Roald Dahl: El gigante de la literatura infantil

El 13 de septiembre de este año se cumplirían 100 años del nacimiento de Roald Dahl, un escritor inglés brillante, cuya entretenida forma de contar las cosas lo llevó a que los niños (y los no tanto) devoren su prolífica obra hasta el día de hoy. Pero, hay que decirlo, Dahl no era un sujeto fácil.
A través de entretenidas y mágicas historias, introducía reflexiones personales y éticas, utilizando su irónico humor inglés y una heredada fantasía noruega. En este número, hacemos un homenaje a este grande, a quien rodean sorprendentes vivencias que sirvieron de inspiración para muchos de sus libros y personajes.

Por Mauricio Paredes, escritor.

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Ilustración de María Paz Muñoz

Este año, 2016, se estrena The BFG, en castellano, Mi amigo el gigante, basada en el libro El gran gigante bonachón, de Roald Dahl. Fueron necesarios más de 25 años para que esta joya de la literatura infantil llegara a la pantalla con actores de carne y hueso. Fue necesario que Steven Spielberg dirigiera por primera vez en su vida una película de Disney. Fue necesaria la actual tecnología de imágenes gene- radas por computador (CGI) para mostrar la inmensidad del mundo imaginario creado por el autor galés. Fue necesario que la adaptación del texto la hiciera Melissa Mathison, quien escribió muy pocos guiones, pero uno de ellos fue nada menos que E.T., el extraterrestre. Ella estuvo casada con Harrison Ford, fue gran amiga del Dalai Lama y murió de cáncer al poco tiempo de haber terminado este trabajo. Fue necesario que el papel del gigante lo tuviera Mark Rylance, ganador del Oscar por su extraordinaria representación de un agente soviético en Puente de espías a quien el personaje de Tom Hanks le preguntaba con insistencia si no estaba preocupado por su oscuro destino, ante lo cual él respondía con un cándido y astuto “¿sería de alguna ayuda?”.
¿Y por qué tanto esfuerzo y tantas dificultades? Porque Dahl no es fácil y parte de su genialidad es parecer extremadamente sencillo. Roald Dahl escribía en el lenguaje de la paradoja. Sus libros son tan entre- tenidos que uno los devora y queda ansioso por más, pero al mismo tiempo y casi “como quien no quiere la cosa” plantea desafíos éticos que hacen tiritar a muchos adultos. Los padres y profesores que aparecen en sus cuentos no siempre son buenos, de hecho pueden ser horribles como en Matilda. Los personajes se comportan de manera errática, como Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolate o definitivamente absurda y agresiva, como en Los Cretinos.
Tratar a los lectores como seres inteligentes y con criterio siempre ha traído consecuencias. Por un lado, la admiración casi reverencial que le profesamos sus seguidores y, por otro, la irritación furiosa de quienes creen que la literatura infantil debe ser un medio para el adoctrinamiento moral de los niños. Dahl fue acusado de racista, entre muchos, por la Asociación Nacional para el Programa de las Personas de Color, en Estados Unidos, e incluso tuvo que modificar a los Oompa Loompas, quienes originalmente eran pigmeos africanos y luego se vio obligado a describirlos como de raza blanca y rubios. Con toda seguridad, los líderes de la llamada “PC Police” —policía de lo políticamente correcto— deben sufrir con las maravillosas barbaridades de este escritor, tan cándido y astuto como Rudolf Abel, el ruso de Puente de espías. Y sí, de hecho Dahl fue espía para la monarquía británica (jugando con fuego escribió el guión de James Bond Sólo se vive dos veces, con Sean Connery), además de ser piloto de la Real Fuera Aérea Británica (RAF) e inventor de la válvula Wade-Dahl-Till para personas con hidrocefalia (luego de que el coche de su hijo de cuatro meses, Theo, fuese atropellado por un taxi y notar que la válvula Holter que le pusieron se trababa con demasiada frecuencia).
En El gran gigante bonachón encontramos una metáfora que resume lo que es el propósito y sentido de un autor de libros para niños. Un gigante bueno (Dahl medía 1,98 m), con un lenguaje inventado y enredado a más no poder (la fascinación por las pa- labras), que escucha el murmullo de la imaginación con sus grandes orejas (gran parte de la creación artística es estar atento a lo que nos rodea y e identificar detalles), luego captura estas fantasías y las mezcla en botellas (el oficio de escritor, el ser capaz de llevar las ideas etéreas al texto concreto) y finalmente las sopla por una larga trompeta dentro de los dormito- rios de los niños, para que formen parte de sus sueños (el premio mayor de cualquier artista es, sin duda, ser capaz de conmover, que su trabajo trascienda hasta llegar al inconsciente de las personas). La pequeña huérfana que acompaña al gigante es Sophie, en honor a su nieta, quien ahora mide
1,83 m, está casada con el músico Jamie Cullum y fue modelo “plus size” para Vogue, pero que después sufrió fuertes críticas por bajar de peso, siguiendo la tradición familiar de recibir ataques aviesos porque sí y porque no. ¿Enganchó ella en esta discusión tan contemporánea en la que todos los animales están obligados a ser iguales, pero algunos son más iguales que otros? Claro que no, al igual que su abuelo, no lo hacía porque “¿sería de alguna ayuda?”.
El estilo de Dahl conjuga la ironía del humor inglés con la fantasía mítica de Noruega, de donde eran sus abuelos. Esta fascinación por lo sobrenatural se puede apreciar en toda su obra, pero con particular fuerza en Las brujas. Ophelia, una de sus hijas, una vez dijo en una entrevista que “nuestra vida era como un cuento de hadas oscuro”. Resulta evidente que no sólo sus raíces llevaron a este gran escritor a tener una personalidad mágica y a la vez reservada en extremo, risueño y también demandante, de luces y sombras muy marcadas. También hay que tener en cuenta una vida intensa y con grandes momentos de dolor. Su hija Olivia murió a los siete años producto de una encefalitis derivada del sarampión. A ella le dedicó James y el durazno gigante cuando nació y el propio El Gran Gigante bonachón cuando murió. Luego de esta tragedia, Dahl perdió su fe en Dios y se enfrascó en un insólito debate con un arzobispo, quien le dijo que Olivia estaría en el Paraíso, pero no con su perro.
Estuvo casado con la talentosa actriz estadounidense Patricia Neal, ganadora de un Oscar, a quien conoció en una de las elegantes comidas en donde Dahl utilizaba su encanto para su labor de espionaje. En 1965, cuando ella llevaba 12 años de casada con el escritor británico, sufrió tres accidentes cerebro vasculares. Dahl se encargó de su rehabilitación y, como si se tratara de un libro, él inició un romance con Felicity Crosland, una de las mejores amigas de Neal, lo cual llevó finalmente al divorcio después de 30 años de matrimonio. Patricia
se hizo católica poco antes de morir y Felicity siguió viviendo en la “Gispy House”, donde Dahl escribió todas sus obras, y es visitada con frecuencia por sus hijastros. Roald Dahl fue amigo de Hemingway y de Ian Fleming y fue catador de chocolates para Cadbury’s.
Murió en 1990 de una enfermedad a la médula ósea y lo enterraron con su taco de billar, lápices de mina y una botella de borgoña.

Publicado en RHUV Nº24