Categoría: Columna

Lectura y escritura en la sombra de la sociedad

“La humanidad es algo que todavía hay que humanizar”. Gabriela Mistral

Por María Paz Garafulic, socia y directora de Confín Ediciones y directora de Fundación Había una Vez

Es sabido que la lectura proporciona innumerables beneficios y que sus efectos trascienden con mucho la mera adquisición de información y entretención. Se habla con frecuencia de sus efectos en el desarrollo cognitivo, emocional y personal, en la construcción del pensamiento y la capacidad de comprensión y análisis. Se habla incluso -y desde no hace mucho- de sus bondades terapéuticas. Es cierto, desde muchas perspectivas la literatura, vivida a través de la lectura y la escritura, puede ser una excelente herramienta, y mucho más que eso, puede ser un remedio, un consuelo, un refugio y una compañía.

Esta conceptualización de la literatura y de la práctica lectora como instancias de encuentro, de reflexión, expresión y calma es particularmente aplicable en espacios como las cárceles. Espacios en que la violencia suele ser uno de los elementos fundantes de la convivencia, y no solo como violencia personal, entre individuos, sino institucional, del sistema y la sociedad frente a aquellos que, habiendo transgredido las normas básicas de la convivencia social -habiendo delinquido- se encuentran privados de libertad.
Conocidas son las condiciones en que viven hoy en día hombres y mujeres privados de libertad en Chile. Los contextos físicos bordean lo inhumano, el hacinamiento, escasez de recursos y casi nulas instancias para promover la futura reinserción son la lamentable regla general.

La gravedad de la situación admite una amplia variedad de enfoques y análisis que trascienden con mucho el objetivo de este texto, que busca solamente poner en evidencia y compartir dos hechos fundamentales. Primero, al parecer hoy en día, violencia con violencia se paga. Se ha olvidado que las personas privadas de libertad se encuentran privadas de cierto tipo de libertad, la libertad de circulación, y no de otras libertades y derechos que le corresponden al individuo en su calidad de ser humano. Hoy se priva también del derecho a una vida digna, del derecho a la integridad física y síquica, del derecho al desarrollo personal y cultural. Todas estas garantías, establecidas por la misma Constitución y reconocidas como normas internacionales de derechos humanos, se ven vulneradas con peligrosa frecuencia.

En segundo lugar, y lo que justifica estas líneas, es la importancia que puede adquirir la literatura en estos contextos especialmente vulnerables y violentos, deshumanizados. Violentos en sí mismos, como recintos cuyas características promueven la violencia intramuros, y violentos desde la perspectiva de los rasgos de las personas que los habitan.1
¿Qué puede hacer la literatura en estos contextos? Conozco puntualmente dos experiencias que avalan la tesis de que la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la escritura, contribuye a la libertad interior2 del individuo y, siguiendo a Gabriela Mistral, a humanizar la humanidad.

Uno de ellos es el proyecto de implementación y activación de bibliotecas penitenciarias en centros de reclusión de la Sexta Región, Peumo, Rengo y Santa Cruz, y el segundo, el concurso “Cartas de Mujer”, desarrollado por el Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín.
En ambos proyectos ha sido claro el efecto humanizador de la literatura. En el primer caso, el acercamiento de los internos a un mundo hasta ese entonces completamente desconocido, el de la literatura y en general del conocimiento, sorprendió a todos quienes participamos. Las bibliotecas se transformaron en el lugar más visitado por los internos y en el menos violento. Hubo incluso un periodo en que, proporcionalmente, el número de préstamos de libros a celda fue mayor que el de un colegio promedio. En palabras de un interno del Centro Reclusión Peumo: “Paso a darles las gracias por la maravillosa biblioteca que nos regalaron, en donde tenemos un mundo lleno de cultura, conocimiento y entretención”. ¿Qué se manifiesta? La profunda necesidad del ser humano, más allá de su situación vital, de acceder al mundo de la palabra, de la creación, de la información y la belleza.

Por su parte, el proyecto “Cartas de Mujer” nos llevó a mirar cara a cara la sombra3 de la sociedad, a conocer a estas mujeres supuestamente peligrosas y muchas veces violentas o violentadas, que al escribir llegaron a los más profundos rincones de sus historias y almas.

Los procesos de creación no fueron fáciles, para muchas fue un desafío, para la mayoría una posibilidad de encontrarse con sus pensamientos y anhelos más profundos; para muchas tuvo un componente catártico. Las cartas abarcaron un amplio abanico de temas: la maternidad, la muerte, el dolor, el miedo, la libertad, la esperanza, el amor.

Escucho los gritos de la desesperanza
que atraviesan los viejos muros
fríos y gastados
donde rebotan las voces del silencio,
llevándose mi alma.
Te busco en mi soledad
y tú no estás conmigo.

-Fragmento de una de las cartas ganadoras

¿Por qué la creación literaria, la escritura? Porque invitarlas a escribir sobre sus propias sombras y dar a conocer sus voces nos permite cumplir, aunque sea mínimamente, con el mandato de humanizar nuestra sociedad, proveyendo condiciones de desarrollo y bienestar. Nos obliga a abrir los ojos ante la violencia, no solo respecto de la que sufrimos, sino también de la que ejercemos en mayor o menor medida como sociedad.

A la luz de estas y otras iniciativas, la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la creación literaria, es un llamado a escuchar, a comprender y a responder a los gritos de la desesperanza.


María Paz Garafulic, abogada de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fundadora de la Fundación Había Una Vez el año 2005. Ha ejercido su carrera profesional en ámbitos como el acceso a la justicia, desarrollo de la ciudadanía, fomento de la lectura y cultura. Ha realizado actividades académicas en Chile y el extranjero. También ha participado en programas de formación ciudadana en ONGs y universidades y es cofundadora de Fundación Probono. Miembro del Comité Asesor del Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts de Washington y socia de Confín Ediciones.

Publicado en RHUV Nº26

Papelucho 70 años después

La noticia nos dejó “paralelos”. A 70 años de la publicación del primer Papelucho, editorial SM sorprendió con el lanzamiento de dos novelas que Marcela Paz escribió a fines de la década de los 70 y principios de los 80. ¿Qué traen estos dos nuevos diarios? Acá te lo contamos.

Por Silvana de la Hoz, Profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València.

A setenta años de su publicación, Papelucho continúa leyéndose durante la infancia y juventud de muchas generaciones dentro y fuera del territorio chileno. Este hecho puede atribuirse a múltiples factores: lectura obligatoria en los centros educativos, recomendación de los padres o familiares, visitas a la biblioteca, promoción a través de algún medio audiovisual o simple lectura voluntaria. Lo cierto es que la obra de Marcela Paz ha trascendido: podría afirmarse que cualquier chileno conoce al personaje, aunque nunca haya tenido la obra en sus manos.

