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Juul

 


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Por María José Tapia, coordinadora Programa de Biblioteca CRA y Fomento Lector de la Fundación Belén Educa.

Juul
Escritor: Gregie de Maeyer
Ilustrador: Koen Vanmechelen
Lectores Lóguez | 2009

Esta es la historia de Juul.
Un Juul que no merece palabras dulces, generosas o de amor. ¿Hay alguien que las merezca? Juul no. Y es que al parecer, está lleno de “defectos”: su pelo es rizado y rojizo, tiene una cabeza con orejas, ojos; tiene boca y voz; brazos, manos, piernas y pies que le ayudan a desplazarse, tocar y abrazar.
Seguramente piensas que tú tienes las mismas características y estas no son defectos. Pues al parecer te equivocas, sí lo son. Según “los otros”: el pelo de Juul es caca, su cabeza un huevo, sus orejas alas, sus ojos bizcos, su lengua y voz tartamuda, sus piernas torcidas e inútiles, sus manos sucias…
¡Qué raro! ¿Aún no te convenzo de lo malo de esta situación?
Juul, por el contrario, creyó en la verdad de estas palabras y cortó sus rizos, arrancó sus orejas, encegueció sus ojos, quemó su lengua, destruyó sus piernas y sus manos; hasta que perdió la cabeza. Porque has de saber que cuando se es tan imperfecto, no importa lo que hagas, cuando eliminas un defecto, alguno que queda en ti será mucho peor.
Y “los otros” siempre están dispuestos a poner al alcance de la mano algunos elementos necesarios
para el proceso.
Cuando Nora encontró a Juul, solo era un torso y una cabeza abandonada, y por supuesto quiso saber qué había sucedido. El lápiz y el papel fueron sus herramientas. Y la boca que una vez tuvo voz comenzó a escribir… y es que ya sabes, reconocer e integrar nuestra historia siempre nos puede salvar.
Esta es una dramática historia en formato de libro álbum, ilustrado con fotografías de un muñeco de madera, que a lo largo del libro va perdiendo sus partes, tal como relata la historia. A pesar de haber sido editado por tercera vez en el 2009, es un libro que dolorosamente sigue vigente, mostrándonos la vivencia del menosprecio y del maltrato, hasta llegar a la desintegración.
Un libro que todo mediador debe haber leído si quiere abordar con un profundo sentimiento de empatía la violencia escolar.

Dip. Más allá de la oscuridad

 


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Por Pilarica Echeverría, profesora de castellano y animadora de la lectura.

Dip. Más allá de la oscuridad
Escritora e Ilustradora: Eva Sánchez
Lectores Edelvives | 2016

Los miedos envuelven y amortajan al ser humano al punto de enceguecerlo y hundirlo en las profundidades de la oscuridad, donde termina perdiendo la razón.
La autora Eva Sánchez recurre a la leyenda catalana de los “dips”, perros lobos salvajes, que al igual que el chupacabras latinoamericano, se alimentan de la sangre del ganado. A través de esta figura nos habla del miedo y de la relación que el hombre tiene con este.
La voz de los dips, que son los protagonistas del cuento y que la autora tomó como símbolo del miedo, cuenta cómo los hombres les temen y cómo huyen cuando el “viento susurra” su nombre. Pero también nos revelan cómo actúan algunos adultos para proteger a sus hijos o cómo los enfrentan y creen que son capaces de dominarlos. Otros, en cambio, se subyugan y aprenden a convivir con ellos. Finalmente, hay hombres que se obsesionan, se enceguecen y actúan sin razón. Entonces las consecuencias son fatales, tal como ocurre en esta historia, que tiene un final escalofriante.
Las ilustraciones difusas, pero aplastantes, en colores que se mueven entre los grises y los negros sobre páginas en color sepia, transmiten magistralmente la sensación que produce el miedo. Las escenas de luces y sombras, de animales largos desplazándose por los aires, recogen la imagen de esos miedos que flotan, danzan y se desplazan en torno a uno y que a veces nos paralizan y otras nos levantan cual gigantes todopoderosos.
Pero no solo resalta el miedo en esta obra, también vemos cómo esta emoción, que ha sido personificada en unos lobos salvajes, amenaza y ataca al ser humano, lo subyuga y lo paraliza, tal como lo demuestran las ilustraciones cuyos seres se ven terroríficos. Es así como el lector se encontrará con una violencia sicológica mil veces más agresiva que la física, que lleva al hombre a actuar de manera irracional e impensada y que lo puede impulsar a cometer el acto más violento que puede realizar: matar.
No cabe duda de que Eva Sánchez logró su objetivo. Estoy segura de que cada lector que tome y abra este libro sentirá el peso de las imágenes e identificará la violencia que los miedos ejercen sobre él, que lo pueden llevar a actuar de maneras inesperadas.
El libro obtuvo el IV Premio Internacional Álbum Ilustrado 2015 que convoca la Editorial Edelvives.

Estela grita muy fuerte

 


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Por Bernardita Bravo, asesora de Bibliotecas SIP.

