Mesa de trabajo: Karina Cocq


 

La infancia, la naturaleza  y la cosmovisión de los pueblos originarios son algunos de los ejes que atraviesan el trabajo de Karina Cocq. Su sobresaliente manejo de la acuarela y su delicada labor con los lápices le ha permitido forjar una obra de notable calidad y coherencia, capaz de trasmitir un universo denso en significados pero también cautivar con la dulce belleza de sus personajes. Ajena a las tentaciones del preciosismo, sabe impregnar cada de sus ilustraciones con una calidez que proviene de una acertada administración de la paleta de colores y una búsqueda de la esencia de las formas.

Por Claudio Aguilera, periodista y socio de PLOP! Galería

Reciente ganadora del Premio Municipal de Literatura por su libro La cabeza de Elena, escrito por Claudio Aguilera, y a días de radicarse temporalmente en Barcelona, nos permitió conocer su Mesa de Trabajo.

¿Cuál es tu primer recuerdo dibujando?
En la vereda de mi casa con mis amigas, dibujando con tiza, estrellas, arcoíris y obviamente el tablero para jugar al luche. Luego también dibujaba en el comedor con mi hermano, en unos pliegos de papel imprenta que mis papás compraban para envolver la mercadería de nuestro almacén.

¿Cuándo dijiste por primera vez soy ilustradora?
No lo recuerdo. Ahora lo digo más segura, pero ha sido paulatino, en la medida que he ido publicando más me he ido sintiendo más ilustradora.

¿Una película o un libro que todo ilustrador debe ver/leer?
Depende de la formación e intereses de cada persona. Pero ver Akira, las animaciones de Jan Švankmajer o Miyazaki, es realmente inspirador. Y para leer, poesía, pienso que la poesía y la ilustración tienen lazos y conexiones misteriosas y muy potentes.

Menciona un ilustrador o una ilustradora que consideres un referente.
Tove Jansson es mi máximo referente, luego Moebius, sin ser muy conocedora o lectora de él, sus imágenes me conectan con el sentido de la vida.

¿Qué haces cuando las ideas no vienen a ti?
Intento dejar de centrarme en eso y empiezo a hacer actividades hogareñas: voy a mirar las plantas, lavo la loza, hago mi pieza, ordeno la ropa, sin darme cuenta ya tengo ideas. Igual trato de llevar más de un proyectos a la vez y eso sirve un montón, para ir de uno en otro sin aburrirse. De todos modos entro en trabas creativas y a veces me frustro un montón y puedo tener una semana entera de frustración y de congelamiento creativo, hasta  que todo decanta y vuelvo al ritmo normal.

¿Cuál es tu lugar favorito para dibujar?
Mi taller es mi refugio, puedo estar todo el día ahí sin salir, pero cuando el tiempo mejora, me gusta salir a dibujar a la calle y los parques.

¿Qué no puede faltar nunca en tu mesa de trabajo?
Papel, acuarelas, fotos de personas queridas y una ventana.

¿Hay algo que odies dibujar?
Cualquier cosa para publicidad.

¿Cuál es tu técnica preferida?
Acuarela y ahora témpera.

¿Qué frase se te viene a la mente cuando ves tus antiguos dibujos?
¿Cómo se me ocurrían esas cosas tan locas?

¿Qué opinas sobre el momento actual de la ilustración?
Pienso que está en un momento de libertad y diversidad increíble, no es un boom, eso ya pasó hace rato. Ahora el que quiere se edita, no dependes de una gran editorial, hay un montón de instancias en que la ilustración se expande y se hace cotidiana para las personas. Pero me gustaría que llegara a más gente, a las poblaciones y no solamente a los sitios de moda. Aunque ahora en lugares como el Persa se ven tiendas con obras de ilustradores al lado de la señora que vende ropa, y eso lo hace más democrático cada vez.

Como ilustradora ¿sientes que tienes un rol social?
Claro que sí. Crear es proponer un mundo, y esa propuesta tiene una responsabilidad. Dibujamos porque amamos dibujar, pero cuando mostramos este trabajo inmediatamente influimos en otros. A mí me gusta hacer proyectos que lleguen a los niños y niñas, gratis ojalá, llegar a las personas y que tu trabajo plantee preguntas y propuestas me parece una parte importante de nuestra labor.

Un consejo para alguien que comienza a ilustrar:
Confía en ti, no desesperes, no mires al lado y busca en ti. Cada camino es diferente, busca en tu historia, en tu infancia, mira a tu alrededor, conéctate con las personas y contigo mismo y claro,  dibuja mucho, pero mucho. No eres ilustrador o ilustradora porque lo quieres o por decirlo: tu trabajo es tu mejor carta de presentación.

Karina Cocq (1984)

Licenciada en Artes de la Universidad de Chile y especializada en ilustración para publicaciones infantiles y juveniles en EINA, Barcelona. Desde 2010 ha colaborado con diferentes instituciones como Conicyt, Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Fundación Pablo Neruda, entre otras. Ha sido parte de diversos festivales y exposiciones, además de ser ilustradora de más de una decena de libros infantiles.

ILUSTRACIONES

1. Esta pertenece a la serie fruto rojo, fruto verde, con el que obtuve una mención honrosa en el catálogo Iberoamérica Ilustra, para mi marca un antes y un después.


