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Representar la violencia

Recuperar, a través de la literatura, los pedazos de un mundo roto.

Por Lola Larra, periodista, escritora y directora de Ekaré Sur.

En la pasada Feria del Libro de Bogotá, fui invitada a una mesa sobre “Memoria, violencia y literatura” a propósito de mi última novela, Sprinters, los niños de Colonia Dignidad. Allí, compartí charla con la escritora vasca Edurne Portela, cuyo libro El eco de los disparos da cuenta de los peores años del conflicto de ETA en el País Vasco. También con la periodista bogotana Marbel Sandoval, que en Joaquina Centeno recupera la voz de las madres de hijos desaparecidos durante el conflicto armado colombiano y con el antioqueño Gilmer Mesa, quien narra de manera desgarrada y testimonial la historia de una banda de adolescentes en el Medellín de fines de los ochenta en La cuadra. Ninguno de los libros que nos convocaba es “para niños” o “para jóvenes”; se trata de textos “para adultos”. Sin embargo, los cuatro visitan el territorio de la infancia y de la adolescencia en escenarios cargados de intimidación y violencia.

La moderadora, Cristina Lleras, curadora del futuro Museo Nacional de la Memoria de Colombia, lanzó a bocajarro las primeras preguntas: “¿No podríamos pensar que la representación de la violencia sirve también para su naturalización? ¿A través de esta memoria de la violencia, no terminamos adaptándonos como lectores a ella?”. Si no en todos los temas, en este punto estuvimos los cuatro de acuerdo: por el contrario, recuperar a través de la literatura, o de cualquier otra manifestación artística, los pedazos de un mundo roto por la irrupción temprana y feroz de la guerra, el terrorismo, la pobreza, el abuso o cualquier otra cara de la violencia es una manera -una de las tantas- de reconciliar y reparar.
Edurne Portela lo esbozó de manera diáfana: “¿Podemos reconstruir nuestra sociedad e imaginar la convivencia, sin dar espacio en nuestra memoria a las víctimas de la violencia? A través de la elaboración imaginativa del pasado, a través de relatos éticos y empáticos, podemos indagar en los aspectos más opacos del conflicto, desnaturalizar la violencia, investigar el porqué de nuestros silencios y de nuestra indiferencia, intentar comprender (sin justificar) las dinámicas del terror y del abuso”.
No fuimos los únicos que conversamos sobre violencia, guerra, memoria y olvido en la FILBO. Los colombianos aún tenían muy presente el plebiscito del año pasado, y las noticias de asesinatos, bombas, represiones y femicidios circulaban por los pasillos y los entretelones de la feria como un recordatorio permanente de que las cosas no están nada bien en nuestro continente. Seguramente son ellos, los colombianos, a causa de más de sesenta años de conflicto armado en el país, los que han entendido mejor en Latinoamérica lo necesario que es hablar de todos los temas, incluidos los más ásperos y brutales. Y también son los que han hecho la reflexión más profunda acerca de lo vano que resulta intentar proteger a los niños del mundo tal como es.

Yolanda Reyes (Los agujeros negros), Jairo Buitrago (Camino a casa), Gerardo Meneses (La luna en los almendros), Irene Vasco (Paso a paso), Ivar Da Coll (Tengo miedo), Francisco Montaña (No comas renacuajos), entre muchos otros autores colombianos, así como los ensayos de Beatriz Helena Robledo, o las mesas que hubo en la FILBO acerca de cómo convertir el dolor y la violencia de la guerra en Colombia en literatura para niños; todos ellos reconocen la imposibilidad de mantener a los niños fuera de lo que sucede en el mundo. “Un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Pero protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror”, comenta la escritora colombiana Lina Vargas.

¿Qué mostrar? ¿Qué esconder? ¿Cuál es el límite? La pregunta va y viene, pero siempre regresa, y no solo en el ámbito de la literatura infantil. Hace poco, a propósito del atentado en la Rambla de Barcelona, fueron muchos los periodistas, fotógrafos y editores de diarios que se preguntaron, una vez más, hasta dónde es legítimo mostrar y qué es legítimo mostrar, dónde termina la información a la que tenemos derecho y dónde comienza el morbo.

¿Y dónde quedan los niños ante estas dudas y preguntas? Nuestra poca confianza en la inteligencia y perspicacia de los niños y jóvenes a veces nos lleva a querer alejarlos de libros que toquen temas “no apropiados” para su “inocencia”. A diferencia de los noticiarios, la televisión o el cine, a los libros, creo yo, se les suele poner un baremo muy recortado, como si el libro fuera un escenario que debe mantenerse incólume y ajeno ante un mundo plagado de ruidos, de imágenes descarnadas y de conflicto. Entonces pienso en libros tan bien logrados como La composición de Antonio Skármeta, ilustrado por Alfonso Ruano, que habla con potencia, sutileza e incluso humor de temas difíciles como la dictadura o la delación. Pedro, el protagonista, un niño que percibe que la muralla divisoria entre el mundo de los adultos y el de los niños no existe, nos recuerda que ese ímpetu protector no es más que una ficción de nosotros los adultos, un andamiaje para nuestra propia tranquilidad.


Lola Larra (Claudia Larraguibel) nació en Santiago de Chile, creció en Caracas y trabajó muchos años como periodista en Madrid, en medios como El País, Cinemanía, Rolling Stone y Vogue. Ha publicado cuentos, crónicas y las novelas Reír como ellos, Reglas de caballería, Donde nunca es invierno, Puesta en escena y Al sur de la Alameda, libro que ha recibido varios reconocimientos. Entre ellos, destacan el Premio Municipal de Santiago, Marta Brunet, Amster-Coré, Lista White Raven, Los Mejores del Banco del Libro y el Premio Cuatrogatos. Su última novela es Sprinters, los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016). Actualmente vive en Santiago, donde dirige Ediciones Ekaré Sur, un sello de libros ilustrados para niños y jóvenes.

Inés Garland: “Se da mucho en la literatura una violencia que es tan oscura que no tiene salida, yo a eso no adhiero”

La escritura instintiva, esa que va armando el libro a medida que se escribe, es la que practica Inés Garland. Sin premeditarlo, ha dedicado sus últimas obras a un público juvenil, al que ella pretende mostrar la realidad sin tapujos: cruda y oscura, pero
que convive con la belleza y la luz del mundo que la rodea.

Por Catalina González, editora RHUV

Fotografía © Alejandro Guyot

La adolescencia es probablemente una de las edades más complicadas por las que nos toca atravesar. Una etapa de tránsito, en la que sentimos todo intensamente y nos forjamos como adultos. Inés acompaña a los jóvenes en ese camino, y lo hace a través de novelas en las que no hay espacio para tabúes. Sus personajes transitan a la adultez de manera brusca, violenta, y son testigos, desde diferentes escenarios, del acontecer político y social que los rodea, del abuso de poder, abusos sexuales y, sobre todo, de las diferencias.
Su novela Las otras islas habla del conflicto de Las Malvinas; Piedra, papel o tijera transcurre en la dictadura y fue premiada como mejor novela juvenil del año 2009 por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina (ALIJA). Su última novela para jóvenes se llama Los ojos de la noche, y trata también sobre la violencia, pero esta vez en las relaciones de amor.

¿Qué es lo que te provoca tocar temas complicados y violentos en la literatura juvenil?
– Cuando empecé a escribir Piedra, papel y tijera no tenía intención de tocar la dictadura. Lo comencé como un cuento corto; había un tipo de violencia en el plan, pero era social. Eran dos amigas, una iba los fines de semana a la isla y la otra era isleña. En la adolescencia se dan cuenta de la diferencia social que las separa y eso es una clase de violencia, la de las sociedades.
Luego, mientras lo escribía pasó algo bastante raro: apareció el personaje de Marito, que es isleño también. En mi cabeza sabía que iba a militar en los años setenta, que iba a ser políticamente muy activo. Con esto me di cuenta de que era una novela y decidí que iba a transcurrir en ese tiempo.
Parezco medio loca cuando te lo digo, pero es que yo escribo así. Las cosas se me van apareciendo en la mente. Entiendo lo que voy a decir cuando ya lo dije.

¿Con qué tuvo que ver este cambio de rumbo en la historia?
– No tomé una decisión consciente, pero sí sé que tuvo que ver con que yo en la dictadura tenía 16 años, por lo que se relaciona con mi propia vida, independientemente de que hay material que yo investigué. En esa época yo iba a un colegio de monjas, igual que Alma, la protagonista. En mi casa no se hablaba del tema y yo me enteré de todo muchos años más tarde, en un viaje que hice. Ahí tuve una sensación horrible de culpa, de no haberme dado cuenta de lo que estaba pasando, de haber sido engañada. Tuve muchos enfrentamientos con mis padres por esto. El tema quedó dando vueltas en mí, hasta que escribí la novela. La violencia impactó en mi vida, necesitaba entenderla y por eso me decidí a escribirla.

