Leonor Pérez: Inspiración en la punta del lápiz

Ama los gatos, el paisaje urbano, los dramas cinematográficos y los budines. Odia las colas del banco, la vanidad, los ratones y el arribismo. En la cabeza de Leonor Pérez conviven cientos de imágenes e inquietudes, las mismas que desde pequeña la acercaron al arte y hoy la impulsan a seguir abriéndose camino en el mundo de la ilustración.

Por Bernardita Cruz M.

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Cuando la pequeña Leo, de solo 5 años, dibujó a la señora Ester, toda su familia quedó boquiabierta: había logrado retratar a la perfección las anchas caderas, el moño empinado y los gruesos anteojos de la mujer que la cuidaba a ella y a su hermano. Hoy Leonor Pérez recuerda esa anécdota infantil como la primera señal que tuvo de que su camino iría por el lado artístico.

Apenas salió del colegio, se matriculó en Licenciatura en Arte con mención en Pintura, una carrera que pensó le serviría para expresar su visión del mundo con plena libertad. A poco andar, decidió estudiar también Pedagogía, lo que de paso le permitió materializar sus inquietudes sociales.

Cuando llevaba más de 5 años haciendo clases en colegios, empezó a sentir que la presión del trabajo había anulado su faceta creativa. Como no estaba dispuesta a dejarla congelada para siempre, decidió hacer algo al respecto. Junto a una amiga que estaba en una búsqueda similar, formó entonces el taller de juguetes “Caballo azul”, donde elaboraron material didáctico relacionado con el arte y la cultura.

En esa misma época Leonor se topó con una muestra del Colectivo Siete Rayas que terminó de moverle el piso. “Esa fue la gota que rebalsó el vaso de todo lo que estaba sintiendo. Siempre miré desde lejos la posibilidad de ilustrar, pero era una mirada ingenua, no me imaginaba cómo tenía que hacerlo ni cómo empezar”, recuerda.

Tras ver más de cinco veces la exposición, se puso en contacto con Paloma Valdivia, quien la orientó y le dio el impulso que necesitaba para atreverse a jugársela por la ilustración. Juntó todos los dibujos que había hecho para los juguetes más otros que tenía archivados, armó una carpeta y la presentó en una empresa que buscaba artistas para editar textos infantiles. Quedó seleccionada de inmediato y así surgió su primer encargo, un libro de trabalenguas. Acto seguido, dejó de hacer clases, cerró el taller y se transformó en ilustradora de tiempo completo.

En sus más de 5 años dedicada profesionalmente al dibujo, ha participado en numerosos libros en los que hace gala de un estilo que describe como “figuración que tiende al realismo”. “No soy de grandes deformaciones. Una de las cosas que busco en mi trabajo es rescatar la emocionalidad del texto y de sus personajes. Poner el acento en el clima afectivo para propiciar la identificación con la historia”, explica.

Mientras está concentrada en resolver una idea, todo la inspira. Sentada frente a la ventana de su escritorio, que da al patio de un edificio antiguo, vuelca sobre el papel todas las ideas que llegan a su mente al recordar una conversación o la escena de una película. Un árbol alto, una cordonería, un sueño nocturno, un verso, un parque o una buena canción, todo la impulsa a crear.

 

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Viajes y encuentros

Recién había decidido dedicarse a la ilustración cuando participó en una muestra colectiva en homenaje a Hans Christian Andersen. Ahí conoció a un grupo de artistas que ya llevaba un tiempo en el medio. Se hicieron amigas y la invitaron a ser parte de un colectivo integrado solo por mujeres: Minga Ilustradoras. “Para mí fue una experiencia lindísima porque me permitió familiarizarme de manera más rápida con todo esto, aprender, entender, compartir con personas con experiencia y, paralelamente, ir creando lazos de amistad”, recuerda.

Aunque creció en La Florida, con la cordillera, un canal y un gran sauce frente a su casa, es una declarada fanática del paisaje urbano. Le encantan los edificios, las casas, los rincones de las grandes urbes. Tanto así que sus vacaciones ideales serían en una ciudad desconocida, con un mapa, su máquina fotográfica y buena compañía.

Una de las vivencias más significativas que ha tenido en su carrera surgió justamente gracias a un viaje. El año 2008, impulsada por la inquietud de vivir fuera de Chile, aprender más sobre ilustración y ojalá trabajar en otros mercados, partió por un año a hacer un diplomado a México. “Creo que ha sido una de las mejores experiencias que he vivido: conocí a artistas e ilustradores que resultaron reveladores, aprendí, trabajé, me vinculé con el medio rápidamente, hice amigos. Siempre he sido muy de caminar por terreno seguro, pero estar allá me abrió a lo creativo, me destapó, dejé de sentir miedo”, afirma.

A la vuelta de ese viaje, armó su nueva casa y puso su escritorio –dos puertas instaladas sobre caballetes– en el estar. Ahí trabaja mínimo ocho horas diarias. “Soy metódica, parto temprano y a veces incluso dibujo los fines de semana. Como soy lenta, prefiero la pausa”, explica. Dice que se mueve constantemente entre lo hecho a mano y lo digital: “Me encantan los papeles, el recorte, las pinturas, los lápices y el pegoteo, pero también hago un buen trabajo de posproducción en el computador”.

Confiesa que lo que más le atrae es ilustrar literatura porque le permite realizar un trabajo más artístico y creativo, más sentido y personal. Es lo que le sucedió, por ejemplo, con El vuelo de Francisca (Pehuén), que aborda el duelo de un niño tras la muerte de su abuela. “Es un proyecto en conjunto con una amiga escritora y fue un proceso muy conversado y discutido a fuego lento. Le tengo mucho cariño porque aparte de todo lo que me hizo sentir, me permitió ajustar mi estilo”.

Leonor dice que ama lo que hace y que le gustaría seguir ilustrando por mucho tiempo. Confía en que las condiciones de trabajo serán cada vez mejores, con procesos creativos más profundos y decantados. “En ilustración, cuando llevas un año no eres nadie, a los dos te empiezan a conocer, a los tres las cosas van mejor… Hay que hacerse un camino”, afirma.

Por mientras, ella no espera sentada a que le toquen la puerta. Gracias a algunos viajes y contactos internacionales, hoy trabaja en un libro de poesía de Pedro Villar para la editorial mexicana El Naranjo* y un texto didáctico que le encargaron de Corea. También prepara una antología de Santillana para niños de 1ro Básico y el segundo semestre hará clases de ilustración infantil en el Diplomado de Ilustración de la Escuela de Diseño de la Universidad Católica.

Entusiasmada con sus múltiples proyectos, Leonor sigue abriéndose camino en el mundo de la ilustración, donde ya se ha ganado un espacio gracias a su estilo tan personal, pero también a su espíritu siempre inquieto y observador.

 

*Nota de la redacción: Tres veces tres la mar, de Pedro Villar, fue publicado por El Naranjo en el 2012. Esta entrevista se realizó en julio del 2011 y, desde esa fecha, Leonor ha participado en varios proyectos editoriales, entre los que destacan La tierra del cielo de Sonia Montecino y Catalina Infante (Catalonia, 2013), La artesana de las nubes de Bianca Estela Sánchez (FCE, 2014) y ¡Qué horror, un niño! de Mari Ferrer (Santillana, 2014).

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