Marianne north, la cazadora de flores

Una de las precursoras de la ilustración botánica. Esta mujer de armas tomar fue una viajera entusiasta del siglo XIX, que disfrutó pintando lo que observaba a su paso. tras visitar muchos y variados destinos de maravillosa riqueza natural, Marianne North llegó a Chile para instalarse e ilustrar al detalle la flora y la fauna de un país con un enorme tesoro que descubrir.

Por Manuel Peña Muñoz, escritor y experto en literatura infantil y juvenil

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Ilustración de María Paz Muñoz

Durante el siglo XIX, muchas mujeres europeas se aventuraron a viajar a países exóticos animadas por un espíritu de curiosidad intelectual y científica. querían avistar los pájaros, coleccionar helechos, descubrir los secretos de la naturaleza. Una de estas viajeras intrépidas fue la inglesa Marianne North que, siendo muy joven, recorrió muchos países en compañía de su padre, un importante político y terrateniente británico. Juntos visitaron Marruecos, Egipto, Siria, Italia y Grecia. En las viejas ciudades recorrían museos y ruinas históricas para regresar siempre con un cargamento de herbarios y libros de arte. Era una época en la que los ingleses viajaban a lugares lejanos con el afán de conocer las culturas antiguas y empaparse de viejos estilos de vida.

Emprendiendo el vuelo hacia el mundo
Al morir su padre en 1869, Marianne deja Hasting (al sur de Inglaterra), su ciudad natal, y viaja a Canadá con una amiga para conocer un nuevo continente. A diferencia de otras damas de la sociedad victoriana, que se quedaban en casa con sus bordados y mermeladas, Marianne quiere conocer otros paisajes. Ahora sigue sola su viaje interminable. Visita Estados Unidos y Jamaica, donde se extasía con sus playas de arenas doradas. En Brasil, permanece un año en una cabaña en la selva, pintando lianas y árboles del río Amazonas y sus alrededores. Luego, sigue su periplo hacia las españolas islas Canarias donde registra la flora nativa de una de ellas, tenerife.
Con su maleta viajera, su silla plegable, su atril y su caja de pinturas, se aventura a visitar Japón, singapur, Borneo, Java y sri Lanka. En India pinta la flor del loto, las caléndulas, el jazmín blanco y la orquídea. En ciudades y pueblos pinta las flores silvestres que le llaman la atención. sigue el recorrido por Australia y Nueva Zelanda por donde viaja en vapor, tren, carreta o lomo de mula con tal de llegar a un paisaje nunca revelado. En África pinta los tamarindos, los baobabs y los nenúfares de un es- tanque. En una época en que aún no se conocía la fotografía, considera que el registro de las plantas y flores debe ser fidedigno, pero a la vez expresado con belleza.
Marianne es una viajera incansable, deseosa de captar la naturaleza con sus pinceles de pelo de marta y sus pomos de óleo. Mezclando colores en la paleta, consigue el tono justo de un pétalo o un pistilo. Había querido ser cantante de ópera, pero en la ilustración botánica encontró su vocación y su camino.

Su bella última parada
En 1884, con 54 años, llega a Chile, donde permanece durante cuatro meses dibujando plantas en quilpué, Cajón del Maipo, Molina y otros pueblos de la zona central y sur del país. Este será el último viaje que emprenda a la caza de flores y pájaros. En la cordillera austral pinta las araucarias a su- gerencia de Charles Darwin, quien había sido amigo de su padre. Le interesa pintar los árboles nativos en su medio ambiente, junto a sus aves, insectos y flora. su pincelada es detallista. Pinta la corola de una flor, un nido un diminuto colibrí. Es científica y a la vez romántica porque ama la naturaleza adelantándose a una época ecológica y de protección del medio ambiente. sus pinturas parecen decirnos: “Cuiden estos árboles, son bellos. observen las flores que crecen silvestres en la ladera del camino. Miren las aves y su hermoso plumaje. ¡Cómo es posible que usen las plumas en un sombrero!”.

Precisión en pincel y color
Marianne pinta litres, espinos, peumos y canelos. Cada hoja es pintada con toda precisión en color, brillo y textura. Pasea a caballo por las quebradas buscando una cascada, un musgo apegado a una piedra, un liquen, un árbol en flor. Visita al sena- dor por santiago y Coquimbo, Benjamín Vicuña Mackenna, en su hacienda de Concón donde pinta la palma chilena, los boldos y los cactus de los cerros de Valparaíso. también orugas, mariposas, caracoles y toda clase de jazmines, begonias, rododendros, amapolas, lirios, dedalitos de oro…
Pero también integra al ser humano en el paisa- je pues registra la arquitectura rural. Y pinta un cacharro de greda de Pomaire para expresar la alfarería de la zona y el color de la tierra. Corredores de pilares de patagua, patios coloniales con sus fuentes de agua, una tinaja, un pozo junto al camino… Estas pinturas son un fiel registro del paisaje y su entorno, por lo que tienen hoy día un carácter documental. En Chile, las autoras Antonia Echenique y María Victoria Legassa se interesaron tanto en su obra artística que publicaron el libro Flora chilena bajo la mirada de Marianne North (1999), editado por Pehuén.
A finales de su vida, Marianne North hizo una donación de 832 ilustraciones al royal Botanic gardens, de Kew, en Londres, que se exhiben allí hasta hoy. tras su muerte en 1890, a los 60 años, víctima de fiebres tropicales contraídas en sus múltiples viajes, sus hermanas publicaron sus diarios de viaje titulados Recuerdos de una vida feliz y Más recuerdos de una vida feliz (1830-1890).
A más de un siglo de su muerte, nos sigue sorprendiendo la vida y obra de esta precursora en el arte de la ilustración botánica, que dejó huella en el conocimiento de nuestra flora y fauna. Y también en la historia de su época.

Publicado en RHUV Nº25