¿Escribiste la novela pensando en adolescentes? ¿O también eso se dio espontáneamente?
– No escribo para jóvenes pensando que el libro es para ellos. Lo que sí sabía era que la protagonista era joven. Cuando lo revisó la editora de adultos, ella pensó que podía ser concebida como una muy buena novela para jóvenes, y así resultó.

¿Qué te provoca eso?
– Ha sido genial para mí. Justo hoy estuve muchas horas en un colegio, con chicos jóvenes. Me preguntan muchas cosas y hablamos sobre temas complicados. Entre ellos, salió la violencia.
Me gusta porque no escribí la novela para jóvenes, y resultó siendo para ellos. No pienso distinto cuando escribo una novela para jóvenes o cuando escribo una novela para adultos. Me parece que eso lo terminan resolviendo los editores. Yo escribo lo que la historia necesita, después se ve…

“Parezco medio loca cuando te lo digo, pero es que yo escribo así. Las cosas se me van apareciendo en la mente. Entiendo lo que voy a decir cuando ya lo dije”.

¿Cuál es tu opinión con respecto a si la literatura juvenil tiene o no que dar espacio a temas violentos? Independientemente de que sean temas oscuros.
– Los niños y adolescentes están sometidos a todo tipo de violencia en la televisión, en los medios, en cada paso que dan en la vida que los rodea. Me llama la atención que la violencia y la sexualidad aparezcan como tabú para estos grupos y pienso exactamente lo mismo con respecto a ambos. Bombardean a los niños por todos lados y después no quieren que los libros les muestren lo que están viendo todo el día.
La violencia me interesa que apele, en algún momento, a lo más luminoso que tenemos los seres humanos. El tema puede ser todo lo oscuro que quieras, pero tiene que mostrar alguna salida. El ser humano necesita tener esa luz al final del oscurantismo, esa ilusión de que las cosas pueden cambiar y pueden ser mejores, esa confianza en el costado luminoso de nosotros mismos. Ahora se da mucho en la literatura una violencia que es tan oscura que no tiene salida, yo a eso no adhiero.

¿Por algún motivo en especial?
– Porque soy idealista y me parece que si vamos a hablar de violencia sin salida o de oscuridad total, estamos simplemente abandonando algo que está ahí. Creo que la literatura aspira a algo más.

¿A qué, por ejemplo?
– Creo que apela al lado más luminoso, compasivo y amoroso del ser humano. Tiene que haber un personaje que sea querible o amoroso en una historia. Ese tipo de literatura donde solo hay víctimas y victimarios no me interesa para nada. Ni para mí, ni para los jóvenes. Me da la sensación de que tenemos que apelar a algo más, pero eso es una opinión personal.

¿Intentas torcer la historia para que termine bien?
– No, de hecho, Piedra, papel o tijera no termina bien y los chicos me viven preguntando por qué lo terminé así, pero yo veo ahí una luz. La veo en la historia de la dictadura, la veo en lo que fue de los hijos y los nietos de los desaparecidos. Me parece que el final que elegí, sin ser alegre, tiene que ver con esta única luz posible que queda dentro de la historia. Que haya gente que siga preocupándose por los desaparecidos políticos, que los sigan buscando y que haya abuelas que los sigan queriendo encontrar, que haya toda una sociedad involucrada en que aparezcan; eso no puede sino hablar de la luz de la que te hablé antes.

Te reúnes con jóvenes. ¿Cómo crees que es su percepción del mundo violento en que vivimos? ¿En qué buscan refugio?
– Hoy justamente hablábamos de la violencia en sus relaciones amorosas. En Los ojos de la noche, el novio de la protagonista le dice que van a pasar las vacaciones juntos, pero él la abandona a último momento y parte solo a Brasil; le manda fotos con garotas y ella sufre mucho. De algún modo, él la maltrata. Una de las chicas me preguntó por qué ella no volvía con este novio, a mí me llamó la atención y le pregunté: ¿por qué querrías que volviera con alguien que la hace sufrir? Ella me miraba…
Yo creo que ellos viven una naturalización de la violencia espeluznante. Yo no tengo televisión hace años y me impresiona lo distinta que soy a personas que están todo el día expuestas a escenas violentas en la televisión.

“La violencia me interesa que apele, a lo más luminoso que tenemos. El tema puede ser todo lo oscuro que quieras, pero tiene que mostrar alguna salida”.

¿Qué puede hacer la literatura con respecto a esto?
– Le puede dar una vuelta, hacernos pensar. Con las imágenes, la violencia se percibe distinta. Desde la literatura, el protagonista o cualquier personaje puede reflexionar sobre el tema. Mientras que la imagen te la enchufan, vos tenés que mirar y no tenés tiempo para reflexionar, es tal el bombardeo que no te da tiempo de digerir.
Esa falta de pausa genera una desconexión muy grande con lo que te producen esas imágenes. Creo que es importante que la violencia sí aparezca en la literatura, pero que lo haga con cierta reflexión. Creo que la literatura te da más ese espacio.

¿Cómo crees que lo están haciendo los demás autores en literatura al tratar estas temáticas?
– Al menos yo elijo leer novelas que, aunque traten la violencia, estén llenas de amor y cosas buenas también. De lo contrario, ni siquiera las hojeo porque sé que me van a afectar, pero es por cómo soy yo.
Apunto al tipo de literatura en la que el ser humano tiene, en sí mismo, la posibilidad de conectarse en cualquier momento con el amor, por más espantoso que sea todo.

En tu obra el amor se aborda como algo complejo, se trata de historias tristes ¿Qué buscas con esto?
– Las dos cosas van juntas: amor y dolor. El amor lo presento como un problema. Es como si fuéramos un instrumento que está afinado a la perfección y que se desafina permanentemente. Cuando nos desafinamos, nos desencontramos. El amor es un problema porque en su máxima afinación es maravilloso, pero todo el tiempo nos desafinamos. Por eso me aparece a mí como un problema, porque entiendo que es esa búsqueda de encuentro con otro, de compartir y quererse. Eso es difícil y ese camino está lleno de obstáculos. Así, tal cual, lo muestro en mis libros.

“El amor lo presento como un problema. Es como si fuéramos un instrumento que está afinado a la perfección y que se desafina permanentemente”.

¿Qué otro tema crees que es urgente tratar desde la literatura?
– Todas las desigualdades, la poca tolerancia con las diferencias. Pero no es que crea que es urgente tratarlas desde la literatura, creo que tenemos que pensar en estas cosas primero, reflexionar, para después poder escribir sobre ellas. Tenemos que estar preocupados como seres humanos, y después aparecerán los temas en nuestra literatura.
El bullying en redes sociales y todo lo que está pasando con ellas es un temazo.

Violencia y libros ilustrados

De manera casi natural, la violencia ha orbitado entre otras realidades incómodas de la experiencia de la niñez que se exponen en la literatura infantil. Los cuentos clásicos emergidos de la tradición oral, donde la virtud o la moraleja se instalaron de lleno, son de una brutalidad primaria. Al paso del tiempo, los compiladores como Perrault y los hermanos Grimm se encargaron de matizar estas historias, ocultando elementos demasiado gráficos como asesinatos, incestos y violaciones. En este artículo no pretendemos ahondar sobre este proceso que ya ha sido bien documentado, sino acercarnos a la violencia en los libros ilustrados contemporáneos, donde la situación es distinta.

Por Adriana Benítez, maestra de preescolar e ilustradora mexicana, y Jairo Buitrago, autor colombiano de libros para niños.

Ilustración de Camilo Jerez

En algún punto, la literatura clásica comenzó a eludir contenidos escabrosos en las historias dirigidas al público infantil, a raíz de los cambios sobre el concepto de niñez. Antiguamente, la violencia fue un recurso para modelar la conducta; sin embargo, después se consideró que los niños debían ser protegidos y mantenidos a resguardo de conductas moralmente cuestionables. Actualmente, son los mismos adultos quienes buscan en la literatura una forma de experiencia vicaria para abordar temas sensibles con los niños.

No obstante, la contundencia de la imagen en los álbumes provoca inseguridad en lectores adultos que no están familiarizados con este tipo de libros. Por ello, escritores, ilustradores y editores han utilizado la metáfora como una mediación para evitar la exposición directa de la violencia frente al lector. Materializada en forma de todo tipo de monstruos e, incluso de ausencia, es una amenaza latente que no se muestra, pero que permite inferir la crudeza de la situación. Esta estrategia se ha utilizado junto con otras para establecer el tratamiento del tema de la violencia por considerarse “difícil” o “espinoso”.

