Liliana Bodoc: “Los niños deben aprender a saborear la dificultad”

La escritora Liliana Bodoc ganadora del Premio Barco de Vapor 2008 con la novela "El espejo Africano".

Por María Teresa Ferrer

La escritora argentina Liliana Bodoc es una mujer extremadamente sencilla para todo, menos para escribir. Su pluma es compleja, difícil para algunos, fascinante para la mayoría, y la ha hecho merecedora de múltiples reconocimientos entre los que destacan El Barco de Vapor (2008) y la nominación a los premios Hans Christian Andersen 2010. Su obra es tan reconocida que nadie pensaría que comenzó a escribir recién a los 40 años. SM la invitó a Chile y entonces tuvimos la oportunidad de conversar con ella sobre su infancia, su obra, su fascinación por los pueblos originarios y su rechazo a las lecturas obligatorias, las que le han hecho pasar uno que otro mal rato.

¿Cómo se genera tu primer vínculo con el mundo de la literatura?

Mi primer vínculo se genera siendo yo pequeña. Para mí no se llamaba literatura, sino alegría. La gran persona que estuvo involucrada en eso fue mi padre, no porque fuera un intelectual, ni un escritor, ni un literato…, solo era, y aún es, un hombre que ama la ficción, el lenguaje, y por lo tanto ama los libros, y nos fue acercando a mis hermanos y a mí a la literatura de diversa índole. Este fue mi primer vínculo amoroso con la palabra, vínculo sin el cual yo seguramente no hubiera sido escritora.

Sabemos que perdiste a tu madre siendo muy pequeña. ¿Cómo te ha marcado este hecho en tu vida profesional?

Me ha marcado profundamente y eso yo lo descubrí después de haber escrito varios libros y porque un lector me lo hizo notar. Una vez una persona me dijo: “La mayoría de tus personajes tienen familias disfuncionales o son huérfanos”. Yo pensé que estaba un poco loco, pero después me di cuenta que efectivamente era así. Después de descubrir eso intenté escribir sobre una familia completa y no puedo; me sale tan inverosímil que finalmente desisto y saco o cambio algo. Creo que debe tener que ver con el modelo de familia donde una se crió. En mi caso hay una presencia fuertísima de los abuelos, y mi obra está llena de abuelos. Cuando mi mamá recién murió, mi padre se tuvo que hacer cargo de mis tres hermanos y de mí. Ese tiempo fue muy confuso y problemático, y mi papá, que era obrero en una fábrica de cemento, se las ingeniaba para regalarnos nuestro ratito de alegría, y para mí es muy claro que la literatura significa eso. Él llegaba los viernes luego del trabajo y después de lavar su delantal nos inventaba unos versitos. Los llamaba “los versitos de colores” y eran pequeñas adivinanzas para que nosotros descubriéramos el color. Mi papá nunca fue escritor, pero sentía un amor muy grande y tenía una relación muy lúdica con la palabra, y eso seguro que lo aprendimos de él. De hecho yo después escribí Sucedió en colores (Norma), que está basado en la idea de los versos.

Cuando San Pedro viajó en tren (SM) cuenta la historia de un niño y su madre que deben dejar su pueblo siguiendo al padre que va a la ciudad en busca de trabajo. ¿Tiene algo de autobiográfico este libro?

Sí, tiene el sentimiento de desarraigo, la sensación del niño de “me llevan de acá” sin siquiera preguntar. Nosotros como familia hemos sido muy trashumantes por distintas causas, pero básicamente por temas laborales. Hubo un primer gran desarraigo familiar, que fue cuando nos trasladamos de Santa Fe a Mendoza. Nos fuimos de este a oeste del país, además con climas e idiosincrasias muy diferentes, con paisajes muy distintos. Fue muy fuerte y ese sentimiento seguro está en el libro.

¿Cuándo comenzó tu fascinación por la magia y cómo definirías el género épico fantástico?

