Los cuentacuentos del Madre Tierra sacan la voz

A propósito de proyecto ganador del concurso de Innovación en Mediación Lectora de FHUV, quiero contar mi experiencia con este taller.

Por Constanza Mekis, Presidenta IBBY Chile

Hace algunos meses nació en mí un interés especial por conocer alguna experiencia de fomento lector, innovadora e institucional, que trabajara con niños que tuvieran necesidades educativas permanentes. Me tomó tiempo saber de la existencia de alguna que tuviese valor, hasta que me encontré con un equipo profesional que estaba indagando en estos rumbos: Pilarica Echeverría y María Isabel Aguirre realizaban el taller “quiero ser cuentacuentos” en el colegio diferencial Madre Tierra de lo Barnechea, con niños con discapacidad cognitiva.

Quiero contarles algunos detalles de esta práctica de fomento lector. Los asistentes a este taller son siete jóvenes, que tienen entre 17 y 25 años de edad. Todos poseen distintos diagnósticos, por ejemplo algunos de ellos tienen Síndrome de Down, otros pertenecen al espectro autista y la mayoría de ellos tiene una discapacidad leve y moderada. La razón de que sean tan pocos alumnos por taller, es que las monitoras no cuentan con formación profesional en el ámbito de la educación diferencial, además ese número de alumnos permite desarrollar clases más personalizadas.

Yo tuve el privilegio de participar en dos sesiones y lo primero que percibí es que son jóvenes muy cariñosos, muchos besos y besitos y que sus edades reales son muy diferentes a cómo se les ve, por ejemplo Olivia de 18 años parece de 8. La atención de ellos para escuchar es variable, algunos se ríen y gozan, otros están en su propio mundo… y al notarlo uno se pregunta ¿no escuchan el relato? Hay otros momentos en que se puede ver que todos ponen atención y no agachan la cabeza, lo que permite apreciar cómo ellos al escuchar cuentos, sueñan despiertos.

En mi primera intervención que hice en el taller, me aventuré a invitarlos a que leyéramos juntos el cuento silente Flora y el Flamenco de Molly Idle (Barbara Fiore Editora).  Les leí a viva voz las imágenes que se iban desplegando en el cuento, usando además de las palabras mi cuerpo: imitando a Flora o a Flamenco, con sus diversas posiciones; las que a lo largo de la historia van generando un vínculo entre ellos de amistad y aventura plena. En esta ocasión observé que casi todos los presentes prestaron una atención básica a mi perfomance lectora, salvo dos de ellos que en un momento de la lectura comenzaron a tomarse las manos y a mirarse con una especial complicidad de niños, entonces me fue inevitable preguntarme ¿estarían imitando a Flora que entrelazan sus manos con Flamenco?

Cómo describirles a ustedes esta prueba de fuego… ¡Qué difícil y que hermoso momento! Por una parte, tener en frente la presencia tan heterogénea de personas en edades y en disposiciones de atención distintas y por otra, constatar que estos “niños-jóvenes” tienen por sobre todo una necesidad de afecto muy grande. Constato que el componente emocional es crucial en el mundo de cuenta cuento, su “presencia invisible” potencia un enlace mágico con los lectores. Las preguntas posteriores a la lectura estuvieron relacionadas con sus mundos imaginarios y de qué depende tener imaginación. Una conversación breve y elemental. A paso seguido, Pilarica les contó ¿Cucú quien será?, hay participación entre ellos, se toman de las manos, responden, hacen chistes y un niño-joven comenta que tiene un perro y por eso se puede imaginar a otros animales. Considero que este momento para ellos fue de gran regocijo e interés, muy natural y que se había conquistado un espacio notable de confianza mutua. Finalmente, cantan juntos un poemita acerca de La Luna y vienen las despedidas cariñosas entre todos.