Estela grita muy fuerte
Escritora: Isabel Olid
Ilustradora: Martina Vanda
Primeros lectores Tajamar Editores | 2008

Estela grita muy fuerte se inscribe dentro de aquellos libros que abordan temas que hace un tiempo hubiéramos denominado poco comunes dentro de la literatura infantil y juvenil, al menos en nuestro medio local. Hoy, por suerte, ha habido cambios y quienes crean o difunden esta literatura, interesados en acercarse a la experiencia de la infancia desde un mirada fresca, aguda y necesaria para establecer un buen puente comunicante, han decidido no subestimar al niño con pura fantasía al estilo Disney y encararlo con la cotidianidad, y lo que ella tiene de bueno y malo. En la vida nos pasan cosas y urge relatarlas para, junto con atraer y entretener, formar, acompañar y enseñar. Esta es la historia de Estela, una niña tímida que se refugia en su imaginación para sortear los momentos que le son desagradables. Por ejemplo, su amiga Lucía la pellizca y ella en vez de defenderse imagina que es un pájaro naranja que vuela alto y se escapa. Las ilustraciones de estilo onírico refuerzan este mecanismo que funciona como vía de escape y resistencia. La profesora es quien le hace ver que es necesario expresar el disgusto, “gritar fuerte hasta que vengan a ayudarte”, no permitir el daño. Así es como Estela se atreve a decirle a su madre que no le tire tanto el pelo mientras la peina, e inmediatamente después, su tío Anselmo haciéndole “unas cosquillas raras por todo el cuerpo, incluso por sitios escondidos que ni ella conoce”, aparece como un acto cotidiano más, y por lo mismo, expresando su brutalidad y urgente denuncia. El relato no profundiza en lo que ocurre una vez que la niña se decide a contar lo que pasa, pues finaliza antes: “tiene muchas cosas que contarle a mamá, pero lo hará mañana. Hoy solo tiene ganas de abrazarla”; y se centra en la escena en que se atreve a gritar para detener el abuso, salir del silencio y reconocer ante toda la familia que el juego de su tío no le gusta nada. Libros de este tipo instan a reflexionar sobre la necesidad de que el niño exprese lo que siente con respecto a las cosas que le hacen daño. Es clave en este tipo de títulos la presencia de una mediación de lectura adecuada y lúcida, que muchas veces puede ser deficiente debido a distintas razones (desde ciertos sesgos ideológicos de algunos establecimientos u hogares, hasta competencias limitadas de los mediadores de lectura). La intención final de estas temáticas es no hacer ojos ciegos y oídos sordos a una realidad que, como tantas otras, es más común de lo que creemos, o queremos creer. Invertir tiempo en niños felices, sanos y seguros es también tarea de los libros y su promoción.

¿Por qué?

 


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Por Pep Bruno, narrador oral, escritor y editor.

¿Por qué?
Escritor e ilustrador: Nikolai Popov
Primeros lectores Norte-Sur | 1988

Si no recuerdo mal, la primera vez que estuve en México fue en 1998, en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil que se celebraba en el DF. De aquella feria me traje un montón de buenos recuerdos, unos cuantos amigos y una maleta llena de libros que, por aquel entonces, eran difíciles (o imposibles) de conseguir en España. De todos esos libros hay dos que sigo llevando a menudo en mi mochila de trabajo, uno de ellos es ¿Por qué?, un libro álbum de Nikolai Popov.
La historia que cuenta este libro es muy sencilla: una rana está sentada sobre una piedra en un prado, tiene una flor en las manos. De pronto aparece un ratón que, de entre todas las flores que hay en el prado, quiere la que, precisamente, tiene la rana. De malas maneras, el ratón le arrebata la flor a la rana. Pero la rana no se queda de brazos cruzados, llama a otras ranas que le ayudan a recuperar su flor (es más, a quedarse con todas las flores y el paraguas del ratón). Pero el ratón no se ha quedado conforme, ha llamado a otros ratones y juntos vienen a recuperar flores y el paraguas… La historia entra en un espiral en el que ranas y ratones van incrementando sus fuerzas hasta terminar en un enfrentamiento que resulta trágico y en el que todas las ranas y todos los ratones mueren salvo dos, la rana y el ratón del principio que ahora, entre cenizas y desolación, se preguntan ¿por qué?
Como podéis ver, el libro muestra, de una manera sencilla y muy cercana, cómo ocurre un espiral de violencia que desemboca en hierro y muerte. Es voluntad declarada del autor que así sea, pues él mismo explica al final del libro su experiencia como niño que vivió la II Guerra Mundial en su ciudad natal (Saratov, en el centro de Rusia): “decidí hacer este libro porque pienso que si los niños ven la insensatez de la guerra, si ellos logran percibir con qué facilidad es posible verse envueltos en un ciclo de violencia, entonces podrán transformarse en una fuerza que elija la paz en el futuro”.
La historia se construye exclusivamente con ilustraciones. Estas son muy claras y limpias al principio y, según avanza la trama, se van “ensuciando” con tonos más oscuros.
Pienso además que, aunque el libro tenga esa clara voluntad por mostrar el espiral de la violencia, no hace de esto un panfleto, pues la manera como cuenta, la multitud de detalles, la resolución final y, sobre todo, el título del libro, invitan al diálogo y a la búsqueda de respuestas.
Un libro delicioso que os recomiendo.

Representar la violencia

Recuperar, a través de la literatura, los pedazos de un mundo roto.

Por Lola Larra, periodista, escritora y directora de Ekaré Sur.

En la pasada Feria del Libro de Bogotá, fui invitada a una mesa sobre “Memoria, violencia y literatura” a propósito de mi última novela, Sprinters, los niños de Colonia Dignidad. Allí, compartí charla con la escritora vasca Edurne Portela, cuyo libro El eco de los disparos da cuenta de los peores años del conflicto de ETA en el País Vasco. También con la periodista bogotana Marbel Sandoval, que en Joaquina Centeno recupera la voz de las madres de hijos desaparecidos durante el conflicto armado colombiano y con el antioqueño Gilmer Mesa, quien narra de manera desgarrada y testimonial la historia de una banda de adolescentes en el Medellín de fines de los ochenta en La cuadra. Ninguno de los libros que nos convocaba es “para niños” o “para jóvenes”; se trata de textos “para adultos”. Sin embargo, los cuatro visitan el territorio de la infancia y de la adolescencia en escenarios cargados de intimidación y violencia.

