Categoría: RHUV

Jella Lepman, una mujer en tiempos de guerra.

En una Alemania destruida por las bombas de la Segunda Guerra Mundial, la periodista alemana de origen judío Jella Lepman confió en el poder de la literatura infantil y juvenil para fomentar la paz y la tolerancia.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil


Ilustración de María Paz Muñoz

Las iniciativas destinadas a divulgar la literatura infantil y juvenil de calidad le deben mucho a Jella Lepman (Stuttgart, 1891-Zurich, 1970), una mujer valiente que dedicó su vida a difundir los libros infantiles en condiciones de extrema dificultad. Viuda de 30 años y con dos hijos, huyó a Inglaterra donde se refugió para escapar de los campos de concentración de prisioneros judíos. Al término de la guerra, fue invitada por el gobierno norteamericano para regresar a Alemania a trabajar en la reeducación de las mujeres y los niños. Recorriendo en jeep la ciudad de Múnich devastada por las bombas, vio a niños sin hogar en medio de los escombros. Comprendió que debía emprender una cruzada para reunir libros infantiles de todo el mundo con el fin de que esos niños pudiesen asomarse a otras culturas. Tenía que engrandecerles la mente y la esperanza con libros bellos en un afán de libertad y renovación.

Muchos países apoyaron su iniciativa y le enviaron libros infantiles para crear en 1949 la Biblioteca Internacional de la Juventud en un antiguo palacio de Múnich. En esas lujosas salas, donde en otra época Hitler hospedó a Mussolini, realizó la gran exposición de libros infantiles con el propósito de fomentar la comprensión internacional a través de la literatura infantil y juvenil. Eran libros de cuentos que mostraban ilustraciones de otras latitudes, libros en otros idiomas. Los niños de la guerra se acercaban fascinados a sus páginas, temerosos al comienzo, con más confianza después. En las páginas de esos libros recobraban la alegría y encontraban un mundo más feliz a través de la imaginación. Comprendían que en otros países había otros universos posibles y niños que soñaban y jugaban como ellos, en mundos lejanos. Jella Lepman sabía que esos libros podían contribuir a formar una nueva generación de niños lectores abiertos a otras culturas, credos y razas.

La biblioteca creada por esta mujer visionaria impulsó la literatura infantil a través de cursos, seminarios, charlas, encuentros con autores, conferencias, lecturas, teatro de marionetas y de sombras, clases de idiomas con ayuda de libros infantiles y talleres de pintura infantil. Todos tenían cabida en esas salas bellamente decoradas.

En 1953 creó IBBY (International Board on Books for Young People), organización para el Libro Juvenil que agrupa a profesionales del libro en todo el mundo. En 1964 publicó su autobiografía que se tradujo al inglés en 1969, y ahora por primera vez en español con el título Un puente de libros infantiles (Creotz Ediciones, España, 2017). En ella, da testimonio de las dificultades que tuvo que sortear para llevar a cabo su ambicioso proyecto en medio de las adversidades. Es un libro extraordinario, lleno de anécdotas y salpicado con toques de fino humor, recomendado especialmente a escritores, mediadores de lectura, bibliotecarios y especialistas de la LIJ como ella, que aman y difunden los libros infantiles.

Con el correr del tiempo, sus iniciativas se han multiplicado en todo el mundo, pues fueron muy inspiradoras para los nuevos profesionales de la LIJ. Prueba de ello es la Biblioteca Internacional de la Juventud que desde 1983 funciona en las afueras de Múnich, en el castillo de Blutenburg, precioso pabellón de caza del siglo XV, transformado en una biblioteca única, con una colección de 630.000 libros infantiles de todo el mundo. En sus anaqueles se atesoran colecciones de libros infantiles antiguos y modernos que son verdaderas obras de arte y que inspiran a sus nuevos creadores. Muchos escritores acuden a sus salas a conocer las últimas tendencias de la literatura infantil universal y a recrearse en sus maravillosas ilustraciones. A su vez, esta biblioteca ha creado una distinción llamada White Ravens, que premia anualmente los libros infantiles de más alta calidad en todo el mundo. Este castillo de libros de cuentos ha recibido el reconocimiento de escritores como Erich Kästner, Michael Ende o James Krüss, y la visita de expertos, editores y autores internacionales que acuden a investigar en diversos temas asociados a la LIJ.
Como puede verse, las ideas de Jella Lepman a favor de la literatura infantil y juvenil para favorecer la paz y el entendimiento entre los pueblos están hoy más vigentes que nunca.

Publicado en RHUV Nº26

En torno a la violencia en la LIJ

Vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes.

Por Hugo Hinojosa, especialista en literatura, integrante de CiEL Chile


Ilustración de Francisca Luco Verdugo, Moriven | moriven.illustration@gmail.com

Un auto pasa a toda velocidad sobre las ramblas barcelonesas, matando a un par de turistas. Otro auto avanza en Estados Unidos, atropellando a un grupo de protestantes contra los supremacistas blancos y dejando una víctima fatal. Todo esto será luego transmitido por televisión a través de sus noticiarios y extras informativos, estará presente en las páginas de portada de diversos medios de comunicación nacional e internacional, difundido a través de redes sociales, replicado en cientos de videos de YouTube. Y crecerá la paranoia, mientras presidentes y mandatarios de diversos países comentan en torno a sus armamentos y la posibilidad de su uso en caso de agresión. Y no nos olvidemos de la violencia ejercida contra mujeres, que terminará en horribles crímenes cubiertos ampliamente por la prensa. Padres y madres creerán ver en la música o en los videojuegos que sus hijos e hijas consumen la respuesta al grado de hostilidad presente en ellos.

Un panorama de la violencia
Claramente vivimos en un ambiente social en donde la violencia y la discordia son omnipresentes. Una violencia diversificada, naturalizada y asumida como parte de una realidad cotidiana, que aunque nos golpea, parece que ya no nos hace daño. Sin embargo, mientras este panorama va creciendo y sosteniéndose, se siguen manteniendo ciertos criterios (editoriales y pedagógicos) en torno a la literatura dirigida a niños, adolescentes y jóvenes; criterios que operan desde la flagrante censura y omisión de temáticas sensibles, hasta el abordaje paternalista completamente edulcorado para este público lector. Importante sería considerar entonces cuál es el rol que le asignamos, o más bien, qué entendemos por literatura. Mientras ya en los ajustes curriculares del área de lenguaje de nuestro propio sistema educativo se sostiene a esta como “constructo verbal y, por tanto, cultural, cargado de sentido”, es decir, en contacto permanente y bilateral con la sociedad que la produce, preferimos sobreexplotar la violencia de la era de la posverdad a través de los medios de comunicación, mientras queremos esconderla en la obras de ficción que la recrea.

Según la Real Academia Española, la palabra “violencia” proviene del latín violentia, como una cualidad de “violento” también del latín violentus. Este devaneo etimológico nos lleva a comprender que violentus implica en su raíz el exceso o abundancia de fuerza en una acción, lo que nos conduce a comprender que la violencia (y su aplicación) no está solamente presente en la realidad, sino que opera en la forma en que los textos dirigidos a públicos infantiles, adolescentes y juveniles son censurados o manipulados por los adultos. Negar la propia realidad hostil es un gesto violento, pero habría que matizar hasta qué punto los textos literarios funcionan en dicha lógica.

La ideología tras la violencia
Cuando se abordan obras literarias, cualesquiera sea su tipo, se hace necesario comprender que tras ellas siempre hay una ideología explícita o implícita que las está sustentando. Aquella idea se vuelve aun más relevante, al intentar establecer algún tipo de lectura en torno a la violencia que se presenta en algunos textos dirigidos a niños o jóvenes. Si pensamos en la propia tradición escritural (y visual) asociada a los libros infantiles y, posteriormente, juveniles, veremos que la agresividad se hace presente constantemente. Así, por ejemplo, mientras los reconocidos hermanos Wilhelm y Jacob Grimm prefirieron eliminar ciertas referencias sexuales que se encontraban en las versiones previas de Caperucita roja, como la de Charles Perrault de 1697, no tuvieron ningún problema en mantener y acentuar ciertas escenas violentas, con la finalidad de generar un cierto alivio psicológico en el lector infantil tras el triunfo del bien y el castigo del mal. De esta manera, el clásico “fin justifica los medios” es reconocible cuando al cazador se le permite abrir de lado a lado al lobo, con tal de salvar a la abuela y Caperucita, para luego rellenarlo con piedras y, una vez muerto, despellejarlo. Desde dicha perspectiva, podríamos ver en el trofeo de la piel del lobo un símbolo de la destrucción absoluta del miedo en la mente de los niños. Posteriormente, en versiones como el relato versificado de Caperucita realizado por Gabriela Mistral, encontraremos que la violencia no es erradicada de la obra, aunque la autora decide mantener trazos del original de Perrault, y además asumiendo la muerte de la protagonista con una brutalidad inusitada para los relatos infantiles.

Esto se explica en palabras de la misma autora, quien señala: “que la primera lectura de los niños sea aquella que se aproxima lo más posible al relato oral, del que viene saliendo; es decir, a los cuentos de viejas y los sucedidos locales”. Es así como, a pesar de escoger de guía una versión netamente literaria (para este caso la clásica de Charles Perrault), la poetisa es consciente de que hay un relato previo anclado en la oralidad, y que este sería el espacio que pareciera ser más adecuado para hacer entrar a los niños. A pesar de esto, no debemos olvidar los cambios evidentes que podemos hallar al traspasar los relatos desde la oralidad hacia la reescritura literaria. Omisiones, cambios, diversas modificaciones al ritmo narrativo, entre otros, van haciendo que lo que llega a nosotros sea solo un remedo del original, pero aun así podemos intuir aquella esencia de la historia inicial. En el caso específico de este relato, su modificación (hasta llegar a la versión específica de Mistral) se vuelve relevante, porque deja a la vista la ideología que intenta formar a los niños, pero desde la violencia y el miedo.

