María Teresa Andruetto: “El lenguaje es la mayor construcción de la cultura”

Ganadora del prestigioso Premio Hans Christian Andersen 2012, la escritora argentina María Teresa Andruetto conversó con HUV sobre sus inicios en el mundo de las letras, su dilatada trayectoria y los principales lineamientos de su obra.

Por Bernardita Cruz M.

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Ilustración de Consuelo Moreno
https://www.flickr.com/photos/consuelomorenod/

“Creadora de libros sensibles, profundos y poéticos con una clara base literaria”. Así describió el jurado del Premio Hans Christian Andersen a la escritora argentina María Teresa Andruetto, la primera mujer de habla hispana en recibir uno de los reconocimientos más prestigiosos de la literatura infantil y juvenil. El galardón se entrega cada dos años y distingue a un autor por el conjunto de su obra.

Cuando recibió la noticia, ella estaba en su casa, devolviendo la vajilla que había arrendado para el matrimonio de una de sus hijas. “Me sorprendí, me asusté también y lo llamé a mi marido; le pregunté si podía dejar el trabajo y regresar a casa”, recuerda.

Autora de numerosos libros para niños, jóvenes y adultos, María Teresa lleva más de treinta años interviniendo en el campo de la literatura infantil –trabajó en la formación de maestros, fundó centros de estudio y revistas especializadas, dirigió colecciones y participó en planes de lectura– y es conferencista habitual en todo tipo de actividades del ámbito literario.

Entre sus títulos más destacados de LIJ se cuentan El anillo encantado, Huellas en la arena, La mujer vampiro, El País de Juan, El árbol de lilas, El incendio, Solgo, Miniaturas, Stefano y Veladuras.

Desde el pequeño poblado de las Sierras Chicas, a 40 kilómetros de la ciudad de Córdoba, donde vive en un terreno grande con una pequeña huerta y algunos animales, María Teresa conversó con Había una Vez.

¿Cómo fue su relación con los libros en la infancia? ¿Fue una niña muy lectora?

Sí, una lectora voraz, que se internaba en libros, periódicos, fotonovelas, papeles sueltos… ¿Mis libros favoritos? Fueron distintos según las épocas: cuando era muy pequeña, Las aventuras de Tom Sawyer, Corazón, Pinocho, las biografías de San Francisco de Asís o de Santa Teresita de Liseaux; después, ya más grande, hacia los 12 o 13 años, descubrí la literatura argentina, el cuento rioplatense, y me fascinó. También leí de chica mucha poesía: Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, poetas patrióticos como Olegario Andrade, más exóticos como Rabindranath Tagore, o poetas de choque como Almafuerte. No siempre entendía lo que querían decir, pero me gustaba leerlos en voz alta, escuchar cómo sonaban…

¿Escribía de pequeña? ¿Recuerda cuál fue la primera historia que quiso llevar al papel?

De chica, 8 o 9 años, adquirí el vicio de inventar historias. Lo hacía de forma oral, para mis compañeras de grado. Escribí sobre eso en Mentir, un breve texto que está en mi página web (www.teresaandruetto.com.ar). En cuanto a escribir historias, lo primero creo que fue un esbozo de cuento escrito en unas hojas de carpeta de tres perforaciones que derivó de una tarea escolar, una redacción que nos habían pedido en sexto grado, el personaje se llamaba Dina; no recuerdo mucho más que eso. Pero poco después, esas búsquedas narrativas se desplazaron a la poesía, ¡la adolescencia pide poemas!

¿Cómo llegó a ser escritora? ¿Cuáles fueron sus inicios?

Me fui haciendo, fui tras esta pasión por las historias, fascinada por lo que leía, cada vez más ávida y con deseos de inventar historias también yo. En los inicios estuvo el deseo y el amor de mi mamá por las palabras y tras eso, seguramente, mi deseo de parecérmele. Y el vicio de leer. Y mi timidez de niña que me refugiaba en los libros, en ese mundo imaginario, más interesante tal vez que el mundo que me rodeaba. Y, sobre todo, el deseo temprano de comprender a los otros, de ponerme en el lugar de otro, de otros, porque desde muy chica me sorprendía el hecho de que no todos pensáramos de igual manera sobre cada cosa.

Participa activamente en charlas y congresos. ¿Qué la lleva a emprender esos desafíos? ¿La difusión y formación son materias que van de la mano con su rol de escritora?

Hacer de puente entre libros y personas ha sido mi trabajo. Encontré pronto que esto que me gustaba, leer, podía ser mi modo de ganarme la vida y eso es lo que hice dando talleres, formando a maestros y profesores, enseñando en la escuela media, escribiendo reseñas de libros o revisando escritos de otros… Un modo de vivir, un trabajo, además de una pasión o un vicio. Ya no doy clases y he dejado mis talleres, tarea que llevé adelante durante casi 30 años, pero sigo participando en charlas y congresos, eso más que antes, ya en mi condición de autora.

¿Qué importancia tiene para usted el lenguaje?

Mucha, casi todo… Es la mayor construcción de la cultura, creo. Un espejo en el que se refleja y refracta la sociedad toda, nosotros y los otros.

En varias entrevistas ha dicho que no le gusta la división entre literatura a secas y literatura infantil…

Es lo que intento al escribir, pero también al llevar libros de otros a un grupo de niños o de jóvenes: que lo que les acercamos a los lectores en formación sea ante todo literatura. Me gustaría que no necesitara de ese adjetivo que muchas veces la restringe y la recorta.

