Categoría: Recordando a…

Cervantes y Shakespeare: 400 años del aniversario de su muerte

Una vez más conmemoramos una de las efemérides más importantes del mundo literario: el fallecimiento de Miguel de Cervantes y Saavedra, el autor de El Quijote de la Mancha, y del dramaturgo inglés William Shakespeare cuyas obras Hamlet, Romeo y Julieta, y Otelo, entre otras, han reflejado la conducta humana universal. Muchas veces representadas y versionadas en el cine, la música y el teatro, estas tragedias constituyen un tesoro artístico. Este año les rendimos homenaje, además, porque se cumple el cuarto centenario de su muerte, sin que se olvide su obra.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y especialista en literatura infantil.

En Londres y Stratford upon-Avon, el pueblo natal de William Shakespeare, se han iniciado numerosos congresos, conferencias, lecturas y representaciones teatrales en el Globe Theater, junto al río Támesis, como una manera de acercar a las jóvenes generaciones a la obra del gran dramaturgo. Al ver las obras montadas como en su época, en un auténtico teatro isabelino, los lectores se sienten motivados para leer la obra de Shakespeare y reflexionar sobre sus grandes temas, presentes también en la sociedad contemporánea: el amor, los celos, la muerte, la identidad, el poder, la libertad y la justicia.
Por su parte, en España también se suceden los festejos destinados a realzar la figura de Cervantes, el gran referente de la cultura hispánica. Una de las representaciones teatrales y musicales más ricas es el espectáculo Cervantina, basado en fragmentos de El celoso extremeño, El licenciado Vidriera, El retablo de las maravillas y, desde luego, El Quijote de la Mancha.
Entre tanto, en Madrid, se presentó en la Real Academia Española un libro que contiene reproducciones de manuscritos cervantinos. Estos autógrafos inéditos que estaban en el Archivo de Simancas desde el siglo XIX constituyen un valioso documento que nos acerca a este “príncipe de los ingenios”, capaz de crear libros de poesías, comedias, entremeses, cuentos, novelas pastoriles y la primera novela española moderna que se inicia con estas palabras: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”
Este Don Quijote está considerado una de las obras más importantes de la literatura universal así como el libro más editado y traducido a todas las lenguas después de la Biblia. Unión poética entre fantasía y realidad, entre idealismo y sentido común, esta obra maestra de la literatura española sigue inspirando (por diferentes vías y canales) a las nuevas generaciones por sus temas, estilo y contenidos.
En la actualidad, se siguen realizando versiones y adaptaciones al cómic, teatro, radio, televisión y cine. También sus personajes y ambientes son fuente de inspiración para los ilustradores desde los primeros que llevaron al Quijote y Sancho al grabado en madera hasta los contemporáneos, desde Salvador Dalí que los ilustró en un mundo de fantasía onírica hasta los más vanguardistas que emplean collage, fotografía, grabado calcográfico, litografía y estampación digital. El Quijote siempre se inventa y reinventa a sí mismo.

Libros, rosas y enamorados
Miguel de Cervantes murió un 23 de abril por consiguiente se escogió este día para celebrar mundialmente el Día del Libro, ya que coincide con la fecha de la muerte de Shakespeare y del escritor Inca Garcilaso de la Vega. Inicialmente esta celebración arraigó en España desde 1930, especialmente en Barcelona, donde la festividad coincide con el Día de Sant Jordi, su santo patrono, por lo cual, la ciudad vive un clima festivo en medio de la primavera catalana. La Rambla de Las Flores se llena de puestos de libros y rosas. Así, en la ciudad de tradición editorial por excelencia, es común que los catalanes se intercambien un libro y una rosa en homenaje al santo, el amor y la cultura literaria.

Premio Cervantes
Este mismo día se entrega el Premio Cervantes, en la Universidad de Alcalá de Henares, en la Comunidad Autónoma de Madrid, ciudad de nacimiento del autor de El Quijote. El premio destaca a un autor español o latinoamericano en forma alternada. Su primera edición data del año 1976. Desde entonces, cada 23 de abril, el rey de España entrega este premio que equivale al Nobel de las letras hispánicas. Diversos autores lo han obtenido, entre ellos Jorge Guillén, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, María Zambrano y Jorge Edwards. En los últimos años han sido Elena Poniatowska (México/2013), Juan Goytisolo (España/2014) y Fernando del Paso (México/2015).

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Cervantes

Nacido en Alcalá de Henares, España, el 29 de septiembre de 1547, fue nombrado Miguel siguiendo con la tradición española de recibir el nombre del santoral del día del nacimiento. Hijo de Rodrigo y Leonor, de la que poco se sabe, fue soldado, novelista, poeta y dramaturgo. Formó parte de la Armada Cristiana, por la que combatió en la batalla de Lepanto, donde quedó malherido de la mano izquierda, seccionándosele un nervio; de ahí el apodo de Manco de Lepanto. Fue capturado y llevado a Argel, donde estuvo prisionero cinco años. Ahí empezó a escribir. Pero no es hasta 1597, cuando, de vuelta a la cárcel, engendra su Quijote de la Mancha. No obstante, sólo en 1605 se publica la primera edición. Ello marcó el comienzo de la novela moderna.

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Shakespeare

Originario de Stratford-upon-Avon, Birmingham, Inglaterra (1564-1616), es considerado el más grande escritor de la literatura inglesa de todos los tiempos. La fecha de nacimiento no se conoce porque, en esos tiempos, solo se registraba la fecha bautismal, que solía ser dentro de la semana siguiente al nacimiento. Se tiene documentación de que lo bautizaron el 26 de abril, por lo que se suele otorgar el día 23, tal vez para hacer analogía con la fecha de su muerte, según el calendario gregoriano (en realidad, 3 de mayo en nuestro calendario). A los 22 años se trasladó a Londres, donde se hizo conocido como actor y dramaturgo. Simultáneamente, realizaba además, otros oficios, pues, pese a la fama, no llevaba una vida ostentosa, sino todo lo contrario, bastante humilde.

Ilustración de María Paz Muñoz

Publicado en RHUV Nº23

El silabario de la nostalgia

Este 2015 se cumplen 70 años desde que apareció la primera edición del Silabario HispanoAmericano, con el que muchas generaciones de niños y niñas de todo el continente aprendieron a leer.

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor y especialista en literatura infantil
www.elcaballerodelosalerces.cl 

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Ilustración de July Macuada
http://www.julymacuada.com

El pedagogo chileno Adrián Dufflocq Galdames (1905-1984) creó el Silabario HispanoAmericano en 1945, publicado en Santiago de Chile por la editorial Lord Cochrane, y desde entonces suma casi un centenar de ediciones. Su presencia inconfundible trae nostalgia de esa niñez con sabor a otoño, a camisa recién planchada y a lápices de colores para pintar una casa con un sol entre montañas.

