¿Y dónde están los poetas?

Parece que tendemos a querer moldear los gustos de los jóvenes y a entregarles relatos planos, maquillados, censurados, célibes, virtuosos. Recordemos que ser joven implica pasión, rebeldía y contracorriente. Vamos a recordar que los grandes autores -que también fueron jóvenes- dieron alas a su pluma con la que los lectores juveniles actuales pueden darse al disfrute y al goce.

Por Pablo Álvarez, editor en Ekaré Sur

María Osorio, editora de Babel Libros y librera colombiana, en una presentación en Chile dijo: “no creo en la literatura juvenil, o mejor, no creo en las etiquetas. Ya cumplieron su función, colaboraron con padres, bibliotecarios y maestros en su guía a través de un mundo que creció rápida y exponencialmente, abrumándolos a todos. Lograron parcelar y limitar los espacios de la literatura y ofrecieron señales claras -demasiado- para su uso, limitando no solo contenidos deseables sino formatos, tamaños de tipografías, cantidad de ilustraciones. Ya sería hora de desprendernos de su tiranía”. La literatura juvenil no existe. Aunque se quejen y lloren jóvenes, profesores, bibliotecarios, blogueros, youtubers, booktubers, wikitubers o los opinólogos de Facebook y Twitter. No existe. Se acabó, no insista. Pero sobre todo, no lloren los editores.

La literatura juvenil es un invento editorial, en un momento de crisis de lectoría y de lectores. ¿Cómo reinventarse en un mercado dominado por la industria del espectáculo? El cine y la televisión ya hicieron lo suyo en la formación de lectores; la literatura quiere aportar en algo.
¿Qué lector joven queremos? ¿Cuál es nuestro lector ideal? Pareciera que los editores, más que lectores, quieren consumidores. Y para eso tuvieron que montar una grandísima maquinaria de producción de novelas donde lo que menos importa es el aspecto literario. La hegemonía narrativa es apabullante. La legión de novelas que inunda los escaparates de librerías con pocos criterios de selección, por no decir nulos, es lamentable. Si al menos esas novelas predicaran algo, elaboraran algún sentido. Pero estamos en la lógica del espectáculo y la acción. No aprendimos nada de la modernidad ni de las vanguardias.

HUV Andrea Mahnke Ilustración Ilustración de Andrea Mahnke

Grandes y precoces
A riesgo de sonar romántico, ¿dónde están las lecturas juveniles motivadas por la pasión, las pulsiones, el deseo? Rimbaud escribió Una temporada en el infierno a los 19 años, en medio de una embriaguez de lectura de Baudelaire, Victor Hugo y su relación con Verlaine. Flaubert, a los 12, escribía sus primeras comedias y sus primeros dramas; a los 15, escribió un cuento impresionante que ya contienía el espíritu de Madame Bovary. A esa edad el joven francés leía infatigablemente. Sin ir más lejos, José Santos González Vera lustraba botas en las afueras de una biblioteca y en sus ratos libres, leía todo lo que el bibliotecario le recomendara. Manuel Rojas, prematuro viajero transandino, se formaba en la calle, entre el hampa y la literatura. No hay que ser rico para
desarrollar un buen gusto. Cuando era muchacho, González Vera relataba: “Mi madre me enseñó las primeras letras. ¡Qué bien manejaba lo que aprendió en una escuelita elemental! A pesar de sus muchos afanes –cocinar, lavar y coser para buen número de mujeres– leía con avidez.
Hacíalo durante la siesta y en la noche. Además, debió aprender algo de su tío Sixto Vera, cuya debilidad por el papel impreso era grande y que, deseando compartir su placer, fundó la primera escuela nocturna de El Monte. Mi padre contribuyó más aún a su formación, pues leía toda suerte de libros y era la suya una memoria profunda. No solo podía recordar sus lecturas, sino relatarlas como si fueran de su propia inspiración. Contaba las historias con la vivacidad del testigo. Había en nuestro hogar un centenar de volúmenes, algunos ilustrados y con hermosas pastas. Eran del tiempo en que mi padre, siendo adolescente, estuvo de aprendiz en un almacén de Santiago. Si estaba desocupado, con su lápiz reproducía cosas y figuras como quien silba o tararea. Nunca vi caballitos tan lindos como los que él animaba con ligeros trazos. Su patrón lo envió a una escuela a perfeccionarse. Luego lo hizo leer. De ese comerciante generoso ignoro hasta el nombre y, sin embargo, cuánto le debemos. ¿Qué lo movió a proteger a mi padre? La lectura suscitó en mi progenitor el deseo de escribir. En un cajón hallé versos suyos, muy patrióticos.”