Tal como indica la especialista española Teresa Colomer: “Las versiones populares contienen características típicas del folklore que fueron vulneradas tan pronto como la escritura las fijó (…) estas versiones orales fueron convertidas en “literatura” y dirigidas a una audiencia muy diferente de la de los cuentos de tradición oral. Para poder adecuarse al público de la corte de Luis XIV en Versalles, Perrault censuró los elementos más crudos del relato”. Es decir, en el traspaso hacia la escritura, y luego hacia la literatura infantil, el texto fue siendo limpiado y moralizado, pretendiendo con ello generar una enseñanza particular. Con las reinterpretaciones posteriores (como la de los hermanos Grimm), vemos que el caso se extrema, y episodios violentos, como la propia muerte de la protagonista, son modificados permitiendo una conclusión feliz y satisfactoria ante la acción criminal del lobo, pero que sigue manteniendo la brutalidad en la resolución de los conflictos.

Ahora, si pensamos en otros relatos tan familiares y reconocibles como el Peter Pan de J. M. Barrie, veremos personajes como el villano Capitán Hook temiendo ser devorado por el cocodrilo, el mismo que ya se ha comido anteriormente su mano, luego que la cortara Peter en una de sus batallas. Este breve ejemplo nos muestra como en gran parte de estas historias clásicas, la utilización de la violencia explícita es justificada, ya que se está castigando la perversidad. De esta manera, el conflicto entre el bien y el mal siempre es decidido a través del uso de la crueldad y la agresión. Asumiendo, nuevamente, que la literatura opera bajo ciertas ideologías y modelos culturales, podríamos suponer que la lógica tras estos relatos no se aleja mucho de los discursos tan actuales de la guerra contra el terror, que proponen algunos estados contemporáneos. Al parecer, desde esa vereda, la única respuesta del ser humano a la violencia sería responder con más violencia.

Si seguimos avanzando y considerando otros referentes tradicionales, como el clásico Pedro Melenas (Struwwelpeter) de Heinrich Hoffmann, publicado en 1845 y asumido como precursor del libro álbum, apreciaremos de manera visualmente explícita la violencia. En esta obra se incentiva el miedo y el terror como una manera de generar un comportamiento adecuado para la infancia (siempre desde la visión del adulto). El afán formador y moralizante tan propio de las obras infantiles del siglo XIX acentúa la idea del “deber ser” del niño y para ello, el recurso de la violencia impuesta ya no solo sobre el mal, sino sobre el propio lector, genera un espacio en donde la agresión se valida como instrumento pedagógico. Si pensamos en nuestros abuelos, recordaremos el tradicional discurso de “la letra entra con sangre” que era tan familiar, pero en donde parecía que no había ningún tipo de verdadero cuestionamiento a dicha expresión coloquial. El mismo Hoffman dirá: “la imagen de la desgracia instruye más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones”. Entonces, podemos ver que, por lo menos en sus inicios, el uso de la violencia y la crueldad en textos dirigidos a niños y jóvenes fue fortalecido por un afán moralizador que formaría la conciencia de estos.

Acá estamos hablando de una violencia que podríamos señalar como explícita, lo que en palabras del sociólogo noruego Johan Galtung se define como “violencia directa”. Por otro lado, para este investigador hay cierto tipo de violencia que no se muestra abiertamente, que queda escondida, y es esta la que generalmente impacta mayormente en los textos dirigidos a infancia, adolescencia y juventud. A esta le denominaremos “violencia cultural”, la que se define como aquellos aspectos de la cultura (como la literatura) que son utilizados para validar o legitimar aquella violencia que está más a la vista. Para Galtung, esta violencia simbólica “no mata ni mutila como la violencia directa, pero igual hace daño”. Es decir, esta definición se torna relevante ya que hace evidente que en muchas obras la violencia no solo es aquella visible, como en el castigo al lobo o el miedo de Garfio a ser devorado por un reptil, sino que también está presente en lo que se dice, en lo que se impone como idea en las historias, ya que esto finalmente impactará en aspectos tan importantes como la construcción de la identidad individual y social de los propios lectores infantiles o juveniles que acceden a ellas. De esta manera, será recurrente percibir, luego de un simple análisis, que tras los afanes moralizantes de algunos relatos se esconden discursos de odio y agresión más violentos aun.

Esto nos sitúa en una interesante encrucijada, en la cual deberíamos hacernos un par de preguntas. ¿Debemos entonces censurar toda violencia presente en los relatos para niños y jóvenes? ¿O más bien es el uso que se le da a cierto tipo de violencia explícita en las obras? Claramente la salida no va en obviar o esconder la crudeza, convirtiendo las diversas historias en relatos estériles e ingenuos, sino más bien en hacer conscientes los mecanismos que avalan o se oponen a algunos modelos culturales. Podríamos contraponer a dicha postura la reflexión planteada por la célebre ilustradora Jutta Bauer en su última visita a Chile, cuando indicaba que, considerando la hostilidad permanente a la que somos sometidos en el mundo, hacer obras alegres para los niños se vuelve necesario y los mismos lectores lo requieren. Pero dicha posición no se confronta a una lectura crítica en torno a ciertas obras. De esta manera, apreciaciones negativas en relación al género (como, por ejemplo, el posicionamiento de la mujer en la sociedad), agresiones solapadas vinculadas al racismo, ocultamientos de la marginalidad o la pobreza, entre otros, podrían ser expuestos abiertamente para ser discutidos y pensados por los propios lectores. Mientras no sea evidente la violencia cultural, se seguirán avalando los otros tipos
de agresión más visibles.

En esta perspectiva, pensando en obras creadas para jóvenes, tenemos casos tan reconocibles como Los juegos del hambre, en que la presencia de una aparente protagonista femenina empoderada oculta una construcción del personaje desde un modelo masculino agresivo, que viene a replicar las miradas habituales en torno al género en otras obras más explícitas. Por otra parte, la violencia más directa, que apreciamos en los propios juegos del hambre y luego en la guerra que se desata contra Panem, hace que la obra asuma la agresión y la muerte como único medio de supervivencia en un entorno hostil. Esta misma forma de abordar las historias es frecuente en otros relatos adolescentes y juveniles de moda (como Maze runner o Divergente), cuyo centro en la acción, la aventura y, por supuesto, la violencia, se muestran como las únicas posibilidades de representación de la adolescencia y la juventud.

La violencia como motor reflexivo
Es evidente que la erradicación de la violencia como tema no es la salida en las obras dirigidas a niños y jóvenes. Muchas veces, su tratamiento adecuado permite a los lectores asumir realidades que en su dureza ayudan a situarnos como individuos en espacios complejos, la mayoría de las veces agresivos. Así, es interesante observar a autores como el célebre Roberto Innocenti o el colombiano Jairo Buitrago, quienes discuten con ciertos grados de violencia cultural abordando temas complejos y duros, pero permitiendo que no opaquen el centro de sus relatos. Son destacables en el caso de Buitrago sus obras Camino a Casa (junto a Rafael Yockteng) y Un diamante en el fondo de la tierra (con el chileno Daniel Blanco Pantoja), en las que decide acercarse a las situaciones de violencia de estado tan frecuentes en las dictaduras latinoamericanas, pero sin poner la mirada directa en la crudeza de los hechos, sino más bien ahondando en las diversas consecuencias personales, familiares (y sociales) de estos procesos políticos tan brutales en nuestros países.

Siguiendo la misma línea temática, pero en clave novelística, podemos destacar Matilde de Carola Martínez, escritora chilena radicada en Argentina, y Piedra, papel o tijera de la argentina Inés Garland, las cuales abordan de manera más frontal los procesos dictatoriales, permitiendo que la violencia sea escenificada, pero como resultado de una sociedad quebrada. La violencia también puede ser una metáfora, una atmósfera que enrarece los espacios, generando una sensación de que la sordidez está ahí, frente a nuestras narices, como es el caso de La niña calva, breve relato de Jorge Franco, muy bien ilustrado por Daniel Gómez Henao, cuya historia de una niña pequeña encerrada en casa nos deja con un sabor agrio al final. Por otro lado, es ejemplar el caso de la ampliamente reconocida escritora brasileña Lygia Bojunga, quien a través de textos imprescindibles como El abrazo, Mi amigo el pintor o Retratos de Carolina, se enfrenta a temáticas tan duras como el suicidio, la violencia sexual, la muerte, entre otras; pero siempre bajo un lenguaje cuidado, profundamente poético y que nunca es condescendiente con sus lectores. Finalmente, en una vereda similar podemos destacar el trabajo de Natalia Silva, alias Natichuleta, autora de la novela gráfica No abuses de este libro, y Azul, de Marcela Paz Peña junto a José Andrés Murillo, quienes abordan de manera directa la situación de abuso sexual hacia menores de edad, pero siempre estableciendo el camino de la resiliencia desde una mirada que acoge, y no que intenta apologizar o educar ante una situación tan traumática.

Es así que una gran cantidad de obras actuales han decidido hacerse cargo y asumir la presencia de la violencia en nuestras vidas, pero comprendiendo que no podemos obviarla o esconderla bajo la alfombra, intentando generar un espacio protegido para la infancia o la juventud, sino más bien presentándola como algo que hay que discutir. El discurso de la violencia tampoco puede ser aleccionador o moralizante como lo fue en siglos pasados, usándola como medio para generar el terror en una estrategia de shock inmediato. Por el contrario, la violencia directa, o la cultural que se esconde tras las imágenes o las palabras, pueden ser los medios que permitan pensar el tipo de sociedad que estamos construyendo, al asumir a los lectores en su capacidad de reflexionar el mundo que los rodea.

