Leer Sin Palabras

Llegaron, hace un tiempo, y lo hicieron para quedarse. Los libros que no contienen ni una sola palabra se han convertido en un inmenso desafío para ilustradores, que son al mismo tiempo sus autores, lectores y mediadores. Cada vez son más las formas con las que queremos comunicar y qué mejor que hacerlo a través de un libro.

Al pensar en libros, nuestra mente, inevitablemente, traza una imagen de un cubo que, al abrirlo, se despliega y divide en muchísimas capas muy finas, cada una de estas dueña de un gran tesoro: palabras.

Hace algunos años hubiera sido un disparate pensar en un libro en el que su principal recurso, las palabras, por supuesto, no existieran. Como la innovación y el movimiento en nuestro mundo son ilimitados, llegó un punto en el que el paradigma cambió y aceptamos que los mensajes de algunos libros podían no estar contenidos en un conjunto de letras, frases y oraciones, sino que éste estuviera en el trazado, colores y formas.
Pueden gustarnos o no este tipo de libros, podemos o no considerarlos libros, pero no podemos negar que han ocupado un espacio clave en las artes narrativas , y que son una herramienta cuyo principal valor son las ilimitadas lecturas que se les puede dar, o al menos en esto coinciden varios estudiosos y exponentes del subgénero.
Emma Bosch es una estudiosa de este subgénero. En su tesis doctoral, Estudio del Álbum Sin Palabras describe el álbum Sin Palabras como una modalidad editorial que se vale exclusivamente de imágenes para explicar una historia. Como cualquier otro álbum la unidad de secuenciación es la página y las imágenes son esenciales.
Para empezar, un poco de historia. Las primeras obras del tipo que se vieron fueron las “Novelas en Grabados”, en los años 20, y alcanzaron su esplendor en los años 60, sobre todo en Estados Unidos y Europa.
Los primeros exponentes de las “obras en imágenes” son el belga Frans Masereel, el alemán Otto Nuckel y el norteamericano Lynd Ward. Masereel es, de hecho, el autor de las dos primeras obras publicadas que coinciden con este género: 25 Images de la Passion d`un Homme y Mon Livre d`Heures. Otros estudiosos, destacan la publicación de algunos de los álbumes de Maurice Sendak, Where the Wild Things Are y Hector Protector como obras que ayudaron a formar las bases de los Sin Palabras que conocemos hoy.


Libro Trapo y Rata, Magdalena Armstrong.

Las “obras en imágenes” nacen en respuesta a la influencia que estaba teniendo en ese minuto el grabado en madera en Alemania, el cine mudo y el asentamiento del cómics como catalizador de críticas sociales y políticas. Pero éstas son sólo influencias, ya que el desarrollo del género viene después, y se independiza.
Emma Bosch, en su tesis doctoral del año 2015, clasifica cinco modalidades de libros sin palabras agrupados en dos grandes categorías: libros narrativos y no narrativos. Entre los libros que cuentan una historia, podemos distinguir tres tipos: álbumes, cómics y flipbooks o foliocopios (libros con imágenes en secuencia que cambian de una página a otra). Y en el grupo de los no narrativos, encontramos dos tipos: imaginarios o catálogos de imágenes y libros-juego. Se trata de una clasificación teórica porque hay muchas obras a las que es difícil poner una sola etiqueta.
De hecho, una de las cosas que más le llamó la atención al comenzar a estudiar los libros Sin Palabras fue la cantidad que existían y de índole tan diversa.
Emma Bosch es también quién se niega a llamar a estos libros silentes, como muchas veces se hace. Sostiene que si bien hay narraciones “silenciosas”, porque los protagonistas no hablan, también las hay con personajes que han sido “silenciados”, con caracteres que se comunican con imágenes (imagoparlantes), y con personajes que hablan de manera “ininteligible”.
La experta Ana G. Lartitegui, por su parte, se introdujo en este mundo alrededor del año 2009, movida por lo poco que se había estudiado con respecto al tema, “todo lo relativo a la imagen estaba por indagarse, habían estudios pero no con respecto a la imagen en relación al álbum”. Así, decidió replantear su trabajo desde un punto de vista reflexivo, y entender su labor como ilustradora dentro de lo que es un álbum.

“La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.”

Es absurdo comparar un Sin Palabras con un libro tradicional. Cada uno tiene una función, y es distinta. Si un autor decide prescindir de las palabras en su obra es porque busca que el lector complete el mensaje. En la lectura de libros Sin Palabras se requiere de un esfuerzo creativo que podría considerarse más amplio que el que se realiza en una lectura tradicional. La palabra ancla, sujeta un posible detonador; la ilustración muestra la imagen de un momento y las lecturas de ésta son infinitas. Al no tener palabras, el mensaje que se quiere entregar será siempre más escurridizo, menos acotado. La imagen sujeta menos que la palabra y en estos libros es la encargada de transmitir el mensaje.
Emma Bosch sostiene que los Sin Palabras evidencian el carácter expresivo, comunicativo y narrativo de las imágenes; promueven el conocimiento del lenguaje visual y de las imágenes secuenciales y amplían el espectro de posibles maneras de ver, jugar y narrar, “creo que en un mundo en el que lo visual tiene tanta presencia, aprender el funcionamiento de este lenguaje, disfrutando con estas obras es uno de los valores principales de los libros que no tienen palabras”.


Libro Cinema Panopticum, Thomas Ott.