Las formas en que se aborda la violencia en la literatura infantil podrían enumerarse de la siguiente manera:
» Positiva
» Burlona (slapstick o el absurdo)
» Realista

Positiva:
Se plantea una situación violenta que no se muestra literalmente, y se resuelve de la mejor forma posible. Da a conocer una realidad triste, pero el final transmite esperanza y aliento. Un ejemplo es el libro Te quiero, niña bonita de Rose Lewis. El tema principal es el deseo de una mujer por ser madre y la adopción de una bebé; el tema que subyace es el del abandono de la pequeña. La narración transcurre como un relato donde la mujer le cuenta a la niña la historia de su viaje para encontrarse con ella. La paleta de colores es suave y los trazos delicados. La atmósfera creada transmite dulzura y el desenlace es el ideal.

Burlona:
Los actos violentos adquieren diferente significado en función del contexto. Pueden verse en estos libros golpes, bofetadas, humillaciones, insultos y todo tipo de violencia gráfica. Sin embargo, el humor cambia su intención acercándolo al chiste “de pastelazo” o, como se le conoce en el cine clásico, slapstick. En el álbum Shrek de William Steig, el protagonista es echado de su casa de una patada y durante toda la historia utiliza la agresión como forma de relación común con los demás personajes.

Realista:
Esta forma de narrar se apega muchas veces a historias de la vida real, aunque no necesariamente se resuelvan favorablemente o con finales felices en todos los casos. Son buenas experiencias para la reflexión y la conversación con los niños.
Sinna Mann de Gro Dahle y Svein Nyhus es un álbum que aborda la violencia doméstica de forma directa, mostrando la superioridad del agresor frente a la víctima con el contraste de tamaños entre los personajes y el uso de los colores rojo y amarillo para acentuar la ira del padre, quien se convierte en un gigante capaz de destruirlo todo, hasta a su propia familia.
Cabe mencionar que la violencia se manifiesta en muchas formas y está presente incluso en los actos más cotidianos de la vida. Es por esto que resulta necesaria su identificación para evitar que se normalice. Los libros ilustrados han tocado estos temas, en que es posible descubrir lo que subyace en su narrativa. Algunos ejemplos son:

» La guerra: La historia de Erika. Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti

» El bullying: Oliver Button es una nena. Tomie dePaola

» Discriminación: Voces en el parque. Anthony Browne

» Racismo: Niña bonita. Ana María Machado y Rosana Faría

» Abandono: Te quiero, niña bonita. Rose Lewis

» La orfandad: Madeline. Ludwig Bemelmans

» Indiferencia: Ahora no, Bernardo. David McKee

» Maltrato físico: La peor señora del mundo. Francisco Hinojosa

» Marginación: ¡Un libro! Libby Gleeson y Freya Blackwood

» Machismo: Elenita. Campbell Geeslin y Ana Juan

Este es apenas un acercamiento a un fenómeno que resulta complejo y extenso. También hay que aclarar que los libros mencionados se eligieron por su calidad gráfico-literaria y no fueron escritos con un fin didáctico; la buena literatura lo es a instancias del tema que trata. Si bien los libros por sí solos no solucionan los conflictos, nos ayudan a comprender la complejidad humana.

Literatura y asepsia: sobre el gusto por limpiar

“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?” No matarás, Krzysztof Kieslowski.

Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur


Ilustración de Valeria Castro

El joven Jacek, protagonista de la película No matarás del director Krzysztof Kieślowski, en un acto puramente irracional y salvaje, asesina a un taxista sin ningún móvil aparente. La escena del asesinato es desgarradora, violenta y de un verismo angustiante y sucio. Primero lo asfixia, desde el asiento trasero del taxi, con una cuerda que vimos repetidas veces antes, como una suerte de sentencia o advertencia. Ante la resistencia del taxista, que lucha para no perder la vida, Jacek se baja del asiento trasero y le asesta fuertes golpes en los brazos para que deje de tocar la bocina. Se detiene un momento y se baja del taxi, rodeándolo, al acecho. El taxista intenta liberarse, con dolor, pero Jacek abre la puerta y golpea esta vez la cabeza del hombre con duros golpes descendentes. La mirada del taxista, agónica, escruta a Jacek, quien no soporta la visión de la muerte sobre sus ojos y solo puede proferir “Jesús” para luego cubrirle el rostro destruido con una manta. Lleva el taxi al borde de un río y baja al sujeto, arrastrándolo hasta la orilla. El hombre sigue vivo, balbucea algunas palabras con dificultad, con desesperación, mientras Jacek busca algo a su alrededor. Encuentra una piedra, una gran y contundente piedra, toma aire, duda, se llena de valor y termina con la vida del desdichado aplastándole la cabeza. Jacek, que nos recuerda a Caín, es condenado a la horca, suerte de correlato de la cuerda que vimos en distintos planos.

En toda la historia de la literatura podemos encontrar episodios de violencia: el conflicto edípico en la tragedia griega; la muerte del hermano justo, Abel, en la tradición bíblica; la imagen pornográfica en el marqués de Sade (ofensivo o indignante para ciertas sensibilidades). Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil. De la misma manera que parece inútil inventariar los rasgos o sesgos de violencia que existen en la literatura dirigida para niños y jóvenes. En la tradición occidental de este tipo de literatura, la violencia ha estado presente en una cantidad importante de narraciones, que sufren modificaciones según los tiempos que corren. Los hermanos Grimm supieron codificar esa violencia en relatos ejemplificadores; Ítalo Calvino, en sus versiones de los cuentos folklóricos italianos, no deja títere, dragón ni príncipe con cabeza; el doctor Heinrich Hoffmann no se guardaba recursos para aleccionar a sus pacientes con su famoso Struwwelpeter.

El inventario de la violencia, en tiempos de lo políticamente correcto, es el camino que los estados parecen haber tomado. Existen instituciones que utilizan diversos mecanismos para el control de lo que es correcto o no es correcto decir; para el control de la producción de los discursos. Algunas sociedades funcionan de manera más o menos represiva; otras lo hacen de forma solapada, utilizan la censura y el control de manera subyacente. Así, en algunas instancias, se llevan a cabo procesos de revisión de colecciones completas de libros con el fin de encontrar rasgos o discursos que atenten contra lo enmarcado dentro de lo correcto, por nombrar un ejercicio.

“Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil”.

En un breve, pero fundamental ensayo, Michel Foucault indica: “supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido” (El orden del discurso). Foucault distingue también otros dos grandes procedimientos de exclusión: la separación de la locura y la voluntad de verdad. Sin duda, a través de un nivel de sofisticación, el estado es capaz de controlar los discursos que se producen en diversas esferas de la vida social. Y la literatura no es ajena a ello.

En una línea de pensamiento cercana, el escritor sudafricano J. M. Coetzee escribe, citando a Herbert Marcuse: “en el siglo XX […] los estados han desarrollado técnicas para usar la tolerancia con fines sutilmente represivos”. Es común encontrar hoy en día libros que educan en valores globalmente aceptados como la tolerancia, la libertad de expresión, la aceptación del otro, entre otros temas. En esos casos, la violencia es utilizada de manera instrumental, como eje que articula temáticamente un relato en función de un discurso mayor. Haciendo el ejercicio del inventario de lo inútil, podríamos encontrar libros que tratan sobre los diversos tipos de violencia: discursiva, política, sexual, por nombrar algunas. Lo problemático, en esta situación, no sería su abordaje en la literatura (que podría ser muy sano, por lo demás), sino que una especie de homogeneización de los discursos. Una suerte de asepsia en la escritura, cuyo único daño es sobre la literatura misma y, como consecuencia, sobre sus lectores. Lamentablemente, los lectores más desfavorecidos por este tipo de libros son los niños incapaces de seleccionar sus propias lecturas.

En países donde existe una inversión del estado en temas relacionados con la cultura, existe al mismo tiempo una preocupación por los discursos que son aceptados o rechazados. Un filtro con el que se seleccionan los proyectos realizables. Así, en una convocatoria pública de fomento de la creación literaria, seguramente aparecerán bases y objetivos que estén alineados con las sensibilidades de turno. La consecuencia más evidente que este tipo de acciones puede tener es la estandarización de la literatura, la homogeneización de los puntos de vista.
J. M. Coetzee lo menciona de manera muy clara: “Bajo la censura no florece la literatura. Ello no significa que las órdenes del censor, o la figura interiorizada de este, sean la única -ni siquiera la principal- presión que sufre el escritor: hay formas de represión, heredadas, adquiridas o autoimpuestas, que pueden experimentarse más profundamente”. En el caso chileno, con el antecedente de una larga dictadura militar, periodo en el cual las manifestaciones artísticas fueron violentamente reprimidas, se generó una especie de autocensura, debido a la implementación de fuertes códigos valóricos que permearon la vida cultural y social del país, además de hacer mella en la producción artística.

Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria. Con la intención de suprimir o reducir discursos que atenten en contra de los sistemas valóricos actuales, los que valoran temas como la inclusión, la tolerancia y la libertad de expresión, no se hace más que segregar, evidenciar la diferencia y limitar la libertad de expresión. Es una paradoja de la libertad. Es cierto, se reducen, por ejemplo, los discursos discriminatorios, los discursos de odio; pero ¿cuánto pierde la producción literaria al autoimponerse un filtro, una reserva? En ese sentido, Coetzee indica: “A mediados de la década de 1980, me era posible dar por supuesto que la intelectualidad compartía en líneas generales mi opinión de que cuantas menos restricciones legales se aplicaran a la capacidad de expresarse, mejor: si resultaba que algunas de las formas asumidas por la libre expresión eran desafortunadas, ello era parte del precio de la libertad. La censura institucional era una señal de debilidad del Estado, no de fortaleza; el historial mundial de la censura era lo bastante repugnante para desacreditarla para siempre”.

El ejercicio de la libertad de expresión es, sin duda, paradójico. ¿Cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a soportar opiniones desafortunadas? ¿Cuánto odio, por ejemplo, somos capaces de tolerar? En la literatura para niños y jóvenes, estos rasgos de violencia o intolerancia han sido completamente suprimidos, blanqueados, en pos de una literatura completamente aséptica e inmaculada. Si la violencia es retratada, se hace para evidenciar lo reprobable de los actos violentos: la discriminación, la guerra, la migración forzada. En ningún caso para problematizar, para discutir las posturas, para ensuciar los discursos.

Hace un año asistí a una exposición de Otto Dix en el Museo Nacional de Arte de México. Paradojalmente, yo estaba ahí haciendo un libro para niños. Difícilmente alguna obra de Otto Dix podría integrar las páginas de un libro para niños. Hombres descuartizados, con las tripas revueltas en medio del campo de batalla, o en el fondo de una trinchera infecta. Centenares de muertos que se apilan uno sobre el otro, como una pirámide humana, carne y sangre derramada. El dolor y el miedo en el rostro de figuras ya sin vida, que la perdieron con esa expresión grabada para la eternidad. No hay lecciones en esas pinturas ni en los aguafuertes ni en los grabados de Otto Dix. Solo un sistema de significantes y un tratamiento del enfrentamiento con la muerte y con el horror.

“Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria”.

El psicoanálisis, por su parte, aporta en la teoría que intenta comprender los complejos procesos de lectura de los niños. En su conocido estudio sobre los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim dedica unas páginas a la importancia de la externalización a través de la lectura de relatos. En ese sentido, la literatura funcionaría como una manera de sublimar las pulsiones más irracionales o salvajes del niño. El lector habituado reconoce, en el lenguaje de los cuentos, una serie de símbolos que lo ayudan a ordenar y seleccionar la información que se encuentra en el caos del inconsciente. Para Bettelheim: “El cuento de hadas, aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil -con sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanas de Cenicienta, por ejemplo-, no contradice nunca su realidad física. Es decir, un niño nunca tiene que sentarse sobre cenizas, como Cenicienta, ni es abandonado deliberadamente en un frondoso bosque, como Hansel y Gretel, porque una realidad física similar sería demasiado terrorífica para el niño y perturbaría la comodidad del hogar, mientras que el hecho de dar este bienestar es, precisamente, uno de los objetivos de los cuentos” (Psicoanálisis de los cuentos de hadas). Los cuentos de hadas muchas veces presentan escenarios de violencia o en los que los lectores se ven enfrentados o interpelados. Más allá de las funciones ejemplificadoras o moralizantes que se les ha atribuido históricamente a este tipo de relatos, existe una función socializante y de desarrollo de la personalidad, que es quizás más importante y compleja que la relacionada con los valores o la virtud. La lectura funciona entonces como una externalización significativa de las pulsiones del niño. La violencia, el reconocimiento de personajes malvados, la elección entre opuestos, son partes determinantes en el desarrollo de un lector.

En No matarás, el joven Jacek es registrado por una cámara sucia y ambigua. La imagen parece estar teñida por un filtro verdoso que la resignifica, mientras que el lente de la cámara es intervenido o perturbado por una mancha negra que corta la imagen, a ratos a la mitad, a ratos en un círculo que enmarca a los personajes. El recurso tiene un efecto sobre el espectador, que ve ensuciada la imagen, granulosa. No nos permite observar con claridad lo que ocurre en la acción e interviene la percepción de los objetos dentro del plano. El efecto es de ambiguación de los sucesos; no sabemos si juzgar o no las acciones de los personajes, pues sus conciencias, y las nuestras, están intervenidas por esta pátina verdosa. Me gustaría que la literatura siguiera también, a veces, estos derroteros, que dejara los cercos de lo inmaculado y se permitiera, al menos un poco, de suciedad en el lente.

Recuerdos de un lector

Acompañamos al periodista, columnista, investigador y amante de la literatura Sergio Andricaín, en este recorrido en el que relata su primer encuentro con los libros y el camino en el que éstos se han convertido en su gran pasión.

Por Sergio Andricaín, escritor, periodista, crítico, investigador literario, editor y fundador de la Fundación Cuatrogatos.

Mi camino lector está conformado por múltiples recuerdos. Explorando los más antiguos llego al año 1960. Tengo cuatro años. Mis primos Mercedes y Néstor y mi hermana Silvia van a la escuela. Yo, el más pequeño, me quedo en casa, junto a mi madre y mi tía (las dos familias viven en casas contiguas en un barrio de La Habana). No tengo edad para que me reciban en el colegio. Los “grandes” han aprendido a leer, yo no. Mi madre me lee, pero yo quiero hacerlo solo. Entonces, una mañana, con un silabario muy viejo, comienza a enseñarme. Poco a poco me voy apoderando de las palabras, comienzo a descifrarlas, a encontrarles sentido, a dar mis primeros pasos como lector. Leo cuanto cae ante mis ojos ávidos: palabras sueltas, pequeñas oraciones, anuncios comerciales, titulares de periódicos… y llego a la lectura de los primeros versos y cuentos junto a Rosa, mi madre, que me ayuda y me corrige. Desde entonces se inicia mi “amistad” con los libros en un hogar donde no hay muchos. Mis padres, al ver mi interés, empiezan a destinar una discreta cantidad de dinero a la compra de aquellos que me gustan (la economía familiar es limitada). Una librería me tienta más que una heladería o una tienda de juguetes. Cada visita al médico termina en el espacio dedicado a los libros en una tienda por departamentos de El Vedado. De allí salgo con versiones de cuentos clásicos, listo para devorarlos en el camino.
Cada título que leo me ratifica que ese mundo paralelo, hecho de palabras, es tan importante como el que habito. Voy creciendo y también mis lecturas. Mi sed de ellas es inagotable. Llegan a mí por muy diversos caminos: Había una vez, de Ruth Robés y Herminio Almendros, una colección de poemas e historias de la tradición oral; Oros viejos, de Almendros; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Corazón, de Edmundo de Amicis…
También leo cómics. El nuevo gobierno cubano los ha prohibido porque a su juicio representan “la ideología capitalista desterrada por el socialismo”. Pero me gustan las adaptaciones de obras literarias y las vidas de personajes célebres que se publican en ese formato. Es mi abuela materna, llamada Amparo, quien se encarga de conseguirlas para mí. Ella, que es analfabeta, quiere que yo lea. De esta forma descubro El jorobado de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, padre; El jorobado, de Paul Féval, padre… Un día mi abuelo materno, Serafín, saca de su escaparate un libro y lo lee conmigo. Es La Edad de Oro, de José Martí. Gracias a esta obra me inicio en el misterio de esos libros que te proponen el reto de descifrarlos, porque su lectura es difícil, múltiple y rica en sentidos. Varias ediciones de esta obra martiana me han acompañado a lo largo de mi vida. Sé de la musicalidad de las palabras, del encanto de una frase, de imágenes poderosas a través de las historias, los artículos y los poemas reunidos en este título fundacional.
También la pequeña y la gran pantalla me invitaron a leer: los adaptaciones televisivas o cinematográficas de novelas clásicas me impulsaban a buscarlas en las bibliotecas, en las librerías: así llegaron los primeros relatos de Julio Verne que leí y comenzaron a filtrarse títulos complejos, reservados para los adultos: el teatro de Shakespeare, las tragedias griegas, la Ilíada y la Odisea, Decamerón y hasta Lolita, de Vladimir Nabokov, que llegó bien temprano en mi adolescencia, junto al despertar de mi erotismo…
He sido un lector ecléctico que se ha hecho a sí mismo, como he podido, con los libros que he encontrado, con los que han salido a buscarme, porque los necesitaba. Con los que alguien ha mencionado ante mí o me ha ofrecido; algunos llegaron muy temprano, los hubo que se retrasaron… Quedan deudas pendientes por saldar, amigos de cuya existencia tengo noticias y que aguardan todavía por mí en los anaqueles de mi biblioteca. También ha habido reencuentros por dos, tres o más veces. Cada cierto tiempo me cito con El idiota, F. M. Dostoievsky, y con El gran Meaulnes, de Alain-Fournier. Suelo reencontrarme con la poesía de mis autores preferidos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Jorge Manrique, Lope de Vega, Federico García Lorca, Miguel Hernández… Leo romances antiguos de la lengua castellana porque sí, porque me gustan…
Cada lector tiene un camino por recorrer, que puede contar con múltiples senderos. Todos conducen a descubrir a los libros como amigos incondicionales. Cuando se nos revela esta verdad, nos convertimos en lectores en la niñez, la juventud o en la adultez; porque nos damos cuenta de que no existen mejores compañeros que ellos para hacer el viaje que es la vida. Los libros siempre nos estarán esperando para ayudarnos a formular mejor las preguntas eternas del hombre e intentar darles una respuesta que dé sentido a nuestra existencia y la justifique: quiénes somos, para qué estamos aquí, qué nos espera después de la muerte.


