Descubrir la naturaleza en la ciudad

La vida urbana también tiene su escape, su pulmón verde; tiene un espacio donde se impone la naturaleza, que se quiere dar a conocer, jugando como local. Con libreta en mano, al más puro estilo naturalista decimonónico, en esta crónica hacemos un recorrido por algunos de los más emblemáticos parques urbanos de Santiago, para aplicar la observación y la paciencia de antaño y descubrir (y describir) las numerosas especies naturales que podemos encontrar en cada uno de ellos.

Por Pablo Álvarez, editor de Ediciones Ekaré Sur

Parque Balmaceda 1
Ilustración de Felipe Muhr

“Un día, quién sabe desde dónde, llegó hasta la franja de tierra de una calle de ciudad una ráfaga de esporas, y se formaron setas. Nadie se dio cuenta excepto el trabajador Marcovaldo, que cada mañana cogía el tranvía precisamente allí. Este Marcovaldo tenía una mirada poco adaptada a la vida de la ciudad: carteles, semáforos, escaparates, rótulos luminosos, anuncios, por más estudiados que estuvieran para llamar la atención, nunca lograba captar la suya que parecía vagar en la arena del desierto. Mientras que una hoja que se marchitaba en una rama, una pluma que se enganchaba en una teja nunca se le escapaban, no había tábano sobre el lomo de un caballo, boquete que no hiciera la carcoma en una mesa, una piel de higo aplastada en la acera que Marcovaldo no notara y no le llevara a reflexionar, descubriendo los cambios de estación, los deseos de su alma y la miseria de su existencia.”

-Ítalo Calvino, “Primavera”, Marcovaldo

strong>Atrás van quedando los días grises, fríos del invierno y, poco a poco, con timidez, veo que aparecen las primeras magnolias soulangeanas. se adelantan a la primavera con sus tonos blancos y rosáceos. Confirmé esto en el oratorio del Parque Bicentenario. ¿Por qué un espacio público, como un parque, tiene un oratorio en su centro? Fue la primera pregunta que me hice en mi excursión de domingo, cuando pretendía recorrer los parques urbanos de santiago. ¿qué quería ver? ¿Las aves de la zona central? ¿Los árboles nativos? ¿Las flores silvestres? ¿oratorios instalados en espacios públicos? Me imaginaba a Claudio gay, con su propia libreta en mano, en sus expediciones por todo Chile, entrando por selvas y bosques, subiendo grandes montañas solo por la posibilidad de ver un jilguero cordillerano. o viajando hasta las tierras australes para observar un pequeño churrete. Así que agarré mi guía Aves de Chile, de Álvaro Jaramillo, mi libreta de bolsillo y puse un cartel en la bicicleta que decía: Claudio gay es mi copiloto.
¿qué beneficios habría tenido para la ciencia si los conductores de las micros amarillas, en lugar de Jesús, hubieran llevado a Claudio gay a su lado? seguramente, los micreros de antaño habrían reconocido cientos de subespecies chilensis: el que paga y exige su boleto, el que pide que lo lleven por $100, el que sube por atrás, el que se hace el dormido, el que mira embebido por la ventana, el que se golpea contra la ventana, profundamente dormido, fatigado después del trabajo, soñando con una marraqueta y una paila de huevos.

Listo el plan de ruta
El tramo de mi expedición fue el siguiente: Par- que Bicentenario, Parque Uruguay, Parque Balmaceda, Parque Forestal, Parque de los reyes, Parque Fluvial y un pequeño desvío al sur para terminar en el Parque quinta Normal. En total, unos 13 kilómetros solo de parque urbano. Lamentablemente faltaron dos de los más emblemáticos: el Parque Metropolitano y el Parque o’Higgins. Pero Claudio gay era mi copiloto, y lo importante no era recorrer la mayor cantidad de lugares posible en poco tiempo, sino observarlos, registrarlos, habitarlos por un momento.

