Gabriel Ebensperger: “Lo único que podía hacer para salvarme era este libro”

Gabriel Ebensperger tiene 33 años y a los 32 ya era bien conocido por su obra Gay Gigante, que surge en pleno panorama literario en el que las novelas gráficas constituyen una nueva fuerza. Es una autobiografía que aborda todos los miedos que puede sentir un niño, adolescente y adulto que se reconoce gay, en los años 90 en Chile. Nos ha ilustrado la portada de este número, como fiel reflejo del joven que lucha por lo que quiere, con temor a un mundo que le resulta adverso, pero que sigue hacia delante. Un alma joven en potencia que, a través, de los libros puede buscar y encontrar su identidad, cualquiera que esta sea.

Por Carlos Reyes, guionista de historietas y miembro fundador de ergocomics.cl

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Ilustraciones de Gabriel Ebensperger

La novela gráfica Gay Gigante (editorial Catalonia) se ha convertido en una de las historietas más importantes de 2015. Su autor, Gabriel Ebensperger, ha convertido sus miedos en páginas de historieta autobiográfica que ha encontrado lectores que han sintonizado perfectamente con este relato. ¿Por qué? Porque se conectan con alguien que recorre una desesperada (y alegre) búsqueda de la propia identidad. Se trata de una historieta que abre nuevos caminos temáticos para el arte del cómic en nuestro país y se planta con desenfado y mucho humor frente a la discriminación y los numerosos prejuicios que la comunidad Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (LGBT) chilena aún debe enfrentar. Gay Gigante es una historia privada que justamente por su cualidad particular se vuelve colectiva, porque de miedos y temores está hecho el tortuoso camino del autodescubrimiento de todos nosotros, más allá de nuestra sexualidad y más acá de la diversidad que nos hace verdaderamente humanos.

La bajada de Gay Gigante es “Una historia sobre el miedo”. ¿Te paralizó alguna vez ese miedo?
El libro habla sobre un tipo de miedo a no poder pasar desapercibido, a no poder esconderte de ser visto (valga la redundancia). Al crecer no me di cuenta de todo el daño que ese miedo me había hecho, porque para mí de a poco se fue convirtiendo en parte de mi vida cotidiana, un modo en que me sentía a menudo. Pero ahora que puedo recordar y reflexionar con más distancia, con más vivencias en el cuerpo y algo de madurez, me puedo dar cuenta de que sí me paralizó bastante. Cuando tienes miedo, no puedes vivir el presente, porque estás temiendo cosas que -según tú- podrían pasarte. Estás gastándote mentalmente, emocionalmente y espiritualmente en cosas que no existen. Y llega un punto en que vives en una dimensión paralela, ahí vives paralizado. Ese miedo no me dejó disfrutar grandes aspectos de una vida muy linda que me tocó tener. Vuelvo a todos esos recuerdos y pienso “pucha, fue todo tan lindo, tan bacán, podría haber sido tan feliz y disfrutar tanto, pero estaba todo el tiempo angustiado pensando leseras”.

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Tu novela gráfica está llena de humor, pero en ocasiones lo que cuentas no es nada gracioso como en la página 73, en la que, desnudo frente al espejo del baño, dices: “Esta faz es un disfraz”… ¿Fue la realización de este libro una especie de terapia, de lanzarlo todo afuera? ¿Cómo lo encaraste?
-Como a mucha gente le debe pasar, este libro sucedió en el momento en que tuvo que pasar. Y no se creó en circunstancias muy normales que digamos, tampoco. Hacía un par de años que el proyecto estaba lentamente armándose, pero cuando tomé la decisión de dedicarme al 100% a él hasta terminarlo por completo, la situación en la que estaba era delicada. Estaba en un trabajo que había querido tener siempre, pero que se había tornado intolerable. Mi salud, física, emocional y mental, estaba comprometida. Lo bueno de este tipo de momentos en la vida es que tomar decisiones grandes se vuelve fácil cuando ya no tienes más alternativas. Lo único que podía hacer, que no era dañino para mí en ese momento, era este libro. Renunciar a ese trabajo y alejarme de ese ambiente violento, dejar Santiago y volver a vivir en Viña. Regenerarme. Terminar el libro. En ese sentido, hacerlo fue un salvavidas. Un tiempo después de todo ese proceso, me doy cuenta de que sí fue una terapia, sin duda. La forma que tomó fue, además, súper inesperada para mí y tuvo todo que ver con los eventos que gatillaron la decisión de dedicarme a esto.

“Mi infancia fue tan linda, tan bacán, que podría haber sido feliz y disfrutar tanto, pero estaba todo el tiempo angustiado pensando leseras”.

Hay dos ideas que desde el título persisten página a página y son, primero, la de un gay gigante que no se puede esconder y, segundo, la de la dicotomía normal/anormal. ¿Es así?
-El libro como objeto es un libro fucsia diseñado para que el lector sea observado. En ese sentido, es un artefacto para que el lector se sienta extraño. Parte de una otredad. Parte de “los otros”. Y ha dado resultado. Me ha escrito gente hetero contándome cómo los miran en el metro, en un parque, en un café. No solo la historia es un ejercicio de empatía.