“La literatura juvenil no existe, es un invento editorial, aunque lloren jóvenes, profesores, bibliotecarios, editores, blogueros, youtubers, booktubers,…”

Literatura sin etiquetas
En la insistencia por moldear a la juventud, hemos perdido el afán literario. Por un lado la instrumentalización escolar, por otro, los fines comerciales. Se ha planificado una literatura preparada exclusivamente para jóvenes, olvidando que en la historia, los jóvenes leen solo literatura, sin etiquetas. De Rabelais a Rimbaud; de Melville a Kerouack; de Kafka a Gombrowicz; de Arlt a Cortázar; de Lihn a Bolaño. ¿Por qué privamos a los jóvenes, además, de las lecturas contemporáneas? ¿Por qué los jóvenes no leen a Coetzee, McCarthy, Houellebecq, Carrere? En Chile hay tremendos escritores en actividad: Costamagna, Apablaza, Merino, Mellado, Larra, Celedón, Viera-Gallo, Labbé, Rimsky, Elvira y Héctor Hernández, Barrientos, entre tantos otros.
Pero insistimos, una y otra vez, en entregar a los jóvenes relatos maquillados, censurados, célibes, virtuosos. Los personajes de estas narrativas son jóvenes planos, sin matices, que buscan la virtud disfrazando el relato de acción y aventura. Novelas predecibles que aseguran un mundo donde, después de miles de páginas, las cosas se resolverán por el bienestar de sus protagonistas. El argumento a favor de leer este tipo de libros, es que, de otra forma, los jóvenes no leerían. Olvidamos que la juventud es rebeldía, desadaptación, contracorriente. Dile a un joven que no lea a John Fante o a Kurt Vonnegut, que le deprimirá su mirada del mundo, y casi con toda seguridad afirmamos que en un año, o incluso menos, habrá leído la obra de ambos.

¿Placer o goce por la lectura?
Según Barthes, el placer es “el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura”. Mientras que el goce “pone en estado de pérdida, desacomoda, hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje”.
El lector joven ideal es aquel que transita entre ambos mundos, aquel lector que lee placentera y gozosamente, “es un sujeto anacrónico, pues participa al mismo tiempo y contradictoriamente en el hedonismo profundo de toda cultura (…) y en la destrucción de esa cultura: goza simultáneamente de la consistencia de su “yo” (es su placer) y de la búsqueda de su pérdida (es su goce). Es un sujeto dos veces escindido, dos veces perverso”. Lo que es propio de los jóvenes es esa ansia por saciar la sed del “yo”, que se construye y reconstruye una y mil veces. Los jóvenes, ya sabemos, son inseguros, pero a la vez impetuosos. Basta con ver los movimientos sociales o políticos que lideran.

“El lector ideal es aquel que transita por el mundo del goce y del disfrute, es decir, el que lee placentera y gozosamente”

Salinger no tiene la culpa
Jerome David Salinger sólo hizo una excelente novela (El guardián entre el centeno, Alianza Editorial) sobre un adolescente burgués y extraviado, que exacerba el “yo”. Novela fundadora, pero que está a kilómetros de distancia, por su calidad formal y estética, por su afán reformador, por su cuidado lenguaje, de los más cercanos intentos por emularla: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir, que no hay nadie mayor vigilándolos. Solo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar donde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”. Ahora toca imaginar a un ejército de lectores jóvenes, todos muy juntitos, vigilando que los niños y los adolescentes no pierdan el rumbo, no se desbarranquen en el despeñadero de la literatura juvenil actual, donde no hay vuelta atrás.

Publicado en RHUV Nº24