Desde un punto de vista histórico, Papelucho se ha considerado la obra más representativa de la literatura infantil chilena. Manuel Peña Muñoz afirmaba: “el estilo rápido y conciso atrapa de inmediato y, pese al medio siglo transcurrido, Papelucho sigue conservando su frescura y gracia inmediata y contagiante”. Unos años después, el mismo investigador, afirmaba que “[la obra plantea] a un niño que siempre tendrá una mirada crítica respecto de lo que le rodea, como si desconfiara siempre de todo lo establecido y diera un punto de vista completamente diferente del tradicional de los adultos”. Desde esta perspectiva, se nos muestra a Papelucho como una obra infantil original, que trata ciertos temas adelantados a su tiempo, tales como la permanente crítica a los adultos o la representación de la familia chilena en tensión.

En noviembre del año recién pasado, la editorial SM, tras un arduo trabajo, logró sorprender a todos los lectores de Papelucho con dos nuevos libros: Adiós planeta y Papelucho, Romelio y el castillo. Inmediatamente la incertidumbre invadió a su público lector: ¿Serán parecidos a los Papeluchos anteriormente publicados? ¿Qué aventuras se contarán? ¿Habrá cambios? ¿Serán mejores historias? De cualquier modo, en diciembre, ambos libros se ubicaban entre los más vendidos según el ranking del diario El Mercurio.

Los lectores de Papelucho, rápidamente, se encontraron con más aventuras. El querido protagonista se enfrenta a nuevos problemas y tras ellos un cúmulo de reflexiones narradas en la familiar primera persona. A partir de aquí advierto peligro de spoiler.

En Adiós planeta nuestro entrañable personaje quiere ser periodista. Hace todo lo posible por encontrar una buena noticia que narrar a sus compañeros, sin embargo, al no tener nada que contar, no se le ocurre nada mejor que inventar que se ganó un viaje a Disneyworld. De entrevistador pasó a ser entrevistado y luego todos se enteraron que él no era el ganador del concurso. De pronto, sin esperarlo, Papelucho recibe la noticia de que ha sido el ganador de una bicicleta, por lo que la alegría lo invade. Fue tanta la energía que empleó al subir a la bicicleta que termina estrellándose y creyendo que ha caído desde otro planeta…

En Papelucho, Romelio y el castillo nuestro protagonista visita la casa de su compañero y amigo Romelio, quien supuestamente vive en un castillo. Papelucho se da cuenta de que en realidad la casa de castillo no tiene nada, todo lo contrario, parece un lugar tétrico, por lo cual decide arrancar. Muchos obstáculos le impiden volver a su casa, entre ellos, que el pobre Romelio lo considera su único amigo y por esta razón no puede dejarlo solo. En este libro Papelucho quiere ser doctor, ya que luego se entera de que su amigo sufre de una compleja enfermedad: la diabetes…

En ambos libros Marcela Paz nos muestra al mismo Papelucho que conocemos: un niño crítico, reflexivo, soñador, y que su especialidad es meterse en problemas. Además, mantiene numerosos episodios humorísticos, juegos de lenguaje, exageraciones, referencias a la historia de Chile y reflexiones desde la mirada de un niño de 8 años. No obstante, en las dos historias existe casi una ausencia absoluta de los padres. Si bien en los libros ya publicados éstos no tenían gran presencia, ahora es aún menos. Se deja más espacio al personaje y sus aventuras recalcando solo la importancia de la “Domi” en el hogar. Es ella la que lo escucha y la que lo ayuda a solucionar sus problemas. Papelucho, setenta años después, sigue siendo un niño que se cuestiona los problemas de la vida e incluso declara complejidades que se observan actualmente en nuestro país, como es el caso de las altas tasas de diabetes infantil. Sin lugar a dudas, los dos nuevos libros muestran el esplendor de un personaje que ya conocemos y que continúa divirtiéndonos con sus pensamientos y su lenguaje tan particular: Chori, sorpresoso, ovnificado son algunas de las expresiones que cualquier lector fiel de esta novela nunca olvida y que ahora tiene la oportunidad de reencontrar incluso desde otro planeta.

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Silvana de la Hoz es profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València. Ha realizado también diferentes cursos de formación dictados por el Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil (CEPLI) de la Universidad Castilla-La Mancha.
Actualmente es docente en la Universidad Alberto Hurtado donde realiza los cursos de Expresión escrita y de Análisis y comprensión de textos, y colabora con el programa del Diplomado en Didáctica de la Lengua y la Literatura de la UAH, realizando el módulo de Didáctica y evaluación de la lectura literaria.

Ese mar de cadáveres

Los jóvenes están dispuestos a dejarse conquistar por la palabra, a establecer una relación con un libro, porque en sus movimientos y continuas mutaciones intentan construirse en distintos frentes, armarse de discurso. Un libro que les habla al oído, por lo tanto, no solo es un buen aliado, sino un compañero de ruta.

Por Sara Bertrand, escritora.

Conocí Europa o, mejor dicho, la vi por primera vez gracias a El mundo al instante, unos cortos noticiosos que, entonces, cuando tenía siete años, proyectaba la sala de cine de El Tabo. Aunque tenía butacas de cuero maltrecho, olor a pis y pulgas, conservaba ese garbo de los cines europeos y, en vez de abrir su función con propaganda de ropa, nos mostraba las calles de París, reuniones de cancilleres en La Haya, mujeres en la Plaza Mayor o una fábrica de automóviles perdida en los Alpes. Ese era el mundo que estaba más allá de la cordillera. Un continente en blanco y negro matizado por el sonido de un rollo de película y la voz en off de un locutor español que nos explicaba, acentuando las eses, cómo iba la Europa de posguerra; su reconstrucción, sus alianzas. Una Europa que había sido destruida y vuelta a levantar después de medio siglo de guerras, revoluciones y matanzas.

