Categoría: Columna

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Un Oscar al mejor cortometraje (el primer Oscar obtenido por Chile), series animadas traducidas a 10 idiomas y distribuidas en más de 40 países, productoras que ganan concursos de ideas en los festivales más importantes de América y Europa, nuevas plataformas tales como Netflix apostando por creadoras jóvenes, series animadas que se estrenan simultáneamente en diferentes países y despiertan el interés de prestigiosas distribuidoras, co-producciones con canales panregionales (Cartoon Network, Natgeo, Disney), son solo algunos de los últimos logros obtenidos por la emergente industria de la animación chilena. Son muchos y no son casualidad.

Por Bernardita Ojeda, directora de Pájaro, productora de contenidos y animación.

REWIND. Cuando comenzamos a producir “Clarita”, (2002) la primera serie de animación en Chile realizada en TVN con el apoyo del Consejo Nacional de Televisión (CNTV), no fue casualidad que desarrolláramos una serie de 22 capítulos de duración entre amigos/as ingeniosos y valientes sin experiencia pero dispuestos a poner la primera piedra. La industria de la animación no existía en nuestro país. Los guionistas, animadores y directores profesionales estaban, al parecer, solo en Disney o en Japón.

PLAY. Desde ese momento hasta ahora la situación ha cambiado radicalmente. Hoy existen más de 30 productoras de animación que desarrollan contenidos propios o servicios para cine y TV en Chile y el extranjero. Algunas de ellas están produciendo de manera constante e industrial, otras son más pequeñas y tienen mayores dificultades de subsistencia, pero todas ellas están trabajando intensamente por seguir creciendo y creando. Tenemos un festival de animación de talla mundial, CHILEMONOS, que en 7 años se ha transformado un punto de encuentro y difusión fundamental para la región. El año 2012 se formó ANIMACHI (Asociación Chilena de profesionales y productoras de Animación), que ha trabajado intensamente logrando incidir en las políticas de los fondos que nos apoyan y ha creado la marca CHILEAN ANIMATION que nos da visibilidad en los mercados internacionales más importantes de mundo, a los que asistimos apoyados por fondos del estado. Contamos con los fondos del CNTV, CNCA y CORFO que apoyan los proyectos en diferentes etapas de desarrollo, nunca suficientes, pero responsables de la existencia de la mayoría, sino de todos los proyectos de animación creados hasta el momento. Estamos co-produciendo, es decir, trabajando en conjunto con otros países, lo que significa un aprendizaje enorme y una mejora en los presupuestos, difusión y calidad de las producciones. Además, actualmente existen 7 universidades que imparten la carrera de animación y desde las cuales egresan más de 100 profesionales cada año con diferentes especialidades y variados talentos.

Como resultado de todo este trabajo, la animación chilena creció, se profesionalizó y se consagró con una producción con carácter propio y reconocible en todo el mundo. Y esto no es casualidad, es causa del intenso trabajo de muchos/as actores.

Películas, series y cortometrajes son los formatos más comunes que utilizan los creadores para contar sus historias. Las temáticas son variadas y van desde cápsulas de divulgación, videos educacionales, de rescate patrimonial, musicales, miniseries históricas hasta series de humor Cartoon como las que podemos ver en los canales infantiles más vistos del cable. La producción de series ha sido bastante constante en estos años y recientemente el formato de serieweb ha venido a refrescar el estilo de las propuestas. En la producción de cortometrajes podemos encontrar trabajos más personales de autores que exploran técnicas gráficas y de animación complejas para contar historias más oscuras y profundas. Y en el cine, después de diez años sin estrenos, actualmente se están realizando seis películas animadas, unas están en etapa de desarrollo y otras ya en plena producción, todas ellas con ideas originales de creadores locales e historias universales que pretenden conquistar el público familiar nacional e internacional.

PAUSE. Haciendo una pausa, el panorama actual parece bastante prometedor si pensamos en seguir trabajando y creciendo como lo hemos hecho hasta el momento, pero tenemos como país una deuda con nuestros creadores: Tenemos que ampliar el espacio que las pantallas nacionales dan a las producciones chilenas o bien  crear un espacio público de producción y exhibición como lo tienen otros países de Latinoamérica. Mientras en Argentina se transmiten nuestras series diariamente en varios horarios y en Brasil se han logrado éxitos comerciales que incluyen juguetes y merchandising, en nuestro país no contamos con espacios constantes y adecuados donde los niños puedan ver la producción local. Nuestros éxitos están sucediendo fuera de nuestras fronteras y nuestros niños no participan de ellos.

FORWARD. Seguir creciendo para la industria de la animación es una tarea que desafía a todos sus actores de diferentes maneras. A los canales a apostar por las producciones nacionales para generar y educar audiencias que permanezcan en sus pantallas, a las políticas de estado a que comiencen a considerar a la animación como una industria que, al igual que las tradicionalmente consolidadas, necesita de incentivos específicos para industria, normas internacionales y espacios de difusión, y a nosotros, los directores y productores, a seguir trabajando duro en productos audiovisuales originales, atractivos y de calidad que obtengan tanto o más logros que los obtenidos hasta ahora.

Historia de uno Oso. Ganadores de un Oscar en categoría cortometraje. Punk Robot.

Series web Personas Cetáceas, Abuelo Com y Niño surullo. Más de 100.000 suscriptores en Youtube. Marmota estudios

Petit. Co-producción Latinoamericana estrenada en tres países simultáneamente. Distribuida por Dandelooo, Francia. Pájaro.

Nahuel y el libro mágico. Película en producción. Carburadores.

Serie animada que cuenta con el financiamiento de Netflix para su etapa de desarrollo. Fernanda Frick.

Puerto Papel. Traducida a 10 idiomas. Zumbástico studios

La leyenda de Zeta y Ozz, co-producción con Cartoon Network. Typpo, Niño Viejo y Punkrobot.

Bernardita Ojeda es diseñadora, ilustradora y directora audiovisual. Es creadora y directora de “Clarita”, la primera serie animada producida en Chile y transmitida por TVN. Entre sus trabajos también se encuentran las series “Chanchiperri” y “Hostal Morrison”, ésta última emitida en toda Latinoamérica por Cartoon Network. Actualmente dirige Pájaro, productora de contenidos y animación. Su último trabajo es la serie animada “PETIT”, basada en el libro “Petit, El Monstruo”, de la destacada ilustradora argentina, Isol.

Leer para conocer: Descubriendo el libro informativo

Escribo este artículo en primera persona, para contarles mi experiencia al participar en el taller sobre el libro informativo, dictado por Daniela Sánchez, nuestra encargada de Área de Proyectos. Mi nombre es Josefa Torres, periodista de Fundación Había Una Vez. Llevo pocos meses acá y no se imaginan cuánto he aprendido sobre lectura y fomento lector; sin ir más lejos, hasta hace poco asociaba la lectura sólo a literatura, a ensoñación, a personajes que son reales en la medida del libro, al deleite de la ficción. Qué equivocada estaba. Y eso fue lo que me pasó en el taller del libro informativo: rompí mitos y prejuicios. ¿Quieren saber cuáles? Aquí voy:

A los niños no les gusta leer: A los niños les gusta leer en la medida que la oferta sea atractiva y que como mediadores les presentemos un amplio abanico de posibilidades; en este sentido el libro informativo es un recurso inagotable, y es que si buscan un tema, lo encontrarán: animales, el espacio, los números, la naturaleza y un infinito etcétera. Tenemos la suerte de estar viviendo un boom de este tipo de textos, así es que solo basta buscar.

