Corromper a los jóvenes

Por Sara Bertrand, escritora

“¿Tiene la literatura una función en el Estado, en el conjunto de humanos, en la república, en la res pública, que debería significar la convivencia pública?”, la pregunta de Pound debiéramos imprimirla en cada biblioteca, sala de clases o lugar de lectura y hacernos reflexionar, porque solemos disociar la literatura de su responsabilidad política, como si perteneciera mayormente al mundo del ocio y no es así. La literatura, como el resto de las artes, es un medio eficaz para la formación del pensamiento crítico. Separarla de las cuestiones del mundo equivale a pensar que escritores y artistas alzan la voz solo para escucharse a ellos mismos. Pound, continúa: “(Su función) Tiene que ver con la claridad y el vigor de todos y cada uno de los pensamientos y opiniones. Tiene que ver con la salud de la materia de la que está hecha el pensamiento”. ¿De qué se compone esa sanidad? De la posibilidad de llevar a cabo una conversación colectiva que reúna y construya; sacuda la mugre; alerte sobre heridas que sangran o costras que no terminan de cerrar. Las sociedades no son distintas de las personas que las componen, incluso más frágiles, porque sus narrativas tardan en cuajar, entendemos nuestra historia gracias a la memoria de nuestros pueblos y eso no sucede de inmediato, requiere tiempo y, por cierto, muchos libros.

El ejercicio de escribir, entonces, implica que el autor/autora vuelque sobre la página toda su capacidad de escucha, palabras que sugieren ecos, reverberaciones o equívocos de un público que no está presente, pero convive con ellas. Decir que un escritor/escritora es traductor de su tiempo no significa que “transcribe” la realidad, sino que oye, sopesa e interpreta. ¿En nombre de quién habla? ¿Qué público imagina? Volver a estas preguntas es necesario cuando la palabra se aleja de la plaza pública y los misterios, cuando las preguntas esenciales desaparecen de los discursos e imaginarios. Porque dirigirse a los jóvenes, por ejemplo, es atender a una conversación dúctil, movediza, un lector que interpela y busca armar un discurso propio, “destruirá” lo que no le interesa ni le parece y “construirá” aquello que le haga sentido, una nueva conversación surge de esa reflexión y lectura (escucha) de voces del pasado próximo y lejano, sopesar esa memoria, su furia y su rabia, porque como dice Alain Badiou, “corromper a los jóvenes quiere decir una sola cosa: intentar que no entren en los caminos ya trazados, que no se consagren a obedecer las costumbres de la ciudad, que puedan proponer otra orientación”. Lo contrario es subestimarlos, olvidar sus horizontes y oscilaciones, el hambre que manifiestan por comprender y aportar, desde sus perspectivas, una nueva manera de hacer las cosas.