El mundo del libro está cambiando

Buenas noticias para el libro infantil. Buenas, no, ¡buenísimas! Los datos nos dan la razón. La literatura infantil y juvenil está disfrutando de sus mejores tiempos. Un fenómeno que se viene dando durante los últimos 15 años, que eleva con fuerza la producción de libros para niños y jóvenes. Los invitamos a ver por dónde navega el mundo editorial hoy en día.

Por Aminie Filippi

Recientemente la Cámara del Libro nos dio un excelente dato. Según su último informe estadístico, en 2015 la producción de libros aumentó en Chile en un 9,9% con respecto al año anterior. Y lo mejor: se puede decir que este incremento se debe principalmente a la buena salud que goza la literatura infantil y juvenil, ya que esta categoría ocupa el primer lugar de la producción total. Para entendernos bien, de los 6.268 títulos editados en Chile el año pasado, 624 corresponden a libros para niños y jóvenes, nada más y nada menos que el 10% del total. Esta cifra ha ido en constante ascenso en las últimas décadas: se ha multiplicado por cuatro en 15 años, un crecimiento que hace honor al surgimiento de nuevas historias y al posicionamiento de nuevos y grandes escritores, ilustradores, además de nuevos tipos de libro, nuevas editoriales y nuevas librerías. “Un auténtico boom”, como lo define Alejandro Melo, presidente de la Cámara Chilena del Libro, quien también señala que “este panorama es muy distinto a lo que ocurría antes del cambio de milenio y confirma que estamos experimentando un proceso de transformación de la industria editorial en nuestro país, en la que conviven las grandes editoriales, librerías y distribuidores con otros agentes editores de corte independiente. Además, han surgido nuevas corporaciones que se han desvinculado de la Cámara para focalizarse en sus propias necesidades”. Se refiere, obviamente, a la Asociación de Editores de Chile y la Cooperativa de Editores de La Furia del Libro, que pese a algunas diferencias, también confluyen con la Cámara en ferias tanto nacionales como internacionales. La idea de una colaboración conjunta está dirigida a “potenciar una marca sectorial potente y en constante crecimiento”, agrega Melo, concluyendo que “ya no somos solo un sector; hoy somos una industria”.
Sergio Tanhnuz, director de publicaciones generales de la editorial SM y vicepresidente de Ibby Chile también es de la opinión que la literatura infantil está subiendo como la espuma. “Si alguien en 1990 hubiera dicho que en los medios generales se iba a hablar de LIJ (literatura infantil y juvenil), que los rankings iban a incluir LIJ, que en las vitrinas iban a destacar portadas de LIJ, lo habrían tachado de loco.”

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Ilustración de Joanna Mora Vallejo

¿Por qué hablamos de un ‘boom’?
El directivo de SM nos explica que la LIJ en Chile se levanta en un panorama muy alentador ya que hay una tremenda diversidad editorial: editoriales clásicas, nacionales, con distinto enfoque, con distintos tipos de catálogo, con distintos tipos de lectura y, al final, con diferentes tipos de lector. “Este auge de la literatura infantil-nos dice- se puede deber a varios motivos. Uno de ellos es el debate acerca del niño, la infancia y la lectura que se plantea hoy en día, desde el punto de vista académico, en centros lectores, universidades, Ministerio de Educación (Mineduc), el Consejo Nacional de Cultura y las Artes (CNCA), la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM). Por otro lado, también hay un alza en lo juvenil, algo insospechado desde la historia de la lectura. Justo en el minuto en que lo digital amenazaba con sustituir todo lo existente, ha surgido una gran diversidad editorial impresa y especializada, con buena dosis de historias atractivas para jóvenes”.

Termómetro del mundo editorial
El presidente de la Cámara del Libro nos cuenta que “la industria editorial está muy atenta a las tendencias y gustos que van adquiriendo los lectores. Por lo mismo, las editoriales y los autores han debido afinar sus sentidos y estar alertas a los intereses de la gente. Se hace imprescindible monitorear no solo las ventas de las librerías, sino también las redes sociales y todos los espacios de comentarios públicos, lo que recomiendan los booktubers, estar pendientes de las descargas de los libros electrónicos, de los capítulos que se saltan los lectores o los párrafos que marcan en sus dispositivos. Todos estos espacios son verdaderas fuentes de información para las editoriales, para producir libros que satisfagan todas las preferencias del público”.

