Literatura y asepsia: sobre el gusto por limpiar

“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?” No matarás, Krzysztof Kieslowski.

Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur


Ilustración de Valeria Castro

El joven Jacek, protagonista de la película No matarás del director Krzysztof Kieślowski, en un acto puramente irracional y salvaje, asesina a un taxista sin ningún móvil aparente. La escena del asesinato es desgarradora, violenta y de un verismo angustiante y sucio. Primero lo asfixia, desde el asiento trasero del taxi, con una cuerda que vimos repetidas veces antes, como una suerte de sentencia o advertencia. Ante la resistencia del taxista, que lucha para no perder la vida, Jacek se baja del asiento trasero y le asesta fuertes golpes en los brazos para que deje de tocar la bocina. Se detiene un momento y se baja del taxi, rodeándolo, al acecho. El taxista intenta liberarse, con dolor, pero Jacek abre la puerta y golpea esta vez la cabeza del hombre con duros golpes descendentes. La mirada del taxista, agónica, escruta a Jacek, quien no soporta la visión de la muerte sobre sus ojos y solo puede proferir “Jesús” para luego cubrirle el rostro destruido con una manta. Lleva el taxi al borde de un río y baja al sujeto, arrastrándolo hasta la orilla. El hombre sigue vivo, balbucea algunas palabras con dificultad, con desesperación, mientras Jacek busca algo a su alrededor. Encuentra una piedra, una gran y contundente piedra, toma aire, duda, se llena de valor y termina con la vida del desdichado aplastándole la cabeza. Jacek, que nos recuerda a Caín, es condenado a la horca, suerte de correlato de la cuerda que vimos en distintos planos.

En toda la historia de la literatura podemos encontrar episodios de violencia: el conflicto edípico en la tragedia griega; la muerte del hermano justo, Abel, en la tradición bíblica; la imagen pornográfica en el marqués de Sade (ofensivo o indignante para ciertas sensibilidades). Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil. De la misma manera que parece inútil inventariar los rasgos o sesgos de violencia que existen en la literatura dirigida para niños y jóvenes. En la tradición occidental de este tipo de literatura, la violencia ha estado presente en una cantidad importante de narraciones, que sufren modificaciones según los tiempos que corren. Los hermanos Grimm supieron codificar esa violencia en relatos ejemplificadores; Ítalo Calvino, en sus versiones de los cuentos folklóricos italianos, no deja títere, dragón ni príncipe con cabeza; el doctor Heinrich Hoffmann no se guardaba recursos para aleccionar a sus pacientes con su famoso Struwwelpeter.

El inventario de la violencia, en tiempos de lo políticamente correcto, es el camino que los estados parecen haber tomado. Existen instituciones que utilizan diversos mecanismos para el control de lo que es correcto o no es correcto decir; para el control de la producción de los discursos. Algunas sociedades funcionan de manera más o menos represiva; otras lo hacen de forma solapada, utilizan la censura y el control de manera subyacente. Así, en algunas instancias, se llevan a cabo procesos de revisión de colecciones completas de libros con el fin de encontrar rasgos o discursos que atenten contra lo enmarcado dentro de lo correcto, por nombrar un ejercicio.

“Hacer un inventario del desarrollo de los temas ligados con la violencia en la literatura sería prácticamente imposible, además de inútil”.

En un breve, pero fundamental ensayo, Michel Foucault indica: “supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido” (El orden del discurso). Foucault distingue también otros dos grandes procedimientos de exclusión: la separación de la locura y la voluntad de verdad. Sin duda, a través de un nivel de sofisticación, el estado es capaz de controlar los discursos que se producen en diversas esferas de la vida social. Y la literatura no es ajena a ello.

En una línea de pensamiento cercana, el escritor sudafricano J. M. Coetzee escribe, citando a Herbert Marcuse: “en el siglo XX […] los estados han desarrollado técnicas para usar la tolerancia con fines sutilmente represivos”. Es común encontrar hoy en día libros que educan en valores globalmente aceptados como la tolerancia, la libertad de expresión, la aceptación del otro, entre otros temas. En esos casos, la violencia es utilizada de manera instrumental, como eje que articula temáticamente un relato en función de un discurso mayor. Haciendo el ejercicio del inventario de lo inútil, podríamos encontrar libros que tratan sobre los diversos tipos de violencia: discursiva, política, sexual, por nombrar algunas. Lo problemático, en esta situación, no sería su abordaje en la literatura (que podría ser muy sano, por lo demás), sino que una especie de homogeneización de los discursos. Una suerte de asepsia en la escritura, cuyo único daño es sobre la literatura misma y, como consecuencia, sobre sus lectores. Lamentablemente, los lectores más desfavorecidos por este tipo de libros son los niños incapaces de seleccionar sus propias lecturas.

En países donde existe una inversión del estado en temas relacionados con la cultura, existe al mismo tiempo una preocupación por los discursos que son aceptados o rechazados. Un filtro con el que se seleccionan los proyectos realizables. Así, en una convocatoria pública de fomento de la creación literaria, seguramente aparecerán bases y objetivos que estén alineados con las sensibilidades de turno. La consecuencia más evidente que este tipo de acciones puede tener es la estandarización de la literatura, la homogeneización de los puntos de vista.
J. M. Coetzee lo menciona de manera muy clara: “Bajo la censura no florece la literatura. Ello no significa que las órdenes del censor, o la figura interiorizada de este, sean la única -ni siquiera la principal- presión que sufre el escritor: hay formas de represión, heredadas, adquiridas o autoimpuestas, que pueden experimentarse más profundamente”. En el caso chileno, con el antecedente de una larga dictadura militar, periodo en el cual las manifestaciones artísticas fueron violentamente reprimidas, se generó una especie de autocensura, debido a la implementación de fuertes códigos valóricos que permearon la vida cultural y social del país, además de hacer mella en la producción artística.

Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria. Con la intención de suprimir o reducir discursos que atenten en contra de los sistemas valóricos actuales, los que valoran temas como la inclusión, la tolerancia y la libertad de expresión, no se hace más que segregar, evidenciar la diferencia y limitar la libertad de expresión. Es una paradoja de la libertad. Es cierto, se reducen, por ejemplo, los discursos discriminatorios, los discursos de odio; pero ¿cuánto pierde la producción literaria al autoimponerse un filtro, una reserva? En ese sentido, Coetzee indica: “A mediados de la década de 1980, me era posible dar por supuesto que la intelectualidad compartía en líneas generales mi opinión de que cuantas menos restricciones legales se aplicaran a la capacidad de expresarse, mejor: si resultaba que algunas de las formas asumidas por la libre expresión eran desafortunadas, ello era parte del precio de la libertad. La censura institucional era una señal de debilidad del Estado, no de fortaleza; el historial mundial de la censura era lo bastante repugnante para desacreditarla para siempre”.

El ejercicio de la libertad de expresión es, sin duda, paradójico. ¿Cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a soportar opiniones desafortunadas? ¿Cuánto odio, por ejemplo, somos capaces de tolerar? En la literatura para niños y jóvenes, estos rasgos de violencia o intolerancia han sido completamente suprimidos, blanqueados, en pos de una literatura completamente aséptica e inmaculada. Si la violencia es retratada, se hace para evidenciar lo reprobable de los actos violentos: la discriminación, la guerra, la migración forzada. En ningún caso para problematizar, para discutir las posturas, para ensuciar los discursos.

Hace un año asistí a una exposición de Otto Dix en el Museo Nacional de Arte de México. Paradojalmente, yo estaba ahí haciendo un libro para niños. Difícilmente alguna obra de Otto Dix podría integrar las páginas de un libro para niños. Hombres descuartizados, con las tripas revueltas en medio del campo de batalla, o en el fondo de una trinchera infecta. Centenares de muertos que se apilan uno sobre el otro, como una pirámide humana, carne y sangre derramada. El dolor y el miedo en el rostro de figuras ya sin vida, que la perdieron con esa expresión grabada para la eternidad. No hay lecciones en esas pinturas ni en los aguafuertes ni en los grabados de Otto Dix. Solo un sistema de significantes y un tratamiento del enfrentamiento con la muerte y con el horror.

“Los sutiles medios de control actuales, que pueden tener las mejores intenciones (todo control de la violencia, por ejemplo, tiene la mejor de las voluntades), no hacen sino mermar la producción literaria”.

El psicoanálisis, por su parte, aporta en la teoría que intenta comprender los complejos procesos de lectura de los niños. En su conocido estudio sobre los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim dedica unas páginas a la importancia de la externalización a través de la lectura de relatos. En ese sentido, la literatura funcionaría como una manera de sublimar las pulsiones más irracionales o salvajes del niño. El lector habituado reconoce, en el lenguaje de los cuentos, una serie de símbolos que lo ayudan a ordenar y seleccionar la información que se encuentra en el caos del inconsciente. Para Bettelheim: “El cuento de hadas, aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil -con sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanas de Cenicienta, por ejemplo-, no contradice nunca su realidad física. Es decir, un niño nunca tiene que sentarse sobre cenizas, como Cenicienta, ni es abandonado deliberadamente en un frondoso bosque, como Hansel y Gretel, porque una realidad física similar sería demasiado terrorífica para el niño y perturbaría la comodidad del hogar, mientras que el hecho de dar este bienestar es, precisamente, uno de los objetivos de los cuentos” (Psicoanálisis de los cuentos de hadas). Los cuentos de hadas muchas veces presentan escenarios de violencia o en los que los lectores se ven enfrentados o interpelados. Más allá de las funciones ejemplificadoras o moralizantes que se les ha atribuido históricamente a este tipo de relatos, existe una función socializante y de desarrollo de la personalidad, que es quizás más importante y compleja que la relacionada con los valores o la virtud. La lectura funciona entonces como una externalización significativa de las pulsiones del niño. La violencia, el reconocimiento de personajes malvados, la elección entre opuestos, son partes determinantes en el desarrollo de un lector.

En No matarás, el joven Jacek es registrado por una cámara sucia y ambigua. La imagen parece estar teñida por un filtro verdoso que la resignifica, mientras que el lente de la cámara es intervenido o perturbado por una mancha negra que corta la imagen, a ratos a la mitad, a ratos en un círculo que enmarca a los personajes. El recurso tiene un efecto sobre el espectador, que ve ensuciada la imagen, granulosa. No nos permite observar con claridad lo que ocurre en la acción e interviene la percepción de los objetos dentro del plano. El efecto es de ambiguación de los sucesos; no sabemos si juzgar o no las acciones de los personajes, pues sus conciencias, y las nuestras, están intervenidas por esta pátina verdosa. Me gustaría que la literatura siguiera también, a veces, estos derroteros, que dejara los cercos de lo inmaculado y se permitiera, al menos un poco, de suciedad en el lente.