Categoría: Nuestro Ilustrador

Vicente Reinamontes: “La ilustración y la gráfica chilena abren nuevas maneras de ver la historia”

Su verdadero nombre es Vicente Reyes Montealegre y es diseñador de narrativas visuales y proyectos creativos. Codirige la editorial Pupa Press y piensa en el diseño como una herramienta para promover el desarrollo individual, social y cultural. Sus ilustraciones de Al sur de la Alameda han dado la vuelta al mundo con una grandísima acogida y un también gran abanico de reconocimientos nacionales e internacionales para la obra escrita por Lola Larra. Ahora ilustra la portada de este número de nuestra revista, transmitiendo en lenguaje gráfico un viaje por los diferentes formatos de la lectura con los que contamos hoy en día.

Por Claudio Aguilera

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Ilustraciones de Vicente Reinamontes

Imagina el aterrizaje de un ovni en el jardín de tu casa. Ahora cambia el platillo volador por un libro y la improvisada pista por una librería. Más o menos así se sintió la llegada de Al sur de la Alameda, la novela escrita por Lola Larra, ilustrada por Vicente Reinamontes y publicada por Ekaré Sur, en 2014.
Nos detenemos en su portada. Y en el ilustrador. La primera, de alto contraste, con una buena dosis de pop y otro tanto de experimentación. Su cuidado diseño e impresión, que en la primera edición incluía un troquelado y otros detalles que hicieron brillar los ojos de los cazadores de libros bellos. El segundo, tenía que reflejar una historia cautivadora ambientada en el Chile reciente que funcionaba como testimonio de una época, relato de iniciación y crónica de un movimiento social, dirigida a un público juvenil pero imposible de etiquetar. Imágenes de un estilo y una oscuridad poco habitual en las estanterías nacionales, y bastante diferentes a todo lo que habíamos visto en la editorial que lo publicaba, que iban y venían con total libertad entre la ilustración y la historieta, dando como resultado un mestizaje difícil de clasificar.
Todo hacía de este libro un objeto singular, refrescante y lleno de sutiles complejidades. Por eso, su presencia en el planeta LIJ (literatura infantil y juvenil), poco acostumbrado a los sobresaltos, no pasó indiferente. En Chile y el mundo comenzó a hablarse de una obra que recogía hechos locales con un lenguaje universal; que no necesitaba de magos, vampiros, hombres lobo ni universos de fantasía post apocalíptica para atraer a los jóvenes lectores. Y los premios y reconocimientos no tardaron en llegar, incluidos todos, absolutamente todos, los galardones destinados a distinguir al libro ilustrado y a la literatura infantil y juvenil chilena.

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“Llegué a preguntarme si era normal que un libro recibiera tantos premios”, reconoce Reinamontes al momento de evaluar este intenso período. “Entré al proyecto con una ingenuidad tremenda. Me gustaba la propuesta, estaba muy alineada con lo que quería hacer, y me concentré en que el libro quedara bien. Nunca proyecté el impacto o recepción que iba a tener. Por eso, todo ha sido una enorme sorpresa”.

A pesar del sorpresivo, y sorprendente, resultado, el ilustrador Vicente Reinamontes parecía estar destinado a integrar el equipo de Al sur de la Alameda.
Él había vivido esos meses fervorosos, con sus alegrías y contradicciones. “Cuando leí el texto, me sentí muy identificado con el protagonista, porque yo iba a un colegio privado donde nadie tenía idea de lo que estaba pasando. Así que, con algunos compañeros, nos organizamos e hicimos fanzines y afiches, y tratamos de generar debate para hablar del tema. Pero sobre todo fue una época importante a nivel personal, porque ya estaba totalmente fuera del clóset y estaba dando microluchas en varios frentes. Entonces esa revolución interna tenía una relación con lo que estaba pasando afuera, algo que también le sucede a los personajes del libro”.

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Tras aquellas primeras incursiones en el mundo de la autopublicación, durante sus estudios de diseño siguió uniendo activismo y gráfica y abriendo un campo de trabajo que aún explora a través de su editorial Pupa Press. “Cuando me contactaron de Ekaré Sur estaba terminando mi proyecto de título, que realicé con organizaciones vinculadas a la diversidad sexual. Me interesaba usar el fanzine, la ilustración y el diseño como herramienta de expresión, pero jamás pensé que podría hacer un libro en esa línea”, comenta.

-Siempre la ilustración y la gráfica han estado vinculadas a los movimientos sociales. ¿Crees que libros como Al sur de la Alameda, Los años de Allende y Lota 1960 están retomando ese antiguo rol?

-Sí, me gusta lo que está pasando con la ilustración y la narración gráfica porque están abriendo nuevos imaginarios y nuevas maneras de visualizar la historia de nuestro país. Y eso es porque permite desarrollar una sensibilidad especial para aproximarse a los temas sociales. Además, genera un vínculo con los hechos en diversos niveles, más allá del contenido, incluyendo sensaciones, colores y maneras de leer la imagen. ¡Qué distinto va a ser para un joven enterarse del movimiento estudiantil a través de una novela ilustrada en vez de a través de un par de capítulos de un texto de historia!

“Me interesaban el fanzine, la ilustración y el diseño como formas de expresión”

-Libros como los que hemos mencionado dejan en claro que la ilustración no es solo para niños.

-Me da risa cuando se dice que la ilustración es solo para niños porque todo lo que veo en Internet y muchos de los libros que están llegando a las librerías están dirigidos a adultos. Las obras Gay gigante, de Gabriel Ebensperger, y Diario de un solo, de Catalina Bu, son dos ejemplos de estas nuevas publicaciones que se atreven a jugar y a romper con las preconcepciones en torno a la ilustración y que muestran que los adultos están dialogando y disfrutando de los libros ilustrados. Algo que también debe motivar a los ilustradores a exigirse más, correr riesgos y atreverse a hacer proyectos que los diferencien del resto.

-¿Crees que ha habido también un cambio en el mundo del libro infantil y juvenil chileno?

-Claro, un libro como Los años de Allende no podría haber salido hace 10 años, y eso que estamos hablando del 2006. Ojalá que las editoriales sigan tomando riesgos. Y se atrevan a dar el siguiente paso y a no solo mirar a nuestro país, sino abrirse al mundo, incorporar otros imaginarios, aprender a mirar el mundo desde Chile.

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Valía la pena un libro como este

A pocos meses de instalarse en Londres, el mundo está a la vuelta de la esquina para Vicente Reinamontes. Elegida en 2014 como la mejor novela juvenil por el suplemento Babelia, del diario español El País, parte del prestigioso catálogo White Ravens que realiza año tras año la International Youth Library de Alemania, Premio 2015 de la Fundación Cuatrogatos, con sede en Estados Unidos, Al sur de la Alameda es una inmejorable carta de presentación internacional.
Pero su trascendencia es una más de las sorpresas que le ha dado el libro. “Siempre pensamos que era demasiado local. Pero ha coincidido con una serie de movimientos sociales en distintas partes del mundo, lo que le ha dado contingencia. Pero sobre todo es un libro que se concentra en las experiencias humanas. No se queda en la politiquería. Es sobre los cambios personales y nadie queda indiferente a eso”.

“Ojalá que las editoriales sigan tomando riesgos, den el siguiente paso y se abran al mundo”

Fue en México donde Vicente Reinamontes dimensionó el real impacto de la publicación. Y donde también recibió el reconocimiento más importante de todos los alcanzados hasta ahora. Invitado a participar en una serie de actividades en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara, tuvo la oportunidad de escuchar a jóvenes, profesores y estudiantes que habían leído el libro. “Una mujer joven se puso a hablar y en un momento mostró una de las ilustraciones. Comenzó a llorar. Estaban conmocionados porque la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa sigue siendo una herida abierta para ellos y la novela los tocaba a un nivel muy profundo. Ahí entendí el propósito y sentido de hacer un libro como este”.

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-¿Te preocupa que tu siguiente libro logre la misma repercusión que ‘Al sur de la Alameda’?

(Silencio) No, no tanto. Trato de ser lo más humilde y modesto que puedo con el tema de los reconocimientos. Los valoro, pero me quedo con la ingenuidad con que entré al proyecto y las satisfacciones que he obtenido hasta ahora. De lo contrario, sería un poco frustrante. Lo que sí me interesa es que el siguiente libro me enganche de la misma manera y con la misma fuerza que Al sur de la Alameda.

“Me gustó la propuesta de Al sur de la Alameda, pero nunca pensé el impacto que alcanzaría”

Para Vicente Reinamontes ese compromiso es el sello de su obra. Lo que le da coherencia sin importar si es editor, ilustrador o diseñador, si hace un fanzine intimista, una ilustración para una revista, un afiche por una causa social o un libro premiado mundialmente. Sin importar si cambia de estilo, de paleta o de país. Sin que importen los aplausos ni las medallas.

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Vicente Reinamontes

Nació en Santiago, estudió diseño en la Universidad Católica, y fue pasante en el taller del renombrado artista chileno, Sebastián Errázuriz, en Nueva York.

Publicado en RHUV Nº23

Benjamin Lacombe: “Los niños son muy sensibles a las metáforas”

Cientos de personas disputándose un lugar para verlo de cerca, pedirle un autógrafo o recibir una ilustración largamente soñada… Benjamin Lacombe definitivamente causó revuelo en su visita a Chile, organizada por Edelvives y Contrapunto. En medio de su apretada agenda, el francés conversó sobre arte e ilustración con la Revista HUV.

Por Bernardita Cruz M. y María José González C.

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Fotografías de Camilo Mendoza T.
 www.mesagrafica.cl

Tras una exitosa visita a Argentina, caracterizada por largas filas de fanáticos y auditorios repletos, el autor e ilustrador Benjamin Lacombe llegó en mayo a Santiago con un programa de actividades que incluyó firmas de libros y diversos encuentros con el público local. Al igual que lo sucedido al otro lado de la cordillera, el hombre detrás de los inolvidables Melodía en la ciudad, Los Amantes Mariposa, Ondina, El Herbario de las Hadas, Blancanieves, Cuentos Macabros y tantos otros éxitos literarios, fue altamente requerido por su fanaticada local.

Una de esas actividades fue una charla abierta en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP, donde Mónica Bombal, coordinadora de Lee Chile Lee desde el Mineduc, presentó apasionadamente al autor francés: “Lacombe es un artista curioso. En su prolífera obra ha incursionado en distintos géneros, técnicas y formatos creando un espectro de atmósferas que hacen difícil clasificarlo dentro de un estilo determinado. Vemos sus diseños en pañuelos, en carteras y en joyas. Reconocemos cómo otros artistas se inspiran en sus personajes de rostros pálidos, enormes ojos y labios rojísimos, y realizan muñecas y esculturas (…) Nos maravillamos con su reinterpretación de los clásicos, con su apuesta por incorporar la música a la lectura (…) Comprobamos cómo juguetea con los distintos formatos cargando de cuerpo, relieve y volumen sus escenas favoritas de relatos clásicos (…) Admiramos cómo se atreve a dar el salto a lo que aún parece una aventura para muchos: el formato digital”.

Muchas más son las palabras que permiten presentar y describir la obra y personalidad de Benjamin Lacombe. En nuestro Especial de Artes Visuales nos deleitamos con su propia voz.

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¿Por qué decidiste presentar en el Cono Sur Nuestra Señora de París y Swinging Christmas, dos libros con referentes tan ajenos a Latinoamérica?

No vine específicamente a presentar esos libros. Vine a encontrarme con mi público y los libros que acaban de salir son esos. Pero es interesante la coincidencia porque ¿qué hay más francés que Notre Dame? Me parece atractivo presentar estos dos libros acá; sería una lástima que como parisino viniera a hablarles de Don Quijote. La riqueza de contar con importaciones de literatura extranjera está justamente en los aportes que se pueden traer de esa otra cultura.

En todos los lugares donde vas recibes mucho cariño de tus seguidores. ¿Cómo lo tomas?

Para mí fue especialmente emocionante la semana pasada en Argentina. Era la primera vez que visitaba ese país y fue extremadamente conmovedor encontrarme con el público, hablar un poco, compartir experiencias, sentir su cariño… ¡Me dieron montones de regalos!

Uno tiene cierto miedo de no estar a la altura de sus expectativas. Traté de dar lo máximo de mí, hablar con todo el mundo, hacer dibujos para todos. Pero da un poco de susto: hay personas que llegan temblando o llorando, y uno trata de consolarlos, de decirles: “Aquí estoy, ¡tranquilo!”.

