El lado B de Manuel Peña

En el cementerio de Playa Ancha se encontraron un día dos mujeres. Cada una visitaba la tumba de su respectiva madre. El encuentro comenzó a repetirse hasta que se hicieron amigas, incluso se ponían de acuerdo para hacer sus visitas al camposanto. En uno de esos encuentros una le cuenta a la otra que lleva 5 años casada y que no ha podido tener hijos. Entonces la amiga le recomienda que le rece a San Juan de Dios, un santo milagroso que la ayudará, y si es así, debe ponerle a su hijo el nombre del mismo santo. Poco tiempo después, en sus habituales visitas al cementerio, la mujer casada, encaramada en un piso para poner flores en la tumba de su madre, cae desplomada. Fue un desmayo, producto de su embarazo. La amiga la recogió y dijo “San Juan de Dios me escuchó, si es niño quiero ser su madrina”. Meses después llegó al hospital, con guantes, sombrero y elegante como siempre, anunciando a los recientes padres que venía a ver a su ahijado. Dos de las tías del recién nacido se estaban peleando el título de madrina y no contaban con esta tercera aparición. Y así, en medio de la pelotera, el padre resolvió: “No peleen más, esta señora que es neutral será la madrina, pero no se llamará Juan de Dios, se llamará Manuel”.

Suena a cuento, pero es verdad. Así llegó a este mundo Manuel Peña, quien desde el vientre materno ha vivido una vida mágica. Y fue la misma señora, doña María Olga Leighton, su madrina, quien lo introdujo al mundo de las letras y la fantasía. “Mi casa no era de libros, mi papá era dueño de una charcutería y mi madre dueña de casa. Mi madrina, que se tomó a pecho su rol, me visitaba mucho y me invitaba a su casa en el Cerro Alegre, una casa mágica, con varios pisos y escalera caracol. Tenía muchos libros, ella me los leía y comenzó a regalarme algunos. Hasta que una Navidad me regaló un libro especial: era rojo y tenía candado. Nunca había visto un diario de vida. Le puse mi nombre y ella me dijo ‘ahora tú eres el autor de este libro’. ‘¿Y qué escribo en él?’, dije yo. ‘Lo que tú quieras, todo lo que te pase, tú serás el protagonista y yo puedo ser un personaje’. Así lo hice hasta que llegó el 24 de enero, día en que no pasó nada, entonces le pregunté a mi madrina qué podía hacer y ella me dio la palabra mágica que cambió mi vida: ‘Si no te ha pasado nada, no importa, inventa, ¿tú crees que Julio Verne dio la vuelta al mundo en 80 días?’ Y yo, alumno de colegio católico, no podía creer que pudiera escribir ‘mentiras’. ‘Miente todo lo quieras, y no es pecado’, dijo ella. Ahí encontré un camino”.

Los tesoros de Manuel

Entrar a la casa de Manuel es introducirse en un espacio mágico, así como la historia de su nacimiento y de su “hada” madrina. “En la universidad leí un libro que me marcó mucho, llamado La poética del espacio del filósofo Bachelard, quien dice que todo espacio, grande y pequeño, tiene poética”. No cabe duda de que aquello ha resonado en su vida.

Desde la entrada, donde hay una campana en vez de timbre, hasta las piezas, el baño e incluso el clóset, cada espacio tiene su encanto, y es que Manuel es un gran coleccionista de diversos objetos, entre los que predominan los juguetes de madera, las cajas metálicas y las postales. “Al frente de mi colegio estaba El Bazar del Abuelo, el anticuario de don Pablo Eltesch, al que frecuentaba mucho Neruda. Desde que era niño, después de clases, mientras todos los compañeros se iban rápido a sus casas, con mi amigo Guillermo partíamos al bazar. Ahí nació mi relación con los objetos, pasábamos horas ahí. Ya cuando juntaba algunos pesos, partía a comprarle tarjetas postales o láminas”, cuenta. Láminas y postales con las que comenzó a hacer álbumes de recortes y lindos collages, así como su propio departamento: “Esta es una casa collage”, dice divertido.

Así es como en el tiempo fue recolectando todo tipo de objetos, los que con cuidado ha ido poniendo en cada rincón de su casa. “Me hacen recordar el mundo que yo tenía en Valparaíso”, cuenta. Los objetos son más que solo decorativos, muchos de ellos los utiliza cuando hace kamishibai, como algunas marionetas, títeres, cajitas de música y bicicletas de juguete, elementos que hacen del teatro de papel algo más llamativo aún.

Los collage de Manuel también han salido de su casa. Además de ilustrar con ellos las portadas de algunos de sus libros, ha realizado exposiciones con ellos, la primera en el Instituto Chileno Francés, a sus 20 años, y en el Museo de Arte Contemporáneo de Ancud. En ellos mezcla postales, sobres, partituras de música; y en sus álbumes de recorte también une elementos que le llaman la atención como fotos, cromos, ilustraciones, boletas, papeles de chocolate, santitos de bautismo, dibujos que le han dedicado… todos verdaderos tesoros que ha recolectado a lo largo de su vida y que como dice, “me llegan solos, cuando uno comienza a coleccionar, los objetos aparecen”, todos objetos que lo hacen viajar a su vida pasada, en su Valparaíso querido, y que hablan de todos sus amores.

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