Publicado en RHUV Nº26

Azul. El dolor de la infancia

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar
el propio yo más que acompañarlo.

Por José Andrés Murillo, director Fundación Para la Confianza y autor de Azul.


Ilustración de Valentina Silva

El lenguaje no crea realidad. Pero sí puede ocultarla y volverla dolorosa a través de ese otro lado del lenguaje, que es el silencio. Más bien diríamos: silenciamiento. Así ha sucedido durante siglos -y sucede aún hoy- con la violencia cometida contra niños y niñas. Se trata de una violencia que, además de permanecer impune, muchas veces se disfraza de educación, disciplina o respeto por los adultos. Violencia que si no se nombra, se normaliza y fortalece. Aun más, cuando la violencia se normaliza, generalmente se culpa a las víctimas (explícita o implícitamente) del sufrimiento que les produce.

Esta es la violencia que queremos nombrar hoy. La violencia contra la infancia que muchas veces es sutil, engañosa. Nombrarla por primera vez o tal vez inventar una nueva manera de llamarla, para superarla.

Sin embargo, no podemos comprender la violencia sutil contra la niñez si no pasamos por la violencia brutal de la que aún son víctimas miles de niños y niñas en nuestro país. Muchos más de los que quisiéramos creer1. A veces queremos tanto que no exista esta violencia, que pasa por nuestro lado sin ser percibida como tal, con lo que se fortalece. Entonces hay que juntar valor. Valor para nombrarla, verla, combatirla. Esto permite ir creando los caminos para resignificarla, asumirla y superarla. La violencia que ha sido silenciada. Sabiendo que en muchos casos un niño -un adulto que vive con su historia de niño violentado- no es que no quiera, sino que no puede nombrar la violencia de la que fue víctima. Aunque la sufra, aunque le provoque tristeza. La estructura misma de la violencia y el trauma producen un vacío cognitivo respecto de lo vivido, lo sufrido. No hay una decisión de guardar silencio, de olvidar un evento traumático, sino que el contexto en el que tiene lugar el trauma, y el trauma mismo, traen consigo el silencio, su silenciamiento.

Pero silencio no significa inexistencia. El olvido cognitivo lleva muchas veces aparejada una memoria afectiva y corporal monstruosa. Memoria traumática. La estrategia de supervivencia del cuerpo de un niño ante el estrés que provoca un evento muy traumático, como un abuso sexual por parte de un ser cercano, un ser que se suponía que estaba ahí para cuidar, para ser confiable, consiste en una desconexión de su sistema consciente. Se desconecta el sistema consciente integrado de la percepción del ambiente entre memoria, emoción e identidad. Es lo que los especialistas llaman disociación. Ese mecanismo de defensa que tenemos ante situaciones que sobrepasan nuestra capacidad de integrarlas, como la traición que implica la violencia física o simbólica ejercida por alguien cercano. Es decir, ante la traición del cuidado.

Ahora bien, la disociación no implica la eliminación del dolor desde la memoria traumática, sino solo su fragmentación. La memoria traumática seguirá presente, pero de manera fragmentada, no a modo de consciencia, sino corporal, afectivamente; hiriendo, socavando el yo que sigue huyendo hacia dentro o hacia fuera, huyendo del dolor. El proceso simbólico de nombrar la violencia implica casi siempre revivir de manera consciente el dolor, integrar la memoria, la identidad y la sensación de realidad, corporal y ambiental. Dolor físico, pero también dolor de la traición, la confusión, manipulación hasta entonces sin nombre. Niños y niñas que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia por parte de algún ser cercano, incluso por parte de un ser querido, demoran a veces más de 10 o 20 años en encontrar el nombre para esa sensación de tristeza que los acompaña. Tristeza que es consecuencia de una violencia que no debiera tener nombre porque no debiera existir. Sin embargo está ahí, y algunos hemos querido encontrar estrategias para acompañar a personas que lo han sufrido, para que en este proceso no tengan que sacrificar su propia identidad o supervivencia.

Es así como hemos querido crear maneras de comprender, de prevenir situaciones de abuso o maltrato infantil; detectarlas, intervenirlas y acompañar a personas que fueron víctimas durante su niñez. Este es un desafío tan grande como urgente. Hay situaciones de violencia hacia la infancia que son tan traumáticas, que prácticamente nadie las discute, como el abuso físico y sexual. Sin embargo, hay otras formas de maltrato que también están ahí, más sutiles, y provocan igualmente traumas que no siempre son conscientes, que muchas veces solo traen aparejados tristezas profundas y sin nombre, sin forma, sin aparente razón.

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar el propio yo más que acompañarlo. Doblegar que viene más del miedo de los adultos que de la necesidad de educar. Miedo a perder poder, ser cuestionados, no saber qué hacer. Miedo al fascinante y aterrador mundo de la infancia, que vive otra lógica, otro lenguaje y que tiene más para enseñarnos que lo que nos atrevemos a aceptar. Porque rompe, cuestiona e interpela la lógica y el lenguaje adultocéntrico de poder, de producción, de competitividad, de desconfianza, de abuso. Por eso, en lugar de acompañar, los adultos queremos doblegar. Es lo que sentí cuando una persona, muy bien intencionada, me regaló el libro Duérmete niño, que se supone enseñaba una técnica para, en 7 días, hacer dormir a un niño solo. Cuando la primera noche quise aplicarlo, nos dimos cuenta de que era una técnica para doblegar hasta el cansancio la necesidad de nuestra hija de estar en mis brazos. Sentí el peso del miedo y la impotencia, y su llanto fue voz, fue interpelación. En ese doblegar, sutil y por tu propio bien -diría Alice Miller- se inoculaba la raíz de la impotencia, la rabia sin nombre y sin objeto, la violencia hacia uno mismo y hacia los otros. Asumir que prácticas que tenían el nombre de educación pueden ser violencia, y devolverles el nombre, libera.
Cuando escribimos el libro Azul con Marcela Paz Peña, acerca de un niño que sufre una vulneración y, aun más doloroso, sufre la incredulidad, la indiferencia, la incomprensión, la falta de nombre por parte de los adultos, de ese dolor, el nombre llegó solo. La inmensidad del cielo y el mar, la omnipresencia que parecía tener el color azul era suficiente para llamarlo así. Sin embargo, fuimos más allá. Nos dimos cuenta de que en la Grecia antigua no había un nombre para ese color. Aún no está claro si estaba prohibido nombrarlo, no tenía nombre o no lo veían.
Hay algo en nosotros, los adultos, que hace que no podamos nombrar el dolor de los niños. Y no es solo indiferencia o falta de empatía. A veces lo es. También puede ser miedo a no poder comprenderlo, consolarlo, acompañarlo. Entonces surge el poder de la doblegación, el olvido, la orden de no llorar, si no es para tanto. Y así, la indicación de transformar una experiencia dolorosa pero real en un delirio. A negar y transformar en dolor, sin nombre, sin lugar… disociar. Pero también se puede emprender el desafío de acompañar. Sin negar ni sobredimensionar. Acompañar. Estar ahí, validar, hacerse cargo junto a él, de ese dolor injusto, absurdo, horrible pero real. Y así, integrar. Es lo que sucede cuando nombramos un color -imagen recurrente del mundo de los afectos- que parecía ser sin nombre. Como azul.

Violencia en la LIJ chilena: El lento camino para hacerla visible

¿Visibilizamos la violencia en la literatura infantil? ¿Cómo lo hacemos? ¿Qué temáticas particulares queremos tratar? Estas preguntas y más son las que nos hicimos y que quisimos responder a través de las voces de editores chilenos. Cómo se están haciendo cargo ellos de los temas violentos en la LIJ y cómo logran cautivar a sus pequeños lectores.

Por Catalina González, editora FHUV


Ilustración de Manuel Méndez | Manu con tinta

En el momento en el que nos decidimos a abordar el tema de la violencia en la literatura infantil y juvenil asumimos que la tarea no sería fácil. Cualquier asunto que conlleve una implicancia moral o ética es complejo de tratar. Si a esto sumamos el hecho de que estamos hablando de un tema presente en la literatura que va dirigida a niños y adolescentes, la complejidad se torna aún mayor.

A lo anterior hay que agregar el contexto cultural. Como chilenos, somos parte de una cultura tradicional y conservadora que hace que sea muy propio no hablar de temas incómodos o difíciles. Además, la lejanía geográfica de nuestro país hace que las influencias de países lejanos y de culturas diferentes tarden en llegar.

Entonces, ¿cómo hablar de violencia y literatura infantil y juvenil?

Para entenderla y analizarla, pensamos que primero había que abrir la conversación y considerar diferentes tipos de violencia. Así aparecieron la violencia de género, el maltrato infantil, la xenofobia, el bullying, las violaciones a los derechos humanos, el abuso sexual, el maltrato psicológico y la guerra.

Lo más llamativo al abordar el tema fue la respuesta inmediata de cada una de las voces con las que hablamos: “la violencia ha estado siempre en la literatura infantil. Los cuentos clásicos son terriblemente violentos”, fue lo que se oyó sin excepción. Y es cierto. Conocemos, y no nos llaman la atención, relatos como Caperucita Roja o Hansel y Gretel, en los que la violencia es absolutamente explícita. La Caperucita que escribió Charles Perrault, y que rescató de la tradición oral, probablemente no podría ser hoy publicada sin considerar importantes cortes editoriales. “Antes leíamos los clásicos, pero no se concientizaban, ahora hay mucha más conciencia” comenta Rafael López, editor de Hueders, quien concibe a los niños como seres autónomos intelectualmente, reflexivos y parte de la sociedad como cualquier adulto, por lo que esconderles ciertos temas no tiene sentido: “Tienen que entender que la violencia está ahí. La violencia está y hay que encontrar la forma en que los niños la saquen. Negarla es absurdo. Tiene que ser parte de su cotidianeidad”.

