor o ilustrador, registró una historia, una experiencia de su vida. Y de todas las artes, para mí siempre ha sido la literatura la más poderosa. No muestra nada: es la antiforma, flotando en el vacío del papel. La tipografía es sólo una estética acordada, pero detrás de ella no hay nada. Nada que puedas encontrar en el mundo, y sin embargo, los hombres hemos registrado a través de ella toda nuestra experiencia del mundo.

Todo esto me fascinaba tanto, y lo hace tanto aún, que, si bien ya trabajaba como un feliz editor en Pehuén, empecé a sentir la necesidad de elaborar mi propia biblioteca de libros aún inexistentes. Porque, entre otras cosas, el catálogo de una editorial es un discurso: el ordenamiento de un montón de otros discursos que suman una visión subjetiva del mundo. Erdosain sería la oportunidad de poder desarrollar aquellos libros que no podía encontrar en el mercado y que yo creía necesarios. Contar lo que no te han contado aún, y así poder compartir la experiencia mistérica que es la vida. Tal vez por eso Erdosain es, inevitablemente, una editorial extraña. Es un reflejo del principal atributo con el que podría adjetivar la experiencia de vivir: la extrañeza.

¿Cuáles son tus referentes como editor?

No tengo uno. Son muchos. Los libros antiguos de Siruela, cuando el conde estaba allí dirigiendo los hilos de la editorial, fueron sin duda un momento iniciático. Están también los libros de Pre-textos. Son objetos tan finos. Sobre todo su colección de poesía.

Zorro Rojo también lo fue en su momento. Si bien el tratamiento, estrategia y contenidos no son del todo similares, amé la reivindicación de la literatura ilustrada para adultos a través de la mano de artistas, no de «ilustradores», sino de artistas plásticos, como Breccia, Scafati o Caruso ejecutando con su trabajo no sólo un acompañamiento del texto, sino generando una nueva narración paralela; una estética, una nueva simbología. En el fondo, una nueva lectura, que aporte al texto, a la obra artística que es, una sobredosis de contemporaneidad y significados.

La editora Arianna Squilloni dice que editar es un asunto ético. ¿Lo es para ti?

Claro que lo es. Estás decidiendo qué decir. De todo lo que se dice, de todo el inconmensurable ruido del mundo, tú decides apartar un pequeño, ínfimo discurso y dices que es importante salvarlo, para que sea leído, para que cambie, aunque de forma misteriosa, una vida. Esa decisión es política, sea ampliamente fundada o no, es política pues está dejando una señal en los caminos del mundo. Publicar es decir que tienes algo que decir.

¿Cómo convive tu trabajo de editor con el de ilustrador?

Conviven horrible y angustiosamente. Todo me toma mucho tiempo. Soy una tortuga. Todos los plazos se me alargan y siempre hay alguna burocracia que hacer. Pocas veces puedo sentarme frente al papel y decir: es hora de ilustrar. Y cuando lo hago, siempre ha sido un proceso patético. Pero es sólo un problema de «medios de producción». El arte es una tarea muy difícil de ejecutar cuando debes sobrevivir.

Ahora bien, nada nuevo hay en esto. Es un tópico eterno del arte. Hay que aprender a sobrellevarlo y no lamentarse mucho. Ha sido un aprendizaje forzoso, y sigue siéndolo, pero, ciertamente, nadie más que yo ha sido quien me ha metido en las patas de los caballos.

Al final del día, la experiencia, “lo comido y lo bailado”, no te lo quita nadie.

¿Ser autor te ha permitido comprender mejor el proceso creativo?

Por supuesto que sí. Es una ventaja estar del lado de la gente que vas a explotar. Generas una empatía espontánea pues sabes cuánto cuesta desarrollar un trabajo de calidad, un trabajo de dimensión profunda. Y por supuesto, trabajas con gente que admiras. Y ese respeto, esa camaradería se siente en todo el proceso. Los autores terminan siendo en gran medida editores de su propio proyecto, pues el proceso entero se vuelve fraternal.

¿Qué espera un autor de un editor?

Que reconozca su trabajo, y no hablo de que le reconozcan si es conocido o si ha ganado premios: hablo de las características estilísticas de su trabajo. Que sepan qué haces, qué investigas y qué intentas decir a través de tus escritos o ilustraciones, que sepan leer tu búsqueda con exigencia crítica y referencial. Por eso un editor debe buscar la erudición de los tópicos que desea trabajar. Sino será sordo y ciego y no podrá establecer el diálogo que debe generar entre todas las partes del libro: ya sea el texto escrito, el ilustrado, ya sea un trabajo mixto.

