Azul. El dolor de la infancia

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar
el propio yo más que acompañarlo.

Por José Andrés Murillo, director Fundación Para la Confianza y autor de Azul.


Ilustración de Valentina Silva

El lenguaje no crea realidad. Pero sí puede ocultarla y volverla dolorosa a través de ese otro lado del lenguaje, que es el silencio. Más bien diríamos: silenciamiento. Así ha sucedido durante siglos -y sucede aún hoy- con la violencia cometida contra niños y niñas. Se trata de una violencia que, además de permanecer impune, muchas veces se disfraza de educación, disciplina o respeto por los adultos. Violencia que si no se nombra, se normaliza y fortalece. Aun más, cuando la violencia se normaliza, generalmente se culpa a las víctimas (explícita o implícitamente) del sufrimiento que les produce.

Esta es la violencia que queremos nombrar hoy. La violencia contra la infancia que muchas veces es sutil, engañosa. Nombrarla por primera vez o tal vez inventar una nueva manera de llamarla, para superarla.

Sin embargo, no podemos comprender la violencia sutil contra la niñez si no pasamos por la violencia brutal de la que aún son víctimas miles de niños y niñas en nuestro país. Muchos más de los que quisiéramos creer1. A veces queremos tanto que no exista esta violencia, que pasa por nuestro lado sin ser percibida como tal, con lo que se fortalece. Entonces hay que juntar valor. Valor para nombrarla, verla, combatirla. Esto permite ir creando los caminos para resignificarla, asumirla y superarla. La violencia que ha sido silenciada. Sabiendo que en muchos casos un niño -un adulto que vive con su historia de niño violentado- no es que no quiera, sino que no puede nombrar la violencia de la que fue víctima. Aunque la sufra, aunque le provoque tristeza. La estructura misma de la violencia y el trauma producen un vacío cognitivo respecto de lo vivido, lo sufrido. No hay una decisión de guardar silencio, de olvidar un evento traumático, sino que el contexto en el que tiene lugar el trauma, y el trauma mismo, traen consigo el silencio, su silenciamiento.

Pero silencio no significa inexistencia. El olvido cognitivo lleva muchas veces aparejada una memoria afectiva y corporal monstruosa. Memoria traumática. La estrategia de supervivencia del cuerpo de un niño ante el estrés que provoca un evento muy traumático, como un abuso sexual por parte de un ser cercano, un ser que se suponía que estaba ahí para cuidar, para ser confiable, consiste en una desconexión de su sistema consciente. Se desconecta el sistema consciente integrado de la percepción del ambiente entre memoria, emoción e identidad. Es lo que los especialistas llaman disociación. Ese mecanismo de defensa que tenemos ante situaciones que sobrepasan nuestra capacidad de integrarlas, como la traición que implica la violencia física o simbólica ejercida por alguien cercano. Es decir, ante la traición del cuidado.

Ahora bien, la disociación no implica la eliminación del dolor desde la memoria traumática, sino solo su fragmentación. La memoria traumática seguirá presente, pero de manera fragmentada, no a modo de consciencia, sino corporal, afectivamente; hiriendo, socavando el yo que sigue huyendo hacia dentro o hacia fuera, huyendo del dolor. El proceso simbólico de nombrar la violencia implica casi siempre revivir de manera consciente el dolor, integrar la memoria, la identidad y la sensación de realidad, corporal y ambiental. Dolor físico, pero también dolor de la traición, la confusión, manipulación hasta entonces sin nombre. Niños y niñas que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia por parte de algún ser cercano, incluso por parte de un ser querido, demoran a veces más de 10 o 20 años en encontrar el nombre para esa sensación de tristeza que los acompaña. Tristeza que es consecuencia de una violencia que no debiera tener nombre porque no debiera existir. Sin embargo está ahí, y algunos hemos querido encontrar estrategias para acompañar a personas que lo han sufrido, para que en este proceso no tengan que sacrificar su propia identidad o supervivencia.

Es así como hemos querido crear maneras de comprender, de prevenir situaciones de abuso o maltrato infantil; detectarlas, intervenirlas y acompañar a personas que fueron víctimas durante su niñez. Este es un desafío tan grande como urgente. Hay situaciones de violencia hacia la infancia que son tan traumáticas, que prácticamente nadie las discute, como el abuso físico y sexual. Sin embargo, hay otras formas de maltrato que también están ahí, más sutiles, y provocan igualmente traumas que no siempre son conscientes, que muchas veces solo traen aparejados tristezas profundas y sin nombre, sin forma, sin aparente razón.

A veces, aprender o enseñar a un niño pequeño a callar, dormir, comer, saludar, no llorar y ser hombrecito, a ser señorita; a respetar a los mayores porque son mayores; a comportarse; a que se (im)pongan límites al juego, a la risa; todo ello puede ser una manera de doblegar el propio yo más que acompañarlo. Doblegar que viene más del miedo de los adultos que de la necesidad de educar. Miedo a perder poder, ser cuestionados, no saber qué hacer. Miedo al fascinante y aterrador mundo de la infancia, que vive otra lógica, otro lenguaje y que tiene más para enseñarnos que lo que nos atrevemos a aceptar. Porque rompe, cuestiona e interpela la lógica y el lenguaje adultocéntrico de poder, de producción, de competitividad, de desconfianza, de abuso. Por eso, en lugar de acompañar, los adultos queremos doblegar. Es lo que sentí cuando una persona, muy bien intencionada, me regaló el libro Duérmete niño, que se supone enseñaba una técnica para, en 7 días, hacer dormir a un niño solo. Cuando la primera noche quise aplicarlo, nos dimos cuenta de que era una técnica para doblegar hasta el cansancio la necesidad de nuestra hija de estar en mis brazos. Sentí el peso del miedo y la impotencia, y su llanto fue voz, fue interpelación. En ese doblegar, sutil y por tu propio bien -diría Alice Miller- se inoculaba la raíz de la impotencia, la rabia sin nombre y sin objeto, la violencia hacia uno mismo y hacia los otros. Asumir que prácticas que tenían el nombre de educación pueden ser violencia, y devolverles el nombre, libera.
Cuando escribimos el libro Azul con Marcela Paz Peña, acerca de un niño que sufre una vulneración y, aun más doloroso, sufre la incredulidad, la indiferencia, la incomprensión, la falta de nombre por parte de los adultos, de ese dolor, el nombre llegó solo. La inmensidad del cielo y el mar, la omnipresencia que parecía tener el color azul era suficiente para llamarlo así. Sin embargo, fuimos más allá. Nos dimos cuenta de que en la Grecia antigua no había un nombre para ese color. Aún no está claro si estaba prohibido nombrarlo, no tenía nombre o no lo veían.
Hay algo en nosotros, los adultos, que hace que no podamos nombrar el dolor de los niños. Y no es solo indiferencia o falta de empatía. A veces lo es. También puede ser miedo a no poder comprenderlo, consolarlo, acompañarlo. Entonces surge el poder de la doblegación, el olvido, la orden de no llorar, si no es para tanto. Y así, la indicación de transformar una experiencia dolorosa pero real en un delirio. A negar y transformar en dolor, sin nombre, sin lugar… disociar. Pero también se puede emprender el desafío de acompañar. Sin negar ni sobredimensionar. Acompañar. Estar ahí, validar, hacerse cargo junto a él, de ese dolor injusto, absurdo, horrible pero real. Y así, integrar. Es lo que sucede cuando nombramos un color -imagen recurrente del mundo de los afectos- que parecía ser sin nombre. Como azul.