Óscar Hahn. Los libros de mi infancia

Por Óscar Hahn
Poeta
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Desde muy pequeños los niños viven en un mundo mágico, cercano a los cuentos de hadas y a la poesía. Por ese camino, acercarlos a la lectura no es difícil. En cambio, dejar pasar el tiempo y no hacerlo es malograrlos como lectores. Por fortuna, y gracias a mi madre, yo me aficioné a la lectura tempranamente. Podría nombrar aquí varios de mis libros preferidos, pero voy a referirme solo a tres: Las mil y una noches, Pinocho y Corazón de Edmundo de Amicis.

El primero es una compilación de cuentos de origen persa, árabe, hindú y egipcio que poblaban las fantasías de mi infancia. Los leía maravillado, y ansiaba que llegara pronto el nuevo día para saber qué les había pasado a Alí Babá, a Simbad o a Aladino. Las historias de Las mil y una noches cubren toda la gama de sentimientos humanos: el amor, el odio, la bondad, el crimen, el engaño, la sabiduría, la inocencia, así que, como lector, iba pasando de un sentimiento a otro, con una mezcla de encantamiento, asombro y desconcierto.

Con Pinocho era distinto. Mi mamá siempre decía que yo había sido un niño obediente. Sospecho que por eso mismo me atraían los niños desobedientes de la historia. Quizás porque hacían cosas que yo no me atrevía a hacer. Pero al mismo tiempo me fascinaba que una marioneta de madera cobrara vida y terminara transformándose en niño de carne y hueso. Por otra parte estaba el tema de la mentira. Una acusación que un niño siempre teme es la de ser tratado de mentiroso, con o sin razón, y peor aún, si es descubierto en la falta. Era perturbador que Pinocho fuera delatado por el crecimiento de su nariz. Sería la pesadilla de cualquier niño real. Si me preguntaran qué episodio me impresionó más, tendría que ser el que cuenta cuándo le nacieron orejas de burro y se transformó en asno, con rebuznos incluidos, lo que en el fondo es una metáfora de la flojera y la ignorancia.

Yo sabía que Las mil y una noches y Pinocho eran como cuentos de hadas. Con la lectura de Corazón pasé del mundo de fantasía de esas narraciones a la realidad de cada día, aunque la acción ocurriera en Italia. Era el drama humano de personas comunes y corrientes, con las cuales yo podía identificarme, porque los personajes eran niños de entre 10 y 14 años, y yo estaba en ese rango de edad. Lo que ellos hacían en la escuela o fuera de ella no difería mucho de lo que yo estaba viviendo. Y de esto tengo un ejemplo dramático. Al principio del libro el niño Roberto Robetti es atropellado por un autobús, lo que me impresionó muchísimo. Pues bien, apenas unos días después, estaba en la esquina de una calle de Iquique acompañando a un amigo de apellido Mardónez que debía tomar la micro. Mardónez saltó a la pisadera con el vehículo en movimiento, resbaló y cayó debajo de las ruedas. Fue como si el libro hubiera adelantado en la ficción algo que yo iba a presenciar después en la realidad.

Con los años llegué a la conclusión de que no importa cuán fantasiosos o realistas sean los libros para niños; siempre entregan, de manera directa o implícita, la sabiduría milenaria acumulada por la humanidad que el joven lector recordará toda su vida.

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