Sergio Andricaín (La Habana, Cuba, en 1956) , Escritor, periodista, crítico, investigador literario y editor. Se graduó en Sociología en La Universidad de La Habana. Fue investigador del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello, del Ministerio de Cultura de Cuba.
En 1991, en Costa Rica, fue asesor del programa nacional de lectura Un libro, un amigo, realizado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y profesor del Taller Modular de Promoción de Lectura , proyecto desarrollado por la Oficina Subregional de Educación de la UNESCO para Centroamérica y Panamá.
Entre 1994 y 1999 residió en Bogotá, Colombia. Allí trabajó como oficial de proyectos del Centro Latinoamericano para el Libro y la Lectura (CERLALC) y como editor de la revista infantil de la Fundación Batuta.
Actualmente es coordinador del Programa de Autores Iberoamericanos de la Feria del Libro de Miami.
Ha publicado, entre otros libros, La caja de las coplas, Hace muchísimo tiempo, Un zoológico en casa, Libro secreto de los duendes, Había otra vez. Historias de siempre vueltas a contar, Cuando sea grande y Dragones en el cielo.
Creó con Antonio Orlando Rodríguez la Fundación Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org), que desarrolla proyectos educativos y culturales, con énfasis en el fomento de la lectura. Es director de esta organización sin ánimo de lucro.

Ellen Duthie: Más Preguntas que Respuestas

La Filosofía Visual para Niños que desarrolla esta filósofa inglesa explora temas controversiales como la crueldad a través de imágenes y una serie de preguntas. Wonder Ponder es su proyecto, que comprende una serie de libros en los que literatura y filosofía se relacionan. En ellos, plantea preguntas y encamina a los niños a disfrutar de éstas.

Por Catalina González Pendola, editoria de RHUV

¿De dónde nace la idea de trabajar con filosofía visual? Y en especial para niños…
Soy filósofa de formación y siempre me ha interesado y apasionado la Literatura Infantil y Juvenil. Por lo que no fue casual que quisiera unir estos dos mundos.
El proyecto, concretamente, surgió en un aula, con niños de cuatro años, con los que me reunía cada dos semanas, durante tres años, y tratábamos distintos temas de todo tipo. Hablábamos de qué tendría una receta de la felicidad, por ejemplo. Normalmente, les llevaba ilustraciones, para estimular el diálogo en una dirección determinada, o en torno a un tema determinado. Intentaba llevar álbumes que despertaran un conjunto de preguntas en torno al tema que me interesaba.
Llevábamos bastante tiempo así, y tratábamos temas morales, éticos…
Por lo general, llevaba un ramillete de estímulos, pero siempre centrado en torno a un álbum, como El Carnaval de los Animales de Marianne Dubuc.
Una vez llevé un vasito, para que vieran cómo la pajita parecía que estuviera cortada, hicimos experimentos, etc.

Después, se juntaron dos cosas. Una, que me apetecía mucho tratar con ellos tema de la crueldad o de la maldad, que es un tema que en un principio puede parecer escabroso para tratar con un niño de cuatro años; pero por otro lado, pienso que éste es el momento justo en el que ellos se están tratando de hacer una idea de qué se espera de ellos, de qué pueden ellos esperar de otras personas, hasta qué límites pueden llegar ellos y hasta qué límite pueden llegar otros con ellos y están tratando de situarse frente a la maldad o la crueldad. Reciben muchas órdenes contradictorias de parte de los adultos, les dicen que una cosa es buena, que otra es mala, luego otro adulto hace exactamente lo que le dijeron que no había que hacer, y así.

En este contexto, ¿habías encontrado referencias de algún libro que tratara el tema?
Me apetecía tratar la crueldad pero no encontraba ni un solo álbum que me pareciera que diera para explorar los distintos matices, casos, y grados de la crueldad; las distintas circunstancias que pueden resultar agravantes, o aminorantes.
Entonces iba apuntando una lista de situaciones, breves, todo esto pensando en mi libro. Una persona matando un bicho, por ejemplo.

Hay un porcentaje de escenas en Mundo Cruel que tienen que ver con animales, ¿qué te llamó la atención para trabajar con esto?
De hecho seis de las catorce imágenes tienen que ver con animales. El resto no.
Es verdad que uno de los campos en el que los humanos nos lucimos, en cuanto a la crueldad, tiene que ver con respecto a nuestro trato con los animales. Me parecía interesante tratar la diferencia con lo que consideramos como diferentes niveles de inteligencia. Y que un nivel de inteligencia menor, en un animal, por ejemplo, nos da una serie de derechos sobre ellos. Quise analizarlo desde ese punto de vista.

¿Qué siguió después?
Se lo comenté a Daniela Martagón, la ilustradora. La conocía y sabía que le iba a apetecer el reto: mostrar escenas de crueldad, sin asustar y sin endulcorar. Escenas que realmente llamaran la atención de los niños. Imágenes que les chocaran porque no suelen ver escenas de este tipo. Si miramos los libros infantiles, la mayoría da ejemplos, no da “malos” ejemplos. Hay una tendencia a evitar mostrar las cosas que no se deben hacer. Excepto quizás, a pequeñas travesuras y cosas así, pero no algo que consideraríamos cruel.
Daniela aceptó el reto, hizo todas las escenas en una noche y yo las vi al día siguiente.

¿Probaste el resultado con los mismos niños?
Si, inmediatamente, y engancharon, sin yo tener que decir nada. Empezaban observando, y diciendo: mira, una niña, matando una hormiga,… ¿porqué con un lápiz? No, no la está matando, la está pintando. No, no la está pintando, la está atravesando… y así discutían. Ellos solos comenzaron a hacer preguntas, ¿qué le habrá hecho la hormiga antes? ¿La van a castigar?
Y luego también comenzaron a hacer juicios: Eso está mal… pues mi madre mató a un hormiguero entero el otro día …
Este diálogo no requirió mediación. Y luego intervine para organizar y ordenar un poco la discusión, pero me pareció que no había tenido experiencia similar con otros estímulos. Habíamos dado con algo que merecía la pena explorar, investigar y desarrollar.

¿En tus libros qué toma más importancia, el texto, la imagen o la mediación?
En un principio era sólo la imagen, sin textos. O uno muy pequeño a pie de página o que uno de los personajes estuviera hablando, para anclarlo a una idea, pero no tenía preguntas. Después, hablando con docentes me comentaron que les costaba mucho formular las preguntas a los niños, a partir de las imágenes. Pensamos en esta forma de incluir preguntas, sin que fuera una lista que tuvieras que leer de principio a fin. Por eso están en distintas direcciones, para que sea un poco más juguetón, y que puedas elegir en qué dirección quieres dirigir las preguntas.

Ahondemos en esto de poner la atención a las preguntas…
Creo que, en general, ponemos muy poca atención a las preguntas. No sólo las que hacemos a los niños, sino que las que nos hacemos a nosotros mismos también. No nos centramos en la calidad de la pregunta y porqué la estamos haciendo.
Se puede ver esto, en el mercado de los libros de Autoayuda. Muchas veces responden a una preguntan, pero no se cuestiona previamente si esa pregunta te interpela o no; es como si te entregasen una respuesta y listo. No reflexionamos si esa pregunta me dice algo a mi o no.
Con los niños esto se exacerba. Creo que hay un miedo a la pregunta, en varios sentidos. Uno es qué respuesta va a salir de ahí, si voy a poder controlarla, otra es el desafío de, simplemente, quedarnos en la pregunta un rato. Corremos siempre a la respuesta. Creo que el escuchar preguntas, y leerlas, y quedarse simplemente en ese aspecto es un ejercicio bonito, y literario. Es lo que hace realmente la literatura, genera preguntas que no contesta, y esto tiene mucho que ver con el gusto de la lectura. ¿Por qué nos gusta leer? Es porque un buen libro nos genera muchas preguntas y somos capaces de disfrutarlas, es una de las pocas veces que nos preguntamos algo y no corremos a contestar, sino que disfrutamos la pregunta.