Surge aquí una primera postura respecto al tema. La violencia está implícita en todo, entonces es mejor liberarla que negarla. Pero, ¿nos hacemos responsables de cómo comunicarla?

Sí, la literatura se está haciendo cargo y las editoriales chilenas se están sumando. Sin embargo, también enfatizan la necesidad de un delicado tratamiento del texto, para llegar a un libro cuidadosamente editado, dirigido a cualquier niño, de diversas realidades, con distinto bagaje cultural y que puede haber sido -o no- víctima de violencia. “Es importante abrir esas conversaciones difíciles, pero respetando siempre la mirada de los niños. No sé si tiene sentido hacer un libro que entregue la mirada de los adultos. La idea es conectar con la sensación de los niños frente a temas difíciles, no con la nuestra, como adultos”, indica María José Thomas, editora de Ocholibros. Esta parece ser la opinión general de nuestras editoriales locales.

“No hablar de ciertos temas” parece estar pasado de moda en el mundo editorial: “La literatura nos ayuda a pensar, nos permite construir mundos, nos entrega pautas. Hacernos los tontos no publicando libros que aborden la violencia, no”, enfatiza tajante Ana María Pavez, editora de Amanuta. “Es mejor acercarlos al mundo con un producto bien hecho, responsable; que acercarlos, por ejemplo, con un video que pueden ver en YouTube”. Este punto es clave. El consumo de información que tienen niños y adolescentes hoy es excesivo y sin filtros. Son día a día testigos de noticias terriblemente crueles y violentas. Para qué decir lo que pasa cuando entran a internet o son parte de chats en WhatsApp en los que las ofensas o memes agresivos son algo habitual.

Pese a este escenario, existe una cierta prudencia al abordar el tema desde la LIJ, como si el mundo de los libros infantiles y juveniles estuviera alejado de ese contexto. La especialista en LIJ Maili Ow no está de acuerdo con esa mirada: “Me parece que hay que afrontar el tema directamente. No como un panfleto, sino que usando recursos del arte, estéticos, visuales, verbales; bonitas ediciones, un producto de mucha calidad”. Como complemento, cree que las imágenes pueden aportar a tratar este tema, ya que en su opinión los tópicos más difíciles en la literatura infantil son más abordables a través de la imagen que de la palabra: “La visualidad se ha ido posicionando, pareciera que la imagen va más de avanzada, que permitiera decir cosas que las palabras no pueden”.

El mundo editorial en Chile no quiere excluir la violencia ni otros temas difíciles de sus catálogos infantiles. Quieren que esté presente y exhibirla responsablemente, desde distintos ángulos, pero, ¿quieren enseñar a través de los libros? La respuesta es no. Al leer un libro, inevitablemente, se integrará conocimiento y experiencia, pero dar pautas a través de la narrativa infantil parece no ser el objetivo final. Al menos, no en las editoriales pequeñas, cuyo principal enfoque son los buenos textos y los relatos atractivos, que despierten interés y curiosidad en sus lectores: “Consideramos que enseñar no es el rol de los libros. Y si queremos fomentar la lectura y que los niños disfruten de ella, creemos que por ahí no va el camino”, comenta María José Thomas: “Si bien la literatura sirve para abrir conversaciones, para plantearse temas, no está ahí para apostolar”.

De la misma forma piensa Rafael López, quién está de acuerdo con que no se excluya la violencia de los libros para niños, pero sin que el tema sea un pie forzado. Para él son esenciales las buenas historias, los relatos contundentes, que despierten curiosidad y ganas de leer. “Mi propuesta es que los libros sean interesantes para los niños y no tengan que estructurarse valóricamente. Sí dar posibilidad a un diálogo, y ahí es donde se les puede enseñar”.

La idea parece ser no convertir estos temas en una bandera de lucha, sino dejar que fluya la buena literatura. En esta línea, Rafael López destaca el trabajo realizado por Luigi Amara en su libro Los calcetines solitarios: una historia sobre bullying, que en su opinión aborda el tema de manera fresca e inteligente.

Siguiendo esta temática es que Ocholibros publicó su libro Espantoso, de Luis Alberto Tamayo; en él, la historia se desarrolla desde el agresor, que vuelve al colegio después de un año fuera.

¿Qué violencia vamos a mostrar?
El entramado social en el que vivimos parece ser un punto de partida común para abordar la violencia en Latinoamérica. La violencia social y política que ha vivido esta parte del mundo ha inspirado una serie de libros. Entre los autores, la mayoría coincide en destacar el trabajo del colombiano Jairo Buitrago. Amanuta, de hecho, se la jugó por publicar su libro Un diamante en el fondo de la tierra, en el que se aborda la dictadura en Chile, con ilustraciones de Daniel Pantoja.

Ocholibros, por su parte, desarrolló una colección en la que trabajaron con Villa Grimaldi, y que se llama Hablemos de…, dentro de la que destaca Canción para mañana, en que a través de una metáfora poética se tematiza el terror de quienes pierden a un familiar durante la dictadura. Y como el contexto social y político va abriendo temas, la migración y la xenofobia no se quedan atrás. Amanuta publicó El camino de Marwan, premiado con un Bologna Ragazzi el 2017, que retrata la realidad cruda de la migración.

Así, parece que estamos atreviéndonos a incluir en el trabajo editorial a la violencia; al menos la que se da puertas afuera, en el contexto público. La situación cambia cuando hablamos de lo que ocurre puertas adentro. Al parecer, la violencia sexual y la agresión que ocurre en contextos íntimos ha sido más difícil de abordar; o al menos eso podemos deducir al revisar la oferta de libros. En este ámbito, destaca Estela grita muy fuerte, en el que Isabel Olid y Martina Vanda describen la protesta de una niña a la violencia que sufre su madre por parte de su pareja.

Otro buen ejemplo es el realizado por Jutta Bauer con Madrechillona, en el que astutamente y a través de acertadas imágenes se refleja la violencia de una madre a su cría, con un final feliz.

En esto coincide Maili Ow: “Hay un conjunto de obras que habla de violencia política, otro de violencia escolar, eso todavía lo podemos tragar; pero cuando ya te metes en violencia contra la mujer, o contra los niños… No he visto en Chile mucho de eso”. Abrir el campo temático a este tipo de situaciones y conflictos es la siguiente tarea. Para Maili, hay algunos autores en Chile que se están atreviendo. “Aquí es clave lo que hace María José Ferrada, que ha seguido un camino menos seguro, pero más innovador a través de sus libros Niños y La tristeza de las cosas, por ejemplo. Sara Bertrand está como en el medio, saliéndose un poco del plan lector y avanzando a obras un poco más desafiantes temáticamente”.

Escuela y padres, los protectores
Nuestras editoriales sí se atreven. Son capaces y no les asusta producir libros infantiles en los que la violencia esté presente. Pero, ¿qué tanto de esto leen efectivamente los niños?
Ana María Pavez es enfática: “Los padres no quieren que sus hijos se enfrenten a temas violentos. Llegan en la noche y prefieren tocar otros temas, leerles otro tipo de cuentos”; incluso, asegura que estos libros no se venden en librerías.

El fenómeno sigue la tendencia norteamericana, marcada por una fuerte regulación de la literatura infantil. La asociación de padres juega un rol fundamental en esto y es sumamente estricta a la hora de decidir qué leen los niños. “Los compradores gringos no se interesan por comprar nuestros libros que pueden contener temáticas violentas; ellos quieren algo más bonito”, asegura Ana María.

Distinto es lo que ocurre en Europa, o incluso en países de Asia, lugares en que están más dispuestos y abiertos a abordar temas complicados, al menos en el mundo editorial infantil y juvenil. Acá, el espacio que se ha dado a temáticas violentas proviene de algunas editoriales que se han atrevido y se han desmarcado del plan lector. Las grandes multinacionales son menos osadas en el área infantil y juvenil.

En Chile, hay además otro freno: las escuelas. Según Maili Ow: “Este tipo de libros se compran, pero no han ingresado a las escuelas como parte del plan lector. Todavía hay muchos prejuicios. Hay una distancia entre el mundo editorial más grande y los libros infantiles que llegan a las escuelas a través de las bibliotecas CRA, o lo que se trabaja en distintos diplomados y seminarios, lugares en los que hay mayor apertura a estas temáticas”.

Trabajar con libros como estos supone mover un poco el piso de lo que pasa en el colegio, y hay muchos a los que aún no les acomoda. “Esto es un proceso y se han ido abriendo espacios. El CRA ha dado un gran paso, de ampliar el foco de la lectura, ha abierto espacio a libros no necesariamente parte del plan lector”, reitera Ow.
Vemos así que el mundo editorial sí está dando espacio a temáticas como la violencia en nuestro país, pero tenemos que ser conscientes de que esto es un proceso, que avanza lentamente y que encuentra detractores en el camino. Lo que parece ser un acuerdo implícito entre los distintos actores es la importancia de tocar los temas de manera adecuada, sin irrumpir en un espacio que por años ha sido cuidado y protegido. La tónica parece ser visibilizar el mundo como verdaderamente es, violento y crudo, pero con delicadeza, abriendo preguntas, despertando curiosidad, empoderando a los niños como seres autónomos y fuertes.

Publicado en RHUV Nº26

Roger Mello: Provocación a través del lápiz

La ilustración ha sido parte de la vida de Roger Mello desde muy niño, cuando dibujaba historietas y cómics en su Brasilia natal. Al mismo tiempo transcurría la dictadura, hecho que marca profundamente el trabajo del ilustrador y que lo ha llevado a exhibir a través de su obra una visión crítica de la sociedad. Mello no cree en el eurocentrismo clásico de la literatura infantil, y por ello, su trabajo busca reflejar el folclore y la cultura popular brasilera a través de temas como el trabajo infantil. Amante de los libros, es el ilustrador de más de un centenar de ellos, algunos de los cuales también ha escrito. Entre ellos, encontramos Carvoeirinhos, Meninos do Mangue y João por um Fio. Su mayor reconocimiento: el Premio Hans Christian Andersen el año 2014.