En 2015 la producción de libros aumentó en Chile en un 9,9%. Y lo mejor: esto se debe a la buena salud de la literatura infantil y juvenil

La edición por dentro
Pero empecemos por el principio. Para editar y publicar un libro, hoy en día se hace, básicamente, a través de tres mecanismos: el clásico y más frecuente es que el autor llega a la editorial con su obra y debe esperar a que el editor lea su original. “Esto es complicado para los escritores porque los editores tienen mucho que leer y los tiempos se prolongan; la espera se hace muy larga”, señala Tanhnuz. “Pero no solo eso -continúa-, el editor ahora tiene también bastantes más funciones que antes. Hasta hace poco, solo hacía honor a su nombre, es decir, editaba los textos. Sin embargo, en la actualidad, el editor es un profesional que acompaña a la obra de inicio a fin, es decir, desde que recibe el original hasta su venta, incluyendo la revisión, la promoción, las acciones de marketing, a veces, la distribución, etc.”
La segunda opción es el concurso literario, una fórmula ideal para la captación de originales de escritores conocidos o no, principiantes o veteranos, porque se tiene el tiempo acotado, ya que hay un plazo de finalización), por lo que el editor se concentra solo en leer los originales postulantes. Con el concurso Barco de Vapor, por ejemplo, la colección que lleva su nombre ha aumentado sus títulos chilenos del 5 al 40%, en 10 años.
Por último, hay una tercera vía: la editorial es la que se encarga de buscar al autor. “En este caso, el editor va a buscar al escritor que crea que puede aportar algo en determinado ámbito, por lo que suele hacerlo con autores que le gusten o que conozca bien”, nos cuenta Tanhnuz.

Al promover el producto nacional reforzamos nuestra identidad, pero también nos sumimos en un pequeño aislamiento

Predilección por lo nuestro
En general, en la mayoría de los países, actualmente predomina la producción local. Tanhnuz ve aquí un inconveniente: “hay un hecho del que nosotros mismos estamos orgullosos y tiene su lógica, que es promover la producción nacional de cada país y por lo tanto su identidad; en Chile, es difícil, salvo contadas excepciones, encontrar un libro venezolano, boliviano, brasileño… Lo que más encontramos en Chile son libros chilenos. Lo que hace que nos aislemos un poco más y que no exista una circulación fluida de libros”. De hecho, Tanhnuz detalla que “los libros más vendidos son los nacionales; sobre todo si hablamos de la no ficción”. Nos habla del caso de SM: “de los 40 libros más vendidos de literatura infantil y juvenil, los títulos chilenos son menos de la mitad del catálogo general. No obstante, en ventas, un 80% corresponde a autoría chilena”.
Las razones para que esto sea así radican en la orientación temática, que viene dada desde las políticas públicas y las acciones de promoción de la lectura, además de las tendencias y los nuevos hábitos lectores. Por otro lado, influye la facilidad tan práctica y doméstica que supone tener un autor nacional, especialmente en un país con la situación geográfica que tiene Chile. “Así, el autor puede promover personalmente su libro, es decir, que puede desplazarse fácilmente a colegios, bibliotecas, ferias del libro…”, explica Tanhnuz.
La otra cara de la moneda es que, por este aislamiento, en Chile se encuentra un porcentaje muy bajo de toda la producción editorial elaborada en castellano, que mayoritariamente proviene de España y México, con un volumen editorial envidiable; se favorece más lo local en desmedro de lo extranjero. “En una feria del libro grande como pueden ser la de Madrid, Buenos Aires, Guadalajara (México)… muchísimos libros de los que ves ahí, no llegan a Chile y, por lo tanto, se queda una gran cantidad de producción en español de buena calidad que aquí desconocemos”, acota el director de publicaciones de SM.

Una forma de publicar un libro es por medio de la autoedición; este año se registraron 872 títulos autoeditados, la mayor cifra en los últimos 15 años

Autor y editor, todo en uno
¿Es una percepción particular nuestra o en la actualidad también existe paralelamente más autoedición en Chile? Llamamos autoedición a aquella en la que el propio autor es el editor responsable. Los recientes datos que nos proporciona la Cámara del Libro nos resuelven la duda con números: durante 2015 se registraron 872 títulos autoeditados, es decir, un 13,9% del total de libros producidos, la mayor cifra alcanzada en los últimos 15 años. Y eso que con este porcentaje solo hablamos de las publicaciones que están registradas en la Agencia Chilena del ISBN (que representa la Cámara del Libro desde 1987); hay que considerar también, aunque es un dato casi imposible de medir, a las publicaciones que no tienen este número ni registro público, que solo han sido creadas con fines personales, sin proyecciones comerciales ni de distribución.
Antes de seguir, para hablar con propiedad, distinguiremos, eso sí, entre autoedición y edición independiente. Francisco Mouat, periodista, escritor, editor y librero, entre otros oficios, nos lo explica bien: “lo primero es no confundir una editorial independiente, que tiene un catálogo cuidado, con otras entidades que operan como productoras de libros o impresoras de libros, que reciben un original de una persona que, pagando, puede recibir un libro de papel en sus manos. No estoy en contra de que si una persona quiere hacer su libro lo haga. Tampoco en contra de que haya empresas que ofrezcan el servicio. Con lo que no estoy de acuerdo es con que esto se camufle con un valor literario que, a veces, la obra no tiene”.
Hecha esta salvedad, Sergio Tanhnuz tiene otra mirada sobre la autoedición: “creo que es un fenómeno que se viene dando desde el inicio de los tiempos, desde siempre, no es nada nuevo; de hecho, muchos escritores empezaron su carrera autoeditándose, especialmente en el campo de la poesía”. Esto es comprensible habida cuenta de los costos económicos y también logísticos que supone editar un libro.