No existe en la historia de la humanidad una confluencia igual de asesinos, dictadores y conflictos armados más sangrientos que la que produjo el siglo XX, y eso, ese horror, de alguna extraña manera, me resultaba atractivo. En algún punto, las naciones acordaron censurar esa avalancha de imágenes de cuerpos mutilados, la fragilidad natural con que se desparrama la carne en la calle, como una torre de palitos, repartiendo piezas al azar. Sobrevivía una que otra fotografía en los libros de historias, pero estaban supeditadas al pudor social ante la muerte, ante los actos de violencia, podríamos especificar. Hoy, un esfuerzo de ese tipo sería inútil. La inmediatez de las redes sociales haría palidecer ese “instante” del mundo de posguerra. La fotografía que nos conmueve un domingo de votación en Cataluña, cuando la policía arremetió contra los votantes, ofreciendo patadas, puñetes, zancadillas y todo tipo de golpes de porras, rápidamente fue reemplazada por la de unos cuerpos caídos en el tiroteo en un festival country en Las Vegas. Un hombre decidió acabar con su vida lanzándose desde las alturas de una habitación de lujo, pero antes, como si fuese un faraón y necesitara compañía para viajar al inframundo, disparó contra la multitud matando a 58 personas e hiriendo a otras 500. Entre ambos actos violentos, no pasaron 24 horas y todos los amigos de las redes estuvimos expuestos al horror, ahora sí, en vivo y directo gracias a la gentileza de los videístas que, incluso en el momento en que se escuchaba repiquetear la metralleta, grababan. Díganme si no da para pensar que perdimos el juicio. Vivimos en un mundo raro, un mundo en el que la vida humana, esa carne desparramada, no tiene más valor que los seguidores o likes que alcanzará el avezado que filmó a los caídos de Las Ramblas en Barcelona, un par de meses atrás.

Qué duro tragar tamaños gestos de inhumanidad. Qué ridícula falta de compasión. Pero este es nuestro siglo y las palabras de Giorgio Agamben, en su ensayo acerca de lo contemporáneo, suenan tan actuales: por mucho que nos disguste, no podremos huir de nuestro tiempo. En otras palabras, viviremos lo que nos toca. Nos queda, sí, distinguir la luz de la oscuridad, apreciar las sombras, determinar lo numinoso, adivinar entre los escombros la belleza de los porqués. Pero asistiremos al dolor, nos tocará ser testigos indirectos de los infiernos de otros y nuestros jóvenes verán. No podremos evitarlo. Imposible apagar sus pantallas, apartarlos de la Tierra.

Ellos miran con la misma curiosidad con que años atrás mi generación veía ese “mundo al instante”. Porque a esa edad uno se dispone a que el mundo le entre por los poros, que te consuma. Los jóvenes van hacia delante con una disposición que es envidiable, nada les parece extremadamente extraño o amenazante, ellos saben cómo adaptarse. Evidentemente, la violencia que les toca no siempre es estelar ni mediatizada por la tecnología, también consumen una que ocurre a puertas cerradas, cuando son víctimas de maltrato, abuso o abandono, pero ellos saben. Y sueñan con encontrar respuestas, con afinar su voz, dar un salto que los ubique en otro extremo. Y están los libros, esa conversación sostenida por el hombre desde tiempos remotos. ¿Un libro puede combatir la violencia? No, no puede, nada detiene el ingenio del mal cuando está dispuesto a manifestarse, pero los libros pueden representarlo, ofrecer un rostro al monstruo de diez cabezas, desenmascarar el poder del cerbero hasta hacerlo traslúcido, sofocando cualquier intento de hipocresía. Porque los libros que les interesan a los jóvenes tienen que ver con esa yugular, una corriente subterránea que corre por sus mismas venas y no admite engaño. Los jóvenes no quieren ser seducidos por palabras vacías, quieren que esa lengua les hable de frente, para comprender, para volverse más fuertes, para tener argumentos, para contratacar. El joven crece en medio de una lucha contra el sistema, es esa etapa maravillosa en la que realmente pensamos que podremos cambiar el mundo y los libros son buenos aliados. Gracias a ellos, pueden dialogar con el tiempo que les toca, ese mar de cadáveres, ofreciendo respuestas contundentes, una estética, un discurso propio. Aprender a mirar lo bello, separar la luz de la oscuridad, requiere trabajo, requiere tiempo a solas y ellos saben, por eso leen como leen.


Sara Bertrand vive y trabaja en Santiago de Chile. Estudió Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile, donde dicta un curso de apreciación estética de libros juveniles. Ganó el premio New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017 con La mujer de la guarda, fue nominada al White Ravens 2017 con No se lo coma y al Banco del Libro 2016 con Cuando los peces se fueron volando; ganó el concurso Alimón de Tragaluz editores con Nuestro gordo; la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con Cuentos Inoxidables y la de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Los acordes del mandinga. Ha publicado en Francia, Colombia, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y España, y escribe para distintas revistas literarias. Ha sido traducida al francés y catalán. Sus últimas novelas son Álbum familiar y La mujer de la guarda.

Publicado en RHUV Nº26

Representar la violencia

Recuperar, a través de la literatura, los pedazos de un mundo roto.

Por Lola Larra, periodista, escritora y directora de Ekaré Sur.

En la pasada Feria del Libro de Bogotá, fui invitada a una mesa sobre “Memoria, violencia y literatura” a propósito de mi última novela, Sprinters, los niños de Colonia Dignidad. Allí, compartí charla con la escritora vasca Edurne Portela, cuyo libro El eco de los disparos da cuenta de los peores años del conflicto de ETA en el País Vasco. También con la periodista bogotana Marbel Sandoval, que en Joaquina Centeno recupera la voz de las madres de hijos desaparecidos durante el conflicto armado colombiano y con el antioqueño Gilmer Mesa, quien narra de manera desgarrada y testimonial la historia de una banda de adolescentes en el Medellín de fines de los ochenta en La cuadra. Ninguno de los libros que nos convocaba es “para niños” o “para jóvenes”; se trata de textos “para adultos”. Sin embargo, los cuatro visitan el territorio de la infancia y de la adolescencia en escenarios cargados de intimidación y violencia.

La moderadora, Cristina Lleras, curadora del futuro Museo Nacional de la Memoria de Colombia, lanzó a bocajarro las primeras preguntas: “¿No podríamos pensar que la representación de la violencia sirve también para su naturalización? ¿A través de esta memoria de la violencia, no terminamos adaptándonos como lectores a ella?”. Si no en todos los temas, en este punto estuvimos los cuatro de acuerdo: por el contrario, recuperar a través de la literatura, o de cualquier otra manifestación artística, los pedazos de un mundo roto por la irrupción temprana y feroz de la guerra, el terrorismo, la pobreza, el abuso o cualquier otra cara de la violencia es una manera -una de las tantas- de reconciliar y reparar.
Edurne Portela lo esbozó de manera diáfana: “¿Podemos reconstruir nuestra sociedad e imaginar la convivencia, sin dar espacio en nuestra memoria a las víctimas de la violencia? A través de la elaboración imaginativa del pasado, a través de relatos éticos y empáticos, podemos indagar en los aspectos más opacos del conflicto, desnaturalizar la violencia, investigar el porqué de nuestros silencios y de nuestra indiferencia, intentar comprender (sin justificar) las dinámicas del terror y del abuso”.
No fuimos los únicos que conversamos sobre violencia, guerra, memoria y olvido en la FILBO. Los colombianos aún tenían muy presente el plebiscito del año pasado, y las noticias de asesinatos, bombas, represiones y femicidios circulaban por los pasillos y los entretelones de la feria como un recordatorio permanente de que las cosas no están nada bien en nuestro continente. Seguramente son ellos, los colombianos, a causa de más de sesenta años de conflicto armado en el país, los que han entendido mejor en Latinoamérica lo necesario que es hablar de todos los temas, incluidos los más ásperos y brutales. Y también son los que han hecho la reflexión más profunda acerca de lo vano que resulta intentar proteger a los niños del mundo tal como es.