Las recordadas ilustraciones son obra de Coré, Mario Silva Ossa, el ilustrador de la revista El Peneca. Aquellas imágenes son únicas y nadie que se haya iniciado en las primeras letras con este libro podrá olvidar su portada, en la que aparecían dos niños sentados sobre grandes cubos con vocales, leyendo un Silabario en cuya tapa estaban ellos mismos leyendo el Silabario

Como gran dibujante que era, Coré dotó a las figuras de esa aureola poética que lo hacía único. Y en la mente de millones de lectores quedaron para siempre grabadas las imágenes del niño manejando una locomotora, de aquella isla rodeada de agua por todas partes, de la cama que tenía un corazón calado, del reloj cucú, del loro, de la muñeca, de la niña a la que le faltaba un diente o de aquel sol que nos guiñaba un ojo.

A través de este silabario, Coré formó la sensibilidad estética de millones de niños en toda América. Fue él quien dibujó al niño que se pierde por seguir al organillero, al duende que lleva un libro sobre una carretilla o aquella jaula en la que estaban encerrados varios pájaros blancos y negros.

En la primera página silabeábamos: “pi-pa”, “pa-pá”, “pe-pe”. Y más adelante, ya podíamos leer: “a-mo a mi ma-má”, “la cu-na de la ne-na” o “Filomena dibujó una foca fea”.

Al final aparecía el cuento de las cabritas que engañaron al lobo porque sabían leer el letrero que decía: “El que pase por el puente se cae al agua porque está quebrado”. También estaba el relato del gigante que para demostrarle al enano que no estaba enojado, se arrancó un bolsillo y se lo regaló para que se hiciera un par de abrigos.

Dufflocq quería que el estudio de las primeras letras se transformara en algo bello y ameno. Por eso, les dedica su silabario “a los niños de habla española, con mi fervoroso deseo de hacerles llano y fácil el camino en este primer paso del conocimiento de nuestra hermosa lengua”.

La escritora uruguaya Juana de Ibarbourou escribió en las primeras páginas: “Aprender a leer en los antiguos textos pesados, y aprender a leer en el Silabario del gran pedagogo Adrián Dufflocq, lujo de los ojos, gracia para el entendimiento del niño. ¡Ah!, ¡cuánto tienen que agradecerle madres y maestras a ese hermoso talento creador, a ese puro corazón intuitivo que ha hecho para los niños de las Américas este libro perfecto!”.

El autor promovió la hermandad latinoamericana poniendo en la contratapa las banderas de los países del continente junto con la española, para que los niños se sintieran integrados a una cultura hispánica común. El texto fue usado en campañas de alfabetización llevadas a cabo en zonas rurales del país y difundido en gran parte de Latinoamérica. Por esta labor idiomática y educacional, recibió la prestigiosa Orden del Rey Alfonso X el Sabio en España.

Pese a los modernos sistemas de enseñanza actual, el Silabario HispanoAmericano tiene algo especial que nos hace soñar con pupitres, tinteros con una pluma de palo y una profesora de pelo blanco, haciéndonos leer: Zulema sacó mucha maleza de la viña” o “René dibujó la cabeza de una lechuza”. Y es que después de setenta años sigue estando en los laberintos más entrañables de la memoria. Tal vez sea porque fue la puerta inicial a la lectura, porque nos llevó de la mano al mundo de los libros, al universo de la palabra escrita, o más precisamente porque estuvo allí, en nuestra infancia, con las páginas abiertas, en el seco banco escolar o en la mesa familiar cubierta por un mantel de hilo donde estaban el costurero y las tareas.

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Portada del Silabario HispanoAmericano (1945). “Método fónico sensorial objetivo sintético deductivo”, ilustrado por Coré, Mario Silva Ossa.

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Montserrat del Amo: energía inagotable

El 26 de febrero recibimos la triste noticia del fallecimiento de la escritora española Montserrat del Amo (1927-2015), a los 87 años, en Madrid. 

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor y especialista en literatura infantil
www.elcaballerodelosalerces.cl 

Montserrat

Ilustración de Marisol Abarca
http://marisolabarca.tumblr.com

 

Tuvimos la alegría de conocerla cuando estuvo en Chile participando en el Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil que se desarrolló en Santiago de Chile en febrero del año 2010. Tres años antes había obtenido el Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil que concede la editorial SM en Madrid, por el conjunto de su obra dedicada a la infancia y la juventud. Fueron más de cincuenta libros de cuentos, novelas y poesías, además de dedicar su vida entera a brindar cursos y conferencias sobre teatro, historia, educación, literatura, cuento popular y poesía de tradición oral, fomentando siempre el libro infantil de calidad literaria.

Llegó al aeropuerto de Santiago días antes del terremoto con su gran amigo, el profesor de literatura infantil e investigador de la Universidad Complutense, Jaime García Padrino, y su esposa Lucía Solana. A sus 83 años se veía con una energía incansable, dispuesta a recorrer el sur del país. Se embarcaron en un largo viaje en auto hasta Puerto Montt y la isla de Chiloé de donde llegó feliz y llena de vida, entusiasmada con los paisajes. A los pocos días participó activamente en el Congreso con su sabiduría ejemplar. Una de esas noches la tuvimos en casa con sus compañeros de viaje. Fue ocasión de ver por primera vez los libros que se presentarían en el Congreso durante esos días: el Gran Diccionario de Autores de la Literatura Infantil y Juvenil Latinoamericana y la Historia de la Literatura Infantil en América Latina. Luego participó de ambas ceremonias y habló con su voz enérgica, sorprendiéndonos de que una escritora de esa edad fuera tan lúcida, tan segura de sí misma y tan moderna en su visión de la vida y la literatura infantil.

Habíamos leído El Nudo (1980), su magnífica novela que nos sorprendió por su original técnica al presentar la elusión como recurso narrativo e incluso la página en blanco. Con esta novela consiguió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en España. Otros libros suyos han sido Patio de corredor (1956) y Zuecos y naranjas (1972), que fueron adaptados para Televisión Española. También escribió La casa pintada (1990), Tranquilino, rey (1990) y La piedra de toque (1983), en los que presenta siempre la superación de un problema, ya sea social o personal.

La noche del terremoto de ese día 27 de febrero, la vimos conteniendo a los escritores e investigadores que habían venido de muchos países del mundo, en el vestíbulo del hotel Plaza San Francisco. Fue ella quien empezó a contar cuentos, uno tras otro, a la luz de una lámpara. Y fueron esos cuentos los que consiguieron el milagro de apaciguar los ánimos. El temor se fue disipando poco a poco, gracias a la voz cadenciosa y maternal con que los narraba. Montserrat fue la antigua sabia de la tribu que calmó el miedo en aquella noche con sus relatos prodigiosos. Sabía ella que los cuentos tienen esa función terapéutica y que en los momentos de más dificultad, el ser humano necesita siempre un buen cuento narrado al calor de la palabra.

Fue casi una de las últimas en irse. De pie, en el vestíbulo de ese hotel, se despidió de todos, sin perder nunca su sonrisa.

Al poco tiempo, nos envió un regalo desde Madrid. Era una caja antigua que contenía sus juguetes de niña: un pájaro musical de lata, un pollito que pía en su cascarón y sus libros de cuentos. Fue su tesoro de infancia y su herencia. Me basta abrir la caja para escuchar su voz diciéndonos que los libros infantiles acercan a las personas y brindan la amistad y la comprensión.

