Heroínas son las de ahora

Columna de Gonzalo Oyarzún

En los antiguos cuentos de hadas, las protagonistas parecían extremadamente delicadas, torpes y hasta estúpidas. ¿Por qué habría alguien de aceptar una manzana envenenada de una vieja horrenda o trabajaría para siete enanos a cambio de nada? ¿Cómo no se revelaría alguien que dedica el día a separar la ceniza de la lenteja y a fregar pisos? Claro, porque si se es tan ingenua y tonta como para confundir a tu abuelita con un lobo, seguro terminarás engullida por la bestia.

A partir de este razonamiento, la escritora argentina Graciela Cabal satiriza en su libro Mujercitas ¿eran las de antes?, sobre un modelo de protagonista femenino más bien inútil y en el que las historias terminan bien, porque Cenicienta, Blancanieves, Caperucita y la Bella Durmiente eran salvadas por hombres valientes o príncipes maravillosos, es decir, por hombres.

Las protagonistas de los cuentos infantiles han cambiado. Ahora son vitales, intensas, divertidas, pillas e inteligentes, curiosas, fuertes, muy rara vez torpes y jamás estúpidas. Son diversas, a veces son humanas y otras antropomorfas, a veces buenas y otras no tanto. Pareciera que no tienen problemas con mostrar a sus familias, muy normales o también muy extrañas; ellas nunca son salvadas por un príncipe o cosa que se le parezca, quizás porque nunca quieran ser salvadas.

Olivia, el éxito mundial de Ian Falconer, es un buen ejemplo de estas nuevas protagonistas. Hiperactiva e hiperdulce, enamora a grandes y chicos y es muy buena para cansar a la gente. Ella es parte de una familia común y corriente; por eso, la posibilidad de identificación es inmediata. Otra que no tiene una familia muy normal es Camila, la protagonista de El globo, de la argentina Isol. Su madre, un martes después de gritarle mucho, se convierte en un globo rojo, calladito. La misma Isol tiene otras historias de niñas sorprendentes y encantadoras: Secreto de familia y Cosas que pasan.

La diversidad se traduce en personajes e historias que hablan distinto. La cebra Camila, por ejemplo, ha perdido sus rayas y recurre a disímiles amigos para recuperarlas. Acudiendo a la estructura clásica de los cuentos de hadas, La princesa de largos cabellos sorprende con un final bastante alternativo. O la abuela de Corre corre, calabaza, que no es tan despistada como para dejarse devorar como la de Caperucita.

También están las historias más nostálgicas que son capaces de poner temas muy diferentes, como La cabeza en la bolsa de Marjorie Pourchet, en donde Adela adopta esta postura quizás por timidez, inseguridad o depresión. Puede que el ejemplo más bello de estos sea la impresionante historia de El árbol rojo, del australiano Shaun Tan, en que se describe la odisea de una niña que debe sortear algunos de los más difíciles sentimientos de la vida, desde la mañana hasta antes de finalizar el día: “A veces, el día empieza vacío de esperanzas; y las cosas van de mal en peor”, comienza la historia, reservándonos un final sorprendente y emotivo.

Estas son las chicas que pueblan muchos de los cuentos de hoy: portadoras de una nueva mirada, más igualitaria y más completa, más cercana y real, que no serán las mujercitas de antes, pero sin duda son las heroínas de hoy.

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