Pilarica Echeverría e Isabel Aguirre, ganadoras del concurso de Innovación en Mediación Lectora: Lectura y discapacidad

Con el fin de recoger las mejores prácticas nacionales de fomento lector, nuestra Fundación realizó el primer concurso de Innovación en Mediación Lectora. Luego de recibir 39 proyectos admisibles, el comité dio como ganador a “Los cuentacuentos del Madre Tierra sacan la voz”. Aquí sus protagonistas nos cuentan su experiencia en primera persona.

Por Josefa Torres, editora RHUV

La práctica ejecutada por María Isabel Aguirre y Pilar Echeverría –Pilarica- se lleva a cabo en el Colegio Diferencial Madre Tierra de Lo Barnechea, y consiste en la formación de jóvenes con discapacidad cognitiva de entre 17 y 25 años como cuentacuentos. El taller lleva dos años en curso y para el 2018 fue incorporado como parte del programa educativo del establecimiento. El jurado se decidió por este proyecto por lo novedoso y necesario que representa formar a jóvenes con discapacidad cognitiva como mediadores de la lectura –iniciativa única en nuestro país- y por la presencia del libro como eje central de la actividad.

Pilarica e Isabel realizan voluntariado en la comuna de Lo Barnechea desde hace un tiempo: Pilarica comenzó con la formación del grupo en los 90, e Isabel empezó en 2014, cuando asumió la coordinación del voluntariado con su compañera. Y fue en 2016 que comenzaron a realizar el taller de cuenta cuentos en Madre Tierra. Aquí nos cuentan cómo ha sido este increíble proceso.

– Entendemos que la idea nació de uno de los alumnos. ¿Cómo fue su propuesta?

– La labor de las voluntarias cuentacuentos de Lo Barnechea es ir a contar cuentos a los distintos colegios y jardines de la comuna. Uno de esos colegios era el Madre Tierra, donde periódicamente dos o tres voluntarias iban a encantar a los niños con cuentos, poesías, adivinanzas y trabalenguas. Un joven del nivel exploratorio, Javier, se entusiasmó tanto con esta actividad que le comentó a su profesora que quería ser cuentacuentos. El interés del joven fue tomado muy en serio por las profesoras y las autoridades del colegio, por lo que se acercaron a nosotras, como coordinadoras del voluntariado, para ver la posibilidad de encausar de alguna forma concreta aquel interés.

La primera medida que se tomó en conjunto, fue invitar a Javier a una de las reuniones mensuales del voluntariado, para que tuviera contacto con las cuentacuentos de igual a igual y evaluar la posibilidad de que se integrara al grupo. Para esa sesión él preparó la lectura del cuento Los mejores amigos de Rachel Anderson, lo que fue muy emocionante para todos los que participamos de ese encuentro.

Tras ello, nos reunimos con la directora del colegio, Dayany San Martín, y la jefa de UTP, Nancy Tello, y convenimos que lo mejor que podíamos hacer era realizar un taller de formación de cuentacuentos dedicado especialmente a los alumnos interesados del colegio. Fue así como el año 2016, cinco jóvenes asistieron una vez a la semana al Centro Lector para formarse como cuentacuentos.

– ¿Qué títulos han utilizado? ¿Cómo los eligen? ¿Cuáles son los favoritos de los alumnos?

La selección de los títulos ha sido un camino difícil de recorrer. Como mediadoras de lectura sabíamos que necesitábamos libros con textos básicos e ilustraciones llamativas, ya que no todos los participantes sabían decodificar ni leían de manera fluida y por otro lado sabíamos que los lectores eran jóvenes, por lo que había que buscar  un equilibrio entre libros con textos básicos y que no fueran demasiado infantiles… lo que no fue nada fácil.

