Gusti: “Hacer libros e ilustrar es algo muy sagrado, porque es para los niños”

Se mueve de lado a lado en encuentros que ya se han convertido en verdaderos espacios de sanación. Es lo que pasa cuando se conecta el lápiz con el corazón. Lo que hace el argentino Gusti a través su ilustración.

Por Claudio Aguilera, fundador de Plop! Galería


Ilustraciones de Gusti

Viene llegando de Bolivia. En un par de semanas irá a Portugal, luego a Colombia, más tarde quién sabe. Así ha sido su vida durante los últimos años. Desde que en 2014 presentó su libro Mallko y papá, el ilustrador Gusti se ha dedicado a viajar por el mundo dando talleres y conferencias. Encuentros que son también una ceremonia, un espacio de sanación de los que nadie sale igual a como entra. Porque en sus dibujos y en sus palabras la emoción, fuerza y humanidad es capaz de tocar hasta los corazones más duros.
“Es lo que pasa cuando le hablas al otro de igual a igual, mirándolo a los ojos, con una obra que ha nacido desde las tripas”, dice él en Santiago, donde estuvo algunos días para participar en el Seminario Internacional “¿Qué leer? ¿Cómo leer? Lectura e Inclusión”, organizado por el Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación y la Universidad Católica.
Mallko y papá fue ante todo una forma de sanarse a sí mismo. Tras el nacimiento de su hijo con síndrome de down, decidió narrar su experiencia y dar cuenta, sin indulgencia y enorme sinceridad, de su proceso.
“Cuando nació Mallko, evidentemente, un papá humano como yo, ignorante en muchos aspectos, no lo aceptó. Estuve sufriendo una semana y mi otro hijo, Theo, que ahora tiene 18 años y en ese tiempo tenía ocho, me pregunta: “Gusti, ¿qué es el síndrome de down?”. Le expliqué que no era una enfermedad, sino una condición genética. Y que a Mallko lo íbamos a querer igual. Yo no sabía si tirarme por la ventana o dejar que me atropellara un tren. Y Theo me dice: “A mí qué más me da si él es azul, verde, rojo, para mí va a ser siempre mi mejor hermanito”. Y ahí vi una especie de iluminación: qué más da cómo viene, así como está es lo mejor. Fue la primera lección de aceptación que tuve”.
Ese fue el germen de lo que vendría después. Pero antes tuvieron que pasar otros dos años en los que golpeó puertas en busca de apoyo, debió superar el bloqueo creativo y la frustración, y enfrentar la incomprensión de quienes se negaban a esa visión sin endulzantes que quería transmitir. Esta vez, la iluminación vino en un sueño.
“Una vez me levanté en medio de la noche, hacía frío, y me puse a dibujar unos dibujos chiquititos en una libreta. Hice una relación entre el dibujo y el nacimiento de Mallko. Porque cuando uno dibuja se hace una imagen de lo que quiere, pero a veces no sale como espera y tienes la opción de tirarlo, recortarlo, retocarlo con Photoshop. Pero con un hijo no puedes hacer eso. Imaginé los dibujos que yo tiraba a la basura escapando como de la prisión de Alcatraz y esos que tachaba como si fueran crucificados. Entonces, entendí que yo era como el rey Arturo que debe sacar la espada de la piedra. Pero no es el más fuerte o poderoso el que logra sacarla, sino el que es puro de corazón. Y yo en vez de una espada debía sacar un lápiz. Mientras lloraba y temblaba de frío lo entendí todo: para dibujar este libro tenía que hacerlo con el corazón. Fue el momento en que todo se unió”.
Bajo el cuidado del prestigioso editor Daniel Goldin y el diseñador e ilustrador Alejandro Magallanes, mezclando estilos y agregando una gran dosis de humor, en 2016 Mallko y papá ganó el Premio Bologna Ragazzi en la categoría de libro sobre discapacidad por ser una obra que, como señaló el jurado, “combina exitosamente una narrativa y una estética experimental en la que con diversas técnicas artísticas se reflejan emotivos y profundos sentimientos”.
“El libro está haciendo su trabajo”, dice hoy Gusti, quien además es fundador de la asociación Windown, donde realiza talleres educativos para personas con capacidades diferentes y junto a Mallko graba videos para su programa on-line Radio La Foresta. “Yo sabía que iba a pasar algo, pero no sabía qué. Tampoco tenía ninguna expectativa, lo que no quería era caer en tópicos, en dar mensajes. Y ha sido un libro que marcó un enorme cambio en mi vida: ahora miro para atrás y digo por suerte me pasó todo esto. Si alguien me dijera te cambio al Mallko por un rubiecito sueco atlético y campeón de maratón, evidentemente diría que no. Que muchas gracias, pero que yo estoy bien con mi hijo”.

