De infiernos y esperanzas

Por María Paz Garafulic, Directora Fundadora Fundación Había Una Vez

Llegamos al Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, la cárcel de mujeres, muy temprano la mañana del lunes 23 de abril, a celebrar el día del libro. Cargadas de los objetos que dan sentido a nuestra labor, libros, y con el deseo de compartir con las internas y sus hijos unos momentos, ingresamos después de los controles de seguridad a ese espacio triste, casi desolado y por tantos despreciado. El frío que sentíamos era más que el de la temperatura exterior, era el frío de la soledad, de la conciencia de que en ese lugar hay más sufrimiento del que somos capaces de imaginar.

Sentíamos que junto a los libros dejaríamos un poco de nosotras en ese lugar, algo de nuestra pasión por la lectura, de la convicción de la libertad que pueden proveernos, la libertad interior, de pensamiento y creación, una forma de acercarnos a los mundos que habitamos; el interior, el de los otros, el del contexto en que vivimos, el de la información y el conocimiento. Confiábamos en que este regalo sería para las madres y sus hijos una forma de vincularse y quererse, una posibilidad para “leerse” el uno al otro. Llevábamos mundos de fantasía y crecimiento, de esparcimiento y distracción. Pero había más.

Sentada tras el evento, cigarrillo en mano, una interna me contó su historia, su permanente oscilar entre el infierno y la esperanza, las contradicciones de su vida, de sus emociones y expectativas. Sara lleva 5 años recluida. Vive con su hijo de un año y medio con quien comparte la esperanza y protege del infierno. El pequeño sufre de insuficiencia renal crónica y en pocos meses, a los dos años, deberá separarse de su madre para vivir con su abuela. Sonríe, juega, mientras Sara, con los ojos llenos de lágrimas y una media sonrisa me habla de cuanto ha aprendido, de cuan agradecida está cada mañana de seguir viva, de cuanto valora a su madre y a su familia, de cuan orgullosa se siente de lo que ha logrado y de cuantos sueños tiene para el futuro a pesar de todo lo que ha sufrido. La miro a los ojos y siento ternura, afortunada de haberme sentado junto a ella y haberla escuchado, emocionada por encontrar allí, en ese lugar supuestamente tan ajeno, algo tan propio: el dolor, el de ella, el mío y el de tantas y tantos otros.

De repente aparece un fotógrafo. “Quiero una foto con ella”, dice. Me conmueve. Necesita recordar este momento, momento en que fue escuchada y vista, en que más que recibir, pudo entregar.

Paso los controles de seguridad y la puerta del centro de reclusión se abre. Salgo al mundo, en libertad. Mientras camino repaso en mi mente las palabras de Sara, sus contradicciones, que podrían ser las mías, sus miedos y esperanzas que son los de muchos. Pienso en ese tránsito de la vida entre el infierno y la esperanza.

La mochila va vacía, los libros quedaron allí, en la sala cuna de la cárcel. La historia de Sara la llevo yo, en el corazón. Una historia que da esperanza.

 

Carta publicada en Diario El Mercurio, 17 de mayo de 2018, página A2.