2.De la exposición Piel Oscura en PLOP! Galería el  2014, fue un momento de mirar mis raíces.


3.ilustración de un proyecto personal que tomo cada cierto tiempo desde 2013 y que espero terminar algún día.


4. Me gustan las escenas que mezclan fauna, naturaleza indómita y fantasía.


5.Cada cierto tiempo salgo a dibujar en mi libreta, es una costumbre que adopté durante mis estudios en Barcelona, esta es una casa en Valparaíso este año.


6.Tomé el curso de ilustración botánica de campo en Chiloé en su primera versión. Hice este canelo, que es un árbol que me fascina, no me dedico a ello, pero no pierdo la esperanza de darme un tiempo para profundizar en ello.


7.Cada cierto tiempo me gusta imaginar mundos y pequeñas historias oníricas, esta la envié para Iberoamérica ilustra 2018. Me aventuré con el carbón de sauce esta vez.


8. Del libro La Cabeza de Elena, escrito por Claudio Aguilera y editado por Zig Zag, Premio Municipal de Literatura 2018, categoría literatura infantil.


9.Del libro Yo soy la feliz Violeta que me invitaron a ilustrar desde Ediciones Biblioteca Nacional, este libro me ha traído grandes alegrías.


10.Una niña vive grandes transformaciones físicas e internas, del libro Ayelén y los frutos mágicos, Cocorocoq editoras.

 

Recordando a Christine Nöstlinger

Por Carola Martínez, psicóloga y experta en LIJ

“Esa mujer gorda y vieja del dibujo de ahí arriba soy yo”. Así empieza Christine Nöstlinger Los chicos del sótano mágico, escrita en 1971. Es su tercer libro editado en castellano en 1989 por Noguer. La frase grafica la particular forma de escribir de Christine. Un estilo único, especial, desenfadado, pero respetuoso de la infancia, cercano, verosímil y podría seguir escribiendo cualidades hasta siempre. Porque junto a Maurice Sendak, es mi escritora favorita, quien murió el pasado 28 de junio.

Sobre su propia infancia, Christine recuerda: “Aprendimos mucho menos que los niños de hoy, y éramos bastante estúpidos”. Creció muy pobre en una casa en Ottakring, un distrito de la clase trabajadora en Viena, avergonzada de vivir en una planta baja con un padre discapacitado por la guerra y una madre maestra jardinera obligada a jubilarse tempranamente por negarse a adoctrinar a los niños durante la ocupación nazi. Su adolescencia no fue mejor, con los adultos ocupados en la reconstrucción de los primeros años de la posguerra.

Nöstlinger fue una escritora comprometida, que retrataba la infancia tal como la percibía sin filtros moralizantes, sin miradas progresistas, sin edulcorantes ni finales ultra felices. En un hermoso artículo de 2016 de la revista feminista alemana “Emma” titulado “Por siempre roja”, ella cuenta que en 1970, cuando publica Federica Pelirroja estaba un poco deprimida, harta de estar en su casa cuidando a sus hijos entre la cocina y la lavadora, y fue en ese momento que apareció esta historia, que en pocos meses fue éxito de ventas y que desde ese momento no paró más. Más de 150 libros, además de columnas, poemas y hasta libros de cocina. “Fábrica de cartas” se llamaba a ella misma.

Dueña de una mirada justa, nunca logra un personaje niño que no sea eso, un niño. Con todas sus maravillas y sus problemas, con sus bajezas y sus cualidades. Esa mirada única es la que los niños premian con su cariño y lealtad.

Otro tema es la organización en capítulos de sus libros, con una característica que me parece deliciosa e imitable.

“Capítulo 1:

en el que encuentro un argumento útil con el cual silenciar temporalmente un coro de lamentos a siete voces.”

Ese es el primer capítulo de Olfi y el Edipo, una obra editada en 1984 y traducida en 1987. Escrita en primera persona sostenida de manera admirable en toda la novela, cuenta la historia de Wolfgang o “Olfi”, como le gusta que le digan, un chico criado en una casa llena de mujeres que al inicio de la novela encuentra una noticia que dice que los chicos criados por varones son más inteligentes que los criados por mujeres.

Crianza, familia, feminismo son temas que recorren toda la obra de Nöstlinger. Las madres reunidas en una crianza en comunidad en Mi amigo Lucky Live. La familia de madre, tía y abuelas en Un marido para mamá. La madre de Gretchen en Una historia familiar, que decide estudiar, recibirse y ejercer de trabajadora social, adelgazar y dejar al padre. La misma Gretchen que adelgaza y toma el control de su vida y su sexualidad y las siete mujeres que cuidan a Olfi y de las que él quiere huir.

“–¡Boba! Tu eres una criatura.

–¡Pero una criatura muy mujer! – exclamó Susi.

Beni gritó

–¿Acaso tienes busto? ¿Tienes uñas lacadas? ¿Tienes un trasero que se contonea? ¿Pides constantemente dinero a un hombre? ¿Te compras vestidos todos los días? ¿Chillas todo el tiempo porque alguien te ha ofendido?

Susi negó cada una de estas preguntas.

–¡Entonces no eres una mujer! Susi sabía que Beni tenía ideas erradas sobre las mujeres. Por eso se involucró en una larga discusión sobre las mujeres.” Un marido para mamá.