Yolanda Reyes (Los agujeros negros), Jairo Buitrago (Camino a casa), Gerardo Meneses (La luna en los almendros), Irene Vasco (Paso a paso), Ivar Da Coll (Tengo miedo), Francisco Montaña (No comas renacuajos), entre muchos otros autores colombianos, así como los ensayos de Beatriz Helena Robledo, o las mesas que hubo en la FILBO acerca de cómo convertir el dolor y la violencia de la guerra en Colombia en literatura para niños; todos ellos reconocen la imposibilidad de mantener a los niños fuera de lo que sucede en el mundo. “Un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Pero protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror”, comenta la escritora colombiana Lina Vargas.

¿Qué mostrar? ¿Qué esconder? ¿Cuál es el límite? La pregunta va y viene, pero siempre regresa, y no solo en el ámbito de la literatura infantil. Hace poco, a propósito del atentado en la Rambla de Barcelona, fueron muchos los periodistas, fotógrafos y editores de diarios que se preguntaron, una vez más, hasta dónde es legítimo mostrar y qué es legítimo mostrar, dónde termina la información a la que tenemos derecho y dónde comienza el morbo.

¿Y dónde quedan los niños ante estas dudas y preguntas? Nuestra poca confianza en la inteligencia y perspicacia de los niños y jóvenes a veces nos lleva a querer alejarlos de libros que toquen temas “no apropiados” para su “inocencia”. A diferencia de los noticiarios, la televisión o el cine, a los libros, creo yo, se les suele poner un baremo muy recortado, como si el libro fuera un escenario que debe mantenerse incólume y ajeno ante un mundo plagado de ruidos, de imágenes descarnadas y de conflicto. Entonces pienso en libros tan bien logrados como La composición de Antonio Skármeta, ilustrado por Alfonso Ruano, que habla con potencia, sutileza e incluso humor de temas difíciles como la dictadura o la delación. Pedro, el protagonista, un niño que percibe que la muralla divisoria entre el mundo de los adultos y el de los niños no existe, nos recuerda que ese ímpetu protector no es más que una ficción de nosotros los adultos, un andamiaje para nuestra propia tranquilidad.


Lola Larra (Claudia Larraguibel) nació en Santiago de Chile, creció en Caracas y trabajó muchos años como periodista en Madrid, en medios como El País, Cinemanía, Rolling Stone y Vogue. Ha publicado cuentos, crónicas y las novelas Reír como ellos, Reglas de caballería, Donde nunca es invierno, Puesta en escena y Al sur de la Alameda, libro que ha recibido varios reconocimientos. Entre ellos, destacan el Premio Municipal de Santiago, Marta Brunet, Amster-Coré, Lista White Raven, Los Mejores del Banco del Libro y el Premio Cuatrogatos. Su última novela es Sprinters, los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016). Actualmente vive en Santiago, donde dirige Ediciones Ekaré Sur, un sello de libros ilustrados para niños y jóvenes.

Publicado en RHUV Nº26

Recuerdos de un lector

Acompañamos al periodista, columnista, investigador y amante de la literatura Sergio Andricaín, en este recorrido en el que relata su primer encuentro con los libros y el camino en el que éstos se han convertido en su gran pasión.

Por Sergio Andricaín, escritor, periodista, crítico, investigador literario, editor y fundador de la Fundación Cuatrogatos.

Mi camino lector está conformado por múltiples recuerdos. Explorando los más antiguos llego al año 1960. Tengo cuatro años. Mis primos Mercedes y Néstor y mi hermana Silvia van a la escuela. Yo, el más pequeño, me quedo en casa, junto a mi madre y mi tía (las dos familias viven en casas contiguas en un barrio de La Habana). No tengo edad para que me reciban en el colegio. Los “grandes” han aprendido a leer, yo no. Mi madre me lee, pero yo quiero hacerlo solo. Entonces, una mañana, con un silabario muy viejo, comienza a enseñarme. Poco a poco me voy apoderando de las palabras, comienzo a descifrarlas, a encontrarles sentido, a dar mis primeros pasos como lector. Leo cuanto cae ante mis ojos ávidos: palabras sueltas, pequeñas oraciones, anuncios comerciales, titulares de periódicos… y llego a la lectura de los primeros versos y cuentos junto a Rosa, mi madre, que me ayuda y me corrige. Desde entonces se inicia mi “amistad” con los libros en un hogar donde no hay muchos. Mis padres, al ver mi interés, empiezan a destinar una discreta cantidad de dinero a la compra de aquellos que me gustan (la economía familiar es limitada). Una librería me tienta más que una heladería o una tienda de juguetes. Cada visita al médico termina en el espacio dedicado a los libros en una tienda por departamentos de El Vedado. De allí salgo con versiones de cuentos clásicos, listo para devorarlos en el camino.
Cada título que leo me ratifica que ese mundo paralelo, hecho de palabras, es tan importante como el que habito. Voy creciendo y también mis lecturas. Mi sed de ellas es inagotable. Llegan a mí por muy diversos caminos: Había una vez, de Ruth Robés y Herminio Almendros, una colección de poemas e historias de la tradición oral; Oros viejos, de Almendros; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Corazón, de Edmundo de Amicis…
También leo cómics. El nuevo gobierno cubano los ha prohibido porque a su juicio representan “la ideología capitalista desterrada por el socialismo”. Pero me gustan las adaptaciones de obras literarias y las vidas de personajes célebres que se publican en ese formato. Es mi abuela materna, llamada Amparo, quien se encarga de conseguirlas para mí. Ella, que es analfabeta, quiere que yo lea. De esta forma descubro El jorobado de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, padre; El jorobado, de Paul Féval, padre… Un día mi abuelo materno, Serafín, saca de su escaparate un libro y lo lee conmigo. Es La Edad de Oro, de José Martí. Gracias a esta obra me inicio en el misterio de esos libros que te proponen el reto de descifrarlos, porque su lectura es difícil, múltiple y rica en sentidos. Varias ediciones de esta obra martiana me han acompañado a lo largo de mi vida. Sé de la musicalidad de las palabras, del encanto de una frase, de imágenes poderosas a través de las historias, los artículos y los poemas reunidos en este título fundacional.
También la pequeña y la gran pantalla me invitaron a leer: los adaptaciones televisivas o cinematográficas de novelas clásicas me impulsaban a buscarlas en las bibliotecas, en las librerías: así llegaron los primeros relatos de Julio Verne que leí y comenzaron a filtrarse títulos complejos, reservados para los adultos: el teatro de Shakespeare, las tragedias griegas, la Ilíada y la Odisea, Decamerón y hasta Lolita, de Vladimir Nabokov, que llegó bien temprano en mi adolescencia, junto al despertar de mi erotismo…
He sido un lector ecléctico que se ha hecho a sí mismo, como he podido, con los libros que he encontrado, con los que han salido a buscarme, porque los necesitaba. Con los que alguien ha mencionado ante mí o me ha ofrecido; algunos llegaron muy temprano, los hubo que se retrasaron… Quedan deudas pendientes por saldar, amigos de cuya existencia tengo noticias y que aguardan todavía por mí en los anaqueles de mi biblioteca. También ha habido reencuentros por dos, tres o más veces. Cada cierto tiempo me cito con El idiota, F. M. Dostoievsky, y con El gran Meaulnes, de Alain-Fournier. Suelo reencontrarme con la poesía de mis autores preferidos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Jorge Manrique, Lope de Vega, Federico García Lorca, Miguel Hernández… Leo romances antiguos de la lengua castellana porque sí, porque me gustan…
Cada lector tiene un camino por recorrer, que puede contar con múltiples senderos. Todos conducen a descubrir a los libros como amigos incondicionales. Cuando se nos revela esta verdad, nos convertimos en lectores en la niñez, la juventud o en la adultez; porque nos damos cuenta de que no existen mejores compañeros que ellos para hacer el viaje que es la vida. Los libros siempre nos estarán esperando para ayudarnos a formular mejor las preguntas eternas del hombre e intentar darles una respuesta que dé sentido a nuestra existencia y la justifique: quiénes somos, para qué estamos aquí, qué nos espera después de la muerte.