La moderadora, Cristina Lleras, curadora del futuro Museo Nacional de la Memoria de Colombia, lanzó a bocajarro las primeras preguntas: “¿No podríamos pensar que la representación de la violencia sirve también para su naturalización? ¿A través de esta memoria de la violencia, no terminamos adaptándonos como lectores a ella?”. Si no en todos los temas, en este punto estuvimos los cuatro de acuerdo: por el contrario, recuperar a través de la literatura, o de cualquier otra manifestación artística, los pedazos de un mundo roto por la irrupción temprana y feroz de la guerra, el terrorismo, la pobreza, el abuso o cualquier otra cara de la violencia es una manera -una de las tantas- de reconciliar y reparar.
Edurne Portela lo esbozó de manera diáfana: “¿Podemos reconstruir nuestra sociedad e imaginar la convivencia, sin dar espacio en nuestra memoria a las víctimas de la violencia? A través de la elaboración imaginativa del pasado, a través de relatos éticos y empáticos, podemos indagar en los aspectos más opacos del conflicto, desnaturalizar la violencia, investigar el porqué de nuestros silencios y de nuestra indiferencia, intentar comprender (sin justificar) las dinámicas del terror y del abuso”.
No fuimos los únicos que conversamos sobre violencia, guerra, memoria y olvido en la FILBO. Los colombianos aún tenían muy presente el plebiscito del año pasado, y las noticias de asesinatos, bombas, represiones y femicidios circulaban por los pasillos y los entretelones de la feria como un recordatorio permanente de que las cosas no están nada bien en nuestro continente. Seguramente son ellos, los colombianos, a causa de más de sesenta años de conflicto armado en el país, los que han entendido mejor en Latinoamérica lo necesario que es hablar de todos los temas, incluidos los más ásperos y brutales. Y también son los que han hecho la reflexión más profunda acerca de lo vano que resulta intentar proteger a los niños del mundo tal como es.

Yolanda Reyes (Los agujeros negros), Jairo Buitrago (Camino a casa), Gerardo Meneses (La luna en los almendros), Irene Vasco (Paso a paso), Ivar Da Coll (Tengo miedo), Francisco Montaña (No comas renacuajos), entre muchos otros autores colombianos, así como los ensayos de Beatriz Helena Robledo, o las mesas que hubo en la FILBO acerca de cómo convertir el dolor y la violencia de la guerra en Colombia en literatura para niños; todos ellos reconocen la imposibilidad de mantener a los niños fuera de lo que sucede en el mundo. “Un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Pero protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror”, comenta la escritora colombiana Lina Vargas.

¿Qué mostrar? ¿Qué esconder? ¿Cuál es el límite? La pregunta va y viene, pero siempre regresa, y no solo en el ámbito de la literatura infantil. Hace poco, a propósito del atentado en la Rambla de Barcelona, fueron muchos los periodistas, fotógrafos y editores de diarios que se preguntaron, una vez más, hasta dónde es legítimo mostrar y qué es legítimo mostrar, dónde termina la información a la que tenemos derecho y dónde comienza el morbo.

¿Y dónde quedan los niños ante estas dudas y preguntas? Nuestra poca confianza en la inteligencia y perspicacia de los niños y jóvenes a veces nos lleva a querer alejarlos de libros que toquen temas “no apropiados” para su “inocencia”. A diferencia de los noticiarios, la televisión o el cine, a los libros, creo yo, se les suele poner un baremo muy recortado, como si el libro fuera un escenario que debe mantenerse incólume y ajeno ante un mundo plagado de ruidos, de imágenes descarnadas y de conflicto. Entonces pienso en libros tan bien logrados como La composición de Antonio Skármeta, ilustrado por Alfonso Ruano, que habla con potencia, sutileza e incluso humor de temas difíciles como la dictadura o la delación. Pedro, el protagonista, un niño que percibe que la muralla divisoria entre el mundo de los adultos y el de los niños no existe, nos recuerda que ese ímpetu protector no es más que una ficción de nosotros los adultos, un andamiaje para nuestra propia tranquilidad.


Lola Larra (Claudia Larraguibel) nació en Santiago de Chile, creció en Caracas y trabajó muchos años como periodista en Madrid, en medios como El País, Cinemanía, Rolling Stone y Vogue. Ha publicado cuentos, crónicas y las novelas Reír como ellos, Reglas de caballería, Donde nunca es invierno, Puesta en escena y Al sur de la Alameda, libro que ha recibido varios reconocimientos. Entre ellos, destacan el Premio Municipal de Santiago, Marta Brunet, Amster-Coré, Lista White Raven, Los Mejores del Banco del Libro y el Premio Cuatrogatos. Su última novela es Sprinters, los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016). Actualmente vive en Santiago, donde dirige Ediciones Ekaré Sur, un sello de libros ilustrados para niños y jóvenes.

Inés Garland: “Se da mucho en la literatura una violencia que es tan oscura que no tiene salida, yo a eso no adhiero”

La escritura instintiva, esa que va armando el libro a medida que se escribe, es la que practica Inés Garland. Sin premeditarlo, ha dedicado sus últimas obras a un público juvenil, al que ella pretende mostrar la realidad sin tapujos: cruda y oscura, pero
que convive con la belleza y la luz del mundo que la rodea.