El camino que hicimos fue el siguiente: la primera selección contenía libros como Biblioburro o Un león en la biblioteca, pero inmediatamente nos dimos cuenta de que sus textos eran largos y complejos para la habilidad lectora que tenían los jóvenes, ya que en su lectura en voz alta predominaba el silabeo. Por lo que, decidimos escoger libros con predominio de ilustraciones y textos breves; pero como ya adelantamos, el problema es que el tipo de libro que estábamos pensando era para niños muy pequeños, lo que discrepaba de los intereses e inquietudes de los jóvenes. Entonces, fue que se nos ocurrió decirles y aclarar constantemente que los libros con los que trabajaríamos eran para niños más chicos, porque dentro de las habilidades de un cuentacuentos es conocer los intereses de su público lector, y como ellos les leerían a otros niños debían escoger libros acordes a las edades de su público. Convencidos de su rol, rápidamente se apoderaron de los libros y los trabajaron con entusiasmo. Los títulos que seleccionaron de todos los que les presentamos fueron: Las manos de papá de Emile Jadoul, Lobo de Olivier Douzou, ¡Fuera de aquí, horrible monstruo verde! de Ed Emberly, Beso, beso de Margareth Wild y Bridget Strevens-Marzo, La tortilla corredora de Laura Herrera y Scarlet Narciso, ¿Qué puedes oír Blas?  de Lucy Cousin y Buenas noches gorila de Peggy Rathmann.

Otros libros con los que hemos tenido buenos resultados han sido los de adivinanzas con solapas como ¿Cu-cú quién es?  de Amanda Leslie o Muéstrame tu colita de Stéphane Frattini. Por último, también recurrimos a juegos de palabras y cuentos breves, especialmente los de Tamara Chubarowsky, pues combinan muy bien movimientos corporales con juegos de rimas.

– ¿De qué manera guían la conversación literaria con estos jóvenes?

– En cada sesión intercambiamos ideas con ellos de manera muy libre y espontánea. Les pedimos sus opiniones sobre el cuento leído, sobre la actuación de los personajes, sobre las ilustraciones. Los escuchamos y sobre sus propias respuestas generamos nuevos comentarios. Obviamente que nosotras conocemos muy bien el tema de los libros y dominamos sus ilustraciones de tal manera que la conversación siempre la dirigimos hacia el libro que estamos comentando y tratamos que no se vayan por las ramas. Pero es inevitable que comenten sobre sus vidas, sus familias, sus preocupaciones del momento. Hay que escucharlos, pero a la vez hay que ser estrictas para traerlos nuevamente al cuento.

– ¿Han notado un aumento en el interés de estos jóvenes por conocer más libros?

– Espontáneamente diríamos que no. Pero nosotras les llevamos muchos libros distintos cada sesión y hacemos una exposición con ellos y los invitamos a mirarlos, a tocarlos, explorarlos y a leerlos. Ese ejercicio es algo que les gusta hacer y de vez en cuando nos piden que les prestemos alguno. Por otra parte, como no hemos hecho un seguimiento de sus experiencias lectoras fueras del taller, no podemos corroborar si ha aumentado el interés de los jóvenes por los libros.

– Comentan que uno de los beneficios de esta práctica es la mejora de la autoestima de los participantes. ¿En qué lo notan?

– En las primeras sesiones se muestran tímidos, conversan poco, se sienten inseguros de leer y titubean bastante. Poco a poco, en la medida que se van familiarizando entre ellos, porque no todos pertenecen al mismo curso, y cuando asumen la responsabilidad de leer a un público determinado, comienzan a adquirir confianza en lo que están haciendo. Esto se manifiesta en que una vez que el taller avanza, ellos comienzan a corregirse unos a otros, siempre en un ambiente de amistad y respeto. Eso es algo muy lindo de ver, el cómo terminan ayudándose entre ellos de tal modo que el día de la presentación se sienten muy seguros y convencidos de lo que están haciendo.

Otro momento en que se manifiesta esta confianza es el dominio del escenario y el desplante que tienen cuando realizan la presentación final. Los hemos visto interactuar con el público haciéndoles preguntas e invitándolos a participar de los juegos que han preparado previamente. Incluso, muchas veces lo hacen de manera improvisada y en forma adecuada. Por último, podemos contarles que los jóvenes del taller han demostrado su orgullo de ser cuentacuentos en las distintas entrevistas que les han hecho en el colegio.

– ¿Con qué dificultades se han encontrado en el camino?

– Más que hablar de dificultades sería bueno hablar de lo que hizo posible este proyecto. Creemos que sin el apoyo de la directora, Dayany San Martín y de la jefa de UTP, Nancy Tello, este taller no hubiese resultado. Ellas creyeron y confiaron en nosotras y con una fe ciega nos abrieron las puertas y nos entregaron a sus alumnos. Además, nos apoyaron aportándonos consejos y conocimientos más técnicos desde el ámbito de la educación diferencial, área que nosotras no manejamos.