Tienes 32 años y eres un ilustrador muy reconocido internacionalmente. ¿Cómo llevas eso?

El reconocimiento es una noción relativa: soy conocido en algunos medios y países, pero hay mucho que despejar todavía. Sobre todo porque tengo un estilo particular de álbumes y libros y hay ciertos mercados que son reticentes al tipo de libros que yo hago, que esperan de la LIJ una propuesta más simple, colorida y alegre.

Lo que a mí me gusta es contar historias, desarrollar mi propio universo, expresarme de distintas maneras. Recientemente diseñé vitrinas, hice objetos, estoy trabajando en dos películas de animación, he hecho literatura ilustrada para adultos, acabo de terminar un cómic… Lo que me interesa es no hacer dos veces el mismo proyecto. Para que los lectores sientan que están en un descubrimiento permanente yo mismo debo estar descubriendo cosas nuevas, asumiendo riesgos y no haciendo solo lo que me resulta más cómodo.

Has dicho que estás a favor de dar “complejidad” a los libros para niños. ¿Cómo entiendes esa complejidad?

No necesariamente hay una voluntad de hacer más complejos los libros para niños, sino que no quiero rebajar el nivel de lo que trato de comunicar porque esté dirigido a ellos. Vale decir, contar de una manera muy simple, darle un final positivo, poner detalles tiernos o entregar una moraleja. Creo que los niños son capaces de comprender mucho más de lo que los papás creen que pueden.
He hecho libros sobre temas considerados tabú, como La niña silencio. Uno no le entrega a un niño cuando se va a la cama una historia sobre una pequeña maltratada, pero es un libro importante: cuando he visitado escuelas, veo que conmueve a los niños, los hace reflexionar.

Debe haber libros para el puro disfrute. Yo no pretendo hacer solo libros difíciles y pesados, pero me gustaría que se dijera de mis libros que permitieron un momento de poesía que ayuda a evadirse, y también que nos hicieron reflexionar.

¿De qué manera desafías a los niños?

Mi idea de búsqueda está en el objeto libro. En el 2007 fui uno de los primeros en utilizar la técnica de recorte láser. Fue en el inicio de Los Amantes Mariposa: hice la puerta interior de un jardín japonés, la misma que lleva al corazón de la casa y que coincide con el camino que recorre el personaje. Trato siempre que el fondo y la forma estén estrechamente ligados. A veces me dicen: “Eso es muy frágil para los niños” o “no es adecuado para ellos”, pero yo creo que hay que traer cosas nuevas, papeles novedosos, formatos diferentes. En Ondina usé un sistema de transparencias que hacen pensar en algo confuso. Hay un momento en que, a nivel narrativo, se levantan los calcos y uno tiene una impresión de evanescencia muy sutil. Los niños son muy sensibles a las metáforas.

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Ilustración de Ondina, escrito e ilustrado por Lacombe (Edelvives, 2012).

 

En una entrevista dijiste que era difícil educar a los adultos para que leyeran libros ilustrados. ¿Sientes que eso ha cambiado?

No sé cómo son las cosas aquí, pero en Francia, España, Alemania e Italia, en el siglo pasado, se estimó que la literatura ilustrada y los dibujos animados eran exclusivamente para los niños. Sin embargo, en el siglo XIX, e incluso antes, existía una tradición de libros ilustrados y de animaciones destinadas a los adultos. Recordé ese punto porque la literatura ilustrada conlleva otro tipo de lectura. No hay que considerar la ilustración como una simple decoración. La ilustración, incluso en su sentido etimológico, significa iluminar un texto. Una buena ilustración conduce la lectura hacia otra parte, hacia otra narración, y pienso que se pueden crear obras para adultos en ese sentido también.

¿Crees que actualmente los adultos están más abiertos a los libros ilustrados?

Eso me parece, aunque no me gustan las delimitaciones que se hacen entre literatura adulta y LIJ. Pienso que un buen libro puede leerse en distintos momentos de la vida. También hay libros, como los que ilustré de Allan Poe o de Victor Hugo, que exigen una edad mínima para poder acceder a ellos, pero no creo que haya una edad límite para acercarse a un libro.

¿Qué rol cumplen las editoriales en esta separación pragmática de la literatura infantil, juvenil y adulta?

No creo que sea un deseo de las editoriales crear esos límites. Se crean por muchas razones: eficacia comercial, búsqueda de un nicho de cierta edad, autores que tienen casos particulares. También hay un tema con las librerías, y ese fue el problema fundamental cuando publicamos los Cuentos Macabros de Poe. En Francia era el primer libro ilustrado para adultos que se publicaba en mucho tiempo, y no tenía lugar en las librerías: no podían ponerlo en novelas estándar por su formato, ni en cómic, ni en literatura juvenil. Les costó mucho definirlo y finalmente cada librería usó su propio criterio. Ahora, en las grandes librerías, se creó una sección de libro ilustrado mucho más abierta, ligada al cómic, a la novela gráfica.

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De Cuentos Macabros de Edgar Allan Poe, ilustrados por Lacombe (Edelvives, 2011).

 

¿Para ti, qué es el oficio de ilustrar?

Ser un buen ilustrador para mí es ir más allá de seguir un texto al pie de la letra y aumentarlo. No hay nunca que parafrasear un texto; hay que conducirlo en otra dirección. Dar luz a ciertos elementos, y necesariamente aportar la propia voz. En mi caso, no me considero solamente ilustrador sino autor: de mis 25 libros he escrito el texto de 18. Para mí es un trabajo de autor pues trato de desarrollar un universo propio, de generar emociones con las imágenes, el texto y el objeto libro.

¿Te consideras un artista integral?

Ocurre lo mismo que cuando le ponen una etiqueta a un libro. Cuando uno es un artista, uno necesita expresarse, y las etiquetas las ponen los otros. Yo tengo la posibilidad de hacer distintas cosas, y tomo esa oportunidad aunque el objeto de mi predilección sean los libros. Un creativo tiene, como su nombre lo indica, la idea permanente de crear distintas cosas.

Para terminar, ¿cómo es tu relación con los niños?

No tengo hijos propios, pero tengo sobrinos y sobrinas con edades muy variadas entre 8 meses y 15 años. También voy a los colegios y converso con los chicos. Es un público que no duda en decir lo que piensa. Me gusta mucho eso: me reconforta saber que mis decisiones son correctas. Veo cientos de niños por año que me dan una opinión directa y me confirman lo que son capaces de comprender.

Cuando comencé, me decían que lo que yo hacía no era para niños, que era muy complicado, que tenía que hacerlo de otra manera. El problema es que hay ideas preconcebidas y yo verifico que no son ciertas: los niños comprenden mucho más de lo que suponemos y no les gusta que uno “les sobe el lomo”, que los infantilice, que no los considere personas sino medias personas.

Conoce la obra de Benjamin Lacombe

© Benjamin Lacombe / ed Soleil / Metamorphose

www.benjaminlacombe.com

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Libros

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Cuentos silenciosos
Autor e ilustrador: Benjamin Lacombe
Textos: Antonio Rodríguez Almodóvar
Edelvives, 2010
ISBN: 9788426377203

 

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Los Amantes Mariposa
Autor e Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2008
ISBN: 9788426367976

 

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Melodía en la ciudad
Autor e ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2010
ISBN: 9788426376978

 

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Genealogía de una bruja
Autor: Sébastien Perez
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2009
ISBN: 9788426372475

 

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Blancanieves
Autores: Jacob y Wilhelm Grimm
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2011
ISBN: 9788426381484

 

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Nuestra Señora de París II
Autor: Victor Hugo
Ilustrador: Benjamin Lacombe
Edelvives, 2013
ISBN: 9788426390912

Alejandra Acosta: “Los estilos son imitables, la mirada propia no”

Con una visualidad potente y personal, Alejandra Acosta ha construido un imaginario sorprendente. Tras la calurosa recepción de Del Enebro y mientras trabaja en nuevos proyectos para España, México, Argentina y Chile, conversó con Claudio Aguilera sobre su trayectoria y su obra.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

Alejandra Acosta
Fotografía de Juan Francisco Lizama

Un antiguo libro infantil. Una fotografía deslavada. Una cajita repleta de figurines minúsculos. Un adorno de bronce. Un viejo peluche de los años 80. Alejandra Acosta busca secretos tesoros en un mercado persa. Se detiene y mira con atención. Observa cada uno de sus hallazgos, tanteando trazos de su origen, inventando para aquellos pedacitos huérfanos de pasado una historia, un futuro dentro de sus obras.

“Al igual que los surrealistas, creo en el azar. Pero también creo en que hay que salir a su encuentro”, dice mientras, encarnada en algún personaje sacado de Nadja, la novela de André Breton, sigue caminando sin rumbo, pero alerta a su próximo descubrimiento. Porque aun en medio del caos de antigüedades, trastos y mercaderías dudosas, ella se mueve con seguridad y con la certeza de que, tarde o temprano, encontrará la imagen precisa para completar su próximo collage.

Tal vez siempre ha sido así para esta diseñadora e ilustradora. Responsable de uno de los libros más hermosos, terribles y conmovedores de los últimos años, Del Enebro, publicado por los españoles Jekyll & Jill, y de dar forma a la inquietante prosa de María Luisa Bombal en El Árbol (Pehuén Ediciones), ha ido construyendo una obra cada día más personal sin dejar de lado el juego ni la búsqueda de nuevas posibilidades gráficas.

El trabajo de Alejandra Acosta es como un animal invisible y sigiloso del que solo podemos ver sus huellas”, ha resumido el poeta y artista visual español Alfonso Brezmes. “Combinando el collage y el dibujo en una alianza letal cuyo resultado podría resumirse en una palabra: escalofrío”, agrega.

Ciertamente, ya sea en un afiche para un seminario sobre fomento lector, una ilustración de prensa, una portada que se publicará en México, o en algunos de sus libros para niños, ella va dejando rastros de su forma de mirar el mundo, de su relación con los textos y con el oficio de ilustrar.

 

Buscar

Como toda historia, esta historia comienza con un “había una vez”. Había una vez una niña tímida que repletaba sus cuadernos de dibujos y se perdía en viajes interminables a través de las historias ilustradas de Las mil y una noches que su abuela le pedía leer en voz alta.

Con los años, ese gusto por la imagen quedó guardado, pero nunca se esfumó. Después de estudiar diseño, colaboró en diversas revistas hasta que en el 2002 fue nominada al Premio Altazor por su trabajo como directora de arte de la revista [Lat.33]. Fue entonces que decidió dejar su carrera para aventurarse como ilustradora. “Al principio no fue fácil”, recuerda mientras hojea un viejo y anónimo álbum fotográfico. “No conocía a nadie en el mundo de la ilustración, así que comencé a pedirles trabajo a los directores de arte que habían sido mis colegas. Envié portafolios, hice horóscopos, cientos de ilustraciones para textos escolares, hasta que poco a poco me volví ilustradora”.

Más tarde vinieron las portadas para los libros de SM y, en el 2009, dos hechos fundamentales: la publicación en la Colección Barco de Vapor de Pazuca en la duna de Marcela Paz, y la Mención Honorífica en el prestigioso concurso A la orilla del viento, del Fondo de Cultura Económica, con El niño con bigote, escrito por Esteban Cabezas.

 

Sin embargo, en ese momento ya comenzaba a gestarse un nuevo cambio. Tras un taller con el artista visual Mauricio Garrido, las tijeras y el papel cortado se hicieron parte fundamental de su obra. Con el surrealista Max Ernst como figura tutelar, Alejandra Acosta descubrió en el collage una forma de trabajo que expresaba bien su relación con la materia y con la intensidad que deseaba expresar en sus ilustraciones. “Recuerdo que cuando era niña no podía evitar acercarme a las esculturas, y siempre intentaba tocar un pedacito de ropa, un tenedor, lo que fuera, en las casas museo. Quizás buscaba una conexión. Y me doy cuenta de que mi proceso de construcción de un libro está muy ligado a eso. Para mí, la creación de cada ilustración es un ritual, un momento en que te enfrentas al papel y es tu piel la que habla. Nada más”.

 

Recortar

Alejandra Acosta estaba lista para dar el siguiente paso. Pero nuevamente la oportunidad llegó por azar. Recorriendo internet, los editores españoles Jessica Aliaga y Víctor Gomollón descubrieron su trabajo y su afición por las aves, y le encargaron ilustrar uno de los relatos menos conocidos y más descarnados de los recopilados por los hermanos Grimm: Del Enebro.