Y, por supuesto, que le pague bien y a tiempo lo acordado.

¿Qué buscas en un autor?

No lo sé muy bien. Que  conmueva, que sobrecoja. Que su trabajo entre en esta dimensión mistérica de la que hablaba antes. La vida para mí es sólo esoterismo: articulaciones de no-conocimiento. Busco entonces autores cuyo trabajo entre en estas dimensiones. Y busco rigor de la técnica. Busco mucho esto. Me exaspera lo mal hecho, lo descuidado. A veces el mercado, incluso ayudados por la academia y la crítica, ensalzan lo superficial, pues lo superficial conviene al mercado, al consumo. Busco alejarme de esto como si se tratase de un anatema.

Quiero trabajar con artistas que padezcan lo contemporáneo, que entiendan o que intenten entender a través de su búsqueda artística la amplia dimensión histórica, filosófica que es nuestro paso por este mundo extraño. Que a través de su trabajo sepan evidenciar la catacresis, epifanía onírica y, por lo tanto, decadencia a la que todas las cosas de nuestro mundo significante están sujetas.

¿Qué puede aportar una microeditorial en una escena donde la oferta se multiplica y los grandes trasnacionales se imponen?

Su discurso. Un discurso. Uno más que no decepcione a sus lectores. Una editorial debe encontrar a sus lectores y, libro tras libro, no decepcionarlos. Abrir una puerta, una más, sí, aunque nos haga desfallecer, que entregue alguna visión del mundo. Si hay 100 millones de editoriales o solo 10, no importa. Uno debe mantenerse ocupado en la búsqueda de sus carbunclos en la noche del mundo. Solo eso, si la suerte además lo acompaña, puede mantener a flote el barco de una editorial independiente. Ah, y en la dimensión más terrenal: no hacer el «jipi». Hacer libros es una cosa seria, complicada. Un libro bien hecho es una enorme cantidad de trabajo. Y un catálogo, no solo es mucho trabajo: es un negocio bien ordenado y proyectado, a largo, larguísimo plazo. No hay forma mejor de homenajear a tus lectores que no desaparecer. No hacerlo, mantenerse vigente, es la verdadera resistencia, la prueba de que sí eres un aporte.

Has optado por imprimir en China, ampliar tus redes de distribución y conformar un catálogo latinoamericano, ¿es un camino que recomiendes a otras pequeñas editoriales?

No lo sé. La biografía de una editorial independiente es la biografía de un ser orgánico y complejo.

No sé si podría recomendar un camino. Lo que sí creo que hay que hacer es tener mucho cuidado de las fórmulas. Hay que ser empático y moverse mucho. Curioso, sentarse en muchas mesas y establecer muchos vínculos. Aprender, aprender, aprender. El mundo es un lugar grande, redondo, vasto. Hay que sentirle ese peso y aprender a moverse por sus ríos sin naufragar.

Los libros de tu catálogo tienen un importante componente en la ilustración, pero no son libros necesariamente para niños, aunque mucha de la crítica chilena, incluyendo especialistas y jurados, los siguen considerando LIJ ¿Cómo te sitúas tú?

No hay nada en el mundo que me dé más pena que esta sigla. La rechazo rotundamente. Puedes escribir un libro dirigido a un niño, pero eso no tiene por qué hacerlo un libro infantil. Ni siquiera suena bien: LIJ.  Son clasificaciones comerciales  y sumergen al libro, según mi parecer, en un triste automatismo. Lo hacen predecible. Yo prefiero, para hablar de libros, de universos más bien amplios: nosotros publicamos literatura, que a veces va profusamente ilustrada. Cada libro tendrá sus propios afanes. Nos encantaría que nuestros libros lleguen al mayor grupo posible de lectores y que nunca ellos sean homologados.

¿Cómo ves a Erdosain en 10 años?

Ojalá ya superado el punto de equilibro de inversión, con un catálogo que de más de 50 libros y con una distribución amplia en todo el mundo hispanohablante. Con autores y lectores satisfechos, integrando todos una comunidad de artistas y trabajadores del libro.