La ilustración se posiciona
Ya sabemos, entonces que la producción que más se vende, al menos en Chile, es la nacional y, que al parecer, este modelo se repite en el resto de países de América Latina. Pero vamos a fijarnos también en la calidad. Y junto con esa calidad de textos, también hablamos de la calidad de las ilustraciones. Sergio Tanhnuz resalta que “existe un gran surgimiento de ilustradores; muchos son de buen nivel, aunque no todos lo son”. Ahora bien, “todo ilustrador de buen nivel publica”, dice el representante de Ibby. Y, en un nuevo y renovado mundo de ilustradores, hay también una carencia según Tanhnuz: “faltan buenos escritores nuevos, porque no ha habido una generación de recambio en los últimos 10 años. Son pocos y son los mismos de siempre”. Lo cierto es que la imagen y el diseño se han tomado una parte importante de este mapa. A veces, incluso, hay publicaciones en las que las ilustraciones tienen más peso que el propio texto. No hay más que contar las numerosas exposiciones y ferias donde éstas se muestran tal y como son, por ejemplo, la organizada por Plop! Galería, espacio especializado en ilustración, historieta y gráfica, que ha visto nacer a conocidos dibujantes.

Florecen nuevas editoriales
Rápidamente también surgen editoriales que echan a andar los motores y van encontrando su lugar. De hecho, el informe de la Cámara del Libro muestra que en 2015 se incorporaron por primera vez al sistema ISBN 172 nuevos agentes editores, de los cuales 124 se instalaron en la Región Metropolitana, donde se concentra el 82,55% de la producción del libro.
Anteriormente decíamos que hoy conviven sanamente los grandes sellos con extensos catálogos con pequeñas editoriales mucho más modestas pero significativas en calidad. Francisco Mouat, director de la librería Lolita y el sello homónimo, resalta esta realidad. “El día en que no haya editoriales independientes, que solo existan grandes cadenas de librerías y no las de barrio, en que solo haya economía a gran escala y no micro, estaremos muertos”.
Mouat opina que merece que nos detengamos en ciertos “cuidados” que deben tener las editoriales independientes: “lo primero, hay que ser muy conservador, cauto, medido, no caer en el entusiasmo, ser ajustado y rápido”. Lo dice por experiencia. “Es fácil engolosinarse y querer hacer más de la capacidad que se tiene. En nuestro tercer año, por ejemplo, llegamos a publicar 12 títulos y nos dimos cuenta de que esa cantidad era una salvajada para nosotros, porque, pese a que conseguimos crear un catálogo muy potente, el costo económico y humano fue demasiado alto”. A los cinco meses de constituirse, en 2010, Lolita Editores publicó su primer libro (Luna en Capricornio) con un capital realmente irrisorio. Actualmente, esta editorial tiene el modelo que quería tener: edita unos siete libros al año, con un equipo de tres editores, una diseñadora y un buen acuerdo con la misma imprenta de siempre.

De los 172 nuevos agentes editores que se incorporaron este año por primera vez al registro ISBN, más del 80% se encuentran en la Región Metropolitana