Tras mi participación en aquella sesión y conversando con Pilarica y María Isabel, me enteré que todas las clases del taller cuentan con una metodología similar, lo que les otorga a los jóvenes tranquilidad, pues aquella rutina no les genera ansiedad por saber qué se va a hacer en la sesión. Me gustaría compartir con ustedes su estructura. Cada clase comienzan con el siguiente ritual: todos los participantes se sientan en un círculo y en medio de ellos hay una pequeña mesa con un mantel, sobre el que descansa la figura de una casa, la que representa el lugar donde viven los cuentacuentos. Todas las sesiones se invita a los jóvenes a entrar a esta casa y luego se inicia una breve conversación sobre lo que cada uno ha hecho en la semana.

Tras esto y para partir con el taller propiamente tal, se realiza algún juego que involucre las manos y el canto, con lo que se busca estimular la coordinación visomotriz y el lenguaje oral. En la ocasión en que participé del taller me tocó presenciar: Rompompom, en una de versión de Tamara Chubarovsky.

Luego del juego inicial, los jóvenes se acercan a una exposición de libros, los que han sido seleccionados especialmente para ellos, considerando sus gustos y capacidades. En la que se espera que cada participante elija uno, por lo que se les da un tiempo para mirar y leer. El resultado de este espacio de exploración es puesto en común, ya sea leyendo a sus compañeros o comentando porqué escogieron tal libro y qué fue lo que llamó su atención. Sin duda, este momento de la clase es una excusa para conversar entre lectores, entre personas que gustan de los libros.

Hecho esto, se da inicio al momento central de la sesión, los jóvenes-niños practican el cuento que leerán a sus compañeros en la presentación final. En estos momentos, las monitoras retroalimentan a los participantes, dándoles consejos y sugerencias concretas para mejorar su narración.

Para finalizar las sesiones, se realiza algún juego relacionado con el lenguaje, ya sea con adivinanzas  (muy simples) o interactuando a partir de algún libro. Por ejemplo, con  Puedo rugir de Frank Asch (Editorial Corimbo), aparecen ilustrados diversos animales (tortuga, gato, caballo, cabra, serpiente, morsa, entre otros), que en lugar de tener cabeza tienen un agujero, el que permite que los lectores coloquen su cara en él. De este modo, los jóvenes se desafían unos a otros, invitando a poner sus caras en dicho espacio, para imitar el sonido del animal ilustrado.

En total se han realizado tres talleres y cada uno ha tenido una duración de ocho sesiones, los que finalizan con una gran presentación, en la que los que se han formado como cuentacuentos, regalan la lectura o narración de una historia a alumnos menores de su colegio.

Y en esta sesión final, fue la segunda vez que participé del taller. Se trataba de la ceremonia de graduación y observé a todos los participantes contar el cuento La tortilla corredora de manera coral, es decir, que cada uno narra una parte de la historia. En esta sesión de cierre, estuvieron presentes los padres y apoderados de los jóvenes cuentacuentos: Sebastián, Samuel, Olivia, Yoselyn, Dravna, Cristóbal y Allan. Se sentía en el ambiente un gran entusiasmo y disfrute de la sesión, tanto de los cuentacuentos como de los alumnos del colegio que iban a escuchar el cuento.

No obstante, reparé en una situación especial; había un alumno muy intranquilo pues su madre no llegaba a ver la función. Felizmente, la madre llegó atrasada, con lo cual esta tensión contenida, al final se tradujo en que joven estalló en llanto. Vino un abrazo fuerte, muy fuerte, entre ellos. No hubo palabras de consuelo, solo apego físico. Para él lo importante era simplemente que la madre estuviese allí.

Posteriormente, al conversar con la madre: me comentó que en la casa, ella “nunca está sola, siempre está el hijo a su siga…” él necesita estar cerca de ella, a su lado. Comprenderán que además de todo el trabajo que implican las labores del hogar, también hay que sumar estas demandas hogareñas, que para mí eran insospechadas. La presencia física, la dedicación y los tiempos que hay que dedicarles a estos jóvenes-niños son muy exigentes. Pensar en estas familias y lo que viven cotidianamente con sus hijos, me hizo reflexionar que este trabajo de cuentacuentos, tan simple y lleno de detalles, les traía a estas familias un bello suspiro y alegrías en sus vidas.

