Ese mar de cadáveres

Los jóvenes están dispuestos a dejarse conquistar por la palabra, a establecer una relación con un libro, porque en sus movimientos y continuas mutaciones intentan construirse en distintos frentes, armarse de discurso. Un libro que les habla al oído, por lo tanto, no solo es un buen aliado, sino un compañero de ruta.

Por Sara Bertrand, escritora.

Conocí Europa o, mejor dicho, la vi por primera vez gracias a El mundo al instante, unos cortos noticiosos que, entonces, cuando tenía siete años, proyectaba la sala de cine de El Tabo. Aunque tenía butacas de cuero maltrecho, olor a pis y pulgas, conservaba ese garbo de los cines europeos y, en vez de abrir su función con propaganda de ropa, nos mostraba las calles de París, reuniones de cancilleres en La Haya, mujeres en la Plaza Mayor o una fábrica de automóviles perdida en los Alpes. Ese era el mundo que estaba más allá de la cordillera. Un continente en blanco y negro matizado por el sonido de un rollo de película y la voz en off de un locutor español que nos explicaba, acentuando las eses, cómo iba la Europa de posguerra; su reconstrucción, sus alianzas. Una Europa que había sido destruida y vuelta a levantar después de medio siglo de guerras, revoluciones y matanzas.

No existe en la historia de la humanidad una confluencia igual de asesinos, dictadores y conflictos armados más sangrientos que la que produjo el siglo XX, y eso, ese horror, de alguna extraña manera, me resultaba atractivo. En algún punto, las naciones acordaron censurar esa avalancha de imágenes de cuerpos mutilados, la fragilidad natural con que se desparrama la carne en la calle, como una torre de palitos, repartiendo piezas al azar. Sobrevivía una que otra fotografía en los libros de historias, pero estaban supeditadas al pudor social ante la muerte, ante los actos de violencia, podríamos especificar. Hoy, un esfuerzo de ese tipo sería inútil. La inmediatez de las redes sociales haría palidecer ese “instante” del mundo de posguerra. La fotografía que nos conmueve un domingo de votación en Cataluña, cuando la policía arremetió contra los votantes, ofreciendo patadas, puñetes, zancadillas y todo tipo de golpes de porras, rápidamente fue reemplazada por la de unos cuerpos caídos en el tiroteo en un festival country en Las Vegas. Un hombre decidió acabar con su vida lanzándose desde las alturas de una habitación de lujo, pero antes, como si fuese un faraón y necesitara compañía para viajar al inframundo, disparó contra la multitud matando a 58 personas e hiriendo a otras 500. Entre ambos actos violentos, no pasaron 24 horas y todos los amigos de las redes estuvimos expuestos al horror, ahora sí, en vivo y directo gracias a la gentileza de los videístas que, incluso en el momento en que se escuchaba repiquetear la metralleta, grababan. Díganme si no da para pensar que perdimos el juicio. Vivimos en un mundo raro, un mundo en el que la vida humana, esa carne desparramada, no tiene más valor que los seguidores o likes que alcanzará el avezado que filmó a los caídos de Las Ramblas en Barcelona, un par de meses atrás.

Qué duro tragar tamaños gestos de inhumanidad. Qué ridícula falta de compasión. Pero este es nuestro siglo y las palabras de Giorgio Agamben, en su ensayo acerca de lo contemporáneo, suenan tan actuales: por mucho que nos disguste, no podremos huir de nuestro tiempo. En otras palabras, viviremos lo que nos toca. Nos queda, sí, distinguir la luz de la oscuridad, apreciar las sombras, determinar lo numinoso, adivinar entre los escombros la belleza de los porqués. Pero asistiremos al dolor, nos tocará ser testigos indirectos de los infiernos de otros y nuestros jóvenes verán. No podremos evitarlo. Imposible apagar sus pantallas, apartarlos de la Tierra.

Ellos miran con la misma curiosidad con que años atrás mi generación veía ese “mundo al instante”. Porque a esa edad uno se dispone a que el mundo le entre por los poros, que te consuma. Los jóvenes van hacia delante con una disposición que es envidiable, nada les parece extremadamente extraño o amenazante, ellos saben cómo adaptarse. Evidentemente, la violencia que les toca no siempre es estelar ni mediatizada por la tecnología, también consumen una que ocurre a puertas cerradas, cuando son víctimas de maltrato, abuso o abandono, pero ellos saben. Y sueñan con encontrar respuestas, con afinar su voz, dar un salto que los ubique en otro extremo. Y están los libros, esa conversación sostenida por el hombre desde tiempos remotos. ¿Un libro puede combatir la violencia? No, no puede, nada detiene el ingenio del mal cuando está dispuesto a manifestarse, pero los libros pueden representarlo, ofrecer un rostro al monstruo de diez cabezas, desenmascarar el poder del cerbero hasta hacerlo traslúcido, sofocando cualquier intento de hipocresía. Porque los libros que les interesan a los jóvenes tienen que ver con esa yugular, una corriente subterránea que corre por sus mismas venas y no admite engaño. Los jóvenes no quieren ser seducidos por palabras vacías, quieren que esa lengua les hable de frente, para comprender, para volverse más fuertes, para tener argumentos, para contratacar. El joven crece en medio de una lucha contra el sistema, es esa etapa maravillosa en la que realmente pensamos que podremos cambiar el mundo y los libros son buenos aliados. Gracias a ellos, pueden dialogar con el tiempo que les toca, ese mar de cadáveres, ofreciendo respuestas contundentes, una estética, un discurso propio. Aprender a mirar lo bello, separar la luz de la oscuridad, requiere trabajo, requiere tiempo a solas y ellos saben, por eso leen como leen.


Sara Bertrand vive y trabaja en Santiago de Chile. Estudió Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile, donde dicta un curso de apreciación estética de libros juveniles. Ganó el premio New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017 con La mujer de la guarda, fue nominada al White Ravens 2017 con No se lo coma y al Banco del Libro 2016 con Cuando los peces se fueron volando; ganó el concurso Alimón de Tragaluz editores con Nuestro gordo; la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con Cuentos Inoxidables y la de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Los acordes del mandinga. Ha publicado en Francia, Colombia, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y España, y escribe para distintas revistas literarias. Ha sido traducida al francés y catalán. Sus últimas novelas son Álbum familiar y La mujer de la guarda.

Publicado en RHUV Nº26