Violencia en la LIJ chilena: El lento camino para hacerla visible

¿Visibilizamos la violencia en la literatura infantil? ¿Cómo lo hacemos? ¿Qué temáticas particulares queremos tratar? Estas preguntas y más son las que nos hicimos y que quisimos responder a través de las voces de editores chilenos. Cómo se están haciendo cargo ellos de los temas violentos en la LIJ y cómo logran cautivar a sus pequeños lectores.

Por Catalina González, editora FHUV


Ilustración de Manuel Méndez | Manu con tinta

En el momento en el que nos decidimos a abordar el tema de la violencia en la literatura infantil y juvenil asumimos que la tarea no sería fácil. Cualquier asunto que conlleve una implicancia moral o ética es complejo de tratar. Si a esto sumamos el hecho de que estamos hablando de un tema presente en la literatura que va dirigida a niños y adolescentes, la complejidad se torna aún mayor.

A lo anterior hay que agregar el contexto cultural. Como chilenos, somos parte de una cultura tradicional y conservadora que hace que sea muy propio no hablar de temas incómodos o difíciles. Además, la lejanía geográfica de nuestro país hace que las influencias de países lejanos y de culturas diferentes tarden en llegar.

Entonces, ¿cómo hablar de violencia y literatura infantil y juvenil?

Para entenderla y analizarla, pensamos que primero había que abrir la conversación y considerar diferentes tipos de violencia. Así aparecieron la violencia de género, el maltrato infantil, la xenofobia, el bullying, las violaciones a los derechos humanos, el abuso sexual, el maltrato psicológico y la guerra.

Lo más llamativo al abordar el tema fue la respuesta inmediata de cada una de las voces con las que hablamos: “la violencia ha estado siempre en la literatura infantil. Los cuentos clásicos son terriblemente violentos”, fue lo que se oyó sin excepción. Y es cierto. Conocemos, y no nos llaman la atención, relatos como Caperucita Roja o Hansel y Gretel, en los que la violencia es absolutamente explícita. La Caperucita que escribió Charles Perrault, y que rescató de la tradición oral, probablemente no podría ser hoy publicada sin considerar importantes cortes editoriales. “Antes leíamos los clásicos, pero no se concientizaban, ahora hay mucha más conciencia” comenta Rafael López, editor de Hueders, quien concibe a los niños como seres autónomos intelectualmente, reflexivos y parte de la sociedad como cualquier adulto, por lo que esconderles ciertos temas no tiene sentido: “Tienen que entender que la violencia está ahí. La violencia está y hay que encontrar la forma en que los niños la saquen. Negarla es absurdo. Tiene que ser parte de su cotidianeidad”.

Surge aquí una primera postura respecto al tema. La violencia está implícita en todo, entonces es mejor liberarla que negarla. Pero, ¿nos hacemos responsables de cómo comunicarla?

Sí, la literatura se está haciendo cargo y las editoriales chilenas se están sumando. Sin embargo, también enfatizan la necesidad de un delicado tratamiento del texto, para llegar a un libro cuidadosamente editado, dirigido a cualquier niño, de diversas realidades, con distinto bagaje cultural y que puede haber sido -o no- víctima de violencia. “Es importante abrir esas conversaciones difíciles, pero respetando siempre la mirada de los niños. No sé si tiene sentido hacer un libro que entregue la mirada de los adultos. La idea es conectar con la sensación de los niños frente a temas difíciles, no con la nuestra, como adultos”, indica María José Thomas, editora de Ocholibros. Esta parece ser la opinión general de nuestras editoriales locales.

“No hablar de ciertos temas” parece estar pasado de moda en el mundo editorial: “La literatura nos ayuda a pensar, nos permite construir mundos, nos entrega pautas. Hacernos los tontos no publicando libros que aborden la violencia, no”, enfatiza tajante Ana María Pavez, editora de Amanuta. “Es mejor acercarlos al mundo con un producto bien hecho, responsable; que acercarlos, por ejemplo, con un video que pueden ver en YouTube”. Este punto es clave. El consumo de información que tienen niños y adolescentes hoy es excesivo y sin filtros. Son día a día testigos de noticias terriblemente crueles y violentas. Para qué decir lo que pasa cuando entran a internet o son parte de chats en WhatsApp en los que las ofensas o memes agresivos son algo habitual.