El mejor regalo literario para un niño
Quedarse frente al códice maya. La lectura en él es visual, subjetiva.
Son geoglifos mayas que el lector puede descubrir e interpretar.

Un libro que hace reír
Macunaima, de Mario de Andrade.

No se puede evitar llorar con este libro
La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca.

Para cautivar a un adolescente no lector
La música de Nelson Cavaquinho, el filósofo del samba. Aunque no sea un escritor, pienso que una manera de cautivar a jóvenes no lectores puede ser través de las letras de la música.

Un libro que no falte a la hora del cuentacuentos
Panchatantra de Vishnu Sarma.

Mi libro álbum favorito es…
Etrusco dorado, el más antiguo códice completo encontrado. Es un libro y tiene imágenes. No considero que el libro álbum sea solo el hecho en la actualidad, para niños.

Mi mejor novela juvenil
A odalisca e o elefante, Pauline Alphen.

El ilustrador que más me gusta
¿Tengo que elegir una persona? Empezaría con los anónimos que ilustraron la Pedra Furada en el Parque da Capivara, Piauí.

La biblioteca donde encuentro todo
La biblioteca de Babel, de Borges.

El libro que hoy tengo sobre mi velador
El Rey Mono ilustrado por Xiong Liang.
Quando Pedro tinha 9 anos, Mariana Massarani.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Publicado en RHUV Nº26

Lectura y escritura en la sombra de la sociedad

“La humanidad es algo que todavía hay que humanizar”. Gabriela Mistral

Por María Paz Garafulic, socia y directora de Confín Ediciones y directora de Fundación Había una Vez

Es sabido que la lectura proporciona innumerables beneficios y que sus efectos trascienden con mucho la mera adquisición de información y entretención. Se habla con frecuencia de sus efectos en el desarrollo cognitivo, emocional y personal, en la construcción del pensamiento y la capacidad de comprensión y análisis. Se habla incluso -y desde no hace mucho- de sus bondades terapéuticas. Es cierto, desde muchas perspectivas la literatura, vivida a través de la lectura y la escritura, puede ser una excelente herramienta, y mucho más que eso, puede ser un remedio, un consuelo, un refugio y una compañía.

Esta conceptualización de la literatura y de la práctica lectora como instancias de encuentro, de reflexión, expresión y calma es particularmente aplicable en espacios como las cárceles. Espacios en que la violencia suele ser uno de los elementos fundantes de la convivencia, y no solo como violencia personal, entre individuos, sino institucional, del sistema y la sociedad frente a aquellos que, habiendo transgredido las normas básicas de la convivencia social -habiendo delinquido- se encuentran privados de libertad.
Conocidas son las condiciones en que viven hoy en día hombres y mujeres privados de libertad en Chile. Los contextos físicos bordean lo inhumano, el hacinamiento, escasez de recursos y casi nulas instancias para promover la futura reinserción son la lamentable regla general.

La gravedad de la situación admite una amplia variedad de enfoques y análisis que trascienden con mucho el objetivo de este texto, que busca solamente poner en evidencia y compartir dos hechos fundamentales. Primero, al parecer hoy en día, violencia con violencia se paga. Se ha olvidado que las personas privadas de libertad se encuentran privadas de cierto tipo de libertad, la libertad de circulación, y no de otras libertades y derechos que le corresponden al individuo en su calidad de ser humano. Hoy se priva también del derecho a una vida digna, del derecho a la integridad física y síquica, del derecho al desarrollo personal y cultural. Todas estas garantías, establecidas por la misma Constitución y reconocidas como normas internacionales de derechos humanos, se ven vulneradas con peligrosa frecuencia.

En segundo lugar, y lo que justifica estas líneas, es la importancia que puede adquirir la literatura en estos contextos especialmente vulnerables y violentos, deshumanizados. Violentos en sí mismos, como recintos cuyas características promueven la violencia intramuros, y violentos desde la perspectiva de los rasgos de las personas que los habitan.1
¿Qué puede hacer la literatura en estos contextos? Conozco puntualmente dos experiencias que avalan la tesis de que la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la escritura, contribuye a la libertad interior2 del individuo y, siguiendo a Gabriela Mistral, a humanizar la humanidad.

Uno de ellos es el proyecto de implementación y activación de bibliotecas penitenciarias en centros de reclusión de la Sexta Región, Peumo, Rengo y Santa Cruz, y el segundo, el concurso “Cartas de Mujer”, desarrollado por el Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín.
En ambos proyectos ha sido claro el efecto humanizador de la literatura. En el primer caso, el acercamiento de los internos a un mundo hasta ese entonces completamente desconocido, el de la literatura y en general del conocimiento, sorprendió a todos quienes participamos. Las bibliotecas se transformaron en el lugar más visitado por los internos y en el menos violento. Hubo incluso un periodo en que, proporcionalmente, el número de préstamos de libros a celda fue mayor que el de un colegio promedio. En palabras de un interno del Centro Reclusión Peumo: “Paso a darles las gracias por la maravillosa biblioteca que nos regalaron, en donde tenemos un mundo lleno de cultura, conocimiento y entretención”. ¿Qué se manifiesta? La profunda necesidad del ser humano, más allá de su situación vital, de acceder al mundo de la palabra, de la creación, de la información y la belleza.

Por su parte, el proyecto “Cartas de Mujer” nos llevó a mirar cara a cara la sombra3 de la sociedad, a conocer a estas mujeres supuestamente peligrosas y muchas veces violentas o violentadas, que al escribir llegaron a los más profundos rincones de sus historias y almas.

Los procesos de creación no fueron fáciles, para muchas fue un desafío, para la mayoría una posibilidad de encontrarse con sus pensamientos y anhelos más profundos; para muchas tuvo un componente catártico. Las cartas abarcaron un amplio abanico de temas: la maternidad, la muerte, el dolor, el miedo, la libertad, la esperanza, el amor.

Escucho los gritos de la desesperanza
que atraviesan los viejos muros
fríos y gastados
donde rebotan las voces del silencio,
llevándose mi alma.
Te busco en mi soledad
y tú no estás conmigo.

-Fragmento de una de las cartas ganadoras

¿Por qué la creación literaria, la escritura? Porque invitarlas a escribir sobre sus propias sombras y dar a conocer sus voces nos permite cumplir, aunque sea mínimamente, con el mandato de humanizar nuestra sociedad, proveyendo condiciones de desarrollo y bienestar. Nos obliga a abrir los ojos ante la violencia, no solo respecto de la que sufrimos, sino también de la que ejercemos en mayor o menor medida como sociedad.

A la luz de estas y otras iniciativas, la literatura, tanto desde la perspectiva de la lectura como de la creación literaria, es un llamado a escuchar, a comprender y a responder a los gritos de la desesperanza.


María Paz Garafulic, abogada de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fundadora de la Fundación Había Una Vez el año 2005. Ha ejercido su carrera profesional en ámbitos como el acceso a la justicia, desarrollo de la ciudadanía, fomento de la lectura y cultura. Ha realizado actividades académicas en Chile y el extranjero. También ha participado en programas de formación ciudadana en ONGs y universidades y es cofundadora de Fundación Probono. Miembro del Comité Asesor del Capítulo Chileno del National Museum of Women in the Arts de Washington y socia de Confín Ediciones.

Publicado en RHUV Nº26

Saúl Schkolnik, cazador de cuentos

A los 88 años falleció el escritor Saúl Schkolnik (1929 – 2017), uno de los autores más destacados de la literatura infantil chilena.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil

Con pesar recibimos la noticia el 25 de octubre, pues fue nuestro amigo y compañero en la ruta de la literatura infantil a lo largo de muchos años. Saúl fue arquitecto, especialista en filosofía de las ciencias y un empedernido soñador. Se inició en la literatura infantil en 1965 con su libro Cuentos de por qué. Más tarde, a comienzos de los 70, dirigió la revista infantil “Cabrochico” en la mítica editorial Quimantú. A los 48 años comenzó a escribir su propia historia. Sería Un Cazador de cuentos. Con este libro, obtuvo el primer lugar en 1979 en el Concurso Latinoamericano de Literatura Infantil convocado por la UNESCO, en Colombia, y publicado en ese país en la editorial Voluntad. Este premio fue un gran impulso para dedicarse por completo a la creación literaria de libros infantiles. Uno de los primeros fue Cuentos para adolescentes románticos (1979) en el que combina ternura, poesía y toques de humor. En estos cuentos se preguntaba: “¿Por qué las lágrimas son transparentes?” Luego viene Erase una vez un hermoso planeta llamado tierra (1979).

Las editoriales Universitaria, Andrés Bello y Zig Zag acogen sus libros y lo difunden. Escribe libros de poesía, cuentos y novelas tanto en editoriales chilenas, extranjeras, como en la suya propia, Alicanto, con el deseo de publicar él mismo sus propios títulos en ediciones artesanales que imprimía en su casa de Ñuñoa donde algunas alumnas lo ayudaban a compaginar. Eran libros sencillos que se divulgaban en colegios y escuelas. Entre ellos sobresalen Había un vez y La espina del algarrobo inspirados en los cuentos orales recopilados en 1911 por Rodolfo Lenz.

En su libro Cuentos de Tío Juan, el Zorro Culpeo (1982) hace hablar a los animales del altiplano chileno: el quirquincho, el armadillo, la vizcacha, el ñandú y el flamenco de plumaje rosado pues siempre se interesó en la fauna y flora de Chile y Latinoamérica.