Toca cada uno de los temas que a los autores de libros para niños le parecen ríspidos:

“Me soltó un discurso sobre lo abyecto de la drogas, con lo cual destacó con brillantes su desconocimiento del tema. Para ella la coca, el hachís, la heroína y el LSD eran una sarta de productos del demonio.” Olfi y el edipo

“Claro que traté de probarme sexualmente. Por un ojo de la cara me compré dos revistas pornográficas bien gruesas, una con mujeres desnudas y la otra con hombres desnudos. Pero no fue mucho lo que me aportaron porque ni los hombres ni las mujeres me condujeron a un éxtasis erótico especial. Yo mismo no podría decir, después de haber hojeado varias veces las revistas, si uno de los dos sexos dio más alas a mi fantasía erótica que el otro porque nada allí me dio alas, aparte de hacerme pensar por qué los hombres estaban tan aceitados y las mujeres tan empolvadas, ¡Fue un dinero tontamente desperdiciado!” Bonsai

“–Además las chicas no entienden nada de técnica –dice Fredi. El día anterior Rosalinde había arreglado el bolígrafo de cuatro colores de Fredi, porque Fredi no podía hacerlo. Y otro día le había explicado a Fredi para qué están las ruedas del despertador y por qué un despertador necesita un resorte para la cuerda y cómo es que un reloj a pilas no necesita resorte y tiene muchas menos ruedas.” Rosalinde tiene ideas en la cabeza

Y la gordura, creo firmemente que Nöstlinger odiaba la gordura, o por lo menos eso parecía. Con respecto al tema era ácida, incisiva, sarcástica. Christine, ajena a la corrección política, construye unos personajes gordos que viven a merced de sus necesidades, no pueden domarlas, los dulces son sus enemigos y están siempre fuera de control:

“Una docena de curas de adelgazamiento ha probado la pobre mujer; pero no es posible adelgazar cuando uno mismo no se da cuenta de lo que come.

Y cuando uno adelgaza, hay que saber que el perder gordura se funda en que la obesidad es insana o que se hace así porque uno mismo no quiere estar gordo, pero no para que el señor Gatternigg vuelva a estar cariñoso y amable”. Mi amigo Lucky Live

“No soy especialmente aficionada a los niños”, decía y escribía en niño mejor que nadie. Hemos perdido una pieza fundamental de la literatura de mitad del siglo XX.

Te amamos Christine.

Hasta siempre.

Carola Martínez es chilena y vive hace 20 años en Argentina. Estudió psicología y la diplomatura en Literatura infantil y juvenil por la Universidad de San Martín. Dirigió el programa de lectura de la Ciudad de Buenos Aires “Leer para Crecer” y trabajó para el Plan Nacional de Lectura. Es editora, escritora y capacitadora. Ha publicado críticas, reseñas, notas, entrevistas y ensayos en distintos medios y desde su página web Donde viven los libros). Publicó recientemente su primera novela: Matilde (Norma), parte del catálogo White Ravens 2017. Actualmente trabaja en el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y es socia de la librería Donde viven los libros.

La Librería

Por Trinidad Cabezón, coordinadora de proyectos FHUV

La película “La librería” es una obra dirigida por la directora Isabel Coixet y protagonizada por Emily Mortimer, basada en la novela de Penelope Fitzgerald. La obra trata de una joven llamada Florence Green, quien decide montar la primera librería en un pequeño pueblo de Inglaterra en el año 1959, a pesar de la fuerte oposición de Violet Gamart, una dama con mucho poder dentro de la zona.

Quisimos destacar esta película por la figura de esta joven, quien con fuerza, convicción y seguridad lucha por crear un espacio lector dentro del pueblo, a pesar de los obstáculos y la presión que se le presentan en contra. Con calma y perseverancia, Florence logra levantar un lugar en el que los vecinos y vecinas se encuentran con los libros y abren el mundo al que estaban acostumbrados a vivir. La mujer logra conquistar así un espacio no conocido anteriormente en el pueblo, y más importante aún, logra conquistar el corazón de sus habitantes, particularmente el de una pequeña niña que queda admirada por el amor que Florence le tiene a los libros, cariño que ella no logra comprender del todo pues no le gusta leer. No obstante, la niña se transforma en su fiel asistente y comienza a familiarizarse con el funcionamiento de la librería y el vínculo con los libros.  Por otra parte, Florence logra llegar también al corazón de un hombre viejo y aislado en el pueblo, pero que adora la lectura y con el que establece una bella complicidad. Paulatinamente, este hombre comienza a convertirse en su asesor y apoyarla en su proyecto.

Esta es una película con una linda ambientación y cuidada escenografía, que trabaja con un lenguaje y diálogo de los personajes al más puro humor y estilo inglés. Si bien no es una película intensa en emociones, logra conmover por la pasión y tozudez de la joven de mantener su sueño en pie y en la importancia que le otorga a la lectura. Es una película que refleja las conexiones que se generan en las personas a través de los libros, las ricas conversaciones que aparecen a partir de estos y cómo los demás pueden contagiarse al ver a una persona tan convencida del valor de un libro. “Cuando leemos una historia, habitamos en ella. Lo que a ella más le gustaba en el mundo, era el momento en el que terminaba un libro, y la historia la seguía acompañando como el más vívido de los sueños”.