En este tipo de libros, ¿es necesaria la mediación?
Creo que no. De hecho, nuestra intención al realizarlo es que no. Hemos hecho un esfuerzo muy grande porque nada de lo que se hable en el libro vaya dirigido al mediador, sino que todo vaya dirigido al niño. Creo que son libros que se pueden leer y disfrutar a solas. Dejarse inundar por las preguntas, o intentar contestarlas también mientras las estás leyendo. También es verdad que si te enganchas leyéndolo a solas, es más probable que vayas y lo compartas, porque son preguntas que remueven y que te apetece preguntar a otros.

¿Comienzas a trabajar a partir de una pregunta? ¿De una imagen? ¿Cómo se genera esta idea o escena que tu retratas?
El proceso de trabajo es el siguiente, con variaciones: pensamos en un tema que nos apetece abordar, vamos a coger por ejemplo Mundo Cruel.
Primero, yo lo que hago es sentarme y pensar en todo lo interesante y todo lo que se tenga que tener en cuenta cuando se piensa en la crueldad. Luego se genera un mapa temático conceptual, a partir de ahí me siento y hago muchísimas preguntas. Hago preguntas para cada concepto, pensando como niño, pero tratando siempre de formular la pregunta de manera que le interese a todos. Es decir, pienso en la pregunta cómo se la haría a un niño, o cómo le atraería a un niño, pero la vinculo para que al adulto también le diga algo.
Luego pensamos posibles escenas concretas que sirvan de disparador para una pregunta en concreto, o para un grupo de preguntas. Y hacemos pruebas, y vamos probando, muchísimas las desechamos, no funcionan, las probamos entre nosotras también. Luego vamos a talleres y las probamos con niños, de distintas edades, con adultos también; desechamos de nuevo. Hasta que al final decimos vale, estamos contentas con las escenas que se quedaron en el libro.

¿Cuál es la principal diferencia que ves entre las preguntas, o el análisis que realiza un niño con respecto a esta filosofía visual, a un adulto?
En cierto sentido, en especial el análisis, es sorprendentemente similar. Mucho más similar de lo que uno pensaría de antemano.
En las preguntas sí creo que hay diferencia. La formulación de las preguntas a los adultos les cuesta mucho; les cuesta pensar en preguntas que les vengan bien a ellos y están pensando en preguntas que les vendrían bien a los niños. El reto nuestro cuando trabajamos con adultos es ese: Deja de pensar en el niño, ¡piensa en ti! ¿Qué te da curiosidad a ti?.
Hacemos muchas veces trabajos con docentes, les proponemos hacer su propia caja de preguntas, desde cero. Un tema con el que trabajamos una vez fue el sentido de la vida. Hacemos todos juntos un mapa conceptual y cada uno tiene que ir aportando. Lo pasan fatal. Pero luego llega un minuto en que se desbloquean y les da mucho gusto porque pueden llegar a explorar el tema de verdad.
Los niños en cambio son menos rígidos. Pero hay que romper muchas barreras porque hay muchos vicios que se van adquiriendo en la escuela, con respecto a la pregunta. Cuando haces una pregunta normalmente no se “recoge”. No hay suficiente tiempo, no interesa, porque supuestamente no viene al caso. Tenemos que trabajar el interés hacia ellos cuando hacen una pregunta.

¿Crees que tus imágenes podrían usarse para trabajar con niños en una psicoterapia?
Nunca pensamos en eso, pero la verdad es que desde que lanzamos los libros, muchísimos psicólogos nos han contactado. Principalmente porque dicen que funciona muy bien para simplemente hacer hablar a los niños, para soltarles. Y como material de proyección también.

¿Crees que es más fácil abordar el tema de la lectura en los niños a través de libros como los tuyos que son más visuales que textuales? ¿Cómo ves que se comportan los niños con los que tu trabajas hoy con respecto a la lectura?
Nuestros libros tienen una ventaja, esa “entrada visual” porque permite un enganche más inmediato. Por ejemplo, yo utilizaba álbumes con los niños pequeños porque tienen la ventaja de que son cortitos y también tienen una complejidad interesante de explorar; un diálogo entre el texto y la imagen, pero aun así tardan entre tres a diez minutos leyendo el álbum. La filosofía visual para niños es muchísimo más inmediata, en el sentido de que miras la imagen como un posible instante de un posible cuento, que es también lo que buscamos. Que algo que esté pasando, que haya una acción, personajes, un posible antes y un posible después; un preguntarte por la motivación, por cuáles serán las consecuencias. Y eso, que posiblemente es un estímulo literario que te da un instante de una posible historia, entra de una forma muy rápida y permite enganchar y llevar al diálogo de la reflexión muy rápido, más rápido que un texto.
También es verdad que si trabajas con el mismo material las respuestas serán buenas. Es una cuestión de hábito. Con el proyecto yo quiero que, de vez en cuando, nos paremos a pensar, y que sea un hábito. Que nos detengamos a pensar durante media hora, una hora…

¿Lo que estás buscando es que la gente se cuestione?
Sí.

¿Qué estás buscando poner sobre la mesa al trabajar estos temas, como crueldad y libertad, que pueden ser tan controversiales? Sobre todo si se piensa que estás trabajando con niños, y que puede ser difícil tratar estos temas con ellos.
Por un lado, el foco en estos temas es una declaración de honestidad. Es decir, vamos a hablar de esto, y vamos a hablar de esto de verdad. Los niños están muy acostumbrados a recibir lecciones en cuanto a valores, de una determinada manera, con una corrección política espantosa.
La crueldad, por ejemplo, es un tema que nos inquieta, y que nos cuesta comprender de verdad, por eso es interesante. Si hacemos un libro sobre la bondad, la definición de ésta no será tan compleja, no nos cuesta entenderla.
Una forma de hacer despertar, cuando queremos llamar a reflexionar es provocando. No provocamos gratuitamente. Jugamos al borde, vamos probando y viendo.
La escena de los esclavos, por ejemplo, es la escena que a todo el mundo se le queda grabada, que le encanta a todo el mundo, quienes la ven eligen a cuál se llevarían a casa. Inmediatamente, cuando tú te metes en ese juego de elegir, permites que la reflexión posterior te toque mucho más.

¿Las imágenes provocan empatía en los lectores?
Te permite pensar en cosas horribles y decir: tranquilo, todos pensamos en eso.
Los niños no se abisman, les pasa todo lo contrario.

¿Qué futuros proyectos se vienen?
Bueno, en España ya se publicó Yo Persona que es una exploración de qué somos y quién somos, un poco a partir de comparaciones entre personas y robots.
Tenemos tres títulos más proyectados. El siguiente es sobre la realidad, imaginación y sueño y luego, el quinto será sobre la posibilidad, y el sexto será sobre el sentido de la vida, y se llamará Pero, ¿para qué?.
Estamos desarrollando también una línea para niños muy pequeñitos, sin texto ninguno, que juegan con variaciones de una misma escena.

Gloria Fuertes, la amiga de los niños

En el centenario de su nacimiento, recordamos a la española que escribió poesía para ellos, con su particular musicalidad y su tono cercano.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil

Hace cien años, nació la escritora española Gloria Fuertes (1917-1998), en un ambiente muy humilde, del ajetreado barrio madrileño de Lavapiés. A los cinco años ya escribía cuentos y dibujaba; su familia no la ayudó en el camino de las letras pero estaba convencida de que “si vales de verdad y quieres una cosa con todas tus ganas, sales adelante seguro”. Muy joven empezó a publicar sus poemas en revistas infantiles, y a leerlos en programas radiales. Luego, trabajó como redactora de la revista Maravillas donde publicaba cuentos e historietas. En la España de la post guerra, escribió un libro de Canciones para niños y Pirulí, Versos para párvulos, además de crear una pequeña biblioteca infantil ambulante que recorría los pueblos pues su interés era difundir los libros infantiles y que la poesía llegara todos los rincones españoles.
Gloria se autodefinía “la amiga de los niños” y como tal, escribió para ellos cuentos, obras de teatro, poesías, canciones, adivinanzas y acertijos. Su rostro fue muy conocido por la generación de niños y jóvenes de los años 70 por aparecer en programas de Televisión Española como “Un globo, dos globos, tres globos” cuya canción inicial fue compuesta por ella. Quienes fueron niños en esa época no podrían olvidarla.
Intuitiva, transgresora, disparatada, auténtica, fiel a sí misma; siempre de pantalones, con sus llamativas cortabas y sus frases punzantes a flor de piel. Se impuso en la España franquista con una forma de ser poco convencional: fumaba, bebía y andaba en moto. Escribía pensamientos y palabras en papelitos y servilletas. Decía lo que pensaba sin rodeos. Su humor era agudo y captaba a las personas a la primera mirada. Supo ganarse a grandes y chicos con su forma de hablar desenfadada, un tono conversacional muy castizo y de voz ronca pero a la vez dulce.