Pese a este escenario, existe una cierta prudencia al abordar el tema desde la LIJ, como si el mundo de los libros infantiles y juveniles estuviera alejado de ese contexto. La especialista en LIJ Maili Ow no está de acuerdo con esa mirada: “Me parece que hay que afrontar el tema directamente. No como un panfleto, sino que usando recursos del arte, estéticos, visuales, verbales; bonitas ediciones, un producto de mucha calidad”. Como complemento, cree que las imágenes pueden aportar a tratar este tema, ya que en su opinión los tópicos más difíciles en la literatura infantil son más abordables a través de la imagen que de la palabra: “La visualidad se ha ido posicionando, pareciera que la imagen va más de avanzada, que permitiera decir cosas que las palabras no pueden”.

El mundo editorial en Chile no quiere excluir la violencia ni otros temas difíciles de sus catálogos infantiles. Quieren que esté presente y exhibirla responsablemente, desde distintos ángulos, pero, ¿quieren enseñar a través de los libros? La respuesta es no. Al leer un libro, inevitablemente, se integrará conocimiento y experiencia, pero dar pautas a través de la narrativa infantil parece no ser el objetivo final. Al menos, no en las editoriales pequeñas, cuyo principal enfoque son los buenos textos y los relatos atractivos, que despierten interés y curiosidad en sus lectores: “Consideramos que enseñar no es el rol de los libros. Y si queremos fomentar la lectura y que los niños disfruten de ella, creemos que por ahí no va el camino”, comenta María José Thomas: “Si bien la literatura sirve para abrir conversaciones, para plantearse temas, no está ahí para apostolar”.

De la misma forma piensa Rafael López, quién está de acuerdo con que no se excluya la violencia de los libros para niños, pero sin que el tema sea un pie forzado. Para él son esenciales las buenas historias, los relatos contundentes, que despierten curiosidad y ganas de leer. “Mi propuesta es que los libros sean interesantes para los niños y no tengan que estructurarse valóricamente. Sí dar posibilidad a un diálogo, y ahí es donde se les puede enseñar”.

La idea parece ser no convertir estos temas en una bandera de lucha, sino dejar que fluya la buena literatura. En esta línea, Rafael López destaca el trabajo realizado por Luigi Amara en su libro Los calcetines solitarios: una historia sobre bullying, que en su opinión aborda el tema de manera fresca e inteligente.

Siguiendo esta temática es que Ocholibros publicó su libro Espantoso, de Luis Alberto Tamayo; en él, la historia se desarrolla desde el agresor, que vuelve al colegio después de un año fuera.

¿Qué violencia vamos a mostrar?
El entramado social en el que vivimos parece ser un punto de partida común para abordar la violencia en Latinoamérica. La violencia social y política que ha vivido esta parte del mundo ha inspirado una serie de libros. Entre los autores, la mayoría coincide en destacar el trabajo del colombiano Jairo Buitrago. Amanuta, de hecho, se la jugó por publicar su libro Un diamante en el fondo de la tierra, en el que se aborda la dictadura en Chile, con ilustraciones de Daniel Pantoja.

Ocholibros, por su parte, desarrolló una colección en la que trabajaron con Villa Grimaldi, y que se llama Hablemos de…, dentro de la que destaca Canción para mañana, en que a través de una metáfora poética se tematiza el terror de quienes pierden a un familiar durante la dictadura. Y como el contexto social y político va abriendo temas, la migración y la xenofobia no se quedan atrás. Amanuta publicó El camino de Marwan, premiado con un Bologna Ragazzi el 2017, que retrata la realidad cruda de la migración.

