El explorador infinito: Toño Malpica

Ya no explora como cuando era niño, con una linterna; ahora escribe. “Cuando una historia me demanda ser contada, me deja sin alternativas. Desde que nace la semilla en mi mente, escribirla deja de ser opcional: simplemente sé que tengo que hacerlo”, asegura el reconocido escritor mexicano.

Por Adolfo Córdova
Periodista, narrador y promotor de la lectura
www.linternasybosques.com

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Escribe de todo lo que nos llama, lo que no muestra su final, porque quiere que vayamos a buscarlo.
No hay temas prohibidos para Toño Malpica. Aunque a veces lo acosen los demonios que persiguen a sus personajes, sigue escribiendo y busca un final donde lo dejen en paz, a él y a los protagonistas. Aprovecha su esencia de científico loco para inventar que se hace justicia con los malhechores y comprobar que la realidad está hecha de millones de puntitos diferentes.

Es uno de los escritores de LIJ más prolíficos y premiados en México, pero no vive solo de letras. Toca el piano como una necesidad tan o más vital que la literatura y tiene un grupo de rock para niños. Le gusta comer tacos al pastor y ver Bob Esponja. Dice que no sabe cuidar mascotas y aunque te podría explicar por qué tu computadora no responde (es ingeniero en computación), seguro que prefiere contarte alguna historia sobre un grupo de amigos que descubre una máquina misteriosa o mostrarte en YouTube un concierto de jazz.

Cuando Toño (o Antonio, firma de ambas formas) vuelve a su infancia, se ve rodeado de niños: su hermano Javier (también escritor), su mejor amigo y otro par de hermanos, Quique y Roger. Una pequeña pandilla que conquistaba los cerros, hacía la cimarra y enfrentaba peligros al más puro estilo de Tom Sawyer y Huckleberry Finn. “Juntos entramos a la oscurísima cueva del Diablo, subimos al inalcanzable cerro de las Cruces y exploramos el misterioso valle de las Libélulas”, recuerda Malpica.

Todavía hoy, si descubre una nueva pregunta detrás de un volcán o un cuerpo celeste, no parará hasta escribir su respuesta con botas de alpinista o casco de astronauta.

Quizá por eso cuando leyó que Antoine de Saint-Exupéry dedicó El Principito a su mejor amigo, León Werth (no a su mujer, no a sus padres, no a su maestro favorito), inició una búsqueda por la vida del autor que le hizo publicar Por el color del trigo, seleccionado para el prestigioso catálogo White Ravens 2013. Su amor a la libertad y al jazz, en tanto, se desdobló en la atípica historia del abuelo desmemoriado de Billie Luna Galofrante. El dolor de la violencia, los crímenes, el secuestro, lo inquietaron tanto como para crear Los mil años de Pepe Corcueña.

Toño ha publicado más de 30 libros y no para. Como si no quisiera dejar nunca de averiguar el final.

¿Qué no te has atrevido a contar todavía? ¿Cómo empezaría esa historia?

Confieso que, cuando una historia me demanda ser contada, me deja sin alternativas. Desde que nace la semilla en mi mente, escribirla deja de ser opcional: simplemente sé que tengo que hacerlo. Por supuesto, no me pasa con cualquier historia, solo con aquellas que me prenden fuego al interior, que no se va a extinguir sino hasta que termine la escritura. Por lo mismo, no hay historias que no me “atreva” a contar; si no lo he hecho es, simplemente, porque estas no me lo han demandado. Pero, para no dejarte con las ganas, te voy a regalar el inicio de un texto que jamás de los jamases tendría el coraje de continuar: “Anexos 3 y 25 de la tercera resolución de modificaciones a la resolución miscelánea fiscal correspondiente al ejercicio en curso…” (Terrorífico, ¿eh?).

¿Cuál ha sido el tema que más te ha costado abordar en una historia?

Me pesa mucho escribir sobre el maltrato a los niños en cualquiera de sus acepciones. Por ello trato de que mi literatura sea más bien lúdica. No obstante, es cierto también que a veces la historia demanda echar luz sobre esas zonas oscuras, como en Los mil años de Pepe Corcueña o Adonde no conozco nada. Objetivo miedo, donde lo abordo de un modo aún menos tangencial; me costó muchísimo trabajo. Honestamente, me he aventurado en este tipo de anécdotas solo porque sé que como autor, tengo la última palabra (y, en cierto modo, también el veredicto final). Me alivia saber que ningún maldito se va a escapar de la justicia si yo no lo dejo.

¿Por qué decidiste hablar del secuestro en Los mil años de Pepe Corcueña?

Porque me lo demandaba la historia. Lo que yo quería contar tenía más que ver con otro tipo de cuestiones que ese dolor específico de mi país, ese tipo de crimen tan arraigado. Esencialmente, quería confrontar a dos personajes disímiles e intentar un salto de empatía. En breve me di cuenta que un niño plagiado y su captor me funcionaban perfectamente. Carlos y Noé soportan una tesis, una posibilidad de entendimiento que bien podría funcionar con otros relatos y a otros niveles. Podrían ser soldados ambos, o policía y ladrón, o el dueño de una plantación y un viejo esclavo. En fin. A veces partes de una idea y la vas concretando de a poco, tomas decisiones, evalúas posibilidades, seleccionas ambientes, personajes, momentos, y envuelves tu idea con ellos para poder transmitirla lo mejor posible. Con Pepe Corcueña fue así. Y creo que no quedó tan mal.

¿Cuáles son los tabúes a los que te enfrentas cada día?

