Los nuevos libros informativos ya están aquí

La reconocida especialista Ana Garralón –autora de Leer y saber. Los libros informativos para niños (Tarambana Libros, 2013)– reflexiona sobre las definiciones y usos del libro informativo, e invita a los mediadores a animar la curiosidad de los niños para que, como lectores activos, vayan en busca de lo que necesitan o les interesa.

Por Ana Garralón
Especialista en libros para niños
http://anatarambana.blogspot.com

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Ilustraciones de Sol Díaz
www.soldiaz.com

 

Siempre comienzo mis talleres preguntando a los asistentes por sus ideas sobre los libros informativos. Es un momento importante para todos, pues sirve como punto de partida para ver de qué estamos hablando. Y de lo que hablamos, en general, suele ser: libros de ciencias exactas (física, química, matemáticas), libros para hacer las tareas, libros aburridos y libros con informaciones muy precisas, con fotografías, con temas que a ninguno de nosotros nos suelen interesar. Luego, leo un libro informativo que no solo no tiene ninguno de estos atributos sino que se despliega ante nuestra mirada y pensamiento como un libro hermoso, profundo, con datos, a veces con humor, ilustrado de manera creativa y siempre interesante. A partir de ahí, volvemos a comenzar.

A todos los que se acercan a los talleres, y a los que están leyendo este artículo, nos une nuestro interés en las prácticas lectoras de los niños y en la búsqueda de nuevas experiencias que nos ayuden en nuestro trabajo cotidiano. También, en mostrarles a los niños los grandes temas para formar ciudadanos comprometidos. En estos momentos, la lectura se encuentra en debate: los rápidos cambios que las prácticas lectoras están viviendo con una multiplicidad de formatos de lectura, y la variedad de textos que los niños tienen a su alrededor, obliga a la escuela y a aquellos que se dedican a la promoción de la lectura a hacer una reflexión sobre sus costumbres pedagógicas. Los libros informativos pueden apoyarnos en esta era de tanta información ayudando a los niños a controlar el foco de atención y poder transformar la información en conocimiento. Pero hay mucho más en estos libros: hay emoción, hay belleza y hay verdad, asuntos estos que solemos relacionar casi de manera exclusiva con la literatura.

Hablemos un poquito de las maneras de leer. Louise Rosenblatt, en su libro La literatura como exploración (FCE, 2002), define como “lectura estética” aquella que de alguna manera nos conmueve: Un propósito estético requerirá que el lector preste más atención a los aspectos afectivos. A partir de la mezcla de sensaciones, sentimientos, imágenes e ideas se estructura la experiencia que constituye la narración, el poema o la obra de teatro”. Frente a esta lectura estética y referida a la ficción se opone, tradicionalmente, una lectura denominada, también por Rosenblatt, como “eferente”, es decir, “en este caso, nuestra atención se centra de modo principal en seleccionar y abstraer analíticamente la información, las ideas o las instrucciones para la acción que perdurará después de concluida la lectura”. Esta dualidad en los modos de leer es lo que ha hecho que los libros informativos se hayan clasificado únicamente como textos de los que se puede extraer información, mientras que los literarios brindarían la oportunidad de aislarse del mundo real para sentir experiencias estéticas y emocionales.

Sin embargo, las experiencias lectoras, como ya se estudia desde el “descubrimiento” del lector como un actor importante en la construcción de significados, no provienen únicamente de la intención del autor al escribir determinada obra, sino más bien de la motivación con la que el lector la afronte. Rosenblatt denomina a este intercambio transacción, pues considera que el libro permanece sin significado hasta que un lector se lo otorga. Por eso el lector es una entidad única y un mismo libro despertará sensaciones y emociones diferentes en los lectores dependiendo de sus circunstancias personales, sociales, etc. El lector no es un simple receptor de la obra sino que puede ser considerado un co-creador en la medida en que interviene para otorgar significados a lo que lee. Por poner un ejemplo práctico: dos niños leen un mismo libro sobre fútbol. Uno de ellos aprenderá nombres de jugadores, partidos y fechas memorables. Otro se preguntará qué sintió un jugador cuando marcó el gol de la victoria. Un libro, dos tipos de lectura: estética y eferente. ¿Qué hacemos los adultos? Les decimos: con la literatura vas a sentir emociones, con los libros informativos vas a sacar datos para tareas. ¿Por qué no dejar que los niños elijan su manera de leer? Es más: ¿estamos dándoles esa oportunidad?