Sergio Andricaín (La Habana, Cuba, en 1956) , Escritor, periodista, crítico, investigador literario y editor. Se graduó en Sociología en La Universidad de La Habana. Fue investigador del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello, del Ministerio de Cultura de Cuba.
En 1991, en Costa Rica, fue asesor del programa nacional de lectura Un libro, un amigo, realizado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y profesor del Taller Modular de Promoción de Lectura , proyecto desarrollado por la Oficina Subregional de Educación de la UNESCO para Centroamérica y Panamá.
Entre 1994 y 1999 residió en Bogotá, Colombia. Allí trabajó como oficial de proyectos del Centro Latinoamericano para el Libro y la Lectura (CERLALC) y como editor de la revista infantil de la Fundación Batuta.
Actualmente es coordinador del Programa de Autores Iberoamericanos de la Feria del Libro de Miami.
Ha publicado, entre otros libros, La caja de las coplas, Hace muchísimo tiempo, Un zoológico en casa, Libro secreto de los duendes, Había otra vez. Historias de siempre vueltas a contar, Cuando sea grande y Dragones en el cielo.
Creó con Antonio Orlando Rodríguez la Fundación Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org), que desarrolla proyectos educativos y culturales, con énfasis en el fomento de la lectura. Es director de esta organización sin ánimo de lucro.

Hablemos de Lectura

Como tantas veces los resultados de una prueba estandarizada como el SIMCE nos llevan, como institución, a reflexionar sobre el estado de nuestra sociedad, más allá del tema pedagógico y escolar.

Lamentables índices, variadas explicaciones –ninguna de las cuales convence por completo- y algunas excusas y medidas para evadir la profundidad de esta realidad: En Chile leemos poco, manejamos cada vez peor el lenguaje; pensamos,sentimos y creamos menos. Preocupante, pero cierto.

Cuando hablamos de lectura hablamos de algo mucho más profundo que las mediciones y las prácticas pedagógicas, hablamos de una visión como sociedad respecto de la cultura, y más importante aún, del lenguaje, que, en definitiva, es el que configura las mentes, pensamientos y procesos críticos, creativos y expresivos de la ciudadanía. Concebimos al ser humano como un individuo que en esencia piensa y siente, pero: sin lectura hay escaso manejo del mundo de la palabra y sin ésta, sin lenguaje, no hay pensamiento. A su vez, sin afectividad no hay aprendizaje y sin contextos sociales amplios y abiertos que valoren y enriquezcan el mundo de las ideas, no hay bienestar ni crecimiento. En síntesis, sin lectura ni lenguaje se mutila parte de nuestra esencia.

Nuestra propuesta, dado lo anterior, es clara… a mayor afectividad, mayor aprendizaje, a mejor manejo del lenguaje, mayor desarrollo del pensamiento, y quizá, para estos efectos lo más importante, a mayor involucramiento social –no solo desde el mundo escolar y público, sino también desde el privado, a nivel empresarial, familiar y comunitario- mayor desarrollo de instancias gozosas, formativas y evolutivas de nuestro pensamiento como individuos y sociedad.

Apelamos entonces a una sociedad que posicione este tema como una forma de restituir la esencia pensante y sintiente del ser humano.

De Obligaciones y Libertad

La ya popular discusión acerca de la lectura obligatoria. ¿Los niños deben que elegir qué leer? Y no sólo qué leer, ¿deberán elegir también qué ver? Acá, la opinión de un experto.