Publicada bajo el sello Jekyll & Jill, la oscura y sangrienta historia se transformó, en manos de la ilustradora, y con la complicidad de sus editores, en una exquisita pieza de orfebrería que ha recibido reconocimientos a ambos lados del Atlántico y fue elegida el Libro Mejor Editado en Aragón (España) en el 2012.

“Las ilustraciones de este libro”, ha comentado el español Isidro Ferrer, Premio Nacional de Ilustración, “tienen un tono particular, un tono silencioso, misterioso, dulce y aterrador. Un tono que proviene de la renuncia, de un deseo expreso de no demostrar las habilidades del ilustrador sino de adecuar la voz gráfica a la voz de las palabras impresas”.

La publicación marcó un antes y un después en la obra de la ilustradora. No solo porque le permitió dar a conocer su trabajo fuera del país, sino también porque ha significado abordar otros textos, como El Árbol de María Luisa Bombal, una de sus autoras predilectas. Y para Alejandra Acosta, ávida lectora de poesía, admiradora de artistas como Alejandra Pizarnik o Leonora Carrington, el encuentro con la palabra del autor es siempre un desafío y una oportunidad que recibe como un regalo.

“Del texto depende todo”, explica. “Me tomo bastante tiempo para esperar que el libro me dé una pista, y a partir de ese momento me agarro de una sola palabra o una emoción para desarrollar todas las imágenes”.

¿Haces diferencias a la hora de ilustrar para niños o para adultos?

Con los libros enfocados para adultos me comprometo de una forma muy emocional, y creo que eso también está relacionado con el tipo de texto que me suele llegar, algunos muy oscuros y otros tristes. Entonces, cuando me toca trabajar en un libro para niños me permito conectarme más con las sensaciones y con la libertad. Con todos los encargos lo paso muy bien. No podría vivir sin la complejidad de un texto que me obligue a trabajar el triple o que incluso me desgaste, ni sin la alegría que significa ilustrar para niños.
Ensamblar

Madre de dos hijos y profesora universitaria, Alejandra Acosta divide su tiempo entre proyectos para México, España, Argentina y Chile. “Me llegan correos de editores que me dicen: tengo el libro perfecto para ti, incluye mujeres y pájaros”, comenta entre risas acerca de dos de las figuras que se repiten en su obra reciente. “Una vez incluso una colega me escribió pidiéndome disculpas por hacer un libro de pájaros. ¡Yo no soy la ilustradora de los pájaros! Me encantan, pero puede ser que mañana me ponga a dibujar ornitorrincos”.

De hecho, lejos de identificarse con un estilo definido, se da la libertad de jugar y desarrollar una visualidad propia para cada proyecto. “Mi proceso es más bien intuitivo, muy personal, y la técnica depende del estado de ánimo. Así como me gusta disfrazarme, me gusta también probar diferentes lenguajes expresivos”.

¿Crees que el estilo está sobrevalorado?

Completamente. Tener un estilo puede ser bueno, como también puede convertirse en una especie de trampa. Nunca me he fijado en la forma, sino que en el fondo. En lo que quiere decir y comunicar el ilustrador, independiente de la técnica que utilice para hacerlo. Todos los estilos son imitables, pero la mirada propia, no.

El recorrido va llegando a su fin. Es hora de regresar. Algunos de los vendedores comienzan a guardar sus reliquias. Otros se quedan cabizbajos, pensando en el día de mañana y sus oportunidades. Alejandra Acosta se marcha con su pequeño botín de tesoros a contar otras historias, a seguir inventando imágenes, alerta siempre a un nuevo hallazgo fortuito.

 

¿A qué le teme Alejandra Acosta?

Hay una sombra en la obra de Alejandra Acosta. Y tal vez ahí está uno de sus mayores atractivos. Acostumbrados a que la ilustración sea un espacio siempre luminoso y colorido, la autora deja en el lector una sensación inquietante. No se trata de terror sino de algo parecido a la melancolía que en Pazuca en la duna tiene el rostro de la soledad, en El niño con bigote se materializa en la idea de hacerse adulto, en El Árbol es un profundo abismo existencial y en Del Enebro no es otra cosa que el lado más oscuro del ser humano. “Me parece que es absolutamente inconsciente”, explica. “Pero estoy convencida también de que cada obra se compone de pequeños fragmentos de una, y en mi caso, más que hablar de miedo, hablaría de soledad, de un estado permanente de contemplación, que es lo que me identifica. Quizás por esa razón mis personajes siempre se presentan solos, perdidos, o silenciosos”, agrega sin dejar de confesar que, a pesar de ser admiradora de Edgar Allan Poe y de Angela Carter, cuyo libro La cámara sangrienta está ilustrando actualmente, les sigue temiendo a las brujas y a los lugares oscuros, como cuando era niña.

 

Conoce la obra de Alejandra Acosta

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Libros

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Del Enebro
Autores: Jacob Ludwig  y Wilhelm Karl Grimm
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Jeckyll & Jill, 2012
ISBN: 9788493895044

 

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El Árbol
Autora: María Luisa Bombal
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Pehuén, 2012
ISBN: 9789561605732

 

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Pazuca en la duna
Autora: Marcela Paz
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Ediciones SM, 2009
ISBN: 9789562646505

 

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El niño con bigote
Autor: Esteban Cabezas
Ilustraciones: Alejandra Acosta
FCE, 2010
ISBN: 9786071602633

 

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Para un ruiseñor
Autora: Maria van Rysselberghe
Ilustraciones: Alejandra Acosta
Errata Naturae, 2013
ISBN: 9788415217497

Oliver Jeffers: “Yo soy mi propio público objetivo”

Sus rutinas, recuerdos y convicciones. Su pasado, presente y futuro. De todo habla Oliver Jeffers, autor de la portada del noveno número de HUV, en esta entrevista (realizada en abril del 2012), en la que asegura que no hace sus libros pensando en qué quieren los niños, sino en su propio sentido de curiosidad.

Por Bernardita Cruz M.

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En el mundo de Oliver Jeffers no es extraño que un pingüino aparezca en la puerta de una casa, que un niño tome una gran ballena y la tire a la copa de un árbol o que otro se devore, literalmente hablando, bibliotecas enteras.

El tono de sus historias y su notable talento como ilustrador han hecho de este joven irlandés uno de los más reconocidos autores de libros infantiles de la actualidad. Basta recordar el éxito que tuvo su visita a Santiago a fines del 2010, cuando sus fanáticos locales, chicos y grandes, pudieron conocer más de cerca al autor de títulos que ya son clásicos entre los niños, como Perdido y encontrado o El increíble niño comelibros, por nombrar solo algunos.

Entre el 2009 y el 2012 vendió más de 20 000 libros en nuestro país, cifra que de seguro seguirá aumentando con la pronta llegada de Atrapados*, una historia en la que Jeffers vuelve a hacer gala de su estilo narrando el particular modo en que un niño intenta bajar el volantín que se le quedó atorado en un árbol. ¿Con qué se van a encontrar sus lectores? “Encontrarán la solución a todos sus problemas, lo que involucra arrojarles objetos, cada vez más grandes, a esas dificultades. También encontrarán una buena y divertida historia a la antigua, con algunas piezas de utilería tales como zapatos, una silla, un pato, unos botes y un faro”, explica el autor.

¿Qué recuerdos tienes de tu visita a Chile? ¿Hay algo que te haya llamado particularmente la atención?

La gente maravillosa, la recepción, el impresionante cuórum en las librerías, mi experiencia en la universidad (UDP) y las personas que conocí ahí. Fue un viaje maravilloso.

¿Te llevaste algún libro u objeto chileno a tu casa de Nueva York?

Me traje unos libros de arte buenísimos, un chanchito (alcancía) que al parecer está hecho de caca, joyas hechas con pelo de caballo, una ilustración original de Ale (Acosta), recetas para ceviche y pisco sour y, por supuesto, harto pisco.

¿Te gustaría volver a Santiago? ¿Te quedó algo pendiente?

Definitivamente me encantaría volver. Hubo muchas cosas que no tuvimos tiempo de hacer en Santiago. También me gustaría volver en el invierno y llevar mi snowboard para probar las pistas cerca de la ciudad. Luego me gustaría explorar el resto del país. He sabido que el sur tiene los paisajes más preciosos del planeta y, por otro lado, que el norte se parece a la superficie de la Luna.

Siempre dices que lo único que buscas con tus libros es entretener. ¿Por qué?

Porque encuentro que demasiadas personas tratan de usar la plataforma del álbum ilustrado como un vehículo camuflado que pretende educar, como lecciones de vida disfrazadas de diversión. Los niños reciben suficientes moralejas y lecciones valóricas desde todos los ángulos en la vida, y como mi interés en contar historias se enfoca en celebrar el pasarlo bien, creo que sería deshonesto de mi parte si pretendiera otra cosa.

Tus personajes nunca tienen límites. ¿Es una idea que te gusta transmitir a los niños?

No es una decisión consciente. Más bien manipulo las leyes de la ciencia y razono en torno a los caprichos de mi historia. Siento un umbral que determina hasta dónde la puedo llevar. Todos mis misterios y magias son pequeños, no grandes y fantásticos.

Por ejemplo, en mis cuentos es completamente factible que un niño pequeño pueda remar al Polo Sur, respirar en el espacio o subir por una soga a la Luna, pero no puede emprender vuelo sin ayuda alguna o convocar a un dragón de la nada. La razón por la cual son factibles es porque están todas basadas de alguna forma en la realidad (un niño puede remar o subir por una soga). Solo he exagerado las distancias. Si va con la historia que algo ilógico o bizarro ocurra, entonces haré que ocurra. Eso es lo bello de dibujar, puedes crear un mundo en torno a tu propio gusto.

¿A cuál de tus títulos le tienes un cariño especial? Siempre hay uno…

Tienes razón, siempre hay uno. En mi caso es El increíble niño comelibros, y eso es porque casi no fue. Mis primeros dos libros (Cómo atrapar una estrella y Perdido y encontrado) están unidos a través de un mismo protagonista y son grandes historias emocionales. Yo sabía que esa no era la única cuerda en mi repertorio, por lo que estaba listo para avanzar hacia otras cosas, pero estaba con problemas para convencer a mi editor de dar ese giro. Veían dos libros exitosos y querían aprovechar el nicho y el impulso, lo cual tiene sentido desde un ángulo comercial. Aunque nunca he considerado esto como un negocio, también sabía que si hacía un tercer libro en la misma línea me costaría muchísimo deshacerme del estigma dentro del género.

¿Y qué pasó?

Había estado jugando con un estilo collage en mis croqueras y supe que había llegado el momento oportuno. Luché para poder lograrlo. Negocié que si me dejaban publicar ese libro les haría el libro que querían a continuación. Fue el de mejores ventas de todos mis títulos; desde entonces que no me han pedido que haga libros por tema. Supongo que me gané algunas medallas con eso.

¿Cómo podrías definir al actual niño lector? ¿Qué cosas le gustan y qué cosas deja de lado?

Honestamente, no tendría idea de cómo intentar contestar eso. Realmente no hago mis libros pensando en qué quieren los niños, sino en mi propio sentido de curiosidad, esa de adulto y de niño dentro de mí, por lo que yo soy mi propio público objetivo.

¿Pero estás al tanto de todo lo que se publica?

Soy sorprendentemente mal informado en torno al trabajo de mis pares. No paso tanto tiempo estando al día con lo que hay allá afuera, lo cual puede ser tanto bueno como malo. Malo, en el sentido de que sería excelente disfrutar de todos esos libros maravillosos que están circulando, y bueno, ya que vivo en una burbuja haciendo mis propias cosas, sin estar influenciado por tendencias y modas de mercado. Por lo anterior, realmente no tengo idea qué están leyendo hoy los chicos y chicas, y menos lo que les gusta o no.

En una entrevista dijiste que no habías elegido escribir para niños, que había sido un accidente. ¿Me puedes contar esa historia?

Es verdad, fue un accidente. Nunca decidí conscientemente irme en esa dirección. Como artista siempre me ha interesado contar historias, la naturaleza de las palabras y su relación con las imágenes. Mi primer álbum nació de un croquis para un grupo de pinturas que estaba realizando para una exposición en Sidney, Australia. El potencial de narración era tan fuerte que no pude evitar ver el lugar al que me llevó; antes de darme cuenta tenía una estructura de álbum; ocurrió solo. La transición fue fácil. Siempre me han encantado y he coleccionado libros álbum y sé reconocer uno bueno cuando se me presenta. Aplicando ese criterio de edición a mi propio trabajo, fue bastante natural.