Volvamos al comienzo. A esas definiciones sobre libros informativos. A mirar los nuevos libros informativos. Porque esas definiciones estuvieron bien en los años noventa del siglo pasado, pero estamos en el siglo XXI. Descubrimos, entonces, una gran cantidad de libros que aparentemente son literarios, porque relacionamos la narración con la ficción. Descubrimos, en filosofía, El pato y la muerte de Wolf Erlbruch; en antropología, Biblioburro de Jeanette Winter; en matemáticas, Las semillas mágicas de Mitsumasa Anno. Nos sorprendemos cuando llegamos a la conclusión de que Zoom de Istvan Banyai es un libro de ciencias sociales. Empezamos a pensar que en estos libros hay mucha creatividad, mucha belleza, información, emoción y placer. Revisamos entonces las etiquetas con que marcamos los libros. Y repensamos nuestro lugar como mediadores porque queremos trabajar con lo que a los niños les apasiona. Tratamos de relacionar esos intereses con los libros. Queremos propiciar con los libros el gusto por la lectura mientras ofrecemos alimento para el intelecto.

Libros que atrapan

Los niños desean crecer rápidamente y todo lo que pasa alrededor ocurre a gran velocidad. Un libro informativo es una buena excusa para detenerse un rato. El libro representa un punto de vista particular en torno a un tema, una oportunidad de encontrar información estructurada y completa. Con este deseo de crecer nos hablan de su necesidad de participar en las cuestiones del mundo adulto. Y nos damos cuenta de que los libros informativos les dan herramientas para su discurso. ¿Quién no conoce un niño o una niña que, orgullosamente, puede hablar con precisión de coches, de animales o de astronomía? Los adultos los escuchamos asombrados y en muchos casos les felicitamos por su conocimiento. A veces, por primera vez en sus vidas, se les mira con seriedad. Y otras veces es el propio libro el que les trata de forma respetuosa. Muchos autores de libros informativos se dirigen al lector en las primeras páginas explicándoles cuál era su intención al escribir el libro, o mencionando lo difícil que fue documentarse sobre tal o cual tema.

Las editoras argentinas del conmovedor libro Abuelas con identidad. La historia de las abuelas de la Plaza de Mayo y los nietos restituidos (Iamiqué, 2012) le dicen al lector nada más abrir la primera página: “Este libro cuenta una parte muy sombría de la historia argentina. Al escribirlo, tuvimos sentimientos muy diferentes: tristeza, admiración, enojo, emoción, confusión, alivio e, incluso, alegría (…) Hicimos el mayor de los esfuerzos por ceñirnos a la verdad, aun sabiendo que no hay una única verdad y que el debate está abierto”. Es una forma muy respetuosa de dirigirse a sus lectores, que valoran la sinceridad, y les prepara también para entrar en un libro donde probablemente van a tener esos mismos sentimientos.

A menudo se me pregunta qué libros informativos hay que darles a los niños. Basta con echar un vistazo al panorama actual de publicaciones para comprobar que hay muchos libros que pueden impactar en sus vidas. Libros escritos con pasión y con ánimo de despertar conciencias, como el de la escritora colombiana Pilar Lozano Así vivo yo (Sudamericana, 2011), fruto de sus muchos viajes como periodista por Colombia y las entrevistas que realizó a numerosos niños de diferentes regiones. Historias no siempre fáciles, como niños que trabajan desde pequeños o que tienen que ayudar en las duras tareas del hogar pero que, relatadas por ellos, suenan incluso como un juego. Como el niño que vive en la región cafetera y dice: “La materia que más me gusta en el colegio es matemáticas; si las manejo bien no me tumban cuando bajo al pueblo, con mi papá, a vender el café. Yo estoy pendiente de todo. Miro cuánto pesan los bultos y voy haciendo las cuentas para saber, más o menos, el precio. Me fijo con cuidado en lo que le pagan; le digo si le entregaron más poquito. Mi papá no estudió; lo sacaron pequeño de la escuela para ir a trabajar. Por eso, él me impulsa: Mijo, el estudio es la herramienta que le quiero dejar”. En una entrevista, Pilar Lozano explicaba así su trabajo: “Uno debe escribir de un personaje o un hecho que lo apasione. Y ocurre como en el periodismo: la objetividad es imposible; lo que se busca es la responsabilidad” (Educación y Biblioteca 141, 2004).