 

El lado B de Manuel Peña

En el cementerio de Playa Ancha se encontraron un día dos mujeres. Cada una visitaba la tumba de su respectiva madre. El encuentro comenzó a repetirse hasta que se hicieron amigas, incluso se ponían de acuerdo para hacer sus visitas al camposanto. En uno de esos encuentros una le cuenta a la otra que lleva 5 años casada y que no ha podido tener hijos. Entonces la amiga le recomienda que le rece a San Juan de Dios, un santo milagroso que la ayudará, y si es así, debe ponerle a su hijo el nombre del mismo santo. Poco tiempo después, en sus habituales visitas al cementerio, la mujer casada, encaramada en un piso para poner flores en la tumba de su madre, cae desplomada. Fue un desmayo, producto de su embarazo. La amiga la recogió y dijo “San Juan de Dios me escuchó, si es niño quiero ser su madrina”. Meses después llegó al hospital, con guantes, sombrero y elegante como siempre, anunciando a los recientes padres que venía a ver a su ahijado. Dos de las tías del recién nacido se estaban peleando el título de madrina y no contaban con esta tercera aparición. Y así, en medio de la pelotera, el padre resolvió: “No peleen más, esta señora que es neutral será la madrina, pero no se llamará Juan de Dios, se llamará Manuel”.

Suena a cuento, pero es verdad. Así llegó a este mundo Manuel Peña, quien desde el vientre materno ha vivido una vida mágica. Y fue la misma señora, doña María Olga Leighton, su madrina, quien lo introdujo al mundo de las letras y la fantasía. “Mi casa no era de libros, mi papá era dueño de una charcutería y mi madre dueña de casa. Mi madrina, que se tomó a pecho su rol, me visitaba mucho y me invitaba a su casa en el Cerro Alegre, una casa mágica, con varios pisos y escalera caracol. Tenía muchos libros, ella me los leía y comenzó a regalarme algunos. Hasta que una Navidad me regaló un libro especial: era rojo y tenía candado. Nunca había visto un diario de vida. Le puse mi nombre y ella me dijo ‘ahora tú eres el autor de este libro’. ‘¿Y qué escribo en él?’, dije yo. ‘Lo que tú quieras, todo lo que te pase, tú serás el protagonista y yo puedo ser un personaje’. Así lo hice hasta que llegó el 24 de enero, día en que no pasó nada, entonces le pregunté a mi madrina qué podía hacer y ella me dio la palabra mágica que cambió mi vida: ‘Si no te ha pasado nada, no importa, inventa, ¿tú crees que Julio Verne dio la vuelta al mundo en 80 días?’ Y yo, alumno de colegio católico, no podía creer que pudiera escribir ‘mentiras’. ‘Miente todo lo quieras, y no es pecado’, dijo ella. Ahí encontré un camino”.

Los tesoros de Manuel

Entrar a la casa de Manuel es introducirse en un espacio mágico, así como la historia de su nacimiento y de su “hada” madrina. “En la universidad leí un libro que me marcó mucho, llamado La poética del espacio del filósofo Bachelard, quien dice que todo espacio, grande y pequeño, tiene poética”. No cabe duda de que aquello ha resonado en su vida.

Desde la entrada, donde hay una campana en vez de timbre, hasta las piezas, el baño e incluso el clóset, cada espacio tiene su encanto, y es que Manuel es un gran coleccionista de diversos objetos, entre los que predominan los juguetes de madera, las cajas metálicas y las postales. “Al frente de mi colegio estaba El Bazar del Abuelo, el anticuario de don Pablo Eltesch, al que frecuentaba mucho Neruda. Desde que era niño, después de clases, mientras todos los compañeros se iban rápido a sus casas, con mi amigo Guillermo partíamos al bazar. Ahí nació mi relación con los objetos, pasábamos horas ahí. Ya cuando juntaba algunos pesos, partía a comprarle tarjetas postales o láminas”, cuenta. Láminas y postales con las que comenzó a hacer álbumes de recortes y lindos collages, así como su propio departamento: “Esta es una casa collage”, dice divertido.

Así es como en el tiempo fue recolectando todo tipo de objetos, los que con cuidado ha ido poniendo en cada rincón de su casa. “Me hacen recordar el mundo que yo tenía en Valparaíso”, cuenta. Los objetos son más que solo decorativos, muchos de ellos los utiliza cuando hace kamishibai, como algunas marionetas, títeres, cajitas de música y bicicletas de juguete, elementos que hacen del teatro de papel algo más llamativo aún.

Los collage de Manuel también han salido de su casa. Además de ilustrar con ellos las portadas de algunos de sus libros, ha realizado exposiciones con ellos, la primera en el Instituto Chileno Francés, a sus 20 años, y en el Museo de Arte Contemporáneo de Ancud. En ellos mezcla postales, sobres, partituras de música; y en sus álbumes de recorte también une elementos que le llaman la atención como fotos, cromos, ilustraciones, boletas, papeles de chocolate, santitos de bautismo, dibujos que le han dedicado… todos verdaderos tesoros que ha recolectado a lo largo de su vida y que como dice, “me llegan solos, cuando uno comienza a coleccionar, los objetos aparecen”, todos objetos que lo hacen viajar a su vida pasada, en su Valparaíso querido, y que hablan de todos sus amores.

