Sara Bertrand: “No creo que exista la literatura juvenil”

En lo que va del año, la escritora Sara Bertrand ha presentado dos libros que sobresalen en el ámbito editorial nacional: Álbum familiar y No se lo coma. Mientras cosecha elogios y construye una sólida carrera literaria, la autora habla de su relación con la escritura, la fotografía y la infancia, y, de paso, aprovecha de borrar una que otra frontera.

Por María Isabel Molina

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Sara Bertrand, periodista y escritora.

Hace dos años, participé en una serie de encuentros de escritores e ilustradores con escolares. En ese contexto pude ver a Sara Bertrand ante un público compuesto únicamente por inquietos preadolescentes. Los jóvenes habían leído su novela Ejercicio de supervivencia y preguntaban sobre el libro, pero también sobre su vida. Fue un diálogo que se prolongó ante el creciente interés de una audiencia que no se deja seducir fácilmente. La sesión terminó con firma de libros, selfies grupales y muchos abrazos.
Con esa mezcla de talento y carisma, la autora ha logrado, en los últimos años, conquistar a la crítica literaria y al lector, tanto en Chile como en el extranjero. Desde sus iniciales cuentos para niños y novelas juveniles a su más reciente Álbum familiar, Sara Bertrand, lectora de mujeres “rockeras” como Lydia Davis, Sylvia Plath, Inger Christensen y Louise Glück, ha recorrido un camino que evidencia la seriedad e intensidad con que desarrolla su oficio.

Primero, literatura infantil y juvenil, y ahora de adultos. ¿Cómo enfrentas al lector?
Uno no enfrenta al lector, sino que, al escribir, propones una conversación más o menos significativa para él. En ese sentido, las historias de aventuras con las que debuté en la literatura infantil fueron escritas sin más pretensión que entretener a mis hijos; mi conversación estaba anclada en mi propia maternidad. Una vez que mis hijos crecieron, comencé a escribir más apegada a los temas que me inquietaban y esta etapa, podría decir parafraseando a Borges, ha sido un jardín de senderos que se bifurcan en donde las fronteras de lo infantil, juvenil y adulto se vuelven difusas.

Cuesta hablar de géneros, rangos etarios o literaturas con apellido…
De hecho, a mí ni siquiera me gusta hablar de “lectores” porque me suena a rebaños. El lector, cualquier lector, es una persona que busca, que se da tiempo para detenerse y permitir que otro sujeto, el escritor, le hable al oído. Entonces, es una relación que merece respeto, cierta reverencia, pero además genera tantas posibilidades como libros y personas existen. Por eso, no creo que uno deba guiar por rango etario a nadie, más bien, tener la suficiente calidez y empatía como para comprender cuál es la conversación que le significa a la persona que tengo al frente. En eso, los niños son sumamente sanos e intuitivos. Pueden pasarse leyendo un mismo libro durante meses, hasta que un día, cambian de tema y pasan a otro libro.

“Al escribir, propones una conversación significativa para los lectores; escribí mis primeros libros sin más pretensión que la de entretener a mis hijos, ya que mi conversación estaba anclada en mi maternidad”

Los personajes de tus libros suelen estar conectados con su entorno y participan de él. ¿Son un reflejo de la generación actual?
Quizás tenga más que ver con el hecho de que durante mucho tiempo tuve la ilusión (o utopía) de que nosotros, los jóvenes que fuimos, podíamos cambiar el mundo, que efectivamente nuestros movimientos llevarían a derrotar a Pinochet y que la pobreza y la desigualdad no sería ese estigma con el que cargamos históricamente. Pero, luego, me di cuenta de que la Historia, así con mayúscula, es un engranaje complejo y que las resonancias de los movimientos particulares son tan mínimas, que no te queda más remedio que dejar de apelar a las grandes causas para detenerte y actuar en lo que te circunda: tu propio entorno.