Nudo

El Nudo
Autora: Montserrat del Amo
Ediciones SM, 2007
ISBN: 9788467521764

Piedra

La piedra de toque
Autora: Montserrat del Amo
Ediciones SM, 2005
ISBN: 9788434852501

Casa

La casa pintada
Autora: Montserrat del Amo
Ediciones SM, 2001
ISBN: 9788434877696

Historias

Historias de osos. Cuentos para contar
Autora: Montserrat del Amo
Cometa, 2011
ISBN: 9788408099000

Cuentos

Cuentos para contar
Autora: Montserrat del Amo
Noguer, 2008
ISBN: 9788427933767

Patio

Patio de corredor
Autora: Montserrat del Amo
Bruño, 2009
ISBN: 9788421663264

Andersen, un viajero incansable

Para Andersen, el viaje alcanza el valor de símbolo: “Viajar es vivir”, escribe. Es el viaje como meta, como búsqueda del conocimiento, para superarse a sí mismo y alcanzar la felicidad.

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor y especialista en literatura infantil
www.elcaballerodelosalerces.cl

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Ilustración de Marisol Abarca
http://marisolabarca.tumblr.com

 

Hans Christian Andersen (1805-1875) fue un viajero romántico en busca de paisajes de su Dinamarca natal. Caminó por sus bosques, bordeó los lagos y contempló las cascadas. Por sus cuentos desfilan islas, fiordos y ríos. En sus páginas describe Selandia, Fionia, Falster, una capilla gótica coronada por un nido de cigüeñas, un venado asustadizo, el ondulante río Gudenaa.

En 1833, a la edad de 28 años, recibe una pensión monetaria del rey de Dinamarca, Federico IV, que le permite viajar por Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. Viaja en carruaje, en vapor y en tren. Fue el autor de su tiempo que más viajó y cada destino le permitió conocer realidades muy distintas, abrirse a otras culturas y plasmar escenarios muy diversos en sus cuentos.

Andersen realizó más de 30 viajes por Europa, Escandinavia y Medio Oriente. En su autobiografía El cuento de mi vida, escribe: “Como un filtro de Medea que me diera fuerzas para mi espíritu, así son para mí los viajes”. El primero que hizo fue a Suecia y luego siguió camino por toda Europa. En Londres conoce a Charles Dickens, quien lo hospeda. Frecuenta a la duquesa de Suffolk y recibe una invitación de la reina Victoria para pasar una temporada en la isla de Wight. También recorre Suiza, que le agrada mucho por sus bosques de hayas y lagos azules.

En Francia frecuenta los ambientes teatrales y literarios y conoce a Victor Hugo y a los músicos Franz Liszt y Felix Mendelssohn. También lo recibe la condesa de Bocarné, quien le presenta a Balzac y posteriormente, en 1844, es presentado al gran duque de Sajonia, en cuya corte de Weimar habían vivido Goethe y Schiller.

Luego sigue rumbo a España, donde visita Barcelona, Levante, Andalucía, Madrid y Burgos en 1862. De esta experiencia escribe el libro Viaje por España (Alianza Editorial, 2005) en una de cuyas páginas leemos: “En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso como en Málaga”.

A Italia la llama “el país de mis sueños”. Aficionado a la ópera, va a la Scala de Milán, y también a las canteras de mármol de Carrara, a Pisa y Florencia. Se hospeda en posadas y albergues, en palacios y casas de escritores. Como es un hombre culto, aficionado a los museos y sensible a las esculturas, observa en una calle de Florencia la curiosa estatua de un animal que arroja agua por la boca, y lo inmortaliza en el cuento El jabalí de bronce. Estando en Roma, va al Café Greco de la Via Condotti, que hoy exhibe en sus paredes un retrato del escritor, recordando su paso y su conversación con los artistas romanos.

Tras Italia sigue viajando a muchos otros países, en los que recorre ciudades y pueblos, interesándose siempre en las pequeñas escenas de la vida cotidiana. Se queda varios días en los lugares para visitar el mercado, el cementerio, los cafés, los teatros, pasear por las calles y parques, conocer las iglesias, observar las tiendas y empaparse de la vida misma. Y de todo saca material para sus cuentos, hasta de los detalles más insignificantes, como un dedal, una mosca o un soldadito de plomo.

Viaja a Grecia: El Pireo, Atenas, la Acrópolis. En el cuento El pacto de amistad nos relata lo que vivió en la antigua ciudad de Delfos. Desde las primeras líneas, nos introduce en su propia vida: “Hace poco que estuvimos de viaje y ya tenemos ganas de hacer uno más largo. ¿A dónde? A Esparta, a Mecenas, a Delfos. Hay cientos de ciudades ante cuyos nombres el corazón palpita con ansias viajeras”.

Sigue viaje al Medio Oriente. Visita Esmirna, con sus torreones y minaretes. Allí escribe el cuento Una rosa en la tumba de Homero con el motivo del ruiseñor y la rosa que inspiró también a Oscar Wilde.

Andersen no puede estarse quieto en un solo lugar y tampoco sus personajes, que siempre se desplazan de un punto a otro. El viaje es un motivo que se repite a lo largo de sus cuentos, como un leitmotiv que los engarza a todos. En barco, vapor, diligencia, globo aerostático o a caballo; a pie, en excursiones a la montaña, a lomos de un ave, en un barquito de papel, en el vientre de una ballena o en un baúl volador, sus personajes viajan sin parar.

En Los cisnes salvajes, los príncipes, convertidos en cisnes, vuelan por el cielo y cruzan el océano para aterrizar en un arrecife en alta mar. En El patito feo, el protagonista emprende un recorrido por la granja hasta llegar a la laguna de los cisnes. En El traje nuevo del emperador, el monarca avanza por una alfombra roja en medio de la multitud hasta que un niño grita la verdad. En El sapo, el protagonista sale del fondo del pozo y emprende un viaje a saltos por el campo pues quiere conocer el mundo. Su madre le dice que abajo está más seguro, pero el sapo quiere aventurarse. Va feliz. A veces tiene nostalgia del pozo y de su madre pero sigue su camino aunque ello le cueste la vida. No importa. ¡Viajó! El viaje es sinónimo de cambio, de vida. Es la única forma de alcanzar la culminación. Lo importante es optar por el viaje pese a todos los obstáculos.

Andersen se burla de los que prefieren las comodidades del hogar. No es de extrañar que dedique tantas páginas a ensalzar a las cigüeñas y las golondrinas, que son aves migratorias.

Cuando finalmente regresa a Dinamarca, llega cargado de recuerdos, una pluma y un legajo de papeles para escribir sus cuentos.

Maurice Sendak, el rey de todos los monstruos

Autor fundamental de la LIJ contemporánea, Sendak logró conectarse con la fantasía y el mundo onírico infantil. En este artículo, la editora y especialista Claudia Olavarría revisa algunas de las obras claves del autor, fallecido en mayo del 2012.