Leer no ficción es aburrido: Falso. Los libros informativos son imanes para los niños, porque por medio de ellos saben que están aprendiendo y el gozo que les produce saber y conocer se asemeja a la sensación de haber encontrado un tesoro. Y lo mejor, es que a diferencia de lo que se pudiera pensar, la lectura es también una práctica social: cuando uno disfruta con algo, lo recomienda. Además, como los buenos libros informativos poseen una disposición espacial fragmentaria, son un hit por el simple pero importantísimo hecho de que permiten a los niños una lectura autónoma, llena de posibles elecciones. Así como en la literatura la dirección la determina el autor, en el libro informativo es el lector quien elige cómo leerlo y esto es fundamental, porque así se forman lectores competentes, curiosos, activos, a quienes se les desafía a relacionar los contenidos con su propio entorno y a  seguir investigando sobre algún tema relacionado si es de su interés.

Los libros informativos son inferiores a los literarios: Discutible. En términos de calidad siempre hay libros y libros, es verdad, pero los buenos libros informativos son valiosísimos. ¿Y qué hace que un libro informativo para niños sea bueno? Como muestra, dos características: la presencia de recursos paratextuales como índice, bibliografía, uso de fuentes acreditadas e incluso glosarios, y la cualidad de entregar distintos niveles de lectura. Nunca lo había pensado a pesar de que lo veo a menudo cuando miro a mi sobrino José. Acaba de cumplir 3 años y es fan de la música, en especial de The Who y The Beatles y es increíble verlo hojear libros biográficos de estas bandas y cómo disfruta al identificar a Lennon o Townshend en sus páginas e imitar sus poses. Y es que los buenos libros informativos tienen un buen equilibrio entre letra e imagen, y utilizan multiplicidad de tipologías textuales para presentar los datos y diversos lenguajes gráficos como fotografías, ilustraciones, infografías y mapas entre muchos otros, lo que también desarrolla distintas habilidades en el lector, aunque aún no sepa decodificar el texto.

Los libros informativos solo proporcionan información: Sí, pero no solo eso. Evidentemente que por medio de ellos es posible aprender de los más diversos temas, pero no solo entregan hechos, también entregan seguridad, sobre todo a los más chicos. Esto, porque los niños tienen la necesidad de conocer y ordenar el mundo, y por medio de un libro informativo pueden descubrir y controlar mejor su entorno, pueden entender y darle sentido a lo que los rodea. Además, permite tener las más entretenidas conversaciones, compartir datos y procesos, perfilarse como expertos en un tema, desarrollar el pensamiento crítico, y eso sí que entrega seguridad.

Como ven, las bondades y posibilidades de los libros informativos son infinitas, así es que los invito a investigar, a deleitarse con estos textos y a invitar a otros lectores a hacerlo; no se arrepentirán. Y si se agobian y no saben por dónde empezar a buscar buenos títulos, no duden en escribirnos.

 

Los cuentacuentos del Madre Tierra sacan la voz

A propósito de proyecto ganador del concurso de Innovación en Mediación Lectora de FHUV, quiero contar mi experiencia con este taller.

Por Constanza Mekis, Presidenta IBBY Chile

Hace algunos meses nació en mí un interés especial por conocer alguna experiencia de fomento lector, innovadora e institucional, que trabajara con niños que tuvieran necesidades educativas permanentes. Me tomó tiempo saber de la existencia de alguna que tuviese valor, hasta que me encontré con un equipo profesional que estaba indagando en estos rumbos: Pilarica Echeverría y María Isabel Aguirre realizaban el taller “quiero ser cuentacuentos” en el colegio diferencial Madre Tierra de lo Barnechea, con niños con discapacidad cognitiva.

Quiero contarles algunos detalles de esta práctica de fomento lector. Los asistentes a este taller son siete jóvenes, que tienen entre 17 y 25 años de edad. Todos poseen distintos diagnósticos, por ejemplo algunos de ellos tienen Síndrome de Down, otros pertenecen al espectro autista y la mayoría de ellos tiene una discapacidad leve y moderada. La razón de que sean tan pocos alumnos por taller, es que las monitoras no cuentan con formación profesional en el ámbito de la educación diferencial, además ese número de alumnos permite desarrollar clases más personalizadas.

Yo tuve el privilegio de participar en dos sesiones y lo primero que percibí es que son jóvenes muy cariñosos, muchos besos y besitos y que sus edades reales son muy diferentes a cómo se les ve, por ejemplo Olivia de 18 años parece de 8. La atención de ellos para escuchar es variable, algunos se ríen y gozan, otros están en su propio mundo… y al notarlo uno se pregunta ¿no escuchan el relato? Hay otros momentos en que se puede ver que todos ponen atención y no agachan la cabeza, lo que permite apreciar cómo ellos al escuchar cuentos, sueñan despiertos.

En mi primera intervención que hice en el taller, me aventuré a invitarlos a que leyéramos juntos el cuento silente Flora y el Flamenco de Molly Idle (Barbara Fiore Editora).  Les leí a viva voz las imágenes que se iban desplegando en el cuento, usando además de las palabras mi cuerpo: imitando a Flora o a Flamenco, con sus diversas posiciones; las que a lo largo de la historia van generando un vínculo entre ellos de amistad y aventura plena. En esta ocasión observé que casi todos los presentes prestaron una atención básica a mi perfomance lectora, salvo dos de ellos que en un momento de la lectura comenzaron a tomarse las manos y a mirarse con una especial complicidad de niños, entonces me fue inevitable preguntarme ¿estarían imitando a Flora que entrelazan sus manos con Flamenco?

Cómo describirles a ustedes esta prueba de fuego… ¡Qué difícil y que hermoso momento! Por una parte, tener en frente la presencia tan heterogénea de personas en edades y en disposiciones de atención distintas y por otra, constatar que estos “niños-jóvenes” tienen por sobre todo una necesidad de afecto muy grande. Constato que el componente emocional es crucial en el mundo de cuenta cuento, su “presencia invisible” potencia un enlace mágico con los lectores. Las preguntas posteriores a la lectura estuvieron relacionadas con sus mundos imaginarios y de qué depende tener imaginación. Una conversación breve y elemental. A paso seguido, Pilarica les contó ¿Cucú quien será?, hay participación entre ellos, se toman de las manos, responden, hacen chistes y un niño-joven comenta que tiene un perro y por eso se puede imaginar a otros animales. Considero que este momento para ellos fue de gran regocijo e interés, muy natural y que se había conquistado un espacio notable de confianza mutua. Finalmente, cantan juntos un poemita acerca de La Luna y vienen las despedidas cariñosas entre todos.

Tras mi participación en aquella sesión y conversando con Pilarica y María Isabel, me enteré que todas las clases del taller cuentan con una metodología similar, lo que les otorga a los jóvenes tranquilidad, pues aquella rutina no les genera ansiedad por saber qué se va a hacer en la sesión. Me gustaría compartir con ustedes su estructura. Cada clase comienzan con el siguiente ritual: todos los participantes se sientan en un círculo y en medio de ellos hay una pequeña mesa con un mantel, sobre el que descansa la figura de una casa, la que representa el lugar donde viven los cuentacuentos. Todas las sesiones se invita a los jóvenes a entrar a esta casa y luego se inicia una breve conversación sobre lo que cada uno ha hecho en la semana.

