Daniel Goldin: “Los malos libros pueden ser útiles”

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En su última intervención en el Seminario Internacional ¿Qué leer? ¿Cómo leer? Perspectivas sobre la lectura en la infancia, el editor y ensayista Daniel Goldin sorprendió a los presentes al comentar que tenía muchas objeciones al trabajo de los comités de selección y sus lecturas.

Tras el encuentro –que se realizó en diciembre del 2012 en Santiago–, Goldin, uno de los hombres más influyentes del ámbito editorial para niños y jóvenes, conversó con HUV y profundizó en un tema sobre el cual tiene una postura muy clara: “De entrada creo que el trabajo de los comités de selección es valioso y necesario para orientar al público y animar la discusión pública, pero tengo muchas reservas sobre la forma en que ese trabajo se presenta y particularmente sobre la manera en que se recibe en nuestros países”.

¿Cuáles son tus principales reservas?

El trabajo de un comité de selección suele ser un proceso de evaluación arduo y prolongado en el que se analizan y discuten diversas obras. Pero lo que el público puede ver de todo ese proceso suele ser un simple listado de obras que, a juicio de los evaluadores, son las mejores. El público lego no sabe qué consideraciones se tomaron. Acepta la decisión de una autoridad que no argumenta sus decisiones, cuando lo
más valioso habría sido justamente el razonamiento.

Desde otra perspectiva, me parece importante cuestionar si ese trabajo consigue lo que se busca. En teoría, esa selección permitiría que los menos capacitados puedan acercarse a los mejores libros y estos deberían ser el sustento idóneo de un programa de formación de lectores de calidad. Pero esto no es obvio. Por una parte, porque el concepto mismo de un libro bueno o de calidad es algo relativo. Pero sobre todo porque si lo que te interesa realmente es formar a un lector autónomo, con capacidad para distinguir y valorar, debes acercarlo a una oferta editorial variada que supone, entre otras cosas, diversas maneras de comprender la calidad.

Entonces, ¿qué es para ti un libro “valioso”?

Desde la perspectiva de un proceso lector (que es la que asumo en esta argumentación) un libro no tiene un valor en sí. Lo que en cierto momento y contexto puede ser bueno para la formación lectora, en otro momento es inocuo. En un programa de educación lectora es importante que los lectores se den cuenta de que hay diferentes formas de tratamiento de un tema, diversos lenguajes, posturas estéticas, ritmos narrativos, grados de dificultad, etc.

De ahí que el valor de un libro dependa de los otros componentes del acervo y de lo que un mediador pueda realizar. Por eso aun los títulos que normalmente serían desechables, se pueden tornar valiosos.

¿Nos puedes dar un ejemplo?

Te pongo un ejemplo sencillo para que sea comprensible: un libro de ciencia en el que se diga que el hombre nunca ha pisado la Luna, seguramente sería rechazado por un comité de selección por no estar actualizado. Pero ese libro puede ser muy valioso para entender la historia y desde luego sería un instrumento de gran utilidad para explicar cómo se construye la ciencia, si hay un maestro que proponga ese ejercicio de distanciamiento frente a lo publicado. Esto mismo se podría decir de una adaptación comercial de un cuento clásico. Si hay varias se compara y analizas otros elementos que forman parte de un libro; en otras palabras, amplías el universo de lo legible: ya no solo los textos y las ilustraciones, sino también los contextos, las opciones y los dilemas comprometidos en la publicación de un libro.

Entonces, ¿cuestionas que el criterio de calidad sea determinante para la formación de lectores?

No, lo que yo digo es que la calidad no se puede definir objetivamente y que no es el único criterio importante en la formación lectora (los “malos” libros pueden ser útiles aunque sea solo para poder comparar).

Por lo demás, en mi experiencia como editor he aprendido que los lectores suelen distinguir y apreciar el cuidado editorial y el refinamiento estético, particularmente los niños, las mujeres y los jóvenes. Valoran que se les respete y eso supone también el espacio que se le concede a su propia inteligencia y creatividad.

Últimamente se ha dicho que el criterio de calidad es importante en términos económicos: puesto que no hay suficiente dinero, se debe gastar prioritariamente en los libros que valen la pena…

Me parece que evaluar los criterios de inversión es positivo. Nos obliga a poner los pies en la tierra, fijarnos en los detalles y a establecer prioridades. Pero, ¿qué es lo que nos importa cuando hacemos una selección de obras? ¿Incrementar el valor de un acervo o disponer del mejor material para estimular el desarrollo de los lectores? Si se busca esto último, el índice debería estar correlacionado con las experiencias que se propician y la forma en que estas se traducen en un lector. Pero eso es muy difícil de medir. En cambio puedes evaluar la historia lectora del público que atiendes. Cualquier persona sabe lo azaroso que este proceso resulta. No hay una sola biografía lectora idéntica.

Según ese razonamiento, los libros “malos” también son valiosos…

Es asombrosa la cantidad de libros “malos” que marcaron los inicios de grandes lectores. Con frecuencia se trata de libros fáciles o comerciales, que fueron los primeros que despertaron su curiosidad o el deseo de leer más hasta que se encontraron con algo que los sorprendió y les hizo ver la lectura (y la vida) de otra forma.

Por eso digo que esos libros deben estar también en los acervos. ¿Que esos libros se pueden encontrar en la calle? Razón de más, eso establece puentes entre la calle y la biblioteca. Y le da un nuevo valor a la biblioteca: el de un espacio que acoge lo diverso y propicia una nueva convivencia regida por criterios no solo comerciales.

¿Cuál sería entonces el papel de los comités de expertos?

Los expertos no son sabios, ni seres iluminados. Son personas que han experimentado y a fuerza de acumular experiencias han adquirido saberes y destrezas que los distinguen. En sociedades tan desiguales como las nuestras, la función de un experto en promoción a la lectura es invitar a otros a experimentar con objetos culturales (que generalmente le son ajenos e incluso amenazantes) y estimularlos a razonar y crecer con sus experiencias. Se debe evitar a toda costa ser autorreferencial.

¿No consideras contradictorio que un editor como tú cuestione la calidad como criterio?

Yo me asumo como parte de un sistema. Cuando voy a publicar un libro lo trabajo con un esmero casi enfermizo; cuido todo: el texto, la ilustración, los detalles del diseño y la impresión (aunque casi siempre al publicarlo descubro fallas que no vi antes). Pero una vez que sale publicado les paso la posta a otros y los dejo que corran su carrera con libertad y alegría. En el fondo creo que de eso se trata la educación, de hacer lo mejor posible para luego darles a otros el espacio para ser ellos, con la esperanza que lo hagan con la misma o mayor responsabilidad que la tuya.