Por Claudia Olavarría
Socia y editora de Gata Gorda Ediciones
Académica de la Facultad de Educación UC
www.gatagordaediciones.com

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Ilustración de Marisol Abarca
http://marisolabarca.tumblr.com

Por mucho tiempo, el único libro que conseguimos leer en español de Maurice Sendak fue el incomparable Donde viven los monstruos (1963). Pero ahora, gracias a la editorial Kalandraka, contaremos, en un corto y mediano plazo, con La cocina de noche (1970), una reedición de Donde viven los monstruos (ambos ya disponibles en Chile) y la traducción de Outside over there (1981), un álbum perturbador e imprescindible.

Es probable que con estas nuevas entregas de Sendak en español, algunos de los que admiraban Donde viven los monstruos por su especial visión del mundo infantil de fantasía, observarán con ojos un poco más críticos estos nuevos ejemplares. ¿Por qué? Porque ambos textos, La cocina de noche y Outside over there, son bastante perturbadores. ¿En qué sentido? Desde perspectivas asociadas a la ilustración y a las temáticas. Si bien el autor nuevamente se sumerge en el universo fantástico infantil, en un mundo de ensoñación y aventura, lo hace perturbando al adulto, al primer receptor de la obra.

Sendak escribió para los niños, no para los adultos. Para él, sus mejores críticos eran justamente los niños; poco o nada le importaba perturbar a los más grandes. Si sus obras inquietaban a los adultos no era algo que él –desde el espacio creativo de la LIJ– tuviese que resolver. Entonces, si nos encontramos con la desnudez de Mickey en La cocina de noche o con el rapto del lactante y la depresión de la madre en Outside over there, no nos desconcertemos. Estas historias que pasaron la censura de su época (y espero que no vuelvan a tenerla en la nuestra) deben ser leídas desde la creatividad del álbum y no desde lo que a nosotros, los adultos, nos incomoda.

En los tres libros mencionados, la clave es la fantasía infantil y el mundo onírico. Para Sendak, expresar a través de estos espacios dice relación con sus propias vivencias de niño, según explica Marcela Carranza en un artículo de Imaginaria. Por ejemplo, su fascinación con la figura de Mickey Mouse se ve reflejada en la estética de La cocina de noche; el miedo que le causó el caso del rapto del niño Lindbergh, ocurrido en 1932, está inmerso en Outside over there; y su particular visión de la infancia, liberada de las ataduras de la sobreprotección y de concepciones conservadoras, se refleja en el clásico Donde viven los monstruos.

Creo que ese tipo de manifestación vital permite que los lectores se sientan identificados y empaticen con los protagonistas de Sendak –tanto por los textos como por las ilustraciones de sus álbumes– desde el lugar de la fantasía y la imaginación. La grandeza del autor radica precisamente allí: en esa capacidad de retratar los mundos oníricos de los niños lectores, probablemente por haber sido un niño retraído, criado en Nueva York a principios del siglo XX, entre la Gran Depresión y las grandes guerras. Por lo mismo, Sendak vive aún y se ha transformado en uno de los autores contemporáneos de LIJ fundamentales, especialmente en el género del libro álbum.

Se ha dicho bastante que Donde viven los monstruos es el primer álbum contemporáneo. Publicado en 1963, fue galardonado con la Medalla Caldecott en 1964 y situó al autor dentro de un selecto grupo de creadores de LIJ que narran no solo desde la palabra sino que, muchas veces, principalmente desde la imagen. A Randolph Caldecott se le ha llamado el padre del libro álbum y a Sendak, desde la aparición de Donde viven los monstruos, el padre del libro álbum contemporáneo.

¿Qué tiene de especial dicho álbum? Mucho. Primero, el manejo de los silencios en el texto y en la ilustración: ¿Cómo es la madre de Max? ¿Alguien la ha visto? Pues no. Solo sabemos de ella a través de las palabras, a través de ese “¡MONSTRUO!”, a través del castigo a la cama sin cenar. Ella es el catalizador de la aventura, pero no aparece en ninguna imagen.

Segundo, por el manejo de la doble página. ¿Han notado cómo la ilustración se va “tomando” la doble página a medida que Max se adentra en el mundo onírico hasta que, en el clímax de la narración, ahuyenta completamente a las palabras? ¿Se han fijado que, a medida que Max vuelve a casa, la ilustración va “desapareciendo” hasta llegar a una última doble página que contiene solo palabras y un gran espacio en blanco? Cada vez que he mostrado estos “ingenios” de Donde viven los monstruos a mis estudiantes y grupos de adultos dedicados a la LIJ, he recibido unos asombrados: “¡Oh, no me había dado cuenta!”.

Donde viven los monstruos es un libro álbum fundamental para la comprensión del género y de la LIJ en su conjunto. El autor construyó este álbum sin que le importasen las aprehensiones adultas sobre el tema del miedo infantil, sobre cierto maltrato de la madre hacia el protagonista o sobre los aspectos negativos de vivir en la fantasía, lo que revela el sitial en que ubicó al lector infantil. Finalmente, él es el primer y último crítico de la LIJ. Para ellos está destinada y para ellos fue creada. Que a nosotros nos perturbe, poco o nada importa.

No puedo cerrar este espacio sin antes referirme al amigo lijero, Roberto Cabrera, quien, con su evidente pasión por la LIJ, logró encantar a muchos nuevos apasionados. Uno de sus álbumes favoritos era Donde viven los monstruos. Seguramente, hoy está en un mejor lugar, en el lugar donde viven los monstruos, el lugar donde será coronado como el más monstruo de todos y se convertirá en rey de todos los monstruos. Amigo lijero, buen viaje.

Kalandraka: http://www.kalandraka.com/blog/2014/01/27/maurice-sendak-en-kalandraka/
Imaginaria: http://imaginaria.com.ar/22/2/sendak.htm
Medalla Caldecott: http://www.ala.org/alsc/awardsgrants/bookmedia/caldecottmedal/caldecottmedal

Lukas y el alma porteña

En un relato atravesado por sus propios recuerdos, el autor e ilustrador chileno Marcelo Escobar escribe sobre un hombre cuya obra cambió su manera de ver el mundo: Renzo Pecchenino, el inolvidable Lukas.

Por Marcelo Escobar
Escritor e ilustrador

Lukas-completa

Ilustración de Marcelo Escobar
www.marceloescobarm.blogspot.com

Mi primer acercamiento al trabajo de Lukas ocurrió, como suele acontecer en los encuentros memorables, por azar. Yo era un niño y frecuentaba la biblioteca pública que quedaba cerca de mi colegio. Ahí transcurrían las horas al amparo de la luminosa sala de lectura y de la eterna chimenea que hacía más acogedoras las tardes de invierno.

Una de esas frías tardes, sumergido en esos anacrónicos anaqueles repletos de pequeñas fichas escritas a mano, donde se catalogaban los volúmenes que abarrotaban las estanterías de esa remota biblioteca que hoy recuerdo entre la bruma del tiempo, di con el extraño y sugerente título de un libro: Bestiario del Reyno de Chile (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972). Cuando lo tuve entre mis manos, contemplé maravillado esas extrañas imágenes en la portada color paquete de vela. Un perro antropomorfo con la cara de un hombre de rasgos típicamente chilenos, con una amplia sonrisa de fuertes dientes y, coronando la cabeza de mechas tiesas, una enorme cresta de gallo. En el interior, una escueta dedicatoria: A Condorito.