¿Cómo podrías definir tu trabajo? ¿Eres artista, autor, ilustrador o pintor?

Generalmente trato de evitar las etiquetas y descripciones, ya que limita la percepción de lo que uno hace. Hago todas esas cosas. Tengo un amigo que se describe a sí mismo como un “hacecosas”; eso me gusta.

¿Les muestras tus libros a niños antes de publicarlos?

Sí, a veces, y a adultos también. Cuando estás generando un concepto de libro álbum es muy importante mantenerte en línea y no irte por las ramas, por lo que claro que pido la opinión de otras personas. Con respecto a mis libros en particular, trato de sociabilizarlos entre los hijos de mis amigos para asegurarme, porque si hay algo que no funciona, ellos son los primeros en detectarlo.

¿Harías cambios si te lo propusieran?

Nunca un niño me ha pedido expresamente un cambio, pero a veces preguntan por qué sucedió algo. Si hay demasiadas de esas preguntas, sé que algo no anda bien, que estoy provocando saltos de lógica demasiado grandes.

¿Está entre tus planes escribir para adultos?

No está en mis planes, aunque no descarto nada. Tiendo a pensar visualmente primero. Creo que, finalmente, me considero un artista que usa palabras, o más bien un cuentacuentos que utiliza cualquier herramienta que tenga a mi disposición. La mayoría de las ideas que se me ocurren fuera de libros ilustrados tienden a girar en torno a una ejecución visual. Aunque tampoco descarto que aparezca una idea que justifique usar solo palabras.

Usas bastante las redes sociales. ¿Qué te atrae de ellas?

Son un megáfono muy eficiente que me sirve para hablar de mí mismo, mi mundo y mis pensamientos aleatorios. A todos nos gusta un poco de audiencia y atención.

¿Cómo ves el futuro de los libros frente a los avances de la tecnología?

Los libros no desaparecerán. Tenemos demasiado arraigado el acto físico de sostener el objeto libro para verlo reemplazado por un aparato que se enchufa. Y sé que aunque la tecnología puede estar cambiando la forma en que la gente lee, a la larga lo único que jamás cambiará es la necesidad de contenido, de cuentos.

¿Y qué piensas del uso de la tecnología para dar nuevos aires a textos que ya existían en papel? ¿Y de los libros digitales?

No estoy en contra de los e-books en la misma forma vociferada que algunos autores o ilustradores de alto perfil. Solo me interesa desarrollar aplicaciones que profundicen una historia, más allá de que luzcan o no la última tecnología disponible. Si hay un punto importante para mejorar el libro, entonces soy el primero en querer explorarlo; si no veo un potencial complemento, es literalmente campanas y chiflidos. En cuanto a e-books, realmente muchas obras de arte se ven mejor en una pantalla retroiluminada. Seguro que todo ilustrador recuerda más de alguna instancia en que sus ilustraciones salieron perjudicadas en la impresión sobre el papel. Creo que el e-book será un complemento al mundo editorial, más que su único futuro visible o el reemplazo del libro de papel.

¿Usas mucho el computador o prefieres el trabajo manual?

Sí, uso el computador. Me gusta utilizar photoshop para limpiar las ilustraciones e Internet para perder el tiempo. Pero soy muy old school: dibujo y pinto mucho más de lo que escaneo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Hay una serie de libros que saldrá ahora en torno a un grupo de personajes llamados Hueys**, quienes se deleitan con lo pequeño y con las cosas sin sentido. Su primer cuento se llama New Jumper y es una –no tan sutil– analogía de la mentalidad de oveja de muchas de las culturas populares. También acabo de terminar mi último álbum propiamente tal, que se titula This Moose Belongs to Me***. Había estado coleccionando muchos cuadros viejos de paisajes con la intención de usarlos como telones de fondo para la historia y pintar los personajes directamente encima. Eso se puso medio complejo para Harper Collins (su editorial en EE.UU.) por la necesidad de conseguir los permisos para utilizar los cuadros en los libros. Solo pudieron descubrir la autoría de unos pocos y muchos no los pude usar. Aun así, el libro quedó precioso.

 

Notas de la redacción:

*Atrapados fue publicado en español por el FCE en el 2012.

**Los Huguis en El jersey nuevo y Los Huguis en Yo no he sido fueron publicados en español por Andana Editorial en febrero del 2015.

***Este alce es mío fue publicado en español por el FCE en el 2013.

 

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Leonor Pérez: Inspiración en la punta del lápiz

Ama los gatos, el paisaje urbano, los dramas cinematográficos y los budines. Odia las colas del banco, la vanidad, los ratones y el arribismo. En la cabeza de Leonor Pérez conviven cientos de imágenes e inquietudes, las mismas que desde pequeña la acercaron al arte y hoy la impulsan a seguir abriéndose camino en el mundo de la ilustración.

Por Bernardita Cruz M.

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Cuando la pequeña Leo, de solo 5 años, dibujó a la señora Ester, toda su familia quedó boquiabierta: había logrado retratar a la perfección las anchas caderas, el moño empinado y los gruesos anteojos de la mujer que la cuidaba a ella y a su hermano. Hoy Leonor Pérez recuerda esa anécdota infantil como la primera señal que tuvo de que su camino iría por el lado artístico.

Apenas salió del colegio, se matriculó en Licenciatura en Arte con mención en Pintura, una carrera que pensó le serviría para expresar su visión del mundo con plena libertad. A poco andar, decidió estudiar también Pedagogía, lo que de paso le permitió materializar sus inquietudes sociales.

Cuando llevaba más de 5 años haciendo clases en colegios, empezó a sentir que la presión del trabajo había anulado su faceta creativa. Como no estaba dispuesta a dejarla congelada para siempre, decidió hacer algo al respecto. Junto a una amiga que estaba en una búsqueda similar, formó entonces el taller de juguetes “Caballo azul”, donde elaboraron material didáctico relacionado con el arte y la cultura.

En esa misma época Leonor se topó con una muestra del Colectivo Siete Rayas que terminó de moverle el piso. “Esa fue la gota que rebalsó el vaso de todo lo que estaba sintiendo. Siempre miré desde lejos la posibilidad de ilustrar, pero era una mirada ingenua, no me imaginaba cómo tenía que hacerlo ni cómo empezar”, recuerda.

Tras ver más de cinco veces la exposición, se puso en contacto con Paloma Valdivia, quien la orientó y le dio el impulso que necesitaba para atreverse a jugársela por la ilustración. Juntó todos los dibujos que había hecho para los juguetes más otros que tenía archivados, armó una carpeta y la presentó en una empresa que buscaba artistas para editar textos infantiles. Quedó seleccionada de inmediato y así surgió su primer encargo, un libro de trabalenguas. Acto seguido, dejó de hacer clases, cerró el taller y se transformó en ilustradora de tiempo completo.

En sus más de 5 años dedicada profesionalmente al dibujo, ha participado en numerosos libros en los que hace gala de un estilo que describe como “figuración que tiende al realismo”. “No soy de grandes deformaciones. Una de las cosas que busco en mi trabajo es rescatar la emocionalidad del texto y de sus personajes. Poner el acento en el clima afectivo para propiciar la identificación con la historia”, explica.

Mientras está concentrada en resolver una idea, todo la inspira. Sentada frente a la ventana de su escritorio, que da al patio de un edificio antiguo, vuelca sobre el papel todas las ideas que llegan a su mente al recordar una conversación o la escena de una película. Un árbol alto, una cordonería, un sueño nocturno, un verso, un parque o una buena canción, todo la impulsa a crear.

 

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Viajes y encuentros

Recién había decidido dedicarse a la ilustración cuando participó en una muestra colectiva en homenaje a Hans Christian Andersen. Ahí conoció a un grupo de artistas que ya llevaba un tiempo en el medio. Se hicieron amigas y la invitaron a ser parte de un colectivo integrado solo por mujeres: Minga Ilustradoras. “Para mí fue una experiencia lindísima porque me permitió familiarizarme de manera más rápida con todo esto, aprender, entender, compartir con personas con experiencia y, paralelamente, ir creando lazos de amistad”, recuerda.

Aunque creció en La Florida, con la cordillera, un canal y un gran sauce frente a su casa, es una declarada fanática del paisaje urbano. Le encantan los edificios, las casas, los rincones de las grandes urbes. Tanto así que sus vacaciones ideales serían en una ciudad desconocida, con un mapa, su máquina fotográfica y buena compañía.

Una de las vivencias más significativas que ha tenido en su carrera surgió justamente gracias a un viaje. El año 2008, impulsada por la inquietud de vivir fuera de Chile, aprender más sobre ilustración y ojalá trabajar en otros mercados, partió por un año a hacer un diplomado a México. “Creo que ha sido una de las mejores experiencias que he vivido: conocí a artistas e ilustradores que resultaron reveladores, aprendí, trabajé, me vinculé con el medio rápidamente, hice amigos. Siempre he sido muy de caminar por terreno seguro, pero estar allá me abrió a lo creativo, me destapó, dejé de sentir miedo”, afirma.

A la vuelta de ese viaje, armó su nueva casa y puso su escritorio –dos puertas instaladas sobre caballetes– en el estar. Ahí trabaja mínimo ocho horas diarias. “Soy metódica, parto temprano y a veces incluso dibujo los fines de semana. Como soy lenta, prefiero la pausa”, explica. Dice que se mueve constantemente entre lo hecho a mano y lo digital: “Me encantan los papeles, el recorte, las pinturas, los lápices y el pegoteo, pero también hago un buen trabajo de posproducción en el computador”.

Confiesa que lo que más le atrae es ilustrar literatura porque le permite realizar un trabajo más artístico y creativo, más sentido y personal. Es lo que le sucedió, por ejemplo, con El vuelo de Francisca (Pehuén), que aborda el duelo de un niño tras la muerte de su abuela. “Es un proyecto en conjunto con una amiga escritora y fue un proceso muy conversado y discutido a fuego lento. Le tengo mucho cariño porque aparte de todo lo que me hizo sentir, me permitió ajustar mi estilo”.

Leonor dice que ama lo que hace y que le gustaría seguir ilustrando por mucho tiempo. Confía en que las condiciones de trabajo serán cada vez mejores, con procesos creativos más profundos y decantados. “En ilustración, cuando llevas un año no eres nadie, a los dos te empiezan a conocer, a los tres las cosas van mejor… Hay que hacerse un camino”, afirma.

Por mientras, ella no espera sentada a que le toquen la puerta. Gracias a algunos viajes y contactos internacionales, hoy trabaja en un libro de poesía de Pedro Villar para la editorial mexicana El Naranjo* y un texto didáctico que le encargaron de Corea. También prepara una antología de Santillana para niños de 1ro Básico y el segundo semestre hará clases de ilustración infantil en el Diplomado de Ilustración de la Escuela de Diseño de la Universidad Católica.

Entusiasmada con sus múltiples proyectos, Leonor sigue abriéndose camino en el mundo de la ilustración, donde ya se ha ganado un espacio gracias a su estilo tan personal, pero también a su espíritu siempre inquieto y observador.

 

*Nota de la redacción: Tres veces tres la mar, de Pedro Villar, fue publicado por El Naranjo en el 2012. Esta entrevista se realizó en julio del 2011 y, desde esa fecha, Leonor ha participado en varios proyectos editoriales, entre los que destacan La tierra del cielo de Sonia Montecino y Catalina Infante (Catalonia, 2013), La artesana de las nubes de Bianca Estela Sánchez (FCE, 2014) y ¡Qué horror, un niño! de Mari Ferrer (Santillana, 2014).

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Raquel Echenique: “En la naturaleza encuentro la fuerza y el movimiento que pongo en mis ilustraciones”

Nacida en el sur de Francia, la ilustradora chilena llegó a Chile siendo una adolescente. El impacto de un nuevo país, los recuerdos de su infancia y un diálogo permanente con el medioambiente son algunos de los ingredientes que enriquecen su intenso y profundo trabajo artístico.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería
Investigador y curador de ilustración

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www.raquelechenique.blogspot.com

La imagen es más o menos así. Un pueblo medieval en el sur de Francia que parece sacado de un cuento, con una abadía de los tiempos de Carlomagno y un puente de piedra del siglo XII. Los niños corren en el bosque, nadan en el río, escalan cerros. Podrían llamarse Rachid, Cheng, Enzo o Raquel. En sus casas se podría hablar árabe, chino, italiano o español. Pero eso a nadie le importaría mucho, porque a la hora de jugar o ir a la escuela pública todos serían iguales, todos habitarían el mismo país: la infancia.