La ceremonia del lápiz
Llegar a este punto significó para Gusti no solo un arduo proceso personal y artístico, sino que también espiritual. “Yo ando mucho en la selva, trabajo con pájaros y con las comunidades indígenas. Para mí todo se solucionó en una ceremonia chamánica”, comenta. “Y una forma de unir y compartir mis experiencias son los talleres que hago que son también como ceremonia, la ceremonia del lápiz. Pero si lo digo, se escapan o se ponen a la defensiva. Por eso, mejor hacerlo como en Karate Kid: vas a aprender karate y te enojas con el profesor porque después de seis meses no te enseñó karate, pero en realidad no sabías que habías aprendido”, agrega entre risas.

¿La ceremonia del lápiz también se refleja en tus libros?
Sí. Hacía muchos años que dibujaba y llegó un momento en que estaba un poco cansado. No sé si quiero seguir haciendo esto, me dije. Es mucho trabajo, muchas horas de estar muy solo. Pero descubrí que había que darle la vuelta a esa condición. Entendí que hacer libros, ilustrar, era algo muy sagrado, porque es para los niños, no es para los ilustradores amigos, para los editores, para los cócteles ni los premios. Y ahora yo pongo semillitas en mi libro. Eso no significa que todo el mundo las vea o las recoja, y le ponga agüita para que crezcan, pero cuando llega alguien más grande y te dice que tu libro lo acompañó durante su infancia y fue importante; ahí tienes una maravillosa dimensión de tu trabajo.

En tus charlas hay algo muy emotivo también, la gente se te acerca, algunos lloran, te piden consejos. Como autor, uno no está preparado para enfrentar algo así.
Es impresionante. La primera vez que hablé del libro fue en una charla en México. El libro estaba todavía en proceso. Era una mesa redonda muy importante, con puros cracks y yo no sabía qué decir. Entonces me habló una voz. Van a decir que estoy loco, pero esa es la verdad. Y la voz me dijo: “ustedes los ilustradores son personas muy inclusivas, porque trabajan con todos los colores, con lápices chiquititos, lápices viejos, lápices gordos, lápices nuevos”. Y yo dije, wow, ya está, ya tengo lo que debo decir. Fui a la charla, hablé de los lapicitos, hablé de Mallko y se hizo un silencio que no se puede explicar. Cuando salí se empezó a acercar mucha gente. Yo tengo poliomielitis, me dijo una. Fírmame un libro para mi nieto porque tengo cáncer y me voy a morir, me dijo otra. Estuve una hora entre firmas y gente que me contaba que se había sentido identificada con lo que dije. En un momento fue tanta la intensidad que me tuve que ir. Desde ese momento no paré.

¿Por qué crees que se produce esta conexión tan intensa?
Porque la gente necesita que se le hable desde el corazón. No que se le dé solo una palmadita en la espalda. Basta una charla mirándose a los ojos, diciéndose las cosas tal cual son, mostrando las debilidades sin creer que somos súperhéroes. Y transmitir la sensación de que se puede, porque ven que tú pudiste. Mi hijo tiene diez años ahora, pero está el otro con el bebito que acaba de nacer y le preguntas cómo estás y ves que los ojitos le empiezan a tambalear. Tranquilo, hermano. Pronto te vas a dar cuenta de que esto es lo más grande que va a pasar en tu vida.

Me contabas antes que estos viajes te han enseñado mucho. ¿Qué has aprendido?
Que en la vida nos acobardamos con muchos temas, que se dicen las cosas, pero a medias. Y con la discapacidad, eso es aun peor. Si fuera un tema de fútbol, quizás todo lo sueltan más rápido. Pero en el tema de la discapacidad hay que ser cuidadoso, que nadie se sienta ofendido. Pero es lo contrario. Hay que soltarlo todo y decir “esto es así”. Y me encontré con un montón de padres, no madres, que les pasó lo mismo que a mí. Pero que no se atrevieron a contarlo porque los crucificaban. Y se lo guardaron adentro y al escucharme se atreven. Es como una sanación. Ahí está el secreto. Decir las cosas como son. No tienen que ser bonitas o feas. Y eso es algo que me gustaría que estuviera más presente: hablar de igual a igual, con humanidad y cariño.

Antes de llegar hubo un ataque terrorista en Barcelona, la ciudad donde vives. Y por todas partes vemos mucha violencia e intolerancia. ¿Pueden ayudar los libros a luchar contra eso?
No creo en las recetas ni en las fórmulas mágicas para hacer las cosas. Está lleno de gente que, a través de los libros, y especialmente de los libros para niños, quiere dar recetas. Pero eso es un poco ilusorio. No se puede hacer algo general. Se puede hablar de tu experiencia, pero no siempre funciona, porque somos todos tan diferentes, nuestros contextos e información son distintos. Me parece que la clave está en la educación y en asumir nuestras diferencias, y en eso los libros pueden aportar. Por eso es importante que cada uno desde su ámbito haga lo mejor posible. Esa ya es una forma de arreglar las cosas. Para que un pájaro vuele necesita todas sus plumas. Las grandes y bonitas, pero también las chiquitas y grises. Y la sociedad es un pájaro. A cada uno le toca una pluma y con eso cada uno puede aportar a que la sociedad alce su vuelo.