Lo que venía a continuación era realmente asombroso: casi 90 páginas de una fauna inconcebible, delirante, profusamente dibujada con finos trazos y colmada de detalles y texturas. Cada dibujo venía acompañado de una descripción en un latín muy libre, con nombres imaginados, como “Melancolicus vulgaris chilensis”.

El libro parecía el cuaderno de notas de un naturalista empeñado en descifrar el alma de Chile, dedicado a observar y tomar nota, a clasificar una fauna única.

Mis ojos de niño se dilataban ante cada dibujo, y en ese momento supe que lo único que quería hacer era dibujar.

Con los años también supe que el naturalista imposible tenía también un nombre que evocaba a esos sabios que clasificaron cada piedra y árbol en nuestro país: Renzo Pecchenino Raggi, conocido en el Reyno como Lukas, natural del pueblo de Ottone, cercano a Milán, donde nació el 28 de mayo de 1934.

Un año más tarde, la familia Pecchenino arribó a Valparaíso, sumada al caudal de inmigrantes que han conferido a nuestro puerto esa identidad cosmopolita, y que han enriquecido con su bagaje cultural el patrimonio de una ciudad apasionada y única.

El pequeño Renzo estudió en la Scuola Italiana del puerto y luego ingresó a Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso, carrera que quedó truncada por la muerte del padre. Es en esa época cuando recibió algunos encargos como letrista y decorador de vitrinas, para luego publicar su primer dibujo el año 1958 en el diario La Unión. Nació Lukas, el dibujante que desarrollaría una labor íntimamente ligada al encantamiento de su Valparaíso querido, y que inscribiría su nombre junto a otros grandes amantes del puerto, tales como Joaquín Edwards Bello, Manuel Rojas y Pablo Neruda.

Ese amor por el puerto loco quedó registrado en el que se ha convertido quizás en el mejor testimonio de cariño a Valparaíso –al menos en términos gráficos–: Apuntes porteños. El libro apareció en 1971, nuevamente bajo el sello de Ediciones Universitarias de Valparaíso. Las detalladas ilustraciones y los informados textos dan cuenta de un puerto desconocido y oculto, que propaga su luz a un público maravillado.

La historia de una ciudad jamás fundada atravesó sus páginas de formato apaisado, contando su epopeya a través de dibujos en que su formación de arquitecto quedó plasmada en cada construcción imposible. “Aquí deberían dar examen todos los arquitectos de Chile”, decía Lukas, mientras dibujaba cada rincón de ese laberinto de escaleras que ascienden al cielo perdiéndose en los cerros. Manual de usos y costumbres, memoria de personajes que pululan en la estrecha franja del barrio Almendral, unas escasas cuadras que se comprimen entre el mar y los cerros. Ahí está nuevamente el investigador penetrante, mostrando sutiles detalles arquitectónicos, naufragios de goletas varadas en avenida Pedro Montt, ascensores que aparecen escondidos tras pequeñas puertas en algún recoveco de su loca topografía, y que se encumbran a los cerros atiborrados de casas que parecen querer alzar el vuelo en el cálido viento de septiembre, en la también llamada Ciudad de los Vientos.

A mediados de los ochenta, retomando el hilo de mis recuerdos, vi a Lukas en UCV Televisión, el primer canal en Chile, como otras de las tantas “primeras” instituciones que nacieron precisamente en el puerto. Era un espacio sencillo de conversación, sin pretensiones, donde el artista hizo gala de su prodigiosa memoria porteña, narrando particulares episodios de la historia de “Pancho”, amistoso mote que recibe Valparaíso por la iglesia de San Francisco, cuya torre rojiza era como un faro y lo primero que distinguían los marinos al acercarse a la bahía. Lukas hablaba con soltura sobre el origen del hospital Van Büren o del bombardeo de la flota española en 1865, mientras dibujaba las volutas de humo que se alzaban de los cerros, en el detallado dibujo del puerto que realizó mientras conversaba amenamente.

Durante la década del sesenta, el prestigio de Lukas creció a punta de dibujos y su fino humor volcado en El Mercurio y La Estrella de Valparaíso. Pronto se sumarían El Mercurio y La Segunda de Santiago, además de las revistas Topaze, el Pingüino y el entrañable Mampato; luego vendrían medios en Estados Unidos y Brasil.
Los premios se acumularon. Su talento y extraordinaria cultura le valieron numerosos galardones a su labor de difusión y su trabajo como cronista gráfico de nuestra particular idiosincrasia, hasta recibir el Premio Nacional de Periodismo en 1981.

La recompensa postrera le llegó en 1987: se le otorgó la ciudadanía chilena por gracia a un artista que trabajó incansablemente por desentrañar ese ligero hálito que llamamos el “alma chilena”. Apenas unos meses más tarde, el 7 de febrero de 1988, luego de una larga enfermedad, falleció uno de los habitantes más ilustres de Valparaíso y de Chile.

Mi propia historia, como un sencillo dibujante que se siente heredero de ese encantamiento por lo nuestro, comenzó hace treinta años, una fría tarde de invierno junto a la dedicatoria de un libro: A Condorito.

Lukas-1

Lukas-2

Lukas-4

Ilustraciones gentileza Fundación Lukas

El cometa vagabundo, Mark Twain

Uno de los escritores más importantes de la historia literaria moderna nació y murió en sincronía con la ida y vuelta de un famoso astro por la Tierra, pero hasta hoy brillan sus emblemáticos personajes: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Este 2014, las aventuras de Huck, consideradas la obra maestra del escritor, cumplen 130 años desde su publicación.

Por Adolfo Córdova (México)
Periodista, narrador y promotor de la lectura
www.linternasybosques.com

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Ilustraciones de Guillermo Bonilla     
http://cargocollective.com/portafolio

–¡Sam!
Silencio.
–¡Sam!
Silencio.
–¡Dónde andará metido ese chico…! ¡Sam!

Sam podría estar con su amigo Tom, buscando huevos de tortuga en islas arenosas, tras la pista de algún tesoro dentro de una cueva o intercambiando dos trozos de vidrios de colores por una rana muerta.

Si imaginamos la infancia de Mark Twain, hay que pensar en otros nombres: Sam, Tom y Huck. Sam, por Samuel Langhorne Clemens, el nombre de nacimiento de Twain, el nombre con el que lo llamaba su madre cuando debía alistarse para ir a la iglesia o regresar a casa luego de un día pescando en el Misisipi; Tom, por su amigo Tom Blankenship, el vagabundo y marginado del pueblo que el escritor inmortalizaría de dos formas en sus obras: dando su nombre al célebre Tom Sawyer y su personalidad a Huckleberry Finn.

Sam, Tom y Huck, los verdaderos y los que habitan las páginas de los libros de Twain, son todos parte de él.