En 1984 publica Breve noticia de mi infancia, que narra la historia de la niña Fernanda Isabel de Sotomayor en Santiago en 1645 a través de un diario de vida imaginado. Luego viene Antai, la historia del príncipe de los Licanantai (1986) en cuyo prólogo señala que uno de los derechos fundamentales de cada niño es conocer las raíces de su propia nacionalidad.

Sus libros de cuentos tienen tres vertientes: una, de divulgación científica; otra de pura invención fantástica; y otra de recreación de mitos orales chilenos o latinoamericanos.

Saúl fue uno de los más activos escritores de libros para niños y jóvenes. Participó durante muchos años en IBBY Chile, siendo parte de su directiva. Fue un adelantado a su época. En una de las primeras reuniones a la que asistió, a principios de los 80, vaticinó que en el futuro íbamos a escribir en un computador, cosa que dejó perplejos a los escritores presentes que solo conocían la lapicera y la máquina de escribir. Quizás se trataba de un cuento de fantasía o ciencia ficción. Nunca se sabía si hablaba en serio o en broma pues tenía un particular sentido del humor.

Su obra muy extensa y variada con más de 120 libros publicados, lo situó entre los autores más representativos de la literatura infantil chilena de las últimas décadas. Le interesaban las ciencias, la filosofía, el medio ambiente, la historia y la divulgación de las culturas ancestrales. Era un humanista integral como hombre de su tiempo. Además de escribir, sabía contar muy bien las historias. Era un cuenta cuentos nato. Visitó colegios, dictó talleres y charlas, recopiló narraciones folclóricas e impartió clases de literatura infantil en las universidades. Tuvo muy buena relación con sus pares. Fue un impulsor del actual resurgimiento que en la actualidad tiene la literatura infantil en Chile y sin duda, un precursor en una época en que nadie hablaba de literatura infantil.

Obtuvo diversos reconocimientos por su labor. En 1995 mereció el Premio de Literatura Infantil del Consejo del Libro por El cazador de cuentos. En el 2006 IBBY Chile le concedió una medalla a la trayectoria por su labor de creación y difusión de la literatura infantil en Chile. Fue nominado al Premio Nacional de Literatura en el 2004 y 2006. Sus últimos libros fueron No me creas lo que te cuento (2013) y Cuentos para sonreír (2014).

Con su barba oscura y su hablar pausado, parecía un personaje bíblico. Fue una figura recurrente en las Ferias del Libro, contando cuentos y firmando sus libros a los niños con quienes le gustaba conversar. El público se le acercaba muy emocionado a saludarlo pues era muy cercano y afable. Fue un hombre amistoso y cordial que tuvo cinco hijos: Paula, Nora Lía, Mariana, Sergei Marcel y Demian Alei.

En los últimos años se retiró de Santiago para vivir en Rinconada de Silva junto a su esposa Marianne Müller, en una casa llena de libros y tesoros de sus viajes. Allí promovió la cultura, la literatura y los cuentos. Le gustaba estar rodeado de la naturaleza y vivir en comunión con el campo. Era un ecologista y un sabio. Hasta el final estuvo participando en coloquios y encuentros de la literatura infantil pues mantuvo siempre un espíritu optimista y vital.

Te extrañaremos, querido Saúl. Nos quedan tus cuentos y tus libros.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Philip Nel: De racismo y literatura infantil

El doctor Philip Nel estuvo de visita en nuestro país para el seminario Internacional “¿Qué leer? ¿Cómo leer?: Lectura e Inclusión”, que se llevó a cabo en la Universidad Católica de Chile. Allí habló de literatura infantil y racismo. En esta entrevista ahonda en algunos conceptos y nos habla, entre otras cosas, del futuro en la investigación y el interés académico en la LIJ.

Por Andrea Casals*. Extracto de la entrevista publicada en ESLA (Estudios de Inglés en América Latina, Revista de Crítica Cultural y Literaria), revista digital organizada por la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

El doctor Philip Nel es director del programa de literatura para niños de la Universidad del Estado de Kansas, EEUU, y autor de  Was the cat in the hat black?: The hidden racism of children’s literature, and the need for diverse books -2017- (“Estaba el gato en el sombrero negro?: El racismo oculto de la literatura infantil y la necesidad de libros diversos”); de Crockett Johnson y Ruth Krauss: How an unlikely couple found love, dodged the FBI, and transformed children’s literatura -2014- (Crockett Johnson y Ruth Krauss: cómo una pareja improbable encontró amor, esquivó al FBI y transformó la literatura infantil); coeditor de Keywords for Children’s Literature -2011- (“Palabras clave para la literatura infantil”) con Lissa Paul; y Tales for Little Rebels: Una colección de literatura infantil radical,  coeditado con Julia Mickenberg, entre otros.

En agosto pasado fue invitado por el Ministerio de Educación chileno a abrir el Seminario Internacional “¿Qué leer? ¿Cómo leer?: Lectura e Inclusión”, que se llevó a cabo en la Universidad Católica de Chile, con la charla  “¿Era negro el gato con sombrero?” La audiencia local respondió a su presentación con una fuerte ronda de aplausos. Leyendo la literatura infantil como un niño, se convirtió en un lector de por vida, sin embargo, el profesor Nel no idealiza los libros infantiles. De hecho, se los toma muy en serio y eso estuvo claro durante su presentación en Santiago. En esta entrevista nos ofrece información más profunda acerca de sus argumentos.

Tu charla en el seminario fue muy inspiradora y fue recibida de manera muy entusiasta por el público, a pesar de que la audiencia no estaba muy familiarizada con los libros que comentaste. A pesar de que “Doctor Seuss” es un ícono norteamericano, ¿cuáles dirías tú que son los hilos que unen tus principales argumentos en este discurso dirigido a una audiencia más amplia?

¡Gracias nuevamente a ti y a todos por su generosa respuesta a mi discurso! A pesar de que no aseveraría que el racismo chileno y el americano operan de forma idéntica, sí diría que en cualquier parte del mundo la estructura de la opresión puede ser invisible, sutilmente entretejida en la cultura que consumimos. En los libros infantiles, algunos ejemplos pueden ser la persistente influencia de la caricatura racial, la relativa escasez de personas de color, menos heroínas femeninas que héroes masculinos, la invisibilidad de las personas transexuales, o cualquier otra forma en que las comunidades marginadas se vuelvan más marginadas. Supongo que es por esa razón que mi discurso resonó en la audiencia de Santiago.

Tu ensayo Radical Children’s Literature Now! (2011, coescrito con Julia Mickenberg) y la antología Tales for Little Rebels (2008, coeditada con Mickenberg) destaca “cuentos progresivos, viejo y nuevo” que puede inspirar a la próxima generación “para crear un futuro mejor para todos” (Tales …. 5). Por muy importante que pueda ser, como crítico literario, ¿cómo manejas el equilibrio del valor estético y las preocupaciones ideológicas en la literatura infantil?

Creo que la clave es reconocer que los valores estéticos y las preocupaciones ideológicas son interdependientes y por eso se constituyen mutuamente. Por ejemplo, si tu experiencia vivida es diferente a la experiencia del narrador de una novela, podrías encontrar que su historia es menos creíble y por lo tanto no lo suficientemente fuerte. Por otro lado, el racismo de un libro ilustrado puede distraerte del hecho de que está bien escrito y bellamente ilustrado. Por lo tanto, creo que siempre debemos ser conscientes de cómo nuestras propias suposiciones y experiencias pueden dar forma a nuestra respuesta a un libro.

En términos de literatura infantil radical, tiendo a estar un poco más dispuesto a perdonar los valores estéticos más débiles de un trabajo si, por ejemplo, promueve la paz, la igualdad de derechos o la justicia ambiental. Pero también soy consciente de mi parcialidad, y, por supuesto, mi perdón tiene límites. Diré que, en Radical Children’s Literature Now, elegimos libros que pensamos que eran estéticamente fuertes también. Esa afirmación también es válida en general para Tales for Little Rebels, pero parte del objetivo de ese libro era simplemente establecer la existencia de un corpus de trabajo radical para niños que había sido ignorado (y en algunos casos negado).

En el prólogo del libro Tales for Little Rebels, Jake Zipes argumenta que cuando los autores exploran las “raíces” de las experiencias vividas retratadas [en la literatura infantil], se vuelven “radicales” … si estos autores son honestos, entonces las narraciones radicales son “tristes” porque muchos niños viven en condiciones deplorables. En este sentido, ¿cómo han sido representadas (o están subrepresentadas) las experiencias vividas por niños en comunidades indígenas en los Estados Unidos? En su búsqueda de libros infantiles radicales, ¿ha encontrado escritores indígenas y / o protagonistas indígenas? ¿Dirías que estas son representaciones honestas? ¿O tienen los autores idealizadas tales experiencias como en lo que Greg Garrard llama el mito “indio ecológico” (en Ecocriticims 2004)? He leído La alegría de leer y escribir: Superman y yo de Sherman Alexie y sé que ha escrito para niños, pero no conozco nada más allá de ese ensayo.

-La experiencia de los niños en las comunidades indígenas está poco representada en la literatura infantil, tanto en general como en los EE. UU. específicamente. La mejor persona para responder a tu pregunta sería Debbie Reese, cuyo American Indians in Children’s Literature es un buen lugar para comenzar. Desarrollé cierta experiencia en literatura infantil afroamericana. Aunque he leído literatura infantil nativa americana, sé mucho menos de lo que me gustaría en esa área y no me siento cómodo al ofrecer una respuesta definitiva sobre el tema.