Por Catalina González, editora RHUV

Fotografía © Alejandro Guyot

La adolescencia es probablemente una de las edades más complicadas por las que nos toca atravesar. Una etapa de tránsito, en la que sentimos todo intensamente y nos forjamos como adultos. Inés acompaña a los jóvenes en ese camino, y lo hace a través de novelas en las que no hay espacio para tabúes. Sus personajes transitan a la adultez de manera brusca, violenta, y son testigos, desde diferentes escenarios, del acontecer político y social que los rodea, del abuso de poder, abusos sexuales y, sobre todo, de las diferencias.
Su novela Las otras islas habla del conflicto de Las Malvinas; Piedra, papel o tijera transcurre en la dictadura y fue premiada como mejor novela juvenil del año 2009 por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina (ALIJA). Su última novela para jóvenes se llama Los ojos de la noche, y trata también sobre la violencia, pero esta vez en las relaciones de amor.

¿Qué es lo que te provoca tocar temas complicados y violentos en la literatura juvenil?
– Cuando empecé a escribir Piedra, papel y tijera no tenía intención de tocar la dictadura. Lo comencé como un cuento corto; había un tipo de violencia en el plan, pero era social. Eran dos amigas, una iba los fines de semana a la isla y la otra era isleña. En la adolescencia se dan cuenta de la diferencia social que las separa y eso es una clase de violencia, la de las sociedades.
Luego, mientras lo escribía pasó algo bastante raro: apareció el personaje de Marito, que es isleño también. En mi cabeza sabía que iba a militar en los años setenta, que iba a ser políticamente muy activo. Con esto me di cuenta de que era una novela y decidí que iba a transcurrir en ese tiempo.
Parezco medio loca cuando te lo digo, pero es que yo escribo así. Las cosas se me van apareciendo en la mente. Entiendo lo que voy a decir cuando ya lo dije.

¿Con qué tuvo que ver este cambio de rumbo en la historia?
– No tomé una decisión consciente, pero sí sé que tuvo que ver con que yo en la dictadura tenía 16 años, por lo que se relaciona con mi propia vida, independientemente de que hay material que yo investigué. En esa época yo iba a un colegio de monjas, igual que Alma, la protagonista. En mi casa no se hablaba del tema y yo me enteré de todo muchos años más tarde, en un viaje que hice. Ahí tuve una sensación horrible de culpa, de no haberme dado cuenta de lo que estaba pasando, de haber sido engañada. Tuve muchos enfrentamientos con mis padres por esto. El tema quedó dando vueltas en mí, hasta que escribí la novela. La violencia impactó en mi vida, necesitaba entenderla y por eso me decidí a escribirla.

¿Escribiste la novela pensando en adolescentes? ¿O también eso se dio espontáneamente?
– No escribo para jóvenes pensando que el libro es para ellos. Lo que sí sabía era que la protagonista era joven. Cuando lo revisó la editora de adultos, ella pensó que podía ser concebida como una muy buena novela para jóvenes, y así resultó.

¿Qué te provoca eso?
– Ha sido genial para mí. Justo hoy estuve muchas horas en un colegio, con chicos jóvenes. Me preguntan muchas cosas y hablamos sobre temas complicados. Entre ellos, salió la violencia.
Me gusta porque no escribí la novela para jóvenes, y resultó siendo para ellos. No pienso distinto cuando escribo una novela para jóvenes o cuando escribo una novela para adultos. Me parece que eso lo terminan resolviendo los editores. Yo escribo lo que la historia necesita, después se ve…

“Parezco medio loca cuando te lo digo, pero es que yo escribo así. Las cosas se me van apareciendo en la mente. Entiendo lo que voy a decir cuando ya lo dije”.

¿Cuál es tu opinión con respecto a si la literatura juvenil tiene o no que dar espacio a temas violentos? Independientemente de que sean temas oscuros.
– Los niños y adolescentes están sometidos a todo tipo de violencia en la televisión, en los medios, en cada paso que dan en la vida que los rodea. Me llama la atención que la violencia y la sexualidad aparezcan como tabú para estos grupos y pienso exactamente lo mismo con respecto a ambos. Bombardean a los niños por todos lados y después no quieren que los libros les muestren lo que están viendo todo el día.
La violencia me interesa que apele, en algún momento, a lo más luminoso que tenemos los seres humanos. El tema puede ser todo lo oscuro que quieras, pero tiene que mostrar alguna salida. El ser humano necesita tener esa luz al final del oscurantismo, esa ilusión de que las cosas pueden cambiar y pueden ser mejores, esa confianza en el costado luminoso de nosotros mismos. Ahora se da mucho en la literatura una violencia que es tan oscura que no tiene salida, yo a eso no adhiero.

¿Por algún motivo en especial?
– Porque soy idealista y me parece que si vamos a hablar de violencia sin salida o de oscuridad total, estamos simplemente abandonando algo que está ahí. Creo que la literatura aspira a algo más.

¿A qué, por ejemplo?
– Creo que apela al lado más luminoso, compasivo y amoroso del ser humano. Tiene que haber un personaje que sea querible o amoroso en una historia. Ese tipo de literatura donde solo hay víctimas y victimarios no me interesa para nada. Ni para mí, ni para los jóvenes. Me da la sensación de que tenemos que apelar a algo más, pero eso es una opinión personal.