Trine Danklefsen, consejera política y de cultura de la Embajada de Dinamarca: “La literatura danesa toma muy en serio al niño”

Por Josefa Torres

Un niño siente vergüenza porque su madre es gorda y quiere cambiarla; otro niño va a una tienda de padres a comprar uno, porque el suyo no lo toma en cuenta; otro pequeño es tratado con un remedio terminado en “in” para que se quede tranquilo y no moleste más; una niña no acepta la muerte de su perro, lo busca en la tierra de los muertos y lo trae de vuelta a su vida; una adolescente con anorexia lucha contra su autodestrucción; la muerte visita a una pequeña para que decida a cuál de sus padres debe llevarse. Argumentos como estos, en que los temas son tratados de manera dura, real y también esperanzadora y con toques de humor, son los que ofrecen algunos de los últimos títulos que Trine ha seleccionado para ofrecer a editoriales de nuestro país. Aquí nos cuenta más sobre la notable literatura infantil y juvenil danesa.

¿Cuál es tu relación con la literatura?

La literatura es mi pasión, y parte del trabajo que hacemos como embajada es promover la cultura danesa. Todos los países tienen cosas buenas y algo de lo que estamos orgullosos en Dinamarca es de la literatura infantil, con el resto de los países nórdicos estamos bien a la vanguardia, tenemos una literatura diferente que ofrecer.

¿Qué caracteriza a la literatura danesa?

Creo que nos caracteriza tomar muy en serio al niño. Un libro infantil tiene que ser un producto literario, artístico si es ilustrado, y el que sea para un niño tiene mayor exigencia. Los libros están escritos a través de los ojos de los niños y hablado en su idioma, o sea sin carga de adjetivos, adverbios, descripciones eternas… se utiliza un lenguaje bien concreto, sencillo, lo que no quita la poesía, pero es un lenguaje con el que los niños se identifican. Las temáticas también son muy cercanas a ellos, no tenemos temas tabúes, hay libros acerca de la muerte, la separación, el bullying, los celos, temas que a uno no le gustaría que los niños vivieran, pero que son parte de la vida. Creemos que los libros son herramientas que ayudan a los niños a enfrentar esos temas. Si ya leíste un libro sobre la muerte, cuando te topas con ella en tu vida, ya tienes alguna referencia. Un libro también puede ser un apoyo, un consuelo, una manera de elaborar los propios problemas.

Otra característica de estos libros es que tienen elementos de humor, incluso en los temas más tristes, lo que los hace muy gratos de leer. Hay mucha risa hacia el mundo adulto también, y esto tiene que ver con un tema profundamente democrático de nuestro país. La ley de educación de Dinamarca dice que la escuela tiene que educar a los niños para que sean ciudadanos activos en una democracia, y si esa es la meta, se tiene que reflejar en la sala de clases y también en la LIJ: el niño es un ser competente, que piensa y que siente.

¿La literatura danesa siempre ha sido así?

Mucho viene de Hans Christian Andersen, quien fue muy criticado en su época. Por ejemplo, fue el primero en escribir como uno habla, con lo que se ganó dudas sobre su calidad literaria. En sus cuentos introdujo sonidos (el “un, dos, un dos” de los pasos de un soldado), junto con que muchas de sus historias no tienen final feliz. Muchos de los personajes terminan muertos, tristes, abandonados, y es porque la vida era así, con lo que fue criticado por no ser apto para niños. Después, a fines de los años 60 salen libros infantiles nuevos, con los que entra el humor muy fuerte, el humor crítico. Fue un estallido artístico de libros que aún se publican y reeditan porque ya son clásicos. Por lo que está claro que hay una suerte de tradición en el tratamiento de los temas que viene desde hace muchos años.

¿Cómo funciona la importación de libros daneses a nuestro país?

Lo hacemos en cooperación con la agencia de cultura de Dinamarca, que tiene un programa muy interesante, ya que cuenta con fondos que las editoriales chilenas pueden solicitar. Si a una editorial le tinca un libro, puede pedir dinero para una traducción de muestra, lo que no tiene ningún compromiso. Si a la editorial le gusta, el siguiente paso es negociar con la editorial en Dinamarca, y una vez hecho un contrato, puede solicitar dinero a la agencia de cultura para la traducción final y/o apoyo a la producción si el libro es ilustrado. También hay otro fondo para difusión con el que se puede invitar al autor del libro. Hay varias editoriales chilenas que han utilizado estas posibilidades, y ya son más de 45 títulos daneses que han sido publicados y están en el mercado chileno.

¿Por qué crees que los niños y jóvenes chilenos deben leer estos libros?

Es bueno para cualquier niño, porque los temas tratados son universales, lo que puede ser diferente es la manera en que se abordan, pero los problemas son los mismos. Lo que hemos visto es que la recepción de los niños y jóvenes chilenos es muy buena. Hemos hecho lecturas compartidas con libros de temáticas pesadas y los niños captan muchísimo, su capacidad analítica es sorprendente, y suelen llevar las historias a sus vidas, por eso es importante también conversar sobre las lecturas. Una vez leímos uno sobre el bullying, y ellos empezaron de a poco a contar sus propias experiencias. La literatura tiene la capacidad de abrir a los niños, si ellos sienten que un libro los toma en cuenta.