Le gustaba disfrazarse, jugar y sorprender al interlocutor. Evitaba a los niños que se le acercaban a pedirle autógrafos porque cuidaba su intimidad. Prefería comunicarse con ellos a través de sus canciones y poesías. Sabía que “un niño con un libro de poesías en sus manos nunca tendrá un arma entre ellas” y también que “los niños que leen poesía se aficionan a la belleza del lenguaje y seguirán leyendo poesía toda su vida”. “El mejor regalo para un niño es un cuento” solía decir.
Fue una defensora de la paz, enemiga acérrima de la violencia. Su poesía es anti autoritaria y llama a la comprensión de los seres humanos, borrando las diferencias. Combatió las discriminaciones de toda clase. Denunció la depredación de la naturaleza y el medio ambiente. Amó a los animales y a las plantas. Defendió la igualdad de género en una época en que la mujer estaba confinada al espacio doméstico y no estaba bien visto dedicarse profesionalmente a las letras, mucho menos a escribir poesía infantil. Tocó temas duros en su poesía para adultos como las injusticias sociales, la muerte y la soledad. Compartió en bares y tertulias con los poetas de la Generación del 50, como Miguel Celaya, Blas de Otero, José Hierro y Carlos Bousoño.
Su obra poética está llena de referencias autobiográficas porque se inspiró en sus propias experiencias, a menudo dolorosas. Cuando habla de sí misma, muchas veces de pequeños asuntos, da la sensación de que pone palabras a nuestros propios sentimientos.
Al morir a los 80 años, víctima de una enfermedad pulmonar, los niños de la Ciudad de los Muchachos de Madrid leyeron sus poemas y depositaron claveles rojos y blancos en su tumba. Fue irónica hasta para escribir su propio epitafio: “Ya no toso”.
Hoy, en el centenario de su nacimiento, se han sucedido en España homenajes, exposiciones y reediciones de sus libros para reivindicar su obra. Su poesía infantil, rica y lúdica, perdura por su musicalidad y un tono oral muy cercano a los niños. Antes de morir, aconsejó siempre la bondad y el talento a la hora de ponerse a escribir. Y esa fue siempre su regla de oro.

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Mesa de trabajo: Cristóbal Schmal

 

Líneas simples y duras, una paleta de colores contrastantes y una notable tendencia a las técnicas análogas como el grabado y el collage son algunas de la coordenadas que permiten reconocer el trabajo del ilustrador chileno Cristóbal Schmal. Sin embargo, esta enumeración de características no basta para definir su obra, la que esconde, tras su aparente sencillez e inocencia, una vocación rupturista y un constante desafío al lector.
Con un portafolio que reúne colaboración con Taschen, Lufthansa y The New York Times, este año fue seleccionado en la muestra de ilustración que realiza la prestigiosa Feria del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia y hoy, desde Berlín, su lugar de residencia, nos invita a conocer su Mesa de trabajo.

Por Claudio Aguilera

¿Cuál es tu primer recuerdo dibujando?
Es un recuerdo engañoso porque es a partir de una foto en que salgo con 6 años dibujando con la lengua afuera.

¿Cuándo dijiste por primera vez soy ilustrador?
Cuando me pagaron por hacer mi primera portada de libro en el año 2009. Dije para mis adentros: ¡Soy Ilustrador!

¿Una película o un libro que todo ilustrador debe ver/leer?
Stalker, de Andréi Tarkovski, y Los detectives Salvajes de Roberto Bolaño.

Menciona un ilustrador o una ilustradora que consideres un referente.
No es precisamente Ilustrador pero ha sido un gran referente: Joseph Beuys.

¿Qué haces cuando las ideas no vienen a ti?
Dibujo círculos, espirales y líneas.

¿Cuál es tu lugar favorito para dibujar?
Cerca de alguna ventana, con luz natural.

¿Qué no puede faltar nunca en tu mesa de trabajo?
Lápiz, papel, computador y música.

¿Hay algo que odies dibujar?
Niños, ancianos y gatos.

¿Cuál es tu técnica preferida?
Cualquiera dentro del grabado, el collage y el lápiz.

¿Qué frase se te viene a la mente cuando ves tus antiguos dibujos?
Súper Emo.

¿Qué opinas sobre el momento actual de la ilustración?
Es como un gran carrete universitario.

Cómo ilustrador ¿sientes que tienes un rol social?
Sí, el dibujo es un articulador social.

Un consejo para alguien que comienza a ilustrar:
Confía en tus instintos.


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Ilustraciones para la revista abordo de Lufthansa


Portadas para Libros de Cocina Veganos para la editorial Neun Zehn. Berlín 2016


Portadas para Libros de Cocina Veganos para la editorial Neun Zehn. Berlín 2016


Cristóbal Schmal
Diseñador de la Universidad de Valparaíso, ha desarrollado su carrera en Barcelona y Berlín, donde vive desde 2008.

Para conocer más de su trabajo, pueden visitar http://www.artnomono.com/

Leer Sin Palabras

Llegaron, hace un tiempo, y lo hicieron para quedarse. Los libros que no contienen ni una sola palabra se han convertido en un inmenso desafío para ilustradores, que son al mismo tiempo sus autores, lectores y mediadores. Cada vez son más las formas con las que queremos comunicar y qué mejor que hacerlo a través de un libro.

Al pensar en libros, nuestra mente, inevitablemente, traza una imagen de un cubo que, al abrirlo, se despliega y divide en muchísimas capas muy finas, cada una de estas dueña de un gran tesoro: palabras.

Hace algunos años hubiera sido un disparate pensar en un libro en el que su principal recurso, las palabras, por supuesto, no existieran. Como la innovación y el movimiento en nuestro mundo son ilimitados, llegó un punto en el que el paradigma cambió y aceptamos que los mensajes de algunos libros podían no estar contenidos en un conjunto de letras, frases y oraciones, sino que éste estuviera en el trazado, colores y formas.
Pueden gustarnos o no este tipo de libros, podemos o no considerarlos libros, pero no podemos negar que han ocupado un espacio clave en las artes narrativas , y que son una herramienta cuyo principal valor son las ilimitadas lecturas que se les puede dar, o al menos en esto coinciden varios estudiosos y exponentes del subgénero.
Emma Bosch es una estudiosa de este subgénero. En su tesis doctoral, Estudio del Álbum Sin Palabras describe el álbum Sin Palabras como una modalidad editorial que se vale exclusivamente de imágenes para explicar una historia. Como cualquier otro álbum la unidad de secuenciación es la página y las imágenes son esenciales.
Para empezar, un poco de historia. Las primeras obras del tipo que se vieron fueron las “Novelas en Grabados”, en los años 20, y alcanzaron su esplendor en los años 60, sobre todo en Estados Unidos y Europa.
Los primeros exponentes de las “obras en imágenes” son el belga Frans Masereel, el alemán Otto Nuckel y el norteamericano Lynd Ward. Masereel es, de hecho, el autor de las dos primeras obras publicadas que coinciden con este género: 25 Images de la Passion d`un Homme y Mon Livre d`Heures. Otros estudiosos, destacan la publicación de algunos de los álbumes de Maurice Sendak, Where the Wild Things Are y Hector Protector como obras que ayudaron a formar las bases de los Sin Palabras que conocemos hoy.


Libro Trapo y Rata, Magdalena Armstrong.

Las “obras en imágenes” nacen en respuesta a la influencia que estaba teniendo en ese minuto el grabado en madera en Alemania, el cine mudo y el asentamiento del cómics como catalizador de críticas sociales y políticas. Pero éstas son sólo influencias, ya que el desarrollo del género viene después, y se independiza.
Emma Bosch, en su tesis doctoral del año 2015, clasifica cinco modalidades de libros sin palabras agrupados en dos grandes categorías: libros narrativos y no narrativos. Entre los libros que cuentan una historia, podemos distinguir tres tipos: álbumes, cómics y flipbooks o foliocopios (libros con imágenes en secuencia que cambian de una página a otra). Y en el grupo de los no narrativos, encontramos dos tipos: imaginarios o catálogos de imágenes y libros-juego. Se trata de una clasificación teórica porque hay muchas obras a las que es difícil poner una sola etiqueta.
De hecho, una de las cosas que más le llamó la atención al comenzar a estudiar los libros Sin Palabras fue la cantidad que existían y de índole tan diversa.
Emma Bosch es también quién se niega a llamar a estos libros silentes, como muchas veces se hace. Sostiene que si bien hay narraciones “silenciosas”, porque los protagonistas no hablan, también las hay con personajes que han sido “silenciados”, con caracteres que se comunican con imágenes (imagoparlantes), y con personajes que hablan de manera “ininteligible”.
La experta Ana G. Lartitegui, por su parte, se introdujo en este mundo alrededor del año 2009, movida por lo poco que se había estudiado con respecto al tema, “todo lo relativo a la imagen estaba por indagarse, habían estudios pero no con respecto a la imagen en relación al álbum”. Así, decidió replantear su trabajo desde un punto de vista reflexivo, y entender su labor como ilustradora dentro de lo que es un álbum.

