Los libros para contar en voz alta

Es una de las figuras de narración oral más destacadas en América Latina. Estudió en la Escuela de Arte Dramático de Buenos Aires, por lo que nos puede contar, de primera mano, que entre contar cuentos y hacer teatro hay diferencias como la forma de seguir el guión, quién es el protagonista y los tiempos en que se suele contar la historia.
Imparte talleres de narración oral en Chile, “porque está resurgiendo esta necesidad de vivir las historias con imágenes propias”. Se considera una “biblioteca itinerante” y está convencido –y nos convence fácilmente- de que la narración oral es una invitación a leer, pero que también tiene un carácter artístico por sí misma. Hoy lo conocemos a través de los libros que más le gustan porque le hacen reír, llorar, comunicar…

Claudio Ledesma, cuentacuentos argentino
Claudio Ledesma - Buenos Aires

El mejor regalo literario para un niño
Trabajo mucho con libros objeto y uno que me gusta muchísimo, porque es increíble es Cuentos silenciosos, de Benjamin Lacombe, un libro en formato pop-up, de 6 páginas, y en el que cada página es un cuento distinto. Trata una escena de diferentes cuentos clásicos y, según la posición del libro, vas jugando y descubriendo quién es el que “mira” esta escena.

Un libro que hace reír
Sin duda, Secretos de familia, de Graciela Cabal, es un libro infalible para un público de 0 a 99 años. Una novela autobiográfica, de la que cuento muchos pasajes en mis narraciones, porque la gente me las pide. A veces, vengo en el “colectivo” y no puedo parar de reírme al acordarme de parte del libro.

No se puede evitar llorar con este libro
Mi planta naranja lima, del brasileño Mauro Vasconcelos. Un niño de una favela de Brasil, que creció precozmente y un día aprendió lo que es el dolor. Maravillosamente cruel y terriblemente hermoso.

Para cautivar a un adolescente no lector
Del uruguayo Ignacio Martínez, La historia de Natalia y Nicolás. Relata un día de dos adolescentes. Con este libro se trabaja con la identidad de los jóvenes, con su búsqueda de lugar… Me funciona mucho con los adolescentes porque con este libro los engancho y después de él son incondicionales conmigo.

Un libro que no falte a la hora del cuentacuentos
Más que un libro, un autor: Eduardo Galeano, con textos cortos, poéticos, transforma los textos orales y los convierte en literatura en una síntesis maravillosa. No fallan a la hora de contar.

Mi libro álbum favorito es…
Uno que solo se edita aquí, en Chile, por el Fondo de Cultura Económica: Camino a casa, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng. Cada vez que vuelvo a Buenos Aires, me llevo ocho o nueve porque todos me lo piden.

Mi mejor novela juvenil
Tengo varias, pero me gusta mucho un clásico: El Principito. Es para todas las edades, pero principalmente me parece juvenil porque juega con la muerte, con la soledad, se plantea dejar su lugar.

El ilustrador que más me gusta
Pese a que hay una lista larga que me gustan mucho, me encanta Benjamin Lacombe. Cada una de sus páginas es una obra de arte, dan ganas de arrancarlas de sus libros y hacer cuadritos. También podría nombrar a una nueva ilustradora, Nerina Canzi, que es una de las mejores ilustradoras argentinas. Es joven, increíble, versátil, dúctil…

La biblioteca donde encuentro todo
Generalmente es… ¡la de mi casa! Viajo mucho, compro muchos libros fuera y, por eso, voy armando una biblioteca en la que está todo lo que me gusta. Todos los años hago una limpieza, porque, lo que me gusta lo tengo. Si hay cosas que aún no he leído, es poco probable que las lea ahora. Los libros que desecho, los regalo. Es que no me permito tener un libro que no voy a leer, por dos motivos: primero, porque si el libro no tuvo la astucia de ganarme como lector… y, segundo, porque hay tanto que leer todavía.

El libro que hoy tengo sobre mi velador
No es solo uno. Si la memoria no me engaña, de Manuel Peña Muñoz; El maravilloso libro de cuentos celtas, adaptado por Graciela Repún y Enrique Malentoni e ilustrado por Nerina Canzi; La casita azul, de Sandra Comino, y uno delicioso de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte.

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