 

“Cuncuna”, de editorial Quimantú: la primera colección de literatura infantil para preescolares hecha totalmente en Chile

Por Ángeles Quinteros*

Contexto cultural y político 

Chile tiene una breve tradición en la literatura infantil. Durante el siglo XX, no hay demasiados hitos que la conformen, dentro de los que se destacan la publicación de Ternura (1930) de Mistral; la aparición de Editorial Rapa Nui (1946-1951); y la publicación de los ya clásicos Papelucho (1947), de Marcela Paz, y “La hormiguita cantora” (1957), de Alicia Morel. Sin embargo, uno de los hitos más importantes y menos estudiados lo constituye la colección de cuentos “Cuncuna” de Editorial Quimantú.

La oferta editorial infantil durante esa época estaba avocada principalmente a la publicación de obras extranjeras y era insuficiente para las nuevas necesidades culturales de la sociedad, pues tal como señala Jorge Rojas en Historia de la infancia en el Chile republicano, “las expectativas sobre el uso del tiempo en los niños habían crecido, tanto por la nueva distribución de roles como por las consecuencias de la vida urbana”.

En ese contexto, las editoriales más importantes —Zig-Zag y Lord Cochrane— se centraban en la producción de revistas extranjeras, representando la publicación de libros solo entre el 5%-10% de las ventas.

Quimantú aparece en este escenario por iniciativa del presidente recién electo, Salvador Allende, con la intención de dejar de tratar a los lectores como clientes sino como personas dignas de acceder a la cultura escrita mediante su democratización.

Nace Quimantú y su colección de literatura infantil “Cuncuna”

Aprovechando la huelga de trabajadores de Zig-Zag, la Unidad Popular compra la editorial, naciendo en febrero de 1972 Editorial Nacional Quimantú, que en mapudungún significa “sol del saber”.

La editorial desarrolló nueve colecciones con claro compromiso político, dentro de las cuales encontramos a “Cuncuna”. El entonces veinteañero sociólogo Arturo Navarro, director de la colección, afirma: “Prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos”.

La colección fue tomando forma con la ayuda de la diseñadora María Angélica Pizarro y el ilustrador Renato Andrade. El remate lo hizo Manuel Silva Acevedo —Premio Nacional de Literatura— con el lema: “Carita de pena no queda ninguna, lágrimas en risa convierte Cuncuna”.

Quimantú debía ofrecer bajos precios de venta, posibles gracias a sus enormes tirajes y a que contaban con sus propias prensas. Respecto a la distribución, se generaron nuevos canales: quioscos, bibliobuses, estaciones de trenes, oficinas de correos, juntas de vecinos, sindicatos, acuerdos con la Junji y centros de madres. Fueron incluso apoyados por la Fuerza Aérea para llegar a lugares inaccesibles. Esta necesidad nace por la escasa cantidad de librerías, concentradas en grandes ciudades y sectores de mayores recursos.

El cuerpo y alma de “Cuncuna”

Los libros de “Cuncuna” se ciñeron al formato de las revistas extranjeras que imprimía la editorial, un pliego del que salían dieciséis páginas, corcheteadas en el lomo. Para diferenciar los títulos, decidieron hacerlos apaisados. Como la impresión a cuatro colores era cara, intercalaron: por un lado, la página se imprimiría a cuatro colores y, por el otro, a dos. Esto motivó que, espontáneamente, los niños colorearan las páginas a dos colores.

Respecto a los textos, se desafió sin éxito a renombrados autores nacionales —como Skármeta y Dorfman—, pero no lograron dar con el tono infantil. Mas hubo otros que pudieron, como Floridor Pérez y Marta Brunet; a los que se sumaron escritores extranjeros, como Oscar Wilde y Horacio Quiroga.

“Cuncuna” publicó durante su corta existencia veinte títulos: un 40% de autores nacionales, un 25% son títulos clásicos universales, y un 35% son textos de la tradición popular de distintos países para mostrar la diversidad del mundo.

Las imágenes estuvieron a cargo de talentosos artistas como Marta Carrasco, Guillermo Durán (“Guidú”), Renato Andrade (“Nato”), Hernán Vidal (“Hervi”), María Angélica Pizarro e Irene Domínguez, entre otros.

Respecto a la relación entre texto e imagen, los libros eran ilustrados y no álbum, ya que las palabras llevaban la narración principal, confirmando la imagen lo relatado por el texto. Las ilustraciones ayudaban a consolidar las acciones, narrando los pasajes importantes y priorizando la vía de comunicación emotiva para estimular la afectividad a través de formas redondeadas y colores primarios.

En “Cuncuna” sabían que el texto no era el único código narrativo, por lo que los textos eran breves, dándole espacio a las ilustraciones, lo que fue relevante para llegar al público prelector y a las nuevas generaciones con formación más visual. El propio Navarro afirmó en su tesis de grado que este era “el gran desafío para autores, artistas plásticos y editores: construir los cuentos infantiles para los niños de 1980, para los niños que lo sabrán todo por la televisión, que leerán en las imágenes antes de conocer el alfabeto, y que podrían pasar por la vida sin abrir un libro. A menos que autores, artistas y editores, hagan algo”.