Me da la impresión de que el máximo tabú de nuestros días es el miedo a mostrar debilidad. El mundo nos ha hecho creer que hasta dar una moneda a un pordiosero es señal de flaqueza. O preguntar por una calle. O soltarse a llorar en el cine. A lo mejor ni es un tabú. A lo mejor nada más es un miedo como tantos otros. Pero de que existe, existe. Y lo lamento porque también a mí me asalta de vez en cuando y lo único que consigue es deshumanizar a las personas. Hubo un tiempo en el que no era problema ser imperfecto y tener dudas y equivocarse. En cambio ahora es el máximo pecado. Alguien dice frente a una espontánea cámara de celular que la capital de Puerto Rico es Paramaribo y de inmediato es llevado al patíbulo de Internet. Ojalá hiciéramos más frecuentemente el ridículo para no olvidar que justo eso somos. Y que es más digno de celebrarse que de lamentar.

¿Cuándo has decidido que es mejor guardar silencio?

Cuando no me gusta lo que estoy escribiendo. Prefiero botarlo a la basura que hacer pasar a los demás por el incordio de leer algo que ni yo mismo puedo disfrutar.

 

Vivir para el juego

Toño tuvo una infancia muy feliz, con mucha libertad. Vivía en una zona del Estado de México cerca de varios cerros que le permitían repetir una y otra vez su juego favorito: los exploradores. “Mi hermano Javier y yo formábamos parte de un club (¿o sería más correcto llamarlo pandilla?) donde varios niños de nuestra edad nos lanzábamos toda la tarde (o hasta un día entero si eran vacaciones) a explorar los cerros. Nos metíamos a las cuevas, nos maravillábamos con la fauna del lugar, inventábamos leyendas”, recuerda.

¿Y a qué juegas hoy?

Lamentablemente me volví muy urbano y ya no juego a los exploradores ni en la sala de mi casa. Sí juego mucho con mis hijos: deportes, juegos de mesa, a armar bloques, rompecabezas, a los piratas, a la guerra de las galaxias, a las luchas… Con mi hermano sí sigo jugando, pero a otras cosas: a la banda de rock y al teatro, principalmente.

¿Qué momento viviste en la infancia que juraste era magia pura?

Hubo una vez, durante una de nuestras expediciones al cerro, en la que creímos descifrar una especie de código escrito en la geografía del lugar. Según nosotros era un mensaje mágico de tiempos ancestrales, de visitantes de tierras remotas. Y estaba cifrado en la localización de algunos cactus, cuevas, parajes; todo parecía conformar parte de un entramado, un patrón. Por algunos días nos pareció que estábamos al borde de algo importante. Luego… simplemente no supimos descifrar nada y lo abandonamos.

¿A qué le tenías miedo?

Vivíamos en una casa grande, de tres pisos. Uno de mis más grandes temores era quedarme completamente solo en esa casa. Otro, que llegara la noche, todos estuvieran ya dormidos y yo siguiera viendo –solo, por supuesto– la tele en el piso inferior. El camino de regreso hacia mi habitación siempre estaba colmado de susurros, de escalofríos, de tactos inexplicables.

Has dicho que las novelas de tu saga El libro de los Héroes te han provocado pesadillas. Cuéntanos una.

Claro, aunque son más bien pesadillas en torno a la obra. Cuando me interno junto con mis personajes en mundos sombríos, siento la responsabilidad de no abandonarlos dentro. Mientras más avanzo en la trama, más me acomete la urgencia de terminar. Podría hacer la descripción exacta de los gritos de Brianda porque los he escuchado repetidamente en mis sueños. Los personajes a veces duelen igual que los hijos. Y causan idénticas pesadillas. Te cuento una: me visita un demonio en su más tradicional estampa. Me advierte que he de pagar las consecuencias por escribir lo que estoy escribiendo. Despierto sobresaltado. Vuelvo a la tecla. Así sean las tres de la mañana.

 

Malpica-1

Siete esqueletos decapitados
Autor: Antonio Malpica
Océano, 2013 (2a edición)
ISBN: 9786077351047

 

 

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Nocturno Belfegor
Autor: Antonio Malpica
Océano, 2011
ISBN: 9786074003109

 

Malpica-3

El llamado de la estirpe
Autor: Antonio Malpica
Océano, 2013
ISBN: 9786078303113

 

Malpica-4

Un viejo gato gris mirando por la ventana
Autor: Toño Malpica
Ilustradora: Alba Rivera
FCE, 2014
ISBN: 9786071622419

 

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Soldados en la lluvia

Autor: Toño Malpica
Ilustradora: María Teresa Devia
Norma, 2013
ISBN: 9789584541314

 

Malpica-6

Por el color del trigo
Autor: Toño Malpica
Ilustrador: Iban Barrenetxea
FCE, 2012
ISBN: 9786071609243

 

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Billie Luna Galofrante
Autor: Antonio Malpica
Norma, 2011
ISBN: 9789700919300

 

Malpica-8

Ka súut naj: Vuelta a casa
Autor: Antonio Malpica
Ilustrador: Richard Zela
Alfaguara, 2011
ISBN: 9786071115881

 

Malpica-9

Los mil años de Pepe Corcueña
Autor: Toño Malpica
Ilustradora: Amira Aranda
El Naranjo, 2010
ISBN: 97860776614

 

Malpica-10

Querido Tigre Quezada
Autor: Toño Malpica
Ilustrador: Edgar Clement
Castillo, 2004
ISBN: 9789702009955

 

Malpica-11

Ulises 2300
Autor: Antonio Malpica
SM, 2003
ISBN: 9789706889577