Autor y lector
Al recibir una obra Sin Palabras el lector juega con su capacidad intelectual para desgranar todo lo que está ahí preparado para él. Este tipo de libros apelan a la imaginación y la creatividad; son juguetones.
Ana G. Lartitegui anima a todos a probar su lectura. “Hay para todos los gustos, y edades. Puedes leer Cinema Panopticum, de Thomas Ott. Una novela negra, oscura, ideal para jóvenes y adultos, o puedes jugar con libros que son totalmente libres, lúdicos, y que por supuesto, se acercan más a los niños. Recomiendo Chiffres en tete de la francesa Anne Bertier”.
Magdalena Armstrong es ilustradora, chilena, y se ha dedicado de lleno a los Sin Palabras. Su fascinación por Quino la inspiró a entregar mensajes a través del dibujo, “era muy floja para leer y los chistes que más me gustaban eran, precisamente, los que no había que leer. Leía libros en los que sólo veía monos, e interpretaba. En algún momento, más grande, leí los textos y me di cuenta que siempre me había imaginado cosas nada que ver”. Su primer libro fue Trapo y Rata, que ganó el premio A la Orilla del Viento. Esto el 2010 y desde ahí no ha parado; posterior a eso, vinieron Quién Fue y Caballito Blanco, lo que la ha convertido en la principal exponente de Sin Palabras del país. El desafío es lograr que las imágenes hablen por sí mismas. En una imagen todo se lee, nada es al azar. Hay cosas decorativas, pero es lo mínimo, está todo pensado. El motor que ha movido los temas que escoge Magdalena es la naturaleza y su cuidado, “la estupidez humana me motiva a querer dar mensajes, me encantaría volver a la esencia de la naturaleza humana. Con mis libros busco dar mensajes importantes a través de la ternura, pero con mensajes crudos, ese es mi lenguaje”. En su ilustración en particular, el énfasis está en las expresiones, con lo que busca interpelar con la emoción, probablemente relacionado a su formación de actriz, “actúo a través de esos monos. No me gustan las ilustraciones decorativas”.


Libro Chiffres en Tète, Anne Bertier.

Para Ana G. Lartitegui es más difícil desarrollar un libro Sin Palabras, ya que hay que tener el guión muchas veces en la cabeza, hay que esforzarse porque en el discurso visual nada quede al azar, o si queda algo, sea porque así lo quiere el autor.
La ilustradora comenta que un agente se comprometió a mover su libro Trapo y Rata en la Feria de Bolonia. Magdalena le preguntó cómo le había ido y ella le respondió que no había tenido éxito, que estos libros están fuera del mercado. Eso fue el año 2015.
“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.”

“La gente no se da el tiempo. Estos libros son a prueba de gente apurada. Los que no observan, no ven, los que andan apurados no los valoran. Por eso no venden en el mercado, porque el mercado es para gente apurada.” Magdalena Armstrong

En estos libros, la interpretación del lector puede ser más abierta que en los tradicionales y quizás por esto dentro de otros motivos, los relacionamos a los niños.
Aunque parezca sencillo, no cualquiera es un candidato ideal a leer Sin Palabras. Se necesita estar al tanto de las convenciones de la comunicación visual y de las artes, tener ciertos parámetros. Se requiere de una mínima alfabetización visual. No nacemos con esas concepciones mínimas, como nos cuenta Ana.
Magdalena piensa en los papás más que en los niños cada vez que desarrolla una obra, “para mí, ellos son los más preocupantes. Los monos pueden ser para niños, pero los mensajes quiero que calen más a los papás que a los niños. Ellos son los que hacen y deshacen”.


Libro Antes Después, Anne Margot Ramstein y Matthias Aregui.

¿Mediación?
Este es el punto clave en la lectura de esta clase de libros. Al entender el proceso creativo y conocer el perfil de quiénes serían los lectores idóneos, no podemos dejar de pensar en el rol de un mediador y cómo éste pudiera convertirse en personaje clave en la lectura de libros Sin Palabras.
No va a ser lo mismo interpretar y leer las imágenes con toda la libertad que esto conlleva, dentro de los estereotipos y limitaciones de nuestra propia mente, que acercarnos a este tipo de lecturas con la ayuda de un mediador.
“En cualquier manifestación comunicativa, el mediador se hace necesario cuando el lector no tiene las herramientas suficientes para descifrar el mensaje. Con lectores expertos, en principio, no debería ser necesaria la presencia de un mediador para leer libros Sin Palabras, sostiene Emma Bosch, “la lectura es mucho más rica y se disfruta mucho más si se comparte con un co-lector. De hecho, en las experiencias de lectura autónoma que he presenciado en las aulas, se vuelve imprescindible compartir con los compañeros el acto de descifrar los signos visuales”. El mediador debería ser un facilitador de la lectura, un guía, un acompañante. Eso quiere decir que no tendría que dar soluciones, sólo dar las mínimas pistas para que el lector pueda descifrar las imágenes.
Para Ana la figura del mediador es fundamental, y no es tarea fácil. “No puedes matar la propia interpretación del lector, pero si desafiarlo y provocar su curiosidad. Hay que saber entrar a ese juego, por dónde vas a interesar al lector que quieres llegar”.
Magdalena coincide en que el mediador juega un papel muy importante, “los niños gozan los libros porque tienen mucho que descubrir en las imágenes, pero está la trampa de que yo se los estoy contando. No sé si se concentrarían de la misma forma solos con el libro”.

Sea como sea, estamos siendo testigos de la inclusión de este subgénero dentro de la narrativa; una no convencional en donde hay que dejar volar la imaginación.
La invitación es a conocer estos libros e incorporarlos en nuestras lecturas.