“Cuncuna”, de editorial Quimantú: la primera colección de literatura infantil para preescolares hecha totalmente en Chile

Por Ángeles Quinteros*

Contexto cultural y político 

Chile tiene una breve tradición en la literatura infantil. Durante el siglo XX, no hay demasiados hitos que la conformen, dentro de los que se destacan la publicación de Ternura (1930) de Mistral; la aparición de Editorial Rapa Nui (1946-1951); y la publicación de los ya clásicos Papelucho (1947), de Marcela Paz, y “La hormiguita cantora” (1957), de Alicia Morel. Sin embargo, uno de los hitos más importantes y menos estudiados lo constituye la colección de cuentos “Cuncuna” de Editorial Quimantú.

La oferta editorial infantil durante esa época estaba avocada principalmente a la publicación de obras extranjeras y era insuficiente para las nuevas necesidades culturales de la sociedad, pues tal como señala Jorge Rojas en Historia de la infancia en el Chile republicano, “las expectativas sobre el uso del tiempo en los niños habían crecido, tanto por la nueva distribución de roles como por las consecuencias de la vida urbana”.

En ese contexto, las editoriales más importantes —Zig-Zag y Lord Cochrane— se centraban en la producción de revistas extranjeras, representando la publicación de libros solo entre el 5%-10% de las ventas.

Quimantú aparece en este escenario por iniciativa del presidente recién electo, Salvador Allende, con la intención de dejar de tratar a los lectores como clientes sino como personas dignas de acceder a la cultura escrita mediante su democratización.

Nace Quimantú y su colección de literatura infantil “Cuncuna”

Aprovechando la huelga de trabajadores de Zig-Zag, la Unidad Popular compra la editorial, naciendo en febrero de 1972 Editorial Nacional Quimantú, que en mapudungún significa “sol del saber”.

La editorial desarrolló nueve colecciones con claro compromiso político, dentro de las cuales encontramos a “Cuncuna”. El entonces veinteañero sociólogo Arturo Navarro, director de la colección, afirma: “Prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos”.

La colección fue tomando forma con la ayuda de la diseñadora María Angélica Pizarro y el ilustrador Renato Andrade. El remate lo hizo Manuel Silva Acevedo —Premio Nacional de Literatura— con el lema: “Carita de pena no queda ninguna, lágrimas en risa convierte Cuncuna”.

Quimantú debía ofrecer bajos precios de venta, posibles gracias a sus enormes tirajes y a que contaban con sus propias prensas. Respecto a la distribución, se generaron nuevos canales: quioscos, bibliobuses, estaciones de trenes, oficinas de correos, juntas de vecinos, sindicatos, acuerdos con la Junji y centros de madres. Fueron incluso apoyados por la Fuerza Aérea para llegar a lugares inaccesibles. Esta necesidad nace por la escasa cantidad de librerías, concentradas en grandes ciudades y sectores de mayores recursos.

El cuerpo y alma de “Cuncuna”

Los libros de “Cuncuna” se ciñeron al formato de las revistas extranjeras que imprimía la editorial, un pliego del que salían dieciséis páginas, corcheteadas en el lomo. Para diferenciar los títulos, decidieron hacerlos apaisados. Como la impresión a cuatro colores era cara, intercalaron: por un lado, la página se imprimiría a cuatro colores y, por el otro, a dos. Esto motivó que, espontáneamente, los niños colorearan las páginas a dos colores.

Respecto a los textos, se desafió sin éxito a renombrados autores nacionales —como Skármeta y Dorfman—, pero no lograron dar con el tono infantil. Mas hubo otros que pudieron, como Floridor Pérez y Marta Brunet; a los que se sumaron escritores extranjeros, como Oscar Wilde y Horacio Quiroga.

“Cuncuna” publicó durante su corta existencia veinte títulos: un 40% de autores nacionales, un 25% son títulos clásicos universales, y un 35% son textos de la tradición popular de distintos países para mostrar la diversidad del mundo.

Las imágenes estuvieron a cargo de talentosos artistas como Marta Carrasco, Guillermo Durán (“Guidú”), Renato Andrade (“Nato”), Hernán Vidal (“Hervi”), María Angélica Pizarro e Irene Domínguez, entre otros.

Respecto a la relación entre texto e imagen, los libros eran ilustrados y no álbum, ya que las palabras llevaban la narración principal, confirmando la imagen lo relatado por el texto. Las ilustraciones ayudaban a consolidar las acciones, narrando los pasajes importantes y priorizando la vía de comunicación emotiva para estimular la afectividad a través de formas redondeadas y colores primarios.

En “Cuncuna” sabían que el texto no era el único código narrativo, por lo que los textos eran breves, dándole espacio a las ilustraciones, lo que fue relevante para llegar al público prelector y a las nuevas generaciones con formación más visual. El propio Navarro afirmó en su tesis de grado que este era “el gran desafío para autores, artistas plásticos y editores: construir los cuentos infantiles para los niños de 1980, para los niños que lo sabrán todo por la televisión, que leerán en las imágenes antes de conocer el alfabeto, y que podrían pasar por la vida sin abrir un libro. A menos que autores, artistas y editores, hagan algo”.

Ciertos recursos atraviesan la mayoría de sus títulos, como la estructura cronológica lineal de narración, una preferencia por la tercera persona, oraciones simples, finales cerrados y vocabulario sencillo, salvo pocas excepciones, donde se mantuvieron algunos extranjerismos por su valor folclórico.