Tras esto y para partir con el taller propiamente tal, se realiza algún juego que involucre las manos y el canto, con lo que se busca estimular la coordinación visomotriz y el lenguaje oral. En la ocasión en que participé del taller me tocó presenciar: Rompompom, en una de versión de Tamara Chubarovsky.

Luego del juego inicial, los jóvenes se acercan a una exposición de libros, los que han sido seleccionados especialmente para ellos, considerando sus gustos y capacidades. En la que se espera que cada participante elija uno, por lo que se les da un tiempo para mirar y leer. El resultado de este espacio de exploración es puesto en común, ya sea leyendo a sus compañeros o comentando porqué escogieron tal libro y qué fue lo que llamó su atención. Sin duda, este momento de la clase es una excusa para conversar entre lectores, entre personas que gustan de los libros.

Hecho esto, se da inicio al momento central de la sesión, los jóvenes-niños practican el cuento que leerán a sus compañeros en la presentación final. En estos momentos, las monitoras retroalimentan a los participantes, dándoles consejos y sugerencias concretas para mejorar su narración.

Para finalizar las sesiones, se realiza algún juego relacionado con el lenguaje, ya sea con adivinanzas  (muy simples) o interactuando a partir de algún libro. Por ejemplo, con  Puedo rugir de Frank Asch (Editorial Corimbo), aparecen ilustrados diversos animales (tortuga, gato, caballo, cabra, serpiente, morsa, entre otros), que en lugar de tener cabeza tienen un agujero, el que permite que los lectores coloquen su cara en él. De este modo, los jóvenes se desafían unos a otros, invitando a poner sus caras en dicho espacio, para imitar el sonido del animal ilustrado.

En total se han realizado tres talleres y cada uno ha tenido una duración de ocho sesiones, los que finalizan con una gran presentación, en la que los que se han formado como cuentacuentos, regalan la lectura o narración de una historia a alumnos menores de su colegio.

Y en esta sesión final, fue la segunda vez que participé del taller. Se trataba de la ceremonia de graduación y observé a todos los participantes contar el cuento La tortilla corredora de manera coral, es decir, que cada uno narra una parte de la historia. En esta sesión de cierre, estuvieron presentes los padres y apoderados de los jóvenes cuentacuentos: Sebastián, Samuel, Olivia, Yoselyn, Dravna, Cristóbal y Allan. Se sentía en el ambiente un gran entusiasmo y disfrute de la sesión, tanto de los cuentacuentos como de los alumnos del colegio que iban a escuchar el cuento.

No obstante, reparé en una situación especial; había un alumno muy intranquilo pues su madre no llegaba a ver la función. Felizmente, la madre llegó atrasada, con lo cual esta tensión contenida, al final se tradujo en que joven estalló en llanto. Vino un abrazo fuerte, muy fuerte, entre ellos. No hubo palabras de consuelo, solo apego físico. Para él lo importante era simplemente que la madre estuviese allí.

Posteriormente, al conversar con la madre: me comentó que en la casa, ella “nunca está sola, siempre está el hijo a su siga…” él necesita estar cerca de ella, a su lado. Comprenderán que además de todo el trabajo que implican las labores del hogar, también hay que sumar estas demandas hogareñas, que para mí eran insospechadas. La presencia física, la dedicación y los tiempos que hay que dedicarles a estos jóvenes-niños son muy exigentes. Pensar en estas familias y lo que viven cotidianamente con sus hijos, me hizo reflexionar que este trabajo de cuentacuentos, tan simple y lleno de detalles, les traía a estas familias un bello suspiro y alegrías en sus vidas.

Recogiendo la experiencia incluyo algunos consejos prácticos para trabajar con niños con necesidades educativas permanentes:

  • Considerar siempre la etapa del desarrollo en que se encuentra el niño o joven.
  • Tener los intereses y los gustos del joven o del niño.
  • Ofrecer variedad de libros, formatos y géneros, que estos se adapten a sus necesidades, gustos y habilidades
  • Recordar que leer no es solo decodificar. Por lo que para trabajar con niños que no saben decodificar, los libros silentes serán un gran aliado.
  • Invitar a conversar; que los libros sean una excusa para iniciar una conversación.
  • Utilizar los juegos y canciones como otra alternativa para vincular al niño con el libro y la lectura.
  • Realizar una hora del cuento, preparando la sesión y articular de manera coherente sus tres partes (motivación, lectura y cierre).
  • Respetar siempre la visión o interpretación que el niño o joven pueda hacer del cuento.
  • Planificar pensando en adaptarse a las necesidades y habilidades del niño o joven y no al revés.

Y para finalizar, con el propósito que esta práctica se multiplique, me gustaría compartirles algunos libros que han dado buenos resultados en este taller:

  • ¡Beso, beso!, Margaret Wild, Ekaré
  • ¿Qué puede oír Blas?, Lucy Cousins, Serres
  • Lobo, Olivier Douzou, FCE
  • Buenas noches gorila, Peggy Rathmann¸ Ekaré Sur
  • Fuera de aquí horrible monstruo verde, Ed Emberly, Océano Travesía
  • Las manos de papá, Emile Jadoul, Corimbo
  • La sorpresa de Nandi, Eileen Browne, Ekaré Sur
  • Gato azul, Soledad Sebastián, Gato Azul
  • De paseo, Estrella Ortiz y Paloma Valdivia, Amanuta
  • Estaba la rana, Paloma Valdivia y Carles Ballesteros, Amanuta
  • La sorpresa, Sylvia van Ommen, FCE
  • Los amigos de Elmer, David McKee, Anaya
  • Cómo atrapar al monstruo de tu armario en 10 sencillos pasos, Laura Gamero y Manu Callejón, Bárbara Fiore
  • Todo el mundo hace caca, Rascal y Pascal Lemaitre, Corimbo
  • El niño y el aeroplano,  Mark Pett, GataGorda ediciones
  • El pastel está tan arriba, Susanne Straßer, Editorial Juventud
  • Oh! La luna, Eric Battut, Editorial Kókinos.
  • La ola, Suzy Lee, Bárbara Fiore Editora
  • Una pequeña casa en el bosque, Jutta Bauer, editorial Lóguez
  • Pequeña Oruga Glotona, Eric Carle, editorial Kókinos

Constanza Mekis: Bibliotecaria, Magister en Lectura y Literatura Infantil y Juvenil, Universidad de Zaragoza. A cargo por 20 años de la Coordinación Nacional de Bibliotecas Escolares/CRA Enseñanza Básica y Media del MINEDUC. Ex Directora para América Latina de la IASL (International Association School Librarianship).
El 2004 recibió el Premio anual Cámara Chilena del Libro por su destacado compromiso con la Promoción a la Lectura. Ha colaborado para el Máster en Promoción a la Lectura, coordinado por la Universidad Alcalá de Henares y Fundación Germán Sánchez Ruipérez y ha participado como maestra en la Diplomatura de postgrado en Bibliotecas escolares, cultura escrita y sociedad en red de la Universitat Autònoma de Barcelona y el Centro de Altos Estudios Universitarios CAEU de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), Barcelona, España, 2012.