Retomando las palabras con que Huckleberry Finn inicia sus aventuras, podríamos decir: “Tú no sabes nada de Mark Twain si no has leído un libro llamado Las aventuras de Tom Sawyer…”. El propio escritor, en el prefacio de esa obra, señala: “La mayor parte de las aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido: algunas me ocurrieron a mí; el resto a muchachos que fueron mis compañeros de escuela. Huck Finn está tomado del natural; Tom Sawyer, también, pero no de una sola persona: es una combinación de los rasgos de tres muchachos conocidos míos…”.

Valga entonces iniciar esta semblanza con una recomendación: si se quiere conocer la infancia de Twain, el paisaje de juncales, bancos arenosos, bosquecillos y cementerios, y sus travesuras en la escuela y en las calles polvorientas de Hannibal, basta abrir las páginas de sus dos obras más leídas, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, ambas modelo del relato de aventuras y paradigmas de la literatura infantil y juvenil.

La llegada del cometa

Los padres de Twain, John Marshall Clemens, abogado y tendero, y su mujer, Jane Lapton, venían de familias terratenientes que poseían un buen número de esclavos e incluso cierta ascendencia aristócrata en Inglaterra.

De poco les sirvió. Fueron de la esperanza de un futuro próspero a la bancarrota. Cuando el escritor tenía 11 años, ya no eran muchos los muebles que podían darle al sheriff para que los embargara. Se habían ido deshaciendo del piano, la cubertería, el servicio de té…

Después de varios negocios fallidos, y con un sueldo de abogado rural que no les alcanzaba, el padre de Twain decidió que debían mudarse a Missouri, a un caserío y cruce de caminos llamado Florida. Ahí, el 30 de noviembre de 1835, nació Mark Twain, el sexto de siete hijos. Sus padres lo llamaron Samuel, como su abuelo paterno. Esa noche brillaba en el cielo el cometa Halley.

Twain tenía voz de profeta. En 1909 había bromeado: “Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: ‘Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir’. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”.

Y así fue: murió de un paro cardiaco el 21 de abril de 1910, listo para subirse al cometa que orbitó la Tierra al día siguiente.
Pero otra premonición lo persiguió antes y lo hizo sentir culpa siempre. En la época en que era piloto de barco de vapor, Samuel convenció a su hermano Henry de que trabajaran juntos. En junio de 1858, cuando tenía 20 años, Henry murió en la explosión del vapor Pennsylvania. Twain había soñado esa muerte un mes antes.

Algunos años después del nacimiento de Sam, en 1839, la familia se trasladó a la ciudad de Hannibal para seguir probando suerte. El padre ahí trató de criar mulas, comprar y vender propiedades e incluso iniciar una industria de gusanos de seda. Nada funcionó.

La mala suerte para los negocios también marcaría a su hijo. El escritor fracasó como minero, buscador de oro, especulador, editor e inversionista en nuevas tecnologías (de hecho, patentó tres inventos: una mejora de correas ajustables y desmontables para la ropa, para sustituir a los tirantes; un juego sobre anécdotas históricas; y un libro de fotos autoadhesivas que tenía un pegamento seco en las páginas y solo se tenía que humedecer un poco antes de usarlo).

Ninguno funcionó como imaginaba y cayó en la ruina. Pero gracias a su amigo Henry H. Rogers, importante empresario, pudo recuperarse económicamente. Rogers organizó sus finanzas y lo hizo publicar más libros y dar muchas conferencias. El humor, las ocurrencias y la presencia de Twain eran más que conocidas y llegó a convertirse en una verdadera celebridad. Convocaba multitudes.

El llamado del río

Desde muy pequeño Sam mostró una fascinación especial por el agua. Apenas aprendió a caminar empezó a escabullirse de su casa para correr hasta la orilla del río. Más de una vez algún vecino lo sacó medio ahogado cuando ya pataleaba y daba brazadas desesperadas. Pero estas experiencias no lo alejaron de las aguas. Al contrario, tanto amó al Misisipi que durante un viaje río abajo a Nueva Orleans en un barco de vapor decidió volverse piloto. En 1859, cuando tenía 24 años y luego de dos años de estudiar meticulosamente el cambiante río, obtuvo la licencia. No navegó mucho tiempo porque en 1861 estalló la Guerra de Secesión y se restringió el tránsito por el Misisipi. Más tarde recordaría esa época como la más feliz de su vida. Su seudónimo es una expresión que utilizaban los esclavos negros en los barcos cuando decían “Marca dos”, al referirse al calado mínimo para una navegación segura, que es de dos brazas.

El río y Hannibal, además, son los principales escenarios de muchos de sus textos y de los más trascendentes, pero verdaderamente fue un milagro que Sam sobreviviera a sus primeros años. No solo por sus excursiones al agua, sino porque tres de sus hermanos murieron antes de cumplir los 10 años por las condiciones precarias en las que vivían. El propio Twain había sido un niño sietemesino y enfermizo que luego diría que vivió gracias al aceite de hígado de bacalao que le daba su madre.

Cuando Sam tenía 11 años, su padre murió de neumonía. Él dejó los estudios, solo llegó hasta quinto grado, y empezó a trabajar como aprendiz de impresor en un periódico local. Llegó a ser tipógrafo y empezó a escribir algunos relatos breves de viajes en un diario del que se había hecho propietario su hermano mayor y amigo, Orion. Y así despegó: escribiendo, viajando y reporteando para distintos diarios.

El 3 de febrero de 1863 firma por primera vez como Mark Twain en un pequeño periódico de la ciudad de Virginia, en Nevada. Se trataba de una nota humorística sobre un viaje. Pero fue La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (una simpática historia sobre un apostador) la que el 18 de noviembre de 1865 fue saltando de periódico en periódico y atrajo las miradas a nivel nacional.

Se enamoró de Olivia cuando la vio en una foto. La conoció en diciembre de 1867 e iniciaron un noviazgo, sobre todo por carta. Olivia rechazó su primera propuesta de matrimonio, pero Samuel insistió y en febrero de 1870 contrajeron matrimonio.

Desde entonces y hasta 1880, Twain pasó los veranos con su familia en la granja de una hermana de Olivia, Susan, quien mandó a construir un estudio en forma octagonal para que su cuñado tuviera dónde escribir. En esa época escribió muchos de sus clásicos, incluido el más elogiado de todos, Las aventuras de Huckleberry Finn, que este año cumple 130 años desde su publicación.

Para muchos, es una obra fundacional de la literatura occidental. T. S. Eliot, William Faulkner, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Norman Mailer y Roberto Bolaño han sido algunos de sus principales seguidores.

“Toda la literatura moderna de Estados Unidos proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn (…). Antes de él no había nada. Después no ha habido nada tan bueno”, escribió Hemingway en 1934.

Era la historia de un vagabundo que brillaba con los destellos del río, como un tal Tom Blankenship, como Tom Sawyer, como Samuel Clemens, como el fenomenal cometa en el que llegó y se fue Mark Twain.

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Isidora Aguirre y la literatura infantil

Reconocida como una de las figuras más sobresalientes del teatro chileno del siglo XX, Isidora Aguirre también escribió e ilustró libros para niños.

