La palabra pronunciada

Columna de Xosé Ballesteros
Editor en Kalandraka
Escritor y especialista en literatura infantil

Hace algunos años, estando yo de viaje en Santiago de Chile, unos amigos me invitaron a presenciar una obra de teatro muy singular. Me advirtieron que era una obra para niños “mayores de diez años” y que me asombraría. En efecto, el recuerdo que aún tengo de Buchettino (así se llamaba la obra) es de asombro y admiración. En el centro de una sala ocupada por 50 pequeñas camas en las que los espectadores debíamos acomodarnos, se distinguía una luz que apenas iluminaba la estancia. Bajo ella estaba situada una mujer que leía un cuento, la historia de Pulgarcito. En la obra no existían otros actores ni otros decorados. Y durante 50 minutos solo se podía oír la palabra límpida, la palabra pronunciada en boca de la actriz María Izquierdo que iba desgranando una historia harto conocida pero, a la vez, totalmente nueva, solo interrumpida por ruidos de pisadas, de puertas y cerrojos que semejaban llegar de muy lejos, de las profundidades de un bosque que habíamos visitado en nuestra infancia.

Buchettino nos devolvía, de golpe y por sorpresa, al plácido momento en el que alguien nos leía en voz alta, un placer que pareciese estar prohibido a los jóvenes y adultos.

Argumentan los especialistas que el objetivo de la educación primaria es “saber leer” y se pretende que ese objetivo se alcance a los nueve años, no antes. Hasta esa edad los mayores deberán leer a los niños que aún están en proceso de descifrar los signos, ayudarlos a adentrarse en ese bosque de letras para que encuentren su propio camino. El mejor maestro, la mejor maestra, será quien consiga guiarlos y “encantarlos” como buen jugador de palabras. No manda leer, lee. No manda escribir, escribe. Habla por su boca la voz de un pueblo, la voz de la sabiduría popular que rescata la tradición oral y a los poetas que han bebido de esa misma tradición. Hablan por su boca todos aquellos que contaron alguna vez un cuento, los de animales, los de costumbres, los cuentos mágicos. ¿En qué lugar, en qué espacio se debe producir ese “encantamiento”?

Los bibliotecarios y voluntarios de las Misiones Pedagógicas españolas, en tiempos de la II República, leían bajo la sombra de un árbol frondoso capítulos de El Quijote y de otras grandes obras literarias a los habitantes de las zonas rurales, casi todos analfabetos.

El gran escritor danés Hans Christian Andersen dejó dicho: “Me duele la lengua de tanto escribir”. Es sabido que Andersen necesitaba oírse mientras la pluma trazaba los signos que daban vida a sus personajes inmortales. En la memoria del escritor se guardaban las viejas historias que las mujeres de su pueblo le habían relatado. Y él, fiel a aquella tradición, leía en alta voz a las señoritas de la corte danesa que frecuentaban su compañía.

Pero no podemos olvidar que las personas que realmente disfrutan leyendo y escribiendo, los “letraheridos” que decía Esther Tusquets, lo han aprendido en el ámbito familiar, en la casa.

Dice el maestro Federico Martín Nebras: “Antes de llegar a la escuela el niño tiene que estar lleno de palabras, a partir de los dos años hay que contarle todas las noches un cuento”, y antes cantarles.

Leer en voz alta es degustar las palabras, masticarlas, estirarlas, hincharlas como si fuesen un globo y hacerlas explotar o cabalgar con ellas por estepas, o elevarnos hasta las más altas cimas o visitar con ellas el fondo de los mares. Tenemos a nuestra disposición todas las historias escritas a través de los siglos. Solamente tenemos que elegir el libro, sentarnos o permanecer de pie con él entre las manos e invitar al viaje. La audiencia, sean niños o ancianos, esté formada por analfabetos o universitarios, estará feliz de acompañarnos en ese tiempo mágico que se inaugura con la palabra pronunciada.

Leo en el blog de la asociación Entrelibros de Granada: “Concebimos la lectura en voz alta como un don, como una desinteresada forma de ofrecimiento. Donar algo significa pensar en los otros, tomar conciencia de la existencia de un oyente interesado”. Diría más, incluso   en la de un “no oyente interesado”. De ahí la importancia del lenguaje de signos para los que no pueden oír. Otra forma valiosa y generosa de regalar palabras a quien las necesita.

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