¿Intentas torcer la historia para que termine bien?
– No, de hecho, Piedra, papel o tijera no termina bien y los chicos me viven preguntando por qué lo terminé así, pero yo veo ahí una luz. La veo en la historia de la dictadura, la veo en lo que fue de los hijos y los nietos de los desaparecidos. Me parece que el final que elegí, sin ser alegre, tiene que ver con esta única luz posible que queda dentro de la historia. Que haya gente que siga preocupándose por los desaparecidos políticos, que los sigan buscando y que haya abuelas que los sigan queriendo encontrar, que haya toda una sociedad involucrada en que aparezcan; eso no puede sino hablar de la luz de la que te hablé antes.

Te reúnes con jóvenes. ¿Cómo crees que es su percepción del mundo violento en que vivimos? ¿En qué buscan refugio?
– Hoy justamente hablábamos de la violencia en sus relaciones amorosas. En Los ojos de la noche, el novio de la protagonista le dice que van a pasar las vacaciones juntos, pero él la abandona a último momento y parte solo a Brasil; le manda fotos con garotas y ella sufre mucho. De algún modo, él la maltrata. Una de las chicas me preguntó por qué ella no volvía con este novio, a mí me llamó la atención y le pregunté: ¿por qué querrías que volviera con alguien que la hace sufrir? Ella me miraba…
Yo creo que ellos viven una naturalización de la violencia espeluznante. Yo no tengo televisión hace años y me impresiona lo distinta que soy a personas que están todo el día expuestas a escenas violentas en la televisión.

“La violencia me interesa que apele, a lo más luminoso que tenemos. El tema puede ser todo lo oscuro que quieras, pero tiene que mostrar alguna salida”.

¿Qué puede hacer la literatura con respecto a esto?
– Le puede dar una vuelta, hacernos pensar. Con las imágenes, la violencia se percibe distinta. Desde la literatura, el protagonista o cualquier personaje puede reflexionar sobre el tema. Mientras que la imagen te la enchufan, vos tenés que mirar y no tenés tiempo para reflexionar, es tal el bombardeo que no te da tiempo de digerir.
Esa falta de pausa genera una desconexión muy grande con lo que te producen esas imágenes. Creo que es importante que la violencia sí aparezca en la literatura, pero que lo haga con cierta reflexión. Creo que la literatura te da más ese espacio.

¿Cómo crees que lo están haciendo los demás autores en literatura al tratar estas temáticas?
– Al menos yo elijo leer novelas que, aunque traten la violencia, estén llenas de amor y cosas buenas también. De lo contrario, ni siquiera las hojeo porque sé que me van a afectar, pero es por cómo soy yo.
Apunto al tipo de literatura en la que el ser humano tiene, en sí mismo, la posibilidad de conectarse en cualquier momento con el amor, por más espantoso que sea todo.

En tu obra el amor se aborda como algo complejo, se trata de historias tristes ¿Qué buscas con esto?
– Las dos cosas van juntas: amor y dolor. El amor lo presento como un problema. Es como si fuéramos un instrumento que está afinado a la perfección y que se desafina permanentemente. Cuando nos desafinamos, nos desencontramos. El amor es un problema porque en su máxima afinación es maravilloso, pero todo el tiempo nos desafinamos. Por eso me aparece a mí como un problema, porque entiendo que es esa búsqueda de encuentro con otro, de compartir y quererse. Eso es difícil y ese camino está lleno de obstáculos. Así, tal cual, lo muestro en mis libros.

“El amor lo presento como un problema. Es como si fuéramos un instrumento que está afinado a la perfección y que se desafina permanentemente”.

¿Qué otro tema crees que es urgente tratar desde la literatura?
– Todas las desigualdades, la poca tolerancia con las diferencias. Pero no es que crea que es urgente tratarlas desde la literatura, creo que tenemos que pensar en estas cosas primero, reflexionar, para después poder escribir sobre ellas. Tenemos que estar preocupados como seres humanos, y después aparecerán los temas en nuestra literatura.
El bullying en redes sociales y todo lo que está pasando con ellas es un temazo.

Violencia y libros ilustrados

De manera casi natural, la violencia ha orbitado entre otras realidades incómodas de la experiencia de la niñez que se exponen en la literatura infantil. Los cuentos clásicos emergidos de la tradición oral, donde la virtud o la moraleja se instalaron de lleno, son de una brutalidad primaria. Al paso del tiempo, los compiladores como Perrault y los hermanos Grimm se encargaron de matizar estas historias, ocultando elementos demasiado gráficos como asesinatos, incestos y violaciones. En este artículo no pretendemos ahondar sobre este proceso que ya ha sido bien documentado, sino acercarnos a la violencia en los libros ilustrados contemporáneos, donde la situación es distinta.

Por Adriana Benítez, maestra de preescolar e ilustradora mexicana, y Jairo Buitrago, autor colombiano de libros para niños.

Ilustración de Camilo Jerez

En algún punto, la literatura clásica comenzó a eludir contenidos escabrosos en las historias dirigidas al público infantil, a raíz de los cambios sobre el concepto de niñez. Antiguamente, la violencia fue un recurso para modelar la conducta; sin embargo, después se consideró que los niños debían ser protegidos y mantenidos a resguardo de conductas moralmente cuestionables. Actualmente, son los mismos adultos quienes buscan en la literatura una forma de experiencia vicaria para abordar temas sensibles con los niños.

No obstante, la contundencia de la imagen en los álbumes provoca inseguridad en lectores adultos que no están familiarizados con este tipo de libros. Por ello, escritores, ilustradores y editores han utilizado la metáfora como una mediación para evitar la exposición directa de la violencia frente al lector. Materializada en forma de todo tipo de monstruos e, incluso de ausencia, es una amenaza latente que no se muestra, pero que permite inferir la crudeza de la situación. Esta estrategia se ha utilizado junto con otras para establecer el tratamiento del tema de la violencia por considerarse “difícil” o “espinoso”.