Por Hugo Hinojosa, especialista en literatura, integrante de CiEL Chile

Todo aquel que se acerca a la lectura (sea verbal o visual) lo hace desde una actitud particular, esa que se explicita cuando el encuentro entre texto, imagen y lector/a se hace realidad. Y es claro que aquel o aquella que goza en el acto lector, lo hace a partir de una motivación que la mayoría de las veces es intrínseca al individuo. Desde este punto de vista, la lectura siempre es un acto de libertad, de entrega del yo (aunque luego nos veamos atados a las palabras o las imágenes), y sabemos que a nadie se le puede obligar a ser libre, porque es condición de ésta la disposición a realizar una acción de manera deliberada y autoconsciente. El lector o lectora que se deleita, el que anhela y sufre en la lectura, sabe que es libre en aquel instante en que orienta su voluntad para acercarse a una obra y entrar en ella.
Pero en el ámbito de la literatura para infancia y juventud es común la obstinación por la obligación y la imposición, que proviene de ámbitos tan disímiles como la escuela o el mercado. Al respecto, Michelle Petit, a propósito de los discursos adultos ante la supuesta falta de lectura en los jóvenes, señala que “ya sea que provengan de los poderes públicos, de los docentes, de los padres o de los editores, pueden ser percibidos como otros tantos mandamientos, como testimonios de impaciencia, de una voluntad de control, de dominio”, instalando la sospecha sobre aquellas prácticas y estrategias que solemos producir con tal de que niños, niñas, adolescentes y jóvenes lean, sin considerar lo que éstos y éstas piensan.
En otro sentido, si la lectura es un acto que se asume y construye desde la libertad de quien lee, exige a su vez un fuerte compromiso por parte de quienes producen dichos textos e imágenes. Por ejemplo, la proliferación actual de textos hermosamente ilustrados, pero de contenidos superfluos, pone una señal de alerta frente a las obras que se crean para dichos públicos, en donde historias poco desarrolladas son escondidas bajo imágenes puramente decorativas. Esta situación se vuelve un peligro para la verdadera valoración de una literatura dirigida a infancia, adolescencia y juventud, la cual históricamente ha sido menospreciada por ser considerada de menor calidad, y que nos lleva a poner el ojo nuevamente en los autores involucrados en estas propuestas.

“si la lectura es un acto que se asume y construye desde la libertad de quien lee, exige a su vez un fuerte compromiso por parte de quienes producen dichos textos e imágenes”

La imposición indiscriminada de la lectura, sumada a obras altamente moralizantes o centradas en la pura forma, genera el efecto contrario al esperado. Lectores y lectoras, ajenos a una mirada más profunda, confundidos en el discurso adultocéntrico que aboga por el leer, pero que termina alejando a los que se dirige, o les somete a textos sin mayor valor estético. En ese sentido, es importante comprender que, por un lado, debemos dejar que nuestros niños, niñas y jóvenes sean capaces de decidir en libertad los textos y las imágenes a las que deseen acceder, confiando en el criterio o gusto que puedan tener. Por otro, que también tras un texto dirigidos a ellos y ellas se esconde una gran responsabilidad. El filósofo e historiador del arte, Georges Didi- Huberman afirma que las imágenes queman, arden en llamas y nos consumen. Pero son aquellas que están escondidas dentro una buena historia, que se activan y nos hieren en el juego amistoso o contradictorio entre las palabras y las ilustraciones, en un ejercicio que claramente va más allá de la imposición o la idealidad del mundo adulto. Sabemos que, finalmente, la obra es completamente libre cuando su lector o lectora también lo es.


Hugo Hinojosa, Estudiante Doctorado en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile. Magister Didáctica de la Literatura y de la Lengua, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Licenciado en Literatura en Lengua y Literatura hispánica, Universidad de Chile. Licenciado en Educación y profesor de Estado en Lengua castellana y Educación, Universidad Andrés Bello. Diplomado en Teoría, Edición y Creación de Literatura Infantil y Juvenil IDEA (Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago). Ha participado en el Comité de selección de obras juveniles del Centro lector de Lo Barnechea y del Comité de selección de obras juveniles “Un libro, una huella” de las Biblioteca Escolar Futuro (PUC). Actualmente es docente del Diplomado de Literatura para Infancia, Adolescencia y Juventud de CIEL Chile y del Departamento de Literatura, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, del Diplomado del Literatura infantil y juvenil contemporánea de la Universidad Finis Terrae y de la Escuela de Educación Diferencial de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Integrante de CiEL Chile. Centro de Investigación y Estudios Literarios: discursos para infancia, adolescencia y juventud (fundado el 2013). www.ciel.org

Los naturalistas en la Biblioteca Nacional

Los naturalistas nos enseñaron tantas cosas acerca de nuestro paisaje y de los seres con los que compartimos esta gran casa nuestra que es la tierra, que habría que rendirles homenaje.

Por Memoriosa, encargada de la bitácora de “Chile para Niños”, de Memoria Chilena.

Me gusta vivir en la Biblioteca Nacional porque en ella hay muchos libros y, dentro de ellos, hay historias, explicaciones del mundo y algo que a mí me interesa mucho: las flores, los árboles y los animales.
Lo descubrí en uno de los salones más bonitos de la biblioteca: la sala Medina. En ella se guardan libros antiguos, mapas, cartas de navegación y muchos otros tesoros, entre ellos, unos elaborados por unos señores muy interesantes y observadores: los naturalistas.

¿saben quiénes eran? Para que los conozcan ahora, tendremos que viajar un poco en el tiempo… Empezamos: cuando Chile se independizó de España, hace más de 200 años, se le pidió ayuda a especialistas de otros países para que pudieran investigar sobre la geografía y naturaleza de Chile. Ellos llegaron con sus lápices y sus libretas para tomar notas e hicieron los primeros informes detallados de nuestra flora y fauna, así como también de nuestros ríos, cerros, ciudades y playas.

Domeyko, Philippi y gay son algunos de los naturalistas que vinieron a nuestro país a realizar estas expediciones científicas. Y lo mejor es que muchos de los dibujos y las investigaciones que realizaron se encuentran en mi casa, la Biblioteca Nacional.

Una bitácora muy especial
Y como estuve pensando que tal vez también a ustedes les gustaría verlos se me ocurrió una idea. Lo subí todo a mi bitácora. ¿La conocen? se llama “Chile para Niños” (chileparaninos.cl) y en ella voy anotando todas las cosas interesantes que encuentro en mis paseos por las distintas secciones de la biblioteca y por otros lugares que me gustan mucho como los museos, los parques, las calles de la ciudad.

El primer tema al que los invito es Exploradores y dibujantes. Lo escribí como homenaje a los naturalistas. En él podrán encontrar un libro que, según el Búho Medina (un amigo mío, muy sabio y que, al igual que yo, vive en la biblioteca), es “un verdadero tesoro”. se trata de uno de los tomos del Atlas de la historia física y política de Chile, del naturalista francés Claudio gay, quien viajó a Chile en 1828 para hacer investigaciones sobre la fauna, la flora y el paisaje chileno. Escribió nada menos que 30 volúmenes dedicados a la historia, la botánica, la zoología y la agricultura de nuestro país. Y los dibujos de su atlas son tan detallados y coloridos que parece que en cualquier momento fueran a moverse, como hacen los animales y los pájaros de verdad. Los invito a recorrer sus páginas.