La responsabilidad es algo que siempre tratamos de inculcar en los niños, y los libros informativos nos dan buenos ejemplos de autores comprometidos con su trabajo. Es el caso del ilustrador checoslovaco Peter Sís, que emigró a Estados Unidos siendo joven y cuyos libros de propia creación muestran una gran responsabilidad por la educación de los niños. Dos de sus libros más emblemáticos, las biografías dedicadas a Galileo y a Darwin, muestran la tensión entre la iglesia y la ciencia en diferentes épocas históricas, y toman una postura clara a favor de la ciencia y sus descubrimientos. Sobre el libro de Galileo, Sís nos dice: “Fue, por mi parte, un homenaje al espíritu humano. Las victorias y los fracasos (o razonamientos) de este hombre son un mensaje destinado a todos los niños incomprendidos, un mensaje que les dice que la verdad terminará por llegar (incluso si, para algunos, se necesita mucho tiempo)” (Michel Host: Peter Sís ou l´imagier du temps. Grasset, 1996).

Los libros, de esta manera, son excelentes preparaciones al mundo y a su diversidad. A veces ni siquiera necesitan palabras, como el bello libro ilustrado del brasileño Fernando Vilela Tapajós. Uma aventura nas águas da Amazônia (Atica, 2008), en el que cuenta de forma visual cómo el río Amazonas se funde con el Tapajós para mostrar la variedad social y cultural que aglutina. En la temporada en que el agua crece, los habitantes desmontan sus casas para trasladarse a un lugar seco. Los dos niños protagonistas viven todo esto como una aventura, pues para ellos es una época para jugar al fútbol, divertirse con los animales, tocar música e inventarse juegos, como hacen los niños en cualquier parte del mundo.

La verdad y la belleza

El investigador Martin Gardner habla en sus libros de una educación en la “verdad y la belleza”. La verdad y la belleza se encuentran también en los libros informativos, aunque sea el relato triste de algo que debe contarse. En el libro Migrar de Juan Manuel Mateo y Javier Martínez Pedro (Ediciones Tecolote, 2011), los autores relatan el viaje de una niña y su familia a los Estados Unidos. Los que conocen la realidad no se sorprenderán al ver unas imágenes muy elocuentes de lo que es un viaje lleno de peligros e incertidumbres. “Con este papel –dicen los autores– contamos la historia de los que sí llegan, para no olvidar que hay mujeres, hombres y no sabemos cuántas niñas y niños que desaparecen o mueren en el camino”. El relato de la niña, brevísimo y con un discurso ingenuo e infantil, se complementa con un precioso dibujo hecho a la manera de las antiguas historias contadas sobre papel amate, lleno de detalles, en un libro que se despliega como un acordeón.

Nunca sabemos qué libros despertarán una pasión. James Jensen, llamado “Dinosaurio Jim”, fue el más grande descubridor de huesos de dinosaurios jamás vistos en 1972. Él relata así su despertar: Mi padre trajo a casa un libro usado de geología, y en la contraportada había dibujos de dinosaurios. Mientras que otros niños soñaban con tener una bicicleta, yo soñaba con encontrar dinosaurios. Siempre despertaba antes de lograr desenterrarlos. Jamás tuve una bicicleta, pero nunca dejé de soñar con dinosaurios”.

Los libros informativos también cuentan las contradicciones del ser humano. En el libro Los peores inventos del mundo, subtitulado Los artilugios más absurdos jamás imaginados (Océano Travesía, 2011), Jack Watkins explica a los niños el loco afán del ser humano por inventar. Conocemos los inventos que funcionan, claro, pero quedan atrás muchos otros que pronto son olvidados. Como dice el autor en su prólogo: “Este libro celebra los inventos poco reconocidos que son especiales por su espectacular inutilidad: artefactos, máquinas o vehículos diseñados con fallos básicos que los dejan inútiles para su propósito, u objetos creados para resolver problemas inexistentes”. El libro arranca una sonrisa en cada página e invita al lector a cuestionarse esta locura inventora, como cuando presenta el “zapato en dos direcciones” que consiste en dos zapatos pegados por los talones. Este zapato nace de un movimiento japonés llamado chindogu, o arte de los objetos inútiles. Protesta sutil contra el consumismo y la forma en que se convierte todo en artículos de compraventa. Los zapatos se ofrecen para aquellos “que no saben a ciencia cierta si van o vienen”.