¿Pensaste de verdad alguna vez que ocultarte, fingir ante los demás era la solución?
-Mira, nunca fue una operación consciente. Tampoco fingí ni mentí, simplemente no decía lo que me estaba pasando. Tuve un par de pololas en el colegio, por ejemplo. Eso podría interpretarse como fingir, pero también es parte de las vivencias de la edad. De ir conociendo la sexualidad de uno. Yo no tenía cómo conocer a otros gays y tampoco tenía la certeza ni la seguridad de que yo fuera uno de ellos, realmente, (a pesar de que me encantaran mis amigos “minos”). Yo solo estaba viviendo a medida que pasaban las cosas, lo mejor que podía. Por suerte, no llegué al punto de cumplir 30, casarme con una “mina”, al año siguiente separarme y salir del clóset. Eso es más complejo, pero tampoco es llegar y juzgar a la gente de mentirosos. Las circunstancias son todas complejas, y cada uno está siempre haciendo lo mejor que puede hacer en el momento. Nadie está tratando de hacerle un mal al otro. Si a los 14 años yo hubiera tenido la información, claridad, seguridad y madurez para aceptar mi sexualidad y ser transparente con mis amigos, compañeros de colegio y mi familia, habría sido súper complejo, no me lo puedo imaginar. Por ejemplo, año 1998. La gente era harto más “monga” en ese entonces. El mundo era harto más “heteronormado” hace 18 años. A veces pienso que me habría encantado iniciar mi maduración antes, pero quizás es verdad eso de que todo pasa en su momento, pero uno no lo sabe.

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Gráficamente arremetiste con un cliché consciente: un libro rosa que además tiene una doble portada. ¿Una broma sobre el temor o la hipocresía?
-La doble portada es una broma sobre el temor, la hipocresía y un sarcasmo apuntado a todas las instituciones y grupos con trasfondos religiosos y moralistas que creen ser superiores a los demás y tienen el descaro de estar siempre interviniendo en asuntos que afectan a una población que es diversa. Irónicamente, no te imaginas a la cantidad de personas a las que les podría haber resultado útil el uso de la portada falsa. Te digo esto porque no han sido pocos quienes me han contado cómo en la calle los han increpado por el libro. A una niña que lo estaba leyendo en un parque, una vieja le gritó “¡cochina!”. A un amigo que lo estaba leyendo en un café, una señora con niños le preguntó si encontraba apropiado estar leyendo algo así en un lugar con niños presentes.

¡Qué horrible!… Otra cosa que llama la atención es la frescura y soltura de los diálogos. ¿Es algo que se te da fácil o es fruto de mucha escritura y corrección?
-Muchas gracias, que buen piropo. Parece que es algo que se me da, porque el libro no se editó ni corrigió casi nada. Fue todo prácticamente de corrido, sobre la marcha. Me guío de oído, siento, por cómo va sonando y si se entiende, va bien.

Gay Gigante no es un libro militante de la lucha del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (MOVILH) ni de la Fundación Iguales, que son los grupos más conocidos por la ciudadanía. ¿Cómo te sitúas respecto a esas organizaciones?
-Yo me considero un activista. Este libro es parte de ese activismo y espero poder contribuir más en el futuro a que más personas recobren la capacidad de ponerse en los zapatos de otro, y en consecuencia vayan modificando su modo de ver y sentir las cosas. No es un proceso que suceda de la noche a la mañana. Esta lucha es una lucha sentimental y lo que yo estoy tratando de generar, ofreciendo mi historia, es empatía.

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Un momento memorable en la historieta es cuando nos muestras tus tempranas preferencias por el mundo de las muñecas Barbie, el agente Cobra o las Jem.
-Fueron tiempos y momentos súper importantes de mi vida, así que no podían no existir para poder conocer al gay gigante. También hubo que filtrar y poner lo que más me sirviera resaltar. Pero creo que habrán instancias nuevas para otros asuntos memorables que se perdieron y que podrían surgir en el segundo libro.