Puedes consultar los Top 100 books by Indigenous Masters: http://blogs.slj.com/afu­se8production/2014/02/26/top-100-books-by-indigenous-masters/# , a list she co-wrote. Or take a look at this page with resources on “best books by or about American Indians”. https://america­nindiansinchildrensliterature.blogspot.cl/p/best-books.html

En Chile, la literatura infantil y juvenil es un campo que ha recibido poca atención académica más allá de preocupaciones pedagógicas. Como Jefe del programa de literatura infantil en la Universidad del Estado de Kansas, ¿cómo visualizas el futuro de la investigación y el interés académico en la literatura infantil y juvenil?

Creo que el futuro de la investigación en el campo estará en las siguientes áreas: No es sorprendente que me incline a los estudiosos que se centran en los muchos tipos de experiencia representados (u omitidos) en libros para lectores jóvenes. Tengo muchas ganas de leer el libro de Marilisa Jiménez García sobre la formación de literatura y medios latinos para jóvenes, y el próximo libro The Dark Fantastic, de Ebony Elizabeth Thomas. Una segunda área abordará cómo la tecnología da forma a la forma en que los jóvenes leen: narrativas transmedia (es decir, historias que se desarrollan en múltiples plataformas), libros electrónicos mejorados y cualquier otra nueva tecnología de lectura que pueda surgir. Un tercero incluirá las propias voces de los niños, como lectores y creadores de historias. Si aceptamos que la audiencia de niños y jóvenes adultos está definida por su audiencia, entonces debemos prestar más atención a esa audiencia. Afortunadamente, podemos hacerlo a través de las comunidades de admiradores (y la fanfiction que crean) y escuchando sus  experiencias de lectura.

¿Compartirías con nosotros cómo tu gusto por la literatura infantil desembocó en un interés académico?

La literatura infantil es la razón por la que me convertí en profesor de inglés, pero no me di cuenta de eso hasta mucho después de haber obtenido el doctorado. La literatura infantil me hizo lector. Como me gustaba leer, me especialicé en inglés. Al darme cuenta, como estudiante universitario, de que leer libros y escribir documentos era mucho más atractivo que buscar un “trabajo real”, solicité hacer un postgrado en inglés. Aunque disfruté escribir una tesis de honor sobre William Faulkner, los libros de la primera infancia fueron más importantes: me inculcaron el amor por la lectura.
Un capítulo de mi disertación fue sobre el Dr. Seuss. Ese capítulo – Dada Knows Best: Growing Up ‘Surreal’ with Dr. Seuss – se convirtió en mi primer documento de conferencia (1997) y, en su versión revisada, en mi primer artículo publicado (1999). Hasta que escribí ese capítulo, no me había dado cuenta de que se podía hacer un trabajo académico sobre literatura infantil. (Aunque ahora hay más oportunidades para estudiar postgrados en literatura infantil, muchos de nosotros en el campo somos autodidactas). Mi paso hacia la literatura infantil comenzó por casualidad, pero se volvió pragmático. Con la excepción del capítulo de Seuss, mi disertación fue sobre literatura estadounidense y música para adultos. Entonces, cuando obtuve el título, pensé que era un americanista del siglo XX. Pero no pude conseguir una entrevista de trabajo como un americanista del siglo XX. Entonces, pensé, si me promociono como un americanista del siglo XX y un especialista en literatura infantil, deberían aumentar mis posibilidades. Esta decisión de publicar y presentar en ambos campos pareció ayudar. Tres años después de recibir el título, obtuve un puesto en la universidad donde todavía enseño.

*Andrea Casals es actualmente becaria postdoctoral en la U. Católica (FONDECYT # 3170134), con una investigación sobre la conciencia ambiental en la literatura ilustrada chilena contemporánea para jóvenes. Es docente en el programa de inglés de la Facultad de Letras (PUC) y es una de las editoras de ESLA. 

Papelucho 70 años después

La noticia nos dejó “paralelos”. A 70 años de la publicación del primer Papelucho, editorial SM sorprendió con el lanzamiento de dos novelas que Marcela Paz escribió a fines de la década de los 70 y principios de los 80. ¿Qué traen estos dos nuevos diarios? Acá te lo contamos.

Por Silvana de la Hoz, Profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València.

A setenta años de su publicación, Papelucho continúa leyéndose durante la infancia y juventud de muchas generaciones dentro y fuera del territorio chileno. Este hecho puede atribuirse a múltiples factores: lectura obligatoria en los centros educativos, recomendación de los padres o familiares, visitas a la biblioteca, promoción a través de algún medio audiovisual o simple lectura voluntaria. Lo cierto es que la obra de Marcela Paz ha trascendido: podría afirmarse que cualquier chileno conoce al personaje, aunque nunca haya tenido la obra en sus manos.

Desde un punto de vista histórico, Papelucho se ha considerado la obra más representativa de la literatura infantil chilena. Manuel Peña Muñoz afirmaba: “el estilo rápido y conciso atrapa de inmediato y, pese al medio siglo transcurrido, Papelucho sigue conservando su frescura y gracia inmediata y contagiante”. Unos años después, el mismo investigador, afirmaba que “[la obra plantea] a un niño que siempre tendrá una mirada crítica respecto de lo que le rodea, como si desconfiara siempre de todo lo establecido y diera un punto de vista completamente diferente del tradicional de los adultos”. Desde esta perspectiva, se nos muestra a Papelucho como una obra infantil original, que trata ciertos temas adelantados a su tiempo, tales como la permanente crítica a los adultos o la representación de la familia chilena en tensión.

En noviembre del año recién pasado, la editorial SM, tras un arduo trabajo, logró sorprender a todos los lectores de Papelucho con dos nuevos libros: Adiós planeta y Papelucho, Romelio y el castillo. Inmediatamente la incertidumbre invadió a su público lector: ¿Serán parecidos a los Papeluchos anteriormente publicados? ¿Qué aventuras se contarán? ¿Habrá cambios? ¿Serán mejores historias? De cualquier modo, en diciembre, ambos libros se ubicaban entre los más vendidos según el ranking del diario El Mercurio.

Los lectores de Papelucho, rápidamente, se encontraron con más aventuras. El querido protagonista se enfrenta a nuevos problemas y tras ellos un cúmulo de reflexiones narradas en la familiar primera persona. A partir de aquí advierto peligro de spoiler.

En Adiós planeta nuestro entrañable personaje quiere ser periodista. Hace todo lo posible por encontrar una buena noticia que narrar a sus compañeros, sin embargo, al no tener nada que contar, no se le ocurre nada mejor que inventar que se ganó un viaje a Disneyworld. De entrevistador pasó a ser entrevistado y luego todos se enteraron que él no era el ganador del concurso. De pronto, sin esperarlo, Papelucho recibe la noticia de que ha sido el ganador de una bicicleta, por lo que la alegría lo invade. Fue tanta la energía que empleó al subir a la bicicleta que termina estrellándose y creyendo que ha caído desde otro planeta…

En Papelucho, Romelio y el castillo nuestro protagonista visita la casa de su compañero y amigo Romelio, quien supuestamente vive en un castillo. Papelucho se da cuenta de que en realidad la casa de castillo no tiene nada, todo lo contrario, parece un lugar tétrico, por lo cual decide arrancar. Muchos obstáculos le impiden volver a su casa, entre ellos, que el pobre Romelio lo considera su único amigo y por esta razón no puede dejarlo solo. En este libro Papelucho quiere ser doctor, ya que luego se entera de que su amigo sufre de una compleja enfermedad: la diabetes…

En ambos libros Marcela Paz nos muestra al mismo Papelucho que conocemos: un niño crítico, reflexivo, soñador, y que su especialidad es meterse en problemas. Además, mantiene numerosos episodios humorísticos, juegos de lenguaje, exageraciones, referencias a la historia de Chile y reflexiones desde la mirada de un niño de 8 años. No obstante, en las dos historias existe casi una ausencia absoluta de los padres. Si bien en los libros ya publicados éstos no tenían gran presencia, ahora es aún menos. Se deja más espacio al personaje y sus aventuras recalcando solo la importancia de la “Domi” en el hogar. Es ella la que lo escucha y la que lo ayuda a solucionar sus problemas. Papelucho, setenta años después, sigue siendo un niño que se cuestiona los problemas de la vida e incluso declara complejidades que se observan actualmente en nuestro país, como es el caso de las altas tasas de diabetes infantil. Sin lugar a dudas, los dos nuevos libros muestran el esplendor de un personaje que ya conocemos y que continúa divirtiéndonos con sus pensamientos y su lenguaje tan particular: Chori, sorpresoso, ovnificado son algunas de las expresiones que cualquier lector fiel de esta novela nunca olvida y que ahora tiene la oportunidad de reencontrar incluso desde otro planeta.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.


Silvana de la Hoz es profesora de Lenguaje y Comunicación, Máster en Didáctica de la Lengua y la Literatura, y  Diploma en Cultura, Lectura y Literatura para niños y jóvenes, por la  Universitat de València. Ha realizado también diferentes cursos de formación dictados por el Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil (CEPLI) de la Universidad Castilla-La Mancha.
Actualmente es docente en la Universidad Alberto Hurtado donde realiza los cursos de Expresión escrita y de Análisis y comprensión de textos, y colabora con el programa del Diplomado en Didáctica de la Lengua y la Literatura de la UAH, realizando el módulo de Didáctica y evaluación de la lectura literaria.

Lecturas veraniegas

Las razones son variadas: un propósito de año nuevo, un regalo de Navidad, el lugar perfecto para hacerlo…Lo que sí es claro es que los meses de verano para muchos son sinónimo de libros. Es por eso que les pedimos a voces expertas sus recomendaciones para esta época, los libros que ellos llevarán en su bolso de vacaciones. Aquí te los presentamos.

Francisco Javier Olea. Ilustrador.

 

Idolo / Maliki (Reservoir Books, 2017)
Maliki debe ser una de las narradoras más descarnadas y feroces de este género en Chile. Da la sensación de que siempre que entras en un libro suyo vas a recibir una clase gratis de cómo hacer una buena historia ilustrada.