Empieza el recorrido en el Bicentenario
Partí en el Parque Bicentenario (para ir en baja- dita, dirán algunos), proyectado por el arquitecto teodoro Fernández. Me sorprendí con su pequeño zoológico, tan civilizado, tan fino: unos Phoenicopterus chilensis (flamenco chileno) daban espectáculo a todos aquellos que los sobrealimentaban. Cisnes de cuello negro, patos que aún no he logrado dilucidar a qué subespecie pertenecen, quizás alguna tagua escondida entre los juncos. Me impresionó la belleza del Agelasticus thilius thilius (trile), muy sociable, con esas alas que adivinan un amarillo intenso al momento de emprender su elegante vuelo, en el caso del macho. Me detuve un momento a mirar a los perros en cautiverio: finas razas que jugaban, con educación, dentro de una jaula, supervisados por sus amos, pequeñas extensiones de sus vidas; algunos llevaban ropas ridículas; otros, los más estrafalarios peinados. En el parque todo está normado, sectorizado, formalizado. Hay un espacio para que los humanos adultos se recreen; otro, para que los humanos en desarrollo lo hagan; un tercero para que los humanos con revoluciones hormonales las sigan reprimiendo y, por último, un sitio también para que las extensiones de los humanos se diviertan con otros de su especie.
seguí mi camino, luego de recorrer casi el kilómetro y medio de longitud del parque. Hay una interesante ciclovía bolivariana que une el oriente con el poniente, el mundo de los ricos con el de los pobres. ¿qué ciclista se aventuraría a recorrer entera esta ruta de unidad social? El camino lleva por el Parque Uruguay, donde se pueden ver las transformaciones del río Mapocho, cambian sus escenarios, las paredes frontales, las imágenes que lo adornan. Ahora veo menos pájaros y más humanos circulando por los bordes del parque, mirando el río, su fluir constante. El Parque de las Esculturas, en la otra orilla, alberga abigarra- das formas y abigarrados amantes que retozan sobre el pasto. Veo, a la distancia, el Puente del Arzobispo y me quedo como suspendido entre la imagen del puente y la furia del río que baja sin descanso. Por un lado el río; del otro, el monumento a rodó, de tótila Albert: me quedaría ahí eternamente. Pero tengo una misión y debo seguir mi ruta descendente. Pedaleo por el Parque Balmaceda, que fuera proyectado por el paisajista austriaco oscar Prager en la década del 30. sus más de 80 años los confirman esos árboles espigados y robustos: antiguos pimientos, plátanos, encinas, pinos y algún otro árbol introducido.

En el Forestal, punto neurálgico de la ciudad
La Plaza Italia es el punto simbólico que por décadas ha dividido la ciudad: los de arriba y los de abajo (¿habrá sido en un tiempo la expresión “del Parque Bicentario pa’ abajo”?). Aquí comienzo mi recorrido por uno de los parques más antiguos de Santiago, y uno de los más emblemáticos y visitados, con más de 100 años de existencia: el Parque Forestal. A inicios del siglo XX, y con motivo del Centenario de la república, se le encargó al francés Jorge Dubois que proyectara un gran parque en el centro de la ciudad. En 1910, el país, ya con 100 años, tuvo su gran parque urbano afrancesado en plena capital. Pude ver las variadas especies de árboles que se plantaron para embellecer el entorno: pimientos, acacias, tilos, magnolios, plátanos, araucarias, pinos y palmas traídas desde el mismo ocoa, tierra de poetas. todo un sincretismo arbóreo. Vi perros correr libremente; vi a otros que intentaban hacerlo, pero las correas de sus amos no se lo permitían. también vi niños correr por el parque, con y sin celulares, y divertirse sobre unos juegos horrorosos; otros perseguían monstruos que mi guía de pájaros no registra. Vi a Cristian Warnken, que tenía apariencia deslavada, como en blanco y negro, como de otra época, que hablaba con un peumo al que llamaba Enrique. Parecía delirar. Lo abracé y sentí su orfandad de poeta con todos sus padres muertos. El parque se me acabó en el monumento a Prat y me acordé que no está muerto. En mi horizonte, la Estación Mapocho.