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor, narrador y especialista en literatura infantil y juvenil

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Ilustración de Marisol Abarca / http://marisolabarca.tumblr.com

A los 91 años falleció en Santiago la escritora y dramaturga Isidora Aguirre Tupper (1919-2011). Entre sus obras se destacan La dama del canasto (1965), Los que van quedando en el camino (1969) y Lautaro (1982). Menos conocido es su trabajo como ilustradora y escritora de libros infantiles.

Su madre fue la pintora María Tupper Huneeus (1893-1965), que tenía una tertulia en la calle Rosas frecuentada por Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, María Luisa Bombal y el muralista mexicano Diego Siqueiros. Impulsada por estas visitas, Nené Aguirre escribe a los 6 años el cuento Los anteojos de Pepito, y a los 15, adivinanzas y cuentos por iniciativa de la escritora Marta Brunet, para ser publicados en la sección infantil de la revista Familia. Más tarde los recopiló en el libro Ocho cuentos (1938) de la editorial Zig-Zag. Estos son: El Payasito, El viejo puente, El castigo de la luna, La muñequita porfiada, El sauce llorón, Una aventura de Rosita, La muñeca de Rosita y Juan y medio.

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Ocho cuentos (1938) de Isidora (Nené) Aguirre, con ilustraciones de la autora.

A los 28 años, recrea Wai-Kii, una leyenda hawaiana que publica en la editorial Rapa Nui en 1947, el mismo año en que su tía Ester Huneeus, asidua contertulia de su madre, presenta a Papelucho. En el libro Conversaciones con Isidora Aguirre de Andrea Jeftanovic (Frontera Sur, Santiago, 2009) la escritora recuerda: “En la década de los 40, mucho antes de empezar a escribir obras de teatro, escribí una novela para niños. La mandé a un concurso en una editorial de nombre Rapa Nui. Me basé en un libro antiguo sobre Hawai, en el que se habla de su gente y su mitología. En la novela invento la leyenda de un río que tiene que ver con sus mitos. El personaje Wai-Kii, hijo de la diosa del mar y de un navegante, luego de muchas aventuras, termina convertido en lava por la enemiga de su madre, la diosa de fuego, que mora en los volcanes. Pero de su frente mana un hilo de agua, el que se convierte en un río que fertiliza la isla, y tanto el joven como el río, por sus atributos, simbolizan al poeta y a la creación. (…) Hernán del Solar, jurado del concurso, me anunció: ‘Su novela para niños sugiere que a usted le da para muchísimo más.’ No imaginé que ese ‘muchísimo más’ serían las treinta y tantas obras de teatro y las cinco novelas que esperaban ser escritas en el futuro”.

De esta edición destacan las ilustraciones de Hedi Krasa, artista nacida en Viena en 1923 que emigró de Austria debido a la persecución judía y llegó a Chile en 1939, a los 16 años. Luego, se integró al Ballet de Ernst Uthoff como bailarina, escenógrafa y diseñadora de vestuario del ballet Giselle en 1945. Un año más tarde creó el vestuario para el ballet Drosselbart o el Príncipe Mendigo, basado en un cuento de los hermanos Grimm. En esa época, los diseñadores de vestuario también ilustraban cuentos de hadas, por eso no nos sorprende que Hedi Krasa haya derivado también en la ilustración de libros infantiles de la editorial Rapa Nui. La artista regresó a Europa, donde trabajó como escenógrafa y pintora de retratos, y volvió a Chile en 1986, donde murió en 1989.

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Portada de la novela Wai-Kii de Isidora Aguirre, inspirada en una leyenda hawaiana.
Publicada en la mítica editorial Rapa Nui, que dirigió Hernán del Solar. Ilustrada por Hedi Krasa.

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Ilustraciones originales realizadas por Isidora Aguirre para su novela Wai-Kii,
no incluidas en la edición de Rapa Nui.

Siempre en el ámbito de la literatura y el teatro infantil, Isidora Aguirre presentó en 1956 Anacleto Chin-Chin, una farsa infantil en un acto.

Su obra más conocida fue La Pérgola de las Flores (1960), que se estrenó bajo la dirección de Eugenio Guzmán con música de Francisco Flores del Campo. Esta comedia musical supuso un extraordinario éxito y una consagración de la artista, además de constituir un hito en el teatro nacional. Sin embargo, opacó en cierta medida sus otras obras, ya que el público se quedó con La Pérgola, olvidando sus otras creaciones, entre ellas, las dedicadas a la literatura infantil, que merecen una reedición y estudios críticos.

María de la Luz Uribe. En poco más de 600 palabras

Acogiendo una petición de la Revista Había una Vez, Fernanda, hija de María de la Luz Uribe y Fernando Krahn, hace un emotivo recuerdo de su madre, un “pequeño mosaico” de piezas inolvidables.

Por Fernanda Krahn Uribe

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Fotos: gentileza familia Krahn Uribe

Cuando me comprometí a escribir en seiscientas palabras algo sobre mi madre, no sabía que me iba a resultar tan difícil poner en orden todas las pequeñas piezas de un mosaico que, para mí, cada vez se ha ido alejando más del lenguaje.

Hubo un tiempo, eso sí, en el que mi relato personal sobre ella se basaba más en definiciones. Cuando se realizó el documental Aunque no sea cierto, me sentía capaz de hablar del descubrimiento de los poemas inéditos de María de la Luz Uribe, me atrevía a especular sobre qué podía haberla llevado a guardar celosamente su actividad como poeta, más allá de su figura pública como autora de libros para niños, profesora de teatro, ensayista y madre. Porque tras esos roles se escondía una mujer profundamente letraherida, que escribió a diario unos sonetos muy íntimos y al mismo tiempo muy universales. Una especie de decisión blanca de piel para adentro, por darle el nombre del retiro de su admirada Emily Dickinson.

Así pues, durante el rodaje del documental sobre mi madre, me interné junto a mis dos hermanos en el mundo de sus escritos, tratando de hallar un hilo conductor entre la niña que se divertía disfrazándose, hurgando en los baúles de sus queridas tías solteras; la mujer joven de activa vida social que logró reconocimiento con sus ensayos sobre la Comedia del Arte, o sobre Cesare Pavese; la autora de libros infantiles en verso y en prosa junto a su marido Fernando Krahn (historias caracterizadas por su sutil sentido del humor); la mamá haciendo pancito amasado en la cocina, pasando por la adolescente atormentada y tendiente al aislamiento, que a los quince años escribía versos como este:

Dudo si es sensible o fría consistencia Esta que me forma (sin saber qué formará) Luciendo una niñez quizás ya muerta, Abriendo paso a la naciente adolescencia Que también, algún día, morirá. Usurpará al señor un alma eterna. Zozobrará en la noche inmortal.

La muerte de nuestro padre, Fernando Krahn, en 2010, nos llevó a mis hermanos y a mí a una inquietante sensación de orfandad total. Era una pareja simbiótica, tanto en lo profesional como en lo personal. Habían creado para nosotros una burbuja de paz y de armonía en la que se propiciaban siempre el juego y la creatividad. El hogar acogedor cuya primera columna, nuestra madre, se había hecho añicos en 1994, parecía terminar de derrumbarse con la abrupta partida de nuestro padre. Aunque ya fuéramos adultos.