Lectura y escritura en la sombra de la sociedad

“La humanidad es algo que todavía hay que humanizar”. Gabriela Mistral

Por María Paz Garafulic, socia y directora de Confín Ediciones y directora de Fundación Había una Vez

Es sabido que la lectura proporciona innumerables beneficios y que sus efectos trascienden con mucho la mera adquisición de información y entretención. Se habla con frecuencia de sus efectos en el desarrollo cognitivo, emocional y personal, en la construcción del pensamiento y la capacidad de comprensión y análisis. Se habla incluso -y desde no hace mucho- de sus bondades terapéuticas. Es cierto, desde muchas perspectivas la literatura, vivida a través de la lectura y la escritura, puede ser una excelente herramienta, y mucho más que eso, puede ser un remedio, un consuelo, un refugio y una compañía.

Esta conceptualización de la literatura y de la práctica lectora como instancias de encuentro, de reflexión, expresión y calma es particularmente aplicable en espacios como las cárceles. Espacios en que la violencia suele ser uno de los elementos fundantes de la convivencia, y no solo como violencia personal, entre individuos, sino institucional, del sistema y la sociedad frente a aquellos que, habiendo transgredido las normas básicas de la convivencia social -habiendo delinquido- se encuentran privados de libertad.
Conocidas son las condiciones en que viven hoy en día hombres y mujeres privados de libertad en Chile. Los contextos físicos bordean lo inhumano, el hacinamiento, escasez de recursos y casi nulas instancias para promover la futura reinserción son la lamentable regla general.

La gravedad de la situación admite una amplia variedad de enfoques y análisis que trascienden con mucho el objetivo de este texto, que busca solamente poner en evidencia y compartir dos hechos fundamentales. Primero, al parecer hoy en día, violencia con violencia se paga. Se ha olvidado que las personas privadas de libertad se encuentran privadas de cierto tipo de libertad, la libertad de circulación, y no de otras libertades y derechos que le corresponden al individuo en su calidad de ser humano. Hoy se priva también del derecho a una vida digna, del derecho a la integridad física y síquica, del derecho al desarrollo personal y cultural. Todas estas garantías, establecidas por la misma Constitución y reconocidas como normas internacionales de derechos humanos, se ven vulneradas con peligrosa frecuencia.

En segundo lugar, y lo que justifica estas líneas, es la importancia que puede adquirir la literatura en estos contextos especialmente vulnerables y violentos, deshumanizados. Violentos en sí mismos, como recintos cuyas características promueven la violencia intramuros, y violentos desde la perspectiva de los rasgos de las personas que los habitan.1
¿Qué puede hacer la literatura en estos contextos? Conozco puntualmente dos experiencias que avalan la tesis de que la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la escritura, contribuye a la libertad interior2 del individuo y, siguiendo a Gabriela Mistral, a humanizar la humanidad.

Uno de ellos es el proyecto de implementación y activación de bibliotecas penitenciarias en centros de reclusión de la Sexta Región, Peumo, Rengo y Santa Cruz, y el segundo, el concurso “Cartas de Mujer”, desarrollado por el Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín.
En ambos proyectos ha sido claro el efecto humanizador de la literatura. En el primer caso, el acercamiento de los internos a un mundo hasta ese entonces completamente desconocido, el de la literatura y en general del conocimiento, sorprendió a todos quienes participamos. Las bibliotecas se transformaron en el lugar más visitado por los internos y en el menos violento. Hubo incluso un periodo en que, proporcionalmente, el número de préstamos de libros a celda fue mayor que el de un colegio promedio. En palabras de un interno del Centro Reclusión Peumo: “Paso a darles las gracias por la maravillosa biblioteca que nos regalaron, en donde tenemos un mundo lleno de cultura, conocimiento y entretención”. ¿Qué se manifiesta? La profunda necesidad del ser humano, más allá de su situación vital, de acceder al mundo de la palabra, de la creación, de la información y la belleza.

Por su parte, el proyecto “Cartas de Mujer” nos llevó a mirar cara a cara la sombra3 de la sociedad, a conocer a estas mujeres supuestamente peligrosas y muchas veces violentas o violentadas, que al escribir llegaron a los más profundos rincones de sus historias y almas.

Los procesos de creación no fueron fáciles, para muchas fue un desafío, para la mayoría una posibilidad de encontrarse con sus pensamientos y anhelos más profundos; para muchas tuvo un componente catártico. Las cartas abarcaron un amplio abanico de temas: la maternidad, la muerte, el dolor, el miedo, la libertad, la esperanza, el amor.

Escucho los gritos de la desesperanza
que atraviesan los viejos muros
fríos y gastados
donde rebotan las voces del silencio,
llevándose mi alma.
Te busco en mi soledad
y tú no estás conmigo.

-Fragmento de una de las cartas ganadoras

¿Por qué la creación literaria, la escritura? Porque invitarlas a escribir sobre sus propias sombras y dar a conocer sus voces nos permite cumplir, aunque sea mínimamente, con el mandato de humanizar nuestra sociedad, proveyendo condiciones de desarrollo y bienestar. Nos obliga a abrir los ojos ante la violencia, no solo respecto de la que sufrimos, sino también de la que ejercemos en mayor o menor medida como sociedad.

A la luz de estas y otras iniciativas, la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la creación literaria, es un llamado a escuchar, a comprender y a responder a los gritos de la desesperanza.


María Paz Garafulic, abogada de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fundadora de la Fundación Había Una Vez el año 2005. Ha ejercido su carrera profesional en ámbitos como el acceso a la justicia, desarrollo de la ciudadanía, fomento de la lectura y cultura. Ha realizado actividades académicas en Chile y el extranjero. También ha participado en programas de formación ciudadana en ONGs y universidades y es cofundadora de Fundación Probono. Miembro del Comité Asesor del Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts de Washington y socia de Confín Ediciones.

Publicado en RHUV Nº26

Papelucho 70 años después

La noticia nos dejó “paralelos”. A 70 años de la publicación del primer Papelucho, editorial SM sorprendió con el lanzamiento de dos novelas que Marcela Paz escribió a fines de la década de los 70 y principios de los 80. ¿Qué traen estos dos nuevos diarios? Acá te lo contamos.

Por Silvana de la Hoz, Profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València.

A setenta años de su publicación, Papelucho continúa leyéndose durante la infancia y juventud de muchas generaciones dentro y fuera del territorio chileno. Este hecho puede atribuirse a múltiples factores: lectura obligatoria en los centros educativos, recomendación de los padres o familiares, visitas a la biblioteca, promoción a través de algún medio audiovisual o simple lectura voluntaria. Lo cierto es que la obra de Marcela Paz ha trascendido: podría afirmarse que cualquier chileno conoce al personaje, aunque nunca haya tenido la obra en sus manos.

Desde un punto de vista histórico, Papelucho se ha considerado la obra más representativa de la literatura infantil chilena. Manuel Peña Muñoz afirmaba: “el estilo rápido y conciso atrapa de inmediato y, pese al medio siglo transcurrido, Papelucho sigue conservando su frescura y gracia inmediata y contagiante”. Unos años después, el mismo investigador, afirmaba que “[la obra plantea] a un niño que siempre tendrá una mirada crítica respecto de lo que le rodea, como si desconfiara siempre de todo lo establecido y diera un punto de vista completamente diferente del tradicional de los adultos”. Desde esta perspectiva, se nos muestra a Papelucho como una obra infantil original, que trata ciertos temas adelantados a su tiempo, tales como la permanente crítica a los adultos o la representación de la familia chilena en tensión.