La selección natural de Darwin
En Exploradores y dibujantes, también podrán encontrar un video en el que los científicos de hoy nos hablan de la travesía y los descubrimientos de otro gran naturalista: Charles Darwin (1809-1882). Él fue un señor muy observador que descubrió que los seres vivos de nuestro planeta van cambiando a lo largo de los años porque deben adaptarse a las condiciones de donde viven. Lo mismo pasa con aquellas especies que se han extinguido (es decir, que ya no existen). El naturalista dice que han desaparecido porque no han podido adaptarse adecuadamente al medio ambiente. Eso se llama, selección natural, o sea, que sobreviven los que mejor se desenvuelven y los demás desaparecen.

seguramente estarán pensando lo mismo que yo: los naturalistas nos enseñaron tantas cosas acerca de nuestro paisaje y sobre los seres con los que compartimos esta gran casa que se llama planeta tierra.

A los amantes de la naturaleza les cuento que he anotado cosas sobre animales y plantas. Los invito a navegar y descubrir, igual como lo hicieron los naturalistas, las riquezas de nuestro patrimonio natural.

memoriosa-perfil
Memoriosaes el personaje principal de “Chile para Niños” (chileparaninos.cl), un sitio web infantil del espacio Memoria Chilena (memoriachilena.cl). Es una niña de siete años, curiosa, alegre y activa, que, entre otras cosas, se encarga de escribir una bitácora en la que va contando todos los descubrimientos que va haciendo en su casa, la Biblioteca Nacional o, como la llama ella, “el palacio de los libros”. De grueso pelo negro y mejillas sonrosadas, su característica más loable es que habla de asuntos de grandes traduciéndolos al lenguaje de los niños, por lo que ellos también pueden comprender todo lo que ocurre y lo que está a buen resguardo en la Biblioteca Nacional, una institución que ya tiene más de 200 años. Así , los más pequeños pueden acercarse al patrimonio nacional. Junto a sus amigos, el sabio Búho Medina (situado en la sala homónima en honor al investigador y bibliófilo, José Toribio Medina) y la Mariposa, imagen del sitio Memoria Chilena, realiza este arduo trabajo, pero tan estimulante, viviendo las más interesantes aventuras. En “Chile para Niños” se pueden encontrar los minisitios de Memoriosa, sobre los misterios de la naturaleza y sus fenómenos, la historia, la ciencia, todos muy bien guardados como grandes tesoros de la Biblioteca Nacional. Memoriosa cumple un importante rol como mediadora no solo de la lectura, sino que también de la cultura.

Publicado en RHUV Nº25

La magia del mundo natural

La naturaleza es fuente inagotable del pensamiento y la imaginación

Por Ivonne Reifschneider, fundadora y presidenta de la Fundación Huilo-Huilo

Los primeros acercamientos a la naturaleza y a la magia de los cuentos, la poesía, las leyendas y las fábulas fue, en mi caso, a edad muy temprana, y siento que me marcó profundamente. Esta experiencia me sumergió en un mundo que ha sido fuente de imaginación y motivación a lo largo de mi vida.

Chile es un país de grandes atributos naturales que, a menudo, pasan desapercibidos o son subvalorados, siendo muchas veces casi invisibles o inexistentes. Nuestros bosques, montañas, cursos de agua y el imponente Pacífico, han sido claves en el desarrollo cultural y del pensamiento de nuestros pueblos originarios, teniendo una fuerte influencia a través de la Historia. todo esto forma parte de nuestro patrimonio natural y cultural que es la base de la identidad, autoestima y oportunidad de desarrollo sustentable del país. reconocidos naturalistas como rodulfo Amando Philippi, Claudio gay, Marianne North, María graham y Charles Darwin, entre muchos otros, recorrieron nuestro territorio registrando valiosos testimonios. se maravillaron con la belleza y la singularidad de las especies, muchas de ellas endémicas, las que fueron describiendo e ilustrando en hermosas láminas o notas de viaje. sus testimonios fueron esenciales para conocer la diversidad de nuestros ecosistemas y poder apreciarlos.

“La experiencia de un niño en contacto con la naturaleza, le permite acceder a un mundo sorprendente
y dinámico”

Su impacto en los niños

La experiencia de un niño en contacto con la naturaleza, le permite acceder a un mundo sorprendente y dinámico, que cambia constantemente, renovándose a través del ciclo de
la vida presente en las estaciones del año. La magia de los otoños con bellos colores que van desde el amarillo ocre, anaranjado y rojo muy profundo; cielos claros, transparentes y estrellados, que cambian desde un azul intenso, pasando por blancas y suaves nubes a grises y negros amenazantes cuando se desata una tormenta y el silencio de los inviernos nevados seguido del renacimiento de la vida animal y vegetal en bosques, praderas, y montañas.

Es fundamental que cada niño desarrolle esta capacidad de observación, que le permitirá conocer y vivenciar por sí mismo los sucesos, hacerse su propia opinión de las cosas transmitiendo con fundamento y seguridad lo observado, desarrollando un pensamiento propio, personal, crítico y argumentado. su testimonio, a través del relato, tomando notas y escribiendo o dibujando lo que vivió, constituye una base fundamental para el desarrollo del pensamiento, la imaginación y de su propia capacidad para asombrarse con la naturaleza.

si bien esta experiencia directa con la naturaleza es muy importante, a través de la literatura y de los libros se logra una herramienta fundamental para llevar a más niños el testimonio del misterio de bosques, montañas y pequeños seres que son parte de ecosistemas integrados, en que cada uno tiene un papel esencial en el ciclo de la vida. No solo el bosque y las montañas son un mundo para conocer y encantarse, sino también lo es la fauna nativa, que es totalmente desconocida y su personalidad tímida y críptica hace aún más difícil un encuentro con ella.

La naturaleza se funde con la imaginación

La aventura de sumergirse en este mundo tan cercano, pero tan desconocido a la vez, es recurso inagotable de conocimiento. La ilustración y la fértil imaginación de un niño acercan su pensamiento a este mundo natural, desentrañando misterios y valorando la vida en sus diversas y variadas formas. Las obras serán testimonio y creación, no solo de adultos, sino también de los niños que las integrarán a su vida.

Acercar a los niños este mundo natural y mágico es parte esencial de su crecimiento e identidad que quedará grabado en recuerdos, aventuras y vivencias indelebles en su mente y, principalmente, en su capacidad de apreciar el patrimonio, porque solo lo que se conoce se puede valorar y cuidar realmente.

