Liliana Bodoc, artesana de palabras

“No digo adiós. Ustedes se irán. Yo permaneceré, reinventando el recuerdo de lo que han sido. No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo”.

Por Carola Martínez, psicóloga y experta en lIJ

La sorpresiva noticia de la muerte de Liliana Bodoc nos sumió en una profunda conmoción. En pocas horas las letras latinoamericanas lloraban a lo largo del continente y fuera de sus fronteras.

Liliana Chiavetta Bodoc nació en Santa Fe en el año 1958. Cuando era muy pequeña se trasladó con su familia a Mendoza, donde vivió gran parte de su vida. Estudió Literaturas Modernas en la Universidad Nacional de Cuyo y en 2016 recibió el Doctor Honoris Causa de la misma Universidad.

A los 40 años publicó el primer libro de la Saga de los confines, Los días del Venado, lo que cambió para siempre la forma en que concebimos el Fantasy en español. Su editor, Antonio Santa Ana, cuenta que, cuando recibió el original en su oficina, lo dejó estar hasta que lo tomó para matar el tiempo antes de una reunión y leyó: “Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del recuerdo del eco del recuerdo. Ni un vestigio sobre estos sucesos ha conseguido permanecer y aun cuando pudieran adentrarse en cuevas sepultadas bajo nuevas civilizaciones, nada encontrarían…”

Fue así como la poética de Bodoc le saltó a la cara. Esa particular y bella forma de narrar, de organizar las palabras como quien talla lenta y prolijamente la madera, le habló a un editor experimentado de una escritora extraordinaria. Santa Ana contrató la saga conformada por Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del fuego.

Liliana Bodoc publicó catorce obras más, entre las que destacan Amigos por el viento, Cuando San Pedro viajó en tren, Presagios de carnaval y El espejo africano. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán, holandés, japonés, polaco e italiano. Su último libro Elisa, la rosa inesperada, fue parte de un proyecto de escritura para el que Liliana viajó por el norte argentino.

En 2004, la fundación Konex le otorgó el Diploma al Mérito y, en el 2014, el Konex de Platino. Ganó el premio Barco a Vapor en 2008 y el premio de la Feria del libro en 2000. Integró la lista “White Ravens” en 2002 y 2013 y fue candidata al Andersen en 2010.

Murió en la madrugada del 6 de febrero de 2018, en Mendoza, rumbo a su hogar en El Trapiche, Provincia de San Luis. Pero Liliana era mucho más que estos datos biográficos: era una poeta y vivía el universo poético con una ferviente intensidad. Tenía, por ejemplo, una caja con libros de poemas y jugaba a responder preguntas que le hacían amigos y familiares con pedacitos de estos poemas que sacaba al azar de la caja, como si fuera un tarot poético. “Una poesía es un silencio rodeado de las palabras precisas”, decía, así como así y te dejaba temblando.

Liliana era una persona bella e inolvidable, te abrazaba con tanto afecto. Escuchaba cada cosa que cada lector tenía para decir en esas interminables filas de firmas y dedicatorias. Miraba a los ojos como si te escaneara. Y escribía como los dioses.

Era una narradora ejemplar, comenzaba a leer con una forma potente y arrolladora,  avanzando sobre el lenguaje, rodeándolo como  a un amante. O como a un objeto sacro. Tomaba las palabras como una artesana, resignificándolas en su condición de materia prima, como si fuesen un barro del que se podría moldear cualquier cosa. Respetaba la lengua, el lenguaje, como respetaba a cada persona: “No es mancillando la lengua que lo vio crecer como vamos a unirlo al caudal del lenguaje. Es en cambio celebrando ese puñadito que trae en el fondo del bolsillo como podemos otorgarle voz y que su voz sea un camino.” “El mundo de cada uno empieza y termina con su lenguaje.”

Y Liliana era, sin lugar a dudas, una militante, una mujer comprometida con su tiempo y su realidad. Estaba presente físicamente o con sus palabras. Ahí, en esos casos, usaba las palabras como dagas y las lanzaba como una guerrera a sus enemigos. “Arte, educación y política, son conceptos entramados y dependientes. Si la educación es vapuleada, es vapuleada la palabra de nuestros niños y nuestros jóvenes y con la palabra, sus capacidades, sus sueños y sus derechos. Entonces, la pregunta que todos nos hacemos, pero muy especialmente los escritores: ¿debe la literatura erguirse en defensa de la palabra atropellada? Quién si no.”

Liliana era. Porque el 6 de febrero murió y nos dejó desolados y sufrientes entendiendo que el mundo es más triste y oscuro sin su presencia.

Quiero terminar diciendo que Liliana era extraordinaria. Que cada uno debería haberla leído más, escuchado más, invitado más, premiado más. Que ahora murió. Que quedan sus libros y que la tarea ahora es que el mundo no la olvide, que los chicos la lean, que la recomendemos en los talleres, que la llevemos a las charlas, que la seleccionemos para los planes lectores en las escuelas y las universidades. Que no debemos permitir que su palabra se pierda. Que está en nuestras manos.

Carola Martinez es chilena y vive hace 20 años en Argentina. Estudió psicología y la diplomatura en Literatura infantil y juvenil por la Universidad de San Martín. Dirigió el programa de lectura de la Ciudad de Buenos Aires “Leer para Crecer” y trabajó para el Plan Nacional de Lectura. Es editora, escritora y capacitadora. Ha publicado críticas, reseñas, notas, entrevistas y ensayos en distintos medios y desde su página web Donde viven los libros). Publicó recientemente su primera novela: Matilde (Norma), parte del catálogo White Ravens 2017. Actualmente trabaja en el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y es socia de la librería Donde viven los libros.