La Cabeza de Elena

Ese territorio común[1]

Por: Luz Yennifer Reyes Q

Quisiera compartir mi experiencia de lectura con “La cabeza de Elena”, primero como lectora, después como inmigrante y finalmente como mediadora.

Para iniciar, quisiera destacar algunas huellas lectoras que como buen libro álbum nos han dejado sus autores, empecemos por su nombre:  Elena, de la mitología griega, luz que brilla en la oscuridad, esa que indica el viaje de regreso, que brilla con luz propia en medio de la oscuridad. Y si seguimos pensado en personajes épicos cómo no pensar en Penélope, la que espera y la que teje tal como la querida Elena recordando a su madre.

Y por qué no pensar en los bellos agapantos que se hacen presentes desde la portada de la obra. El agapanto o la flor del amor representa desde mi punto de vista ese lazo que une a nuestra protagonista con su madre ausente.

Pero sin lugar a duda, uno de los aspectos que más me sorprendió de este bello encuentro fue hallar al que se queda y no al que se va y cómo aquel que se va, deja trozos de sí… a la larga uno está con un píe acá u otro allá (como digo yo, con un píe Colombia y otro en Chile).

Y ahí mi “yo inmigrante” se hace presente, y mientras tránsito por las páginas de Elena pienso en el innegable papel de la literatura como lugar de acogida, que ofrece y engloba un discurso común, en este caso, en torno a la ausencia del otro, y en el libro álbum, aún sin que entiendas el idioma español (como el caso de los muchos emigrantes haitianos y de otros países no hispano hablantes), el vacío es latente y entonces este espacio acogedor es un espacio para todos.  

El tema de la migración no es un tema nuevo en la literatura universal ni en la literatura infantil, especialmente después de la segunda guerra mundial y la evolución hacia sociedades más interconectadas, caracterizada en gran parte por la descripción sensorial (olores, colores, música, mercados y paisajes) del tipo de vida del lugar abandonado, del lugar anhelado…

Viene entonces a mi mente obras icónicas de la LIJ como “Emigrantes”, de Shaun Tan; “Flotante”, de David Wiesner; y de la región recuerdo el impecable trabajo del libro “Migrar”, de José Manuel Mateo y Javier Martínez en la editorial mexicana Ediciones Tecolote, que retrata la realidad de los indígenas mexicanos al partir a América en busca de una vida más digna  y cómo no pensar en los libros del Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, como “Eloisa y los Bichos”, relatando la historia de una niña “nueva” en un lugar extraño y “Dos conejos blancos” sobre la historia de una niña y su padre y su travesía hacia la frontera.

En todos estos casos, al igual que con Elena la obra se proyecta como un lugar de encuentro, donde imagino-empatizo con la sensibilidad y los problemas del otro y especialmente, con Elena, no solo pienso en el  que se va, sino en aquel que se queda, encontrándome en ese territorio común de emociones con el hijo o la hija del haitiano, colombiano, peruano, que está sentado a mi lado en el metro, un territorio común estético y poético que produce la obra.

Esta proyección empática es muy necesaria en el Chile de hoy en dónde el tema migratorio está en la agenda política y en dónde somos cada vez más compartiendo ese territorio común de emociones que genera la buena literatura.

Para terminar y pensado en las grandes oportunidades de mediación, Elena se convierte no solo en un objeto estético para el disfrute de la obra sino en un potencial detonador de reflexiones acerca del mundo y de nuestro lugar en él, y ¿acaso no es eso lo que nos permiten la literatura, la ilustración y las otras formas de arte?

No como instrumento para enseñar esto o aquello, sino un espacio para compartir preguntas como: ¿Para quién es más difícil sobrellevar una partida, para el que se va o el que se queda? ¿Somos los mismos cuando regresamos de un viaje?, y el que se queda, ¿lo es?… Preguntas que pueden potenciar una lectura compartida, para seguirnos encontrando en este territorio común de la buena literatura para la infancia.

[1] Texto leído en el marco del lanzamiento del libro “La cabeza de Elena” Claudio Aguilera y Karina Cocq de la Editorial Zig- Zag