Las formas en que se aborda la violencia en la literatura infantil podrían enumerarse de la siguiente manera:
» Positiva
» Burlona (slapstick o el absurdo)
» Realista

Positiva:
Se plantea una situación violenta que no se muestra literalmente, y se resuelve de la mejor forma posible. Da a conocer una realidad triste, pero el final transmite esperanza y aliento. Un ejemplo es el libro Te quiero, niña bonita de Rose Lewis. El tema principal es el deseo de una mujer por ser madre y la adopción de una bebé; el tema que subyace es el del abandono de la pequeña. La narración transcurre como un relato donde la mujer le cuenta a la niña la historia de su viaje para encontrarse con ella. La paleta de colores es suave y los trazos delicados. La atmósfera creada transmite dulzura y el desenlace es el ideal.

Burlona:
Los actos violentos adquieren diferente significado en función del contexto. Pueden verse en estos libros golpes, bofetadas, humillaciones, insultos y todo tipo de violencia gráfica. Sin embargo, el humor cambia su intención acercándolo al chiste “de pastelazo” o, como se le conoce en el cine clásico, slapstick. En el álbum Shrek de William Steig, el protagonista es echado de su casa de una patada y durante toda la historia utiliza la agresión como forma de relación común con los demás personajes.

Realista:
Esta forma de narrar se apega muchas veces a historias de la vida real, aunque no necesariamente se resuelvan favorablemente o con finales felices en todos los casos. Son buenas experiencias para la reflexión y la conversación con los niños.
Sinna Mann de Gro Dahle y Svein Nyhus es un álbum que aborda la violencia doméstica de forma directa, mostrando la superioridad del agresor frente a la víctima con el contraste de tamaños entre los personajes y el uso de los colores rojo y amarillo para acentuar la ira del padre, quien se convierte en un gigante capaz de destruirlo todo, hasta a su propia familia.
Cabe mencionar que la violencia se manifiesta en muchas formas y está presente incluso en los actos más cotidianos de la vida. Es por esto que resulta necesaria su identificación para evitar que se normalice. Los libros ilustrados han tocado estos temas, en que es posible descubrir lo que subyace en su narrativa. Algunos ejemplos son:

» La guerra: La historia de Erika. Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti

» El bullying: Oliver Button es una nena. Tomie dePaola

» Discriminación: Voces en el parque. Anthony Browne

» Racismo: Niña bonita. Ana María Machado y Rosana Faría

» Abandono: Te quiero, niña bonita. Rose Lewis

» La orfandad: Madeline. Ludwig Bemelmans

» Indiferencia: Ahora no, Bernardo. David McKee

» Maltrato físico: La peor señora del mundo. Francisco Hinojosa

» Marginación: ¡Un libro! Libby Gleeson y Freya Blackwood

» Machismo: Elenita. Campbell Geeslin y Ana Juan

Este es apenas un acercamiento a un fenómeno que resulta complejo y extenso. También hay que aclarar que los libros mencionados se eligieron por su calidad gráfico-literaria y no fueron escritos con un fin didáctico; la buena literatura lo es a instancias del tema que trata. Si bien los libros por sí solos no solucionan los conflictos, nos ayudan a comprender la complejidad humana.

Literatura y asepsia: sobre el gusto por limpiar

“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?” No matarás, Krzysztof Kieslowski.

Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur


Ilustración de Valeria Castro

El joven Jacek, protagonista de la película No matarás del director Krzysztof Kieślowski, en un acto puramente irracional y salvaje, asesina a un taxista sin ningún móvil aparente. La escena del asesinato es desgarradora, violenta y de un verismo angustiante y sucio. Primero lo asfixia, desde el asiento trasero del taxi, con una cuerda que vimos repetidas veces antes, como una suerte de sentencia o advertencia. Ante la resistencia del taxista, que lucha para no perder la vida, Jacek se baja del asiento trasero y le asesta fuertes golpes en los brazos para que deje de tocar la bocina. Se detiene un momento y se baja del taxi, rodeándolo, al acecho. El taxista intenta liberarse, con dolor, pero Jacek abre la puerta y golpea esta vez la cabeza del hombre con duros golpes descendentes. La mirada del taxista, agónica, escruta a Jacek, quien no soporta la visión de la muerte sobre sus ojos y solo puede proferir “Jesús” para luego cubrirle el rostro destruido con una manta. Lleva el taxi al borde de un río y baja al sujeto, arrastrándolo hasta la orilla. El hombre sigue vivo, balbucea algunas palabras con dificultad, con desesperación, mientras Jacek busca algo a su alrededor. Encuentra una piedra, una gran y contundente piedra, toma aire, duda, se llena de valor y termina con la vida del desdichado aplastándole la cabeza. Jacek, que nos recuerda a Caín, es condenado a la horca, suerte de correlato de la cuerda que vimos en distintos planos.

En toda la historia de la literatura podemos encontrar episodios de violencia: el conflicto edípico en la tragedia griega; la muerte del hermano justo, Abel, en la tradición bíblica; la imagen pornográfica en el marqués de Sade (ofensivo o indignante para ciertas sensibilidades). Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil. De la misma manera que parece inútil inventariar los rasgos o sesgos de violencia que existen en la literatura dirigida para niños y jóvenes. En la tradición occidental de este tipo de literatura, la violencia ha estado presente en una cantidad importante de narraciones, que sufren modificaciones según los tiempos que corren. Los hermanos Grimm supieron codificar esa violencia en relatos ejemplificadores; Ítalo Calvino, en sus versiones de los cuentos folklóricos italianos, no deja títere, dragón ni príncipe con cabeza; el doctor Heinrich Hoffmann no se guardaba recursos para aleccionar a sus pacientes con su famoso Struwwelpeter.