En noviembre del año recién pasado, la editorial SM, tras un arduo trabajo, logró sorprender a todos los lectores de Papelucho con dos nuevos libros: Adiós planeta y Papelucho, Romelio y el castillo. Inmediatamente la incertidumbre invadió a su público lector: ¿Serán parecidos a los Papeluchos anteriormente publicados? ¿Qué aventuras se contarán? ¿Habrá cambios? ¿Serán mejores historias? De cualquier modo, en diciembre, ambos libros se ubicaban entre los más vendidos según el ranking del diario El Mercurio.

Los lectores de Papelucho, rápidamente, se encontraron con más aventuras. El querido protagonista se enfrenta a nuevos problemas y tras ellos un cúmulo de reflexiones narradas en la familiar primera persona. A partir de aquí advierto peligro de spoiler.

En Adiós planeta nuestro entrañable personaje quiere ser periodista. Hace todo lo posible por encontrar una buena noticia que narrar a sus compañeros, sin embargo, al no tener nada que contar, no se le ocurre nada mejor que inventar que se ganó un viaje a Disneyworld. De entrevistador pasó a ser entrevistado y luego todos se enteraron que él no era el ganador del concurso. De pronto, sin esperarlo, Papelucho recibe la noticia de que ha sido el ganador de una bicicleta, por lo que la alegría lo invade. Fue tanta la energía que empleó al subir a la bicicleta que termina estrellándose y creyendo que ha caído desde otro planeta…

En Papelucho, Romelio y el castillo nuestro protagonista visita la casa de su compañero y amigo Romelio, quien supuestamente vive en un castillo. Papelucho se da cuenta de que en realidad la casa de castillo no tiene nada, todo lo contrario, parece un lugar tétrico, por lo cual decide arrancar. Muchos obstáculos le impiden volver a su casa, entre ellos, que el pobre Romelio lo considera su único amigo y por esta razón no puede dejarlo solo. En este libro Papelucho quiere ser doctor, ya que luego se entera de que su amigo sufre de una compleja enfermedad: la diabetes…

En ambos libros Marcela Paz nos muestra al mismo Papelucho que conocemos: un niño crítico, reflexivo, soñador, y que su especialidad es meterse en problemas. Además, mantiene numerosos episodios humorísticos, juegos de lenguaje, exageraciones, referencias a la historia de Chile y reflexiones desde la mirada de un niño de 8 años. No obstante, en las dos historias existe casi una ausencia absoluta de los padres. Si bien en los libros ya publicados éstos no tenían gran presencia, ahora es aún menos. Se deja más espacio al personaje y sus aventuras recalcando solo la importancia de la “Domi” en el hogar. Es ella la que lo escucha y la que lo ayuda a solucionar sus problemas. Papelucho, setenta años después, sigue siendo un niño que se cuestiona los problemas de la vida e incluso declara complejidades que se observan actualmente en nuestro país, como es el caso de las altas tasas de diabetes infantil. Sin lugar a dudas, los dos nuevos libros muestran el esplendor de un personaje que ya conocemos y que continúa divirtiéndonos con sus pensamientos y su lenguaje tan particular: Chori, sorpresoso, ovnificado son algunas de las expresiones que cualquier lector fiel de esta novela nunca olvida y que ahora tiene la oportunidad de reencontrar incluso desde otro planeta.

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Silvana de la Hoz es profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València. Ha realizado también diferentes cursos de formación dictados por el Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil (CEPLI) de la Universidad Castilla-La Mancha.
Actualmente es docente en la Universidad Alberto Hurtado donde realiza los cursos de Expresión escrita y de Análisis y comprensión de textos, y colabora con el programa del Diplomado en Didáctica de la Lengua y la Literatura de la UAH, realizando el módulo de Didáctica y evaluación de la lectura literaria.

Ese mar de cadáveres

Los jóvenes están dispuestos a dejarse conquistar por la palabra, a establecer una relación con un libro, porque en sus movimientos y continuas mutaciones intentan construirse en distintos frentes, armarse de discurso. Un libro que les habla al oído, por lo tanto, no solo es un buen aliado, sino un compañero de ruta.

Por Sara Bertrand, escritora.

Conocí Europa o, mejor dicho, la vi por primera vez gracias a El mundo al instante, unos cortos noticiosos que, entonces, cuando tenía siete años, proyectaba la sala de cine de El Tabo. Aunque tenía butacas de cuero maltrecho, olor a pis y pulgas, conservaba ese garbo de los cines europeos y, en vez de abrir su función con propaganda de ropa, nos mostraba las calles de París, reuniones de cancilleres en La Haya, mujeres en la Plaza Mayor o una fábrica de automóviles perdida en los Alpes. Ese era el mundo que estaba más allá de la cordillera. Un continente en blanco y negro matizado por el sonido de un rollo de película y la voz en off de un locutor español que nos explicaba, acentuando las eses, cómo iba la Europa de posguerra; su reconstrucción, sus alianzas. Una Europa que había sido destruida y vuelta a levantar después de medio siglo de guerras, revoluciones y matanzas.

No existe en la historia de la humanidad una confluencia igual de asesinos, dictadores y conflictos armados más sangrientos que la que produjo el siglo XX, y eso, ese horror, de alguna extraña manera, me resultaba atractivo. En algún punto, las naciones acordaron censurar esa avalancha de imágenes de cuerpos mutilados, la fragilidad natural con que se desparrama la carne en la calle, como una torre de palitos, repartiendo piezas al azar. Sobrevivía una que otra fotografía en los libros de historias, pero estaban supeditadas al pudor social ante la muerte, ante los actos de violencia, podríamos especificar. Hoy, un esfuerzo de ese tipo sería inútil. La inmediatez de las redes sociales haría palidecer ese “instante” del mundo de posguerra. La fotografía que nos conmueve un domingo de votación en Cataluña, cuando la policía arremetió contra los votantes, ofreciendo patadas, puñetes, zancadillas y todo tipo de golpes de porras, rápidamente fue reemplazada por la de unos cuerpos caídos en el tiroteo en un festival country en Las Vegas. Un hombre decidió acabar con su vida lanzándose desde las alturas de una habitación de lujo, pero antes, como si fuese un faraón y necesitara compañía para viajar al inframundo, disparó contra la multitud matando a 58 personas e hiriendo a otras 500. Entre ambos actos violentos, no pasaron 24 horas y todos los amigos de las redes estuvimos expuestos al horror, ahora sí, en vivo y directo gracias a la gentileza de los videístas que, incluso en el momento en que se escuchaba repiquetear la metralleta, grababan. Díganme si no da para pensar que perdimos el juicio. Vivimos en un mundo raro, un mundo en el que la vida humana, esa carne desparramada, no tiene más valor que los seguidores o likes que alcanzará el avezado que filmó a los caídos de Las Ramblas en Barcelona, un par de meses atrás.

