Alberto Montt. Imágenes como alimento

Por Alberto Montt
Ilustrador

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En mi casa no se consumía literatura, pero sí había muchos libros de ciencia, enciclopedias y diccionarios. Estos últimos eran los que más me gustaban; encontraba muy atractivos sus dibujos en blanco y negro, con un aire a grabado antiguo que me fascinaba.

Solía pasar horas leyendo palabras o “historias” sobre insectos, experimentos científicos o personajes históricos. Los libros de geografía también eran mis predilectos. Hasta el día de hoy encuentro que los mapas tienen algo mágico.

Esa afición por los diccionarios y las enciclopedias se mantuvo hasta muy entrada mi juventud, cuando me vi en la necesidad de leer un libro de Gabriel García Márquez. Entonces, caí hipnotizado por el coronel Aureliano Buendía y su tropa de familiares. Julio Cortázar, Umberto Eco, Franz Kafka y todo ese grupete llegaron después. Hoy, leo casi exclusivamente ensayos o novelas gráficas.

Las historietas fueron lo más cercano a la literatura a lo que tuve acceso de niño. En un principio eran solo dibujitos, luego dibujos con palabras y finalmente se convirtieron en ideas que me ayudaron a forjar mi perspectiva en este mundo y me invitaron a tener una mirada crítica sobre el mismo.

Mis primeras lecturas fueron Quino, Fontanarrosa, Dik Browne y Charles M. Schulz. Luego, la lista se fue ampliando con todo lo que tuviera una mirada humorística y crítica.

El humor nos permite enfrentar la vida con una perspectiva no violenta, pero al mismo tiempo crítica. Y eso es, sencillamente, indispensable. Ahora, yo considero que el humor y la risa no necesariamente vienen juntos. Mucho de lo que yo considero humor de calidad tiene más que ver con una mirada novedosa o una vuelta de tuerca a la realidad que con una risa o carcajada. Esa capacidad que tienen algunos para mirar el mundo desde ventanas que yo ni siquiera imaginé es para mí una fuente de inspiración y envidia infinitas.

Nunca pensé “esto es lo que quiero hacer de grande”, porque era muy poco probable que alguien pudiera vivir haciendo eso que yo hacía por y con tanto placer. Por lo menos en mi cabecita diminuta ser ilustrador nunca fue una opción. Recién a los 27 años esa idea cruzó por mi cabeza, pero he de confesar, con algo de vergüenza, que lo seguía sintiendo ridículamente lejano e inalcanzable…

No recuerdo cuál fue mi primer dibujo, pero sé que nunca dejé de dibujar desde la primera vez que lo hice. Empecé copiando ilustraciones y simplemente nunca me detuve. Hoy ilustro porque tuve la suerte de ser amamantado con imágenes.