Otra confesión notable es la de tu primera masturbación con Fox Mulder. ¿Por qué la autobiografía se acerca tanto a una intimidad que para algunos puede ser casi intimidante?
-Tiene que ver con algo que te dije anteriormente. Este libro lo hice en un momento en el que sentía que se había “terminado todo”. Podía hacer lo que quisiera y tenía un impulso de estar haciendo algo que podía ser lo ultimo que hiciera. Como si me fuera a morir. Súper dramático, pero me ayudó un montón. En un sentido, sí me estaba muriendo y lo hice. Haciendo
el libro me acordaba constantemente de una película animada de Garfield, que vi un par de veces cuando era bien chico, con mis hermanos. Garfield in Paradise se llamaba. En ella John Bonachón, Oddie y Garfield viajan de vacaciones a una isla símil a Hawaii. John, siempre medio cagón, termina en un hotel/motel bien malo que no tiene ni playa. Arriendan un auto para ir en busca de una y les pasan un Chevrolet Bel Air (esos autos redonditos sesenteros parecidos a un Cadillac). Buscando la playa se meten a una jungla y se encuentran con unos nativos que comienzan a arrodillarse y adorar el auto. ¿Qué pasaba? En los años 50 un “mino” tipo James Dean, en un auto igual a ese, había salvado al pueblo nativo del volcán en erupción, sacrificándose a sí mismo al tirarse con auto y todo al volcán. Obvio, el volcán se vuelve activo de nuevo, la princesa del pueblo nativo trata de ofrecerse y el volcán la rechaza, y Garfield decide tirar el auto arrendado al volcán y salva a todos. Fin. Me acordaba de todo eso y sentía que existía un volcán en erupción que me iba a matar. Y que lo único que podía hacer para salvarme era crear este libro y tenía que ser completamente honesto o todo este esfuerzo no serviría de nada. Tenía que ofrecerle mi vida y hacerlo en serio. Así lo hice.

Gay Gigante está lleno de referencias a la cultura pop: cine, televisión, música…
-A medida que crecía no me acompañó tanto la lectura, pero sí todo lo audiovisual. Es divertido como todas las cosas que te van deslumbrando en distintos momentos de tu vida, se van anudando con otras cosas de ella, desde olores hasta tu propia sexualidad y, después de más de 20 años, todo eso son botones que existen y se presionan constantemente. Todo lo que vemos, escuchamos y absorbemos porque nos ha dado curiosidad o hecho felices, es uno.

En el libro, los textos son muy importantes, ocupando los grafismos un espacio a página completa. ¿Los ves también como dibujos, como elementos de diseño?
Así es. Por eso no quise usar una tipografía dentro del libro. Siempre quise escribir todo manualmente. Quise, además, crear dos instancias narrativas. Por un lado, las páginas completas de texto grande, que construyen la narración central del libro o la voz en off. Por otra, las viñetas (que pueden ser dibujos
con anotaciones o segmentos con estructura de historieta) que actúan como ventanas en que la historia puede profundizar en algo que es nombrado. Esas dos jerarquías me dieron la capacidad de modular la cadencia de la historia.

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Ahora que lo dices, sí es cierto, todo se lee perfectamente sin necesidad de comprender esa sutileza narrativa. ¿Sientes que a la historieta chilena, le hace falta hablar de nuevos temas como este? ¿Es necesario abrir más las puertas de lo temático?
-Sé que hay bastante diversidad, pero no soy un gran consumidor de ella. De hecho, para serte muy franco, no soy un gran consumidor de historietas o novelas gráficas. Sí tengo un par de preferidas, pero no miro mucho. Veo todas las películas que existen. De ahí y de la música me nutro. Aún así es bueno que la diversidad se amplíe. También creo que las cosas pasan cuando tienen que pasar, y que cuando se fuerzan, se nota. Hay que abrirle las puertas a lo diverso en el más amplio sentido de la palabra.

¿Estás sorprendido con el éxito del libro o lo esperabas? ¿Qué te ha conectado con tus lectores?
Sí y no. Estuve aislado en el año que tomó terminarlo y lo terminé bastante encima de su lanzamiento. En realidad no tuve mucho tiempo ni instancias para imaginar lo que pasaría después. Solo pensaba “tengo que terminar, tengo que terminar, tengo que lograr terminar esto y que me guste”. No paré hasta que así fue. Al final, hubo meses en que de lunes a domingo, las jornadas de trabajo duraban 16 horas (pareciera que cuando se dibuja, el tiempo muta, es en cámara lenta y usas tooodo el día). Tuve un par de momentos de vértigo gracias a unos “pitos” atómicos que llegaron a mis manos en alguna fiesta, y me puse a pensar en el juicio de mis pares por el tremendo acto de autorreferencia, que estaba por cometer. Me doy cuenta de que el libro es un éxito sólo a veces; no es algo en lo que piense todo el rato. Es un alivio no haberme equivocado. Y también es un tremendo alivio para mí haber creado algo, por primera vez, que no me sirve sólo a mí, sino que le servirá a muchos. Es como tener la conciencia tranquila. Siento que estoy sólo comenzando. Lo que ha facilitado la conexión con los lectores es la transparencia. Cuando los lectores están dentro del libro y se dan cuenta de que hay una historia genuina, vulnerable y que no disimula nada, se baja una barrera, hay empatía. Esta historia no es tan distinta a cualquier otra. Ya perdió el miedo. Ahí se encuentra una compañía para ese niño que en algún aspecto, también fue o es.

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Gabriel Ebensperger

Nació el 16 de junio de 1983, en Viña del Mar. Desde pequeño se dedicó al dibujo, la pintura y la fotografía. Estudió Diseño Gráfico en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Publicado en RHUV Nº24