La siguiente escena transcurre en Santiago de Chile. La niña Raquel ya es una adolescente recién llegada a un país en plena dictadura. No es solo otro idioma, son otros códigos y otra cultura. La libertad y la diversidad son cosa del pasado. Aquí prevalecen las convenciones sociales, las reglas y el deber ser.

“Cuando llegué a Chile sentí por primera vez lo que era ser extranjero”, recuerda la ilustradora Raquel Echenique, de nacionalidad chilena y española, pero nacida en Lagrasse, Francia. “Venía de un pueblo multicultural y llegué a una capital muy cerrada, en la que incluso ser adolescente era distinto. En Francia, la adolescencia era probar y tener experiencias. Acá lo que importaba era adaptarse a las normas”.

Han transcurrido varios años, pero ella sigue sin conformarse con las reglas. En un mercado editorial en el que no siempre es fácil alejarse de los estereotipos que marcan lo que debe ser un libro ilustrado o un libro para niños, el trabajo de Raquel Echenique se presenta como un desafío visual, que no rehúye la intensidad de la materia ni tampoco las sombras, a fin de cuentas tan propias de la vida como las luces.

“Ser extranjero en Chile, sobre todo si vienes de Europa o Estados Unidos, tiene algo bueno, porque se valora tu mirada”, acota. “Eso es rico y te da cierta seguridad. Pero por otra parte produce una especie de nostalgia muy profunda que a veces se transforma en rabia, porque no encuentras esa manera de ver y vivir aquí. O la encuentras en círculos muy pequeños”.

Es probable que sus libros, que ya suman más de 30, sean uno de esos círculos. En ellos se respira aquella sensación de libertad, espontaneidad y fuerza que tanto anhela. Desde las evocaciones a la muerte en Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda (Amanuta) y el feroz despliegue pictórico en Reino Animal de Gabriela Mistral (Pehuén), a la cándida nostalgia de Luchín de Víctor Jara (Lom) y la poesía cotidiana y mínima de Diez pájaros en mi ventana de Felipe Munita (Ekaré Sur), sus imágenes se elevan a partir del texto gracias a una lectura llena de sugerencias y vivencias propias.

“En el fondo, ilustro mis temas”, explica. “Aquellos que me llaman y que busco. Con los que convivo, sufro, de los que intento recuperarme, trato de superar o sobrellevar. Es a través de esa cosa negra, triste e incluso violenta, que logro profundizar en un texto. Me costaría trabajar desde la alegría, desde la cosa colorida y cálida. Es el leguaje que conozco”.

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Escribir para ilustrar

Raquel Echenique traza grandes manchas negras sobre la pared blanca. La pintura escurre. Se expande. Corre muro abajo. Ella deja que siga su curso hasta que en el momento exacto la atrapa, la devuelve, le da forma, la hace suya. Agrega detalles. Construye personajes. Añade color. No hay errores ni duda. Todo fluye.

El pequeño mural es parte de la muestra Bandada que pocos días después inaugurará frente a decenas de personas en PLOP! Galería. Ahí reunió sus trabajos más recientes. Un conjunto en el que, incluso si las técnicas y los materiales con los que trabaja son diversos (collages, papel de color, pastel graso, tinta, lápiz, acuarela), se siente la cohesión y solidez de su obra. “Cada texto me trae un material, me pide una forma particular de dibujo”, dirá semanas después durante una visita guiada.

Pero lo de ella es un azar controlado. Quizás porque creció entre dos culturas, quizás porque todavía piensa y sueña en español y francés, Raquel Echenique se mueve en un vaivén permanente entre la planificación y la espontaneidad, entre la estructura y el hallazgo, entre la palabra y la imagen.

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La soltura con que resuelve cada una de sus imágenes es el resultado de un proceso que parte con una lectura del texto y una gran cantidad de anotaciones donde deja registro de las sensaciones que le ha provocado. Luego vienen los bocetos, en los que comienza a estructurarse la historia ilustrada, su ritmo gráfico, composición, escenas, planos y símbolos. Es lo que ella llama “cranear”.

“Hacer un libro es ir desde algo intuitivo a algo muy concreto”, explica. “Llevar esa sensación que te da el texto a una estrategia que te permita conjugar tus ilustraciones con el escrito de manera que formen un lenguaje paralelo, que no es el mismo, pero que se enriquecen mutuamente y se transforman en un todo”.

Cada uno de esos pasos implica cientos de decisiones. ¿Será un primer plano o un gran paisaje? ¿Se incluirá un árbol, un florero o una casa? Y nada de eso es trivial porque ella busca que todo signifique, que nada sea decorativo en sus ilustraciones.

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Naturaleza interior

Cuando ya el plan está trazado, recién entonces llega la hora de “pensar con el lápiz”, completar los detalles y abandonarse a la “sorpresa que trae la mancha”. “Es valorar también lo orgánico y espontáneo, eso que no depende de mí, que sucede a pesar de mí, y poder crear desde ahí. Algo que tiene probablemente que ver con la cercanía y emoción que me provoca la naturaleza”.

Raquel siempre vuelve a la naturaleza. Es el lugar en el que se reencuentra con el país de su infancia. Ese pueblo de piedra y tejas, inmerso en la vegetación, donde aprendió a dialogar con su entorno, a maravillarse con las formas y los colores. Donde se construyó su manera de expresar, comunicar y plasmar. Donde, como ella misma dice, “se formó la persona que soy”.

Esa relación sigue intacta hasta hoy. Es parte de su vida y de su trabajo, de sus preocupaciones como ciudadana. También es el refugio donde encuentra la energía para seguir creando. “Si tuviera que decir qué es lo que más me emociona hacer, diría que es ir a la montaña, caminar y hacer cumbre. Cuando ilustro, que es algo que también me gusta muchísimo, hay una mezcla de sufrimiento y placer. La naturaleza en cambio es puro placer. En ella, en el viento, las piedras, la tierra y los árboles, encuentro la fuerza y el movimiento que pongo en mis ilustraciones”, comenta.

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Vivimos en una sociedad que está destruyendo el medioambiente. ¿Cómo te afecta eso?

Me preocupa lo que pasa. No deja de sorprenderme esa capacidad autodestructiva del ser humano. Ningún hecho, ni siquiera aquellos científicamente comprobados, lo hace cambiar de rumbo. Todo va hacia una mayor explotación de los recursos, a costa de lo que sea y de quien sea. Eso me impacta mucho y me angustia.

¿Tienes esperanza de que las cosas cambien?

La esperanza es lo único que no se pierde nunca. Y gracias a eso una está viva. Hay grupos que son más conscientes, que hacen pequeñas acciones que tratan de frenar la destrucción. Pero no creo que haya un cambio de rumbo a nivel global. Es como un tren que se va a estrellar contra un muro y que ya partió. Sí se pueden seguir haciendo cosas a pequeña escala. Todos los intentos son válidos y hay que seguir intentándolo.

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Como ilustradora, ¿sientes que tienes un rol que jugar?

Creo que sí. Quizá no directamente. Pero sí está en nuestras manos sensibilizar. Mostrar la belleza de lo que nos rodea. Espero que ese pueda ser un aporte.

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Pablo Neruda, poemas ilustrados
Alturas de Macchu Picchu
Autor: Pablo Neruda
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2011
ISBN: 9789568209742

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Viaje al Corazón de Neruda
Autora: Marilú Ortiz de Rozas
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2014
ISBN: 9789568209902

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Luchín
Autor: Víctor Jara
Ilustradora: Raquel Echenique
Lom, 2014
ISBN: 9789560005304

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Reino Animal
Prosa del agua y del viento
Autora: Gabriela Mistral
Ilustradora: Raquel Echenique
Pehuén, 2014
ISBN: 9789561606029

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Diez pájaros en mi ventana
Autor: Felipe Munita
Ilustradora: Raquel Echenique
Ekaré Sur, 2015

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El alerce. Gigante milenario
Autora: Alice Hoffman
Ilustradora: Raquel Echenique
Amanuta, 2011
ISBN: 9789568209735

Pati Aguilera. Retrato de familia

La tarea no fue fácil. Implicó hurgar en los recuerdos, repasar la historia común, preguntar sobre el presente y el futuro. Claudio Aguilera recibió una petición especial para este número de HUV: escribir el perfil de su hermana, la destacada ilustradora Pati Aguilera. Aquí, en primera persona, el íntimo resultado de esta experiencia. 

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería
Investigador y curador de ilustración

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www.patiaguilera.com

 

La memoria está llena de trampas. Lo que recordamos no siempre es un recuerdo; a veces es algo que nos contaron, una imagen que de tanto verla se hizo real o incluso una ficción que nos inventamos para contarnos la historia de nuestras propias vidas.

Tal vez una de las razones por las cuales escribimos, e ilustramos, sea llenar esos vacíos que va instalando el olvido. “¿Cuál es tu primer recuerdo?”, le pregunto a mi hermana, la ilustradora Pati Aguilera, con quien realizamos el libro Hermanos (Quilombo Ediciones), donde evocamos, cada uno desde sus propias visiones, nuestra infancia.

“No recuerdo mucho”, me dice. “Los recuerdos que tengo de niña vienen todos de momentos de los que tenemos fotos. Puede ser que con el dibujo pase algo similar, porque son las imágenes las que quedan en la memoria”.

Yo tengo una imagen. Vamos caminando por un bosque. Ella se ha quedado atrás, como siempre lo hacía cuando salíamos de excursión. Está agachada junto a una charca donde se mueven cientos de diminutos renacuajos. Recogía piedritas, flores, pequeñas ramas, hojas y coquitos de eucaliptus.

Cuando volvíamos de paseo, Pati cargaba todos sus tesoros. Los ordenaba y usaba para hacer algunos collages que recreaban las caminatas que habíamos emprendido. “El olor del eucaliptus es una de las cosas que recuerdo”, me comenta. “Lo poníamos en un tarro con agua sobre la estufa a parafina”.

Por esa época vivíamos en Concepción y los inviernos eran furiosos, de lluvia y viento que levantaba los techos y rompía ventanas. Frente a nuestra casa había una gran vega donde después de la lluvia atrapábamos sapitos mientras esperábamos que volviera nuestra madre, quien a los 27 años criaba sola a tres hijos.

Inevitablemente esos años se colaron en nuestro libro. En una de las ilustraciones que hizo Pati se ve a cuatro pajaritos que salen de paseo arriba de tres ranas. En el cielo hay algunas nubes, en la tierra unas hierbas, y en sus corazones el pálpito de una aventura que aún no comienza.

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Crear el mundo

“Señor, podría dejar de hacer ruido, por favor. Mi hermanita duerme”. El que habla soy yo. Tengo un poco más de cuatro años. El “señor” es el conductor del camión del gas que ha decidido estacionarse justo frente a nuestra ventana mientras mi hermana recién nacida duerme.

Antes de su llegada, el Universo giraba en torno a mí. Ella cambió el curso de las órbitas pero no recuerdo haber sentido celos. Era apenas una hilachita, larga y delgada, que debía proteger a toda costa. Pero no tardó en dejar de ser inofensiva. La favorita de papá, el torbellino que arrasó con mis juguetes y un as para descubrir dónde escondía los dulces; también demostró tener un especial talento para negarse a comer, escarbar en la basura y quemarse con las estufas.

No era lo único. “A los diez años me di cuenta que tenía mucha capacidad para todo tipo de manualidades. No podía entender cómo mis compañeros se sacaban malas notas en Técnico Manual o Artes Plásticas, si para mí eran como un regalo que me ayudaba a subir el promedio”, recuerda.

Entre personitas de plastilina, vestidos para sus juguetes, tijeras y papel lustre, por esa época ganó un concurso por un volantín que diseñó y recibió de regalo una caja de lápices que se demoró semanas en abrir porque no quería que se gastaran o desordenaran. “Me pasa hasta el día de hoy. Cuando tengo materiales nuevos me cuesta empezar a usarlos porque me gusta mirarlos y que estén enteritos”, confiesa entre risas.

Hoy sus ilustraciones están llenas de flores y plantas, personajes sonrientes y de colores encendidos, como si parte de esa niñez saliera a relucir en sus composiciones. Pero por entonces el dibujo era apenas un pasatiempo más para una niña inquieta e imaginativa, que nunca tuvo miedo a los insectos, ni a subir a un árbol o rasparse las rodillas en bicicleta.

“Yo pensaba que existía un país donde los dibujos animados eran reales”, me dice en medio de nuestra conversación. “Que algún día podría ir hasta allá y casarme con Rick Hunter, el piloto de Robotech. Y recuerdo que te pregunté dónde quedaba ese país y me dijiste que no, que los dibujos los hacía una persona”.