Recogiendo la experiencia incluyo algunos consejos prácticos para trabajar con niños con necesidades educativas permanentes:

  • Considerar siempre la etapa del desarrollo en que se encuentra el niño o joven.
  • Tener los intereses y los gustos del joven o del niño.
  • Ofrecer variedad de libros, formatos y géneros, que estos se adapten a sus necesidades, gustos y habilidades
  • Recordar que leer no es solo decodificar. Por lo que para trabajar con niños que no saben decodificar, los libros silentes serán un gran aliado.
  • Invitar a conversar; que los libros sean una excusa para iniciar una conversación.
  • Utilizar los juegos y canciones como otra alternativa para vincular al niño con el libro y la lectura.
  • Realizar una hora del cuento, preparando la sesión y articular de manera coherente sus tres partes (motivación, lectura y cierre).
  • Respetar siempre la visión o interpretación que el niño o joven pueda hacer del cuento.
  • Planificar pensando en adaptarse a las necesidades y habilidades del niño o joven y no al revés.

Y para finalizar, con el propósito que esta práctica se multiplique, me gustaría compartirles algunos libros que han dado buenos resultados en este taller:

  • ¡Beso, beso!, Margaret Wild, Ekaré
  • ¿Qué puede oír Blas?, Lucy Cousins, Serres
  • Lobo, Olivier Douzou, FCE
  • Buenas noches gorila, Peggy Rathmann¸ Ekaré Sur
  • Fuera de aquí horrible monstruo verde, Ed Emberly, Océano Travesía
  • Las manos de papá, Emile Jadoul, Corimbo
  • La sorpresa de Nandi, Eileen Browne, Ekaré Sur
  • Gato azul, Soledad Sebastián, Gato Azul
  • De paseo, Estrella Ortiz y Paloma Valdivia, Amanuta
  • Estaba la rana, Paloma Valdivia y Carles Ballesteros, Amanuta
  • La sorpresa, Sylvia van Ommen, FCE
  • Los amigos de Elmer, David McKee, Anaya
  • Cómo atrapar al monstruo de tu armario en 10 sencillos pasos, Laura Gamero y Manu Callejón, Bárbara Fiore
  • Todo el mundo hace caca, Rascal y Pascal Lemaitre, Corimbo
  • El niño y el aeroplano,  Mark Pett, GataGorda ediciones
  • El pastel está tan arriba, Susanne Straßer, Editorial Juventud
  • Oh! La luna, Eric Battut, Editorial Kókinos.
  • La ola, Suzy Lee, Bárbara Fiore Editora
  • Una pequeña casa en el bosque, Jutta Bauer, editorial Lóguez
  • Pequeña Oruga Glotona, Eric Carle, editorial Kókinos

Constanza Mekis: Bibliotecaria, Magister en Lectura y Literatura Infantil y Juvenil, Universidad de Zaragoza. A cargo por 20 años de la Coordinación Nacional de Bibliotecas Escolares/CRA Enseñanza Básica y Media del MINEDUC. Ex Directora para América Latina de la IASL (International Association School Librarianship).
El 2004 recibió el Premio anual Cámara Chilena del Libro por su destacado compromiso con la Promoción a la Lectura. Ha colaborado para el Máster en Promoción a la Lectura, coordinado por la Universidad Alcalá de Henares y Fundación Germán Sánchez Ruipérez y ha participado como maestra en la Diplomatura de postgrado en Bibliotecas escolares, cultura escrita y sociedad en red de la Universitat Autònoma de Barcelona y el Centro de Altos Estudios Universitarios CAEU de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), Barcelona, España, 2012.