Ahora, por supuesto que tuvimos dificultades, desde un inicio era obvio que las tendríamos pues sabíamos que estábamos construyendo un camino a pulso. No fue fácil definir qué libros serían los más adecuados o lograr que la asistencia fuera más constante. Con eso muchas veces nos vimos felizmente obligadas a alargar la cantidad de sesiones para suplir las que los niños habían faltado. Lo importante era lograr el dominio de las lecturas por parte de los cuentacuentos. Otra traba que se hizo evidente fue la falta de libros en la biblioteca y un sistema de préstamos profesional. Gracias a este taller el colegio se inscribió en las bibliotecas CRA y ya recibió su primera partida de libros.

– ¿Cómo es la recepción de los alumnos asistentes al taller final, cuando escuchan a sus compañeros contar cuentos?

– La primera vez que hicimos el taller fue en el Centro Lector. Allí los jóvenes hicieron tres presentaciones a cursos de distinto nivel del mismo colegio. La verdad es que los cuentacuentos dominaron muy bien al público, los motivaron y los dejaron encantados con la presentación. Varios niños de los que asistieron se nos acercaron diciendo que querían ser cuentacuentos, viendo en sus compañeros mayores un ejemplo a seguir. El año 2017 la presentación final fue en el mismo colegio y los niños que asistieron participaron de las canciones, se rieron y disfrutaron de la lectura colectiva de La tortilla corredora. En esa ocasión también se invitó a apoderados y amigos que realmente se conmovieron con la lectura en voz alta de los jóvenes. Fue muy motivador para nosotras ver el orgullo de las mamás, papás, abuelas al ver a sus hijos cautivando a un grupo de niños con un cuento.

– ¿Cuál ha sido la enseñanza más importante para ustedes de toda esta experiencia?

– La primera es que cuando uno cree en algo, se puede. Y la segunda, es que los libros y el gusto por ellos es un idioma universal, independientemente de los intereses, de las habilidades y dificultades de cada uno, siempre se podrá establecer una conversación entre lectores. Lo que queremos decir es que los libros constituyeron un puente de comunicación entre estos jóvenes y nosotras, que no teníamos experiencias con niños con discapacidades cognitivas. Y al final nos dimos cuenta que no resultó diferente a otros trabajos que hemos realizado como mediadoras.

– ¿Cómo creen que se podría diseminar esta práctica en otras instituciones con jóvenes con discapacidad cognitiva?

– Primero teniendo las ganas por parte de la institución de probar nuevas prácticas y teniendo confianza en los jóvenes y en las personas a cargo, como sucedió con la directora y jefa de UTP de este colegio, pues ellas creyeron en la posibilidad de desarrollar habilidades comunicativas y fomentar el gusto por la lectura de sus alumnos a través de instancias distintas a las clases de lenguaje. Fue así como modificaron horarios y reemplazaron las horas de lenguaje de los jóvenes participantes por las del taller. Es decir, fueron flexibles y no tuvieron temor de romper con la rigidez de la estructura escolar en beneficio de los alumnos.

Por otro lado, creemos que una muy buena forma de diseminar esta práctica es dándola a conocer a través de distintos medios para que otros se entusiasmen y las adapten a sus contextos. Por eso agradecemos a la Fundación Había Una Vez por organizar este concurso y por permitirnos contar nuestra experiencia.

– ¿Cuál creen que es la deuda de la sociedad con este tipo de iniciativas?

– Desgraciadamente como sociedad nos falta conciencia acerca de lo que realmente significa integrar a personas que son diferentes a uno. Uno no se pregunta quién es el diferente, simplemente lo da por hecho y eso no nos parece. Para nosotras estos jóvenes son uno más de la sociedad y tienen el derecho de formarse y el deber de entregar lo que han aprendido. Como sociedad hemos avanzado mucho en integración, pensemos en lo que se hizo con la película Los niños de Maite Alberdi, pero eso no quita que nos falta. Tenemos que atrevernos y convencernos que todos podemos cuando realmente queremos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.