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Corre, Pati, corre

Durante nuestra infancia se jugaba en la calle y el verano parecía nunca acabar. Las horas se derretían lentamente entre el olor a cemento mojado tras el “manguereo”, los helados en bolsita y las carreras en bicicleta o patines de cuatro ruedas. Sabíamos que teníamos que volver a la casa a tomar “la leche” y antes de que se prendieran los faroles.

Eran los tiempos de las olimpiadas de Los Ángeles y competir contra otros niños era parte de nuestras mayores entretenciones. Mi hermana era la corredora estrella. No importaba que fueran más grandes que ella; siempre ganaba.

Quizá de esa época le quedó el gusto de ponerse metas y trazarse un plan para alcanzar sus objetivos. A los 15 años se dio cuenta de que su promedio no era suficiente para ir a la universidad y decidió estudiar hasta ser la mejor alumna. Y cuando entró a Diseño dividía su tiempo entre su trabajo como garzona y las entregas de taller, lo que no le impidió ser en dos oportunidades la mejor alumna de su curso.

Sin embargo, el dibujo fue su calvario y el profesor a cargo del curso llegó a decirle que jamás aprendería. “Cuando estaba en la universidad tenía claro que de alguna manera quería ser artista”, cuenta. “Quería hacer exposiciones. Mostrar mi trabajo, pero no me iba bien en dibujo así que pensé en dedicarme a la fotografía. Ni siquiera era una alternativa el dibujo”.

Fue cuando creó, junto a Fito Holloway, la agencia de diseño AjíColor que el dibujo volvió a ser una opción. “Pero al principio no me lo creía. Fue después de tomar el taller de Alberto Montt y Francisco Javier Olea, que entendí que para ser ilustradora no era necesario dibujar bien; que lo importante era tener una voz propia que va surgiendo con el tiempo, incluso de las propias debilidades técnicas”.

Desde entonces mucha tinta ha pasado sobre el papel y hoy dedica la mayor parte de su tiempo a la ilustración, ya sea para clientes chilenos o extranjeros, o para proyectos propios, como los sitios de cocina criolla Cositas ricas ilustradas y de cocina saludable Palta Reina, además de haber sido seleccionada en el 2014 por la prestigiosa agencia española Pencil para ser representada a nivel internacional.

“Creo que siempre he sido muy estratégica”, comenta. “Y eso viene del deseo de siempre estar mejorando. Incluso me pasa, como a todos, supongo, que veo mis ilustraciones antiguas y las encuentro todas horribles. Hasta con las actuales me sucede que, una vez que las termino, les sigo encontrando detalles que mejorar. Nunca siento que algo esté perfecto”.

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Para chuparse los dedos
Autora: Pati Aguilera 

Letra Capital Ediciones, 2013
ISBN: 9789569271014
http://cositasricasilustradas.blogspot.com/

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Este 2015 Grafito Ediciones lanzará un libro con las mejores recetas del blog Reina Palta.
http://reinapalta.blogspot.com/

 

Un libro, muchos libros

El 2002 viajé a Francia para estudiar Historia del Arte. Fueron dos años lejos de mi familia, pero una gran experiencia que me permitió conocer el mundo de la ilustración europea y algunos espacios culturales que más tarde servirían de inspiración para PLOP! Galería.

Durante todo ese tiempo, Pati y yo intercambiamos cientos de correos, en que nos íbamos contando alegrías y penas. Cuando regresé ella había hecho para mí un libro donde reunía todas esas cartas y mensajes “con el fin de documentar el tiempo que no estuvimos juntos”. Fue nuestro primer libro.

Diez años después seguimos publicando. Ella como diseñadora e ilustradora; yo como escritor, editor o investigador. “Pero nunca fui una gran lectora como tú”, me dice. “Fue cuando descubrí los libros ilustrados que realmente me enamoré de los libros. Ahí estaba todo lo que me gustaba”.

Hoy Pati colecciona versiones de la Caperucita Roja y ha ilustrado libros de poemas de Gabriela Mistral y una historia de la plaza de Armas de Santiago, además de una compilación de sus recetas ilustradas bajo el sugestivo título de Para chuparse los dedos (Letra Capital Ediciones), y pronto presentará un nuevo recetario donde reúne preparaciones vegetarianas realizadas junto a la cocinera Antonia Cafati.

¿Qué diferencia hay entre ilustrar un libro de ficción y un libro informativo?

Cuando ilustro una historia de ficción siento mucha libertad para crear pero trato de no perder de vista el texto, para que las ilustraciones sigan manteniendo una relación con la palabra y el libro sea un todo. Cuando hago un libro informativo me documento mucho, voy al lugar, saco fotos, investigo y busco imágenes reales, porque soy consciente de que serán libros que los lectores utilizarán como referencia.

Ese rigor a la hora de emprender un nuevo libro la hizo pasar horas en la Plaza de Armas captando a los personajes que la pueblan y las características de su particular arquitectura. De la misma manera, su afición por la cocina la ha llevado a tomar varios talleres y antes de publicar alguna de sus recetas ilustradas prepara y prueba cada plato. “Incluso, haciendo este libro he cambiado mi alimentación. Ahora me preocupo más de lo que como. Tal vez es la edad y el hecho de ser mamá”.

Durante toda nuestra conversación, su hija, mi única sobrina, corre, juega y conversa entre nosotros. Violeta nació apenas una semana después de que en agosto del 2010 fundáramos, junto a Isabel Molina y Fito Holloway, PLOP! Galería. Para ella, que ha crecido entre talleres, lápices y libros, la ilustración será el lugar de su infancia, tanto como un bosque o una cancha de tierra fueron la nuestra.

“¿Qué sientes que te falta por hacer?”, le pregunto. Pero conozco la respuesta, porque compartimos el mismo sueño y aunque acabamos de inaugurar Casa PLOP!, un espacio para talleres y charlas sobre ilustración, Pati siempre quiere ir un poco más lejos y aspira a que PLOP! Galería se transforme en un gran centro cultural de la ilustración. “Imagino una casona de tres pisos, donde podamos dar clases, tener espacio para hacer exhibiciones y conferencias, residencia para ilustradores, salas para investigación, una biblioteca y un museo donde mostrar la historia de la ilustración chilena. Y un café para hacer mis recetas”.

“Tal vez eso sea para cuando tenga 50 años”, agrega. Y yo le pregunto cómo piensa que será a esa edad. Seguirá ilustrando, dice, quizá con una casita fuera de Santiago, con más trabajo, con más experiencia, ojalá que con algunos premios. Probablemente con más canas. Trato de imaginarla y no puedo. Creo que nunca podré dejar de ver a la niña que jugaba a coleccionar ramitas y piedras, que podía correr mejor que ninguno y que sigue creando un pequeño mundo de color y felicidad simplemente con un lápiz y un papel. Es mi hermana; no podría ser de otra forma.

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Ilustraciones del libro Plaza de Armas. El corazón de Santiago (Letra Capital Ediciones, 2012)

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Hermanos
Autores: Claudio Aguilera y Pati Aguilera
Quilombo Ediciones, 2014
ISBN: 9789568836184

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Miguel Gallardo: “Viajar y dibujar son formas de autoconocimiento”

Desde Barcelona, el ilustrador e historietista español Miguel Gallardo repasa los viajes que han marcado su vida y su trabajo, en una entrevista con el investigador y curador de ilustración Claudio Aguilera.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

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http://www.miguel-gallardo.com/home.html
http://miguel-gallardo.blogspot.com/

Hace tiempo que el mundo nos quedó grande, como un traje heredado al que le sobra tela por todas partes y nunca podremos llenar. ¿Pero para abarcarlo es suficiente con una postal sin remitente, con un paisaje a todo color de NatGeo, con el dato turístico de la Cámara Viajera? Pareciera que no. Como el Gran Kan de Italo Calvino, necesitamos a un Marco Polo que deambule por tierras que jamás pisaremos y nos traiga palabras que apenas podemos pronunciar para llenarnos la boca de sabores nuevos. Pero sobre todo que nos recuerde que seguimos siendo la medida de todas las cosas.

En los libros del ilustrador e historietista español Miguel Gallardo el viaje es la circunstancia, jamás la finalidad. Si relata unas vacaciones en las islas Canarias es para hablar de la relación que lo une con su hija María. Si nos cuenta sobre una gira por España junto al dibujante Paco Roca es para hablar del impacto que puede llegar a tener una historieta. Si va a República Dominicana es para denunciar la desigualdad que se oculta tras el anuncio dorado de una línea área.

“Ir de viaje dibujando es un método bastante más fiable que la fotografía”, comenta desde Barcelona, recién llegado de México donde participó en la Feria del Libro de Guadalajara. “La gente saca miles de fotografías en cada viaje que nunca más verá, sin embargo, cada dibujo está ligado a un momento emocional en el que te tomaste tu tiempo para observar y plasmar en papel”, dice quien se confiesa un viajero accidental, incapaz de leer bien un mapa y que se obliga a amarrarlo todo con una cuerda para no perder nada.

En una línea de trabajo situado a medio camino entre Joe Sacco (Notas al pie de Gaza) o Guy Delisle (Pyongyang) y Craig Thompson (Cuaderno de viaje), o Liniers (Conejo de viaje), Gallardo es el guía que conduce al lector en un deambular cotidiano, asombrado y vital. “A través de un personaje que tiene todas mis filias y fobias exageradas, relato una visión del mundo que es la mía, por eso continuamente estoy poniendo por escrito o en dibujo todo lo que veo y cómo lo veo”, explica.

El suyo es un trabajo a tiempo completo. Si le sobran un par de minutos saca una libreta y comienza a dibujar. No importa si es en la playa, en un auto, una conferencia o una reunión. El proceso no se detiene nunca y al regresar a su habitación de hotel o en la cocina de una casa sigue dibujando de memoria. “Mis cuadernos son mis originales. No hay nada más fresco ni más directo que algo hecho en el calor del momento”, comenta.

Y tal como cada viaje se inicia con la sensación de miles de experiencias por vivir, para cada nueva expedición Gallardo abre una flamante libreta donde irá dejando plasmadas situaciones, objetos, personajes y diálogos. Pero, completando la metáfora, tal como nunca logramos conocer un lugar, él jamás termina de llenar las páginas en blanco y los cuadernos quedan en suspenso a la espera del día que regrese al mismo lugar.

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Cartel Festival Internacional de Cine de Huesca, 2011.

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Cartel aniversario de la Constitución 1812, Acción Cultural Española, 2012.

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Ilustración para el NewYorker, 2007. No publicado.

Levar anclas

Los libros y los viajes siempre han sido uno para Gallardo. Creció en Lérida, al norte de España, junto a una bien nutrida biblioteca de literatura popular que lo impulsó a salir a explorar el mundo. Gracias a Salgari, Stevenson, Verne y las novelas de Tarzán recorrió continentes, desafió a los mares y conquistó nuevos territorios. “Devoraba con muchas ganas esos libros”, recuerda. “Mi momento preferido era quedarme en la cama con alguna excusa para no ir al colegio y pasarme el día leyendo. Cosa no muy difícil ya que era un poco delicado y caía enfermo con facilidad”.

La siguiente travesía fue un poco más corta, pero significó un gran salto. En 1973 se trasladó a Barcelona para estudiar Bellas Artes. Pocos años después, en medio de la agitada vida cultural posfranquista, comenzó a dibujar a Makoki, un personaje siempre al límite que transformó a Gallardo en una verdadera estrella del cómic under español. “Fueron apenas 173 kilómetros, pero fue el primer viaje importante de mi vida. Lo cambió todo porque pasé de vivir en una ciudad de provincia a un epicentro de la cultura donde pude desarrollar todas mis capacidades”, resume.

Quince años después, mientras pasaba por un duro momento emocional, hizo otro viaje fundamental y atravesó el continente para visitar Israel. Fue ahí donde comenzó su gusto por los cuadernos de viaje. Un vicio que jamás ha podido dejar. “Acababa de separarme de la mamá de María y me encontré con mi amigo el caricaturista israelí Hanoch Piven. Él tenía que viajar con toda su familia a TelAviv para resolver papeleo y básicamente me adoptó como parte de la familia. Con ellos compartí la Pascua judía y un periplo. Aquello fue mi bautismo de fuego en cuanto a viajar dibujando”, recuerda.

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Cartel Feria de Abril de Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 2010.

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Portada de libro no publicado, 2005.

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Cartel Musical sobre La Trinca. Programa comunitari Primera Fila, 2009.