El inventario de la violencia, en tiempos de lo políticamente correcto, es el camino que los estados parecen haber tomado. Existen instituciones que utilizan diversos mecanismos para el control de lo que es correcto o no es correcto decir; para el control de la producción de los discursos. Algunas sociedades funcionan de manera más o menos represiva; otras lo hacen de forma solapada, utilizan la censura y el control de manera subyacente. Así, en algunas instancias, se llevan a cabo procesos de revisión de colecciones completas de libros con el fin de encontrar rasgos o discursos que atenten contra lo enmarcado dentro de lo correcto, por nombrar un ejercicio.

“Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil”.

En un breve, pero fundamental ensayo, Michel Foucault indica: “supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido” (El orden del discurso). Foucault distingue también otros dos grandes procedimientos de exclusión: la separación de la locura y la voluntad de verdad. Sin duda, a través de un nivel de sofisticación, el estado es capaz de controlar los discursos que se producen en diversas esferas de la vida social. Y la literatura no es ajena a ello.

En una línea de pensamiento cercana, el escritor sudafricano J. M. Coetzee escribe, citando a Herbert Marcuse: “en el siglo XX […] los estados han desarrollado técnicas para usar la tolerancia con fines sutilmente represivos”. Es común encontrar hoy en día libros que educan en valores globalmente aceptados como la tolerancia, la libertad de expresión, la aceptación del otro, entre otros temas. En esos casos, la violencia es utilizada de manera instrumental, como eje que articula temáticamente un relato en función de un discurso mayor. Haciendo el ejercicio del inventario de lo inútil, podríamos encontrar libros que tratan sobre los diversos tipos de violencia: discursiva, política, sexual, por nombrar algunas. Lo problemático, en esta situación, no sería su abordaje en la literatura (que podría ser muy sano, por lo demás), sino que una especie de homogeneización de los discursos. Una suerte de asepsia en la escritura, cuyo único daño es sobre la literatura misma y, como consecuencia, sobre sus lectores. Lamentablemente, los lectores más desfavorecidos por este tipo de libros son los niños incapaces de seleccionar sus propias lecturas.

En países donde existe una inversión del estado en temas relacionados con la cultura, existe al mismo tiempo una preocupación por los discursos que son aceptados o rechazados. Un filtro con el que se seleccionan los proyectos realizables. Así, en una convocatoria pública de fomento de la creación literaria, seguramente aparecerán bases y objetivos que estén alineados con las sensibilidades de turno. La consecuencia más evidente que este tipo de acciones puede tener es la estandarización de la literatura, la homogeneización de los puntos de vista.
J. M. Coetzee lo menciona de manera muy clara: “Bajo la censura no florece la literatura. Ello no significa que las órdenes del censor, o la figura interiorizada de este, sean la única -ni siquiera la principal- presión que sufre el escritor: hay formas de represión, heredadas, adquiridas o autoimpuestas, que pueden experimentarse más profundamente”. En el caso chileno, con el antecedente de una larga dictadura militar, periodo en el cual las manifestaciones artísticas fueron violentamente reprimidas, se generó una especie de autocensura, debido a la implementación de fuertes códigos valóricos que permearon la vida cultural y social del país, además de hacer mella en la producción artística.

Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria. Con la intención de suprimir o reducir discursos que atenten en contra de los sistemas valóricos actuales, los que valoran temas como la inclusión, la tolerancia y la libertad de expresión, no se hace más que segregar, evidenciar la diferencia y limitar la libertad de expresión. Es una paradoja de la libertad. Es cierto, se reducen, por ejemplo, los discursos discriminatorios, los discursos de odio; pero ¿cuánto pierde la producción literaria al autoimponerse un filtro, una reserva? En ese sentido, Coetzee indica: “A mediados de la década de 1980, me era posible dar por supuesto que la intelectualidad compartía en líneas generales mi opinión de que cuantas menos restricciones legales se aplicaran a la capacidad de expresarse, mejor: si resultaba que algunas de las formas asumidas por la libre expresión eran desafortunadas, ello era parte del precio de la libertad. La censura institucional era una señal de debilidad del Estado, no de fortaleza; el historial mundial de la censura era lo bastante repugnante para desacreditarla para siempre”.

El ejercicio de la libertad de expresión es, sin duda, paradójico. ¿Cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a soportar opiniones desafortunadas? ¿Cuánto odio, por ejemplo, somos capaces de tolerar? En la literatura para niños y jóvenes, estos rasgos de violencia o intolerancia han sido completamente suprimidos, blanqueados, en pos de una literatura completamente aséptica e inmaculada. Si la violencia es retratada, se hace para evidenciar lo reprobable de los actos violentos: la discriminación, la guerra, la migración forzada. En ningún caso para problematizar, para discutir las posturas, para ensuciar los discursos.

Hace un año asistí a una exposición de Otto Dix en el Museo Nacional de Arte de México. Paradojalmente, yo estaba ahí haciendo un libro para niños. Difícilmente alguna obra de Otto Dix podría integrar las páginas de un libro para niños. Hombres descuartizados, con las tripas revueltas en medio del campo de batalla, o en el fondo de una trinchera infecta. Centenares de muertos que se apilan uno sobre el otro, como una pirámide humana, carne y sangre derramada. El dolor y el miedo en el rostro de figuras ya sin vida, que la perdieron con esa expresión grabada para la eternidad. No hay lecciones en esas pinturas ni en los aguafuertes ni en los grabados de Otto Dix. Solo un sistema de significantes y un tratamiento del enfrentamiento con la muerte y con el horror.

“Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria”.

El psicoanálisis, por su parte, aporta en la teoría que intenta comprender los complejos procesos de lectura de los niños. En su conocido estudio sobre los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim dedica unas páginas a la importancia de la externalización a través de la lectura de relatos. En ese sentido, la literatura funcionaría como una manera de sublimar las pulsiones más irracionales o salvajes del niño. El lector habituado reconoce, en el lenguaje de los cuentos, una serie de símbolos que lo ayudan a ordenar y seleccionar la información que se encuentra en el caos del inconsciente. Para Bettelheim: “El cuento de hadas, aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil -con sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanas de Cenicienta, por ejemplo-, no contradice nunca su realidad física. Es decir, un niño nunca tiene que sentarse sobre cenizas, como Cenicienta, ni es abandonado deliberadamente en un frondoso bosque, como Hansel y Gretel, porque una realidad física similar sería demasiado terrorífica para el niño y perturbaría la comodidad del hogar, mientras que el hecho de dar este bienestar es, precisamente, uno de los objetivos de los cuentos” (Psicoanálisis de los cuentos de hadas). Los cuentos de hadas muchas veces presentan escenarios de violencia o en los que los lectores se ven enfrentados o interpelados. Más allá de las funciones ejemplificadoras o moralizantes que se les ha atribuido históricamente a este tipo de relatos, existe una función socializante y de desarrollo de la personalidad, que es quizás más importante y compleja que la relacionada con los valores o la virtud. La lectura funciona entonces como una externalización significativa de las pulsiones del niño. La violencia, el reconocimiento de personajes malvados, la elección entre opuestos, son partes determinantes en el desarrollo de un lector.

En No matarás, el joven Jacek es registrado por una cámara sucia y ambigua. La imagen parece estar teñida por un filtro verdoso que la resignifica, mientras que el lente de la cámara es intervenido o perturbado por una mancha negra que corta la imagen, a ratos a la mitad, a ratos en un círculo que enmarca a los personajes. El recurso tiene un efecto sobre el espectador, que ve ensuciada la imagen, granulosa. No nos permite observar con claridad lo que ocurre en la acción e interviene la percepción de los objetos dentro del plano. El efecto es de ambiguación de los sucesos; no sabemos si juzgar o no las acciones de los personajes, pues sus conciencias, y las nuestras, están intervenidas por esta pátina verdosa. Me gustaría que la literatura siguiera también, a veces, estos derroteros, que dejara los cercos de lo inmaculado y se permitiera, al menos un poco, de suciedad en el lente.

Concurso Innovación en Mediación Lectora

Mediación lectora y experiencias destacadas

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Con el objetivo de fomentar, estimular y rendir homenaje a las experiencias más destacadas de promoción de la lectura, Fundación Había Una Vez, con el patrocinio de IBBY Chile, Fundación SM y Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), ha organizado el concurso “Innovación en Mediación Lectora”.

Con esta iniciativa se rendirá homenaje a las mejores prácticas lectoras aplicadas por escuelas, bibliotecas, centros culturales, empresas, ONG y otros espacios culturales. A través del concurso se difundirán estas experiencias, para que así otras entidades puedan replicarlas.

La inscripción es gratuita.

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Curso: Introducción a la lectura en voz alta y narración oral

Curso de carácter básico-introductorio de dos módulos de formación en el que se presentarán las técnicas de lectura en voz alta y narración oral como estrategias de animación a la lectura.

Objetivo: Entregar a mediadores de la lectura que se inician en el ámbito de la lectura y narración oral herramientas teóricas y prácticas que aporten al desarrollo de estas habilidades, de manera lúdica y dinámica.

Contenidos:
• Aproximaciones al concepto de tradición oral, fomento lector y animación lectora.
• Diferencia entre la narración oral y la lectura de cuentos: teoría, técnicas y estrategias.
• Ejercitación de la voz: respiración, articulación, intención y volumen.
• Ejercitación de la puesta en escena: creatividad, improvisación, movimiento, gesto y expresión.
• Cómo enfocar la lectura/ narración según el público y sus edades
• Experiencia personal y grupal de lectura y narración con distintos tipos de texto, según las habilidades personales.

Metodología:
• Exposición oral
• Trabajo grupal
• Ejercicios prácticos

Dirigido a:
• Docentes
• Equipo de biblioteca
• Padres y apoderados
• Mediadores de la lectura en otros contextos: trabajadores sociales, voluntarios, monitores, entre otros.

Fechas y horarios:
• Martes 23 de enero de 9:00 – 13:00 hrs.
• Miércoles 24 de enero de 9:00- 13:00 hrs.

Lugar: Fundación Había Una Vez. San Francisco de Asís 216, metro Alcántara, Las Condes

Valor: $35.000 por persona

Formas de pago:
• Transferencia electrónica
• Efectivo

Para más información, escribir a evillanueva@fhuv.cl

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Currículum Profesora:
Trinidad Cabezón Droguett
Licenciada en Letras Hispánicas. Es parte del área de proyectos de Fundación Había Una Vez. Con vasta experiencia en narración y lectura de cuentos para niños, jóvenes y adultos. Se ha formado en diferentes cursos de narración oral, tales como: curso de cuentacuentos organizados por talleres Lumen, taller avanzado de narración oral con compañía La Matrioska, seminario intensivo para narradores con Claudio Ledesma y taller intensivo de narración oral con Aldo Méndez.