ILUSTRACIONES

1.Me gusta mucho trabajar con símbolos. Copiarlos, desarrollarlos. Investigo mucho en la historia del arte y la humanidad para intentar universalizar el mensaje, introduciendo en ellos arquetipos que luego modifico según como se vaya mezclando todo en mi cabeza. Intentar que la imagen se vuelva un rito en sí misma.

  

2 y 11. Estas dos ilustraciones de Un diamante en el fondo de la tierra son complejas. Un niño, para quienes va dirigido el libro, no sabría entenderla. Pueden entenderse los elementos que hay en ellas: en la primera, una mujer, dos hombres, una carretera en un desierto, todo ello reflejado en un espejo, en la segunda, un adulto y una niña, asustados, mientras aviones pasan por sus cabezas… Pero el mensaje que todas ellas componen es uno muy triste y que está implícito en el fotograma de cada imagen. Los adultos sabemos que se trata de una mujer secuestrada por agentes de la DINA y de transeúntes caminando por el centro de Santiago mientras los Hawker Hunter bombardeaban La Moneda. Pero la imagen no lo dice. Ellos, los niños, preguntarán ¿por qué esa señora que va atrás tiene un ojo morado y va triste? ¿Por qué pasan esos aviones por encima de la ciudad? Y así es como comienza, en esa imagen, la historia que, el que sepa, tendrá que contarla, y el que no, preguntará.

3. Esta foto es mentirosa. Nunca, ni aun hoy, he podido establecer propiamente un escritorio de trabajo. Los continuos cambios de casa y precariedad del oficio, que yo mismo me he buscado y causado, lo han tramado así. Mi espacio de trabajo es cualquier mesa donde haya luz. En esta imagen todo está como ordenadito pero es que me avisaron que me tomarían esa foto. Entonces ordené.

4. A veces, cuando tengo tiempo para experimentar, cambio las técnicas con las que trabajo. En gran medida esto sucede según qué artistas esté siguiendo y estudiando en ese momento. Lo mismo con los tópicos: la composición y tema de están siempre muy influenciados por las lecturas e investigaciones que esté siguiendo en ese momento.

5. Esto es lo bello de los signos y los símbolos: son artificios humanos que pueden ser desarmados y vueltos a armar. Ese proceso de apropiación que ocurre en el arte pictórico es vital en mi trabajo, e intento llevarlo a cabo en cada una de las imágenes para generar discurso.

6. Del cine, nada me gusta más que el trabajo de la fotografía. Pienso las composiciones de las ilustraciones, sobre todo las que son para acompañar un texto literario, como si fueran tiros de cámara.

7. Intentar poner en una imagen tantos referentes que sean una sinécdoque fantástica del mundo entero.

  

8 y 10. Todo arte es un proceso de sublimación de la experiencia del mundo. En este libro, Animal, del cual también soy el escritor, hablo de esta experiencia muda de la vida, la que va más allá de nuestra individualidad y que trasciende el lenguaje.

9. Este es mi verdadero espacio de trabajo: una cajita de metal con distintos grafitos.

 

La Cabeza de Elena

Ese territorio común[1]

Por: Luz Yennifer Reyes Q

Quisiera compartir mi experiencia de lectura con “La cabeza de Elena”, primero como lectora, después como inmigrante y finalmente como mediadora.

Para iniciar, quisiera destacar algunas huellas lectoras que como buen libro álbum nos han dejado sus autores, empecemos por su nombre:  Elena, de la mitología griega, luz que brilla en la oscuridad, esa que indica el viaje de regreso, que brilla con luz propia en medio de la oscuridad. Y si seguimos pensado en personajes épicos cómo no pensar en Penélope, la que espera y la que teje tal como la querida Elena recordando a su madre.

Y por qué no pensar en los bellos agapantos que se hacen presentes desde la portada de la obra. El agapanto o la flor del amor representa desde mi punto de vista ese lazo que une a nuestra protagonista con su madre ausente.

Pero sin lugar a duda, uno de los aspectos que más me sorprendió de este bello encuentro fue hallar al que se queda y no al que se va y cómo aquel que se va, deja trozos de sí… a la larga uno está con un píe acá u otro allá (como digo yo, con un píe Colombia y otro en Chile).

