Literatura y transformación social

Por Miguel Yaksic*

Los profesores alemanes de la posguerra hacían que sus alumnos leyeran “El Diario de Anna Frank”. Sabían que leerlo les permitiría a los jóvenes comprender los horrores del holocausto y entender lo que habían sufrido las familias judías. Algo parecido sucedería si un grupo de estudiantes criados en una cultura machista y patriarcal leyeran “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, una feminista provocativa y honesta que está lejos de transmitir una perspectiva complaciente del feminismo.  “La Cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher hizo más por desenmascarar el racismo en el sur de Estados Unidos que muchas políticas públicas.  Si quisiéramos ayudarle a alguien a comprender el lugar de la culpa en la conciencia humana, probablemente lo más efectivo sería hacerlos leer “Crimen y Castigo”.

Ha habido un grupo de filósofos británicos desde Hume en adelante que han defendido una teoría que llaman sentimentalismo moral. Sostienen que la educación no es solo un asunto de argumentación. Sino que consiste también en una apelación al sentimiento moral.  El género humano puede educarse en el respeto mutuo, la tolerancia, el reconocimiento, los derechos humanos, la democracia, la libertad, la igualdad y la no discriminación no solo por la vía de las razones, sino sobre todo por el camino de la empatía. No apelando a una esencia común de la humanidad, sino apelando a los sentimientos.

La literatura, y en especial la novela, ha cumplido un rol crucial en la expansión de la democracia. Ha permitido a las personas repensarse a sí mismas y su relación con los demás. La novela es un instrumento de transformación porque sensibiliza, potencia la imaginación, ensancha horizontes, desconfigura y reconfigura el aislamiento cultural, permite desinstalar etnocentrismos y ver a los demás como seres humanos.

Richard Rorty -un filósofo pragmatista estadounidense que se inscribe en la tradición del sentimentalismo moral y que falleció hace poco más de diez años- se preguntaba cómo expandir el “nosotros”, entendiendo por “nosotros” el valor de la democracia, la libertad, la justicia y la solidaridad. Y concluye que la novela contiene un enorme poder democrático. Poder que reside en su capacidad para desarmar la idea –de nuevo, etnocéntrica- de que existe una sola versión verdadera de la vida y de la realidad. La novela cumple un rol persuasivo y transformador. Porque produce nuevas categorías y repertorios que describen la realidad de maneras siempre nuevas y porque ha sustituido a la argumentación por la imaginación como eje fundamental del progreso moral. El poder transformador de la narrativa cultiva la empatía y ayuda a ver a los extraños como compañeros en el sufrimiento; favorece la agencia y la autonomía impulsando al lector a aprender a pensar por sí mismo, liberándose de formas acríticas de entenderse a sí mismo y a los demás.

Cuántas novelas han favorecido la ampliación del “nosotros”. O sea, han permitido a muchas personas empezar a ver a una niña judía, a un campesino negro, a una mujer prostituta o a un joven homosexual como uno de “nosotros”. Es decir, como un ser humano igual en dignidad y derechos.

Si el progreso moral consiste, como afirma Rorty, en expandir la empatía, entonces la literatura puede jugar un rol central.

Hace unos días una investigadora y columnista chilena publicó una columna criticando la performance de Lastesis. La había interpretado a la letra. No comprendió que era una acción performativa, una expresión de arte, una metáfora, que más allá de la literalidad de su letra lo que estaba denunciando son las estructuras sociales, culturales y políticas patriarcales en las que se ha desarrollado la vida. Su crítica era como criticar un cuadro de Picasso porque deforma la anatomía humana. Esta acción de arte callejero probablemente ha hecho más por la causa feminista que mucha argumentación y que muchas políticas paritarias. Se parece al poder de la novela, es el poder transformador del arte y la creatividad.

*Licenciado en filosofía, Licenciado en teología (UC) y Máster en ética social de Boston College (USA). Es director de Promoción, Formación y Vinculación en el Consejo para la Transparencia y profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.