En la búsqueda de una nueva forma de relacionarnos entre nosotros, y de entender a las personas que nos habían dado la vida, nos hallábamos los tres cuando se rodó el documental. Y buscábamos palabras para definirlos. Llamé pudor al impulso de mi madre por esconder su poesía más íntima. Lo atribuí al hecho de ser la hermana del poeta Armando Uribe, a haber estado muy vinculada a Pablo Neruda, con quien cooperó en la traducción de Romeo y Julieta, y quien luego admitió su desilusión al verla convertida en una feliz esposa y madre, cuando se esperaba otra cosa de ella.

Me acerqué a Lucita, la bebé que pasó muchas horas solita en su cuna bajo un árbol, cuidada por otras personas porque su madre, tras dar a luz, enfermó gravemente de tuberculosis. Pensé en ese personajillo insidioso, La Culpa, atascada en las mazmorras de su inconsciente; establecí paralelismos entre ese exilio de cuna en la primerísima infancia y su permanente estado de exilio vital. La añoranza de Chile que la mordía con tal furor, que nuestra mamá, tan acogedora, cercana, ingeniosa y entretenida, era abducida por una oscuridad desconcertante, estados que aunque fueran breves no nos pasaban desapercibidos a nosotros, sus tres hijos. Como por arte de magia, de pronto volvía a ser la de antes y podía aparecer a la hora de la cena con un papelito en el que había escrito un nuevo verso para el libro para niños que estuviera preparando en ese momento. Versos como estos:

(…)
Y tienen tres hijos,
un gato, un cobijo,
juntos hacen libros,
salen a pasear.
Ríen de lo cómico,
y de lo ridículo,
pero son armónicos,
rítmicos y líricos.

RECORDANDOA

Estos versos forman parte de una pequeña introducción biográfica en el libro infantil Las cosas del salón, ilustrado por mi padre. La autora de más de treinta libros infantiles junto a su esposo, hablaba así de su relación con él, deleitándose con las esdrújulas. Pero también escribía, en sus cuadernos privados, sonetos como este, en el que claramente habla de ella y de Fernando:

Es raro estar de pronto ante la puerta que no puedo cerrar, ni abrir consigo. Y no estar sola, sino estar contigo sin saber si detrás hay hueco o huerta.

Y si lográramos dejarla abierta y salir los dos juntos, amor mío, ¿Pasearíamos en busca de racimos o sería caída ya sin vuelta?

Pero eso no es posible. Y así estamos ante la puerta inmóviles, cogidos por un extraño imán que ignoramos.

Y que puede de pronto interrumpirnos y tras y ante la puerta separarnos sin ninguna razón, ningún sentido.

Sabíamos que sus encierros en su escritorio, tras la cortina de humo de sus innumerables cigarrillos, eran el umbral de entrada y de salida de esos estados de ánimo para nosotros incomprensibles. Lo que sucedía allí le pertenecía solo a ella.

En fin. En el año 2011 me interné en todos los mundos posibles de mi madre, a través de sus escritos, intentando explicarme a mí misma quién era realmente María de la Luz Uribe, más allá de la mamá. Ahora, en el año 2013, siento que para mí cualquier intento por definir, explicar, biografiar a alguno de mis padres se me hace complicadísimo. Así que aquí queda este pequeño mosaico, uno entre muchos posibles, con algunas de las piezas que he reunido hoy sobre María de la Luz.

Adiós a Elsa Isabel Bornemann

Elsa Isabel Bornemann (1952-2013) nació predestinada para escribir libros infantiles ya que fue hija de Blancanieves. Sí. Su madre era argentina descendiente de portugueses y españoles y se llamaba Blancanieves Fernández, y su padre  Henri Bornemann, quien llegó desde Alemania a Argentina a colocar una campana y un reloj en el Concejo Deliberante de Buenos Aires.

Por Manuel Peña Muñoz
Escritor, profesor y especialista en literatura infantil

Ilustraciones de José Reyes / www.flickr.com/photos/cosasdejose

Lamentablemente los sorprendió la revolución del año 1930 y los mecánicos relojeros se tuvieron que regresar, dejando al señor Bornemann para que cobrara, pero lo cierto es que pasó el tiempo y nunca regresó. Colocando un día un reloj en la famosa tienda de departamentos Harrods de Buenos Aires, vio salir a una mujer muy bella del brazo de una amiga. No sabía si aquella era una mujer real o un personaje de un cuento. Se acercó a ella y le preguntó su nombre. “Blancanieves”, le respondió. Desde entonces se amaron y se casaron como en los cuentos de hadas. De la unión nacieron tres hijas, la menor de las cuales fue Elsa Isabel, que nació en el Parque de los Patricios. Seguramente en su bautizo la visitó un hada de los buenos deseos que le concedió el don de escribir cuentos infantiles y juveniles.

A partir de la década del 70, teniendo apenas 20 años, empezó a publicarlos en libros. Luego siguió escribiendo poemas, novelas, canciones, ensayos, reseñas y guiones teatrales. Muchos de sus cuentos fueron traducidos al braille y también se grabaron en discos. Interesada en la poesía, publicó Poesía Infantil. Estudio y antología  y Antología del cuento infantil.

Sus obras rompen los estereotipos tradicionales y presentan temas para que los niños reflexionen y sean críticos del mundo que habitan. Son libros que tratan sobre la amistad, la injusticia, el miedo, la guerra, la desaparición, la muerte, la sátira a las historias de horror y la destrucción de los mitos.

Cercana al mundo oriental, por haber viajado a Japón, escribió un cuento conmovedor, Mil grullas, con el tema de la bomba atómica de Hiroshima y de cómo afectó la vida de dos adolescentes enamorados. Otro cuento lleno de ternura es ¿Por qué es tan hermoso el oficio de cartero? Son cuentos delicados, profundos, llenos de emoción… Todos ellos hablan el lenguaje de los afectos…

Junto con escribirlos, Elsa participó en congresos tanto en Argentina como en el extranjero, impartió talleres y cursos, difundió la literatura infantil, viajó por muchos países, recibió premios, inauguró en Argentina la moda de los libros infantiles de terror, escribió cuentos sobre los sentimientos amorosos de la infancia y fue una apasionada de la literatura, convencida de la felicidad que transmite la palabra escrita.

La conocimos en un encuentro sobre Pablo Neruda en el Palais de Glace en el barrio de La Recoleta de Buenos Aires, porque su obra estaba muy cerca de la poesía. Amable, sonriente y melancólica, dio su testimonio poético, sola en el escenario…

Catorce años más tarde, estábamos con otros escritores en la provincia de Misiones, participando en unas Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil, cuando nos sorprendió la noticia de su fallecimiento. De inmediato compartimos recuerdos de cómo la conocimos y de cómo nos impresionaron sus libros… Hacía tiempo que no la veíamos. Se relacionaba muy poco con los otros escritores. Muy pocos sabían de ella. Tenía apenas 61 años. Sus libros quedan ahora con nosotros: Un elefante ocupa mucho espacio, Queridos monstruos, El libro de los chicos enamorados; la vida de Elsa Isabel latiendo en cada una de sus páginas…