En muchos de sus libros hay una anécdota, un personaje, un lugar que salta de la realidad a la ficción. ¿Es un ejercicio consciente o un impulso que la lleva a escribir?

Realidad y ficción son dos caras de una misma moneda, todas nuestras ficciones nacen de nuestra percepción de lo real, el imaginario está plagado de realidad, nuestra imaginación es apenas un breve vuelo, un pequeño salto. ¡Nunca nos alejamos demasiado del suelo! Y eso es en parte un impulso, y en parte un ejercicio de conciencia.

Sus propias experiencias, sus raíces, también han quedado plasmadas en su obra; de hecho, ha nombrado a Stefano como su libro más preciado. ¿Qué la llevó a escribirlo?

Lo escribí un tiempo después de la muerte de mi padre, pensando no tanto en lo que a él le había sucedido (mi padre fue un inmigrante italiano en Argentina, igual que Stefano, el protagonista del libro), sino sobre todo en el sentimiento de pérdida de la migración, que podía percibir en él y en muchas otras personas que conocí.

Ha dicho que la literatura debe sacudir al lector. ¿A qué se refiere?

Debe interpelarlo, interpelar nuestra inteligencia o nuestras emociones, nuestra subjetividad, o todo eso al mismo tiempo. Los libros que me gustan son libros que me hacen pensar o sentir lo que antes no había sabido pensar ni sentir.

¿Qué siente hoy con respecto al Premio Andersen? ¿Es una responsabilidad muy grande recibir una distinción de este tipo?

Siento alegría y mucho agradecimiento. Un agradecimiento que no sé bien a quién destinar, a los lectores diría, y sobre todo a la vida. A veces siento un poco de agobio, cuando no puedo responder como quisiera, ni en el tiempo en que quisiera, a lo que me piden. Responsabilidad frente a la escritura y frente a los otros es algo que he sentido siempre, eso no ha cambiado.

Me tocó ver la alegría y orgullo de muchos autores chilenos al saber de su premio. En su opinión, ¿existe una identidad latinoamericana en el mundo de la LIJ?

Sí, sin duda. Se trata de una identidad que tiene que ver sobre todo con la lengua. Nuestra lengua común nos hace sentir que, más allá de los matices y particularidades que nos diferencian, compartimos una misma patria. A eso, que es fundamental, se agrega nuestra misma condición de países periféricos y el momento particular –momento de mayor conciencia sobre sí– que vive Sudamérica.

El jurado del premio destacó el hecho de que sus libros tratan tópicos tan variados como la injusticia, el amor, los mundos interiores, la pobreza o cuestiones políticas. ¿Se siente igual de cómoda en todas esas temáticas?

Sí, porque no las he vivido como cuestiones temáticas. Lo que hice fue hundirme en una escena, ir tras las huellas de un personaje o de unos personajes para ver qué había allí. A veces encontré amor o asombro o alegría; otras veces miseria, injusticia, problemas políticos; a veces varias de esas cuestiones al mismo tiempo.

Además, el jurado dijo que su obra es “sensible, profunda y poética”. ¿Usted también es un poco así?

¡Espero que sí! El adjetivo poética puede caberle tal vez a la escritura, no sé si a mi persona, porque estoy acostumbrada al trabajo y la observación quizás más que al ensueño, pero me considero sensible e intento, sí, mirar en profundidad.

Hoy, ¿está trabajando en un nuevo proyecto literario? ¿De qué se trata?

Al momento del premio estaba trabajando en una novela. Casi no he vuelto a ella desde aquel día, pero imagino que de a poco todo se irá remansando, irá encontrando su tiempo, llegará el verano y podré retomarla…

Cuando era muy pequeña me mandaron con un papelito en la mano a comprar algo a un bar/almacén. Tal vez porque era muy pequeña y tenía miedo de perderme fui mirándome los pies. Cuando levanté la cabeza estaba en un sitio desconocido, aunque no muy lejos de casa. Unas mujeres me preguntaron mi nombre y no supe decirlo, no sé si porque era pequeña o porque estaba asustada. Me encontró el cartero del pueblo, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas y me llevó de regreso a casa. Es el recuerdo más antiguo que tengo.

Una lee el pasado a la luz de lo que vino después. En ese momento, y por mucho tiempo, fue nomás eso, el susto de haberme perdido. Siendo ya adulta, pensando en los comienzos, aquel recuerdo de infancia cobró significado para mí: una niña inmersa en un mar de papeles, en un mar de palabras. Una niña guiada por o perdida en un papelito que lleva en la mano, unas anotaciones de su madre. Niña reencontrada por el nombre extraño de su madre, niña inmersa en un canasto de cartas, de mensajes… Todo eso, y más aún, está para mí ya en ese recuerdo remoto.

Escribí sobre él de diversos modos (al entrar en Mentir, en mi pagina web, está un relato llamado Extravío): poema, ensayo, novela, conferencia… No sé si aquella escena me determinó a ser escritora, imagino que son muchas las pequeñas, ínfimas cosas, que van construyendo lo que elegimos, lo que somos, pero sí sé que para la persona que acabé por ser, aquello se significó fuertemente como el comienzo (o quizás ya había comenzado) de una relación muy fuerte con las palabras, con la escritura.