Recordando a María Isabel Tenhamm

Recuerdos y huellas de María Isabel Tenhamm 

Por: María del Pilar Echeverría y Carolina Valenzuela C.

En febrero de 2019 nos dejó María Isabel Tenhamm, mujer entrañable, de alma noble, generosa y sincera que narraba, leía y cautivaba con voz dulce y serena. Arquitecto de profesión, tomó siempre, con entusiasmo y responsabilidad cada oportunidad que se le presentó para crear y construir aquello que pudiera transformar y tornar más amable la vida de los demás. Se entregó a los otros a través de su amor por los libros, la poesía y la naturaleza.

Isabel aseguraba: “La vida te pone peldaños y te lleva de la mano hacia donde es bueno que tú vayas y adonde tú puedes poner granitos de arena que son los que viniste a entregar”. Fiel a sus convicciones, en 1995 aceptó el cargo de coordinadora de un nuevo proyecto del Centro Agua Viva denominado “Cuenta cuentos”. El objetivo era preparar y organizar a grupos de voluntarios para contar cuentos en los hospitales pediátricos, con el propósito de contribuir en el proceso de sanación de los niños y ayudarles a enfrentar la enfermedad, el dolor y, muchas veces la soledad que viven al estar lejos de sus familias que permanecían en provincias.

La perseverancia y el esfuerzo de María Isabel junto a María Angela Albertini y al apoyo de los directores y enfermeras de los hospitales pediátricos Roberto del Río y Luis Calvo Mackenna, contribuyó a que en el año 2001 se concretara uno de sus sueños más anhelados: la Fundación Giracuentos, un voluntariado que lleva entretención, compañía, nuevos conocimientos, cultura, esperanza y alegría a través de los libros, los cuentos y el juego a niños hospitalizados y en tratamientos ambulatorios. La Fundación Giracuentos ya tiene 24 años de vida y actualmente cuenta con más de 80 voluntarios que semanalmente entregan dos horas de su tiempo y caminan con sus llamativos canastos por los pasillos de los hospitales haciendo sonar campanas que anuncian a los niños la llegada de los cuentos e historias que les permiten soñar, viajar a mundos lejanos y que les enseñan que, con las palabras y el corazón, todo es posible de crear e imaginar. Cuando María Isabel formaba a los nuevos voluntarios les transmitía su profundo gozo de pertenecer a la Fundación Giracuentos y les decía que los años de experiencia en los hospitales de niños le habían demostrado que los cuentos, bien seleccionados, tienden puentes de amor y ternura y que en ellos está la tregua que devuelve la fuerza para vencer la adversidad.

Gracias a la constancia por sacar adelante este proyecto y consolidarlo a lo largo del tiempo es que en el año 2012 recibió el Premio Buenas Prácticas en Lectura en la Región Metropolitana, entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Hoy día podemos afirmar que los voluntarios Giracuentos están haciendo realidad el sueño de Isabel de que todo niño que pase por los hospitales Luis Calvo Mackenna y Roberto del Río escuche al menos un cuento durante su hospitalización.

Fue pionera también en la creación de la biblioteca del Centro Lector de Lo Barnechea donde, junto a Carmen Lucía Benavides y María Angela Albertini, consolidaron un equipo de voluntariado que sembraba el amor por la palabra en distintos colegios de la comuna. Motivaba a las nuevas voluntarias diciéndoles “el cuentacuentos, cuando tú lo haces con amplitud, es decir, incorporando rimas, versos, música y toda esa cosa maravillosa que tiene el lenguaje, realmente abres puertas para que los niños valoren el leer, la escritura y las bibliotecas”. Tan convencida estaba de la importancia de que los estudiantes escucharan cuentos que ella misma iba a los colegios y cautivaba a los alumnos, los hacía reír, los hacía participar y dejó una huella en el corazón de muchos. En más de una ocasión nos tocó ir caminando por el pueblo de Lo Barnechea y ver correr a un niño a abrazarla diciendo “¡Qué lindo el cuento que nos contó en la escuela!, ¿Cuándo va a ir de nuevo?”. Era una persona querida y recordada.

También se acercó con especial cariño a un grupo de adultos mayores que visitaban el Centro Lector y mantuvo con ellos una estrecha relación que perduró por más de 10 años. Con gran sabiduría y sensibilidad -porque sabía escuchar, mirarlos y acogerlos- los incentivó a escribir sus propias historias, verdaderas autobiografías, con los cuales levantó una obra de teatro. Años después, las mismas abuelas motivadas por María Isabel grabaron sus cuentos en la radio de la Universidad de Chile para que fueran difundidos en radios comunales e hicieron arpilleras retratando su infancia. Es impresionante comprobar cuánto la querían estas señoras por quienes ella tanto se preocupó. Las llamaba por teléfono, las iba a buscar y a dejar a sus casas para que asistieran a la reunión mensual que tenían en el Centro Lector. Una vez más la generosidad afloraba en ese corazón que parecía no tener límite.

Su amor por la naturaleza la llevó a recorrer Chile con su querido Juan Carlos y, junto a él, trabajó en la Fundación Huilo-Huilo buscando proteger y conservar nuestra flora y fauna, especialmente aquella en peligro de extinción como el huemul. Llevaron a cabo un proyecto de criar huemules en la Reserva Huilo-Huilo y, con esfuerzo y sacrificio, después de varios años de lucha por tratar de reproducirlos, lograron tener éxito. Con lágrimas en los ojos nos contó cuando nació el primer huemul en esa área protegida. Aprendió a amar, a reconocer y apreciar la flora y fauna de nuestro país. Cuando hablaba de los árboles del sur, de las flores de su jardín, de los picaflores que visitaban su casa y de los distintos animales que fue conociendo en sus viajes nos transportaba a lugares remotos e idílicos que nos hacían soñar. Quiénes la conocimos de cerca lamentamos que no volveremos a recorrer esos hermosos parajes guiados por su voz tranquila y cautivadora. En el último año de su vida -y a pesar de su salud resentida- nos dio un gran ejemplo de tenacidad al escribir el libro, “Los centinelas del bosque,” que relata con humor los cuidados que necesitan las ranitas de Darwin, esas pequeñas criaturas que habitan los templados bosques del sur de Chile, que tanto amó.

Tuvimos el privilegio de conocerla, de vivir con ella momentos inolvidables, de trabajar juntas, de ser sus amigas y, sobretodo, de aprender de su sabiduría, su sensibilidad, su generosidad, en una palabra, de su entrega total al prójimo.