Qué duro tragar tamaños gestos de inhumanidad. Qué ridícula falta de compasión. Pero este es nuestro siglo y las palabras de Giorgio Agamben, en su ensayo acerca de lo contemporáneo, suenan tan actuales: por mucho que nos disguste, no podremos huir de nuestro tiempo. En otras palabras, viviremos lo que nos toca. Nos queda, sí, distinguir la luz de la oscuridad, apreciar las sombras, determinar lo numinoso, adivinar entre los escombros la belleza de los porqués. Pero asistiremos al dolor, nos tocará ser testigos indirectos de los infiernos de otros y nuestros jóvenes verán. No podremos evitarlo. Imposible apagar sus pantallas, apartarlos de la Tierra.

Ellos miran con la misma curiosidad con que años atrás mi generación veía ese “mundo al instante”. Porque a esa edad uno se dispone a que el mundo le entre por los poros, que te consuma. Los jóvenes van hacia delante con una disposición que es envidiable, nada les parece extremadamente extraño o amenazante, ellos saben cómo adaptarse. Evidentemente, la violencia que les toca no siempre es estelar ni mediatizada por la tecnología, también consumen una que ocurre a puertas cerradas, cuando son víctimas de maltrato, abuso o abandono, pero ellos saben. Y sueñan con encontrar respuestas, con afinar su voz, dar un salto que los ubique en otro extremo. Y están los libros, esa conversación sostenida por el hombre desde tiempos remotos. ¿Un libro puede combatir la violencia? No, no puede, nada detiene el ingenio del mal cuando está dispuesto a manifestarse, pero los libros pueden representarlo, ofrecer un rostro al monstruo de diez cabezas, desenmascarar el poder del cerbero hasta hacerlo traslúcido, sofocando cualquier intento de hipocresía. Porque los libros que les interesan a los jóvenes tienen que ver con esa yugular, una corriente subterránea que corre por sus mismas venas y no admite engaño. Los jóvenes no quieren ser seducidos por palabras vacías, quieren que esa lengua les hable de frente, para comprender, para volverse más fuertes, para tener argumentos, para contratacar. El joven crece en medio de una lucha contra el sistema, es esa etapa maravillosa en la que realmente pensamos que podremos cambiar el mundo y los libros son buenos aliados. Gracias a ellos, pueden dialogar con el tiempo que les toca, ese mar de cadáveres, ofreciendo respuestas contundentes, una estética, un discurso propio. Aprender a mirar lo bello, separar la luz de la oscuridad, requiere trabajo, requiere tiempo a solas y ellos saben, por eso leen como leen.


Sara Bertrand vive y trabaja en Santiago de Chile. Estudió Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile, donde dicta un curso de apreciación estética de libros juveniles. Ganó el premio New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017 con La mujer de la guarda, fue nominada al White Ravens 2017 con No se lo coma y al Banco del Libro 2016 con Cuando los peces se fueron volando; ganó el concurso Alimón de Tragaluz editores con Nuestro gordo; la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con Cuentos Inoxidables y la de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Los acordes del mandinga. Ha publicado en Francia, Colombia, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y España, y escribe para distintas revistas literarias. Ha sido traducida al francés y catalán. Sus últimas novelas son Álbum familiar y La mujer de la guarda.

Publicado en RHUV Nº26

Representar la violencia

Recuperar, a través de la literatura, los pedazos de un mundo roto.

Por Lola Larra, periodista, escritora y directora de Ekaré Sur.

En la pasada Feria del Libro de Bogotá, fui invitada a una mesa sobre “Memoria, violencia y literatura” a propósito de mi última novela, Sprinters, los niños de Colonia Dignidad. Allí, compartí charla con la escritora vasca Edurne Portela, cuyo libro El eco de los disparos da cuenta de los peores años del conflicto de ETA en el País Vasco. También con la periodista bogotana Marbel Sandoval, que en Joaquina Centeno recupera la voz de las madres de hijos desaparecidos durante el conflicto armado colombiano y con el antioqueño Gilmer Mesa, quien narra de manera desgarrada y testimonial la historia de una banda de adolescentes en el Medellín de fines de los ochenta en La cuadra. Ninguno de los libros que nos convocaba es “para niños” o “para jóvenes”; se trata de textos “para adultos”. Sin embargo, los cuatro visitan el territorio de la infancia y de la adolescencia en escenarios cargados de intimidación y violencia.

La moderadora, Cristina Lleras, curadora del futuro Museo Nacional de la Memoria de Colombia, lanzó a bocajarro las primeras preguntas: “¿No podríamos pensar que la representación de la violencia sirve también para su naturalización? ¿A través de esta memoria de la violencia, no terminamos adaptándonos como lectores a ella?”. Si no en todos los temas, en este punto estuvimos los cuatro de acuerdo: por el contrario, recuperar a través de la literatura, o de cualquier otra manifestación artística, los pedazos de un mundo roto por la irrupción temprana y feroz de la guerra, el terrorismo, la pobreza, el abuso o cualquier otra cara de la violencia es una manera -una de las tantas- de reconciliar y reparar.
Edurne Portela lo esbozó de manera diáfana: “¿Podemos reconstruir nuestra sociedad e imaginar la convivencia, sin dar espacio en nuestra memoria a las víctimas de la violencia? A través de la elaboración imaginativa del pasado, a través de relatos éticos y empáticos, podemos indagar en los aspectos más opacos del conflicto, desnaturalizar la violencia, investigar el porqué de nuestros silencios y de nuestra indiferencia, intentar comprender (sin justificar) las dinámicas del terror y del abuso”.
No fuimos los únicos que conversamos sobre violencia, guerra, memoria y olvido en la FILBO. Los colombianos aún tenían muy presente el plebiscito del año pasado, y las noticias de asesinatos, bombas, represiones y femicidios circulaban por los pasillos y los entretelones de la feria como un recordatorio permanente de que las cosas no están nada bien en nuestro continente. Seguramente son ellos, los colombianos, a causa de más de sesenta años de conflicto armado en el país, los que han entendido mejor en Latinoamérica lo necesario que es hablar de todos los temas, incluidos los más ásperos y brutales. Y también son los que han hecho la reflexión más profunda acerca de lo vano que resulta intentar proteger a los niños del mundo tal como es.

Yolanda Reyes (Los agujeros negros), Jairo Buitrago (Camino a casa), Gerardo Meneses (La luna en los almendros), Irene Vasco (Paso a paso), Ivar Da Coll (Tengo miedo), Francisco Montaña (No comas renacuajos), entre muchos otros autores colombianos, así como los ensayos de Beatriz Helena Robledo, o las mesas que hubo en la FILBO acerca de cómo convertir el dolor y la violencia de la guerra en Colombia en literatura para niños; todos ellos reconocen la imposibilidad de mantener a los niños fuera de lo que sucede en el mundo. “Un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Pero protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror”, comenta la escritora colombiana Lina Vargas.

¿Qué mostrar? ¿Qué esconder? ¿Cuál es el límite? La pregunta va y viene, pero siempre regresa, y no solo en el ámbito de la literatura infantil. Hace poco, a propósito del atentado en la Rambla de Barcelona, fueron muchos los periodistas, fotógrafos y editores de diarios que se preguntaron, una vez más, hasta dónde es legítimo mostrar y qué es legítimo mostrar, dónde termina la información a la que tenemos derecho y dónde comienza el morbo.