“No me gusta hablar de los lectores como un rebaño. El lector, cualquier lector, es una persona que busca y que se da tiempo para detenerse y permitir que otro sujeto, el escritor, le hable al oído”

Otro elemento al que recurres en tu escritura es la fotografía, que también es un nexo con el lenguaje juvenil. ¿Cuál es tu relación con ella?
La fotografía ha formado parte del lenguaje familiar desde los tiempos de mi bisabuelo, Julio Bertrand Vidal. Mi padre era un gran fotógrafo, aunque no llegó a publicar como mi bisabuelo y eso, de algún modo, te da cierta mirada. Aprendes a detenerte. Me parece que es un formato de mucha potencia, porque una imagen que se captura es, al mismo tiempo, un testimonio; pero también, soterradamente, un anhelo: el deseo de capturar una emoción, una forma de ver el mundo.

Tanto en Álbum familiar como en La casa del ahorcado la imagen de la “patota” aborda la identidad individual ligada a un colectivo. ¿Cómo construyes narrativamente estos grupos de niños?
Pienso que tiene que ver con mi propia experiencia de infancia: me tocó crecer junto a mis primos. Entonces, es un registro al que accedo con facilidad y en el que me muevo con gusto. Por lo mismo, intento no abusar de él, sino solo cuando es necesario, cuando la historia lo requiere. Pero, claro, es indiscutible que a una edad, precisamente cuando comienza la pubertad, son tus pares los únicos referentes válidos, y en ese sentido, la “patota”, el grupo de amigos, la pandilla o como quieras llamarla, es lo que te acompaña a crecer y te ayuda a definirte también.

SARA-BERTRAND

Álbum familiar comenzó como una novela juvenil pero, por sugerencia de la editorial, pasó al ámbito de los adultos. ¿Tuviste alguna señal de este proceso?
El problema es que yo no creo que exista la literatura juvenil. Entonces, de algún modo, sigo sintiendo que Álbum familiar puede, perfectamente, ser leída por jóvenes. La decisión editorial pasó más que nada por ampliar el público de la novela, porque es una novela que funciona para adultos y jóvenes, y en ese sentido, para la editorial Planeta, era mejor que saliera por un sello como Seix Barral.

Junto a Álbum familiar hiciste No se lo coma (con el ilustrador mexicano Alejandro Magallanes), donde hay otro grupo de niños. ¿Es la infancia un territorio cambiante o crees que hay elementos que perduran en el tiempo?
Creo que la infancia es un espacio con el que conversaremos a lo largo de toda nuestra vida y, claro, que hay cosas que se repiten y otras cambian. Los niños de hoy tienen acceso al mundo por un tablet, eso les da otra perspectiva que la que tuvimos nosotros, pero les dona cierto nihilismo. Cuando le pregunté a Violeta, una de las niñas que aparecen en el libro, cuánto tarda en descubrir algo, ella me contestó que, en estos días, uno se demora toda la vida, porque ya está todo descubierto. Esa certeza del mundo como algo conocido, es algo que yo no tuve cuando era chica.

“La infancia es un espacio con el que conversaremos toda la vida; hay cosas que se repiten y otras que cambian, ya que los niños
de hoy tienen más acceso al mundo, lo que les da otra perspectiva”

También podríamos decir que tus libros salen “en patota”. Cuéntanos qué viene ahora para Sara Bertrand…
Sí, suelo trabajar en proyectos paralelos porque tengo la neurótica idea de que el proyecto en el que estoy será el último que haga, que pondré el punto final y nunca más escribiré. También, porque muchas veces me siento atascada, me parece que no avanzo y, entonces, le doy vueltas al tema en otro registro. Pasa como con los hermanos que se acompañan a crecer. Mis libros también tienen hermanos de nacimiento. En ese sentido, Álbum familiar, efectivamente, es hermano de No se lo coma y de La mujer de la guarda que sale en Colombia, editado por Babel y de Afuera, los fantasmas, que sale en España, por la editorial A buen paso.

Álbum familiar, Seix barral 2016
PORTADA ALBUM FAMILIAR_IMPRENTA
No se lo coma, Hueders niños 2016
No_se_lo_coma_400

Publicado en RHUV Nº24