Ciertos recursos atraviesan la mayoría de sus títulos, como la estructura cronológica lineal de narración, una preferencia por la tercera persona, oraciones simples, finales cerrados y vocabulario sencillo, salvo pocas excepciones, donde se mantuvieron algunos extranjerismos por su valor folclórico.

El humor y los finales felices abundan en “Cuncuna”, donde los “malos” finalmente son objeto de burla y terminaban castigados, aleccionando indirectamente mediante la risa. Esto se explica porque, durante los años setenta, existió una positiva valoración de los desenlaces esperanzadores en los cuentos populares por parte de los psicólogos. La obra de Bettelheim lo recalcó y el psicoanálisis enfatizó su virtud tranquilizadora, confirmando la intención protectora de la infancia en aquella época.

Llama la atención la aparición reiterada de determinados valores, donde se devela el adulto enseñando al niño normas de conducta. Es este el caso del valor del trabajo y la solidaridad. A modo de ejemplo, tenemos “La Flor del Cobre”, donde el protagonista “don Quejumbre-No-Hace-Nada” se lleva una buena lección; en los esforzados padres de “El negrito Zambo” o en los personajes de “Invernadero de animales”, quienes por no prepararse para el invierno casi mueren. Lo mismo ocurre en “Los geniecillos laboriosos” y “Por una docena de huevos duros”, protagonizados por hombres que vencen la pobreza gracias al esfuerzo.

Otro tema frecuente es el de la solidaridad: animales que regalan sus alimentos —como en “El rabanito que volvió”—; la tradición de compartir la cosecha en “La desaparición del Carpincho”; o la gran ayuda que un niño ofrece a Doña Piñones. Una variante de esto es la idea de que “la unión hace la fuerza”: este es el caso de “El huevo vanidoso” y el trabajo mancomunado de sus personajes para desenmascarar a un huevo farsante; o “El medio pollo”, a quien su solidaridad le salva la vida.

Respecto al progreso, se evidencia una percepción dual: negativa en “La desaparición del Carpincho”, cuando se introduce en Valle Grande la idea de propiedad y surge la ambición; y positivas, como en “Cabeza colorada”, donde los alacalufes aprenden del hombre blanco a jugar a la pelota: “Ocurrió cuando los alacalufes se hicieron chilenos”. Hoy este libro se tildaría de colonizante, presentando el prototipo del buen salvaje enfrentado al “conocimiento superior” que debe adquirir para civilizarse.

Si bien Juan Mata en “Ética, literatura infantil y formación literaria” señala que es inhabitual que la crítica o el mundo académico juzgue abiertamente una obra literaria con criterios éticos, “pues se considera una actitud ingenua”, no es posible obviar la declaración de principios de “Cuncuna”, lo que se entiende por el contexto político, donde la equidad, el bien común y la organización colectiva definen las dinámicas sociales. En palabras de Hollindale, “la ideología es un inevitable, indomable y en gran parte incontrolable factor en la transacción entre los libros y los niños”, lo que no se traduce en limitar “Cuncuna” a un acervo de enseñanzas desprovistas de calidad literaria ni reducir a los lectores a receptáculos pasivos de información.

El final de Quimantú

Luego del golpe de Estado en 1973, la editorial fue allanada y ocupada militarmente; sus empleados fueron despedidos, exiliados o desaparecidos. Ante esta violencia, los ciudadanos, autocensurándose, destruyeron sus ejemplares por la amenaza que representaban. Con la dictadura, Quimantú se convierte en Editora Nacional Gabriela Mistral, que en 1976 es vendida a privados, cerrando finalmente en 1982.

Es innegable que los libros de “Cuncuna” estaban circunscritos a su contexto de producción, y su capacidad de recepción se perdió considerablemente al cambiar este: aquella construcción sociopolítica que eran los valores presentes en sus historias pasó a extinguirse y reemplazarse por otros.

“Cuncuna” abrió un espacio al público infantil que no existía, creando desde cero la primera colección chilena de cuentos infantiles, ofreciendo libros coherentes en sus diversos aspectos y una relación con libros, si bien no de lujo, sí dignos y bellos. El proyecto puso en circulación 540.000 ejemplares en un contexto donde el libro era inaccesible para la mayoría por su alto precio. Pocos programas estatales chilenos evidencian tal valoración por la cultura escrita para niños, concretando una estrategia donde todos los eslabones de la cadena del libro participaron conjuntamente para ser un aporte a la sociedad y no simplemente un negocio.

“Cuncuna” es uno de los grandes hitos de la corta tradición de la literatura infantil nacional y lamentablemente tiende a ser olvidado. En este proyecto la imagen y el bajo costo de los libros fueron vitales para generar interacciones entre el lector y el libro, donde el primero tuvo un espacio para verse reflejado en historias cercanas y sin españolismos, pero también para conocer tradiciones lejanas; donde los prelectores disfrutaron estéticamente de las ilustraciones y donde otros aprendieron a leer; y en donde la colección completa entregó una experiencia de lectura continuada gracias a un repertorio que representó una cosmovisión acorde con los principios de la época.