¿Y dónde quedan los niños ante estas dudas y preguntas? Nuestra poca confianza en la inteligencia y perspicacia de los niños y jóvenes a veces nos lleva a querer alejarlos de libros que toquen temas “no apropiados” para su “inocencia”. A diferencia de los noticiarios, la televisión o el cine, a los libros, creo yo, se les suele poner un baremo muy recortado, como si el libro fuera un escenario que debe mantenerse incólume y ajeno ante un mundo plagado de ruidos, de imágenes descarnadas y de conflicto. Entonces pienso en libros tan bien logrados como La composición de Antonio Skármeta, ilustrado por Alfonso Ruano, que habla con potencia, sutileza e incluso humor de temas difíciles como la dictadura o la delación. Pedro, el protagonista, un niño que percibe que la muralla divisoria entre el mundo de los adultos y el de los niños no existe, nos recuerda que ese ímpetu protector no es más que una ficción de nosotros los adultos, un andamiaje para nuestra propia tranquilidad.


Lola Larra (Claudia Larraguibel) nació en Santiago de Chile, creció en Caracas y trabajó muchos años como periodista en Madrid, en medios como El País, Cinemanía, Rolling Stone y Vogue. Ha publicado cuentos, crónicas y las novelas Reír como ellos, Reglas de caballería, Donde nunca es invierno, Puesta en escena y Al sur de la Alameda, libro que ha recibido varios reconocimientos. Entre ellos, destacan el Premio Municipal de Santiago, Marta Brunet, Amster-Coré, Lista White Raven, Los Mejores del Banco del Libro y el Premio Cuatrogatos. Su última novela es Sprinters, los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016). Actualmente vive en Santiago, donde dirige Ediciones Ekaré Sur, un sello de libros ilustrados para niños y jóvenes.

Publicado en RHUV Nº26

Recuerdos de un lector

Acompañamos al periodista, columnista, investigador y amante de la literatura Sergio Andricaín, en este recorrido en el que relata su primer encuentro con los libros y el camino en el que éstos se han convertido en su gran pasión.

Por Sergio Andricaín, escritor, periodista, crítico, investigador literario, editor y fundador de la Fundación Cuatrogatos.

Mi camino lector está conformado por múltiples recuerdos. Explorando los más antiguos llego al año 1960. Tengo cuatro años. Mis primos Mercedes y Néstor y mi hermana Silvia van a la escuela. Yo, el más pequeño, me quedo en casa, junto a mi madre y mi tía (las dos familias viven en casas contiguas en un barrio de La Habana). No tengo edad para que me reciban en el colegio. Los “grandes” han aprendido a leer, yo no. Mi madre me lee, pero yo quiero hacerlo solo. Entonces, una mañana, con un silabario muy viejo, comienza a enseñarme. Poco a poco me voy apoderando de las palabras, comienzo a descifrarlas, a encontrarles sentido, a dar mis primeros pasos como lector. Leo cuanto cae ante mis ojos ávidos: palabras sueltas, pequeñas oraciones, anuncios comerciales, titulares de periódicos… y llego a la lectura de los primeros versos y cuentos junto a Rosa, mi madre, que me ayuda y me corrige. Desde entonces se inicia mi “amistad” con los libros en un hogar donde no hay muchos. Mis padres, al ver mi interés, empiezan a destinar una discreta cantidad de dinero a la compra de aquellos que me gustan (la economía familiar es limitada). Una librería me tienta más que una heladería o una tienda de juguetes. Cada visita al médico termina en el espacio dedicado a los libros en una tienda por departamentos de El Vedado. De allí salgo con versiones de cuentos clásicos, listo para devorarlos en el camino.
Cada título que leo me ratifica que ese mundo paralelo, hecho de palabras, es tan importante como el que habito. Voy creciendo y también mis lecturas. Mi sed de ellas es inagotable. Llegan a mí por muy diversos caminos: Había una vez, de Ruth Robés y Herminio Almendros, una colección de poemas e historias de la tradición oral; Oros viejos, de Almendros; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Corazón, de Edmundo de Amicis…
También leo cómics. El nuevo gobierno cubano los ha prohibido porque a su juicio representan “la ideología capitalista desterrada por el socialismo”. Pero me gustan las adaptaciones de obras literarias y las vidas de personajes célebres que se publican en ese formato. Es mi abuela materna, llamada Amparo, quien se encarga de conseguirlas para mí. Ella, que es analfabeta, quiere que yo lea. De esta forma descubro El jorobado de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, padre; El jorobado, de Paul Féval, padre… Un día mi abuelo materno, Serafín, saca de su escaparate un libro y lo lee conmigo. Es La Edad de Oro, de José Martí. Gracias a esta obra me inicio en el misterio de esos libros que te proponen el reto de descifrarlos, porque su lectura es difícil, múltiple y rica en sentidos. Varias ediciones de esta obra martiana me han acompañado a lo largo de mi vida. Sé de la musicalidad de las palabras, del encanto de una frase, de imágenes poderosas a través de las historias, los artículos y los poemas reunidos en este título fundacional.
También la pequeña y la gran pantalla me invitaron a leer: los adaptaciones televisivas o cinematográficas de novelas clásicas me impulsaban a buscarlas en las bibliotecas, en las librerías: así llegaron los primeros relatos de Julio Verne que leí y comenzaron a filtrarse títulos complejos, reservados para los adultos: el teatro de Shakespeare, las tragedias griegas, la Ilíada y la Odisea, Decamerón y hasta Lolita, de Vladimir Nabokov, que llegó bien temprano en mi adolescencia, junto al despertar de mi erotismo…
He sido un lector ecléctico que se ha hecho a sí mismo, como he podido, con los libros que he encontrado, con los que han salido a buscarme, porque los necesitaba. Con los que alguien ha mencionado ante mí o me ha ofrecido; algunos llegaron muy temprano, los hubo que se retrasaron… Quedan deudas pendientes por saldar, amigos de cuya existencia tengo noticias y que aguardan todavía por mí en los anaqueles de mi biblioteca. También ha habido reencuentros por dos, tres o más veces. Cada cierto tiempo me cito con El idiota, F. M. Dostoievsky, y con El gran Meaulnes, de Alain-Fournier. Suelo reencontrarme con la poesía de mis autores preferidos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Jorge Manrique, Lope de Vega, Federico García Lorca, Miguel Hernández… Leo romances antiguos de la lengua castellana porque sí, porque me gustan…
Cada lector tiene un camino por recorrer, que puede contar con múltiples senderos. Todos conducen a descubrir a los libros como amigos incondicionales. Cuando se nos revela esta verdad, nos convertimos en lectores en la niñez, la juventud o en la adultez; porque nos damos cuenta de que no existen mejores compañeros que ellos para hacer el viaje que es la vida. Los libros siempre nos estarán esperando para ayudarnos a formular mejor las preguntas eternas del hombre e intentar darles una respuesta que dé sentido a nuestra existencia y la justifique: quiénes somos, para qué estamos aquí, qué nos espera después de la muerte.


Sergio Andricaín (La Habana, Cuba, en 1956) , Escritor, periodista, crítico, investigador literario y editor. Se graduó en Sociología en La Universidad de La Habana. Fue investigador del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello, del Ministerio de Cultura de Cuba.
En 1991, en Costa Rica, fue asesor del programa nacional de lectura Un libro, un amigo, realizado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y profesor del Taller Modular de Promoción de Lectura , proyecto desarrollado por la Oficina Subregional de Educación de la UNESCO para Centroamérica y Panamá.
Entre 1994 y 1999 residió en Bogotá, Colombia. Allí trabajó como oficial de proyectos del Centro Latinoamericano para el Libro y la Lectura (CERLALC) y como editor de la revista infantil de la Fundación Batuta.
Actualmente es coordinador del Programa de Autores Iberoamericanos de la Feria del Libro de Miami.
Ha publicado, entre otros libros, La caja de las coplas, Hace muchísimo tiempo, Un zoológico en casa, Libro secreto de los duendes, Había otra vez. Historias de siempre vueltas a contar, Cuando sea grande y Dragones en el cielo.
Creó con Antonio Orlando Rodríguez la Fundación Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org), que desarrolla proyectos educativos y culturales, con énfasis en el fomento de la lectura. Es director de esta organización sin ánimo de lucro.

