Conocí a Themo Lobos

Primero fueron sus historietas. Más tarde el encuentro fue personal. Ambas experiencias fueron reveladoras y llevaron a la escritura de un libro biográfico.

Por Rafael Valle, periodista. Autor de La gran aventura de Themo Lobos, Editorial Sudamericana, 2018.

Parte 1:

Conocí a Themo Lobos (1928-2012) y sus historietas en mi natal Valparaíso, en 1977. Tenía 6 años cuando mi papá llegó con ese número de la revista Mampato que incluía un capítulo de la aventura con los Suterones y que primero me dio miedo, con esas gigantescas garras de topo saliendo a la superficie para atrapar a un puñado de personajes entre los que se incluía un tipo peludo como gorila.

El susto dio paso a emociones encontradas: esa mezcla de monstruos subterráneos y dibujos de caricatura que para mí era extraña (dos mundos que no se juntaban, en mi lógica), una. La otra era la certeza de que descubría algo importante que por alguna extraña razón –porque ya leía y juntaba historietas y conocía varias chilenas- hasta el momento ignoraba. Los siguientes números de ese último año de publicación de Mampato lo confirmaron, con esas aventuras tan bien contadas y dibujadas, esos dinosaurios de ojos malignos, ese Ogú que se robaba la película, esos datos histórico-enciclopédicos que quedaban inevitablemente grabados, y esos remates de Continuará… que obligaban a ir al kiosco al miércoles siguiente.

Quedé huérfano de esa saga espacio-temporal hasta que volvió a fines de los ’70 con el álbum Ogú, donde descubrí que Themo Lobos tenía otros personajes. Ahí descubrí a uno que llegaría a ser un favorito personal: Máximo Chambónez, probablemente el primer cómic que me sacó lágrimas de risa; comedia de equívocos y estupidez en estado puro, con aguda mirada sobre el arribismo y el provincianismo chileno.

Otro hallazgo llegó en la biblioteca de mi casa: un libro de portada extraña, con gente enojada levantando el puño, llamado Revolución en Chile, que por años había estado ahí cerca y que para mi sorpresa -quizás ordenando o desempolvando un día- tenía en un rincón la forma de Themo Lobos. Nuevo convencimiento: aquí había un autor que tocaba varias teclas, incursionaba en varios géneros y formatos.

La firma de Themo se convirtió en símbolo de garantía y la excusa para empezar a buscarla. Así llegaron Alaraco y Lokán, el Bárbaro en Historietas e Icarito, de La Tercera; los relatos del Abuelo Chambónez en Pocas Pecas, de El Mercurio; alguna otra portada de libro por ahí, Michote y Pericón en algún añoso ejemplar de El Peneca, tiras cómicas o chistes sueltos en otras desaparecidas publicaciones como Barrabases y El Pingüino, y ese gran regreso de mediados de los ’80 con Cucalón, donde Lobos desafiaba la sequía de historieta local autopublicando sus propias creaciones

Más adelante, en la Escuela de Periodismo, conocí a Pedro Peirano, experto themolobólogo que me reveló otros secretos. Uno era que Themo había sido el dibujante de Los Pitufos en álbumes y tapas de cuadernos, y el otro era que un detalle perfecto para reconocer sus dibujos, cuando no había firma, eran los ojillos semicerrados de sus personajes, esos expresivos semicírculos con un punto negro.

Años más tarde, los álbumes compilatorios de la saga de Mampato llegarían como regalo soñado para fans como yo. Para mí aparecía como el gran cierre para un carrera que ya duraba medio siglo, sin sospechar que mi historia con Themo Lobos tendría un continuará.

Parte 2:

Conocí a Themo Lobos por teléfono antes que personalmente, siendo reportero en La Tercera, el año 2000.

Primero lo llamé a su casa en Concón por una polémica entre Oscar Vega –cocreador de Mampato- y los productores de la película animada del personaje, que terminó siendo una excusa para que Themo contara cómo Eduardo Armstrong -el otro cocreador (*)- le había pedido que se hiciera cargo de la historieta y para un artículo hiperventilado –lo reconozco- sobre la “difusa paternidad” del chico pelirrojo.