También atrapan los libros para pensar. Libros donde el lector espera una historia y encuentra muchas preguntas que lo harán detenerse. Noche de tormenta de Michèle Lemieux (Lóguez Ediciones, 2006) presenta a una niña que se va a la cama y dice: “¡No puedo dormir! Miles de preguntas se agolpan en mi cabeza”. Y no son preguntas simples; la niña quiere saber si hay vida en otros planetas, de dónde venimos, si se puede elegir la vida que se quiere o a dónde van los que mueren. Todos los niños han preguntado a sus padres cómo era la vida antes de que ellos nacieran. Libros como este les permiten averiguar sobre esa vida y la de los otros. La satisfacción que proveen estos libros son un estímulo para la lectura y el saber. Incluso cuando se trata de un tema complejo, como el del tiempo, materia que la ilustradora alemana Antje Damm explica con humor y paciencia en su libro ¿Qué es el tiempo? (Iamiqué, 2011). Con una gran economía de recursos presenta, con ilustraciones llenas de humor y creatividad, situaciones en las que el tiempo se detiene, va rápido, pasa, o se mide. Por ejemplo, cuando otra niña se ha hecho un desastre en el pelo con las tijeras y dice: A veces te gustaría volver el tiempo atrás”.

Los niños valoran el esfuerzo y la pasión de autores y editores en la creación de sus libros. Les gusta que los tomen en serio y les cuenten el mundo. También, que no pierdan de vista que son niños y disfrutan divirtiéndose. Los libros les pueden proporcionar ratos muy estimulantes. Y hay muchos libros para estos ratos de lectura.

De nuevo la curiosidad

Estoy citando una pequeñísima parte de la producción de libros informativos. La variedad de temas y de formas de presentarlos multiplicará las oportunidades de los niños de construir su conocimiento. En filosofía hay una palabra llamada “serendipia”, que se define como un descubrimiento o hallazgo inesperado producido cuando se está buscando otra cosa distinta. Eso ofrecen casi todos los libros informativos: la sorpresa y la pregunta. Estamos tan acostumbrados a trabajar con los niños el pensamiento convergente que el cambio que supone aceptar las preguntas variadas de los niños nos resulta complejo. Pero queremos el pensamiento divergente, el pensamiento creativo, las preguntas variadas, las diferentes maneras de leer un mismo libro. En este proceso, los conocimientos se relacionan, aparecen nuevos interrogantes, vamos a otros libros. La memoria no se entrena entonces para recordar y almacenar cosas sino para buscar y encontrar. De nuevo la curiosidad.

Los que estamos leyendo este artículo creo que coincidimos en algo: cuanto más sabemos del mundo, más interesante nos resulta. Si conseguimos animar a los niños en su curiosidad y ayudarles a que encuentren respuestas por sí mismos, entonces los libros les abrirán nuevos horizontes. Es nuestro compromiso con ellos. Que sepan usar la información, que tengan acceso a ella, que elaboren su propio conocimiento. Todo esto les liberará de los prejuicios y las etiquetas.

Frente a una lectura pasiva, que busca la evasión y que permite la identificación de sus personajes, tenemos que formar a un lector activo, capaz de enfrentarse a un texto sobre conceptos abstractos, que pueda buscar y encontrar lo que necesita, con curiosidad y capacidad para relacionar ideas, argumentar sus puntos de vista y escuchar opiniones diferentes.

Debemos ayudarles a pasar de ser lectores-pescadores, esos que con calma miran el agua del río pasar mientras esperan que caiga un pez en el anzuelo, a ser lectores-cazadores, que van en busca de lo que necesitan o les interesa, que saben utilizar sus propios criterios para localizar, no una obra completa, sino posibles fragmentos de aquello que precisan. Es un desafío para el que la oferta de libros informativos del momento puede ayudarnos por su variedad y por su calidad. La evasión que nos proporciona la literatura es tanto o más importante como la reflexión y la construcción del conocimiento que nos brindan los libros informativos.

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