¿Crees que el dibujo puede ser sanador?
poder trasmutar mi experiencia y plasmarla en un libro. También me di cuenta de que hay imágenes poderosas. Una vez me escribió la mamá de una niñita con síndrome de down que estaba muy enferma y me pidió un dibujo para ella. Yo le mandé uno en que decía: “Gracias, porque ya se sanó”. Hice una afirmación. A partir de ahí tuve una comunicación con esta niña. Ella me enviaba dibujos, yo le enviaba otros. La niña se salvó y está divina ahora. No digo que se salvó por eso, pero la intención de sanar ayuda. Y también la no intención, hacer las cosas sin esperar nada, solo porque está bien hacerlas. Por eso creo que el dibujo es poderoso. El lápiz es una herramienta que sirve para escribir o para hacer un monigote, pero también para salvarle la vida a alguien, partiendo por ti mismo.

Dejar fluir
Durante su visita a Chile, Gusti también inauguró en PLOP! Galería la muestra A bolígrafo, donde reunió una serie de coloridos dibujos de trazo divertido y algo infantil que ha ido realizando en los últimos años. Muchas de estas creaciones, en las que abundan disparatados personajes y entretenidas situaciones, fueron recientemente publicadas por la editorial argentina Pequeño Editor en el libro Animales escondidos, realizado junto a la escritora Lola Casas.
Estas obras, a las que él llama “mi mandala”, condensan bien algunas de las constantes de su trabajo artístico: el juego, el humor, la experimentación, el uso del error y la yuxtaposición de elementos diversos como gatilladores del relato, pero por sobre todo, una enorme libertad. “Me da risa cuando veo esas críticas que hablan de mis libros y empiezan mostrando un gran despliegue técnico. A veces me preguntan por qué pinto con tal color y lo que pasa es que era el único lápiz que en ese momento tenía punta”, comenta entre risas. “Todo es así en mi trabajo, no hay nada buscado. Lo importante es contar lo que tengo que contar. Sin ninguna intención de gustar. Y eso me relaja mucho. Por eso yo digo que no se trata de saber dibujar, sino de conectar con algo bien profundo. Soltarlo y aceptarlo. Porque el fondo siempre es un tema de aceptación, de amor, de corazón”.

¿Qué rol cumple el humor en tu trabajo?
El humor es sagrado para mí. Reírse de las cosas es una buena terapia. No es buscado. Yo voy así por la vida. Es mi manera de entender las cosas complejas. Pero no invento nada, mis historias tienen que ver con cosas que veo, que pasan en mi casa. Y tras ese humor se esconde siempre mucha verdad.

Incluso te burlas de los estereotipos en torno a los niños con síndrome de down.
Me pasa mucho, sobre todo en Latinoamérica, que cuando la gente ve a Mallko, se acerca y me dice que es un angelito, una bendición de Dios. Al principio me hacía gracia, pero después me empecé a poner pesado: mi hijo no tiene alas, les decía. Y después viendo lo que es a veces, un verdadero diablo con patas, menos que menos. Lo que hay que entender es que son personas como todas, con momentos de felicidad, momentos malos, y eso es lo maravilloso.

Pareciera que siempre el azar está muy presente en tu obra.
No sé si es el azar. Es más bien estar atento a las señales. Para mí, el “había una vez” parte siempre de un dibujo y después me gusta dejar fluir, sin mucha planificación, sin componer; usando lo que tengo a mano y materiales baratos. En eso he aprendido mucho de Mallko, que le encanta dibujar, y de los niños y artistas con capacidades distintas con que hago talleres. Es increíble como ellos rompen las formas. No tienen miedo, no hacen bocetos, no planean nada. Y me encanta porque es más rápido, más cómodo y se acepta el error. En una charla, un niño me preguntó por qué dibujas tan mal. Yo le dije “gracias, es el mejor cumplido que me puedes hacer”. Porque hace 30 años estoy tratando de dibujar así de mal. Y es verdad. Intento desandar esta cosa tan preciosista que se puso de moda en la ilustración, que me parece un poco aburrida y no me interesa.

¿Cómo se logra eso?
No preocuparme del resultado me relaja mucho. Creo que esos dibujos que se hacen sin mucha ambición son los mejores. Lo importante es estar dibujando todo el tiempo y de ahí salen las ideas. Hay que hacer muchos apuntes y mirar mucho a la gente en la calle. Así, poco a poco se te va metiendo cómo funciona el ser humano. Eso es ser ilustrador: tener una capacidad de observación de la vida y después lograr transformarlo.

Gusti
Ilustrador y escritor de libros infantiles, profesor y director artístico; viajero incansable. Sus inicios en animación fueron en el estudio “Catu Cineanimación”; después de eso, comenzó a colaborar para distintas magazines y editoriales infantiles.
Si bien es bonaerense, Barcelona es desde hace años su centro de operaciones y el lugar donde reside. Cofundador de Windown-La Ventana en la que trabaja por una sociedad más inclusiva.

Publicado en RHUV Nº26