Me parece que la fe religiosa y el encanto por lo mágico que yo sí tengo (al contrario de mi padre), fueron un poco mi tabla de salvación. Creo que lo mágico, dentro de los límites de la salud, le puede servir mucho a un niño. Yo utilicé la magia como tabla de salvación a través de la literatura, de los sueños, recortar figuritas de las revistas y hacer con ellas obras de teatro… Toda la ficción, por decirlo de alguna manera, me ayudó mucho cuando las cosas se iban poniendo difíciles. Por otro lado, la definición de épico es muy amplia: es una historia colectiva que narra una batalla ejemplificadora donde lucha el bien contra el mal. Yo creo que lo épico, por definición, tiene que ver básicamente con formar a un ciudadano para un mundo determinado. Siempre en lo épico hay un sentido o una intención educativa. Si a eso le mezclamos un componente mágico, la aparición de algún elemento sobrenatural, obtenemos como resultado el género épico fantástico.

¿De dónde viene el impulso a escribir sobre estos mundos fantásticos? ¿Tendrá que ver con abstraerse de la realidad tal cual es?

Es una linda pregunta sobre la cual he estado obligada a reflexionar muchas veces. Quiero aclarar que de ninguna manera me interesa la escritura fantástica como evasión. No creo en la evasión, en primer lugar, y por eso quiero diferenciar la tabla de salvación con la evasión. La evasión es escaparse, no comprometerse con lo que pasa alrededor, y eso me parece absolutamente nocivo tanto para un niño como para un adulto. Sí creo que mi impulso a escribir fantasías va relacionado con la posibilidad de ver la realidad con otra luz, con darles un nuevo significado a las cosas. De esta manera yo verdaderamente entiendo lo fantástico. Los personajes de mi épica fantástica son personajes que trabajan al lado de los hombres, y se equivocan, sienten miedos, tienen dudas, sufren y transpiran. Lo que sí tienen, a diferencia de los comunes mortales, es la capacidad de ver las conexiones de todo lo creado.

Los mundos que describes en La saga de los Confines, ¿los creaste hace mucho tiempo en tu imaginación o fueron apareciendo en la medida que empezaste a escribir?

Un poco de ambos. Hubo una primera concepción general que tuvo que ver con una decisión de escritura. Al escribir una épica fantástica hay que crear un mundo completo: inventar un continente, su geografía, su historia, sus culturas, y esto me obligó a buscar un referente real. El continente de las Tierras Fértiles tiene su referente en América. Y con eso apareció la idea de que los pueblos iban a ser pueblos aborígenes americanos: aztecas, mayas y mapuches. Después tuve que empezar a hilar finito, a leer geografía y a estudiar. Entonces esa idea general que yo tenía se fue especificando y fue ganando el detalle: las vestimentas, comidas, venenos, etc.

Considerando que nuestra revista es chilena, ¿qué elementos específicos mapuches se pueden encontrar en La saga de los Confines?

Muchos. En primer lugar, quien vea el mapa va a notar claramente que el país en el que viven los husihuilkes es en realidad Chile. Es la franjita que está dividida por unas montañas, que ellos llaman las Maduinas, en clara alusión a mahuida, que en mapudungun significa montaña. La descripción de los personajes, aunque no es estricta, también encuentra referencia en el pueblo mapuche: el color de su piel, su rostro, la vestimenta, las armas y los nombres.

¿Y tú sabías mucho de estas culturas o te fuiste interiorizando en el momento de escribir las obras?

No sabía mucho. Tengo una sensación de afecto y de cercanía así como con todos quienes considero han sido desposeídos injustamente. Yo creo que todos los pueblos aborígenes americanos de alguna manera sufrieron un avasallamiento importantísimo. Después, y a medida que fui leyendo, no solo de la cultura mapuche sino que también de la maya y la azteca, fui confirmando la idea de que había culturas maravillosamente ricas, profundas, serias, con lenguas maravillosas, con poesía, con ciencia, con filosofía, y que toda esta masacre ha sido un poco silenciada. Suelen hacernos creer que eran un montón de salvajes que apenas sabían dónde estaban parados, y con un poquitito que una se esfuerce en estudiar estas culturas, nos damos cuenta de que tenían un bagaje extraordinario que obviamente desapareció.