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Promo para el Acuario de Barcelona, 2005. NP.

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Tarjeta para unos amigos, 2010. NP.

 

Tierra a la vista

Fue entonces que se forjó ese estilo suelto y dinámico que caracteriza hoy sus libros, donde el humor se alterna con la reflexión. A momentos un poco caótico, impulsado por el azar de los hallazgos, sin afanes de documentación ni interés por construir una cronología, sino más bien como una forma de ir dejando indicaciones para recordar el camino recorrido, para comunicarse y compartir la experiencia con otros.

Algo de todo eso tiene el libro María y yo, uno de los más conocidos de Gallardo, donde va dejando registro de un viaje de vacaciones junto a su hija autista. De hecho, como él mismo ha confesado, su forma de crear cambió gracias a María. No solo porque desde su nacimiento se acostumbró a dibujarla en diversas situaciones, sino también porque pronto ella misma comenzó a pedirle que dibujara de improviso personas y objetos de su entorno, transformando aquellos trazos en una forma de comunicación entre ambos.

“Mi intención es llegar a la mayor cantidad de personas sin rebajar el nivel de lectura. De hecho, el libro María y yo está dibujado en el mismo formato en el que yo dibujo para María. Haciéndolo así me aseguro que mucha más gente tendrá la oportunidad de entender el lenguaje. Ideas claras, mensaje directo, narración personal, humor, empatizar con el lector… son algunos de los recursos que utilizo para lograr acercarme a las personas”.

Hay algo más. Para Gallardo el dibujo, y por cierto los viajes, son también una forma de levantar el velo de los prejuicios y mostrar que a pesar de las diferencias, en todos nosotros late algo que nos hace semejantes, que nos une y conecta. Así lo vivió en una de sus más recientes travesías. Convocado por la organización Oxfam Intermón para conocer la realidad de países en vías de desarrollo y valorar la importancia de la cooperación internacional, el dibujante se trasladó a República Dominicana, donde descubrió un país muy distinto al que había imaginado.

“Siempre tendemos a viajar con ideas preconcebidas y tópicos sobre los sitios de destino y este viaje sirvió para echar por tierra alguno de esos tópicos. Enfrentarse directamente a la gente que vive en una situación extrema cada día hace que te des cuenta de lo cómodos e instalados que estamos en nuestras rutinas diarias y cómo ignoramos todo del otro, personas con nombre y apellidos que viven no muy lejos de nosotros en distancias y que tienen una escala de valores como la solidaridad o la resiliencia mucho más desarrollados que nosotros, personas del llamado primer mundo”.
¿El viaje y el dibujo como una forma de acercarnos a otros?

Sí, creo que todos deberíamos pasar por experiencias de ese tipo. No se trata de un turismo de la pobreza y de las catástrofes, sino de una forma de autoconocimiento que incluya el descubrimiento del otro y su comprensión, dejando de lado ideas como la caridad o la compasión mal entendidas.

Pronto Miguel Gallardo emprenderá un nuevo viaje. Como siempre lo hace, se preocupará de hacer la maleta con tiempo. Averiguará qué ropa necesita, qué tipo de enchufes debe usar. Leerá sobre el país de destino, contactará a las asociaciones de autismo locales, se asegurará que su pasaporte esté en regla y que no ha olvidado el boleto de avión. Como siempre lo hace, se llevará un cuaderno y traerá de vuelta mil historias que hablan sobre él y también sobre nosotros.

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Serie de postales anuales para May y María, 2012.

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Cartel para la película The Pelayos. NP.

 

SCL 2014

Invitado por la ilustradora Paloma Valdivia a participar en el Diplomado de Ilustración y Narrativa Autobiográfica que dirige en la Universidad Católica, Miguel Gallardo viajó a Chile en junio del año pasado y no se detuvo un minuto. Se reunió con la Fundación Asperger Chile, presentó un documental basado en su libro María y yo, dio charlas para público general, talleres para ilustradores y conoció de cerca el momento que vive la edición e ilustración en el país. Incluso se dio el tiempo para hacer un poco de turismo cultural y un cuaderno con sus impresiones chilenas.

“El viaje fue un récord de los que me gustan a mí”, dice. “Chile era uno de los países que quería visitar y como por arte de magia se dieron las circunstancias a través de Paloma Valdivia, que había trabajado conmigo en Barcelona. El recibimiento por parte de mis colegas y del resto de las personas que encontré fue impresionante. La atención que mostraron por todo el trabajo desarrollado a través del libro María y yo y del documental fue muy emotiva. Además encontré un ambiente muy propicio en el campo de la ilustración. Aunque es un país pequeño en el ámbito de la edición, está creciendo con sellos independientes que hacen un trabajo de calidad. También se lleva a cabo una buena difusión de esta disciplina a través de PLOP! Galería. Hay una buena oferta académica para los ilustradores y un nivel muy interesante de trabajo”.

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LIBROS

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María y yo
Autores: María Gallardo y Miguel Gallardo
Astiberri, 2007
ISBN: 9788496815407

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Un largo silencio
Autores: Francisco Gallardo y Miguel Gallardo
Astiberri, 2012
ISBN: 9788415163541

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Emotional World Tour
Autores: Miguel Gallardo y Paco Roca
Astiberri, 2009
ISBN: 9788496815995

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Tres viajes
Autor: Miguel Gallardo
Edicions de Ponent, 2006
ISBN: 8489929890

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Viñetas de vida
Varios autores
Astiberri, 2014
ISBN: 9788415685821

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Diferentes. Guía ilustrada sobre la DIVERsidad y la discapacidad
Autora: Àngels Ponce / Ilustrador: Miguel Gallardo
Adecco, 2012
www.mediafire.com/view/?8p1ygagob3xb94l

Gallardo-Que le pasa

¿Qué le pasa a este niño?
Autora: Àngels Ponce
Ilustrador: Miguel Gallardo
Serres, 2005
ISBN: 9788484882039

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La vuelta al mundo en 80 páginas
Autora: Victoria Bermejo
Ilustrador: Miguel Gallardo
El Aleph, 2005
ISBN: 8476696914

Claudio Romo, ilustrador y grabador: el arte como herramienta de democratización

Explorador de mundos imaginarios, fabricante de criaturas imposibles: el destacado autor chileno reivindica el rol del libro ilustrado como espacio para comunicar ideas, reflexionar y sacar a la luz los temas silenciados.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

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Arco, flecha, blanco y arquero, los cuatro elementos del Kyudo. Pero a diferencia de la arquería occidental, quienes practican esta milenaria disciplina japonesa no miran el blanco; ni siquiera intentan apuntar. Lo que buscan está más allá de la diana. Su objetivo es alcanzar la perfecta armonía de los movimientos, abandonar el ego, hacerse parte del todo y encontrar el equilibrio. Un proceso que puede durar la vida entera.

El ilustrador Claudio Romo practica el tiro con arco desde niño. Mientras otros jugaban con camiones o corrían en bicicleta, pintaban casas y montañas, él pasó gran parte de su infancia emplumando flechas, fabricando y dibujando arcos. Para sorpresa y preocupación de sus padres, también los utilizaba. “Son objetos bellos, estilizados y elegantes, pero que contienen una gran tensión y fuerza”, dice.

Para él, al igual que para los seguidores del Kyudo, el tiro al arco es una forma de meditación. “Uno entra en un trance donde por un momento te vacías de la conciencia. Es una práctica muy sana”, comenta.

Al ver sus ilustraciones es fácil sentir que algo de la filosofía Zen se ha traspasado al papel. A pesar de la precisión de su trazo, del absoluto dominio de la forma y la claridad con que compone personajes y ambientes, la fuerza del autor de libros como Bestiario o El álbum de la flora imprudente está más allá de lo que vemos. Posiblemente se encuentra en la creación de un mundo que nos envuelve, fantástico y creíble a partes iguales, pero sobre todo en un discurso que transforma la ilustración en una certera flecha capaz de traspasar edades, lenguajes y fronteras.

Considerado uno de los ilustradores más importantes del país, Romo ha conseguido que cada uno de sus libros sea una proyección de su imaginario, capaz de llevar consigo –no importando si se trata de un libro sobre monstruos mexicanos, seres imaginarios o una historieta de terror– su marca personal, compuesta de belleza y escalofríos.

Todo comenzó en Talcahuano, donde dejó estampados sus primeros trazos. Su abuelo Francisco lo ponía a dibujar y le pedía una y otra vez que le hiciera retratos. A la imagen se sumó luego la palabra. El cuento El inmortal de Jorge Luis Borges y su largo periplo por “esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos”, fue un recuerdo imborrable de aquellas primeras y fértiles lecturas a las que se sumarían más tarde H.P. Lovecraft, Italo Calvino y Adolfo Bioy Casares.

A la hora de seguir sus estudios no lo dudó. Tampoco podía hacerlo. “Nunca pensé en estudiar nada que no fuera arte. Dibujar era lo único que me interesaba y la pedagogía en arte era a lo único que podía optar en Concepción”, recuerda. Se especializó en grabado, una técnica que apuesta por la reproductibilidad de la obra y que no solo le permitió expandir su trabajo como dibujante, sino también canalizar una de las ideas que ha guiado toda su carrera: el arte como una herramienta de democratización.

 

Primera expedición

Gracias al grabado cruzó también las fronteras. Su admiración por grabadores como José Luis Cuevas y José Guadalupe Posada lo llevó a México para estudiar una maestría en Artes Gráficas. Ahí fue donde, entre el culto a la muerte, la iconografía prehispánica, las luchas libres y los relatos de exploradores del Nuevo Mundo, se terminó de forjar su visualidad.

También fue el lugar que vio nacer su primer libro. Deseoso de ir un paso más allá en su apertura hacia nuevos públicos y salir de la elitización que impone el arte, Romo descubrió el potencial narrativo de las publicaciones ilustradas y encontró en ellas una gigantesca caja de resonancia para sus inquietudes plásticas y vitales. “Siento que esa duplicidad de arte y comunicación que habita en el libro (desde su esencia), lo convierte en un lugar donde el arte no puede desplegarse sin el fenómeno de la reflexión y la transferencia de ideas, algo que de hecho percibo cada día menos en muchas experiencias del arte contemporáneo que me ha tocado conocer”, explica.

El resultado vio la luz en el 2004, cuando ilustró para Fondo de Cultura Económica de México El cuento de los contadores de cuentos, del escritor tunecino Nacer Khemir, un relato que se mueve entre dimensiones de tiempo y espacio paralelos. Una historia perfecta para Claudio Romo, quien pobló las páginas de retratos, personajes y animales dignos de Las mil y una noches.

 

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El cuento de los contadores de cuentos
Autor: Nacer Khemir
Ilustrador: Claudio Romo
FCE, 2004
ISBN: 9789681671792

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Segunda expedición

De vuelta en Chile, el ilustrador siguió adentrándose cada día más profundamente en esa frondosa región de donde provienen sus creaciones. Siguiendo los pasos de un sacerdote científico del Barroco como Athanasius Kircher, de un naturalista y explorador decimonónico como Humboldt o un investigador novelesco como el Morel de Adolfo Bioy Casares, reunió una exuberante vegetación para su libro El álbum de la flora imprudente (LOM, 2007), animales “reales fantásticos” para que deambularan por su Bestiario (LOM, 2008), una colección de narraciones extraordinarias para unos Fragmentos de una biblioteca transparente (LOM, 2008) y los inexplicables sucesos que sacuden al atónito lector en Informe Tunguska (LOM, 2009).

 

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El álbum de la flora imprudente
Autor e ilustrador: Claudio Romo
LOM, 2007
ISBN: 9789562829373

 

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Bestiario
Autor: Juan Nicolás Padrón
Ilustrador: Claudio Romo
LOM, 2008
ISBN: 9789562829359

 

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Fragmentos de una biblioteca transparente
Autores: Claudio Romo y Alexis Figueroa
LOM, 2008
ISBN: 9789560000323

 

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Informe Tunguska
Autores: Claudio Romo y Alexis Figueroa
LOM, 2009
ISBN: 9789560000637

 

Este gabinete de maravillas, atestado de piezas extrañas y únicas, le valió en dos ocasiones consecutivas el Premio Coré entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el más importante de la ilustración chilena, fruto de un trabajo arduo y laborioso. “Para dibujar aprovecho cualquier espacio del día”, comenta mientras divide su tiempo como docente en la Universidad de Concepción y editor visual del sello Libros de Nébula. “Por eso tengo muchos cuadernos de apuntes y carpetas de bocetos sueltos. Siempre les digo a mis alumnos lo fundamental que es guardar una memoria de los procesos. Estos son tan importantes como la obra final en la formación disciplinaria de un dibujante”, agrega Romo, ilustrador y arquero.