Así, parece que estamos atreviéndonos a incluir en el trabajo editorial a la violencia; al menos la que se da puertas afuera, en el contexto público. La situación cambia cuando hablamos de lo que ocurre puertas adentro. Al parecer, la violencia sexual y la agresión que ocurre en contextos íntimos ha sido más difícil de abordar; o al menos eso podemos deducir al revisar la oferta de libros. En este ámbito, destaca Estela grita muy fuerte, en el que Isabel Olid y Martina Vanda describen la protesta de una niña a la violencia que sufre su madre por parte de su pareja.

Otro buen ejemplo es el realizado por Jutta Bauer con Madrechillona, en el que astutamente y a través de acertadas imágenes se refleja la violencia de una madre a su cría, con un final feliz.

En esto coincide Maili Ow: “Hay un conjunto de obras que habla de violencia política, otro de violencia escolar, eso todavía lo podemos tragar; pero cuando ya te metes en violencia contra la mujer, o contra los niños… No he visto en Chile mucho de eso”. Abrir el campo temático a este tipo de situaciones y conflictos es la siguiente tarea. Para Maili, hay algunos autores en Chile que se están atreviendo. “Aquí es clave lo que hace María José Ferrada, que ha seguido un camino menos seguro, pero más innovador a través de sus libros Niños y La tristeza de las cosas, por ejemplo. Sara Bertrand está como en el medio, saliéndose un poco del plan lector y avanzando a obras un poco más desafiantes temáticamente”.

Escuela y padres, los protectores
Nuestras editoriales sí se atreven. Son capaces y no les asusta producir libros infantiles en los que la violencia esté presente. Pero, ¿qué tanto de esto leen efectivamente los niños?
Ana María Pavez es enfática: “Los padres no quieren que sus hijos se enfrenten a temas violentos. Llegan en la noche y prefieren tocar otros temas, leerles otro tipo de cuentos”; incluso, asegura que estos libros no se venden en librerías.

El fenómeno sigue la tendencia norteamericana, marcada por una fuerte regulación de la literatura infantil. La asociación de padres juega un rol fundamental en esto y es sumamente estricta a la hora de decidir qué leen los niños. “Los compradores gringos no se interesan por comprar nuestros libros que pueden contener temáticas violentas; ellos quieren algo más bonito”, asegura Ana María.

Distinto es lo que ocurre en Europa, o incluso en países de Asia, lugares en que están más dispuestos y abiertos a abordar temas complicados, al menos en el mundo editorial infantil y juvenil. Acá, el espacio que se ha dado a temáticas violentas proviene de algunas editoriales que se han atrevido y se han desmarcado del plan lector. Las grandes multinacionales son menos osadas en el área infantil y juvenil.

En Chile, hay además otro freno: las escuelas. Según Maili Ow: “Este tipo de libros se compran, pero no han ingresado a las escuelas como parte del plan lector. Todavía hay muchos prejuicios. Hay una distancia entre el mundo editorial más grande y los libros infantiles que llegan a las escuelas a través de las bibliotecas CRA, o lo que se trabaja en distintos diplomados y seminarios, lugares en los que hay mayor apertura a estas temáticas”.

Trabajar con libros como estos supone mover un poco el piso de lo que pasa en el colegio, y hay muchos a los que aún no les acomoda. “Esto es un proceso y se han ido abriendo espacios. El CRA ha dado un gran paso, de ampliar el foco de la lectura, ha abierto espacio a libros no necesariamente parte del plan lector”, reitera Ow.
Vemos así que el mundo editorial sí está dando espacio a temáticas como la violencia en nuestro país, pero tenemos que ser conscientes de que esto es un proceso, que avanza lentamente y que encuentra detractores en el camino. Lo que parece ser un acuerdo implícito entre los distintos actores es la importancia de tocar los temas de manera adecuada, sin irrumpir en un espacio que por años ha sido cuidado y protegido. La tónica parece ser visibilizar el mundo como verdaderamente es, violento y crudo, pero con delicadeza, abriendo preguntas, despertando curiosidad, empoderando a los niños como seres autónomos y fuertes.

Publicado en RHUV Nº26