Historia freak de la música / Joaquín Barañao (Planeta, 2016)
Lo empecé a leer con el prejuicio de que me iba a encontrar con un compendio de trivia y resultó ser (hasta donde voy) un recorrido muy interesante y ameno para entender la música en sus diferentes contextos históricos y sociales, a través de sus exponentes más populares y otras figuras menos conocidas.

La dimensión desconocida / Nona Fernández (Random House, 2016)
Hace rato que Nona viene, en base a mucho escribir y trabajar, ganando premios, distinciones y un espacio seguro en la literatura chilena. Leí su discurso al recibir hace algunas semanas el premio Sor Juana Inés de la Cruz y además de quedar con muchas ganas de leer esta novela, me dejó con ganas de escribir.

 

Francisco Ortega. Escritor, periodista, editor y guionista.

 

Idolo/Maliki (Reservoir Books, 2017)
Novela gráfica autobiográfica, llena de verdades/mentiras que dan lo mismo. Mucho sentido del humor, un encantador viaje al mundo de la historieta.

Allegados / Ernesto Garrat (Huederes, 2017)
Una sorpresa gigante. Un libro que me encantó. Lindo, emocionante, bien escrito y con ilustraciones del autor. Precioso.

El Secreto del Dresden / Alberto Rojas (Ediciones B, 2017)
Una entretenida novela de misterio y suspenso, en las costas de Chile. Historia, complot, contado de un modo ágil y con buen manejo de las reglas del thriller.

 

Jorge Baradit.Escritor

 

Agujero negro / Charles Burns (La Cúpula, 2008)
Es una novela gráfica que explota las posibilidades del formato a niveles impresionantes. Blanco y negro expresionista, dramática y perversa.

Santa María de Iquique / Carlos Tromben (Ediciones B, 2017)
La introducción de la narrativa en el relato histórico ha sido una forma de revolución en los últimos años. En este caso, Tromben nos acerca a uno de los eventos más traumáticos de nuestra historia de un modo emocionante, pero históricamente preciso a la vez.

Los enemigos de la democracia / Tzvetan Todorov (Galaxia Gutenberg, 2012)
La democracia fue un deseo y un dogma para la gente de mi generación. De pronto, este sistema que parecía un pilar inconmovible, tiembla y se agrieta. Todorov nos habla de los riesgos que corre hoy éste, el único sistema que conocemos que nos asegura los mejores, aunque a veces insuficientes, niveles de libertad e igualdad social.

 

Felipe Munita. Escritor.

 

La vida secreta de los árboles / Peter Wohlleben (Ediciones Obeslico, 2015)
Asomarse a ver cómo los árboles forman “comunidad” en el bosque (y no lo digo en sentido simbólico), descubriendo los últimos avances científicos al respecto, me parece simplemente alucinante.

La uruguaya / Pedro Mairal (Emecé, 2016)
Mairal es de esos raros escritores que todo lo que tocan se vuelve un gozo para el lector: poesía, crónica, cuentos… ¡así que espero zambullirme muy pronto en esta premiada novela!

Antología: Cien Poemas (o cualquier otra buena antología) / Marina Tsvietáieva (Visor Libros, 2009)
La reciente y muy gozosa lectura de esa fantástica evocación de la infancia que es “Mi madre y la música”, me hizo preguntarme por qué he esperado tanto para leer la poesía de una escritora mayor como Tsvietáieva.

 

María José Ferrada. Escritora

 

El cielo es azul, la tierra blanca / Harumi Kawakami (Alfaguara, 2017)
Terminé hace algunos días su libro Algo que brilla como el mar y creo que fue una de las lecturas que más disfruté el 2017. Me encantó la limpieza -tan nipona- de su lenguaje, su humor, la humilde humanidad de sus personajes.

El hijo de todos / Louise Erdrich (Siruela, 2017)
Siempre intento ir descubriendo nuevos escritores favoritos. Este libro acaba de ganar el National Book Critics Circle Award 2017, así que puede ser una lectura interesante. Esta novela, así como la mayoría de los trabajos de la autora, habla de un Estados Unidos que no conozco tanto, desde la literatura: el de la cultura amerindia, entiendo que específicamente de los chippewa que siguen habitando la zona de Minnesota y Wisconsin.

La soledad sonora / Emily Dickinson (Pre-textos, 2010)
Es una antología que me regalaron hace algunos meses. La leí y  durante el verano me gustaría leerla nuevamente porque Emily Dickinson es una poeta que nunca deja de emocionarme. De la lectura de sus poemas se sale como de un bosque nublado donde viste algo que sabes que existe, pero no logras nombrar. Sus poemas parecen cotidianos y, al mismo tiempo, resultan el mayor de los misterios.

 

Andrés Kalawski. Escritor y dramaturgo

 

How We Got to Now: Six Innovations That Made the Modern World / Steve Johnson (2014)
En libros sobre historia de la música, de la medicina y de los artículos de escritorio me siguen refiriendo a este libro. Es hora de ir por él.

El Tigre En La Casa. Una Historia Cultural Del Gato / Carl Van Vechten (Hueders, 2017)
De niño vivía en casa con gato. Ya no vivo en casa ni tengo gato, pero sigo siendo de los que se fascinan mirando a estos cuadrúpedos amorales y, al parecer, líquidos (pueden googlear la investigación al respecto).

El verano sin hombres / Siri Hustvedt (Anagrama, 2011)
Mi pareja es fan de esta autora y yo, estúpidamente, no la he leído. Creo en ese tipo de tonterías, como leer los libros en la estación correspondiente al título, así que ahora es cuando.

 

Mauricio Paredes. Escritor

 

Maps of meaning / Jordan Peterson (Descarga gratuita en su sitio jordanbpeterson.com. Enlace corto: is.gd/Iw5s4j)
El doctor Peterson es un psicólogo canadiense que ha saltado a la fama por su defensa a ultranza de la libertad de expresión. Lamentablemente este libro no está en castellano y se trata de un volumen académico relativamente denso. Más amigable es su nuevo 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos (enlace corto para Book Depository: is.gd/AZzelI)
En ambos textos se plantea el sentido de la vida humana como un equilibrio entre el caos, en donde exploramos cosas nuevas, y el orden, en donde retornamos a la seguridad de lo cotidiano. El punto intermedio entre exploración y seguridad es donde estamos preparados para encontrar el significado que puede tener nuestra existencia.

Cartas de C.S. Lewis a los niños (Andrés Bello, 1993)
Dada mi admiración hacia Lewis por su trabajo en LIJ y por sus ensayos sobre la fe cristiana, tengo mucha curiosidad de saber cómo interactuaba con los lectores de sus libros. A mí me llegan muchísimos mensajes, así que tal vez, si lo hago bien, después de mi muerte haya un E-mails de Mauricio Paredes a los niños.

Ready Player One, Ernest Cline (Ediciones B, 2011) Sugerido por mi señora e ilustradora.
Lectura entretenida para las vacaciones, ideal para los nostálgicos de los 80s, en particular de los videojuegos. Steven Spielberg hizo la película, que se estrena en marzo de 2018 y viene con efectos visuales impresionantes. Distopía, realidad virtual y suspenso ñoño.

 

Vivian Lavín. Periodista y escritora

 

La Levedad / Catherine Meurisse (Impedimenta, 2017)
La ilustradora francesa fue una de las pocas sobrevivientes del atentado en contra de la revista satírica Charlie Hebdo, en enero de 2015. Este libro es un viaje a la belleza, su redención con la humanidad.

Todos somos arquitectos/ Antonio Sahady (SM, 2017)
El destacado arquitecto y académico invita al gesto revolucionario de observar, admirar y sobre todo, reflexionar sobre la forma y fondo de nuestra capital. Las llamativas y evocadoras ilustraciones de Jorge De la Paz completan una visita documentada y didáctica a Santiago y a nuestro modo de vida.

El cardenal / Kote Carvajal y Lucho Inzunza (Liberalia, 2018)
Es una novela ilustrada sobre la biografía de quien fuera uno de los más grandes defensores de los DDHH en nuestra historia reciente, el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Recrea los momentos más duros de su sacerdocio con gran nivel artístico, impecable formato y notable fidelidad histórica.

 

Camila Valenzuela. Escritora.

 

La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich (Debolsillo 2017)
No se puede hablar de lo inefable, pienso y luego leo, veo, siento cómo Alexiévich encuentra las palabras. Entre ellas también está el vacío, el escondite de la voz. Ahí, en la escritura y los silencios, encontramos una guerra donde no hubo honor ni héroes patrios, números ni victorias. Es la historia de la muerte, el hambre, las escisiones, los fragmentos. Es la guerra de ellas, todas nosotras, las olvidadas.

Cuentos de hadas – Angela Carter (Impedimenta 2017)
El imaginario femenino presente en los cuentos de hadas ha sido, en gran medida, construido por recopiladores y escritores varones, quienes han representado a las mujeres bajo una visión patriarcal generalizada. Por el contrario, los relatos de Carter cuestionan, critican y/o subvierten esa ideología masculinista y heteronormativa, dejando de lado a las princesas rosadas para presentarnos un abanico de mujeres astutas, valientes, activas y únicas.

El nacimiento de la hebra – Julieta Marchant (Edícola 2015)
La infancia, la familia, los castaños, la muerte. El lenguaje, las ausencias, la precariedad de la historia, de la memoria. La abuela, la madre, la hija. Es difícil hacer una reseña de este libro de Marchant en un párrafo; todos los temas que aborda son tratados con una profundidad literaria, estética y filosófica que, aunque es usual en su pluma, encuentran aquí un espesor único. La escritura como búsqueda identitaria, la lectura como contemplación.