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Ivonne Reifschneider López, chilena, es hija y nieta de inmigrantes alemanes, suizos y españoles. Sus primeras vivencias estuvieron estrechamente ligadas a la naturaleza. Su familia sureña le permitió conocer el bosque nativo y recorrer maravillosos paisajes, teniendo estrechos encuentros con la fauna propia de ese lugar. Su madre la introdujo en el mundo de las letras y la poesía desde muy temprana edad. Las entretenidas e interesantes lecturas de cuentos, fábulas y leyendas de su padre, le enseñaron a apreciar, durante numerosas caminatas y recorridos en el valle de Santiago, y a aprender y conocer sus valores naturales. Todo esto marcó definitivamente un modo de vida apegado a una visión mágica de su entorno. Arquitecta de profesión, muchos de sus trabajos han estado inspirados en la naturaleza, aún en una época en que no era una tendencia habitual. Ha incursionado en el mundo literario y docente, y en la actualidad está ligada al desarrollo social sustentable a través de la Fundación Huilo Huilo, de la cual es fundadora y presidenta. Con esta organización ha impulsado proyectos de conservación del bosque húmedo templado, promoviendo estudios, investigaciones y publicaciones que permiten conocer y entender los ecosistemas, parte de la identidad e historia de nuestro país. Además, ha realizado talleres para la comunidad basados en este pensamiento, definiendo una nueva mirada hacia cada integrante del bosque, logrando acercar el patrimonio natural y cultural a las comunidades del territorio.

Publicado en RHUV Nº25

Wattpad, un trampolín para publicar un libro

En el mundo de las editoriales, lo más importante es destacar para que te vean

Por Lily Del Pilar, escritora

Contrario a la mayoría de los autores, mis inicios en la escritura fueron en internet. Yo nunca tuve esa etapa en la que guardara mis historias, porque solo me gustara escribir para mí. No, contrario al común denominador, muy desde el principio publiqué todo y de inmediato; ponía el punto final a un capítulo y lo subía a la red sin dudar, por lo que siempre estuve expuesta a la opinión pública. Me hice “conocida” y con ello logré que publicaran mi libro en papel, en la plataforma Wattpad. Pero mi comienzo no fue ahí. Partí escribiendo fanfiction (tu propia versión de la historia) de Harry Potter en la página Potterfics. Estuve feliz en ese sitio desde los 15 a los 19 años, donde, tras comenzar mi carrera universitaria a los 18, decidí dejar de lado la escritura porque veía solo un pasatiempo en ella. Y fue así, hasta que meses después de mi “retiro espiritual” hallé la página de Wattpad, una plataforma compuesta por autores y novelas. Era como una especie de red social pero más freak, porque podías “seguir” a un escritor y guardar su libro para que te llegara una “actualización” cuando subiera un capítulo. Además de todo eso, cada novela tenía la sección “Lecturas”, cantidad de personas que han entrado a leer los capítulos, “Votos”, a modo de likes en la plataforma, y “Comentarios”, donde la gente podía dejar su opinión. Así que yo, acostumbrada a recibir la opinión pública en todo lo que escribía, experimenté nuevamente las ganas de escribir porque siempre me ha gustado la cercanía hacia los lectores, que es lo que brinda que publicar en internet. Así, sin siquiera sentarme a planearlo medio segundo, empecé a escribir Mi vida es un desastre, libro que tras su éxito en Wattpad fue publicado en papel por la editorial Planeta. Y como logré la tan preciada publicación de la mano de una gran editorial, es de lo más normal que otros escritores se acercaran a pedirme consejos, a los que siempre he respondido con un: “sube tu historia a Wattpad”. “¿Y para qué?”, me preguntan. “Para que te publiquen”, contesto. “Ya, pero, ¿de verdad sirve Wattpad para eso?”. Y contesto a todos, que sí, porque según mi experiencia, sirve y mucho.

“Wattpad es una plataforma compuesta por autores y novelas, una especie de red social pero más freak”

Superar el primer filtro
Voy a hacerles un ejercicio que consiste en ponerse en el lugar de la editorial para ver cómo funciona esto por dentro. Una editorial de las grandes recibe al año, más de 1.000 manuscritos, de autores desconocidos (o no tanto), a quienes no se les solicitó nada. De esos 1.000 manuscritos, solo se aceptarán unos 15, porque el resto de novelas o relatos que se publiquen en el año seguramente serán de autores extranjeros o nacionales, que ya hayan publicado antes. Suele ser así. Es decir, si eres escritor al que nunca se ha publicado en papel, tienes una probabilidad minúscula de que lo hagan.
Casi suena como ganarse un concurso. Es por eso que aquí entran las plataformas como Wattpad, que tienen una doble función: le permiten al autor volver- se conocido y a la editorial ver si funciona o no una novela. Porque deben saber que publicarle una obra a un escritor desconocido, es un enorme riesgo para la editorial, ya que no se sabe si funcionará, si gustará, si venderá; claro, la editorial tiene personas que leen manuscritos y hacen informes sobre ellos y en base a eso, decide si publicará una novela o no. Pero sigue existiendo la incertidumbre, porque es diferente que 3 personas digan que una obra es buena versus a 200.000 o más que digan lo mismo. Y eso es lo que te brinda Wattpad, porque si el autor se presenta en una editorial con las estadísticas de su libro, por ejemplo, el número de personas que lo han leído y a las que les ha gustado, datos que ofrece Wattpad, por supuesto que va a llamar la atención y, con eso, logrará desbloquear la primera gran puerta: que un editor lea la novela. Luego, si la publican o no, dependerá de cada escrito. Si ni consigue seducir al editor, no será porque no tuvieron tiempo de leerlo. En el mundo editorial, lo más importante es destacar para que te vean y con Wattpad uno puede lograr eso.

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Lily Del Pilar es ingeniera civil, tiene 24 años y hace unos meses publicó la primera novela chilena proveniente de Wattpad, una plataforma que permite compartir historias y puede ser usada a través del celular o el computador. Mi vida es un desastre es una saga cuyo primer libro ha sido publicado por la editorial Planeta y ya es uno de los más vendidos en el mundo juvenil. Además, lleva más de 100.000 lecturas en la plataforma (tiene más de 43.600 seguidores). Sin tener ninguna relación previa con el mundo editorial, empezó a escribir a los 15 años, tras ser una gran devoradora de fanfics (fanfictions, otro nuevo formato que tienen los jóvenes para escribir, que consiste en hacer historias a partir de los libros que leen y de cuyos títulos, personajes y autores son fans: ficción de los fans). Como la obsesión de Lily era Harry Potter, se hizo asidua de Potterfics, hasta que incluso se lanzó a escribir sus propios fanfics del joven mago y su mundo. De ahí, nacen cuatro capítulos de la vida de Lily y James Potter, los padres de Harry, que al final sirvieron de inspiración base para esta trilogía, cuya primera parte (Mi vida es un desastre), ya conocemos, la segunda está en espera de seducir a alguna editorial y la tercera deambula por la cabeza de Lily Del Pilar.

Publicado en RHUV Nº24