 

Tercera expedición

Romo tiene otro mérito. La riqueza de su lenguaje plástico, su capacidad para generar intertextualidad y reivindicar el rol de la narración gráfica en la construcción de lectores participativos y críticos, han aportado en la creación de un nuevo campo de acción para el libro ilustrado en Chile, tradicionalmente asociado a las estanterías infantiles. Todo esto desde una zona que se distancia del centro, tanto a nivel simbólico como geográfico. “Vivo en una ciudad que carece de una infraestructura cultural suficiente. Para mí el libro representa ese lugar de exhibición inexistente en mi realidad urbana, y aparte de eso el libro como objeto en sí mismo es un objeto de diseño, arte y un dispositivo de comunicación de imaginarios. ¿Qué más se puede pedir?”, interroga desde Concepción.

Para el autor, el libro ilustrado es precisamente un lugar para problematizar y poner sobre la mesa temas hasta hace poco considerados tabúes, como la muerte, la sexualidad, la enfermedad o la guerra. “En un libro ilustrado la imagen está permanentemente vinculada a un texto que la dirige y la hace ‘necesaria’, que transforma las imágenes de violencia o muerte pura en imágenes que obedecen a claras necesidades narrativas y de sentido”, señala.

Sin embargo, es consciente de la fuerza a veces estremecedora de sus imágenes. Por eso cada una de sus figuras obedece a un propósito minuciosamente establecido, poniendo una insalvable distancia entre su obra y los juegos de terror y morbosidad propios de la sociedad del espectáculo a los cuales, está de más decir, niños, jóvenes y adultos son diariamente expuestos. “Un artista no debe olvidar la importancia del propio trabajo en la formación ética y de la cultura visual de las personas, en especial de los niños”, aclara.

Pensando en ese compromiso, y en que hace poco tiempo fuiste padre, ¿qué historia te gustaría ilustrar para tu hija?

Qué bonita pregunta. ¡Existen tantos cuentos! Creo que iniciaría la lista con El sueño de Akinosuké de Lafcadio Hearn. Una historia japonesa que comienza así: “En el distrito Toichi de la provincia de Yamato vivía un goshi llamado Miyata Akinosuké…”.

Claudio Romo ha lanzado una nueva flecha. Poco importa si llega o no al blanco. Simplemente hay que sentarse y verla rasgar el aire, diáfana, silenciosa y certera, como toda su obra.

 

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Alebrijido es un alebrije, ser imaginario de la cultura popular mexicana.

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Ilustraciones sin publicar de la serie Crónica fiel del mundo que vi.

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Ilustraciones de Monstruos mexicanos.

Marcelo Escobar: chileno hasta los huesos

Rescate, patrimonio e identidad son tres conceptos que se repiten con frecuencia en el discurso del autor e ilustrador Marcelo Escobar. “Me gusta la idea del rescate patrimonial, transmitir a los jóvenes el amor por lo vernáculo, afianzar las raíces y crear una estética completamente chilena”, asegura. Y basta con ver su trabajo para comprobar que definitivamente no se queda en palabras.

Por Bernardita Cruz M.
Editora Revista HUV

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www.marceloescobarm.blogspot.com

Aunque han pasado más de 30 años, Marcelo Escobar recuerda perfectamente el día en que vio por primera vez, en una biblioteca pública, el Bestiario del Reyno de Chile de Lukas. Ya dibujaba y copiaba las caras de los personajes de Condorito y los caballos de Érase una vez el hombre, pero asegura que ese libro, que sigue considerando una obra maestra, cambió su manera de ver el dibujo. Tiempo después, volvería a sorprenderse al descubrir el suplemento de humor de la revista Hoy. Admiró de inmediato a ese grupo de irreverentes, sin saber que venían riéndose del miedo desde finales de los 60. Ahí estaban Hervi, Palomo, Themo Lobos, Eduardo de la Barra, Guillo, Bartolo y el enigmático Gato.

Ambos recuerdos no son simples anécdotas para Escobar: hoy, convertido en un destacado autor e ilustrador, confiesa que su principal motivación es justamente “reconstruir una gráfica con sentido nacional, recuperar y levantar como estandarte un trabajo hecho en Chile, pero sensible para todo el mundo”.

En Ilustración a la Chilena, el especialista Claudio Aguilera explica que Marcelo “es parte de esta generación de artistas interesados en recuperar la visualidad vernácula, potenciando la fuerza de su sencillez a través de las herramientas digitales” y define su obra como “directa, con un grafismo depurado y versátil”.

En el mismo libro, Aguilera dice que tu estilo es, según tus propias palabras, “post chilensis”. ¿En qué consiste ese concepto?

Es un término que contiene reminiscencias de algo que perdimos, un período dorado en la visualidad nacional. Me interesa explorar y dar nueva vida a una tradición gráfica un poco abandonada, donde “lo chileno” se ha convertido en algo anodino y se prefieren explorar estéticas japonesas o europeas. En ese sentido, mis referencias siguen siendo la simplicidad en el grafismo de la Lira Popular, los escenarios y temáticas de Condorito y La Chiva, el diseño gráfico de los 60.

Reconozco que hay ilustradores que avanzan en ese sentido, depurando y diseñando una nueva identidad. Pero aún hay un largo camino por explorar, un camino que nos devuelva la mirada hacia el interior, hacia nosotros como inspiración. Me gusta la idea del rescate patrimonial, transmitir a los jóvenes el amor por lo vernáculo, afianzar las raíces y crear una estética completamente chilena.

Ilustrador y lector empedernido

En su estudio, Marcelo tiene una biblioteca compuesta principalmente por libros de diseño e ilustración que ha ido recopilando por años. Tiene Condoritos antiguos, mucho Quino, Fernando Krahn, Apuntes porteños y Bestiario del Reyno de Chile de Lukas, algunas cosas de Oski, Robert Crumb y Hervi, y un libro que se trajo de Cuba con los carteles de cine de Eduardo Muñoz Bachs, uno de sus favoritos. También tiene varios libros de arte y, en las paredes, algunos originales de reconocidos ilustradores chilenos.

Su otra biblioteca, la literaria, está cargada de autores nacionales.

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Eres un gran lector. ¿Qué tipo de historias son tus favoritas?

Principalmente soy un conocedor de la literatura chilena, más bien de la historia literaria. Sigo admirando a los autores que despertaron mi imaginación cuando niño, especialmente los cuentos de Manuel Rojas, Francisco Coloane, González Vera, Baldomero Lillo. Cada uno de ellos integró en sus relatos trozos de su propia historia; son narraciones palpitantes de vida, de la aventura de vivir. En relación al mundo poético, leo y releo impunemente a mis favoritos: Óscar Hahn, Jorge Teillier, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Nicanor y Violeta Parra. Poetas que usan la materia de un Chile profundo y nos entregan universos cargados de identidad, exceptuando quizás el mundo fantástico de Hahn.

Este último tiempo me he sumergido en las crónicas de Joaquín Edwards Bello, sorprendentemente actuales y prueba de que el carácter del chileno no ha variado en 100 años. Crítica de amor de un gran conversador, una conversación que se traspasa al lector con una de las prosas más amenas que he leído.

Estudiaste diseño y trabajaste mucho tiempo en esa área. ¿Cómo llegaste a la ilustración?

Decidí estudiar diseño pensando erróneamente que podría mejorar mi dibujo. Ahora sé que es algo que no se aprende en esas escuelas, se lleva dentro. Pero sí resulta conveniente como un complemento al trabajo de la ilustración, mezclando técnicas de diseño incorporadas al dibujo. Llegué a la ilustración luego de asistir al taller de Montt/Olea: ellos estaban abriendo espacios, formando e incentivando a las personas que se interesaban en este oficio.
Tras el taller, Marcelo pensó en una forma de aprovechar lo aprendido. Había coleccionado, a partir de sus lecturas, un grupo de historias sorprendentes sobre Chile y se propuso reescribirlas e ilustrarlas. Pensó y diseñó dos libros, uno que incluía relatos desde el descubrimiento de Chile hasta 1910, y otro que abarcaba el siglo XX.

Con la maqueta del primer período en la mano y alrededor de siete historias ilustradas y escritas, más el apoyo y confianza de la editorial LOM, postuló al Fondo del Libro y la Lectura, que ganó el 2009. Así nació Mito del Reyno de Chile. Invención ilustrada de un Chile secreto (1533-1910), publicado por LOM en 2010. Ese mismo año el libro fue reconocido con el prestigioso Premio Mauricio Amster al Diseño Editorial otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile. “Verlo en la red de Bibliometro y pensar que puede inspirar a alguien, es haber cumplido uno de los anhelos que me llevaron a desarrollar ese, mi primer libro, apenas graduado de ilustrador. El segundo tomo, Mito del Reyno de Chile. Siglo XX, fue publicado hace poco y confío en que tenga una vida tan próspera como su antecesor”, dice Escobar.

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¿Qué significó para ti recibir el Premio Amster?

Una experiencia inolvidable y una auténtica sorpresa. Me acompañaban mis hijos, a los que dediqué el libro. Recuerdo que en la celebración se me acercó el legendario Jorge Soto Veragua, un diseñador de la vieja escuela que admiro desde mi época de estudiante. Recibir las palabras de ese señor del diseño y la ilustración, comentando los aciertos en el concepto del libro, es algo que escapaba a mis mejores sueños. También voy a recordar ese día por el pésimo discurso que di como agradecimiento, y que me enseñó a llevar siempre algo preparado con anticipación.

¿Y cuál fue tu primer encargo como ilustrador?

Luego de publicar mi primer libro y de abandonar las agencias de diseño, envié mi portafolio a algunos medios de prensa. Inmediatamente me encargaron algunas ilustraciones para el diario La Tercera, en el suplemento del sábado, Tendencias. Pude desarrollar un nuevo trabajo y jugar con mis estilos, experimentando con la ilustración editorial con mucha libertad. Un trabajo que ya lleva más de dos años y cerca de 400 ilustraciones, una buena escuela en la que el desafío de conceptualizar de manera certera y eficaz se ha convertido en parte de mi oficio y que me obligó a desarrollar un método de trabajo que ha rendido buenos frutos.

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¿En qué otros libros has participado?

He tenido la fortuna de ilustrar cerca de siete libros para la editorial Origo, reconocida por la excelente factura de sus ejemplares. Ellos están desarrollando una colección de clásicos de la literatura para Copec, a bajo costo y de cuidada edición. Recuerdo especialmente el primer encargo, ilustrar uno de mis libros más queridos y que da comienzo a la narrativa social en Chile: Sub Terra de Baldomero Lillo. Un verdadero placer y con un resultado que me dejó profundamente satisfecho; entrañable.

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¿Cuáles son las técnicas que más te gustan a la hora de ilustrar?

Siempre parto de un boceto a grafito, luego lo traspaso a tinta china y finalmente doy las terminaciones y el color en forma digital. Considero que el trabajo manual les da una apariencia cercana y natural a los dibujos; la belleza del trazo a pulso, del error y una cierta imperfección, los distinguen y les dan un carácter casi artesanal.

¿Tienes algún proyecto literario entre manos?

Estoy escribiendo pausadamente una historia sobre Neruda. Para ello me he rodeado de una bibliografía extensa que descansa sobre una mesa que tengo a la vista. Tendrá el formato de un libro álbum, aprovechando de explorar las posibilidades narrativas de este tipo de obras. Cuenta la historia del poeta desde una esquina poco usual. Espero concretarlo en un plazo aceptable.

Y en el corto plazo, ¿se viene alguna sorpresa editorial?

Ahora estoy de cabeza en el tercer libro de mi autoría, un proyecto con el apoyo del Fondo del Libro donde nuevamente meto las manos en los ingredientes de la chilenidad, pero de manera diferente a Mito del Reyno de Chile. Está en pleno proceso y espero que vea la luz en septiembre, un mes cargado a “lo chileno”. Es mi proyecto más personal hasta el momento y lo abordo con cariño, un proyecto acariciado desde hace años. Parafraseando a Teillier: Cuando yo no era ilustrador, por broma dije que era ilustrador…

¿Cuál es tu proyecto soñado, ese que matarías por hacer?

Daría mi mano izquierda por ilustrar los cuentos de Francisco Coloane. También me encantaría dibujar una novela gráfica con un personaje que tengo bosquejado, un detective en los 70. Pura cultura pop.

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