El humor y los finales felices abundan en “Cuncuna”, donde los “malos” finalmente son objeto de burla y terminaban castigados, aleccionando indirectamente mediante la risa. Esto se explica porque, durante los años setenta, existió una positiva valoración de los desenlaces esperanzadores en los cuentos populares por parte de los psicólogos. La obra de Bettelheim lo recalcó y el psicoanálisis enfatizó su virtud tranquilizadora, confirmando la intención protectora de la infancia en aquella época.

Llama la atención la aparición reiterada de determinados valores, donde se devela el adulto enseñando al niño normas de conducta. Es este el caso del valor del trabajo y la solidaridad. A modo de ejemplo, tenemos “La Flor del Cobre”, donde el protagonista “don Quejumbre-No-Hace-Nada” se lleva una buena lección; en los esforzados padres de “El negrito Zambo” o en los personajes de “Invernadero de animales”, quienes por no prepararse para el invierno casi mueren. Lo mismo ocurre en “Los geniecillos laboriosos” y “Por una docena de huevos duros”, protagonizados por hombres que vencen la pobreza gracias al esfuerzo.

Otro tema frecuente es el de la solidaridad: animales que regalan sus alimentos —como en “El rabanito que volvió”—; la tradición de compartir la cosecha en “La desaparición del Carpincho”; o la gran ayuda que un niño ofrece a Doña Piñones. Una variante de esto es la idea de que “la unión hace la fuerza”: este es el caso de “El huevo vanidoso” y el trabajo mancomunado de sus personajes para desenmascarar a un huevo farsante; o “El medio pollo”, a quien su solidaridad le salva la vida.

Respecto al progreso, se evidencia una percepción dual: negativa en “La desaparición del Carpincho”, cuando se introduce en Valle Grande la idea de propiedad y surge la ambición; y positivas, como en “Cabeza colorada”, donde los alacalufes aprenden del hombre blanco a jugar a la pelota: “Ocurrió cuando los alacalufes se hicieron chilenos”. Hoy este libro se tildaría de colonizante, presentando el prototipo del buen salvaje enfrentado al “conocimiento superior” que debe adquirir para civilizarse.

Si bien Juan Mata en “Ética, literatura infantil y formación literaria” señala que es inhabitual que la crítica o el mundo académico juzgue abiertamente una obra literaria con criterios éticos, “pues se considera una actitud ingenua”, no es posible obviar la declaración de principios de “Cuncuna”, lo que se entiende por el contexto político, donde la equidad, el bien común y la organización colectiva definen las dinámicas sociales. En palabras de Hollindale, “la ideología es un inevitable, indomable y en gran parte incontrolable factor en la transacción entre los libros y los niños”, lo que no se traduce en limitar “Cuncuna” a un acervo de enseñanzas desprovistas de calidad literaria ni reducir a los lectores a receptáculos pasivos de información.

El final de Quimantú

Luego del golpe de Estado en 1973, la editorial fue allanada y ocupada militarmente; sus empleados fueron despedidos, exiliados o desaparecidos. Ante esta violencia, los ciudadanos, autocensurándose, destruyeron sus ejemplares por la amenaza que representaban. Con la dictadura, Quimantú se convierte en Editora Nacional Gabriela Mistral, que en 1976 es vendida a privados, cerrando finalmente en 1982.

Es innegable que los libros de “Cuncuna” estaban circunscritos a su contexto de producción, y su capacidad de recepción se perdió considerablemente al cambiar este: aquella construcción sociopolítica que eran los valores presentes en sus historias pasó a extinguirse y reemplazarse por otros.

“Cuncuna” abrió un espacio al público infantil que no existía, creando desde cero la primera colección chilena de cuentos infantiles, ofreciendo libros coherentes en sus diversos aspectos y una relación con libros, si bien no de lujo, sí dignos y bellos. El proyecto puso en circulación 540.000 ejemplares en un contexto donde el libro era inaccesible para la mayoría por su alto precio. Pocos programas estatales chilenos evidencian tal valoración por la cultura escrita para niños, concretando una estrategia donde todos los eslabones de la cadena del libro participaron conjuntamente para ser un aporte a la sociedad y no simplemente un negocio.

“Cuncuna” es uno de los grandes hitos de la corta tradición de la literatura infantil nacional y lamentablemente tiende a ser olvidado. En este proyecto la imagen y el bajo costo de los libros fueron vitales para generar interacciones entre el lector y el libro, donde el primero tuvo un espacio para verse reflejado en historias cercanas y sin españolismos, pero también para conocer tradiciones lejanas; donde los prelectores disfrutaron estéticamente de las ilustraciones y donde otros aprendieron a leer; y en donde la colección completa entregó una experiencia de lectura continuada gracias a un repertorio que representó una cosmovisión acorde con los principios de la época.

Ángeles Quinteros estudió Derecho y Literatura y Lingüística Hispánica en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es magíster en Edición de Libros en la Universidad Diego Portales-Universitat Pompeu Fabra, y máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora universitaria de distintos cursos sobre literatura infantil y edición, antologadora de “Viaje al mundo en más de 1001 textos” y “Animales y seres extraordinarios”, así como también autora del libro “Un año. Poemas para seguir las estaciones” de editorial Saposcat. Ha trabajado como editora de no ficción en la editorial El Mercurio-Aguilar, como editora LIJ en editorial Alfaguara, y estuvo a cargo de la apertura del área infantil y juvenil en Editorial Planeta Chile. Actualmente es directora editorial de Editorial Contrapunto.