“La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.”

Es absurdo comparar un Sin Palabras con un libro tradicional. Cada uno tiene una función, y es distinta. Si un autor decide prescindir de las palabras en su obra es porque busca que el lector complete el mensaje. En la lectura de libros Sin Palabras se requiere de un esfuerzo creativo que podría considerarse más amplio que el que se realiza en una lectura tradicional. La palabra ancla, sujeta un posible detonador; la ilustración muestra la imagen de un momento y las lecturas de ésta son infinitas. Al no tener palabras, el mensaje que se quiere entregar será siempre más escurridizo, menos acotado. La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.
Emma Bosch sostiene que los Sin Palabras evidencian el carácter expresivo, comunicativo y narrativo de las imágenes; promueven el conocimiento del lenguaje visual y de las imágenes secuenciales y amplían el espectro de posibles maneras de ver, jugar y narrar, “creo que en un mundo en el que lo visual tiene tanta presencia, aprender el funcionamiento de este lenguaje, disfrutando con estas obras es uno de los valores principales de los libros que no tienen palabras”.


Libro Cinema Panopticum, Thomas Ott.

Autor y lector
Al recibir una obra Sin Palabras el lector juega con su capacidad intelectual para desgranar todo lo que está ahí preparado para él. Este tipo de libros apelan a la imaginación y la creatividad; son juguetones.
Ana G. Lartitegui anima a todos a probar su lectura. “Hay para todos los gustos, y edades. Puedes leer Cinema Panopticum, de Thomas Ott. Una novela negra, oscura, ideal para jóvenes y adultos, o puedes jugar con libros que son totalmente libres, lúdicos, y que por supuesto, se acercan más a los niños. Recomiendo Chiffres en tete de la francesa Anne Bertier”.
Magdalena Armstrong es ilustradora, chilena, y se ha dedicado de lleno a los Sin Palabras. Su fascinación por Quino la inspiró a entregar mensajes a través del dibujo, “era muy floja para leer y los chistes que más me gustaban eran, precisamente, los que no había que leer. Leía libros en los que sólo veía monos, e interpretaba. En algún momento, más grande, leí los textos y me di cuenta que siempre me había imaginado cosas nada que ver”. Su primer libro fue Trapo y Rata, que ganó el premio A la Orilla del Viento. Esto el 2010 y desde ahí no ha parado; posterior a eso, vinieron Quién Fue y Caballito Blanco, lo que la ha convertido en la principal exponente de Sin Palabras del país. El desafío es lograr que las imágenes hablen por sí mismas. En una imagen todo se lee, nada es al azar. Hay cosas decorativas, pero es lo mínimo, está todo pensado. El motor que ha movido los temas que escoge Magdalena es la naturaleza y su cuidado, “la estupidez humana me motiva a querer dar mensajes, me encantaría volver a la esencia de la naturaleza humana. Con mis libros busco dar mensajes importantes a través de la ternura, pero con mensajes crudos, ese es mi lenguaje”. En su ilustración en particular, el énfasis está en las expresiones, con lo que busca interpelar con la emoción, probablemente relacionado a su formación de actriz, “actúo a través de esos monos. No me gustan las ilustraciones decorativas”.


Libro Chiffres en Tète, Anne Bertier.

Para Ana G. Lartitegui es más difícil desarrollar un libro Sin Palabras, ya que hay que tener el guión muchas veces en la cabeza, hay que esforzarse porque en el discurso visual nada quede al azar, o si queda algo, sea porque así lo quiere el autor.
La ilustradora comenta que un agente se comprometió a mover su libro Trapo y Rata en la Feria de Bolonia. Magdalena le preguntó cómo le había ido y ella le respondió que no había tenido éxito, que estos libros están fuera del mercado. Eso fue el año 2015.
“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.”

“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.” Magdalena Armstrong

En estos libros, la interpretación del lector puede ser más abierta que en los tradicionales y quizás por esto dentro de otros motivos, los relacionamos a los niños.
Aunque parezca sencillo, no cualquiera es un candidato ideal a leer Sin Palabras. Se necesita estar al tanto de las convenciones de la comunicación visual y de las artes, tener ciertos parámetros. Se requiere de una mínima alfabetización visual. No nacemos con esas concepciones mínimas, como nos cuenta Ana.
Magdalena piensa en los papás más que en los niños cada vez que desarrolla una obra, “para mí, ellos son los más preocupantes. Los monos pueden ser para niños, pero los mensajes quiero que calen más a los papás que a los niños. Ellos son los que hacen y deshacen”.


Libro Antes Después, Anne Margot Ramstein y Matthias Aregui.

¿Mediación?
Este es el punto clave en la lectura de esta clase de libros. Al entender el proceso creativo y conocer el perfil de quiénes serían los lectores idóneos, no podemos dejar de pensar en el rol de un mediador y cómo éste pudiera convertirse en personaje clave en la lectura de libros Sin Palabras.
No va a ser lo mismo interpretar y leer las imágenes con toda la libertad que esto conlleva, dentro de los estereotipos y limitaciones de nuestra propia mente, que acercarnos a este tipo de lecturas con la ayuda de un mediador.
“En cualquier manifestación comunicativa, el mediador se hace necesario cuando el lector no tiene las herramientas suficientes para descifrar el mensaje. Con lectores expertos, en principio, no debería ser necesaria la presencia de un mediador para leer libros Sin Palabras, sostiene Emma Bosch, “la lectura es mucho más rica y se disfruta mucho más si se comparte con un co-lector. De hecho, en las experiencias de lectura autónoma que he presenciado en las aulas, se vuelve imprescindible compartir con los compañeros el acto de descifrar los signos visuales”. El mediador debería ser un facilitador de la lectura, un guía, un acompañante. Eso quiere decir que no tendría que dar soluciones, sólo dar las mínimas pistas para que el lector pueda descifrar las imágenes.
Para Ana la figura del mediador es fundamental, y no es tarea fácil. “No puedes matar la propia interpretación del lector, pero si desafiarlo y provocar su curiosidad. Hay que saber entrar a ese juego, por dónde vas a interesar al lector que quieres llegar”.
Magdalena coincide en que el mediador juega un papel muy importante, “los niños gozan los libros porque tienen mucho que descubrir en las imágenes, pero está la trampa de que yo se los estoy contando. No sé si se concentrarían de la misma forma solos con el libro”.

Sea como sea, estamos siendo testigos de la inclusión de este subgénero dentro de la narrativa; una no convencional en donde hay que dejar volar la imaginación.
La invitación es a conocer estos libros e incorporarlos en nuestras lecturas.

 

Hablemos de Lectura

Como tantas veces los resultados de una prueba estandarizada como el SIMCE nos llevan, como institución, a reflexionar sobre el estado de nuestra sociedad, más allá del tema pedagógico y escolar.

Lamentables índices, variadas explicaciones –ninguna de las cuales convence por completo- y algunas excusas y medidas para evadir la profundidad de esta realidad: En Chile leemos poco, manejamos cada vez peor el lenguaje; pensamos,sentimos y creamos menos. Preocupante, pero cierto.

Cuando hablamos de lectura hablamos de algo mucho más profundo que las mediciones y las prácticas pedagógicas, hablamos de una visión como sociedad respecto de la cultura, y más importante aún, del lenguaje, que, en definitiva, es el que configura las mentes, pensamientos y procesos críticos, creativos y expresivos de la ciudadanía. Concebimos al ser humano como un individuo que en esencia piensa y siente, pero: sin lectura hay escaso manejo del mundo de la palabra y sin ésta, sin lenguaje, no hay pensamiento. A su vez, sin afectividad no hay aprendizaje y sin contextos sociales amplios y abiertos que valoren y enriquezcan el mundo de las ideas, no hay bienestar ni crecimiento. En síntesis, sin lectura ni lenguaje se mutila parte de nuestra esencia.

Nuestra propuesta, dado lo anterior, es clara… a mayor afectividad, mayor aprendizaje, a mejor manejo del lenguaje, mayor desarrollo del pensamiento, y quizá, para estos efectos lo más importante, a mayor involucramiento social –no solo desde el mundo escolar y público, sino también desde el privado, a nivel empresarial, familiar y comunitario- mayor desarrollo de instancias gozosas, formativas y evolutivas de nuestro pensamiento como individuos y sociedad.

Apelamos entonces a una sociedad que posicione este tema como una forma de restituir la esencia pensante y sintiente del ser humano.