Ángeles Quinteros estudió Derecho y Literatura y Lingüística Hispánica en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es magíster en Edición de Libros en la Universidad Diego Portales-Universitat Pompeu Fabra, y máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora universitaria de distintos cursos sobre literatura infantil y edición, antologadora de “Viaje al mundo en más de 1001 textos” y “Animales y seres extraordinarios”, así como también autora del libro “Un año. Poemas para seguir las estaciones” de editorial Saposcat. Ha trabajado como editora de no ficción en la editorial El Mercurio-Aguilar, como editora LIJ en editorial Alfaguara, y estuvo a cargo de la apertura del área infantil y juvenil en Editorial Planeta Chile. Actualmente es directora editorial de Editorial Contrapunto.

Yokai

 


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Yokai
Escritora: Carmen Chica
Ilustrador: Manuel Marsol
Lectores  Fulgencio Pimentel e hijos | 2017
Clasificación: Literatura

La naturaleza salvaje es un lugar prodigioso. Internarse en ella es cruzar una puerta invisible. El mundo cambia a nuestro alrededor y nuestra identidad se tambalea. Bajo la bóveda celeste algo se desata, un vendaval silencioso, quizás el vínculo con una presencia que siempre habitó en nosotros. Perderse en una montaña, en cualquier montaña, también conlleva perder algo que éramos en nuestra vida anterior. Al regresar, como en un sueño, el mundo conocido se vuelve ignoto por unos instantes. Y nítidamente sentimos que, durante un breve lapso, fuimos otro.
La historia es simple pero entretenida, como un sueño. La ilustración es muy llamativa, el color y las texturas generan un lugar especial donde transcurre el viaje de este hombre. Ganador de un premio a la ilustración en la Feria de Bolonia 2017.

Estamos todas bien

 


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Estamos todas bien
Autora: Ana Penyas
Lectores avanzados  Salamandra Graphic | 2017
Clasificación: Literatura

“Entre todos me casaron…yo al principio no quería, él era mucho mayor que yo, pero al final pensé…mira, me caso con el médico y así salgo del bar.” Relata Maruja. “No, no, no. De eso no se hablaba… a veces hacía alguna broma, muchas mujeres no lo disfrutaban y jamás tuvieron un orgasmo…” Señala Herminia.
La autora elige a sus abuelas para contar la historia de toda una generación de mujeres, de vidas heroicamente anónimas. Abordando con profundidad y crudeza sus biografías de postergación y entrega. Dos historias de vida, que permiten reflexionar respecto de la memoria histórica, la represión, la mirada feminista de una época.
En Estamos todas bien, su autora emplea un sinnúmero de recursos ilustrativos, dibuja sobre fotografía, emplea texturas, se apoya en collages e ilustra magistralmente la cotidianidad de dos mujeres de pasado brillante con un presente en extinción, negadas durante toda su vida por la sociedad y relegadas a los papeles secundarios, siempre a la sombra de un “otro”.
En este cómic están también relatadas las historias de vida de nuestras abuelas y sobre sus hombros, nuestras vidas, consecuencia y resultado de postergaciones y sacrificios que hoy posibilitan a otras mujeres un espacio de protagonismo y reconocimiento.

Lazarillo

 


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Lazarillo
Escritor: Alejandro Cabrera Olea
Ilustrador: Alfredo Cáceres
Lectores  Nube de tinta | 2017
Clasificación: Literatura

Galvarino tiene nueve años y vive en una de las tantas ciudades industriales de su país. Sus papás, y todos los adultos del pueblo, trabajan en la fábrica de azúcar y hacen turnos intercalados para que él nunca esté solo. Su vida es tranquila y feliz, hasta que la explosión de la fábrica convulsiona irremediablemente su vida: sus papás deben irse a trabajar a la capital y él no acostumbra a la soledad. Entonces, y tras un episodio puntual, decide irse a la capital a buscar a sus padres. De ahí en adelante, su vida toma un rumbo sorpresivo cuando se convierte en el lazarillo-esclavo de Acevedo, un ex militar ciego que se compromete a ayudarlo a encontrar a sus papás.
Estamos ante un libro muy bien escrito. El autor crea una realidad y un entorno improbable pero muy coherente. Describe, explica, ambienta, siempre usando un lenguaje sencillo y directo, y dotando al protagonista de una personalidad entrañable. Imposible no compadecer la suerte de Galvarino, no empatizar con su situación ni alegrarse con sus alegrías. La historia comienza imbatible, atrapa, y luego pone un freno al vértigo y se toma el tiempo necesario para adentrarse en la relación entre el niño y el anciano ciego al que está obligado a cuidar. La complicidad entre ambos pasa por varias etapas y cuando ya está en su punto más alto, volvemos al vértigo del final. Una buena novela que se agradece y disfruta (¡y es chilena!).

Escribir para abajo: poemas para gente reciente

 


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Escribir para abajo: poemas para gente reciente
Escritor: Andrés Kalawski
Ilustrador: Matías Apsé
Primeros lectores Loqueleo | 2018
Clasificación: Literatura

Este poemario trata de temas cotidianos de los niños y su entorno, principalmente del colegio. Así, temas muy infantiles como comer colación, se desarrollan de manera casi filosófica por lo que los poemas se transforman en buenas puertas de entrada a reflexiones más profundas.