Unos referentes pioneros
Francisco Mouat afirma que “cada vez se edita más y mejor. Hay un mundo impresionante y atractivo con el que el libro electrónico no puede competir. Hay muchas editoriales que están haciendo trabajos increíbles”. Y nosotros añadimos que, sobre todo, esto ocurre en la industria del libro infantil y juvenil, ya que ellas han dado a luz páginas y páginas impresas con historias e imágenes de lo más creativas y atractivas. Les hablamos de muchas editoriales y no nos gustaría dejarnos ninguna fuera, pero en especial comentaremos acerca de dos, bien representativas y que nacieron con sudor y lágrimas, que tuvieron dificultades, pero para las que ha valido la pena todo el esfuerzo, ya que reflejan el panorama en el que el libro está siendo el mayor protagonista.
Así, Ediciones Ekaré, recientemente premiada como mejor editorial infantil de Centro y Sudamérica, por la Feria del Libro Infantil de Bolonia, es un claro ejemplo. Con más de 40 años de vida, ha atravesado por todo este proceso de transformación que está experimentando el libro en nuestro país. Una de sus fundadoras, la chilena Verónica Uribe, recuerda sus comienzos, en una reciente entrevista en la radio, cuando formaba parte del Banco del Libro de Venezuela, en 1974, constituido por un grupo de mujeres interesadas en reformularse como ciudadanas. “Eran todas voluntarias y constituían una curiosa mezcla de maestras jubiladas con jóvenes progresistas, que dio como resultado un trabajo muy original de promoción de la lectura.” Cuatro años después, junto a Carmen Diana Dearden, puso en marcha la editorial Ekaré (que significa “cuento” en el hablar de la cultura pemón), con libros para niños que dan cuenta de la realidad e identidad latinoamericana.
En 1993, Uribe volvió a Chile, donde fundó Ekaré Sur, que no es una filial de la anterior, sino una entidad autónoma (“algo que le debía a Chile”), pero con la misma plataforma de distribución. La editora reflexiona acerca de su función: “los editores tenemos la responsabilidad de responder al anhelo de los niños de descubrir y relacionarse con personajes e historias que los hagan viajar”.

“Los editores tenemos la responsabilidad de responder al anhelo de los niños de descubrir y relacionarse con personajes e historias que los hagan viajar”, dice Verónica Uribe, de Ekaré Sur

La editorial Amanuta es otro buen reflejo de lo que hoy pasa en Chile con el libro infantil. Desde 2002 publica libros para niños (y hasta para bebés), rescatando historias, personajes, mitos, leyendas, tradiciones de nuestro país y acercando nuestro legado cultural a los más pequeños. Las artífices de esta aventura son Ana María Pavez y Constanza Recart, quienes, en aquellos años, echaban de menos libros bonitos que retrataran la realidad chilena. “Habíamos visto libros buenos, coloridos, pero siempre eran de otros sitios, con las realidades de otros países”, nos cuentan. La creatividad y la identidad fueron, y siguen siendo, la gran clave de su trabajo. “Eso y que empezamos trabajando en una casa, guardando los libros en la otra, llevándolos nosotras mismas a su destino…”. Contenidos y formatos atractivos las han llevado a posicionarse y consolidarse como una de las editoriales infantiles más importantes del país, con un catálogo con más de 100 títulos de cuidada factura, que distribuyen en todo Chile.
Pero sus comienzos, como decíamos, no fueron fáciles. El mercado en que incursionaban era muy difícil de abordar, pero, como buenas emprendedoras y convencidas de su deseo, supieron darle la vuelta. “Antes, la oferta cultural en Chile era muy pobre, se pensaba que los niños no eran aptos para apreciar algo bueno, entonces no importaba lo que se les ofreciera; no había un estándar de calidad”, recuerda Ana María Pavez.
Tendemos a decir que se lee más porque hay mayor producción de libros y asequibilidad a ellos. Pero estos dos factores no siempre implican mejor nivel de lectura. “Realmente este crecimiento exponencial se explica porque cuando empezamos, no había nada, partíamos de cero, por lo que todo sumaba más”, matiza Recart.
En ese contexto cultural nació Kiwala conoce el mar, obra con la que “logramos introducir a los niños en el mundo precolombino”, nos cuenta Constanza. Fue un éxito rotundo. Al principio, la editorial que les publicaría les pedía modificar tantos aspectos, ninguno de los cuales las convencían, por lo que tomaron la decisión final: fundarían su propia editorial.
Una vez en ese escalón, más dolores de cabeza: encontrar buenos ilustradores. “Cuando empezamos, tampoco había ilustradores en Chile; solo algunos de la vieja escuela. Tuvimos que buscar estudiantes de diseño en las universidades y reclutarlos como ilustradores”, nos cuentan. De hecho, Amanuta fue un caldo de cultivo de nuevos dibujantes jóvenes como la misma Paloma Valdivia, con quien publicaron Kiwala conoce el mar, Francisco Olea, Raquel Echenique…
Se dieron cuenta del lugar donde estaban situadas cuando “un año, en un seminario en Bogotá -cuenta Ana María Pávez- notamos que la gente sabía de nosotras; por las mismas fechas fuimos a Bolonia; ahí vimos que no pasaba lo mismo”. Ante esa situación dicotómica, había que reaccionar. “Una opción era acotar nuestro producto a Chile -señala Recart- y otra, darle continuidad a la editorial”. Ya tienen un camino recorrido: en Latinoamérica son más que conocidas. El resto viene ahora: “queremos internacionalizarnos, abarcar otras realidades, abrirnos”, coinciden.

Publicado en RHUV Nº23