Soñemos un poco. ¿Te gustaría ver Los días del Venado hecha película? Si pudieras escoger tú, ¿quién te gustaría que hiciera el papel del guerrero Dulkancellin?

Por supuesto que me gustaría. Ha habido algunos intentos de unos productores y directores argentinos, pero la realidad cruel es que no hay presupuesto en Argentina para hacer una película así. Es una película muy cara, completamente impensable para el cine argentino. Así que por ahora nada de eso más que las ganas. Y mi Dulkancellin… ¡Antonio Banderas!

¿Piensas en el público objetivo cuando escribes? Es decir, ¿escribes para jóvenes o simplemente para quien quiera leer tus obras?

Empiezo por decirte que yo creo que la literatura infantil y/o juvenil, con esa especificidad, sí existe. Con esto digo que a mí me parece que la literatura tiene que ser un texto que le permita al lector entrar en crisis, es decir, poder transformarse, poder interpelar, dialogar, criticar ese texto. ¿Qué pasa si yo le doy un libro de Joyce o Proust a un niño? No puede hacer nada de esto. Entonces, como creo que existe, de alguna manera tengo en mente a mi lector. Jamás de manera despectiva, todo lo contrario, lo tengo en cuenta para someterlo a unas cuantas dificultades que él pueda vencer. Jamás le hago fácil la lectura; a mí me parece que la lectura debe plantear alguna dificultad.

¿Consideras a los niños y jóvenes un público particularmente exigente?

Siendo absolutamente sincera, a mí me gustaría que los niños y los jóvenes fueran mucho más exigentes. Mi experiencia, por lo menos en Argentina, es que se quejan por la dificultad del texto: de que transcurre en dos tiempos diferentes, en dos espacios diferentes, que hay dos narradores, que hay varios puntos de vista…, y la primera actitud es la de fastidio. Me parece que aquí hay un enorme trabajo del maestro, del escritor, idealmente también de las editoriales, para que el niño vaya aprendiendo a saborear la dificultad, a entender que en la dificultad hay alegría, hay diversión. Que es mucho mejor leer un libro que me proporcione un enigma, una búsqueda, que un libro que esté tan digerido que no me exija absolutamente nada, más que el ratito que me lleva prestar los ojos y decodificar lo que ahí está escrito.

¿No será que los niños se complican con la dificultad de los textos porque después los evalúan? ¿Qué piensas de que los niños tengan que hacer una prueba sobre tu libro después de leerlo?

Me parece terrible. De hecho tengo una mala experiencia con eso: estando yo en Buenos Aires, un día domingo sonó el teléfono de mi casa y cuando contesto escucho una serie de insultos. Corté y el llamado se volvió a repetir, y el jovencito que estaba al otro lado me dice que va a tener que repetir el curso de literatura por mi culpa y que sabe que voy a estar en la próxima Feria del Libro y que va a ir a insultarme en público. Bueno, llegó el día de la Feria del Libro y yo iba dispuesta a pasar un mal rato. Felizmente no fue, o si fue no se habrá atrevido, no sé. Pero bueno, mira lo que puede generar la lectura obligatoria, sobre todo de un texto como La saga de los Confines, que son más de 200 páginas; es muy difícil si no te apasiona. Definitivamente yo no creo en la lectura obligatoria.

¿En qué está Liliana Bodoc hoy?

Estoy escribiendo, por primera vez, poesía para niños. Yo soy una amante ferviente del género poético, como lectora, y la verdad es que nunca lo había abordado, no sé si por temor o porque sé que es un género muy particular y muy difícil, pero me animé y estoy intentando escribir poemas para niños sobre temáticas filosóficas… Vamos a ver qué sale.