Y ahí mi “yo inmigrante” se hace presente, y mientras tránsito por las páginas de Elena pienso en el innegable papel de la literatura como lugar de acogida, que ofrece y engloba un discurso común, en este caso, en torno a la ausencia del otro, y en el libro álbum, aún sin que entiendas el idioma español (como el caso de los muchos emigrantes haitianos y de otros países no hispano hablantes), el vacío es latente y entonces este espacio acogedor es un espacio para todos.  

El tema de la migración no es un tema nuevo en la literatura universal ni en la literatura infantil, especialmente después de la segunda guerra mundial y la evolución hacia sociedades más interconectadas, caracterizada en gran parte por la descripción sensorial (olores, colores, música, mercados y paisajes) del tipo de vida del lugar abandonado, del lugar anhelado…

Viene entonces a mi mente obras icónicas de la LIJ como “Emigrantes”, de Shaun Tan; “Flotante”, de David Wiesner; y de la región recuerdo el impecable trabajo del libro “Migrar”, de José Manuel Mateo y Javier Martínez en la editorial mexicana Ediciones Tecolote, que retrata la realidad de los indígenas mexicanos al partir a América en busca de una vida más digna  y cómo no pensar en los libros del Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, como “Eloisa y los Bichos”, relatando la historia de una niña “nueva” en un lugar extraño y “Dos conejos blancos” sobre la historia de una niña y su padre y su travesía hacia la frontera.

En todos estos casos, al igual que con Elena la obra se proyecta como un lugar de encuentro, donde imagino-empatizo con la sensibilidad y los problemas del otro y especialmente, con Elena, no solo pienso en el  que se va, sino en aquel que se queda, encontrándome en ese territorio común de emociones con el hijo o la hija del haitiano, colombiano, peruano, que está sentado a mi lado en el metro, un territorio común estético y poético que produce la obra.

Esta proyección empática es muy necesaria en el Chile de hoy en dónde el tema migratorio está en la agenda política y en dónde somos cada vez más compartiendo ese territorio común de emociones que genera la buena literatura.

Para terminar y pensado en las grandes oportunidades de mediación, Elena se convierte no solo en un objeto estético para el disfrute de la obra sino en un potencial detonador de reflexiones acerca del mundo y de nuestro lugar en él, y ¿acaso no es eso lo que nos permiten la literatura, la ilustración y las otras formas de arte?

No como instrumento para enseñar esto o aquello, sino un espacio para compartir preguntas como: ¿Para quién es más difícil sobrellevar una partida, para el que se va o el que se queda? ¿Somos los mismos cuando regresamos de un viaje?, y el que se queda, ¿lo es?… Preguntas que pueden potenciar una lectura compartida, para seguirnos encontrando en este territorio común de la buena literatura para la infancia.

[1] Texto leído en el marco del lanzamiento del libro “La cabeza de Elena” Claudio Aguilera y Karina Cocq de la Editorial Zig- Zag

Ganadores de la Medalla Colibrí 2018

Con el fin de reconocer la producción y creación anual de los mejores libros infantiles y/o juveniles editados en Chile el año anterior, Ibby destaca la labor de escritores, ilustradores, traductores y editoriales con su Medalla Colibrí.

Aquí les presentamos a los ganadores de la versión 2018:

Ganador Ficción Infantil: Nosotros – Paloma Valdivia ilustraciones – Editorial Amanuta

Ganador Ficción Juvenil: Lazarillo – Alejandro Cabrera Olea – Penguin Random House SA – Grupo Editorial Nube de Tinta

Ganador No Ficción Infantil: Pequeña historia de un desacuerdo – Claudio Fuentes y Gabriela Lyon – Ediciones Ekaré SUR

Ganador No Ficción Juvenil: Mi cuaderno de Haikus – María José Ferrada – Leonor Pérez – Editorial Amanuta

Ganador Libro Álbum: La niña que se escondía demasiado – Joceline Pérez Gallardo – Muñeca de Trapo Ediciones

Ganador Novela Gráfica o Cómic: El Cardenal – Kóte Carvajal y Lucho Inzunza – Liberalia Ediciones

Mención Especial Narrativa Gráfica: Pikinini – José Miguel Varas – Raquel Echenique – LOM Ediciones

Labor Editorial: LOM Ediciones

Rescate Editorial: Adiós planeta, por Papelucho y Papelucho, Romelio y el castillo – Marcela Paz – SM Chile

¡Felicitaciones!