Andrea Maturana. Todavía no dejo de leer

Por Andrea Maturana
Escritora

maturana
Fotografía de Daniel Mordzinski

No tengo recuerdos de infancia en los que al menos uno de mis padres no estuviera leyendo algo. Las estanterías estaban –y aún están– tapizadas de libros: en castellano, en inglés, en francés, en polaco. Además, mi abuelo era crítico de teatro y tenía una biblioteca maravillosa cuyos olores y colores me cautivaron siempre. Y los libros no descansaban en las estanterías: de los libros se hablaba, se compartía, se volvía a ellos y se convertían en un tema más de sobremesa, o social, o familiar. Cuando aprendí a escribir, mi juego favorito era el diccionario: buscar una palabra que los demás no conocieran y luego todos inventar una definición. La con más votos, ganaba. Yo era chica y competía con los grandes, así que me vi obligada muy pronto a desarrollar recursos lingüísticos que me permitieran estar a la altura.

En medio de ese mundo, creció esta niña sin hermanos (yo) que empezó a escribir en el momento mismo en que las letras comenzaron a tomar significado. Tampoco tengo recuerdos de mi infancia sin estar escribiendo.

Por otro lado, en mi colegio, nuestra profesora jefe, la inolvidable Carmen Oliva, que era también profesora de castellano, nos contaba cuentos en voz alta. Cuando veía que un final comenzaba a estresarnos (por ejemplo, en El ruiseñor y la rosa), pues simplemente lo cambiaba. Eso es capacidad de seducción. Hoy la Carmen ya descansa, y espero que ahí donde esté, alguien le esté contando cuentos como ella nos contaba a nosotros. Igual.

En los libros encontré refugio, conexión, emoción. Supe que no estaba sola, que otros sentían o pensaban lo mismo que yo.

Recuerdo con especial cariño los libros infantiles de Quimantú: El rabanito que volvió, La flor del cobre, La desaparición del carpincho, Doña Piñones, El gigante egoísta (uno de mis cuentos favoritos hasta el día de hoy). Es más, todavía los tengo y se los he leído a mis hijas, y me pregunto qué pasará que hoy no hay nuevas ediciones de estos cuentos maravillosos. En paralelo, oía a la Charo Cofré con Tolín, Tolín, Tolán y a María Elena Walsh, que eran otra forma de relacionarme con textos maravillosos, esta vez a través de la música.

Luego vinieron los clásicos Heidi, Mujercitas, y más tarde Hermann Hesse. Recuerdo también la fascinación con Cortázar: de Rayuela me aprendí capítulos enteros de memoria (el del beso, ese que está escrito en lenguas pero que es tremendamente sugerente –apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso–, aún me acuerdo) y me lo leí de todas las formas posibles. Amé también Bestiario e Historias de cronopios y de famas. Con Cortázar aprendí lo potente que puede ser un cuento, un solo cuentito corto. También bebí inagotable del ingenio de Bradbury, que tiene un par de libros de cuentos tremendamente escalofriantes. Y me devoré Cien años de soledad y los cuentos de García Márquez, los de la cándida Eréndira.

Todavía no dejo de leer: una vez alguien me preguntó qué haría si tuviera que escoger entre dejar de leer o de escribir. Elijo dejar de escribir; leer me parece imprescindible.