Poco después le telefoneé por la muerte de Pepo, el creador de Condorito, donde me llamó la atención que Themo, a excepción de varios dibujantes a los que también entrevisté y a los que les pedí ilustraciones de homenaje, fuera el único que no lo tributara con un mono del famoso pajarraco. Lobos se limitó a mandarme un fax con un saludo y una ilustración de Viborita, un antiguo personaje de Pepo.

La suma de ambos telefonazos me dejó con una sensación extraña. Algo me decía que Themo, con esos dos colegas, tenía y/o había tenido una relación, al menos, poco cercana. Primera anotación mental de mi parte.

Al Temístocles Lobos Aguirre de carne y hueso lo conocí en una función con un breve adelanto del largometraje Ogú y Mampato en Rapa Nui, en 2001. Fue el sueño del pibe: conocer al ídolo que, además, me autografió un ejemplar del cómic que inspiraba al futuro film y que me impresionó por el nivel de idolatría que inspiraba entre los que se acercaban a darle la mano, abrazarlo, pedirle que acompañara posando para una foto. Segunda anotación mental: los fans del dibujante y guionista éramos probablemente más y más fans de lo que yo sospechaba.

La idea de una memoria de título hecha a destiempo fue la excusa para acercarme a Themo Lobos en su casa de Concón, en 2009, con la idea tempranamente descartada de hacer un documental a medias con mi amigo Ernesto Garratt, que me ayudó a tantear terreno. En un primer encuentro descubrimos a un conversador inagotable, una fuente llena de anécdotas, reflexiones y conocimientos.

Ya en solitario y grabadora en mano avancé un poco más. Themo aceptó ser el protagonista de mi memoria y tuvo una excusa para ventilar la suya. Así llegó el relato de una formación artística marcada por el dibujo y la lectura, la crónica de su paso por publicaciones emblemáticas de varias décadas, las respuestas de sus desaveniencias con Pepo y Oscar Vega, las confesiones del hombre de izquierda cotizado por medios de derecha y al agnóstico que dibujaba santos, el relato de un artista siempre dispuesto a reirse de sí mismo y que siempre se miró al espejo propio y familiar para esbozar su obra.

Los dibujos contaron la otra parte. Esos cientos de originales a los que tuve acceso privilegiado: páginas de historietas, tiras cómicas, ilustraciones ‘serias’, pequeñas pinturas y acuarelas, bocetos de proyectos, trabajos anónimos. Esos trabajos que completaron el retrato de un hombre prolífico y multifacético, por un lado, pero también el de un creador que entendía el arte sin más pretensiones que la de ganarse el sustento, pagar las cuentas.

Conocí al Themo correcto e incorrecto. Al hombre alegre y optimista y que hablaba de algunos episodios de su propia vida como si fuera un cómic, pero también al que guardaba viejos rencores que revelaba en off y moderaba en público. Conocí a un autor de talento marcado por esa medianía y esas contradicciones, porque de aquellas nacía la chilenidad profunda de sus personajes que recorrían un mundo donde convivían chistes y monstruos, o que revelaban que detrás del apacible -e imaginario- pueblo de Piduquén había un desastre permanente; de aquellas nacía también una obra capaz de tocar varios géneros y teclas emocionales: el drama, la comedia, el suspenso, la fantasía.

Los consejos de amigos y cercanos dijeron que en esa memoria de título estaba la base para un libro hecho y derecho. Themo Lobos aprobó la idea poco antes de morir y ahí comenzó un proceso de varios años de reescritura y pulido, de sacar cosas accesorias y poner el foco en las más importantes, de quitar y agregar capítulos, de hacer más entrevistas y de recopilar el material que lo convirtiera en la biografía “profusamente ilustrada” que el artista pidió como requisito principal.

Ahí está como resultado La Gran Aventura de Themo Lobos, texto lanzado este año, en que se cumplen 90 del natalicio de su protagonista y el medio siglo de la creación de Mampato, la revista donde alguna vez vi el forado de un topo gigantesco que miré, en el que me sumergí y escarbé durante décadas para hacer el perfil de un artista local imprescindible.

(*) Roberto Edwards, dueño de la desaparecida Editorial Lord Cochrane, que publicaba la revista Mampato, afirma también haber dado ideas para que aquella tuviera una historieta protagonizada por un niño.