Parque Forestal 1

Senderos que siguen los raíles de los trenes
El Parque de los reyes nace a las espaldas de la Estación. Donde antes partían los trenes hacia la costa o al norte, ahora parten los senderos hacia el sector poniente de la ciudad. Este parque joven y lleno de vitalidad recibe a los más diversos paseantes de las comunas de santiago Centro, renca, recoleta, Independencia, quinta Normal. Lo más impresionante son las vistas del río Mapocho que sigue su descenso furioso. grandes murales, espacios muertos, vacíos, debajo de la autopista, como si se tratara de pasadizos que sólo los habitantes del río, sus personas y sus perros, conocieran. A la derecha, el río; a la izquierda, una gran laguna; arriba, santa teresa de Los Andes, ¿nuevamente una figura religiosa? Esta vez no fueron los Legionarios de Cristo, sino los microbuseros los que, en 1993, donaron esta imagen al recién inaugurado parque. sigo el camino y veo un skatepark; veo a los muchachos saltar en sus tablas. Me detengo en las canchas viendo un partido de fútbol; aquí no juegan los blancos contra los negros ni los rojos contra los azules, sino que veo camisetas de todos los colores: Deportivo Cali, Atlético Nacional, Alianza Lima, sporting Cristal, Millonarios, Colo Colo, Boca Juniors, river Plate, Universidad de Chile, racing Club Haitien. El partido es entretenido, las lenguas y los reclamos son estímulos para seguir mirando. ganó el Cono sur al caribe: 6 – 4 fue el resultado.

Parque Forestal 2

El corazón del río
La ruta de los parques parecía nunca acabar. Ahí está el Parque Fluvial Padre Renato Poblete, en plena comuna de quinta Normal. Veinte hectáreas de un parque que tiene un poco más de un año de vida. Las palmas son los árboles con mayor altura. El resto de las especies aún es muy joven. Los espejos de agua al atardecer son bellas postales de una ciudad convulsa, de un sol que se esconde hacia el poniente, rosáceo y anaranjado en estas fechas, que tiñe todo el ambiente. Descanso un momento y miro hacia todas las direcciones: el cerro renca, el san Cristóbal, a lo lejos, ya más pequeño, pero siempre imponente, ese “sueño de piedras que soñamos” y que Pablo Domínguez hubiera pintado con tanto ardor.

El parque más antiguo de Santiago
tengo hambre y la tarde empieza a refrescar. Me despido del río y tomo un desvío hacia el sur por Matucana. Viejas fábricas y construcciones de ladrillos que las oficinas de diseño desearían tener en sus barrios. Llego al cité Las Palmas y ya siento el olor a sopaipillas, empanadas fritas, “completos”, sánguches y ceviches. Entro al Parque quinta Normal, quizás el más antiguo de santiago, fundado en 1841 y refaccionado recientemente por Teodoro Fernández. La ballena azul sigue ahí, tan blanca. Los trenes siguen ahí, tan estáticos. Me acordé, de repente, de la primera novela de Joaquín Edwards Bello y de los paseos por el parque. quise estar en el Matucana que cantara Violeta Parra. Vi la casa quemada del tony Caluga. sentí la humedad del parque, que fue pensado, en su origen, como un centro de experimentación agrícola. Estuve tentado de entrar al Museo de Historia Natural y ver el tiempo detenido. Pero decidí tirarme en el pasto, bajo la sombra de la gran secuoya que vive en el parque desde su inauguración hace más de 170 años. Miré los trozos de cielo entre el follaje primaveral e inspiré profundo.
Un alcornoque, un eucaliptus, una araucaria, un ginkgo. Un chincol empezó a picotear a mi lado. seguramente buscaba las migas de la empanada que me acababa de comer. Más allá, unos niños que parecían chincoles, jugaban a ser artistas pintando imágenes de Cars, una princesa de Disney o algún minion. Y sentí esperanza por la ilustración en Chile.

Parque Balmaceda 2

Publicado en RHUV Nº25