Hablemos de Lectura

Como tantas veces los resultados de una prueba estandarizada como el SIMCE nos llevan, como institución, a reflexionar sobre el estado de nuestra sociedad, más allá del tema pedagógico y escolar.

Lamentables índices, variadas explicaciones –ninguna de las cuales convence por completo- y algunas excusas y medidas para evadir la profundidad de esta realidad: En Chile leemos poco, manejamos cada vez peor el lenguaje; pensamos,sentimos y creamos menos. Preocupante, pero cierto.

Cuando hablamos de lectura hablamos de algo mucho más profundo que las mediciones y las prácticas pedagógicas, hablamos de una visión como sociedad respecto de la cultura, y más importante aún, del lenguaje, que, en definitiva, es el que configura las mentes, pensamientos y procesos críticos, creativos y expresivos de la ciudadanía. Concebimos al ser humano como un individuo que en esencia piensa y siente, pero: sin lectura hay escaso manejo del mundo de la palabra y sin ésta, sin lenguaje, no hay pensamiento. A su vez, sin afectividad no hay aprendizaje y sin contextos sociales amplios y abiertos que valoren y enriquezcan el mundo de las ideas, no hay bienestar ni crecimiento. En síntesis, sin lectura ni lenguaje se mutila parte de nuestra esencia.

Nuestra propuesta, dado lo anterior, es clara… a mayor afectividad, mayor aprendizaje, a mejor manejo del lenguaje, mayor desarrollo del pensamiento, y quizá, para estos efectos lo más importante, a mayor involucramiento social –no solo desde el mundo escolar y público, sino también desde el privado, a nivel empresarial, familiar y comunitario- mayor desarrollo de instancias gozosas, formativas y evolutivas de nuestro pensamiento como individuos y sociedad.

Apelamos entonces a una sociedad que posicione este tema como una forma de restituir la esencia pensante y sintiente del ser humano.

De Obligaciones y Libertad

La ya popular discusión acerca de la lectura obligatoria. ¿Los niños deben que elegir qué leer? Y no sólo qué leer, ¿deberán elegir también qué ver? Acá, la opinión de un experto.

Por Hugo Hinojosa, especialista en literatura, integrante de CiEL Chile

Todo aquel que se acerca a la lectura (sea verbal o visual) lo hace desde una actitud particular, esa que se explicita cuando el encuentro entre texto, imagen y lector/a se hace realidad. Y es claro que aquel o aquella que goza en el acto lector, lo hace a partir de una motivación que la mayoría de las veces es intrínseca al individuo. Desde este punto de vista, la lectura siempre es un acto de libertad, de entrega del yo (aunque luego nos veamos atados a las palabras o las imágenes), y sabemos que a nadie se le puede obligar a ser libre, porque es condición de ésta la disposición a realizar una acción de manera deliberada y autoconsciente. El lector o lectora que se deleita, el que anhela y sufre en la lectura, sabe que es libre en aquel instante en que orienta su voluntad para acercarse a una obra y entrar en ella.
Pero en el ámbito de la literatura para infancia y juventud es común la obstinación por la obligación y la imposición, que proviene de ámbitos tan disímiles como la escuela o el mercado. Al respecto, Michelle Petit, a propósito de los discursos adultos ante la supuesta falta de lectura en los jóvenes, señala que “ya sea que provengan de los poderes públicos, de los docentes, de los padres o de los editores, pueden ser percibidos como otros tantos mandamientos, como testimonios de impaciencia, de una voluntad de control, de dominio”, instalando la sospecha sobre aquellas prácticas y estrategias que solemos producir con tal de que niños, niñas, adolescentes y jóvenes lean, sin considerar lo que éstos y éstas piensan.
En otro sentido, si la lectura es un acto que se asume y construye desde la libertad de quien lee, exige a su vez un fuerte compromiso por parte de quienes producen dichos textos e imágenes. Por ejemplo, la proliferación actual de textos hermosamente ilustrados, pero de contenidos superfluos, pone una señal de alerta frente a las obras que se crean para dichos públicos, en donde historias poco desarrolladas son escondidas bajo imágenes puramente decorativas. Esta situación se vuelve un peligro para la verdadera valoración de una literatura dirigida a infancia, adolescencia y juventud, la cual históricamente ha sido menospreciada por ser considerada de menor calidad, y que nos lleva a poner el ojo nuevamente en los autores involucrados en estas propuestas.

“si la lectura es un acto que se asume y construye desde la libertad de quien lee, exige a su vez un fuerte compromiso por parte de quienes producen dichos textos e imágenes”

La imposición indiscriminada de la lectura, sumada a obras altamente moralizantes o centradas en la pura forma, genera el efecto contrario al esperado. Lectores y lectoras, ajenos a una mirada más profunda, confundidos en el discurso adultocéntrico que aboga por el leer, pero que termina alejando a los que se dirige, o les somete a textos sin mayor valor estético. En ese sentido, es importante comprender que, por un lado, debemos dejar que nuestros niños, niñas y jóvenes sean capaces de decidir en libertad los textos y las imágenes a las que deseen acceder, confiando en el criterio o gusto que puedan tener. Por otro, que también tras un texto dirigidos a ellos y ellas se esconde una gran responsabilidad. El filósofo e historiador del arte, Georges Didi- Huberman afirma que las imágenes queman, arden en llamas y nos consumen. Pero son aquellas que están escondidas dentro una buena historia, que se activan y nos hieren en el juego amistoso o contradictorio entre las palabras y las ilustraciones, en un ejercicio que claramente va más allá de la imposición o la idealidad del mundo adulto. Sabemos que, finalmente, la obra es completamente libre cuando su lector o lectora también lo es.


Hugo Hinojosa, Estudiante Doctorado en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile. Magister Didáctica de la Literatura y de la Lengua, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Licenciado en Literatura en Lengua y Literatura hispánica, Universidad de Chile. Licenciado en Educación y profesor de Estado en Lengua castellana y Educación, Universidad Andrés Bello. Diplomado en Teoría, Edición y Creación de Literatura Infantil y Juvenil IDEA (Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago). Ha participado en el Comité de selección de obras juveniles del Centro lector de Lo Barnechea y del Comité de selección de obras juveniles “Un libro, una huella” de las Biblioteca Escolar Futuro (PUC). Actualmente es docente del Diplomado de Literatura para Infancia, Adolescencia y Juventud de CIEL Chile y del Departamento de Literatura, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, del Diplomado del Literatura infantil y juvenil contemporánea de la Universidad Finis Terrae y de la Escuela de Educación Diferencial de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Integrante de CiEL Chile. Centro de Investigación y Estudios Literarios: discursos para infancia, adolescencia y juventud (fundado el 2013). www.ciel.org